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Sorpresas inesperadas

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Yaten regresó del parque más tarde de lo acostumbrado, ya casi a las nueve de la noche. Increíble pero cierto, se había acostumbrado correr un poco más y agregarle unos kilómetros a su simple caminata diaria. Incluso ahora hasta lo disfrutaba. Nunca había sido una persona atlética y probablemente nunca lo sería, pero ese fue el único hábito que su hermano Seiya le había pegado. Ambos eran como agua y aceite, pero cuando le preguntó una vez por qué le gustaba tanto salir a correr siendo que era medio perezoso para muchas otras cosas (como trabajar o hacer el aseo de la casa), le terminó dando la razón. Correr abría la mente, le despejaba o la aclaraba si algo iba mal. Además lo mantenía en forma y le ponía de buen humor, cosa que en su caso siempre lo necesitaba por lo naturalmente cascarrabias que solía ser.

Ése día le dio dos vueltas más a la pista y estaba agotadísimo, pero muy animado por las apreciadas endorfinas.

Si él hubiera sabido la noticia que le esperaba, probablemente ni siquiera habría ido a correr. No, qué decir a correr. Probablemente ni habría ido a trabajar.

Mientras disfrutaba del momento, se adentró en su hogar (previo de haberse quitado los zapatos en la entrada como regla) y le avisó a Minako que se daría una ducha rápida antes de cenar juntos. Se percató de que ella no contestó, pero eso no le pareció raro. Cuando Minako se ponía frente al televisor y había un programa de ésos de chismes o de famosos ricos y decadentes que le gustaban, olímpicamente pasaba de él. En ocasiones se tenía que parar frente a ella para que lo notara, pero ya se había acostumbrado, El ridículo programa de E! TV duraba una hora como máximo, así que tampoco es que le quitara el sueño. Simplemente pasó de ella por igual y se fue a su habitación.

Una vez cambiado y limpio, le preguntó a Minako si quería que cenaran emparedados, pero sólo recibió un murmullo inteligible que supuso sería un sí. Yaten sacó el pan, las carnes frías, el queso y la verdura cruda. Mientras los preparaba, habló en voz alta para amortiguar las voces de la tele (aprovechando que había comerciales) y se puso a recordarle todo su itinerario (previamente planificado por él) para aquél fin de semana:

—Mina, sé que te dije que podíamos relajarnos mañana pero realmente creo que deberíamos levantarnos más temprano. A las nueve y media como mínimo. Tenemos que ir a que revisen el automóvil porque no quiero que siga haciendo ése ruidito nefasto que me pone los pelos de punta, y el mecánico, como casi todos, seguro es un zoquete haragán que nos hará esperar más de la cuenta, así que es mejor prevenir…

—Ajá —farfulló Minako allá en la sala, sin mirarle. Estaba sentada en forma de flor de loto, con los brazos cruzados en el pecho. Era prácticamente una estatua.

Yaten resopló, le untó mayonesa a un pan y prosiguió:

—Tampoco pude hablar con el electricista sobre ese apagador que nada más no funciona en el baño… y francamente, me carga que cada vez que te secas el pelo yo tengo que brincarlo para pasar. Un día no lo voy a ver y me voy a partir el cuello… así que mejor lo arreglamos de una vez. Creo que podríamos decirle a Seiya que nos ayude a cambiarlo y así nos ahorramos el gasto. ¿Crees que sea buena idea?

—Mhhsamsms….

—Sí, a él se le dan bien ésas cosas —se contestó él solito, cortando el tomate —, espero no haga un maldito corto circuito en todo el edificio. A veces es tan bruto… No, no creo —se contradijo (también solito) y colocó una hoja de lechuga y una rebanada de queso en cada sándwich.

Mina no le dijo nada, así que igual lo tomó como una aceptación y buscó en el refri un aderezo que les gustaba.

—Ah, pero lo que iba a decirte... es que si nos da tiempo después del mecánico, y antes de ir a casa de tus padres como quedamos, quisiera desviarme rápido a la papelería ésa grande que está en el centro. Necesito unos estilógrafos nuevos, sólo me queda uno y no quiero arriesgarme a quedarme sin nada a mitad de la semana… ¿Te parece bien?

Silencio.

Yaten frunció el ceño. Minako estaba más indiferente y muda de lo normal en la televisión. Eso sólo ocurría cuando veía una película de terror buenísima. Pero no lo era.

¡Y seguían los comerciales! El comercial de un estúpido champú que anunciaba una celebridad. ¿De verdad estaba ignorándole por eso? Era inaceptable.

—Minako —le llamó, ahora mosqueado —. ¿Sería mucha molestia que me honraras con una respuesta coherente, para variar? Parezco un loro entrenado hablando solo.

Minako pareció reaccionar. Se veía muy nerviosa.

—Sí… lo siento. Está bien.

—¿El qué? —la probó.

—No sé…pues… eso... lo que dijiste. Está bien. Lo que tú digas.

Ah, no. Algo iba mal. Muy mal.

—¿Qué tienes? —le preguntó poniéndose frente a ella. Minako había perdido todo su color, sus ojos eran enormes y brillantes, como los de un cervatillo deslumbrado por las farolas de una camión en la carretera. Se estaba tronando los dedos de las manos frenéticamente. Y lo peor, se había quedado sin habla, lo que sólo podría significar algo horrible y trágico. La tenía muy bien medida. Le había ocurrido algo malo.

—Mina, ¿qué pasa? —insistió Yaten acercándose un paso más, pero sin sentarse en el sillón. Estaba esperando que le dijera una burrada como que se había muerto un artista de una sobredosis o algo así para poder criticar.

—Es sólo que… —dijo con voz bajita y chillona, como la de un ratoncito —. T-tengo... un... retraso.

Yaten le sonrió con mofa, y ya había casi girado sobre sus talones para volver a su tarea.

—Eso es obvio, pero lo que no sé es por qué...

—Lo que quiero decir —replicó Minako, fuerte y claramente —. Es que tengo un retraso en mi período.

Y se quedó parado a medio camino. Helado en su sitio, pero comprendiendo al instante y perfectamente lo que podía significar aquello. Lentamente, volvió a caminar hasta la sala, mirándola boquiabierto. Si Minako hubiera estado bromeando, habría sido la broma del año, la mejor. Pero como no lo era, Minako seguía con la misma expresión de estatua aterrada, y daba la impresión que su cabeza era un hervidero de ideas, todas malas y erráticas. Pues más o menos como lo que le estaba empezando a pasar a él, aunque a la par, había una lucecilla cálida e inexplicable que se acababa de encender en su pecho. ¿Qué era?

Para no confundirse con ambos sentimientos contradictorios, trató de aclararse, al menos antes de ponerse a reír histérico. De acuerdo, no era gran cosa. Él siempre podía resolverlo todo. Nada se podía salir de su alcance… era experto en eso. El problema es que era humano y a veces fallaba, y cuando fallaba estallaba como estrella incandescente que se desvanecía en el espacio…

Nada se le salía de las manos, no. Menos el ciclo menstrual de su esposa, aparentemente.

Yaten se pasó una mano por el pelo, en un vago intento de tranquilizarse.

—A ver… ¿estás segura?

—Sí. De… tres o cuatro semanas —respondió Minako vagamente.

¡Cuatro semanas! ¡Un mes! ¡Treinta días! Joder, ¿y apenas se daba cuenta?

Joder, joder, joder.

Tenía ganas de agitar los brazos en el aire y despotricar contra todo el mundo como idiota, pero no lo hizo. Respiró llenando de aire sus pulmones, sin ganas de querer gritarle o algo así. Si era totalmente racional, los métodos anticonceptivos fallaban, no eran cien por ciento infalibles. Y Minako era… bueno, Dios, a veces tenía la cabeza en la luna… o más lejos, hasta Saturno. Pero de todos modos era algo que podía pasarle a cualquiera, ¿verdad? Y además no tenía por qué ser lo que parecía ser. Las falsas alarmas también existían.

La lucecita que brillaba en su pecho se apagó, como si no le agradara ésto último.

Se sentó a su lado. Minako incluso se recorrió un poco hacia un lado, como si temiera de él. Eso y que le miraba de modo imperioso e inestable lo lastimó.

—Mina, todo estará bien —le dijo cauteloso —, es decir… sé que es algo sorpresivo e inesperado, pero lo resolveremos. Juntos, como siempre.

La verdad es que no sabía muy bien que decirle, pero pareció que su discurso funcionó. Los ojos de Minako se ablandaron un poco y al fin descruzó los brazos y las piernas, y se acercó un poco a él, abriéndose también en espíritu.

—¿Tú crees? —susurró esperanzada.

—Claro… es decir —Yaten se acercó aun más para mirarla de frente —. Estamos casados, ¿no? Y ya habíamos considerado esa posibilidad, si es que se diera...

Minako bajó la cabeza y asintió, estando de acuerdo, pero enseguida rompió en sollozos.

—¡Pero es que no es el momento! Es tan pronto… ni siquiera hemos cumplido un aniversario. No tenemos suficientes ahorros, ni casa propia, ¡ni hemos terminado de pagar el auto! Es más, ni siquiera sé usar bien la arrocera, soy un desastre en todo. ¿Qué clase de mujer no se acuerda que no ha tenido el período en un mes? No sé… ¡yo no sé si sea buena idea! —dijo sacudiendo la cabeza.

Yaten suspiró con impotencia por no saber qué decirle. Si ella supiera que un posible embarazo sería la mejor noticia de su vida… pero no quería que Minako se sintiera insegura o presionada al respecto por su reacción. No. Quería que ella saltara de felicidad al enterarse, que se sincronizara con ese hermoso deseo de formar una familia con él. Algún día sabía que ocurriría, porque ambos estaban de acuerdo en esa decisión. Pero es diferente cuando la vida te da sorpresas… se imaginaría que sería en tres o cuatro años tal vez. No hoy. No ahora.

Yaten la tomó de las mejillas para que fijara sus ojos en él.

—Mina, ¿confías en mí?

Su pregunta pareció descolocarla. Le miró con ésos ojos enormes, llorosos y celestes que tanto adoraba y sonrió un poquito.

—Claro. Siempre.

Yaten le devolvió la sonrisa.

—Yo también confío en ti. Todo estará bien. Lo que sea que decidas, yo estaré de acuerdo contigo —le prometió —. No te angusties o te preocupes por nada. Será lo que tenga que ser.

Minako pareció desinflarse como un globo, totalmente aliviada, pero estaba claro que su mente seguía en modo inseguro. Después de todo, no era un tema fácil.

—¿Eso crees? Pero si fuera cierto que… ya sabes —murmuró ruborizada, esquivando su mirada y posándola en sus manos —. Sigue sin ser el momento ideal.

—Mina, ¿cuándo hemos seguido los estándares ideales tú y yo? —le retó, sacándola de su cavilación. Ella le miró sorprendida por el giro de conversación —. Piénsalo. Para empezar, nuestra primer cita fue un asco.

A ella se le escapó una risa liberadora. Ninguno lo había mencionado nunca, aunque ambos lo sabían.

—La peor de mi vida, sí…

—Y el día que te pedí matrimonio, allá en el campo, era un día espléndido y de repente ¡zaz! Cayó una tormenta espantosa sabe de dónde… con relámpagos y todo. Como si fuera una señal divina de que nos arrepintiéramos, ¿no?

—Sí, como si se augurara algo catastrófico, es cierto —sonrió Minako, recordando lo divertido del asunto —. Pero después hubo un bonito arcoíris y aunque empapados, pudimos tomarnos unas fotos.

—Y nos resfriamos horrible —apuntó él. Minako siguió asintiendo, divertida con los recuerdos. Yaten tomó sus manos, que estaban frías —. Y aquí estamos… ¿ves? A nosotros no nos importan los momentos perfectos. Nos la sudan. Somos unos rebeldes imperfectos que hacemos lo que se nos da la gana cuándo y cómo queremos.

—Yaten —se rió Minako por sus ocurrencias.

—¿Pero tengo razón o no?

La rubia suspiró con pesadumbre, pero estuvo de acuerdo y se acurrucó cerca de él, subiendo sus piernas a su regazo.

—Pero entonces, ¿no estás enojado conmigo?

Yaten pestañeó.

—¿Enojado por qué?

Minako, a grandes rasgos, confesó que no se había puesto la última inyección mensual. Había faltado a la cita con su ginecóloga porque se quedó dormida, y nunca la re-programó, pensando que "por una vez no pasaría nada". Cuando se acordó otra vez del tema, fue hoy en la mañana, cuando la asistente de la doctora le llamó de modo urgente diciendo que podría estar en alto riesgo de concebir y acudiera al consultorio de inmediato. Para entonces cayó en la cuenta que su último período menstrual jamás había llegado ése mes. Y había estado como zombie todo el día tratando de asimilar lo inevitable, pero lo que más miedo le daba de todo, era la reacción de Yaten. Justo cuando empezaba a comportarse más responsable, ella le salía con ésa tremenda…

Yaten se puso serio. Le ofendía Mina podía sentirse intimidada por él.

—Minako lela, ¿qué parte de juntos en «lo jodido y lo bonito» no entendiste del discurso ése cursi que nos aventaron en el altar?

—Yo me acuerdo que era un poco diferente —discrepó sonriendo.

—Pues entonces sí me acuerdo bien de lo que me dijiste el día que no volví a casa. Somos un equipo, ¿no? —le mostró su anillo. Ella asintió conmovida —. Y la verdad, me ofende que pienses que me voy a poner como un monstruo ante algo que sería lo más natural, digo… éstas cosas pasan cuando uno tiene sexo. El tonto sería yo si esperara algo diferente.

A pesar de su manera tosca de explicarlo, Minako sintió las lágrimas de felicidad formándose en sus ojos. Ya se había esforzado por contener tantas emociones y no podía más. Se las limpió rápido con el dorso de la mano.

—Es que cuando te lo conté parecía que ibas a enfadarte como nunca...

Yaten no la dejó continuar.

—Me tomaste por sorpresa, es todo. Ya sabes que no me gustan las situaciones inesperadas. Me causan… bueno, las odio. ¿Ves? Los dos nos resbalamos de vez en cuando. No pasa nada. Por otro lado, creo que ahora lo importante sería estar seguros de si estás o no.

Minako volvió a ponerse roja y se revolvió en su lugar. No sabía por qué le daba tanta pena el asunto si era tan desinhibida para todo en general.

—Ssssí, creo que necesito hacerme una prueba casera.

—Perfecto.

Minako le miró asombrada cuando él se puso de pie y comenzó a ponerse sus zapatos deportivos otra vez.

—¿Qué? ¿A dónde vas?

—A la farmacia, ¿dónde si no?

—¿¡Ahora!?

Yaten le enarcó una ceja.

—Si quieres me espero ocho meses y lo confirmamos en vivo cuando empiece a llorar —le pinchó con su estilo ácido peculiar.

—¡Ay, tonto! —gruñó ella —. Me refería a que es algo tarde… puede ser mañana.

—No es tan tarde. Además, ¿tú vas a poder dormir con la duda? Yo no.

—Bueno, está bien —accedió ella, otra vez incómoda —¡Oye, espera! Pero no traigas ésas chucherías que muestran rayitas y caritas sonrientes, me sacan de quicio. Compra una de las serias, que te dicen las cosas literales y concisas hasta con el tiempo, por favor.

Yaten asintió tratando de retener la información. Literal y concisa. OK.

—De acuerdo…

—¡Y traeme una barra de chocolate, pero de las grandes! —exclamó, justo cuando él iba a cerrar la puerta. Yaten puso cara incrédula. ¿En serio le pedía comida en estos momentos? —. ¿Qué? Es para los nervios...

—Vale, vale —rezongó sin querer discutir.

Minako cerró los ojos con su corazón latiendo muy fuerte cuando él se fue.

Se llevó una mano al vientre en un acto involuntario. Era igual de plano y normal. No parecía nada distinto en ella, pero sí se sentía distinta. La verdad, no quiso decirle a Yaten que quizá la prueba era innecesaria. No tuvo náuseas, desmayos o cosas así, y ni siquiera habría sospechado de no ser por la llamada de la asistente médica, pero toda ella sí se sentía diferente. Su cuerpo parecía darle señales inequívocas sobre algo muy importante que no entendía, pero a la vez sí. Lo presentía.

Un buen rato después, Yaten luchaba contra todos sus instintos para no tirar la puerta de una patada. Estaba recargado afuera del baño esperando el resultado, y no dejaba de resoplar y murmurar improperios. Cómo odiaba la incertidumbre, la espera y sobre todo, que nada de aquéllo estuviera bajo su control.

No se aguantó un minuto más y tocó fuerte con los nudillos en la madera.

—Minako, ¿sigues viva?

Le espetó una retahíla como que necesitaba privacidad, que ésas cosas no eran tan sencillas como parecían y básicamente, que la dejara en paz. Yaten volvió a rodar los ojos y esperó. No tenía de otra de todos modos.

Tras lo que se le hizo una eternidad pero en realidad sólo fueron unos pocos minutos, Minako salió con la cosilla ésa curiosa en la mano y se sentaron en el sofá conteniendo el aliento. Al fin en la pantalla diminuta que definiría su destino se formaron las palabras que ella ya intuía en su corazón. «Embarazada. Cuatro semanas» informaba.

Yaten leyó pasmado por encima de su hombro, pero se abstuvo de comentar algo, por mucho que se moría por decir miles de cosas. Sólo miró a Minako como si ella tuviera todo el poder de hacerlo feliz en sus manos. Y es que lo tenía, siempre, ésta sólo era una muestra más.

—Pues… estaba en lo cierto —concluyó Minako con voz estrangulada, y la depositó sobre la mesita de la sala como si fuera un arma peligrosa que nadie debía tocar.

—¿Y? —le cuestionó Yaten tentativamente, poniendo una mano en su rodilla. Su voz estaba cargada de ansiedad —. Umm...¿Cómo te sientes?

—Rara, muy rara —dijo con la misma voz aguda y bajita de hace rato, y luego extrañamente se relajó, como si todo tuviera sentido; y le miró intensamente —, pero… bien.

—¿Bien?

—Bien —dijo Minako entonces, adorable con sus mejillas rosas, los ojos vidriosos y confirmando lo que Yaten tanto anhelaba escuchar —. Creo que podemos hacerlo.

Los ojos esmeralda de Yaten brillaron desmesuradamente. La lucecita que parecía luciérnaga se había convertido en una aurora cegadora y brillante, que iluminaba ahora todo su ser.

—Entonces simplemente… ¿tendremos un bebé? —corroboró, mencionando la palabra por primera vez, y se sintió tan extraño el decirlo de sus labios, como si no fuera él mismo.

Minako se encogió de hombros y asintió a la par, soltando una risa jovial.

—Sí. Creo que sí. Digo, si estás de acuerd….¡Ayy! —le salió un grito ahogado y una tos cuando él la estrechó en sus brazos con fuerza, con demasiada fuerza —. Supongo que sí estás de acuerdo…¿eh?

—Gracias, Mina, gracias —le susurró al oído, con ésa voz sexy y ronca que hacía que Minako siempre se derritiera.

—Bueno hombre, tú también cooperaste con el asunto, no me des las gracias —le bromeó abrazándole también y dándole graciosas palmaditas en la espalda. Yaten rió en respuesta.

Se dieron un beso suave y lento, cargado de sentimientos entremezclados: miedo, amor, esperanza, expectación… tantas cosas. Tanto sería diferente a partir de ahora y no tenían ni idea. Bueno, una sí. Que ambos lo querían ya desesperadamente, aunque no le conocieran. Aunque no supieran su apariencia, su nombre o si sería un niño o una niña...

Minako tuvo que romper el abrazo con delicadeza.

—Sé que necesitas revisar lo del auto pero… estaba pensando que…

—Iremos mañana al consultorio a primera hora —dijo Yaten, regalándole su sonrisa más excepcional, ésa que hacía que se le formaran hasta hoyuelos en el rostro.

—Gracias. Es que quiero… ya sabes, asegurarme que todo vaya bien.

—Todo irá bien. ¡Pf, tus padres se van a poner locos de contentos cuando se los digas mañana! —exclamó, a la par que sentía una punzada de dolor en el pecho. Sus padres nunca conocerían a ninguno de sus nietos. Jamás. Lo bueno es que se distrajo fácilmente mirando a Minako, que estaba mordiéndose el labio inferior.

—De hecho, quisiera no contárselo a nadie… por ahora.

—¿Y eso?

—Pues… no lo sé —respondió tímidamente —. Me gustaría disfrutar de tener este secreto sólo contigo. Sólo un poco. Por favor.

Yaten suspiró, no muy de acuerdo con la idea. Él ya se veía despejando el estudio, pintándolo de un color neutro pero infantil, comprando muebles, apartando paquetes de hospital y ésa clase de cosas. Porque claro, todo tenía que salir planeado, así que aquello lo desilusionó. Pero bueno, todo a su momento. De todos modos, estaba tan feliz que ésa nimiedad no tenía importancia, ¿verdad?

—Vale, si es lo que quieres —accedió.

—Te prometo que haremos algo especial, una cena o algo así para decírselos a mis padres. Sería algo lindo. A Serena y a Seiya también, claro. Pero por ahora, sólo quiero comerme mi sándwich e irme a dormir contigo. Son muchas cosas por asimilar… estoy cansada y tengo tanta hambre. No comí nada en todo el día por el shock.

—Iré a por ellos —le dijo levantándose, y luego le señaló acusador con el dedo—. ¡Pero nada de cerveza para ti! Esos viernes se acabaron. Te serviré un poco de jugo.

Minako puso los ojos en blanco. Yaten se pondría más sobre protector y exigente que nunca.

—Hablando de antojos… ¿dónde está mi chocolate?

Yaten chistó los labios, negando con la cabeza mientras le entregaba su plato.

—Perdón… estaba muy ocupado descifrando lo de las pruebas, y la estúpida dependienta sólo me hizo confundir más. Y francamente, tu otro encargo no era mi prioridad.

—Pues ahora tendrá que serlo. ¡No creas que voy a ser la única que hará sacrificios! Si te pido algo, me lo traes. Mi cuerpo va a cambiar, mi humor, mis pechos y mi vag…

Yaten le miró entre perturbado, miedoso y mareado, y le puso una mano al frente suplicando que parara.

—Sssssh, sí, ya, ya. Haré lo que quieras. Sólo no te conviertas en una de esas embarazadas dictadoras que mandan a sus maridos por costillitas BBQ a las tres de la mañana.

Minako se echó a reír, y le dio una gran mordida a su sándwich. Estaba delicioso, como todo lo que él preparaba.

—No se me había ocurrido. ¡Gracias por la idea!

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Notas:

Oookay, algunas si no es que todas las que ya leyeron "Roomies" pueden pensar que esto es un chiste cruel o algo así, pero de verdad que no. Creo que es necesario plasmar cada momento de su relación porque es importante, y claro que también lo que siguió después, pero no nos adelantemos por ahora. Espero les haya gustado y me regalen sus comentarios e impresiones!
Hasta el otro!
XOXO

Kay