I.

Hacía tres meses que me había ido de Bon Temps para pasar unas semanas fuera. No estaba segura de cuándo regresar, porque me estaba gustando la idea de irme una temporada y despejarme de todo. Llevaba muchas semanas, por no decir meses, con mucho estrés, por lo que este viaje me estaba sentando de maravilla.

Estuve dos semanas en Texas, en casa de Bernadette, mi suegra. Pensé que lo mejor era comenzar yendo a visitarla unos días para que, además, pudiera conocer a Adele, mi hija, que también era su nieta. Su hijo mayor, Sam, y yo, nos casamos hace dos veranos, pero murió el verano pasado en un trágico accidente de tráfico en donde, milagrosa e inexplicablemente, salí prácticamente ilesa.

Al principio no sabía si debía pasar tanto tiempo con ella, pero en verdad me vino bastante bien. Creo que, en todo el tiempo que la conozco, era la primera vez que estábamos tanto tiempo juntas; habíamos hablado tanto y nos habíamos conocido más que nunca. Me gustó la experiencia, porque en estos momentos, es lo más cercano a una madre que tengo y siempre está bien tener a alguien así cerca, sobre todo cuando acabas de tener un bebé y estás más perdida de un calamar en un partido de béisbol.

En las dos semanas que estuve con ella, fuimos de compras, varias veces a la piscina —el primer baño de Adele y disfrutó muchísimo—, reímos, lloramos, nos abrazamos, hablamos de nuestros dramas, de nuestras vidas… En general, de todo un poco. Aunque creo que lo que mejor fue hablar sobre cómo cuidar de Adele. Sé que tengo la suerte de que apenas llore más que cuando tiene hambre o quiere que le cambie el pañal, pero sé también que no es fácil, porque ella es cambiante por parte de Sam. Y me preocupa muchísimo no saber actuar como debería ante alguna situación que se me escape de las manos.

Así que ella me anotó muchas cosas en una libreta para cuando no supiese qué hacer. Y seguramente habrá muchas más que no habrá podido anotarme, pero me las irá mandando cuando las vaya recordando o yo le pregunte.

Me dio mucha pena tener que despedirme de ella el último día, pero, como bien me dijo mi hermano antes de marcharme de Bon Temps, este viaje era mío y de Adele, y no quería quedarme más tiempo. En un principio iba a estar fuera hasta mediados de septiembre, cuando terminaran las reformas del Merlotte's, pero estoy aquí, en mitad de la nada de no sé qué pueblo de Canadá.

Bueno, sí que sabía cómo se llamaba: Rocherton.

¿Que cómo llegué hasta aquí?

Pues todo empezó cuando me puse a pensar hacia dónde quería llegar. Siempre quise ir a Alaska —será porque llevo toda la vida viviendo en el sur, supongo, y nunca he ido tan al norte—, por lo que decidí encaminarme hasta allí. Como me llevé el pasaporte —nunca se sabe hacia dónde te puede llevar el viento—, no tuve problemas en pasar por Canadá. La verdad es que yo solo quería pasar una noche allí y llevo casi mes y medio.

Todo empezó porque tenía que pasar por Vancouver para ir hasta mi destino. Pero Adele se puso a llorar, porque era su hora de comer, así que tuve que parar en el primer sitio donde pillé. He de decir que se portó bastante bien y no me dio problemas, pero es que cuando llega su hora de comer… no lo perdona. Por lo que aparqué en donde pude.

Como me pilló en plena autovía, hice el desvío por el primer sitio que vi. Ni siquiera me fijé si era una propiedad privada o no, solo necesitaba parar para calmar el hambre de mi hija. Además, como aún hacía calor, paré a descansar y refrescarme. Había un riachuelo cerca, por lo que me vino bien remojar los pies un rato. También aproveché y le eché un poco de agua a Adele por la cara y la cabeza. Le estaba gustando porque sonreía. Y hasta se reía de vez en cuando. Me encantaba verla feliz con algo tan simple. La vida sería mucho mejor si disfrutáramos más de las cosas simples.

Puse una manta en el suelo y me tumbé en la hierba junto a la niña. Hacía un día estupendo y decidí que podíamos pasar el resto del día —y puede que la noche— aquí. Se estaba tan bien que desde luego ganas de marcharme no me daban.

Una mujer de unos cuarenta años empezó a hablarme cuando me estaba quedando dormida:

—¿Esa caravana es suya? —me dijo con voz seria. Abrí los ojos de golpe y me incorporé de inmediato.

—Sí, ¿por qué?

—Esto es una propiedad privada y no se puede aparcar aquí. Así que le recomiendo que se marche antes de que tenga problemas con el dueño del lugar.

—Lo-lo siento. No lo sabía.

—Hay una señal al comienzo de la carretera donde lo dice bien claro. —Desde luego, no le caía nada bien.

—No lo vi.

—De eso ya me di cuenta cuando vi la caravana.

—En seguida nos vamos.

Me levanté casi de un salto. Cogí a la niña y recogí la manta, enrollándomela en el brazo. No me apetecía tener problemas con nadie, así que lo mejor era largarse de allí cuanto antes.

Coloqué a Adele en el asiento de atrás y subí al coche. Arranqué el motor, pisé el embrague y puse la primera marcha. Miré por el retrovisor para comprobar que la mujer se alejaba por el camino por donde había salido. Respiré aliviada, porque ya pensé que no me quitaría ojo hasta que estuviera bien lejos de allí. Nada más levantar el pie del pedal y avanzar unos cuantos metros, escuché como una especie de crujido proveniente de una de las ruedas delanteras. Paré el coche, sin detener el motor, me bajé y, efectivamente, había pinchado con una piedra que estaba extrañamente afilada.

Mierda. Lo que me faltaba.

Si es que no podía tener peor suerte. Y encima en un lugar donde no sabía dónde ir.

La mujer de antes no tardó mucho en regresar. Cómo no.

—¿Problemas con el coche, amiga? —comentó, apoyando su mano en el cortavientos del coche.

—Se me acaba de pinchar una rueda por culpa de una piedra.

—Eso veo —murmuró entre dientes, comprobando lo que le acababa de decir—. Está de suerte: mi hermano tiene un taller y puede arreglarlo sin problemas.

—Eso sería estupendo. Lo único malo es que no tengo efectivo…

—No se preocupe por eso. Puede pagar con tarjeta.

Cogió su teléfono móvil y tecleó el que supuse era el teléfono de su hermano. Esperó a que le atendiera hasta que habló:

—Theo, soy yo, Georgette… No, no pasa nada. Es solo que una mujer ha tenido un pinchazo donde el noruego… Sí, ahora mismo… Va con una caravana… No, la matrícula es de Estados Unidos… No hay problema, ¿no? —Hizo una pausa y me miró, levantando el pulgar—. Pues no lo sé, viene con un bebé y no parece que haya más nadie… —Esto me mosqueó muchísimo. ¿Qué tendrá que ver todo esto?—. Bueno, ¿traes la grúa o le pido el grupo sanguíneo? —Estupendo; yo alejándome de las cosas raras y me tengo que topar con esta gente—. Está bien. Se lo digo. Ahora nos vemos.

—¿Va todo bien? —le pregunté intentando no ponerme más nerviosa de lo que me estaba poniendo.

—Sí. En unos veinte minutos estará aquí. Me estaba preguntando si iba usted con más gente, por eso de que se tiene que llevar la caravana. No la podemos dejar aquí al ser una propiedad privada. Ya sabe. A no ser que quiera que la dejemos en alguna parte…

—Vaya, no había caído en eso.

—Luego está el problema de que tiene trabajo hasta arriba, por lo que lo más seguro es que tenga que quedarse a pasar la noche aquí, porque hasta mañana no podría cambiarle la rueda…

—Pero si es algo que lleva poco tiempo repararlo.

—Ya, pero está solo ahora mismo desde que su compañero le dejó tirado. ¡Menudo canalla ese maldito de Brian! Y no ha encontrado a nadie que le sustituya, por lo que el trabajo se le acumula fácilmente.

—Bueno, pues en ese caso, si la puede dejar en algún lugar, porque no tenemos otro sitio donde dormir y…

—Si tiene una cuna de viaje podéis quedaros en mi casa esta noche… —sugirió Georgette.

—Oh, no, no queremos ser una molestia…

—No es molestia, de verdad —insistió; ahora parecía mucho más amable de lo que fue antes y me estaba sorprendiendo el cambio tan grande que tenía en tan poco tiempo.

—Le puedo pagar, si lo desea…

Se echó a reír.

—¿Con ese dinero de plástico? —se mofó—. No, no es necesario. A Theo y a mí nos gusta tener de vez en cuando visita.

—¿Theo es su hermano?

—Sí. Vivimos juntos desde que nuestra madre murió hace seis años.

—Oh, vaya, lo siento.

—No pasa nada. Estaba muy enferma. —Apoyó la espalda en la caravana y sacó un paquete de tabaco del bolsillo trasero de su pantalón; sacó un cigarrillo y lo encendió dando una enorme calada. Me ofreció uno, pero negué con la cabeza—. Por cierto, soy Georgette Moreau.

—Sookie Stackhouse. Y ella es Adele. —Señalé al bebé.

—¿Su marido no viene con usted? —quiso saber.

—No. Murió hace un mes, días antes de que naciera Adele.

Se irguió por la sorpresa.

—Lo siento mucho.

—Gracias. Lo estoy llevando como puedo.

—No habrá venido con sus cenizas con la intención de tirarlas en alguna parte, ¿no?

—No, tranquila. A Sam lo enterré cerca de mi casa, en el cementerio de mi pueblo.

—¿Vive usted cerca de un cementerio?

—Justo al lado, sí.

—Guay. —Sonrió asintiendo con la cabeza—. Yo tengo uno a unos trescientos metros detrás de la mía, pero es de animales. No es lo mismo, pero me gusta. Todas mis mascotas las tengo allí enterradas.

—Los animales también tienen derecho a tener un lugar donde descansar.

—Sí, eso mismo pienso yo. Menos mal que Theo también adora a los animales, si no tendríamos un problema. Tengo unos cuantos gatos en casa. Espero que no sea un inconveniente.

—Ninguno. Hace años tuve una gata, Tina, pero murió y no he vuelto a tener más mascotas. —Me salté el detalle de cómo murió y por qué no tengo más por las razones obvias que mejor no recordar—. De todos modos, ahora con la niña, no creo que vaya a tener mucho tiempo para dedicarle a una mascota, por lo que es mejor así.

—Pues sí. No haga como esos descerebrados que abandonan a sus mascotas cuando se aburren de ellos o cuando comprueban que no son lo que creían y se deshacen de ellos como si de un juguete se tratase.

Estuvimos hablando un buen rato hasta que llegó su hermano con la grúa.

Como iba a quedarme en casa de los Moreau, le pedí a Theo que me dejara la caravana en la puerta de su casa. Así no tendría que coger provisiones para la noche. No estaba del todo cómoda, pero al menos podría dormir en una cama mucho mejor que la de la caravana. No es que sea incómoda, pero estoy acostumbrada a dormir en camas mucho más amplias y mullidas.

Theo no era una persona muy habladora, pero era amable. Aunque le pillé en más de una ocasión mirándome descaradamente el escote y pensando cosas de las que prefiero no decir en alto. Además, no quería parecer lo que siempre he sido: una rarita, por lo que me callé y evité ponerme de nuevo otro escote.

—Me acaba de llamar el noruego —informó Theo tras la cena—. Me ha dicho que nuestra invitada se puede quedar en su casa si así lo desea.

Me quedé sin saber qué decir. Estas cosas no eran muy normales en Bon Temps. Ni en ninguna parte, a mi parecer.

—Oh, pero si no me conoce de nada, ¿cómo es que quiere que me quede allí?

Theo se encogió de hombros y se metió un trozo de pan que había cogido de la despensa en la boca.

—No eres la primera con la que lo hace.

—¿No es un poco extraño? —inquirí, curiosa—. Quiero decir, podría ser una ladrona o algo parecido y se está fiando ciegamente de mí.

—¿Eres una ladrona? —me preguntó Georgette.

—No, claro que no, pero…

—Entonces, no te preocupes por lo demás.

—Ya, pero…

—Le dije que pareces de fiar —comentó Theo— y me dijo que podía darte su llave.

—¿Tenéis la llave de su casa?

—Sí —contestó Georgette de inmediato—. A veces se cuelan animales salvajes y hay que echarlos para que luego, cuando regrese, no se encuentre con ninguna sorpresa, como que esté llena de cacas de animales o destrozada por todos lados. O ambas cosas.

—Tiene mucha confianza en vosotros, por lo que puedo comprobar.

—Bueno —continuó—, en Rocherton solemos confiar mucho los unos en los otros.

—Tanto es así —comentó Theo—, que casi nunca cerramos nuestras casas cuando nos marchamos.

—Jamás había escuchado nada parecido.

—Sí —prosiguió Georgette—, nos lo suelen decir mucho. Pero en este pueblo nos conocemos todos desde siempre. Somos como una especie de familia y entre todos nos ayudamos. Si alguien necesita algo del vecino, solo tiene que entrar, coger lo necesario, dejar una nota avisando de que ha estado ahí y ya está.

—¿En serio? ¿Y no os molesta que entren?

—Para nada —respondió Georgette—. ¿No tienes hermanos?

—Sí, uno.

—¿Y vive contigo?

—No. Aunque no vive muy lejos de mi casa.

—¿Y te molestaría si entrara sin avisar a coger, no sé, comida?

—Hombre, si es solo eso, claro que no.

—Pues más o menos esto es lo mismo. Todos somos hermanos aquí, en Rocherton.

—Ya veo. No es lo más normal del mundo, pero me gusta que la gente se trate de ese modo.

—Sí, por eso este es un pueblo tan tranquilo, porque aquí nos respetamos mucho. Si no fuera así, Theo y yo nos hubiésemos marchado a otra parte hace ya mucho.

—Cuando murió nuestra madre, sobre todo.

—Sí, nuestra madre fue la que nos pidió que nos quedáramos en el pueblo cuando ella faltase.

—Amaba este pueblo más que a nada en este mundo. Se mudó aquí con nuestro padre cuando se casaron. No tenían otra cosa más que una vieja camioneta y cincuenta dólares en el bolsillo. Mi padre montó el taller donde trabajo, y desde entonces sigue en pie.

—Y si no fuese por los vecinos de este pueblo, jamás hubiesen podido salir adelante.

—Caray, es una historia fascinante.

—Bueno, solo hasta cierto punto —prosiguió Theo—. Cuando cumplí los dieciséis mi padre murió aplastado por un tractor.

Fruncí el ceño y retraje la boca en señal de espanto.

—Madre del amor hermoso. Debió ser un palo muy grande para vosotros.

Theo asintió, sacó un paquete de tabaco del bolsillo de su camisa, lo encendió y le dio una calada, que expulsó lentamente por la boca. Al menos Adele estaba durmiendo en el cuarto.

—Bastante gordo, sí. Entró en coma, pero poco se podía hacer para salvar su vida. Todo ese tiempo, tuve que hacerme cargo del taller. Menos mal que aprendí todo lo que tenía que saber a los trece años, si no, no sé qué hubiese sido de nosotros.

—¿Vuestra madre no trabajaba en nada?

—Su trabajo era cuidar de nosotros, ¿te parece poco? —increpó Georgette; había pisado terreno peligroso.

—No, claro. Mi abuela también nos crió a mi hermano y a mí, y sé que no fue fácil para ella.

—¿Y tus padres? —quiso saber Theo.

—Hubo una riada y murieron ahogados cuando era muy pequeña. —Con el pequeño detalle de que no fue cosa del destino lo que los mató; pero, una vez más, debía omitir ese dato.

—Tu abuela es una gran mujer por haber hecho el esfuerzo de criaros sin ser sus hijos.

—Era. Murió hace unos seis años —a manos de un sociópata antivampiros que la confundió conmigo, pero eso, como sabéis, no lo diré tampoco—. Pero sí, era una gran mujer y la echo muchísimo de menos. Seguro que os hubiese caído muy bien.

—Nos hubiese encantado conocerla —me sonrió Georgette. Se levantó y se dirigió a la nevera y sacó pastel de chocolate—. ¿Quieres?

—¿Por qué no?


Al final pasé la noche en casa de los Moreau porque estaba demasiado cansada como para tener que ir caminando hasta la casa del noruego —del que, por cierto, aún no sabía su nombre—, así que decidí ir por la mañana. Es más, me estaba replanteando quedarme unos días allí, ya que tanto Georgette como Theo habían pintado tan bien cómo se vivía en este pueblo que sentía curiosidad por averiguarlo por mí misma.

Le pedí a Theo que me llevara la caravana hasta allí y aceptó sin rechistar. Estaban siendo muy amables conmigo, y me sentía mal por no poder hacer nada por ellos, así que lo único que se me ocurría era prepararles alguna cosa para comer o algo por el estilo. Ya se me ocurrirá algo.

Por la mañana, Georgette no estaba —me dejó una nota diciéndome que tenía cosas que hacer y que ya nos veríamos más tarde si lo deseaba— y Theo se había marchado al taller —me aseguró que me llevaría la caravana a media mañana, así que le dije que no se diera tanta prisa con lo del coche—, por lo que cogí la mochila portabebés que me regaló Halleigh Bellefleur durante la fiesta del bebé —y que aún no había podido estrenar—, coloqué a Adele como pude y nos dimos un paseo hasta la casa del noruego. Realmente sentía mucha curiosidad.

Durante mi paseo, pude percatarme de que había un bosque precioso. Me recordaba al que tenía en Bon Temps, por lo que me sentía mucho más en casa de lo que me podía imaginar. Adele se quedó dormida a mitad de camino. Pude sentir su respiración en mi pecho. Acaricié su rojiza cabellera —que cada vez era más frondosa— y le di un beso, como señal de que podía estar tranquila y seguir durmiendo hasta llegar a nuestro destino.

Cuando llegué a la casa, me quedé fascinada. Era una enorme casa de madera clásica, de dos pisos —o al menos uno de ellos era una bohardilla— y me estaba encantando. Entré con la llave que Georgette me dio por la noche. Cuando entré, percibí una gran sensación de paz por toda la estancia. Cerré los ojos y era como si realmente estuviera en mi casa. Solo que mucho mejor.

La verdad es que no sabía cómo explicar aquello. Es más, era como si ya hubiese estado allí, pero técnicamente es imposible, ya que jamás había pisado antes tierras canadienses y esta casa no tendrá ni diez años de vida —con suerte serán unos ocho—, pero parecía como si el destino me hubiese llevado hasta ella.

Me di cuenta de que no tenía mucha cosa. Aunque, por lo poco que me habían contado, tampoco es que pasara mucho por allí. Solía pasar largas temporadas, por trabajo, lejos de casa. Claro que tampoco sé muy bien si aquella era su casa o solo la de vacaciones, por eso de que le llamaban «el noruego», que no sé si era porque era noruego de verdad o solo era un decir, pero tampoco quería inmiscuirme en ese asunto.

Subí hasta el primer piso y entré en la primera habitación que vi. Dejé a Adele encima de la cama, que seguía durmiendo. Seguramente estaría mucho más cómoda encima del colchón que en la posición que la tenía hasta ahora. Y así también descansaba yo de portarla en brazos. Abrí la ventana para que corriera un poco el aire y se ventilara la habitación. En verdad, me dediqué a ventilar la casa entera, porque se notaba que aquello llevaba cerrado unas cuantas semanas, por no decir meses.

Supuse que la habitación donde había dejado a Adele era la del noruego, porque estaba repleto de ropa de hombre en el armario. En las demás habitaciones, los armarios y cajoneras estaban totalmente vacíos. Me preguntaba ahora si tendría más familia y por eso tenía una casa tan grande. No sé, no tenía mucho sentido tener una así si no es porque tuviera con quien compartirla, ¿no? Claro que yo no podía decir mucho al respecto, porque yo vivía en una casa enormemente grande, pero en su día éramos tres y ni nos faltaba ni nos sobraba casa. Estaba tal cual.

Quité todas las sábanas que había encima de los muebles y limpié las superficies donde el polvo había hecho mella. Descubrí un pequeño cuarto con materiales de limpieza, por lo que me vino de perlas para la ocasión.

Pues sí, definitivamente podía decir que me sentía como en casa solo por poder hacer eso. Entre eso y el ambiente, no podía sentirme mejor. Realmente parecía que aquella era mi casa y no prestada. En cuanto pudiera, iría a un cajero y sacaría algo de dinero, no solo para llevar efectivo, sino para darle al dueño de la casa. Otra cosa no, pero estar allí sin dar nada a cambio no era mi estilo, por lo que le daría lo que me pareciera conveniente. Esperemos que no haya problema con el cambio de moneda.

Mientras limpiaba, descubrí una habitación enorme repleta de libros. ¿Podría decirse que eso era una biblioteca en toda regla? Podría decirse, sí. Me entretuve observando la cantidad de libros que tenía aquel lugar: en su mayoría eran de leyes, medicina, filosofía, historia, arte… No sé si estaban allí porque había estudiado de eso o simplemente por placer —hay gente para todo y nunca se sabe—, pero este lugar me decía que el noruego debía ser una persona excesivamente culta. También tenía una sección para los libros de ficción y había de todo: romance, suspense, drama, intriga, terror, humor… La lista era interminable. Me sentía como Bella al entrar en la biblioteca de la Bestia. Aunque me había traído unos cuantos libros, cogí uno; ya que los tenía a mano, debía aprovechar. Escogí uno de terror y lo llevé hasta la habitación donde acosté a mi hija.

Cuando terminé de limpiar el cuarto de baño del primer piso, me eché una pequeña siesta en el dormitorio de enfrente donde estaba Adele dormitando. Dejé las puertas abiertas de par en par, por lo que si se despertaba y se ponía a llorar, la escucharía perfectamente.

Y sin darme apenas cuenta, me quedé dormida.


Siempre que pasaba una semana me decía que esa era la última que estaría allí, pero en realidad solo estaba poniendo una excusa para no regresar a Bon Temps. La tranquilidad que me daba Rocherton no me la daba mi pueblo.

En un principio, pensé que todo lo que me contaron los hermanos Moreau era una broma o habría gato encerrado, pero no era así. Descubrí que no solo era cierto, sino que eran muy amables cuando les hacías un favor. Por ejemplo, esta mañana la señora Lécuyer necesitaba manzanas y yo no estaba en casa en ese momento, así que me cogió unas cuantas del cesto de fruta de la cocina y me dejó la nota correspondiente. Pues como al final le sobraron unas pocas, me hizo una deliciosa tarta de manzana para agradecérmelo. Aunque no era necesario, porque técnicamente esas manzanas son del dueño, el noruego, pero quién soy yo para rechazar una tarta de manzana que olía de maravilla. Además, tenía ese toque de canela que hacía que se me hiciera la boca agua.

Como la señora Lécuyer me dejó sin manzanas —pensaba hacer mermelada con ellas—, decidí dar un paseo y recoger unas cuantas de los manzanos pertenecientes al dueño de la casa. Me encantaba ese lugar, porque no solo tenía manzanos, sino también perales y almendros. Georgette y la señora Lécuyer suelen pasearse por allí a recoger los frutos que dan los árboles —con el permiso del señor noruego, por descontado—, pero como estoy yo de inquilina, la cosa cambia y deben seguir las normas establecidas en el pueblo.

Recogí unas cuantas almendras también. Aunque tenía de sobra en casa, me entretenía bastante quitarle la cáscara. Entré en la cocina y lo dejé todo en el frutero. Ya lo ordenaría más adelante. Subí a mi dormitorio —prestado— y escuché un ruido. Parecía que alguien estuviera arriba. Me dio un vuelco el corazón, puesto que Adele estaba en el dormitorio durmiendo y solo pensar que algún desconocido le hiciera algo indebido me puso en alerta. Normalmente me la suelo llevar, pero no iba a tardar mucho, y ahora me sentía idiota e irresponsable. Intenté calmarme y buscar en la mente de quien fuese que estuviera en la casa. Sé que esto la gente de aquí lo suele hacer mucho, pero yo no estoy nada acostumbrada y me ponía muy nerviosa. Además, hasta ahora no habían pasado más allá de la cocina y esto estaba bastante lejos de ahí. Me metí en el cuarto y comprobé aliviada que la niña aún dormía en su cuna.

Respiré hondo.

Intenté buscar en los pensamientos del intruso para ver quién era, pero fue imposible meterme. Me sorprendió, porque jamás me había pasado, más que con los vampiros. Pero no podía ser uno de ellos porque era casi mediodía, por lo que era imposible. Además, los Moreau me dejaron claro que ni vampiros ni demás seres sobrenaturales rondaban por estos lares. Así que no entendía nada. ¿Por qué no le escuchaba?

No sabía dónde se encontraba. Había dejado de hacer ruido. A ver si va a ser un mapache y yo aquí calentándome la cabeza con tonterías.

Sí, debía ser eso.

Me calmé. Respiré hondo una vez más. Además, ya no escuchaba el ruido de antes, por lo que sí, estaba más que claro que era un animal. No sería la primera vez que se me colaba un mapache. Claro que era extraño que rondaran por algún piso superior, pero a saber.

Salí de mi habitación. Fruncí el ceño al ver que la puerta del dormitorio principal estaba cerrada.

¿Habrá sido el viento? Tal vez.

En cuanto la abrí, descubrí, para mi sorpresa, que se hallaba un hombre completamente desnudo.

—Oh, hola —dijo con total naturalidad; se estaba secando el pelo con una toalla, pero seguía sin taparse con nada—. Tú debes ser Sookie.

Aparté la mirada, roja como las manzanas que acababa de recoger. No quería que pensara que era una descarada.

—Sí, ¿y tú?

—Oh, disculpa —prosiguió con su encantadora sonrisa—. Soy Klaus. Klaus Sørensen. El dueño de la casa.

Maravilloso. Primer contacto que tenía con él y tenía que ser de este modo.


NDA: Parece mentira que haga solo tres días que terminé el anterior fic y aquí esté ahora, con este nuevo. xD Pero es que este mes me he propuesto hacer el NaNoWriMo, así que lo más seguro es que actualice este mes más rápido que hasta ahora. O eso intentaré.

No tenía intención de meter a ningún personaje original, pero hace unos días se me ocurrió esto y me encantó la idea.

¿Y a vosotras?

Bueno, ya me diréis.

Un saludo y hasta el próximo capítulo. :)

~Miss Lefroy~


03/03/2021