II.

No podía evitar sentirme como una idiota. Si es que estas cosas me pasan porque soy así.

—Lo-lo lamento —dije con torpeza—. Nadie me dijo que vendrías hoy, si no, te hubiese esperado y… tampoco vi ningún coche ni nada.

Klaus me sonrió divertido. Parecía como si yo fuese, no sé, un payaso y se lo estuviera pasando pipa con mi reacción, o qué sé yo.

—No tienes por qué disculparte. Yo no suelo avisar a nadie de que vengo. Más que nada, porque no vivo con nadie. Me gusta ir y venir.

—Lo sé, pero me has pillado desprevenida.

—No le des más vueltas. —Lo peor de esta conversación era que aún permanecía desnudo mientras me hablaba, como si nada, y daba muchas vueltas por la habitación en busca de tal o cual cosa—. Yo al menos no se las doy. —Cogió un cepillo y comenzó a peinarse hacia atrás la melena platina que tenía. Por lo menos esta vez estaba de espaldas y lo único que le podía ver era su perfectísimo trasero; también me percaté de que era excesivamente alto. Al único que conocía con esa altura era a Eric y yo creo que hasta es más bajo que Klaus. Me miró de reojo por el espejo, que me pilló mirándole descaradamente las posaderas y me sonrió—. ¿Te gusta lo que ves?

Di un respingo y me puse más colorada de lo que ya estaba.

—No… Yo, o sea, que no… —balbuceé. No sabía cómo explicarle que no pretendía mirárselo, pero que no pude evitarlo porque mis ojos eran los descarados y no yo.

—No pasa nada. Estoy acostumbrado.

—¿Eres modelo? —pregunté con curiosidad; no sé por qué me dio por pensar que lo era, aunque también es cierto que es bastante guapo y bien podría serlo.

—No del tipo que modela en pasarelas y posa delante de las cámaras y eso. Solo he sido modelo para pintores, escultores, artistas… En pocas palabras: modelo artístico. Por eso decía que estoy acostumbrado. —Cogió unos pantalones vaqueros y se los puso; porque está claro que la ropa interior está sobrevalorada, evidentemente—. Ya puedes mirar, que parece que vayas a meter la cabeza debajo del suelo.

—Siento que estoy invadiendo tu intimidad estando yo presente, eso es todo.

—No estás invadiendo nada, porque fui yo quien te dijo que te quedaras.

—¿Lo sueles hacer mucho? Theo y Georgette me han comentado que no he sido la única…

—Sí, de vez en cuando lo hago. No siempre, pero si hay algún viajero que pasa por aquí y me dan el visto bueno, dejo que pase la noche o lo que necesite.

—¿Y no te preocupa que se lleven cosas personales o de valor?

—Ese es un riesgo que debo correr, sí, pero bueno. Siempre pienso que si lo cogen y se lo llevan es porque lo necesitan de verdad. Y yo en realidad, no.

—Vaya, eres muy optimista. Porque para mí es un gesto muy egoísta lo de llevarse algo que no te pertenece. Si lo quieres, trabaja y cómpratelo. Eso nos decía mi abuela a mi hermano y a mí desde siempre.

Su sempiterna sonrisa volvió a su encantador rostro.

—Tu abuela es una mujer muy sabia. Pero, en serio, yo no necesito nada de lo que tengo aquí. Solo lo tengo por si alguna vez realmente lo necesitara, pero si no está… pues no pienso poner el grito en el cielo.

—O sea, que puedo llevarme tu televisor de cuatro mil pavos si me da la gana y a ti te daría igual, ¿no es así?

—Si de verdad necesitas el televisor, es todo tuyo.

—Debe sobrarte mucho el dinero para poder hablar así, en serio te lo digo.

—Pienso que el dinero está sobrevalorado y que no da la felicidad. Puedes comprar cosas como esta casa, por ejemplo, pero una vez que la tienes, ¿qué pasa luego? La llenas de trastos que probablemente no vas a usar apenas, pero ahí que las tienes, por si acaso. —Hizo hincapié en la última parte de la frase—. Por ejemplo, he visto que has venido en caravana, por lo que deduzco que tu viaje iba a ser así, dentro de esa casa portátil. Así que te pregunto: de no haberte dejado quedarte aquí, ¿te hubieses quedado todo este tiempo en tu caravana, lejos de tanta comodidad y espacio?

Me encogí de hombros. Tampoco lo había pensado detenidamente, pero sí que era cierto que me había ahorrado muchos dolores de espalda por la incómoda cama de la caravana.

—Tal vez. Aunque también tenía intención de alquilar una habitación en algún hotel o motel o donde pillase. La ducha de la caravana es muy estrecha y, además, bañar a Adele ahí dentro es toda una aventura. Me hiciste un gran favor dejándome alojarme en tu casa. Te estaré eternamente agradecida. Y tengo un dinero para darte, por las molestias y por todo.

Era la primera vez que veía a Klaus serio. Frunció los labios en señal de disgusto y negó con la cabeza.

—No necesito el dinero, por lo que no te lo pienso pedir. Ni aceptar. Me conformo con que hayas disfrutado de tu estancia aquí.

—Mucho, no sabes cuánto. Y me marcharé cuanto antes, lo prometo. Si me das un rato para empacar mis cosas, esta tarde mismo…

—Eh, eh, que no te estoy echando.

—Ya, pero imagino que querrás estar solo.

—¿He dicho eso? Porque no lo recuerdo.

—No, pero…

—No me molesta tener visita. En verdad, me gusta tener invitados en casa. Y por mí como si te quieres quedar otro mes y medio.

—Pero no puedo abusar de tu generosidad. He de compensártelo de algún modo.

—Está bien, en ese caso… —Se rascó el mentón, pensando en algo, y alzó las cejas por alguna ocurrencia—, podrías pagármelo teniendo sexo desenfrenado conmigo.

Me quedé helada. De todas las cosas que podría pedirme, esta era la que menos me esperaba. Me quedé sin palabras.

Se echó a reír como un idiota.

—El sentido del humor no es lo tuyo, ¿verdad? —Volvió a sonreír de esa manera tan encantadora—. Si me quieres agradecer, entonces con que me prepares algo de comer me conformo. El viaje hasta Vancouver ha sido larguísimo y estoy que me muero de hambre.

Asentí y bajé a preparar algo de comer para los dos, ya que era la hora. Asé unos filetes de ternera con salsa de pimienta, unas patatas fritas, una ensalada césar, unas alitas de pollo y, de postre —aunque esto estaba preparado desde ayer—, tarta de chocolate como lo hacía mi abuela.

Cuando le avisé de que estaba todo listo, bajó con la niña en brazos. Pensaba subir para darle la papilla en cuanto terminara de comer, pero ya que la había bajado…

—Tienes una niña encantadora, Sookie —comentó sin apartar la vista de la pequeña—. Se parece mucho a ti. Tiene tu misma cara, menos el pelo. Me gusta este pelo rojizo y desenfadado.

—Su padre lo tenía así.

Frunció el ceño y me miró.

—Lamento mucho…

Me encogí de hombros para que no le diera más importancia. Tampoco me apetecía hablar de ello ahora mismo.

—¿Te importa que le dé de comer? —me sugirió—. Yo puedo esperar, pero ella no.

—Sí, claro. Tengo su comida preparada…

Se la pasé y Adele comenzó a devorarla como si llevara horas sin comer. Y solo hace dos. Mientras tanto, le serví a Klaus un plato de patatas, para que se las fuera comiendo mientras le daba de comer a la niña.

—¿Puedo hacerte una pregunta indiscreta? —inquirió.

—Por supuesto.

—¿Adele es un híbrido?

Me sorprendió la pregunta más de lo que pensaba, porque hasta ahora nadie me la había hecho.

—¿Por qué lo dices?

—Porque tiene una temperatura bastante anormal para ser humana. Tú la tienes normal, alrededor de unos treinta y cinco grados, pero ella sobrepasa los cuarenta y cinco en este preciso instante.

Casi se me cae el plato con los filetes que estaba sirviendo al suelo.

—Bueno, ehm…

—El padre era de doble naturaleza, ¿no es así?

—Sé que en este pueblo no son muy fanáticos de los seres sobrenaturales…

—Yo no comparto la misma filosofía que ellos —me interrumpió—. No te estaba juzgando, solo que me resultaba curioso. Nunca había conocido a un híbrido.

—Yo prefiero llamarlo mestizo. No suena tan espantoso como parece.

—Tienes razón. Mestizo es mejor.

Adele se terminó su papilla y Klaus le limpió la boca con una servilleta y le quitó el babero. Despues volvió a acunarla entre sus brazos.

—¿Quieres que traiga su sillita? Así podrás comer más cómodo.

No respondió. Se levantó y regresó con la pequeña en la sillita, que la colocó en la encimera. Volvió a sentarse en su lugar y comenzó a comer del plato que ya tenía servido.

Me llamó la atención, porque comía en silencio. De vez en cuando cerraba los ojos y gemía, mientras masticaba con cierto placer.

—No sé si debería decírtelo, pero cocinas muy bien. Deberías montar un restaurante cocinando así.

—Ya tengo uno, pero no cocino yo.

—Pues es una lástima, porque la gente se está perdiendo delicias como esta.

—No, no. Yo no valgo para estar en la cocina de un restaurante. Me estreso mucho y a mí me gusta cocinar con calma. Además, en el Merlotte's tenemos un grandísimo cocinero, por lo que si vas a Bon Temps alguna vez, estás invitado a todo lo que te apetezca.

—¿Así se llama tu pueblo? —Asentí—. Pues te tomo la palabra. Pero tal vez te arrepientas, porque yo siempre tengo mucho apetito…

Le sonreí.

—Me complace que la gente disfrute de lo que cocino. Mi abuela siempre me decía que un invitado satisfecho es porque el anfitrión es bueno. Me enseñó a cocinar desde muy pequeña, aunque nunca le llegaré a la suela de los zapatos.

—No te subestimes, Sookie. Dile a tu abuela de mi parte que cocinas muy bien.

—Oh, sí, lo haré. ¿Tienes una ouija por ahí? —Le sonreí del mismo modo que solía hacer él.

Se echó a reír. Por poco no escupe el agua que estaba bebiendo.

—Vaya, vaya. Sí que tienes sentido del humor.

—Soy una caja de sorpresas, mon ami.

Terminamos de comer en silencio. Y me demostró que de verdad era de buen comer. No solo se había comido todos los filetes que le serví, las patatas, la ensalada y el trozo de tarta, sino que además se comió tres piezas de fruta —una manzana, una mandarina y una pera—, un trozo del pastel de manzana de la señora Lécuyer, un par de magdalenas con pepitas de chocolate, una bolsa de patatas fritas y un dónut de chocolate.

Aluciné bastante, porque no sé dónde metía todo aquello. Estaba tan delgado que cualquiera lo diría al verlo comer. Pero quién soy yo para juzgar eso.

Después de comer, se paseó por la biblioteca y cogió un libro de astronomía. Adele estaba despierta, por lo que la tomó en brazos y se sentó con ella en el sofá mientras leía su libro.

—No tienes por qué hacerlo, de verdad…

—No me molesta. Me gusta cómo huele… —dijo, olisqueándole el pelo—. Y es agradable tenerla en brazos. Además, es muy buena y no va a molestar en mi lectura.

—Bueno, pero si te cansas, la puedes dejar en su sillita o me la puedo subir a su cuna o…

Asintió, pero seguramente sería para decirme que estuviera tranquila.

—Voy a darme una ducha. Cualquier cosa…

No contestó. Estaba ya concentrado en su libro.

La ducha me sentó fenomenal. Supongo que cuando tengo a alguien en casa cuidando de la niña es cuando más la disfruto, porque estoy tranquila de no tener que estar pendiente de ella.

Me sequé el pelo. Me eché crema hidratante en la cara y otra en las piernas. Me puse cómoda: una camiseta vieja de Minnie Mouse, unos pantalones de cuadros que me quedaban un poco holgados y las zapatillas viejas de conejito. No tenía intención de salir, así que me puse bien cómoda.

Bajé al salón. Me preocupó no ver a Klaus por ninguna parte, pero sí que estaba allí. Se había recostado en el sofá, con Adele en su pecho, ambos dormidos. El libro de astronomía que estaba leyendo estaba en el suelo, tirado inconscientemente. Lo recogí y lo dejé en la mesita de café. La imagen me resultó tan adorable que subí a por mi cámara de fotos para echarle unas cuantas instantáneas.

He de reconocer que era bastante atractivo. Su melena rubia le enmarcaba su redonda cara. Tenía la nariz respingona, unos enormes ojos azules y unos sensuales labios gruesos. El lunar que tenía en el labio superior se movía cuando hablaba. Y le daba un aspecto más encantador todavía.

Enfoqué bien con la cámara y una ráfaga de fotos inmortalizaron este simpático momento.

El sonido de la cámara alertó a Klaus, que se despertó de repente. Por suerte, recordó que tenía a la niña durmiendo en su pecho y la colocó en su regazo.

—No me he dado cuenta de que me dormí.

—Debes estar bastante cansado. Podrías subir a echarte una siesta.

Se rascó la nuca, confuso.

—¿Me has sacado fotos mientras dormía o ha sido imaginación mía?

Me ruboricé. Pero no pensaba negarlo.

—Sí, espero que no te moleste. Es que estabais los dos muy monos cuando os vi y…

Me sonrió, como de costumbre, y se encogió de hombros.

—No, no, está bien. Si te has sentido inspirada para hacerlo, me parece estupendo.

Se levantó y puso a la niña en su sillita, que seguía dormida. Le dio un beso en la frente antes de alejarse de ella y le acarició la mejilla.

—¿Quieres verlas? —le sugerí.

Asintió y nos sentamos en el sofá. En realidad era una excusa para poder acercarme a él. Tal vez ahora que lo tenía más cerca podía escuchar algo con más claridad.

Le pasé la cámara con el visor de imágenes preparado para que las pudiera visualizar. Le indiqué qué botón tenía que tocar para que pasara a la siguiente.

Posé mi mano en la suya por «accidente». Nada. Era como si tuviera un muro que me impidiera escuchar sus pensamientos. Sé que llevo toda la vida quejándome de mi don, de que ojalá encontrara a alguien que me diera calma total, pero ahora me siento extraña. Aunque ya tuve esa calma con mis exparejas vampiros, sigo sintiendo que me falta algo. ¿Por qué no puedo leerle la mente?

Lo peor de todo era que tampoco le podía preguntar porque tendría que darle explicaciones y no sé si estoy preparada para revelar un secreto tan íntimo como el mío. Suficiente he tenido que aguantar todos estos años siendo un bicho raro en mi pueblo, como para serlo aquí también. Me gusta poder ser yo misma sin que me miren raro.

A decir verdad, tampoco debería verlo como algo malo, ¿no? Desde que pisé esta casa he sentido mucha paz —tanto mental como espiritual— y el hecho de que al propietario no pueda siquiera escuchar nada de lo que piensa, debería hacerme sentir bien, ¿no? Pues eso pienso hacer. Pienso disfrutar de esta paz que Klaus me está brindando —aunque sin que él lo sepa, claro— y dejarme llevar por la situación. Además, mi intuición me dice que es buena gente y con todo lo que hace por los demás, es motivo de sobra para confiar en él, ¿no? Aunque de momento prefiero no ser tan impulsiva, puede que en un futuro no muy lejano se lo diga.

Por el momento, prefiero conocerlo un poco más.

Estaba muy concentrado en las fotos y sonreía cada vez que veía alguna que le gustaba. Estaba mirando las que le hice a Adele hace unos días, encima de la cama, recién bañada. Estaba muy adorable con su albornoz con orejas de osito; daban ganas de achucharla, sobre todo con esos mofletitos.

—Tienes una hija muy fotogénica, ¿lo sabías?

Iba a responder, pero sonó mi teléfono. Era Jason. Salí al porche para contestar.

—Me estaba preguntando cuándo me ibas a llamar. Llevas tres días desaparecido —le espeté nada más descolgar el móvil.

—Lo siento —se disculpó—. Es que hemos tenido bastante trabajo en el bar y no he tenido tiempo para poder llamarte.

Después de las vacaciones de verano, Jason se despidió del trabajo para poder sustituirme. Habló con Eric para llegar a un acuerdo, pero no puso muchas objeciones. Por el momento, no he recibido ninguna llamada con quejas sobre Jason.

—¿Va todo bien por allí?

—Mejor que nunca. Aunque hasta que no terminen las obras de la posada no podremos abrir el autoservicio, todo va sobre ruedas, y nunca mejor dicho. —Se echó a reír por su ocurrencia—. La verdad es que pensé que no se me daría tan bien, pero esto de estar detrás de una barra se me da fenomenal, ¿eh? Y si a eso le sumas que veo a diario un montón de chicas guapas, pues qué más puedo pedir.

Eso me recordó que Jason se tomó un descanso en su relación con su esposa, Michele, ya que no estaban pasando por su mejor momento. Después de un mes, decidieron que lo mejor era que cada uno siguiera su camino por separado. Por suerte, acabó de manera amistosa, por lo que no tendrán el típico divorcio en donde ellos se empiecen a sacar los ojos. Holly me dijo que ella lo está llevando bastante bien y mi hermano parece que más o menos lo mismo. Además, hace un par de semanas le pude sonsacar que estaba empezando a verse con otra chica, cosa que por un lado me alegro por él, pero por otro no sé si es buena idea salir con alguien cuando hace nada estaba casado. Pero es Jason, él es así. No tiene remedio.

—Me alegro por ti, cariño. ¿Y cómo vas con tu novia supersecreta? —Jason se negaba a revelarme absolutamente nada sobre la identidad de su nueva conquista para que no me encariñe con ella; como si me hubiesen caído bien sus anteriores parejas. Ejem—. ¿La has visto ya?

—En una hora nos vemos, cuando salga del Merlotte's, que hoy cierra Terry el bar.

—Vaya, vaya… Parece que va en serio la cosa.

—No lo sé, pero no quiero hacerme ilusiones. ¿Qué tal vas en tu pueblo de ensueño?

—Pues igual. La única novedad es que ha aparecido el dueño de la casa esta mañana.

—¿En serio? Llevabas más de un mes con la intriga y al fin se ha resuelto el misterio. ¿Cómo es?

—Pues es muy majo.

—Pero eso ya lo sabías. Te ha estado dejando vivir en su casa sin conocerte de nada. Deberías casarte con él. Como mínimo.

—Si me caso con él tendríamos que vivir aquí.

—¿Y por qué no hacerlo aquí? Es mucho más entretenido…

—Más estresante, diría yo.

—Pero nos quieres.

—Pero os quiero. Jamás lo negaré.

—¿Cómo se llama? Siento curiosidad.

—Solo te lo diré si me dices cómo se llama Miss Teriosa. —Me carcajeé por mi espantoso chiste, pero pude escuchar cómo Jason también lo hacía.

—Stephanie.

Puse los ojos en blanco y suspiré.

—Te lo estás inventando.

—No, es cierto. Se llama Stephanie. Stephanie Meyer.

Me eché a reír.

—Claro que sí, Edward Cullen.

—¿Quién?

Jason no era fan de ese tipo de libros.

—Que no eres muy original inventándote nombres, pero haré como que me creo que se llama así tu nuevo ligue.

—Todo el mundo la llama Fanny. —Hizo una pausa, esperando a que yo le dijera lo prometido, pero no lo hice—. Te toca.

—Está bien —contesté de mala gana—. Se llama Klaus.

—¿Klaus… qué?

—Klaus Sørensen.

—Uh, un nombre muy noruego.

—No lo sé. Supongo que sí. No es que conozca a muchos noruegos para poder saberlo.

—¿Y es guapo?

—¿Y eso qué tiene que ver? A mí me da igual cómo sea él.

—Ya, pero un Stackhouse no puede estar con alguien que no sea guapo. Y sé por un colega que los noruegos, y las noruegas, son muy atractivos.

—Pues sí, es muy guapo. Mucho más que tú, además. —¡Zas! En todo el ego. Silencio. ¡Ay, Dios! He matado a mi hermano. Creo que ha entrado en coma y por eso no responde—. ¿Jason?

—Eso ha dolido, que lo sepas.

Me reí para mis adentros. No me arrepiento de nada.

—Tú has empezado.

—Está bien. Te dejo, mi descanso ha terminado.

—Que te sea leve.

Cuando regresé, me encontré a Klaus haciéndole reír a Adele con unas marionetas de unos bichos de colores muy graciosos y poniendo voces. La pequeña estaba riendo con tantas ganas que daba gusto escucharla. Es lo más maravilloso que una madre puede escuchar en la vida.

—¿Qué tal va todo por tu pueblo? —preguntó cuando se dio cuenta de mi presencia.

—Bien. Y eso me asusta.

—¿Por qué? ¿Nunca suele estar así?

—No del todo. Siempre que va todo bien ocurre algo que lo fastidia.

—Míralo por el lado bueno: no estás allí para ver lo que ocurre.

—Cierto, pero me siento mal estando tan lejos y si ocurre algo grave y no estoy allí es como si les estuviera fallando. Han hecho mucho por mí y estar aquí…

—¿Puedo hacerte una pregunta?

—Por supuesto.

—¿Por qué te fuiste?

—Necesitaba despejarme y desestresarme de todo lo que me había ocurrido en los últimos meses. Sobre todo tras lo que le ocurrió a mi marido.

No me preguntó por eso. Raro.

—¿Y quieres volver?

Lo pensé un momento. No era una respuesta fácil.

—De momento, no. Me gusta este sitio.

—Pues en ese caso, disfruta de tu estancia aquí. A mí no me molestas y por lo que me cuentas, se las pueden apañar sin ti perfectamente. Y si no, saldrán adelante con o sin ti, igualmente. Porque una persona sola no puede con todos los problemas de cada uno. Si el objetivo de este viaje es desintoxicarse de una vida estresante, al menos por un tiempo, lo mejor que puedes hacer es ser egoísta y pensar en ti. Y en tu hija. Nada más. No pienses, no te permitas pensar en nada más.

Relajé los hombros. Me gustaba cómo hablaba y su manera de pensar y ver las cosas.

—Tienes mucha razón. Tengo por costumbre preocuparme por todo y no puedo estar como Dios en todas partes. Ni puedo solucionarle la vida a todo el mundo.

—Eso es. Así me gusta.

—Es casi la hora de cenar. ¿Qué te apetece?

—Lo que sea que hagas me parecerá delicioso.


Después de hablar con Klaus durante la cena, hizo que me relajara mucho más y me durmiera en seguida cuando me fui a la cama. Dormí por lo menos ocho horas del tirón y sin pesadillas. Hacía mucho que no dormía tanto de este modo, lo que me daba una tranquilidad y una paz que no recuerdo cuándo fue la última vez que me sentí así.

Me levanté y vi que Adele no estaba en su cuna. No sabía si debía preocuparme, pero seguramente Klaus estuviera con ella. Lo que me asustaba un poco, ya que eso quería decir que había entrado en mi habitación mientras yo estaba durmiendo. No es que me moleste, pero apenas le conozco, y por mucha confianza que haya cogido con él, no creo que hacer estas cosas me hiciera sentir cómoda. Más que nada porque podría ser de esas personas que duermen en paños menores —o sin paños, ya que estamos—, y no me haría mucha gracia si me llegara a ver así.

Aunque, por otro lado, no sé por qué me está molestando todo esto solo porque entró en mi cuarto mientras dormía, si lo único que hizo fue llevarse a mi hija para estar pendiente y que yo no me despertara.

Me siento fatal por haberle juzgado mentalmente por una estupidez. Haber dormido tanto me ha descolocado sobremanera. Creo que mis neuronas aún siguen durmiendo.

Será mejor que baje a tomar mi droga matutina de todos los días.

Mientras bajaba por las escaleras, se olía de maravilla al brebaje que me quitaba el sueño —y el malhumor—, y a huevos con beicon.

—Huele que alimenta —dije nada más llegar a la cocina.

—Voy a hacer tostadas francesas, por si te interesa. —Se me hacía la boca agua solo de pensarlo.

—Pues si me haces un par, te lo agradecería. Pero de mientras puedo devorar, digo, comer los huevos con beicon que llevo oliendo desde mi habitación.

Me sirvió un plato con lo mencionado y una taza bien cargada de café. También me serví un vaso de zumo de naranja que había exprimido él mismo. Me estaba sintiendo como una reina. Y fatal por mis pensamientos al despertar. Cosas de no estar acostumbrada a tanta amabilidad.

—Gracias por el desayuno —le dije mientras masticaba mi beicon—. Está delicioso.

—Tampoco tiene mucho mérito, la verdad. Solo es freír y servir. Tú hacer maravillas en la cocina.

Me encogí de hombros.

—Solo es práctica. Mi abuela siempre me pedía que la ayudase y yo veía cómo lo hacía. Y otras veces era yo la que cocinaba para que ella descansara. Nos íbamos turnando muy a menudo.

—Me hubiese gustado haber conocido a tu abuela. Aunque seguramente acabaría con veinte kilos de más, porque querría que me cocinase a cada rato, si es que era tan buena como tú.

Me ruboricé. Nunca nadie me había adulado tanto en mis artes culinarios. Ni siquiera Sam, que llevaba un restaurante.

—Bueno, algún día te haré una comida de las que pienses que estás en el cielo.

Se puso muy serio. Alzó una ceja y me miró fijamente.

—Con que esté bueno me es suficiente.


Hablar con Klaus siempre era un placer. Podía hablar horas y horas con él, que no tenía una conversación aburrida. Siempre aportaba datos interesantes y de cualquier tema. Me gustaba, porque parecía una enciclopedia con piernas.

De verdad, me estaba pareciendo un hombre perfecto: alto, guapo, divertido, culto… En definitiva, el hombre por el que cualquier mujer —y más de un hombre también— se sentiría atraída enseguida.

Me estaba dando mucho miedo empezar a sentir algo por otra persona, pero es que Klaus me ponía las cosas muy fáciles. Aunque no siempre, porque cuando se trataba de hablar de sí mismo, nunca contaba nada en particular. Puede que sea porque no nos conocemos mucho, cosa que comprendo a la perfección, pero espero que algún día pueda abrirse un poco más.

Por el momento, todo lo que me ha hablado sobre él me parece súper interesante. Por ejemplo, nunca conoció a su padre y su madre lo crió sola hasta que ésta murió hace ya unos años. Nació en un municipio de Noruega llamado Tromsø y del que siempre habla maravillas. Me ha invitado a pasar unos días allí cuando quiera y le he tomado la palabra. Me remarcó la causa: las auroras boreales. Aquí, en Canadá, también se pueden ver, pero las noruegas son mucho más bonitas. No sé en qué se puedan diferenciar, porque yo solo he visto las de aquí, pero ahora siento curiosidad por ir a ver las noruegas.

Me dijo que sobre todo es por el ambiente y que las disfruta más por eso. Así que tal vez sea más porque la cabra tire para el monte y no porque las de aquí sean peores. También hemos quedado en ir a ver las de aquí. Me dijo que conoce de un sitio al norte que es maravilloso donde se pueden ver y estoy deseando ir. Por mí iríamos mañana.

¿Estoy demasiado ansiosa o es cosa mía? No debería, lo sé, pero tal vez sea por la emoción de estar con alguien interesante como Klaus.

Me he pasado estos últimos días intentando encontrarle algún defecto. Ahora que estamos conviviendo —por decirlo de algún modo, pero prácticamente es así— le he estado observando y nada. Entre que no le puedo leer la mente y que no hay nada que me disguste, me tiene en una nube.

Soy patética.

Acabo de darme cuenta de que no debería estar pensando en otro hombre cuando mi marido murió hace tan poco. ¿Debería sentirme mal por ello? Ademas, ni siquiera sé si le intereso, porque también podría ser.

¿Y si no le interesan las mujeres? Nunca le he pillado mirándome el escote —que esto tampoco significa nada, pero es un detalle que me llama mucho la atención teniendo en cuenta que he sido camarera durante tantos años y que un alto porcentaje de los comensales masculinos se han deleitado con mi figura en más de una ocasión—, ni siquiera in fraganti. Ni el culo. Y eso que ahora, después del parto, ha recuperado su anterior tamaño.

Sí, soy patética.

Me estoy sintiendo como una idiota pensando en que alguien podría no fijarse en mi aspecto, cuando nunca me ha importado este asunto. Es verdad que me gusta arreglarme bastante a menudo —he vuelto a hacerlo tras tener a mi hija, ya que ahora salgo mucho más que cuando estaba embarazada—, pero me siento ridícula. Parezco una adolescente con las hormonas a flor de piel por ver a un chico guapo.

Creo que todo esto es porque no sé lo que piensa de mí y me desconcierta. Con los vampiros estoy acostumbrada, pero con los que no lo son, no.

A partir de este momento no pienso tener ningún pensamiento idiota como este.

Sí, Klaus es guapo; sí, es atractivo; sí, es interesante. Pero no deja de ser una persona y debe ser tratado como tal. Y no pensar en él como algo más. Ni rememorar su anatomía de cuando nos conocimos.

No sé si sería buena idea tomarme una ducha fría a pesar de estar en pleno mes de noviembre.

Para, Sookie, para. Piensa en otra cosa. ¿Pero en qué?

Cosas desagradables o que me den asco.

Basura.

Comida podrida.

Olor a vómito.

Pañales usados.

Arrugué la nariz. Sí, eso me mantenía con la cabeza en su sitio. Aunque no el estómago.

Encontré a Klaus en la cocina haciendo algo de cenar. Adele estaba observando con admiración todo lo que hacía, mientras él le hablaba como si de una adulta se tratase.

Si es que era encantador hasta con la niña.

¡Maldita seas, Klaus! ¡Deja de ser tan jodidamente perfecto!

—Hola, Sookie, ¿llevas mucho tiempo ahí?

No me había dado cuenta de que estaba mirándole embobada. Me sonrió, creo que sin darle importancia a mi cara de idiota.

—No, solo un momento. Estaba escuchando lo que le decías a Adele.

—Es bueno hablarle de lo que sea. Aprenden más rápido si lo haces así.

—Yo siempre lo hago. Pero porque me viene bien hablar con alguien que no me vaya a responder de vez en cuando.

—Haces bien. Por cierto —empezó a decir cambiando de tema—, eso me recuerda que ya le he dado de cenar.

—Vaya, pensaba ponerme a hacerle su cena, precisamente.

—Lo siento, espero que no te haya molestado.

—No, no, pero me sorprende que te estés encargando de todo esto sin tener por qué. Muchas gracias.

—Lo hago de mil amores. Además, Adele es adorable y por eso nos llevamos tan bien.

—He tenido mucha suerte con ella, sí.

—No sabes lo especial que es Adele. Y está creciendo muy rápido. Te lo dice alguien que ha visto muchos niños.

—¿Has sido niñero o algo de eso? —dije bromeando.

—No. Médico. Y entre mis especialidades está la pediatría.

Creo que me acabo de quedar estéril porque me han explotado los ovarios en este preciso instante.

Carraspeé nerviosa, intentando disimular.

—No me habías dicho que fueses médico.

—No pensé que tuviera que mencionarlo. No suelo hablar de trabajo cuando estoy de vacaciones.

—Ahora entiendo por qué notaste tan rápido lo de la temperatura.

—Bueno, no hace falta serlo para notar que la temperatura de un niño es más alta de lo normal.

—Cierto. —Me sentía estúpida por mi estúpido comentario. Estúpida Sookie—. ¿Hay algo más que quieras decirme y que deba o pueda saber? —¿Por qué he tenido que hacer esa pregunta?—. Bueno, no tienes que responder. Llevo un mal día y ya no sé ni lo que digo.

—No, no te preocupes. No me molesta responder a estas cosas. Bueno, no sé, estudié medicina en la Universidad de Oxford, me especialicé en pediatría, ginecología y obstetricia. También estudié derecho en Oslo, me encanta la carpintería, toco el piano, la guitarra y el violín, canto medianamente bien y no se me da mal bailar. Hablo unos cuantos idiomas: noruego, sueco, danés, inglés, francés, italiano, español, portugués, japonés, coreano y, tras ver Buscando a Nemo, hablo balleno, pero no muy bien, porque aún no he tenido oportunidad de hablar de forma fluida con ninguna ballena. —Esto me hizo reír en exceso—. Y creo que ese es todo mi currículum académico.

Sonrió de forma exagerada, esperando mi aprobación.

—¿Sabes? —comencé a decir—, haces tantas cosas que si fueses un personaje literario serías un Gary Stu.

Alzó una ceja, comprendiendo lo que le estaba diciendo.

—Tienes razón. Y eso que no he mencionado mis talentos inútiles, como coger las cosas con los pies o saber imitar a las gallinas a la perfección.

—No todo el mundo sabe imitar a una gallina —dije, intentando no reírme.

Me hizo una demostración, por si no le creía.

—Si parece que tenemos una gallina presente ahora mismo. —Le aplaudí.

—Lo sé. Tal vez añada a mi currículum el que pueda comunicarme con ellas. Bueno, nunca lo he hecho realmente, pero ¿quién se enteraría del engaño? ¿Un ganadero? ¿Acaso ellos saben hablarlo?

—Yo creo que no.

Esta conversación estaba siendo bastante absurda, pero me estaba haciendo reír un montón. Y me estaba encantando.

—Me gusta que te rías de mis tonterías. Suelo ser muy payaso y no todo el mundo entiende mi extraño sentido del humor.

—Debería ser delito no tener sentido del humor.

—Si fuese presidente de algún país, pondría esa ley.

—Yo te votaría solo por eso.

—Y los ministros serían mis gallinas, por supuesto. —Estallé en carcajadas.

—Seguramente serían mejores políticos que muchos…

—Eso que no te quepa la menor duda.

Con la tontería, se nos estaba enfriando la cena. Pero me daba igual. Estaba disfrutando como una enana. Como hacía tiempo que no lo hacía.


Me fui a dormir con una sonrisa estúpida en la cara. Subí hasta mi cuarto con Adele dormida apoyada en mi hombro. La cena había estado deliciosa —no le pienso quitarle mérito solo porque me guste Klaus, si es bueno en la cocina, se dice y punto—y además muy divertida.

Klaus me estaba resultando una brisa de aire fresco. Ni siquiera me había dado cuenta de la hora que era. Miré el reloj de mi móvil, que estaba cargando en la mesita de noche. Las diez. ¿Tan tarde?

Tenía una llamada perdida de Eric desde hacía una hora.

Resoplé. ¿Sería algo bueno o malo? ¿Le devuelvo la llamada?

Sí, porque si luego resulta que es algo importante, no me gustaría tener que enterarme tarde.

Acosté a Adele en su cuna y la tapé. Le puse el chupete —que no le gustaba del todo— y le di un beso. Estaba tan adorable cuando dormía que me pasaría la vida mirándola.

Marqué el número de Eric. Esperemos que no estuviera ocupado.

Descolgó al segundo tono.

—Sookie —contestó secamente; llevaba días así. ¿Problemas en el paraíso, mi querido socio? La verdad era que me daba exactamente igual.

—Tengo una llamada perdida tuya, ¿va todo bien?

—Sí, no te preocupes. No es nada importante. O al menos no del todo. Es solo que las obras están terminando y quería preguntarte si quieres estar presente en la inauguración de la posada.

—¿Ya está terminada? ¿Tan pronto? Pensé que hasta diciembre o enero no estaría lista…

—Sí, todos pensamos lo mismo, pero les he apretado las tuercas a los obreros porque los clientes del bar se estaban quejando por el exceso de ruido, así que… pensé que lo mejor era terminar cuanto antes. Y bueno, ya sabes que soy de los que le gustan las cosas bien hechas y mi gente no decepciona. Por eso te llamaba. Solo si lo deseas. Si no, no pasa nada.

Le noté muy extraño, como si llevara rato pensando qué decirme.

—Pues no sé. No tenía intención de regresar hasta dentro de unas semanas… Navidad por lo menos.

—Entonces no vengas. No quiero interrumpir tus merecidas vacaciones.

—¿Va todo bien, Eric? Estás muy extraño estos días.

Hubo un silencio que me pareció eterno.

—Sí, es solo que estoy nervioso por la inauguración, nada más.

—¿Seguro? Si necesitas hablar, puedes contar conmigo.

—No, no es nada. Tampoco te quiero aburrir con mis asuntos de negocios. Que no tienen nada que ver con el nuestro —especificó apresuradamente.

—Está bien, si dices que no es nada, no insistiré más —aunque me dejaba igualmente preocupada, pero es Eric, y ya sabía lo que eso implicaba—. ¿Cuándo es la inauguración?

—La semana que viene.

—¿Pero la semana que viene no es Acción de Gracias?

—Sí, por eso mismo he metido tanta prisa. Ya tenemos varias reservas y quiero que esté todo listo para entonces.

—He de reconocer que estoy deseando ver cómo está quedando todo, así que sí, tal vez vaya para la inauguración. ¿Harás una fiesta?

—Sí, en el Merlotte's. Habrá un menú especial con ofertas y demás para celebrar la ocasión.

—Bien, bien.

—Y para los que lleguen durante la primera hora, tendrán una ración de patatas fritas gratuita.

—Vaya, tienes mucha vista comercial.

—Ya te dije que esto se me daba bien. Me ofende que dudases de mí —¿Estaba bromeando? Sí, eso parecía. Se echó a reír por eso.

—Nunca he dudado de ti, Eric.

Hubo otra pausa. Parecía pensativo ahora.

—Será mejor que te deje descansar. Es tarde. Y yo tengo una reunión ahora mismo con mis sheriffs.

—Está bien. Que te sea leve.

Colgué con la extraña sensación de que me ocultaba algo importante, pero que no lo hacía por no preocuparme. Eric, como siempre, intentando protegerme de lo que sea que me estuviera protegiendo.

Suspiré.

No pienso preocuparme de nadie, mucho menos de los que no quieren contarme nada, sea lo que fuese.

Fui al aseo para lavarme los dientes. La pasta de dientes que venden aquí me sabe un tanto rara, pero al menos me dejaba un aliento fresco. Empecé a cepillarme sintiendo el cansancio que llevaba acumulando en el cuerpo. Había estado todo el día sin parar de hacer cosas y estas no eran horas de seguir despierta. Cuando me enjuagué, me lavé la cara y me cepillé el pelo. Al dejar el cepillo en el neceser, me percaté de que la ventana estaba abierta; no me acordaba de que por la mañana había limpiado el cuarto de baño a fondo y la había abierto para que se ventilara de los productos de limpieza. Fui a cerrarla y vi a Klaus afuera. Entrecerré los ojos, porque estaba muy quieto, mirando como a la nada, a lo lejos.

O eso es lo que me parecía.

¿Qué carajos estaba haciendo?

Se movía un poco raro. Parecía… parecía… sí, parecía que estuviera hablando con alguien.

¿Pero qué carajos…?

Estaba en una especie de conversación con alguien que no conseguía ver. Estaba demasiado oscuro como para poder ver a su interlocutor, por lo que no sé con quién hablaba. Es más, se veía tan poco que juraría que ni siquiera había alguien más.

Bufé.

Acababa de darme cuenta de que había descubierto su posible defecto: hablar solo en la oscuridad.

Estupendo, Sookie.

Cuando me muera, en mi epitafio pondrá: Sookie Stackhouse, esposa, madre, amiga e imán para los bichos tan raros como ella.

Oh, mierda. Me había visto.

Me escondí e hice como que no había visto nada. Claro que, técnicamente, no había visto nada. Solo a alguien supuestamente hablando con otra persona. ¿Tan malo era eso? Ni idea.

Salí del cuarto de baño antes de encontrármelo en el pasillo, pero fue en vano, porque cuando cerré la puerta allí estaba, frente a mí, con una sonrisa en los labios.

—Buenas noches —dijo con naturalidad, como si no pasara nada, y se metió en su cuarto, cerrando la puerta tras de sí.

Ni siquiera le pude responder. Me dejó con la palabra en la boca.

¿Cómo había recorrido un trecho tan grande en tan poco tiempo? Madre mía, estaba tan cansada que tal vez estaba delirando y perdiendo la noción del tiempo.

Puede que ni siquiera estuviera hablando con alguien y fuese cosa mía. Ya no estaba segura de nada.

Lo mejor sería irme a dormir antes de ver unicornios flotando sobre mi cabeza.

Menos mal que estaba tan cansada que, en cuanto posé mi cabeza sobre la almohada, me dormí casi de inmediato.


Eric estaba caminando por el pasillo de su casa. Estaba serio, pero se le notaba un tanto tenso. No tenía ganas de estar allí y le gustaría estar haciendo otra cosa más provechosa.

Abrió la puerta del salón, donde ya se encontraban sus invitados. El vampiro más cercano —de aspecto menudo, con perilla y una gorra de béisbol puesta del revés— se le acercó.

—Le estábamos esperando, Majestad —le dijo haciendo una reverencia. Eric puso los ojos en blanco y asintió.

Como si tuviera que pedir disculpas por ello.

—Siéntate en tu sitio, Avery. —Hizo una breve pausa para sentarse en un cómodo sillón y cruzó su pierna derecha sobre la izquierda—. Comencemos con la reunión.

—En la Zona Uno tendremos una invitada de Carolina del Norte. El rey me dio referencias sobre Priscilla Montgomery.

—La conozco. Tiene mi consentimiento. —El sheriff de la Zona Uno se quedó pasmado, con la boca abierta, como queriendo seguir con la conversación y comentar lo que habló con el rey de Carolina del Norte—. ¿Alguna noticia importante?

—Seguimos sin noticias de… —comentó un vampiro de melena rojiza.

—No lo digas.

—Perdón, ¿qué? —preguntó, sin entender nada.

—Que no es necesario que digas nada en voz alta. Con decir que no hay noticias es suficiente.

El vampiro de la melena roja asintió y le miró con una ceja alzada.

—¿Has hablado con Sookie, Eric? —La voz de Bill Compton, el sheriff de la Zona Cuatro, resonó desde el fondo de la habitación; estaba apoyado en la ventana, con una copa en la mano y mirando al rey de Luisiana con seriedad; él era el único de los allí presentes que se atrevía a tutear de ese modo a su soberano.

—Sí, la llamé para invitarla a la inauguración de la posada.

—¿Y qué te contestó? —quiso saber el sheriff de la Zona Cuatro.

—No estoy del todo seguro, pero parece que por el momento viene.

—¿Y le has hablado de…?

—No. —Le interrumpió de forma tan cortante que podría partir una sandía en dos—. Y no sé por qué tendría que hacerlo. Ella no tiene nada que ver con esto.

—Pero tal vez podría sernos de ayuda.

—No sé cómo nos podría ayudar.

—Su don.

—No sé cómo nos podría ayudar —repitió, esta vez haciendo hincapié en la última palabra.

—Tal vez…

—No —sentenció el rey de Luisiana.

—Pero…

—¿Qué parte del 'no' es lo que no has entendido, Compton?

—No es tonta. Se va a dar cuenta de todo. No deberías subestimarla tanto.

—No lo hago. Simplemente no la meto en un asunto donde ella no tiene nada que ver. Y ahora mismo está de vacaciones y la quiero lo más lejos posible de este asunto.

—¿Y por qué las invitas a la inauguración?

Eric gruñó.

—Primero, porque ella está relacionada con este negocio, aunque sea de forma indirecta. Segundo, no tengo que darle explicaciones ni a ti ni a nadie de por qué invito a mi socia a la inauguración de uno de mis negocios. Tercero, estoy empezando a cansarme de tus impertinencias, Compton. Una más y regresas a casa.

Bill bufó y se cruzó de brazos tras terminar su copa de un trago.

—¿Algo importante que deba saber sobre la fábrica, Compton?

—No. Va todo como estaba previsto.

—Muy bien, continuemos.

Eric se quedó pensativo durante unos segundos. Por un momento, sintió como si alguien le estuviera observando y cayó en la cuenta en un pequeño detalle que hacía tiempo que no se percataba.

Oh, mierda.


Me desperté de golpe. Hacía mucho tiempo que no soñaba con él y estaba confusa.

¿Por qué ahora?

No entendía nada.

¿Pero qué carajos estaba pasando? ¿Qué era eso que me estaban ocultando?

Intenté volver a dormirme, pero me era completamente imposible.

Bufé frustrada.

Joder.

Maldita seas, Eric Northman. Maldita seas.


NDA: Pues hasta aquí este segundo capítulo. Siento que lo he escrito un poco a lo loco, pero es que hay cosas que las iba pensando mientras escribía. Y cuando lo releí me parecían algunas partes un tanto... absurdas xDD pero mira, se queda así porque me ha hecho reír.

No sé qué pensaréis de Klaus, pero a mí por el momento me está gustando. Mi intención es que os caiga bien y os puedo asegurar que es un buen tipo. O no. Quién sabe. :P

Tengo a la pobre Sookie hecha un lío, pero es normal. Yo al menos la entiendo mucho. xD

Muchas gracias a Cari1973 (te voy a confesar que el personaje de Klaus me lo inspiraste tú de forma muy indirecta, así que espero que te gusta xD); Perfecta999 & ciasteczko (thank you for your beautiful words. :3); pascal77ks (me alegro de que te esté gustando :D).

Por si a alguien le interesa, esta historia (y la anterior) están en AO3. Allí estoy como MissLefroy. Y la podéis descargar si queréis en el formato que más os guste. :3

Pues eso es todo por ahora. Espero que os haya gustado este capítulo tanto como a mí escribirlo.

Un saludo y hasta la próxima.

~Miss Lefroy~


06/03/2021