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Malas compañías

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(parte 2)

—Lamento la demora, tuve que atender a un cliente muy importante. Me iba a costar varios ceros de ganancia dejarlo plantado. Tú sabes, hermano. Prioridades —y le empezó a alardear como de costumbre. Yaten puso los ojos en blanco y se recargó en una mano. ¿Hermano? Qué idiota. Seiya, como siempre, no notaba lo desagradable y falso que era hasta en la uña del pie —. Te traje este tequila, se supone que es del duelo de la marca con el que estoy haciendo un buen negocio… sólo de lo mejor. Pruébalo. Es una maravilla.

Al advertirlo, Diamante levantó las cejas y le dedicó una sonrisa amañada.

—¡Pero mira nada más lo que trajo el gato! —exclamó levantando las manos, como si fuera un milagro hecho realidad —. ¿Qué tal estás, Yaten?

No respondió a su pregunta.

—Es una frase estúpida, ¿no crees? —preguntó, aprovechando que Seiya estaba distraído buscando unos vasos chatos para su amado licor —. ¿Por qué un gato me arrastraría a cualquier parte? No tiene sentido.

Diamante le miró como si tuviera monos en la cara. No se la esperaba. Normal, estaba acostumbrado a que todo mundo le moviera el rabo. El sentimiento de rechazo era más o menos mutuo, pues.

—¿Disculpa?

—Déjalo, no lo entenderías.

—Ay, ignóralo como yo —le dijo Seiya en tono apaciguado, antes que Diamante dijera algo más. Yaten sonrió discretamente con malicia, pero pronto le fue devuelto el disparo. No esperaba menos de él y supo exactamente cómo hacerlo:

—Y, ¿Dónde dejaste a tu encantadora esposa? —preguntó Diamante arremangándose la camisa con parsimonia. Obvio, no iba a ensuciar su fina ropa con ketchup y la salsa picante y claro, y tenía que hacerlo notorio —. Pensé que hacían todo juntos en su pequeño nidito de amor —prosiguió, denotando la palabra pequeño con desdén.

Yaten le lanzó una mirada asesina. Si hubiera podido pegar ojo anoche por no hacer un centenar de planos más o menos, le cruzaría la poca cara que tenía con el puño.

—Está en casa —respondió seco.

—Claro, como debe ser. Yo personalmente no te culpo por mantenerla escondida, es toda una belleza. Te la pueden robar. O peor, ¡Ir por allí portarse mal! Después de todo, antes era muy popular —le dijo guiñando un ojo, pero no mirándolo a él, miraba a Seiya como queriendo hacerlo cómplice de su chistorete, o como amenaza. A saber. Pero Seiya sólo se hizo el loco. Los conocía a ambos y probablemente prefería no engancharse ni ponerse del lado de nadie. Al menos no si no era indispensable.

Yaten contuvo las ganas de hablar (después de todo lo había prometido) pero Diamante volvió al ataque:

—Por eso no tengo esposa, y duermo tan tranquilo —siguió diciendo, acomodándose en el sofá y poniendo la vista en el programa —. Qué buena pantalla, Seiya. Se ve bien. Aunque hoy en día las hay mejores. Yaten, ¿sabías que el sesenta por ciento de los matrimonios acaban en divorcio? No lo digo yo, tranquilo. Lo decía en el periódico o algo así.

Yaten sonrió para sí mismo.

—Te creo. Pero qué más da, si es un problema con el que seguramente jamás tendrás que lidiar —Diamante sonrió —Porque para eso primero debería quererte y elegirte alguien —espetó Yaten fingiendo mirar las manchitas del mármol de la encimera —. Eso sí que lo veo peliagudo. A no ser que la secuestres... o la compres. "O algo así..." —citó.

Diamante se rió de su creatividad para insultarlo, pretendiendo que no lo habían herido sus palabras, pero él sabía que sí. Después de todo, a nadie le gusta que le digan que no es digno de afecto o ser elegido por sí mismo, y más viniendo de un huérfano. Son cosas que no se olvidan. Yaten no sería tan cruel en otra circunstancia, después de todo él también era ya huérfano. Pero sabía que con Diamante era cuento de nunca acabar. Al menos hasta que Seiya reaccionara y lo sacara de su vida, cosa que no veía que fuera a suceder pronto.

—Salud —le masculló levantando su vaso tequilero, sin embargo. Era su manera elegante de decirle que se fuera derechito al diablo —. Porque tu feliz matrimonio dure muchos años. Ya veremos.

Seiya apareció en escena. Se rió nervioso y estiró las manos, como si fuera un réferi.

—Tranquilos, por favor. No me obliguen a ponerlos en rincones diferentes viendo a la pared, como lo hacía mi profesora de primaria —dijo Seiya sentándose al lado de él y acabando con la discusión subiendo el volumen muy alto —. ¡Ea! Ya está el juego. Mira qué de lleno está… va a ser una pasada ésta semifinal. Apuesto que ganan Lakers por mucho. ¡Traen una racha de puta madre!

Yaten sólo miró un instante a Diamante con desprecio, y se sentó en el sofá individual, lejos de los dos. Pobre imbécil. Más que odio, le tenía en realidad lástima. No sabía lo agradable que era meterse en la cama con alguien —en su caso Minako—, en una noche fría o lluviosa. O que lo hiciera reír hasta que le doliera el estómago o escucharla cantar sus canciones favoritas con su preciosa voz. No sabía lo divertido que era oírla gritar con las horrendas películas de terror que miraba abrazada a él como una chiquilla, o que le pegara pequeños manotazos cuando intentaba meterle mano mientras el filme película estaba en la parte más tensa. Le daba mil vueltas a cualquier fiesta. A cualquier negocio y a cualquier cosa que existiera en el mundo. Diamante no era más que un perdedor con una generosa cuenta bancaria y ropa de diseñador. Sin eso no era nada.

—¿Y qué es de tu roomie? ¿Seiko? ¿O cómo se llamaba? —preguntó Diamante a Seiya casualmente, cuando el marcador ponía veintidós minutos de avance.

—Serena —corrigió Seiya, sin agregar información.

Uno de los jugadores de Miami había encestado magistralmente de media línea.

—¿Dónde está? —volvió a preguntar.

¿Qué estaba haciendo un inventario o qué? Estúpido Black. Que se meta en sus asuntos, pensó, pero no le dijo nada ésta vez. Sólo se comió una patata condimentada y trató de concentrarse en el juego. Después de todo, había prometido comportarse.

—Su jefe la ha hecho ir a trabajar hoy, o algo así —contestó sin despegar la vista de la pantalla y mordisqueando una alita picante.

—¿Sigue sin novio?

—No sé. ¿Por qué? —replicó Seiya en tono hosco, desviando su atención.

—Por nada, hombre… sólo era por hacer plática.

—Pues esto no es grupo de oratoria. Quiero ver el juego —se mosqueó Seiya, sin importarle ahora ser grosero o no con su amigo. Yaten sonrió al ver que al fin le ponía límites con algo. Le había cerrado su gran boca. Guardaría ése momento como algo memorable, pero definitivamente no podría aguantar hora y media más de eso. Entre la mala comida y la vibra de Diamante, iba a ponerse malo.

—Iré por otra cerveza —anunció poniéndose de pie. Seiya le pidió de paso que por favor llevara otra para él.

Así pues, se agazapó entre el pasillo y la cocina y le envió un mensaje a Minako, esperando que no estuviera en la ducha o algo así. Sólo texteó:

*S.O.S*

Abrió el refrigerador y todo para pasar desapercibido. Estaba destapando las botellas cuando ella contestó. Más o menos a los tres minutos.

*¡Prometiste intentarlo!*

Yaten suspiró.

*Es otra cosa. No me tortures hoy*

*Está bien. Te llamaré en diez minutos ¡No seas tan obvio!* le respondió en el acto. Él sonrió triunfante.

*¿Que sean cinco?*

Minako sólo puso un emoji con los ojos en blanco.

*POR FAVOR*

*OK...*

Y se guardó el teléfono en el bolsillo del pantalón.

Yaten regresó a la sala más animado. Contó mentalmente los segundos hasta que su celular sonó. Él se puso de pie haciendo amago de contestar justo cuando los dos hombres estaban en plena gritadera. Había un tiro de castigo que no le correspondía a favor de los Miami. Los estaban haciendo polvo. Razón mayor para irse.

—Lo siento, tengo que irme. Emergencia de la constructora —informó. Seiya y Diamante hicieron expresiones exactamente opuestas, tal como se esperaba. Se acabó la cerveza de un trago, se despidió escuetamente y luego huyó antes de que Seiya intentase convencerlo.

Avisó en voz alta que estaba en casa, pero no obtuvo respuesta. Cuando entró en el dormitorio supo la razón, y eso le arrebató una pequeña sonrisa. Minako estaba dormida a pata suelta en una posición de lado con una pierna más arriba que la otra, en medio de un mar de ropa limpia. Toda desparramada. Enseguida sintió una mezcla de alivio y alegría. Después de todo, aquél pequeño departamento era más que su hogar. Era su santuario. Y no había más motivos para dudar, por mucho que los demás opinaran a diestra y siniestra. No le importaba.

Se sentó hundiendo el colchón, quitándole el pelo que se le había desprendido de su medio recogido y le caía sobre la frente. Minako reaccionó a su contacto con un suave suspiro, y después abrió pesadamente los ojos.

—No quise despertarte —le susurró acariciando su mejilla. Minako se revolvió y se sentó, tallándose los ojos. Luego enfocó la vista.

—Vaya, ni siquiera recuerdo haberme quedado dormida —murmuró con voz perezosa —. Según yo estaba doblando la ropa, y se me hizo fácil "descansar" los ojos un momentito.

—Duérmete la siesta, estarás cansada.

—No, voy a terminar esto —repuso de modo obstinado, y luego ahogó un bostezo enorme de leona, que hizo que Yaten se riera.

—No vas a acabar nunca. Ya lo hago yo. Tú duerme.

—No, estoy bien —insistió gruñendo. Él sólo suspiró.

Minako se había resistido a sucumbir a los síntomas propios del primer trimestre del embarazo, pero sencillamente ya no podía evitarlo. Tenía muchas náuseas en la mañana y lo aguantaba, pero el sueño era insoportable. Un día de éstos se quedaría dormida de pie en la calle o algo así. Lo odiaba. Básicamente se la vivía dormida o cabeceando y eso en vez de dejarla rozagante como se supondría, seguía de un humor irritable y melancólico. Un día lloró con un comercial de refrescos. ¡Un estúpido comercial! Aunque Yaten era comprensivo al respecto de sus altibajos hormonales, mantenía a veces su distancia. Él no podía adivinar de qué humor andaba y no sabía qué hacía bien o mal. Por ejemplo ahora. Era una moneda al aire todo, podía besarlo y abrazarlo por ser un marido acomedido o gritarle que no era una inútil y la dejase en paz. Minako se empecinaba en seguir su vida como si todo fuera normal, aunque ya nada fuera normal.

—¿Y bien? ¿Por qué te has escapado? —le preguntó sentándose en posición flor de loto, tomando una camiseta para doblarla en cuatro partes. Traía una sudadera ancha y un pantalón de chándal gris claro. Había estado todo el día lloviznando y hacía algo de frío, y menos le daban las energías para arreglarse, aunque él siempre la veía igual de guapa.

—Llegó Diamante.

Minako hizo una expresión como si chupara un limón.

—Eeek.

—Sí. Lo peor es que sí quería ver el juego, pero tampoco a ése precio —comentó sarcásticamente, tomando otra camiseta para doblarla él y así dividir el trabajo. Minako no se opuso a eso —. Ya veré la repetición luego. Black ya me estaba colmando la paciencia.

—No es que tengas mucha tampoco, mi amorcito —bromeó sonriendo.

—Mira quién lo dice, el demonio de Tasmania de las hormonas —le devolvió.

Minako le sacó la lengua.

—Siempre me he preguntado… yo tengo clarísimo por qué Don Millonetas no me cae bien. Lo vi ser un imbécil integral con su novia. ¿Pero tú? —y le echó una mirada furtiva y curiosa.

Él se encogió de hombros.

—¿Que no basta con lo pesado que es?

—Supongo… pero siento que hay más.

Entonces barajeó la idea. Abrirse o no. Usualmente solía cerrarse en sus sentimientos profundos a cal y canto, pero ya estaba medio zumbado desde que Minako había llegado a su vida y no le costaba tanto hacerlo. Además, no es que fuera un secreto de Estado tampoco. Lo que pasaba es que no estaba muy seguro de su intuición, y no era de los que formaba un argüende de cualquier cosa. Bueno, ya puestos, mejor sí se lo contaba. Si había alguien que era su confidente ésa era Minako, y no le daba miedo que lo juzgara; y para acabarla ya se había dado cuenta solita. Finalmente se decidió por hablar. Le interesaba su perspectiva.

—Es por Seiya —empezó en modo tentativo, doblando un pantalón de jean —. El… cómo decirlo, el modo en el que lo mira. Me da no se qué. Como repelús.

Minako levantó el rostro con interés.

—¿Cómo lo mira?

—Es lo que no termino de descifrar. Pero no me gusta.

—¿Lujuria? ¿Odio? ¿Amor? Uy, un amor imposible —sonrió Minako con desfachatez —. Sería escandaloso que en realidad el machote de Diamante fuera gay, ¿no crees?

Su sonrisa se le pegó a Yaten, pero él negó rápidamente con la cabeza.

—No. Ojalá fuera eso.

—¿Y qué es?

Yaten entonces le contó los inicios de su amistad. Seiya había conocido a Diamante el primer año en la universidad, cuando apenas eran unos jovenzuelos. Hicieron migas al instante, porque Seiya era miembro del equipo de soccer del campus y era muy extrovertido. Quería ser amigo de todo el mundo. Ya conocía a toda la facultad de administración y negocios en unas pocas semanas. Diamante, en cambio, era un chico taciturno y serio que no le dirigía la palabra a nadie salvo a los profesores, y que aparentemente vivía solo con su "hermano adoptivo" a pesar de su corta edad. Nunca le contaba a nadie de su vida personal, pero a Seiya no parecía importarle y poco a poco fueron entendiéndose hasta que se hicieron muy cercanos. Diamante ya trabajaba medio tiempo con un sujeto que le daba a ganar buena plata en un banco, y con ésa fórmula pronto ambos se convirtieron en los protagonistas de toda fiesta y evento importante de la universidad.

Hasta ahí, vamos bien. Pero Seiya luego comenzó a llevarlo a su casa. Sus padres eran personas demasiado fraternales y amables para rechazarlo. Le invitaban a cenar constantemente y Diamante protagonizaba éstas cenas contando sutilmente lo solitarias que eran su vida y la de su hermano Zafiro. Nunca había Navidades, comidas familiares ni regalos de cumpleaños. Nadie asistía a sus momentos importantes en la universidad ni nadie se sentía orgulloso de ellos, pese a que eran "extraordinarios chicos" (palabras textuales de su padre). Qué tristeza, decían. Y seguían involucrándose. Así Diamante, para echarle más sal a la herida, hacía gala de sus mejores modales, se ofrecía a lavar los platos siempre y no dejaba de decir lo a gusto y agradecido que se sentía con ellos, que adoraría tener una familia así, y choradas de ése estilo. Todos le creían.

Pero no Yaten. Él jamás se tragó semejantes cuentos pues tenía (como maldición o como virtud) la capacidad de saber dilucidar muy bien a las personas. Cuando Seiya se levantaba de la mesa o iba al baño, Diamante no perdía oportunidad de, sutilmente, hablar mal de él. Claro, a su estilo. Anécdotas que estaban disfrazadas de preocupación de amigo. Les contaba a sus padres lo mal estudiante que era, las estupideces que hacía en las fiestas y que estaban a punto de expulsarlo por saltarse todas las clases que le aburrían. O sea, casi todas. No eran mentiras, pero tampoco lo decía porque quisiera ayudarlo. Más bien, disfrutaba de causar conflicto entre ellos y hacer lamentar a sus padres que Seiya fuera su hijo y no él, y vaya que le salía bien.

Ser un soplón ocasionó que sus padres le dejaran de pagar la matrícula con una charla muy acalorada, que además terminó en gritos, reproches y hasta dejarse de hablar un buen tiempo. Seiya abandonó la universidad al día siguiente, alegando que sólo había elegido una carrera obligado por darles gusto, pero que su verdadero objetivo era dedicarse a la música. Fue el acabose. Su padre se fue de espaldas de la impresión, y su madre lloró de decepción. Black ganó su primer desafío: poner a Seiya en contra de quienes más lo querían.

Desde entonces, se aislaba cada vez más de ellos a la par que se apegaba más con Diamante. Nunca se le veía en casa. Nadie más parecía comprenderlo, le daba lo que "necesitaba" y era su compinche en todo. Tanto bueno como malo. Más malo que bueno, pero ni hablar. Así era la cosa.

Yaten por un momento llegó a dudar de sí mismo, y pensó que se había equivocado. Pero pronto la intuición volvió a aflorar en él y siguieron saliendo detalles turbios en su relación, que no entendía por qué carajos Seiya no distinguía, si sólo hacía falta un letrero con luces fluorescentes que lo advirtiera. A éste punto ya lo tenía demasiado idealizado y lo apreciaba mucho.

Como anécdota: Seiya trabajaba en el bar y estaba muy entusiasmado con comprar una guitarra de colección muy especial de una tienda de antigüedades. El cacharro costaba una fortuna, pero él la quería. Limpió muchas mesas y retretes ahorrando para conseguirla. Y Diamante lo sabía, y por eso se la compró para él mismo aunque no supiera ni tocar. Según él, le daba un toque muy genial a la decoración de la estancia de su nuevo departamento.

Una pasada total.

Seiya se enfadó mucho y le armó bronca, pero Diamante fingió demencia y se defendió diciendo que ya la había visto por el vitral una tarde que iba a almorzar con Zafiro, y no pensó de ninguna manera que fuera la misma. Patrañas, pero Zafiro confirmó la versión y Diamante se ofreció incluso a regalársela con tal de que su amistad no se viera fracturada. Seiya era muy orgulloso y claro que declinó la oferta.

Porque nuevamente… Diamante sabía que lo haría.

Por cierto, se deshizo de la guitarra al mes o algo así.

Lo del instrumento podría ser una tontería, sí. Pero no era el punto, podría haber sido una vaquita de cerámica o una caca enmarcada de paloma. El caso es que Diamante quiso joderle la ilusión porque era más tóxico que el plomo y no quería que nadie a su alrededor fuera feliz tampoco. Yaten se lo dijo, con todas sus letras, que aquella era una una amistad falsa y más frágil que el cristal, pero Seiya le dijo que él siempre le había tenido mala leche o seguro envidiaba su éxito, como todos a su alrededor. Diamante se había disculpado, y defendió que aquellos pequeños errores no compensaban todos los "favores" que le había hecho a él. Todo había sido una triste coincidencia. Otra vez.

Yaten no volvió a insistir, pues estaba harto del tema.

Pues bien, con el tiempo sucedieron muchas más de ésas coincidencias bizarras, dónde por obra y gracia del cosmos siempre terminaba haciéndole daño. Hasta que fue imposible negarlas cuando Seiya se fijó seriamente en una chica que estudiaba pedagogía y era muy dulce. Se llamaba Reika. La conoció en la cafetería del campus y a pesar de ser polos opuestos se atrajeron rápidamente y comenzaron a salir.

Minako ya sabía cómo acabó ésa historia, lo que no sabía era que fue Diamante quien, justo cuando él iba a declararse (todo un acontecimiento) trató de convencerlo de olvidar a Reika. Que la chica era una remilgada que no salía ni bebía alcohol, una aburrida, etcétera, etcétera. Sí, era linda, pero tampoco lo era tanto. Él era de los más cotizados de la universidad y podía tener chicas más lindas y más interesantes que Reika. Más de su estilo, que quisieran divertirse de noche y no sólo matarlo de aburrimiento en los parques y los cafés que ella solía frecuentar. Que vistiera más sexy para variar, o mínimo que no quisiera llevarlo a la iglesia cada domingo y presentarle a sus padres a la segunda cita como seguramente pasaría. Tenía que buscar la salida de emergencia cuanto antes. El compromiso sólo le traería problemas.

Y a pesar de que le gustaba mucho, quién sabe cómo, —posiblemente por la enorme influencia que tenía en él—, Seiya se convenció que aquella mierda era muy lógica y despachó a Reika rápidamente. Él ya padecía mucho la muerte reciente de sus padres y no quería arrastrar una víctima como ella a su vida, ahora hecha un verdadero caos. Ésa misma noche se lió con una desconocida y dieron espectáculo en el cofre de un coche. Y Reika lo vio todo en primera fila. Ah, ¿que qué hacía Reika en una fiesta si no acostumbraba a ir a ellas? Ah, sí. Es que Diamante la llevó… seguramente con algún pretexto como que Seiya estaba en problemas o que quería recuperarla o algo así, pero seguro que era mentira. La chica se fue llorando a mares y no supo más de ella. Le rompió el corazón.

Pero cómo no, un par de meses después y pese a sus múltiples defectos ¡ya era novio de ella! Ésta vez al fin Seiya vio algo de luz y tuvieron problemas gordos. Incluso Andrew, el eterno pacifista —y que para entonces ya era parte del grupo— tuvo que separarlos porque su hermano ya quería aventarlo de cabeza por la ventana. Diamante dio otra de sus versiones enrevesadas: juró que se había enamorado sin querer, que Reika estaba dolida por su rechazo y lo había buscado a él. Y él, tan bondadoso, sólo quiso ofrecerle su apoyo.

Luego pasó lo que tenía que pasar, hubo magia de amor y él quiso darle lo que su amigo no quería. Volvió a marearlo, sí, pero su amistad ya era más distante desde entonces. Seiya rara vez acudía a él y si seguía tolerándolo era por Andrew y Zafiro, que no tenían la culpa de nada. Además sus amigos eran todo lo que tenía, no era capaz de alejarse de ellos. Eso en parte era su culpa, y Yaten se lo reprochaba a sí mismo un poco cada día. Quizá si hubiera sido un hermano mejor, más a fin a sus pasatiempos o no hubiese caído en un agujero negro depresivo, él no habría tenido que sustituirlo ni recurrido a la mala compañía de Diamante.

En fin… no podía ya hacer nada.

—¿Y su conclusión final cuál es, doctor Kou? —le preguntó Minako, que ya estaba acostada con él en la cama, ambos mirando al techo. La ropa ya eran varias pilas bien dobladas en la esquina del colchón.

—Que ése psicópata está obsesionado con mi hermano, qué más —sentenció.

—¿Pero por qué?

—No sé. Sólo puedo ver que es como si quisiera tener todo lo que tiene. La guitarra, la aprobación o atención de mis padres…

—La chica.

Yaten asintió lentamente.

—La chica...

—¿Por envidia?

—Eso creo. No sé. Todo tiene sentido y a la vez no lo tiene.

Minako se estiró para aliviar el haber estado sentada en la misma posición tanto rato, y luego se puso de pie. Mientras se cepillaba los dientes en el baño, estaba pensando decirle a Yaten que no se necesitan cosas materiales o logros insuperables para que alguien te envidie o te quiera opacar. Basta con tu luz. Tu esencia. Tu forma de ser. Lo que la gente llena de amargura no puede soportar. Y sin duda Seiya la tenía.

Pero Yaten la llamó entonces.

—No te lo conté sólo porque me fastidió la noche —le dijo cruzándose de brazos y mirándola fijamente —. Parecía muy interesado en la vida de tu amiga, Serena.

Minako bajo el cepillo y escupió rápidamente en el lavabo.

—¿Ah, sí?

—Sí. Y te diría que no es relevante, a no ser que me di cuenta que a Seiya le enfadó que lo hiciera. Eso reafirma mis sospechas.

Minako sonrió nerviosamente como en un reflejo, y se le acercó.

—Pero eso… ¿Eso qué significa? ¿Que quiera engatuzarla o algo así?

—Es Diamante Black. Sabe como impresionar a una chica —se encogió de hombros.

—No a Serena. Ella no es frívola, ni se interesa en el dinero —la defendió al instante.

—No hablo sólo de éso. ¿Cuándo ha sido Seiya afecto al dinero? Y logró manipularlo bastante bien. Es una especie de sociópata, Minako. Si te encuentras a una hiena, te come. Está en su naturaleza.

Minako volvió a sentarse a su lado, esta vez mucho más cerca.

—¿Y qué hacemos? —preguntó acongojada, mirándolo —. No lo quiero cerca de Serena, ni de Seiya.

—¿Le has cogido cariño al cabeza hueca?

—Es mi familia también.

Yaten sonrió tiernamente y estirando el brazo, la estrechó contra su pecho. Luego hizo que se cubrieran con una frazada ligera que había ahí. Estaba refrescando mucho a ésa hora.

—Tendremos que asesinarlo. No hay de otra.

—¡Yaten! —él se rió.

—Mina, no podemos hacer nada. Ambos son adultos. Salvo echarles el ojo de vez en cuando. Intervenir no. A mí Seiya no me hizo ni puñetero caso, y considerando que si Diamante los llega a tener en la mira, éso sólo le hará más divertido el juego del gato y el ratón. Creo que lo único útil que podemos hacer es estar ahí por si nos necesitan. No quiero que te mortifiques por éstas cosas. Ya traes mucho encima, con lo de tu jefa nueva, y el be...

—Sí, tienes razón —sentenció interrumpiéndolo, y cambió de tema radicalmente —. ¿Vemos la repetición? Lo más probable es que me quede dormida a los cinco minutos, así que no te quitaré atención. Ah…tengo hambre por fin. Veré si puedo hacer unos emparedados. Seguro que la bilis no te dejó ni comer, ¿verdad?

Yaten asintió y se inclinó para darle un buen beso en los labios. Minako se unió gustosamente a él. Tantas cosas que le estaban pasando en su vida, tanto a su cuerpo como a su mente y su Minako todavía tenía la bondad de preocuparse por sí él había comido o no, aunque aun se resistía a asumir su maternidad, como acababa de demostrar.

—Por cierto… —se giró antes de atravesar el marco de la puerta, y se puso las manos en las caderas —. No sabía que te importaba tanto Seiya. Enhorabuena, van mejorando.

Y se esfumó hacia a la cocina.

—Minakooooo…

Puso los ojos en blanco mientras se oían a lo lejos las risitas. Ésa también era Minako. La cabrona que le encantaba picarle las costillas cuando le venía en gana.

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Notas:

¡Ay, este OS me moría por escribirlo! Por supuesto que en "Roomies" lo vemos desde el POV de Serena y vaya que las perspectivas cambian, no sólo por las vivencias distintas si no por el carácter del personaje que los mira. La enfermiza amistad de Seiya y Diamante no quería que fuera obvia. Nada tan justificado o cliché. Debo admitir que en algún momento sopesé la idea de que Diamante estuviera secretamente enamorado de Seiya, y esa era su manera de ¿odiar? Lo que sentía. Pero no. Es más interesante una persona naturalmente oscura y que además tenga sus matices. Claro que D no siempre fue malo, Seiya no es tan incrédulo. Eso es lo malo de ésas relaciones. A veces todo es lindo, a veces no, pero es ésa fina línea de la confusión la que te hace dudar de terminarla o no, y se vuelven un espiral peligroso.

Espero que quienes estaban intrigadas con este tema hayan quedado satisfechas de momento, claro que en "Roomies" aun faltan cosas por ver. No hubo mucho de Minako y Yaten, pero en pocas líneas él expresó como siempre lo que siente por ella. uwu

Hasta el otro!

XOXO

Kay