Sesshomaru quiere todo. La quiere a ella.
A la niña humana, quien ya no es una niña, sino una mujer que penetró en su corazón.
La quiere. Quiere que sea suya, pero mas que nada que ella desee ser de él.
Sesshomaru la tenía en sus brazos, en sus manos, aquellas que subian por sus caderas, obligándola a pegarse más a él.
-Si quieres escapar, es el momento.
-No quiero-Rin aseguró mientras acariciaba aquellos suaves cabellos platinados mientras el aludido sin perder tiempo marcaba un camino de besos por todo su cuello provocándole reacciones gratificantes.
En sus brazos, sabía que su cuerpo estaba en su posesión.
Sus besos eran regados por todas partes, otorgándole sensaciones y placer indescriptible. Jadeos, peticiones salieron de su boca que el demonio no dudó en cumplir. Su bella sonrisa es oculta por sus besos, pero en medio de ellos, se nota su felicidad.
-Te amo, Sesshomaru...
Los labios que no vacilan en besarle con ímpetu contestan por él.
En sus labios, sabía que su corazon lo tenía.
Sus prendas fueron desapareciendo sin ser extrañadas, en tanto ellos liberaban aquel sentimiento y necesidad apremiante. En cuestiones de segundos, la estaba alzando por los muslos y apoyandola contra el tronco del arbol. Las hojas se sacudían como el cuerpo de ellos.
-Mas fuerte... mas... Ahh...
Sus ojos se conectan, marrón y dorado, por un instante eterno, son uno.
En su mirada, sabia que su alma era suya.
Sesshomaru tuvo todo, y fue en el momento en que el demonio lo entregó su cuerpo, su corazón y su alma, que la tuvo a Rin.
