Disclaimer: Los personajes son propiedad de Naoko Takeuchi, pero esta historia y tantas existen porque la verdad su final deja muuuucho qué desear. :v
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Luna de miel
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Salió del agua totalmente refrescado, el mar tenía una temperatura perfecta en aquella hora de la tarde. Mientras caminaba a pasos pesados sobre la arena, Yaten levantó la vista hacia arriba entrecerrando sus ojos, y deslumbrado por el más brillante de los cielos azules y su sol intenso. Su esposa, su sexy y preciosa esposa, estaba recostada en una tumbona de la costa, haraganeando con un minúsculo bikini amarillo canario. Eran los últimos días de su luna de miel y después de tanto jaleo de clubes, cocteles y actividades recreativas del lugar, estaban fundidos. Habían decidido simplemente pasar el rato en la playa del hotel. Minako no había querido ir a nadar y ahora él estaba aburrido, así que fue donde ella a ver si seguía viva, porque hacía rato que no se movía en absoluto.
Sonrió satisfecho al mirarla de cerca. Tenía un brazo estirado hacia arriba y el otro reposaba suavemente sobre su abdomen plano. Se veía tan peculiar con esos lentes baratos en forma de corazón que había comprado en algún punto de la carretera, que infantilmente contrastaban con el tremendo cuerpo que se cargaba, apenas cubierto por el bañador. Nunca se cansaba de mirarla. Toda ella era un deleite a la pupila. Su piel suave y perfecta, sus piernas gruesas y torneadas, sus caderas anchas y sus senos generosos y turgentes... y aquella combinación su carita de niña inocente que le hacían perder el sentido. Era insoportablemente hermosa. Y era suya. Aun no podía creerlo.
Se sentó en el espacio que tenía libre la tumbona, pero ella seguía inmóvil. Decidió inclinarse hasta su rostro, salpicándola de gotas de agua y dándole un beso suave y superficial, que en pocos segundos fue ligeramente correspondido. Minako se revolvió perezosa.
—Me despertaste —se quejó en voz bajita.
—¿Estabas dormida? —ella asintió con un gruñido, y se acomodó perezosamente de lado —. ¿Y si hubiera sido un degenerado desconocido? Le habrías besado.
—Tú nunca dejas que nadie se me acerque.
—Lógicamente.
—¿Por qué? ¿Soy demasiado tentadora? —le provocó con una sonrisa insolente, poniéndose boca abajo y dejando expuesta su medio circular retaguardia. Yaten contuvo el impulso de echarle encima la toalla, pero no lo hizo. Sólo le dio un sorbo a su agua mineral.
—Demasiado despistada, diría yo —dijo acariciando su espalda.
Ambas, pues. Aunque Yaten sabía que ella era consciente de su belleza y no le importaba presumirla, jamás podría percatarse como él de la manera lujuriosa y babosa en que los hombres la miraban, sin importar lo mal que él los mirara a ellos. No los culpaba por tener ojos y testosterona, pero no por eso le agradaba en absoluto pese a que sabía que tenía que acostumbrarse. Minako era como era, sensual y desfachatada, y no era su mínima intención que fuera diferente ni tampoco podía vestirla de monja. La amaba todita, desde su risa estridente, sus malos hábitos de sueño o hasta los pequeños lunares café que tenía esparcidos por doquier y que se sabía de memoria.
Cambió de tema para disimular su irritación. El cambio de postura, cómo no, ya había atraído los ojos de dos imbéciles que estaban por allí en las palapas tomando una cerveza fría. Yaten se puso sus lentes negros de aviador para evitar asesinarlos con los ojos y los ignoró.
—¿Iremos a comer o qué? He estado nadando todo el día, y tengo hambre. ¿Tú no?
Minako suspiró profundamente. Parecía totalmente relajada.
—¿En un ratito se puede? Déjame agarrar tantito color más...
—"Tantito más", y estarás achicharrada como un pollo a las brasas, Minako.
Y si se quemaba, no iba a poder tocarla. No, no, no. Mucho riesgo.
—Por favor —pidió con la más dulce de las sonrisas cogiendo su mano. Se le derritió el corazón (y otros órganos) y cedió haciendo un mohín, y untándole un montón de crema en la espalda tras que ella se lo pidiera.
—Lista —avisó, y comenzó a atarle otra vez las tiras del bikini.
Minako le detuvo con una mano.
—Deja, no quiero que se me marque la línea del traje de baño.
—Hay cremas bronceadoras para eso.
—¿Qué te pica? Estoy volteada, no se me ve nada...
—Hasta que vuelvas a quedarte dormida y te des la vuelta...
—¿Cómo puedes predecir eso?
—Tal vez porque cuando duermes, remoloneas unas quinientas veces en una noche —se quejó sonriendo.
—¿Y? Estoy cansada, alguien no me dejó dormir anoche —le pinchó juguetona balanceando sus pantorrilas y echándole las culpas. Yaten sonrió sólo un poco disimuladamente, recordando sus proezas de ayer; y le puso una mano sobre la espalda baja, sobando esos dos hoyuelos tan curiosos y femeninos que se le hacían allí.
—¿Es tan terrible que no me encante la idea de que hagas show de topless para deleite de todos ésos morbosos? —renegó.
Minako soltó una risilla maliciosa. La verdad es que justo pretendía volver a abandonarse a la siesta. La conocía muy bien. Además debía admitir que disfrutaba verlo un poquito celoso. Sólo un poquito, porque desde que se enamoró sabía el sentimiento tan desagradable que es sentir que alguien más quiere lo que amas.
—Sería divertido.
—Minako... —dijo en tono de advertencia, y le ató las cintas con doble nudo para zanjar el tema.
Minako se incorporó, y le dio un largo trago a mojito de fresa. Minako amaba los desafíos, de todas clases. Incluso en él mismo. Desde que le vio, tan guapo y aburrido en aquél bar, supo que ése iba a ser el hombre con el que se iba a casar. ¡Y que la miren ahora si no lo había conseguido!
—Está bien. Lleguemos a un punto legal...
—¿Cómo así?
—Una competencia. Si yo gano, me bronceo como yo quiera por el resto del viaje.
—Ni de coña.
—Ni siquiera sabes en qué consiste —espetó Minako de mala gana.
—Lo que sea voy a perder. No tengo tu condición atlética y definitivamente no tengo tu aguante con los shots de tequila —se quejó acordándose de la resaca de hace días por sus locas ideas de irse a la discoteca del lugar.
—Pero si sales a correr diario.
—Troto, y a veces...
—Bueno, pero es algo. ¿Tienes miedo de perder, cariño...?
—Serás cabrona —se rió Yaten, sabiendo que estaba cayendo en la trampa —. Vale, una carrerilla. ¿Y qué pasa si yo gano?
—Uy. Es secreto, pero te juro que te va a encantar el premio.
Los dos se sentaron en la tumbona mirando hacia la playa, en dirección opuesta al mar.
—De aquí a... ¿esa palmera? —sugirió Yaten. Después de haber nadado tanto, estaba renuente a abarcar una buena distancia. Lo físico no era lo suyo, y menos en un clima tropical. Lo detestaba. Lo suyo eran las chimeneas, la nieve y las bebidas calientes con un buen libro. Minako era básicamente la Barbie Malibú en persona, así que quiso complacerla en que la luna de miel fuese en una playa como quería, igual que la complacía en demasiadas cosas... ni hablar. Tenía que trabajar en eso.
Como siempre, Minako no estuvo conforme con la propuesta.
—¿Qué tal al hotel? No está lejos —retó.
Yaten gruñó con fastidio.
—Andaaaa, prometo darte ventaja —se mofó de él.
Yaten arqueó una ceja.
—Me conformo con que no hagas trampa como siempre —se levantó de un salto —. Vale, ¿lista?
—Déjame ponerme mis gaf... ¡¿Eh, dónde vas?!
Yaten le gritó algo como que ya no necesitaba la ventaja y Minako salió como un rayo detrás de él. Le parecía que ya se le estaban pegando algunas de sus mañas.
Lo siguiente fue una trayectoria que estuvo llena de tropiezos en la arena, empujones leves y otros juegos infantiles para evitar que el otro llegase antes. Yaten ganó.
Atravesaron la puerta de la suite casi a la par, riendo y tirando por ahí las gafas mientras recuperaban el aliento. Minako se le colgó al cuello, pero Yaten se zafó y se escabulló hasta el baño.
—¡Nooo, estoy todo sudado! —replicó. Minako se echó a reír mientras cerraba la puerta. Su hombre siempre tan preocupado por cosas sin importancia. A ella le encantaba su olor siempre.
Yaten se sacó el bañador de un jalón y abrió el grifo de la ducha. El ambiente era tan cálido que incluso de la llave fría salía templada, lo que le resultó agradable para su piel toda tostada por el sol. Sintió la lluvia fresca caerle en el rostro y se permitió cerrar unos segundos los ojos y disfrutar... hasta que Minako intruyó sin preguntar en su espacio y se le echó encima otra vez. Ésta vez simplemente le cogió por la cintura y la atrajo hacia el agua, besándose con ardor.
Como él ya estaba desnudo, hábilmente le arrancó la parte de abajo del bikini. Contrario, con el top batalló bastante, tanto que causó la risa de Minako.
—El karma es peliagudo, ¿no?
—Cállate.
—Tal vez acabemos algún día...
—Que te ca... ¡ya está! Porquería —farfulló, como si la pequeña prenda tuviera la culpa de todo, y la arrojó sobre el váter para después volver a ser jalado por Minako hacia su rostro. Cuando sintió su lengua acariciar la suya con desenfreno, inmediatamente su erección creció y la sangre se le calentó como lava. Su universo entero temblaba sólo con un beso suyo. Era como si tuviera línea directa con sus hormonas.
Sus cuerpos eran más resbaladizos por el agua, y cada toque o caricia friccionaba su piel de manera increíble. Era mucho mejor de lo que hubiera imaginado y se maldijo por haber esperado tanto para bañarse con ella. Sí, jamás se les había ocurrido hacer el amor en la ducha. Qué raro. Bueno, tenían toda una vida para inventarse lugares, ¿no?
Yaten comenzó a besar y morder su cuello y el lóbulo de la oreja, mientras todas las células del cuerpo de Minako se debilitaban y con sus manos se aferraba a su espalda. Él descendió con diversas escalas de besos, sobre la clavícula o los hombros, hasta quedarse allí prendado en esa parte suya que tanto le gustaba. Con una mano la acariciaba en círculos, a la vez que del otro lado usaba su boca con frenesí. Era como si silenciosamente, entre lambetones y besos a sus pezones, le hiciera saber que no quería jamás que nadie viera su cuerpo como él lo hacía. A Minako le temblaron las rodillas y se sujetó torpemente colocando una mano en el vidrio de la ducha, sofocando sus jadeos.
Pero pronto ella quiso participar también, pues si había algo que le gustaba más que recibir placer de él era dárselo. Y vaya que sabía cómo. Minako le obligó a incorporarse y dando un giro lo estampó suavemente sobre el mármol frío. Yaten gimió sobre sus labios. Su erección era tan grande que le rozaba los muslos. Se separaron y Minako le mostró una ronrisa ladina. Sus ojos buscaron la botellita de gel de baño, y se echó una buena cantidad en las manos.
Yaten le miró con el ceño fruncido. No podía creer que a estas alturas Minako iba a decidir bañarse de verdad. Ella dilucidó sus pensamientos.
—Hay que darle buen uso a lo que tenemos —le insinuó dejándolo prácticamente igual de confuso, hasta que vio como luego de frotarlo en el abdomen para hacer algo de espuma, bajaba su pequeña mano y la colocó rodeando su miembro. Estaba caliente y palpitante.
Luego empezó a frotarlo lentamente en toda su longitud, y también masajeó la zona genital inferior con la otra mano. Yaten suspiró y cerró los ojos, relajándose y quedando a su merced. Minako se deleitó mirándolo así, todo mojado y perfecto, observando los gestos de placer que emitía con la anticipación y el reconocimiento de sus maniobras. Se inclinó y con su suave lengua besó su cuello un rato, hasta que notó como la respiración de Yaten comenzó a acelerarse de verdad, y paró para evitar que se dejara ir antes de tiempo. ¿Cuál era la prisa?
—Joder —maldijo Yaten en voz baja abriendo los ojos y regresando a la realidad. La sensación con el jabón era totalmente diferente y lo dejó alucinado. Dejó que el agua que caía lo enjuagase y luego volvió a unirse a Minako, agradeciendo sus atenciones con un largo y dulce beso. La levantó del trasero con un brinco y la hizo sentarse en el desnivel escalonado de la ducha. Era mucho más cómodo que solo estar de pie.
Antes de hacer nada se la comió con los ojos unos segundos, recorriéndola de arriba abajo. La vista era simplemente una maravilla. Ahí estaba Minako, con los ojos brillantes, con las gotas desparramadas escurriendo por doquier, las mejillas arreboladas y toda abierta de piernas. Deliciosa. Ya lo sabía, pero le gustaba repetírselo a sí mismo de vez en cuando: era un maldito afortunado.
—Te amo —le dijo sólo porque sí, antes de besarla de nuevo, y mientras trataba de hacer lo mismo con ella con su mano. Minako se abrazó a él y sonrió feliz al oír aquellas palabras espontáneas y quiso decirle que lo amaba también, pero los dedos de su marido le sacaron un largo y ruidoso gemido al palpar la suave carne de su intimidad, para luego introducir un solo dedo en su interior. No pudo hacerlo, pero de todos modos en su lenguaje secreto era exactamente lo mismo. Yaten introdujo un segundo dedo, y así comenzó a moverlos en círculos. Minako empezó a retorcer las caderas compulsivamente, disfrutando mucho, pero entonces él los sacó antes de que tuviera su primer orgasmo, dejándola con un vacío antojadizo.
—Pásame la regadera de mano —le interrumpió sus lascivos pensamientos ¡Había estado tan cerca!
Minako parpadeó frustrada.
—¿Qué...?
—Que me pases la regadera de mano, está justo a tu lado —repitió mecánicamente, como si estuvieran cocinando una tarta y le pidiera la batidora.
Pero le hizo caso, sacó el grifo del soporte y se lo entregó. Yaten le sonrió mientras de hincaba frente a ella, con la nariz goteando un poco e hizo girar la perilla hasta que el agua salió con una fuerte presión.
La dirigió a su vientre.
—¿Qué estás haciendo? —preguntó extrañada.
—Hay que usar lo que tenemos aquí, ¿no? —devolvió con una sonrisa petulante —. Si no te gusta lo dejo, pero primero prueba. Minako accedió, pues siempre era muy curiosa en cuanto a esos temas. Le gustaba experimentar.
El agua golpeó la piel de Minako, primero su abdomen y luego más abajo, en el pubis. Ella dio un ligero respingo ante la sensación extraña. Casi enseguida bajó los hombros, como si se hubiera acostumbrado rápido. La verdad es que se sentía bien, era como un cosquilleo constante, o como una corriente eléctrica pero muy, muy suave...
—¿Y bien?
—Sí...
—¿Qué? —increpó él, disfrutando de torturarla un poco y se retiró.
—Sí, déjala ahí —dijo ella. Yaten se rió sutilmente y acercó aun más el agua para acrecentar la sensación. Además, se colgó una de sus piernas al hombro y allí le dio pequeños besos en la cara interna de sus muslos. Un combo perfecto.
Fue bueno que estuviera sentada, porque si no hubiera perdido ya el equilibrio. El agua directa en su sexo hizo que los músculos internos de su cuerpo comenzaron a subir de temperatura, y a responder hasta tensarse demasiado. Echó la cabeza hacia atrás y sus piernas empezaron a temblar. Sus gemidos se hicieron más y más ruidosos.
—Yaten, ya... no puedo... —no sabía ni lo que estaba intentando decir, pero cuando él pegó la regadera lo más que pudo y abrió su potencia al máximo para ver qué pasaba, Minako se sostuvo de la pared y arqueó la espalda. Estaba justo en el borde.
—Hazlo, amor —le incitó con voz ronca desde abajo, como si le hubiera leído el pensamiento, y le mordió un poco el muslo.
Y así se corrió, fuerte y largamente.
Oirla bastaba para hacerle perder la razón a cualquiera, y Yaten estaba ansioso por desfogarse también. Era muy difícil de por sí verla contonéandose por la playa con esos bikinis provocadores sin hacer nada hasta llegar al hotel, era como si todo el día le estuvieran ofreciendo pequeñas dosis de su droga predilecta. La parte buena es que Minako era insaciable, así que apenas colgó el artefacto en su sitio, Minako jaló su mano con urgencia y abrió los brazos para enroscarlos en su espalda e invitarlo a que se unieran en uno solo. El agua seguía estando fresca, pero ellos la sentían demasiado caliente. Eran sus cuerpos incendiándose.
Los dos dejaron escapar un suspiro de placer y de derrota cuando Yaten empezó a mover sus caderas contra las suyas, trazando el ritmo más fascinante del mundo al entrar y salir.
—Así, Yaten —gimoteó Minako en su oído, moviéndose también a su compás. Yaten sólo aceleró más y más sus embestidas, perdido en su pasión y arrastrándola a ella consigo. El agua hacía brillar sus cuerpos y conforme avanzaban los minutos, comenzaba a formarse vapor en la ducha por los jadeos. Los dos estaban a punto...
Llegaron al clímax uno detrás del otro, y se besaron un largo rato, sin despegarse siquiera. Yaten se permitió descansar la cabeza sobre su hombro y lentamente salió de su interior. Sentir su corazón latiendo desaforado contra su pecho y su abrazo lleno de amor le hacía sentir mil veces mejor incluso que lo que acababan de hacer. Era tan reconfortante sentirse a salvo con Minako. Después de pasarse toda la vida corriendo y huyendo, alguien al fin lo había atrapado.
Clarificado, miró a su alrededor.
—Buena ducha —opinó asintiendo, siempre interesado en los diseños y los espacios. Minako se quitó el pelo empapado de la cara, y exhaló con fuerza sobre su rostro.
—Más vale, cuesta una fortuna.
Se sonrieron.
—Pues habrá que usarla más seguido...
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Notas:
¡Holiwis! JAJAJAA...apuesto a que no esperaban que esto emergiera de la oscuridad de mi mente. Me explico: Desde que publiqué "ROOMIES" hace años, he recibido muchos mensajes pidiéndome detalles de Mina y Yaten y su relación, por esta ser demasiado misteriosa y es lógico, ellos no son los protagonistas. Aun así, me causaba ternura que lo hicieran incluso por mi face, así que yo también antojadiza, decidí abrir este nuevo proyecto sin pretender abarcar mucho en cada shot, pero que podría satisfacer el gusto de los fans de esta linda (GENIAL, MARAVILLOSA Y PERFECTA) pareja :3 ¡Y por supuesto que tenía que hablar de la luna de miel! uwu
Habrá menciones/apariciones esporádicas de SxS. :)
Acotación especial: Por favor, por favorcito, absténganse en este espacio de pedirme/exigirme/coaccionarme sobre las actualizaciones de "Roomies", no hay nadie más consciente que yo del tiempo que lleva en hiatus y estoy en eso, no lo hago de mala fe y no es una competencia entre fics sólo porque estén en el mismo "universo" por así decirlo, y ahora mismo quiero escribir sobre lo que me hace feliz, porque estoy pasando por momentos malos y esto me alivia. *GRACIAS*
Espero sus comentarios, no me dejen en visto por fa :'v
