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Domingo familiar
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Seiya subía los escalones del edificio mientras silbaba animosamente. Traía una botella de vino en la mano, y llevaba puestos unos pantalones negros que le ajustaban perfectamente con una simple camiseta blanca de cuello en V. Su look estaba complementado con sus típicas gafas oscuras tipo Wayfarer que le daban un detalle de estrella de rock. Cuando dio con el piso que buscaba, se topó con dos adolescentes que quedaron impactadas con él.
—Buenas tardes, señoritas —las saludó sonriendo, mientras se abría paso por un lado.
Las dejó cuchichéandose emocionadas y hechas un torbellino de hormonas, pero Seiya estaba concentrado en encontrar el número de departamento correcto. Sonrió muy entusiasmado y tocó el timbre. Segundos después, la puerta se abrió mostrando a su hermano Yaten, que puso una cara peor que si le hubiera ido a buscar la mismísima Muerte.
—¡¿Qué haces aquí?! —le espetó entre dientes.
No esperaba fanfarrias y besos con su llegada, pero ciertamente tanta hostilidad le desagradó. Seiya borró su sonrisa y frunció el ceño.
—¿Cómo que qué hago? Ya son las tres…
— ¡Te envié un mensaje!
Seiya se quitó las gafas para que su hermano menor pudiera ver como rodaba los ojos con desprecio.
—Te he ignorado por veinticinco años, enano quejica. ¿Qué te hizo pensar que haría una excepción hoy? Además Minako fue quien me invitó —le devolvió petulante, y se abrió paso hacia el interior del lugar.
Era la primera vez que estaba ahí, y le echó un vistazo rápido: era no muy grande, con suelo de hormigón impreso y un tapete circular color crema en una sala gris de L. Algunas paredes y columnas eran de ladrillo rojo-antiguo, con ese estilo dañado a propósito y otras cuantas y de un blanco simple. Tenía largas y angostas ventanas que tenían pequeños balcones de herrería. No era tan genial como su apartamento, pero era agradable y más cálido, además de que el platinado tenía muy buen gusto para los espacios y los colores. Todo quedaba con todo.
Yaten no tuvo más remedio que cerrar la puerta tras él, y miró hacia la pequeña cocina con nerviosismo. Luego se le acercó a Seiya.
—No entiendes, idiota… estoy previniéndote —musitó tenso.
—¿De qué? Espera, ¿por qué susurras?
Una vocecilla aguda se oyó del otro lado de la casa. Minako tenía oído de sabueso. Bueno, cuando le convenía.
—¡Pero si ya llegó nuestro invitado! —chilló la "señora" de la casa anunciándose con una sonrisa deslumbrante. Traía un bonito vestido corto de verano sin mangas todo blanco, con bordados de florecillas diminutas moradas en el borde de su falda. Además, portaba un llamativo delantal naranja con estampados de piñas muy graciosas. Sus sandalias de plataforma resonaron cuando caminó hasta ellos, feliz de la vida. Era la visión personificada de la fantasía de cualquier hombre: una rubia preciosa y sexy cocinando algo delicioso por la tarde. Seiya sintió una fugaz punzada de envidia, pero se le disipó rápido al acordarse que los compromisos no eran lo suyo y podía fornicar con una chica distinta cada fin de semana sin que le echaran una correa al cuello. Era una buena consolación.
Minako le dio un beso en la mejilla como saludo, y Seiya le entregó el vino.
—Gracias por invitarme. Esto… mi amiga Michiru me dijo que se estila llevar un vino o un postre cuando te invitan a una casa por primera vez. Lógicamente elegí el alcohol.
Minako se rió como si eso fuera algo muy gracioso. Yaten los miró mal a ambos y se cruzó de brazos.
—¡Es perfecto! Seguro nos encantará —dijo, y se la dio a Yaten sin prestarle atención, quien apenas tuvo oportunidad de cogerlo —. Espero que tengas hambre.
—Mucha. He vivido de alitas picantes y papas fritas toda la semana en el bar. Un poco de comida casera sería estupendo —sonrió Seiya. No era por obligación, realmente estaba muy contento de estar allí.
—¡Espléndido! —exclamó ella alegremente, y luego se dirigió a Yaten —. Corazón, ¿Por qué no le ofreces algo de beber a Seiya mientras yo termino con la comida?
Yaten sólo gruñó y suspiró en respuesta. Minako caminó haciendo el mismo ruido con sus tacones y desapareció en la cocina. Luego empezó a tararear una canción pegajosa de moda. Sí, se notaba feliz.
—Sí corazón, ofréceme algo de beber ¿qué esperas?—se burló Seiya despiadadamente. No le perdonaba que la noche anterior le hubiera mandado un mensaje que decía: «Si sabes lo que te conviene, no vendrás mañana». Lo tomó como una broma ácida de las que solían lanzarse, pero ya no parecía broma. De verdad quería echarlo y le parecía mezquino, así que se desquitaría como pudiera.
—Claro, ¿qué te apetece? —preguntó en voz demasiado alta, falsa y amable, para que Minako lo oyera bien.
—Una cerveza, por favor. Por cierto, a Minako le queda muuuy bien ese delantal —opinó para provocarlo.
—Sí bueno, te aseguro que es lo único que le queda bien —replicó Yaten en tono cortante, nuevamente bajando más la voz.
Seiya se rascó la cabeza sin comprender. Yaten le indicó que se acercara hasta la sala para quedar más lejos de la cocina. Puso un poco de música en su IPod para amortiguar sus voces.
—Hablo en serio, Seiya. Tienes que irte... si quieres llegar vivo a mañana, al menos.
—¿De qué diablos estás hablando? —escupió Seiya totalmente confundido.
Yaten suspiró a la par que se sonrojaba. No sabía como explicarle el pequeñito problema que tenía su esposa con cualquier cosa comestible, cualquier preparación y cualquier electrodoméstico. Tanto, que él había preferido asumir el rol de cocinero de tiempo completo, sin importar el tiempo o el trabajo que le llevara. A cambio, Minako sacaba la basura o sacudía los muebles, lo que hiciera falta pero sin riesgos. Pero en cuanto a la gastronomía era un caso perdido y definitivamente no sobreviviría a otra intoxicación como la última.
—Digamos que… la cocina no es su fuerte —explicó Yaten, tratando de suavizar el golpe. Seiya arqueó una ceja con ironía. Su hermano siempre había sido un tiquismiquis y lo sabía.
—Hombre… ¿y eso qué? Nadie nace sabiendo, nosotros nos las vimos duras cuando papá y mamá se fueron. No seas tan cabrón.
—Ja, no. No entiendes —sonrió Yaten amargamente —. No hablo de guisos salados y arroz batido. No. Hablo de cosas de verdad radioactivas. Que deberían tener una etiqueta con una calavera como advertencia y mantenerse fuera del alcance de los niños y las mascotas.
—De verdad que pienso que cada año te haces más cascarrabias y exagerado…
Yaten se exasperó llevándose una mano al cuello. No quería decir nada, pero no tuvo de otra.
—¿Recuerdas que estuve enfermo del estómago hace como tres semanas?
Seiya palideció. Claro que se acordaba, él mismo le había llevado una medicina aquella vez, porque Minako estaba en un curso y él tuvo que irse del suyo casi en ambulancia cuando se empezó a sentir mal. Tenía un color verdoso y parecía uno de los extras de The Walking Dead, pero no le dio más explicación ése día. Sólo tomó la medicina, se inyectó el suero y no habló más del tema.
—Pero… dijiste que el pollo chino que habías pedido estaba malo.
Yaten le echó una mirada furibunda.
—Nada de pollo chino, hermanito. Me hizo un almuerzo "sorpresa" y me lo llevó al trabajo con gran orgullo, y para colmo con una de ésas minifaldas que se pone a veces. ¿Te imaginas? ¡No pude tirarlo porque todos me estaban mirando como si yo fuera un puto faraón! Y qué clase de ogro malnacido sería si no me como el almuerzo casero que mi guapísima y romántica esposa me hizo, ¿verdad?
—Madre mía…—gimió Seiya temiendo lo peor, y tragó saliva ruidosamente.
Yaten señaló la puerta del fondo del apartamento.
—Ya te digo yo, si ese baño pudiera hablar, te haría el inventario de que apenas llegué a casa, no salí de allí hasta que saqué hasta la primera papilla de mi vida, y así fue por horas y horas...
—Ew, qué gráfico —repuso Seiya con repulsión, deteniéndolo.
—Bueno, tú eras el que no me creía.
Seiya se echó las manos a los bolsillos del pantalón.
—Pero… ¿crees que ahora sea así…? —quiso saber. Estaba visiblemente preocupado. No, aterrorizado sería la palabra correcta —. ¿No habrá mejorado un poco desde entonces?
Yaten se sintió un poco culpable por lo que acababa de despotricar, pero negó con la cabeza.
—Mira, cosillas muuuy básicas ya no le salen tan mal, pero cuando se pone a experimentar… —Yaten hizo un gesto como cortándose el cuello con el dedo —. Así que bajo tu propio riesgo… nunca digas que no te lo advertí.
Seiya miró hacia la cocina horrorizado. Minako gritó agudamente de pronto. Antes de que cualquiera pudiera preguntar o ayudar, ella asomó la cabeza.
—¡Sólo un pequeño incidente con el horno, no pasa nada! —les dijo riendo nerviosamente, y volvió a meterse. Se oyeron otros ruidos de trastos chocando entre sí y le indicó a Yaten que pasaran a la mesa.
—Joder, tengo que salir de aquí —anunció Seiya alarmado —. ¿Pero cómo? ¿Qué le digo?
—No sé. Invéntate algo.
—¡No puedo, ya es tarde!
—¿Qué tanto están cotilleando ustedes dos, eh? —salió Minako de su sitio, evaluando la situación. Ya le parecía raro que esos dos no se estuvieran dando hasta con la maceta o viendo la ESPN. Era demasiado sospechoso mirarlos en una conversación tan confidencial.
Como era el que menos miedo le tenía a Minako, Seiya fue el primero en reaccionar. Sonrió titubeante.
—Nada, nada cuñada… sólo le decía a Yaten que…
Y le miró como buscando la respuesta. Yaten lo vio con los ojos como platos.
—¿Me decías qué...? —se zafó.
—Pues que… yo… que yo… —Seiya cerró los ojos rogando que se le prendiera el foco —. Que yo… ¡que no me siento muy bien! Me siento mal. Muy enfermo.
—Oh, no. ¿Qué te ocurre? —preguntó Minako preocupada, y juntando sus manos al pecho.
—Es… —Seiya estaba en blanco, totalmente en blanco, como cuando un computador se queda pasmado por un virus. No se le ocurría nada, y los ojos grandes, brillantes y angustiados de Minako lo hacían sentirse una mierda de persona por mentirle. ¡Malditas mujeres! Por eso no quería tener novia, sólo complicaban todo con sus estrógenos, sus ojos lacrimosos y sus curvas tentadoras —. Es que yo… yo soy... claustrofóbico. Sí. De hecho me está empezando a faltar el aire, uuuuffff —mintió empezando a abanicarse.
Yaten se llevó una mano a la frente. Seiya era un imbécil en toda la extensión de la palabra, pero de menos pensaba que sería más original.
Minako ahogó una expresión de sorpresa.
—¿En serio? ¡Qué mal, no lo sabía! ¡Yaten, abre la ventana!
—Sí… —jadeó echándose aire con una revista que acababa de encontrar por ahí.
—¡Qué terrible! ¿Desde cuándo lo padeces?
—Desde… niño —contestó mirando hacia el piso. Yaten se debatía entre echarse a reír y darle un zape en la cabeza, así que mejor les dio la espalda para disimular y dijo que iría por un vaso con agua para su hermano a ver si así se le pasaba.
—¿Y sabes por qué lo tienes? ¿Fue un trauma? —preguntó Minako interesada, en cuanto él volvió. A Yaten se le olvidó mencionarlo, pero volvió a aguantarse la risa, sintiendo verdadera pena por su hermano mayor: Mina no era de las que se conformaban con una respuesta simple: querría saberlo todo, cómo, cuándo, dónde y con detalles incluidos. Quizá hasta lo obligaría a ir a urgencias de la mano. Jamás lo dejaría en paz y esa sería su penitencia.
Seiya vio como su hermano se divertía a sus expensas, así que agregó:
—Pues… una vez Yaten me encerró en un armario oscuro y pequeñísimo por horas. Nunca lo superé. Tuve pesadillas por años.
—¡Qué! —gritó Yaten ofendido. Minako le miró con la boca abierta —. Yo… yo… yo sólo era un bebé. No me acuerdo. No fue a propósito, era un juego —mintió de vuelta, mientras Seiya sonreía.
Pero Minako pronto recobró su ánimo. Estaba empeñada en que nada arruinara su perfecto domingo familiar.
—Bueno, pero eso no es problema. Abriremos todas las ventanas y tenemos un ventilador—le dijo, optimista como siempre, y puso una mano en el hombro de Seiya para confortarle.
—No… yo no creo que pueda quedarme. De verdad. El aire me falta. ¡Pero podemos comer fuera! —se le ocurrió de pronto —. Hay un restaurante nuevo aquí en la esquina, se ve buenísimo. Tiene una gran terraza. Y por todas las molestias que les he hecho pasar, yo invito. Por favor. No quiero arruinar nuestra reunión...
—Es una buena solución —apoyó Yaten —. La comida podemos… guardarla para después.
O la tiraría a propósito fingiendo que se le había caído la olla. Eso era lo de menos.
Minako entristeció, y empezó a hacer pucheros.
—Pero yo quería que la pasáramos aquí. Así deben ser las comidas familiares. ¡Hechas en casa!
—Pero hace un clima estupendo y será lindo comer en el restaurante —trató Seiya de convencerla. Los dos sin darse cuenta ya se estaban doblegando ante sus encantos, y sabían que el precio sería fatal. Debían mantenerse firmes hasta el final.
—La haremos, claro. Otro día que Seiya se sienta mejor. Pero mira, así la próxima vez podemos cocinar juntos la receta y…
Seiya resopló meneando la cabeza. Yaten la acababa de cagar magistralmente. Minako comprendió entonces todo con gran habilidad y se giró hacia él con ferocidad.
—¿Qué le dijiste? —le ladró. Yaten dio un paso hacia atrás.
—¡Nada!
—Seiya estaba muy entusiasmado con la idea de comer aquí, se sentía perfecto y ahora casualmente le salen traumas y fobias y se quiere largar. ¿¡Qué le dijiste!?
—Minako, cálmate…
—¡NO ME DIGAS QUE ME CALME CUANDO ME ESTÁN MINTIENDO EN LA CARA Y SE ESTÁN BURLANDO DE MÍ, YATEN KOU!
Seiya se puso en medio de los dos.
—No, no nos estábamos burlando… sólo… pues...sólo me dijo que te faltaba algo de práctica en la cocina, es todo —le apaciguó poniendo las manos a modo de defensa, cosa que por supuesto, no sirvió a ésas alturas.
Minako les miró despechada a los dos, y sus ojos celestes se humedecieron de coraje.
—¡Ya sé que no cocino bien, qué me van a contar a mí! ¡No soy estúpida! Pero me esforcé ésta vez, muchísimo… Quizá no esté de concurso, pero ni siquiera me dieron la oportunidad. Yo sólo quería que por una vez actuáramos como una maldita familia normal. ¡Ustedes son unos desagradecidos! ¡Par de tarados! —les gritó con acusación, y se sacó el delantal con teatralidad para luego avanzar a largas y dramáticas zancadas hasta su cuarto, dando un portazo.
Tras un prolongado silencio y recordarse lo feliz que era con su soltería, Seiya habló:
—Uau… vaya berrinche que acaba de…
—Cállate, Seiya. Si me hubieses hecho caso cuando te envié el mensaje no habría pasado esto —le acusó Yaten de mal humor.
Seiya suspiró. Supuso que no había nada más que hacer allí, ya que no se metería en dramas matrimoniales. Cuando iba a girarse hacia la puerta el olor a ajo y albahaca lo hizo detenerse y pensar. Sobre todo pensar. No había reparado en cómo habían cambiado las cosas desde que Minako y su hermano se habían casado. Es cierto, él ahora vivía mucho más cómodo, se sentía genial de hacer sus juergas cada fin de semana como quería y nadie le mangoneaba. Era más libre, pero también se sentía más a la deriva. Sin nadie con quien hablar ni para preguntarle cómo le había ido en el trabajo, ya no digamos un problema real. La presencia de Yaten, aunque a su modo fantasmagórico, le hacía sentirse en casa. Ahora el silencio era abrumador cada noche que no había juerga. Era un contraste algo triste.
Tras la boda realmente sentía que había perdido a toda su familia, y parte de su identidad. Francamente, con la distante y fría relación que siempre había tenido con Yaten, pensó que no volvería a verlo en años. Pero Minako se había encargado de que no fuera así. Su esencia alegre y vivaracha los había contagiado, los coaccionaba a verse y siempre mediaba sus fricciones con sus ocurrencias ligeras. Era muy divertida y positiva. Yaten sonreía siempre con ella, se relajaba y le platicaba más de sus cosas. Minako, de cierta forma, había sido el chispazo colorido que había intruido en sus grises vidas, y definitivamente no era casualidad que hoy se sintiera contento de venir. Estaba recuperando un poco de lo que habían perdido.
Así que retrocedió.
—Yo… creo que si me marcho ahora Minako se enfadará. Más —empezó a decir Seiya de pronto. Yaten le miró como si lo hubiera tomado desprevenido de sus pensamientos.
—Supongo —se encogió de hombros.
—Y si lo piensas bien, independientemente del numerito… lo que hizo fue de hecho algo considerado. Y lindo —siguió.
—Eso creo, sí —coincidió Yaten.
—Quiero decir, ¿cuándo fue la última vez que alguien nos cocinó algo así?
—Mucho. No sé —sí lo sabía, pero no quería escarbar en esos recuerdos — ¿A dónde quieres llegar?
Se encogió los hombros también y sonrió de modo travieso.
—Sé que estás escéptico porque milagrosamente volviste del umbral de la muerte y no te culpo, pero… realmente creo que deberíamos arriesgarnos.
Yaten arqueó ambas cejas en respuesta.
—¿En serio?
—Claro, hombre. Seguro le tomó mucho trabajo prepararlo todo el día, ¿no? Es lo menos que podemos hacer.
Yaten se revolvió en su sitio.
—Sí, se levantó muy temprano para ir al supermercado y todo eso. Ni siquiera quiso que la ayudara. Y no habló de otra cosa en toda la semana —se quejó con humor.
—Pues ya está. ¿Qué es lo peor que puede pasar? Si me enfermo, bajaré esos kilos que me sobran por tantas alitas… y además, peores cosas me he llevado a la boca —añadió con una mueca soez.
Yaten se rió fuerte.
—Eso no te lo voy a discutir.
—¿Entonces estás de acuerdo?
El platinado asintió resignado, en el fondo le aliviaba no tener que lidiar con Minako solo.
—Vale… iré por ella —anunció girándose, pero luego agregó tímidamente desde su perfil —. Umm. Gracias, Seiya.
—No hay problema.
No tocó la puerta, pero entró con cautela a su habitación por aquello de que Minako le arrojara a la cabeza la secadora de pelo o algo así. Pero no era lo que esperaba. Ella estaba muy tranquila, sentada de espaldas en la orilla en la cama quitándose con unas pinzas de manicura los restos de salsa y pasta que se le habían quedado pegada entre las uñas.
—¿Se puede?
Minako sólo lo miró un instante, luego se volteó.
—¿Ya se fue Seiya?
Yaten caminó hasta su sitio.
—No. Te está esperando como yo, para comer los tres juntos —explicó sentándose a su lado. Minako le puso cara de pocos amigos.
—Vale, ya estuvo bien. No tienen que fingir también que quieren comerla, eso es cruel —repuso abatida.
—No estamos fingiendo. Bueno, antes sí, lo admito y nos disculpamos. Pero ya no es así.
—¿Por qué?
—Porque tienes razón. Somos una familia y debemos comportarnos como tal… al menos de vez en cuando —dijo Yaten sarcástico.
—¿Y si es otro fracaso estropeado? No tenía muy buen aspecto la última vez que lo revisé —renegó.
—Bueno, a veces lo que se ve feo te sorprende y resulta ser increíble por dentro. Excepto en tu caso, que eres bonita de las dos formas —le dijo acariciando su mejilla y arrancándole una risita de colegiala, aunque aun se le notaba algo insegura.
—No sé...
—Dijiste que tuviste cuidado con la receta, ¿no? ¿Y seguiste los mismos ingredientes al pie de la letra? ¿Sin inventar o sustituirlos por otras cosas raras? —indagó Yaten con severidad y recordando la lista de desastres que ya había acarreado.
Minako asintió orgullosa a todo, como una niña pequeña con una estrella en la frente.
—¡Síp!
—Entonces estoy seguro que está bien. Y si no, no importa tampoco —le adelantó cuando Minako iba a protestar —. Iremos al restaurante que mencionó Seiya, y la pasaremos bien de todas formas. Lamento contradecirte, pero no es la comida casera la que une a las familias. Es la gente. Eres tú.
Minako le miró deslumbrada.
—¿Eso crees?
—Claro que sí, y estoy seguro que Seiya también —le dijo, y le cogió de la mano —Vamos, mi chef enojona. Tenemos mucha hambre.
Parte de que Minako fuera un fracaso en la cocina no se debía solamente a la técnica si no a que era impaciente, y además se sobre exigía mucho. Ése día, por qué no, decidió preparar unos ravioles rellenos de espinaca en salsa de cuatro quesos y una ensalada fresca griega. Y claro, todo hecho desde cero. La verdad es que sí, la salsa se había secado y hasta estaba poquito grumosa, pero todos se llevaron la sorpresa de su vida cuando confirmaron que tenía un rico sabor. Ni siquiera estaba pasada de sal. Más que eso, estaba realmente buena. Todo el ambiente se aligeró a partir de ahí, Minako sonrió complacida mientras los chicos comían hasta quedarse satisfechos. Seiya incluso repitió plato. Les habló cosas divertidas de una tal Kakyuu que no dejaba de perseguirle, de sus locos amigos de la banda o su trabajo. Discutió acaloradamente con Yaten por qué un tal Davis de la NBA debería retirarse pero acordaron esperar hasta las eliminatorias para ver quién tenía la razón. Luego solo se quedaron un rato en silencio escuchando música. Pero era de ésos silencios buenos. De la clase de silencios que te dicen que estás en casa y no es necesario decir nada.
Seiya se marchó casi por la noche, agradeciendo el buen rato pasado e incluso les sugirió que algún otro domingo podrían ir a su departamento si querían. Antes de que Yaten abriera la boca para estropearlo, Minako aceptó por los dos.
Seiya ése día se fue a dormir con una sonrisa satisfecha en la cara. Una diferente e intuitiva. La clase de sonrisas que auguran que algo bueno te espera.
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Notas:
Quise dar también aunque sutil el enfoque y participación de Seiya en todo esto, no veo por qué no ya que es un eslabón importante de la familia. Espero que sus fans lo hayan disfrutado.
Alguien me preguntó si era necesario leer "Roomies" para entender esto, la respuesta es no. Simplemente te dará más sentido las cosas que leas pues las asociarás a la otra historia, pero no plantearé los shots de modo que sea incomprensible. No te preocupes.
Lo que sí recomiendo es pasar a mi perfil a leer "Mil millones de latidos" una serie de cortos extractos de cómo fue que ellos se conocieron.
Gracias y si no te quita mucho, hazme saber si te gustó, eso me haría very very happy uwu
Hasta el otro!
