2.
Cotilleos en el supermercado
Era domingo en la tarde, y caminaban lenta y perezosamente por la sección de enlatados de ésa grande tienda. Minako detestaba los días de supermercado, porque Yaten se ponía muy pesado con el tema de los presupuestos, el orden de las listas y además acababan de remodelar el almacén, por lo que estaban tardando más de lo acostumbrado en encontrar los artículos. Le dolían los pies por haber usado tacones toda la semana y tenía sueño.
Estaba desvelada por haberse zumbado un maratón de una serie muy buena de casos policiacos. Yaten se había acostado temprano, pero ella no pudo parar.
Antes los domingos le suponían dormir hasta la tarde y haraganear viendo la tele hasta que le daba hambre, por allí de las cuatro de la tarde. Luego pedía una pizza y repetía el proceso hasta que se iba a dormir. Pero no más. Ahora era una mujer casada, supuestamente responsable y esas cosas eran necesarias, además de tener que hacer limpiza, lavar la ropa... un fastidio total. Ni hablar. Si por ella fuera comería comida para microondas todos los días de su vida, aunque en el fondo agradecía las mañas ordenadas de Yaten. Era agradable irse a dormir en sábanas oliendo a suavizante y siempre tener comida buena y nutritiva en el refrigerador. Se supone que comer saludablemente y administrar era parte de convertirse en adulta. O lo que sea.
—¿Dónde estará el cereal que me gusta? —preguntó Yaten distraídamente. Ella caminaba un poco más adelante del cochecito y echaba algunos vívveres con la previa aprobación suya.
Aprovechó su posición para sonreír burlona y que no pudiera verla.
—Pasillo "A" —le indicó.
—¿De "avena"?
—No, ¡de anciano! —se rió Minako a carcajadas mirándolo de reojo. Yaten frunció el ceño con recelo —. Corazón, ¿cómo puedes comer esa cosa tan tirante y desabrida? Te aseguro que si te comieras la caja te sabría exactamente igual.
—Pues a mí me gusta —rezongó en voz alta, mientras daban vuelta a la izquierda y cambiaban de pasillo. Yaten odiaba por sentada cualquier cosa azucarada y colorida que viniera en una caja.
—Ya lo sé, lo que no me explico es el por qué —criticó cogiendo una bolsa de patatas fritas y echándola al coche —. Estás conmigo, se supone que tienes buen gusto.
Yaten la tomó con brusquedad y la volvió a dejar en su sitio.
—Mejor come arsénico, es más rápido —le devolvió con una sonrisa cruel.
Minako puso los ojos en blanco y cruzó los brazos obstinadamente.
—Serás mustio... ¡si cuando las sirvo siempre picas también!
Yaten le ignoró con un desplante de mentón y quiso avanzar, pero Minako puso un pie bien firme en la base del coche, impidiéndole el paso. Él le miró de mala gana.
—¿Qué?
—¿Con qué se supone que veré la tele? ¿Comiéndome las uñas?
Yaten echó un vistazo a su alrededor, evaluando las posibilidades. Se decantó por unas chips que decían ser de cilantro y otras especias.
—Mira, éstas son saludables y seguro también saben buenas —propuso ahora de buen humor, tomando una bolsa del estante de más arriba. Minako arrugó la nariz y leyó la etiqueta impresa del producto feo:
—"Cero carbohidratos, cero grasa, cero azúcar y cero gluten..." Y la madre, ¿entonces qué tiene? —exclamó horrorizada.
Yaten se encogió de hombros.
—¿No prefieres "lo malo que podrías averiguar que lo bueno por lamentar?"
—¿Te refieres a "Lo malo por conocido que lo bueno por conocer"? —corrigió como siempre.
—Exacto.
Yaten meneó la cabeza, Minako lo había hecho dudar. ¿Patatas veganas? No, mejor no. No era tan extremista tampoco.
—Vale, pero lleva la bolsa pequeña...
—¡Eaa! —aplaudió triunfante, y miró lo siguiente de la lista —. Veamos, parece que la leche está...¡OHPORDIOS!
Minako frenó tan de repente que hizo girar y retroceder el cochecito, y a su vez, colisionó con el anaquel tirando varias cajas de galletas y harina para pasteles. Úna de ellas le cayó en la cabeza a una mujer que estaba agachada buscando algo, y les miró con ojos asesinos.
Yaten le sonrió a modo de disculpa, recogió las cosas y tras ponerlas en su sitio se dirigió con ferocidad hacia su esposa:
—¿Estás mal de cabeza? ¡Acabas de causar un choque múltiple! Hasta hubo heridos y todo y tú ni en cuenta...
Pero Minako no le oía. Esataba asomada en la esquina del pasillo con los ojos celestes muy abiertos y sus pupilas dilatadas por el asombro.
—Ven a ver esto —le cuchicheó a Yaten, llamándole con la mano.
—Donde sea otra vez ésa estúpida botarga de vaca regalando helados te vas a enterar...
Pero no lo era. Eran nada más y nada menos que Serena y Seiya, que estaban más adelante, por allá donde se encuentran los contenedores de vegetales y frutas. Los dos estaban muy alegres, riendo y bromeando (al parecer) y cogiendo uvas y manzanas. Minako abrió la boca exageradamente. No se lo podía creer. Sí sabía de hace poco que ellos compartían piso, pero hasta ahí. Aquello era cosa de otro mundo. Ni siquiera pensaba que serían cercanos. ¡Menos en tan poco tiempo! Conocía esa sonrisa bobalicona de su amiga. Estaba perdida.
—¿A que es increíble? —le dijo Minako a Yaten, con un deje de ofensa.
—Sí, increíble —coincidió él hablando sobre su oído con extrema seriedad —. No puedo creer que haya más gente, aparte de nosotros, que visite el supermercado a esta hora.
Luego se echó a reír de ella. Minako le dio un codazo molesta.
—¡Venga! Eso no es lo que quiero decir y lo sabes.
—¿Ah, no?
Minako se giró y habló con petulancia.
—No se trata solamente de que estén aquí. Están juntos, haciendo la compra. ¡La despensa de la casa para ser específicos! Algo que se planea y se hace entre dos personas que solamente son parientes o pareja, ¡no más!
Yaten suspiró con aburrimiento.
—¿Y?
—¡Están escogiendo fruta! ¡Míralos! —siguió Minako, sin poder creer lo que veía —. Ni siquiera tú y yo hacemos eso.
—Eso es porque tú no sabes escogerla —punzó lógico, e hizo un ademán con la mano para que se quitara del camino.
A Minako se le tiñeron las mejillas de rojo, y carraspeó. Serena y Seiya se perdieron de vista por la zona de las carnes y pescados. Ya no estaban en su rango de visión.
—Ese no es el punto —se defendió.
Yaten no le siguió dando cuerda, y volvió a poner en marcha el cochecito. Minako le siguió a pasos cortitos. Parecía muy afectada con la revelación que había tenido.
—¿Crees que estén teniendo algo?
—Define «algo»...
—Bueno, ¿crees que ya se acostaron? —preguntó sin tapujos. Una pareja de ancianos que comparaban precios de arroz les miró escandalizados. Minako era así, hablaba de relaciones sexuales y ésas cosas como si fuera la propia lista del supermercado, y no le importaba si a los demás les incomodaba o no.
—Seiya se ha acostado con medio Tokio, así que es altamente probable —contestó tranquilamente.
Minako bufó con desaprobación. Su amiga era muy sensible, y sobre todo muy frágil. Y Seiya era un mujeriego empedernido, en lo que le conocía le había visto al menos cinco chicas de diferentes tipos y todas guapas, y eso que casi nunca lo veían. Aquello no acabaría bien. ¡No podía creer que estuviera teniendo queberes con su cuñado y ella ni en cuenta! Bueno, algo sospechaba, pero de allí a verlo en vivo y a todo color...
—No puedo creer que Serena no me lo haya dicho —se quejó compungida, arrastando los pies y haciendo pucheros mientras Yaten la obligaba a echar unas latas de atún y salsas diversas para pasta. Rápidamente recobró la jovialidad y le miró a él — ¿No puedes preguntarle a Seiya?
Yaten le miró como si le hubiera pedido que le donara un riñón.
—Pero claro...
—¡Gracias!
—QUE NO.
Su rostro mostró impaciencia.
—¿Por qué? Es tu hermano —discutió.
—No por decisión propia.
—¿Qué tendría de malo que le preguntes?
—No se trata de eso. Seiya y yo tenemos tres reglas muy sencillas —dijo caminando —. Regla 1: No nos jodemos nunca. Regla 2: Sólo nos jodemos en situaciones de emergencia y esta no figura como una. Y regla 3: No nos metemos en las relaciones personales del otro.
Así que aunque quisiera no puedo ayudarte.
—Ustedes figurarían bien para un experimento científico. ¿Es que no ves lo raro que es que piensen así? Ahí está el pan de molde que nos gusta —agregó señalando hacia arriba.
Como no alcanzaba bien, se trepó en la base del coche y estiró al máximo su mano. Yaten la cogió de la cintura con ambas manos hasta que estuvo en tierra firme. Y es que ya la había visto caer varias veces y de formas multivariables...
Una vez que bajó, Yaten se explicó.
—No lo es, lo que pasa es que tú estás acostumbrada a querer meter la nariz en los asuntos de todo mundo y que todos te rían la gracia —le regañó sin malicia, y se dispuso a andar. Minako puso los ojos en blanco, y en venganza aprovechó que él estaba volteado para echar una caja de pastelitos de fresa y chocolate. —Diría que es práctico, así él vive su promiscuidad en paz y yo mi matrimonio en paz —concluyó.
Aquello hizo corto circuito en la mente de Minako, quien pestañeó confusa.
—¿Por qué tendría que dejar tu matrimonio en paz? —empezó a elucubrar siguiéndole el paso —. ¡¿Es que acaso no le agrado?!
Eso no podía ser. Ella le agradaba a todo mundo, sobre todo a los hombres. Incluso a los homosexuales. No había manera de que un ojo alegre y regalón como Seiya la mirara con malos ojos. Además ella era un encanto de persona y se portaba muy bien con todos sus amigos.
¿Lo hacía?
Bueno, con Zafiro no, porque le había rechazado, pero eso era otra historia. Simplemente no tendía por qué tener queja suya.
Yaten se detuvo y le pellizcó la nariz frenando sus elucubraciones, porque estaba a punto de chocar con una montaña de papel higiénico. Minako lo apartó riendo.
—Nunca lo sabrás. ¿Ves? La indiferencia y la ignorancia son pura felicidad.
—¿Y eso qué quiere decir?
—Que dejes de armar cuentos y te sugiero que esperes a que tú amiga te lo cuente cuando se sienta lista. ¡Ah, ahí está! —exclamó Yaten muy satisfecho, y echó la caja del All Bran a la canasta —. Y tiene descuento, qué bien.
Minako dio una ligera pataleta en le piso. Lo hacía siempre que perdía en algo que se proponía, al menos para descargar un poco la energía. Seguía preocupada por Serena de todos modos, no todo era cotilleo. Ya vería como averiguarlo sin meter la nariz donde no debía, como decía él.
—Camina, que nos falta un montón —le exigió Yaten dejándola muy atrás. Minako corrió apurada, esquivando a la gente.
—Aaaay, ¿por qué siempre en el supermercado eres taaan marimandón?
—Tal vez porque tú lo eres en toooodos los demás sitios, querida...
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Notas:
XD Ja, bueno, oficialmente se acabaron sus días de luna de miel y ahora quiero mostrarles la realidad. Este shot me gusta mucho, me dio risa en muchos aspectos. Soy la única que AMA como Yaten la cuida de caerse de pompis aunque la siga regañando? XD Ay, los amo tanto.
No seas mala onda y si leíste esto y te gustó, déjame un review... no te quita ni 3 minutos y a mí me hace muy feliz :D
Hasta el otro!
