Capítulo 5: El otro lado del lienzo
La sensación del hielo bajo sus patines, el sonido de los bastones al chocar entre ellos en busca del disco, el sudor bajando por su piel; todo eso la hacía sentirse viva. No importaba lo intranquila que su mente podría estar, jugar hockey siempre le resolvía la vida.
Ya era fin de semana, lo que significaba entrenamiento con la selección. Habían pasado unas semanas desde la última vez que fue capaz de acompañar a su equipo, sin embargo, Sakura brillaba como si nunca se hubiese ausentado. Dirigía a sus compañeras con decisión, tomaba la iniciativa al recuperar el disco y lo entregaba sin dudas en su actuar. Su rendimiento estaba mejor que nunca y hasta ella lo notaba.
—Bien, tomemos cinco —se quitó el casco y miró a las demás— Haremos cambio de equipo y repasaremos la formación Z77 —informó antes de irse a las bancas que están fuera de la pista para beber algo de su bebida deportiva.
—Sakura —la llamó el entrenador—, bien hecho. Has estado mejor que nunca —siguió al tenerla a su lado—. Si continúas de esa manera, no tendremos de qué preocuparnos para el partido que se viene la próxima semana.
—Gracias, Asuma-san —sonrió radiante la pelirrosa.
La Haruno se sentía más que aliviada por las palabras del mayor. Había estado muy preocupada por su rendimiento el día de hoy. Sin embargo, al momento en que su cuerpo sintió el hielo bajo sus pies, todo encajó a la perfección. Todos sus problemas desaparecieron apenas empezó a jugar, incluso, no le importó caerse unas cuantas veces.
—Me alegra verte bien, Sakura —agregó el moreno— ¿Sucedió algo? Algo me dice que esa felicidad no es sólo porque volviste al hielo —sonrió burlón.
Si hubiese sido cualquier otra persona, la pelirrosa lo hubiese ignorado o le habría dicho que era un entrometido, sin embargo, con Asuma se conocían de hace tanto que eran como hermanos.
—Kankurō, ¿quizás? —indagó.
La menor sonrió apenada, ni ella sabía el cambio tan radical de su ánimo. De hecho, ese día en que el castaño la fue a buscar al otro campus, cuando se juntaron al finalizar las clases, todo parecía haber regresado a lo de antes. Nuevamente, estaban distantes e incómodos con el otro, y el silencio sepulcral que los acompañaba no ayudaba en nada.
—¿Te fue bien en tu prueba? —intentó iniciar una conversación el mayor.
—Sí —respondió apenas, forzando una sonrisa— No era tan complicada ni nada. Creo que tendré una buena calificación.
Kankurō la miró de reojo a la vez que tomaba su mano con gentileza, pero con reticencia. Sabía que ella no lo iba a rechazar, rara vez Sakura no aceptaba sus mimos. Sin embargo, estaba aterrado de ver en sus ojos jade ninguna emoción.
—¿Ocurre algo? —volvió al presente al notar el tirón de mano— ¿En qué piensas?
Sakura le sonrió, intentando transmitirle la mayor de las tranquilidades, pero hasta ella sabía que era imposible. La incertidumbre a la que se enfrentaban no les facilitaba en nada las cosas.
—Kankurō, yo…
No sabía qué decir. No sabía qué hacer. Se sentía tan perdida con su relación con el mayor que no estaba segura en cómo expresarse. ¿Cómo habían pasado de divertirse, a cada momento, a esta tensión y tristeza que los rodeaba, cada vez que el silencio se colaba entre ellos?
Kankurō no le permitió seguir vagando por sus inseguridades y la besó. Unió sus labios con urgencia, no le importaba estar en mitad del campus; tenía miedo. Miedo de escucharla hablar. Miedo de escuchar lo que ella tenía que decir sobre ellos. Miedo de perderla.
Sakura suspiró al separarse del mayor. Sus mejillas estaban rosadas y sus alientos se entremezclaban mientras su pecho intentaba regular su respiración. Esa imagen volvería loco a cualquiera. Kankurō no podía evitar perderse en esos verdes ojos y esos rosados labios, así como en los ligeros temblores que hacía su cuerpo con un beso. Dios, la amaba. La amaba tanto. Y por eso le dolía el rumbo que estaba tomando su relación.
—Estaba pensando que podríamos ir a una cita durante el fin de semana —Sakura regresó a la realidad con esa propuesta— Puede ser el domingo, ya que el sábado entrenas, ¿te parece?
La menor sonrió con cariño ante la idea ajena. Aunque sentía que su relación pendía de un hilo, eran estas cosas que le hacía tener un poco de esperanza en ella. Kankurō la amaba y por eso se esforzaba en demostrárselo; él estaba igual de preocupado que ella.
Sakura se acercó y rodeó su cuello antes de darle un pequeño beso.
—Me encantaría —dijo alegre.
La pelirrosa se quedó mirando un punto fijo antes de volver a la conversación con su entrenador. Le sonrió con más ganas y asintió, respondiendo así su respuesta.
—Me alegra saber que las cosas entre ustedes dos están mejorando —sonrió el mayor mientras terminaba de apagar su cigarro en la suela del zapato.
—Sí —coincidió—, estamos mejor —mintió— Bien, creo que ya es hora de volver al hielo, Asuma-sensei.
Sakura se puso su casco y se fue a la pista mientras llamaba a las chicas para que se le unieran a ella en un semicírculo. Sarutobi se le quedó viendo. Sabía que le había mentido. Sabía que esa nueva alegría no se debía al castaño. Sin embargo, estaba feliz por ella. Aún no conocía la razón de esa nueva alegría tan blanca que ella estaba irradiando, pero no le importaba. Cuando ella estuviera lista para contárselo, o darse cuenta, él estaría ahí para escucharla y guiarla.
El resto del entrenamiento pasó volando. Demasiado rápido, pensó Sakura cuando ya se encontraba en la parte final y Asuma les informaba sobre el partido amistoso del miércoles. No le habría importado si no fuera porque, al ser un amistoso, sería realizado justo en la mañana. Justo el horario donde ella tenía que estar desnuda y modelando.
—¿Asuma-sensei?
Habló la capitana.
—¿Sucede algo, Sakura? —la miró con curiosidad, adivinando su inquietud al instante—. Descuida, les daré a todas ustedes un justificativo para sus clases y compromisos. No se preocupen por eso —dijo lo último dirigido a todas las presentes.
—Está bien —murmuró desilusionada— Gracias, Asuma-sensei.
—Bien, si nadie más tiene preguntas, pueden retirarse —sacó un cigarrillo de la cajetilla— Vayan a bañarse para que no se enfermen.
El mayor tomó sus cosas y se fue hacia su oficina; tenía que empezar a escribir esos permisos para enviárselos a las alumnas cuanto antes.
Toda esa energía que había mostrado durante el entrenamiento se había esfumado. Ahora Sakura caminaba arrastrando los pies y no entendía el cambio en su ánimo. Estaba de mal humor, así que se apresuró en estar lista; quería irse a casa.
—Sakura —la llamó una de sus compañeras—, ¿no nos dirás algunas palabras de aliento, capitana?
Esa última palabra la había pronunciado con todo el veneno posible. Sakura bufó y rodó sus ojos con fastidio, sabía que esa chica en particular tenía un serio problema con ella por haber sido nombrada capitana.
—Hagan lo que hoy y ganaremos el partido —miró a sus compañeras con el ceño fruncido— Son capaces de jugar de manera espléndida, poniendo su alma en el hielo. Sé que nos irá bien este miércoles.
Sonrió con confianza esta vez, poniendo su mano frente a ella, esperando a que las demás la imitaran.
—¡SHĀNNARŌ! —gritaron todas al romper el círculo.
—Las veo el miércoles.
Tomó sus cosas y salió de los vestidores, algo la había animado el grito que hizo con sus compañeras. Si bien, era un grito personal, las demás lo empezaron a integrar en los partidos, pasando a ser el del equipo; aunque a Sakura eso poco y nada le importaba. Si esa especie de ritual que ella hacía cada vez que iba a anotar le servía a las demás para darles coraje, que lo usaran.
Agradeció encontrar un asiento en el metro, por lo general, siempre estaba lleno a esa hora, y no se había dado cuenta de lo cansada que estaba hasta que se sentó. Abrazó su bolso, apoyando su cabeza en el mismo; estaba inquieta. ¿Por qué se había desilusionado tanto al saber que su partido era el miércoles? Debería estar más que feliz por jugar, por sacar la cara por su casa de estudios, por dirigir a su equipo a la victoria, pero no. Ahí se encontraba, murmurando sus pensamientos.
Suspiró derrotada al no encontrar una razón concreta a lo que sentía, pero ya habría tiempo para eso. Ahora debía mentalizarse para el partido que sería en unos días.
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Entre más uno quiere que las cosas no lleguen, más rápido éstas suceden. Esa fue la sensación que tuvo Sakura al encontrarse en el gimnasio de la escuela contraria, a sólo minutos de dar inicio al amistoso. Si bien, había dado un bello discurso para darle valor a sus compañeras, ella se encontraba muy nerviosa. No lograba centrarse, parecía principiante al estar tan distraída. Tenía demasiado en su mente. Desde esa sensación extraña en la boca de su estómago hasta lo que había ocurrido el fin de semana pasado. No deberías estar pensando en eso ahora, Sakura. Enfócate.
Tanto era lo irregular de la situación que hasta el capitán del equipo masculino lo notó.
—Sakura —una mano se apoyó en el hombro de su compañera—, pareces más en las nubes de lo normal. ¿Qué pasa?
La capitana se giró al sentir al otro hablarle con preocupación; algo que no era propio de él ya que siempre bromeaba. No importaba la situación, él llenaría el ambiente de bromas y comentarios desubicados.
—No es nada —quitó con gentileza la mano ajena— Estoy bien, Suigetsu.
El mayor mantenía una mirada preocupada sobre ella; no le creía en absoluto. Sabía que mentía. Sakura era alguien muy transparente y podía ver perfectamente a través de ella.
—¡Auch! —la pelirrosa se llevó la mano a su mejilla recién atentada— Eso dolió.
La chica iba a continuar, pero el capitán la detuvo.
—Si no me quieres decir, está bien —comenzó el otro—, pero debes concentrarte. Es un partido amistoso, pero partido, al fin y al cabo. Esto puede marcar el ritmo del resto de la temporada, Sakura, así como la confianza de tu equipo.
Volvió a apretarle la mejilla, esta vez de forma más juguetona.
—Además, la capitana Sakura se ve más linda cuando no está perdida por el espacio —bromeó— Eres una diosa en cuerpo de mujer. Si aún no te invito a salir es porque Asuma-sensei me lo prohibió, pero no me molestaría arriesgarme un poco contigo.
Ya había comenzado.
Suigetsu tenía la costumbre de comentar sobre su físico y decirle un millón de estupideces más. El chico no perdía la ocasión para "alabar" su linda figura o insinuársele. Aunque el otro sabía que era un mero juego y que no veía a Sakura como un pedazo de carne, le divertía hacerla enojar con sus ocurrencias.
—Deberías cuidar tus palabras si no quieres que te reporte —advirtió, esbozando una falsa sonrisa.
El chico de cabello blanco se detuvo de inmediato. Esa es la Sakura que conozco… y temo. Más de una vez, el mayor había sido víctima de la increíble fuerza bruta de la estudiante de medicina; nadie entendía cómo era posible que siempre terminara ileso. O, que era peor, que tuviera el coraje de ir y volver a hacerle cumplidos nada agradables de su físico y forma de ser.
—Se-seguro… —puso sus manos frente de él, dando a entender que se iba a detener. Luego que la postura de Sakura había cambiado y ahora se veía totalmente relajada, Hōzuki agregó— Ahora que has vuelto a ser tú, ve a patear algunos traseros con esa fuerza que tienes.
Con una sonrisa mucho más confiada en su rostro, Sakura se terminó de equipar y se adentró al hielo. Murmuró un pequeño "gracias" y se reunió con el resto de su equipo para calentar. Minutos después, el partido había dado comienzo.
La pelirrosa se sentía mucho mejor. Aunque seguía pensando en cosas que no debía, tenía mucho mejor ánimo, y se notaba en su forma de jugar. Lograba pasar el disco casi a la perfección, uniendo las piezas de a uno, logrando así cumplir con sus estrategias.
—Bien, chicas, lo están haciendo muy bien —las animó el entrenador— Nos queda un periodo y se acaba. Mantengan el ritmo y ganaremos.
Tanto Asuma como Sakura miraron el marcador, iban 3 a 1. La balanza estaba de su parte, el equipo transpiraba confianza y aún les quedaba mucha energía.
—Terminemos con esto —las animó la capitana antes de volver al último periodo.
¿Qué pasó exactamente después de eso? Nadie se lo explica. Iban ganando. Todos los asistentes sabían que ellas ganarían, sin embargo, hay una razón por la cual los accidentes pasan.
—¿Qué tan mal está? —llegó Asuma al lado de una de sus estudiantes.
—Por lo visto, se torció el tobillo —informó el paramédico— Lo lamento, pero en estas condiciones, ella no podrá seguir jugando.
—No, Asuma-sensei —los ojos se Sakura estaban tan abiertos que parecía que se le fueran a salir.
—Está bien, Sakura —intentó calmarla— Quedan cinco minutos y seguimos con la ventaja.
En algún punto de ese periodo, el equipo contrario había logrado acortar la distancia del marcador; ahora iban 3 a 2.
—Pero…
No, esto no podía ser. No podía estar ocurriendo eso. No podía dejar a sus compañeras. No obstante, por más que intentó ponerse de pie, el dolor que la atravesaba era demasiado. Forzar su pie sólo le empeoraría la lesión y no tenía sentido.
—No vale la pena que empeores eso sólo cuando es un partido amistoso. Queda un mes para el partido oficial, tú tranquila. Estarán bien.
Rendida ante la situación, Sakura se dejó ayudar por su entrenador hasta llegar a las bancas. De inmediato, se aproximó Suigetsu para asistirla.
—Descuida, estarán bien —intentó animarla mientras le vendaba el tobillo para luego aplicarle algo de hielo— Es de grado uno, sólo debes usar la venda por dos semanas y moverte con cuidado por unos días —miró de reojo a la otra— Estarás como nueva antes del partido oficial, Sakura.
La pelirrosa se había perdido en el hielo. Estaba mordiendo su labio al darse cuenta de que sus compañeras no estaban siguiendo las formaciones; no parecían un equipo en absoluto. Estaban descoordinadas, no entendían las señales y se peleaban por el disco. Parecen unas principiantes, ¡shānnarō!
—¡Pásalo! ¡Pasa el disco! —gritaba el entrenador desde el límite, él también había notado el efecto negativo que tuvo la lesión de Sakura en las otras. No lograba entenderlo, se habían preparado para algo así. Habían hecho entrenamientos con menos miembros, sin Sakura, contra el tiempo, todo. Y ahí estaban ellas, sin saber qué hacer para evitar que el disco volviera a traspasar su defensa, marcando otro punto.
—Tiempo.
El silbato después de la anotación fue el peor sonido que Sakura pudo haber escuchado. Se apoyo mejor en las gradas, con sus manos en el rostro, suspirando con fuerza.
—Muerte súbita —murmuró antes de remover sus manos y observar a su desanimado equipo.
Suigetsu la miraba con preocupación mientras mantenía la bolsa de hielo en el tobillo de ella.
—Podrán hacerlo, ya lo verás —intentó animarla inútilmente, hasta él había notado el cambio de naturaleza del equipo femenino; parecían un barco sin timón.
Asuma les comenzó a dar ánimos y a darles coraje para que terminaran de una buena vez.
—Si no sienten seguridad de anotar, defiendan con todo hasta que acabe el tiempo y así nos iremos a penales —les recordó— No dejen que anoten. Ustedes pueden lograrlo. Sé que serán cinco minutos eternos, pero pasarán y saldrán con la frente en alto, no importa el resultado.
Sakura las contemplaba desde las gradas, preocupada. Sabía que sólo era un partido de práctica, pero si perdían de esa forma, las consecuencias serían garrafales para el futuro.
—¡Ustedes pueden! —les gritó entonces— ¿O es que debo estar tomándolas de la mano para que jueguen cómo deben? —les sonrió con arrogancia— Es momento de probar que pueden jugar sin mí a su lado.
Tanto Suigetsu como Asuma sonrieron ante las palabras de la pelirrosa, sabían que aquella provocación les daría coraje a las chicas.
—¡Ganen! —levantó el puño con fuerza para gritar lo último— ¡SHĀNNARŌ! —logrando que sus compañeras recuperaran la confianza; vociferando también aquel grito de guerra.
Ojalá eso hubiese sido más que suficiente para voltear las cosas a su favor, pero no siempre se obtiene lo que se desea.
Sakura se encontraba en su cama, cubría su rostro con su antebrazo derecho y tenía el pie derecho en alto con un poco de hielo. Ya no le dolía tanto y podía caminar casi con normalidad o eso les dio a entender a su entrenador y al capitán del equipo masculino.
—No deberías forzar tu pie, Sakura —le recriminó Asuma mientras llevaba el bolso de la chica.
—No me pasará nada. Además, debe llegar a casa con su esposa y su bebé, y queda en dirección contraria a la mía —puntualizó, intentando recuperar su bolso.
—Yo la llevaré —se ofreció entonces Suigetsu— Vivimos cerca.
Sarutobi puso mala cara ante el ofrecimiento del chico.
—No la tocaré de ninguna forma indebida —agregó el otro al descifrar la mirada de desconfianza que tenía el mayor sobre él— La dejaré en la puerta de su departamento, sana y salva… Y no la cruzaré —agregó.
Después de darle un millón de advertencias al chico de pelo blanco, Asuma dejó que se fueran. Claro que, primero, le recordó a Sakura que podía llamarlo si es que ese idiota planeaba algo más. Sí, ¿cómo Suigetsu pasó a ser capitán, si nadie confiaba en él? Nadie lo sabía. De todas formas, eso no importaba en estos momentos.
—Vamos, sube ese ánimo. Fue sólo un partido de práctica.
—¿Que no habías dicho que un partido seguía siendo uno, sin importar si era de práctica o no? —recordó— ¿Y que marcaría el resto de la temporada?
—Detalles —chasqueó la lengua y volvió a mirar el camino— Recuerda poner hielo en el tobillo, pero sólo por 15 minutos. Sólo nos faltaría que sufrieras una quemadura —bromeó— También debes tomar el medicamento a las 10. No lo olvides. Y si te duele mucho, ve al médico mañana.
—Sí, mamá —dijo malhumorada— ¿Terminaste o me dirás algo más sobre el partido y que lo que me ocurrió fue un accidente, y que no debería sentirme culpable?
El capitán volvió a mirarla, aprovechando que el semáforo estaba en rojo.
—Es que fue un accidente, Sakura —hizo énfasis— Lo que pasó fue un accidente y no te pueden culpar por haber perdido el partido. Aún no saben estar sobre el hielo sin tu presencia, lo cual es normal. Han sido equipo desde hace tres años, están acostumbradas a tenerte en el hielo con ellas.
—Ese es el problema —se lamentó— Entiendo que hemos sido un equipo por tanto tiempo, pero todo cambia. Algún día, llegarán nuevos miembros y todas nos tendremos que adaptar a aquello. No podemos pensar que nadie llegará o que no se irá nadie. Sería irreal.
—Es cierto. Algún día, tú y yo dejaremos el equipo, y ellos se van a desarticular, pero van a superarlo y formar un nuevo equipo —sonrió— Hoy fue algo sorpresivo, pero eso las hará crecer.
—Aun así, lo lamento. Sus rostros, cuando el disco atravesó la portería, fueron… —suspiró— Parecía una pintura muy triste.
—Nada es fácil en esta vida, muñeca.
Sakura bufó por el apodo, pero le subió algo el ánimo. Al menos, se sentía más tranquila sobre el rendimiento de su equipo.
Ya una vez en el departamento, Sakura se dedicó a estar en la cama. Estaba demasiado cómoda, rendida a lo poco y nada que quedaba de día. Miró su tobillo, aún estaba algo hinchado, pero no había sido tan grave. Volvió a suspirar como por milésima vez al tiempo que se paraba para ir a tomarse el medicamento.
Iba con cuidado, sin prisa, cojeando un poco, pero ya con menos dolor. Aunque había sido un accidente, Sakura estaba segura que aquel empujón fue para causarle daño a ella y a sus compañeras ya que, si no hubiese actuado rápido, habría caído sobre un miembro de su equipo.
—Ya da igual, Sakura, no te calientes más la cabeza —murmuró decaída.
La verdad era que no se sentía así por la lesión, mucho menos por haber perdido el partido. A pesar de los esfuerzos de Suigetsu por subirle los ánimos antes del encuentro, esa extraña sensación en el estómago nunca desapareció. Sí, se había vuelto a enfocar en el juego, pero no por completo.
—¿Habré tenido un mal presentimiento sobre el partido y por eso me siento así? —intentó entender qué le pasaba, pero no tenía pista alguna de lo que su mente intentaba decirle— Mi periodo debe estar cerca, puede ser eso.
Agitó la mano frente a su rostro, dando por finalizada esa absurda conversación consigo misma y se fue a la cama. Ya eran alrededor de las 11 de la noche y mañana tenía clases temprano, debía dormirse ya.
—Será mejor dejar de pensar de una buena vez —Sakura giró su cuerpo y fijó la mirada en una bolsa de papel que estaba sobre su escritorio— Hoy… no pude devolverle el suéter —suspiró, pensando en el contenido de aquella bolsa.
Volvió a la posición anterior y se acomodó para dormir. Pero, justo antes de perderse en sus sueños, esa extraña sensación en su estómago había desaparecido casi en su totalidad.
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En otro lugar de Tokio, en la habitación de un pequeño departamento, se encontraba Sasuke en su cama. Incapaz de dormir, no podía dejar de pensar en la pelirrosa y en su repentina ausencia del día de hoy.
—Tsk —chasqueó la lengua antes de girarse y cerrar sus ojos con fuerza para poder dormirse de una buena vez por todas— Molestia… —susurró, rindiéndose ante el sueño.
