III.
Hace un día precioso. El sol es tan abrasador que puedo sentir su calor en la piel.
Cierro los ojos disfrutando.
Camino por un sendero con los pies descalzos y siento el cosquilleo de la hierba.
Llego hasta el claro que hay al final del camino y sumerjo mis pies desnudos en el agua. Siento las diminutas piedras juguetear bajo mis pies. Una brisa de aire fresco me azota el rostro y me alborota el cabello.
Sonrío de felicidad.
Unas manos cálidas me tapan los ojos. Me echo a reír. Al destaparlos, veo a Sam con una sonrisa enorme dibujada en su cara. Lleva su pelo rubio rojizo despeinado por el viento.
Le rodeo con mis brazos y le beso.
Se separa de mí y entrelaza sus dedos con los míos. Me besa la mano mientras nos adentramos lentamente en el claro.
Observo los peces nadar en el agua y puedo ver mi propia silueta reflejada. Yo estoy sonriendo, pero mi reflejo está llorando.
Me asusta ver la imagen.
El agua comienza a tornarse de rojo y mi sonrisa se desvanece.
Alzo la vista y Sam está a mi lado, con una espada incrustada en el pecho. Me mira horrorizado.
Intento ayudarle, pero no consigo alcanzarlo.
De pronto, su pelo rizado se vuelve largo y rubio. Su altura se torna más alta y me doy cuenta de que ahora es Eric quien está en su lugar, con la misma espada clavada en el pecho.
Se desangra a una velocidad increíble.
Lloro y grito su nombre, pero las palabras no salen de mi boca.
La agonía se está apoderando de mi cuerpo.
La boca se le llena de sangre y yo permanezco inmóvil desde mi lugar.
Mis lágrimas se mezclan con el agua, que ahora se convierte en arena.
Eric yace en el suelo, escupiendo sangre.
No puedo alcanzarle, no puedo ayudarle. Me desespera. Me sigo ahogando.
Sus ojos azules están vidriosos cuando consigo llegar hasta él. Intento reanimarlo, pero es demasiado tarde.
Está muerto.
Grito más y más sin voz, pidiendo ayuda a todo el que pase.
Pero nadie lo hace.
—Sookie… Despierta. —Klaus estaba zarandeándome con suavidad; abrí los ojos de golpe, con la frente perlada en sudor y el corazón a mil por hora.
—¿Qué… qué ha pasado? —La cabeza me daba vueltas.
—Creo que estabas teniendo una pesadilla.
Lo recordaba a la perfección, pero no quería decirlo en voz alta.
—¿Estás bien? No parabas de gritar…
—Sí. O eso creo. —Me costaba respirar; Klaus se ausentó un momento y regresó con un vaso de agua que me ofreció y me bebí la mitad casi de un trago.
Cogió un pañuelo de papel que había sobre mi mesita de noche y secó con suavidad el sudor de mi frente.
—Gracias —le dije con voz ronca.
Se encogió de hombros.
—¿Tienes hambre? He preparado el desayuno,
Miré por la ventana y había amanecido ya. Era la segunda vez que se llevaba a la niña y le daba de comer mientras yo estaba dormida.
No me importaba, pero sentía que luego le tendría que devolver el favor y no sabía cómo, ya que no se dejaba.
Bajé con la cabeza aún embotada hasta la cocina. Me estaba empezando a doler un montón. Eso de despertarme de repente me estaba pasando factura. Era como si tuviera resaca, pero sin haber bebido nada de alcohol.
Me comí sin muchas ganas los huevos revueltos con beicon que Klaus me preparó con tanto cariño; me sentía mal no poder saborearlo como debería, pero no disfruto de la comida cuando me encuentro mal.
Me sonrió y se sentó frente a mí.
—¿Quieres un analgésico?
Alcé la vista sin entender. ¿Cómo lo sabía?
Oh, cierto. Era médico. ¿Pero ellos saben de estas cosas solo con mirarte?
—Sí, por favor. —Me froté la frente con los dedos, intentando ver si así se me pasaba, pero no funcionaba.
Klaus me pasó una pastilla y me la tomé con el zumo de naranja. Al menos tenía algo en el estómago, por lo que me haría efecto antes.
Eché la cabeza hacia atrás cuando me tragué la pastilla. Odiaba tomarlas porque me daba grima sentir cómo bajaban por mi esófago como si de una piedra se tratara. Tomé más zumo para que bajase más rápido. Recogí mi plato y lo dejé en el fregadero.
—Luego lo limpio —musité.
—No quiero que lo hagas. Ya lo haré yo.
—He pasado una mala noche, por eso estoy así.
Klaus me miró serio; se le notaba preocupado. O pensativo, no lo sabía con certeza,
—Por cierto, ¿quién es Eric?
—¿Qué? ¿Por qué? —No recordaba haberlo mencionado en todo el rato que llevaba despierta.
—Porque le has mencionado como diez veces mientras dormías. Jadeabas mucho y se notaba que sufrías, por eso te desperté.
Me quedé en silencio unos segundos y bebí de mi café. Me estaba empezando a encontrar mucho mejor desde que me tomé la pastilla.
—Es… —estaba intentando buscar las palabras exactas sin tener que revelar quién era en realidad— mi socio —contesté sin mucha convicción.
—¿Y sueñas con tu socio muy a menudo?
No se le escapaba una.
—Es una historia muy larga.
—Entiendo.
No sé si lo había entendido de verdad o simplemente no quería preguntar por si se trataba de un asunto peliagudo.
Se lo agradecí mentalmente.
—Por cierto, ¿recuerdas que te dije que iríamos al norte de la ciudad para ver las auroras boreales? —Asentí, sin entender nada—. Pues resulta que tiene las carreteras cortadas, por lo que cambiaremos de ruta y hay que salir ya. Además, esta mañana he ido a comprar comida para el viaje.
—¿Y se necesita comida?
—No, no, pero podemos pasar el fin de semana fuera y no tengo muchas previsiones. No sé si en tu caravana te quedará algo, pero no quiero que lo gastes en algo en lo que te quiero invitar,
Me sentía mal —otra vez— por tener que aceptarlo, pero qué remedio me quedaba. Era más terco que una mula, y me era imposible negarme.
—Está bien —accedí poniendo los ojos en blanco—, pero con la condición de que a la próxima invito yo.
—De acuerdo. Si así te quedas más tranquila, acepto encantado.
—Así me gusta —le sonreí complacida—. Por cierto, ¿qué hora es? No he mirado el reloj desde que me desperté.
—Casi las diez.
—¿Tan tarde? ¿Por qué no me has despertado? No me gusta estar en la cama tanto tiempo.
—Porque estás de vacaciones y si quieres levantarte a las diez de la mañana, estás en todo tu derecho a hacerlo.
—Lo sé, pero… luego cuando regrese a casa me va a costar mucho madrugar. Y no hay nada peor contra la pereza que madrugar.
Se echó a reír.
—Por suerte, no tengo ese problema.
Le miré sin entender, hasta que caí en la cuenta.
—Tu trabajo debe ser muy agotador.
—Una vez que te acostumbras, no es para tanto.
—Supongo que sí.
Subí a mi cuarto una vez que me terminé el café y así coger algo de ropa de invierno. Menos mal que me había traído ropa de todo tipo, porque si no a ver cómo me las apaño estos días. Seguramente me acercaría a algún centro comercial a comprarme ropa. No lo descarto, ya que aún no me he pasado por ninguno y me apetece ver qué venden por aquí, pero es que apenas he salido de Rocherton. Tenía la sensación de que estaba haciendo exactamente lo mismo que en Bon Temps, pero en un lugar mucho más lejano y tranquilo.
Me di cuenta también de que no estaba echando de menos mi pueblo. Pero sí a los míos. Era una sensación extraña, porque mi gente estaba en su mayoría en Luisiana. Ojalá pudieran venir aquí y hacerme una visita.
Claro que, por otro lado, tampoco me iba tan mal sin ellos. Se apañaban sin mí y yo ahora mismo igual. Y siempre que necesitaba hablar con alguno simplemente tenía que coger el teléfono y llamarlos.
Metí en una mochila la ropa para mí y Adele. Klaus me dijo que tenía mantas —una de ellas térmicas— y edredones para no congelarnos.
Me preocupaba un poco el tema de la nieve. Aquí no cae, pero a donde íbamos sí. Bastante. Y yo no traía cadenas —no caí en la cuenta de que podría necesitarlas, teniendo en cuenta hacia dónde quería ir en un principio—, pero Klaus tenía de sobra. Me chocaba que las tuviera, teniendo en cuenta que él ni coche tenía, pero me dijo que suele tenerlas para los invitados que a veces tiene en casa. Además, tenía un montón, porque no era la primera vez que llegaban en más de un coche, así que me dejó mucho más tranquila.
Nos pusimos en marcha.
Me convenció para que fuese él quien llevara mi coche, ya que yo había descansado bastante regular, por lo que hasta la primera parada que necesitara hacer él sería el conductor. Quiso que me echase un rato en la cama, pero no quería dormir más. Preferí ser una buena copiloto. Y más teniendo en cuenta que nos esperaban ocho largas horas de viaje.
Le miré de reojo, recordando repentinamente lo ocurrido la noche anterior. ¿Debería preguntarle? Si lo hago, tal vez piense que soy una entrometida.
—Sookie… —comenzó a decir, rompiendo el silencio que se estaba formando en un momento—, hay algo que te debo decir…
¿Me estaba leyendo el pensamiento? ¿Me daría una explicación sobre lo de anoche?
—Claro. Dispara. —Intenté que no se me notara la impaciencia.
—Bueno, es que verás… —carraspeó algo nervioso—. A ver. ¿Has usado mi ordenador estos días que has estado sola?
¡Oh, mierda! ¡Oh, mierda! ¡OH-MIER-DA!
No me acordaba de ese pequeño —pero gran— detalle.
—Dime que no lo has visto.
Puso cara de no ser esa la respuesta que quería oír.
—Fue sin querer, pero es que vi el archivo y le di porque no sabía qué era…
Me tapé la cara con la mano, avergonzada. Quería que me tragase la tierra.
—La verdad es que no sé por qué lo he estado usando, supongo que porque no se me agota la batería o tengo que estar pendiente de que el cable esté bien conectado a la corriente… El caso es que se me ocurrió usar el tuyo y, bueno, una cosa llevó a la otra…
—No me tienes que dar explicaciones. Sé que podría haberme callado y eso, pero quería que lo supieras. Y que, bueno, me parece bien lo que has hecho.
Fruncí el ceño. ¿Eso quería decir que no había visto nada?
—¿Te parece bien…?
—Sí, escribir sobre uno mismo siempre viene bien para desestresarse.
—Espera, espera, espera… ¿no has leído nada?
—Pues no, ¿por qué? ¿quieres que lo haga?
Respiré aliviada. Había estado escribiendo una especie de diario desde mi portátil, pero lo pasé a su ordenador para hacerlo más cómoda. Me aliviaba saber que mi secreto aún estaba a salvo.
—No, claro que no. Lo único que escribo son tonterías que se me pasan por la cabeza, porque leí en una revista que, como bien has dicho, es bueno escribir tus sentimientos y tus pensamientos en alguna parte. Así que decidí contarle a mi ordenador mi vida entera.
—Pues me parece estupendo que lo hagas.
—Gracias. —Suspiré—. ¿De verdad no has leído nada?
Negó con la cabeza.
—No, pero ahora siento curiosidad. —Se echó a reír, pensándolo.
—Es que cuento muchas cosas demasiado íntimas y no sé si estoy preparada para que las sepas.
—No tienes por qué contarme nada si no es lo que quieres. Solo estaba de broma. No me gusta ser chismoso. Pero me gusta escuchar a todo el que lo necesite. Se me da muy bien.
Me relajé un poco en mi asiento. Eso me dejaba mucho más tranquila. Iba a decirle algo, pero le sonó el teléfono.
—Disculpa, es que estoy esperando una llamada importante. —Ni siquiera cogió el móvil para descolgarlo. Se tocó la oreja izquierda y se puso a hablar; no me había dado cuenta de que llevaba colocado un manos libres de esos—. Sí, Suzie… No, te mandaré esos papeles el lunes a primera hora, que ahora mismo estoy a mitad de camino del Parque Nacional de Banff… No, no voy solo —me miró mientras lo decía—, estoy con una amiga… No, no la conoces, esta es nueva… Pues… —volvió a mirarme—, no, se llama Sookie y es estadounidense… No, no es canadiense —se echó a reír, no sé por qué—. Pues estoy conduciendo ahora mismo… No te preocupes, que voy con el manos libres en la oreja. Sí, dale recuerdos a Jacob de mi parte…
Colgó y se quitó el auricular.
—¿Todo bien?
—Sí, perfectamente —sonrió.
De pronto, me acordé del detalle del manos libres.
—¿Sueles utilizarlo muy a menudo? —pregunté sin mucha discreción, señalando el invento con el dedo.
—Mucho más de lo que me gustaría. No me gusta nada eso de tener el teléfono pegado a la oreja, por lo que uso mucho esto y así puedo estar haciendo lo que sea.
—Vale, es que anoche…
Se echó a reír, suponiendo lo que le iba a decir.
—Anoche pensé que te habías ido a dormir y no quería molestarte con el teléfono. Así que salí a darme un paseo y hablar tranquilamente…
Me llevé una mano a la cara. Me sentía ridícula por haber pensado cosas raras de él.
—Sí, bueno… No sé, es que parecía otra cosa cuando te vi.
—¿No pensarías que hablaba solo?
Me encogí de hombros.
—Supongo que sí. No se veía a nadie y he visto demasiadas cosas en esta vida como para creerme lo que sea.
—Vaya… ¿Puedo saber qué tipo de cosas?
Titubeé, pensando qué decirle, pero al final le contesté con la verdad:
—Vampiros, hombres lobo, cambiantes, hadas… Esas cosas, ya sabes.
—Espera espera… ¿has visto hadas? —Alzó una ceja, incrédulo.
—¿Tan extraño te resulta?
—No, pero… nunca he visto una. Sé que son un mito, pero no pensé que alguien las pudiera haber visto o al menos saber que era una de ellas…
—En verdad se esconden haciéndose pasar por nosotros. Es decir, que seguramente te habrás encontrado con más de una por la calle, pero no te has dado cuenta porque se saben camuflar muy bien.
—¿E incluso hablar con ellas?
—Seguramente.
—Vaya, me dejas pensando en eso…
—De todos modos, las que conocí, no todas valían la pena…
—¿Y eso por qué?
—Porque… ya sabes, hay de todo en este mundo y ellas no son precisamente como en los cuentos de hadas.
—Pues me dejas sin saber qué decir. Porque yo creía que eran todo paz, amor y cosas bonitas.
—Créeme que no. —Casi me echo a reír mientras decía esto.
Estuvimos hablando un rato largo, sobre todo sobre el lugar y cómo era. También me contó cosas como que la mujer que le había llamado era una compañera de trabajo del hospital donde estuvo trabajando en Suiza desde el verano y que hacía un par de semanas que no hablaba con ella, porque se marchó de vacaciones y ahora ella había regresado. Sentía mucha curiosidad por saber más sobre lo que hacía, porque esto me lo contaba a cuenta gotas.
Hicimos una parada en un bar de carretera. Aún nos quedaba la mitad del camino por recorrer, pero estábamos muertos de hambre —y ganas de ponerse a cocinar en la caravana, pocas—, así que nos fuimos al primero que pillamos.
Aproveché también para darle de comer a Adele, que debía estar hambrienta. Menos mal que por la noche dejé preparados un par de botes con su papilla, si no… Saqué uno de la nevera de la caravana y me di cuenta de algo: no estaban los dos biberones que preparé antes de salir. Me acababa de percatar de que me los dejé en la encimera y ahora tendría que volver a hacérselos. Oh, espera, ¿y el sacaleches? Me palmeé la frente al comprobar que tampoco lo había metido en la mochila. Pues muy bien, Sookie. Eso me pasa por hacer las cosas corriendo y no cerciorarme de que lo tenía todo en su sitio. Además, con eso de que dormí fatal, no hacía nada a derechas.
No es que me moleste tener que darle el pecho a mi hija, pero esta semana he notado que le está saliendo un diente —sé que es algo pronto, pero teniendo en cuenta que es medio cambiante, pues no me sorprende nada— y prefiero usar el sacaleches, que me hace menos daño. Menos mal que solo van a ser dos días, que si no…
Cuando regresé al bar, me encontré a Klaus con la niña en su regazo, que se estaba riendo como si le hubiese contado el mejor chiste del mundo. Llamaba la atención de la clientela del bar y no me sorprendía, con una risa así de jovial hasta al más serio le simpatizaría ver.
—Es una niña encantadora —comentó una mujer que estaba en la mesa al lado de la nuestra—. Tenéis mucha suerte de que sea así, porque mi Gary no paraba de llorar cuando tenía su edad.
—Gracias —le respondí—. Lo cierto es que sí, Adele es una niña muy buena y no me puedo quejar.
—¿Cuánto tiempo tiene?
—Quince semanas hará el lunes.
—Vaya —dijo sorprendida—, creí que tendría más tiempo. Es algo más grande de lo que pensaba.
—Sí —respondió Klaus—, pero está dentro de lo normal, así que está bien.
La mujer se sonrojó por la contestación.
—Oh, lo siento. No pretendía ser una indiscreta.
—No pasa nada —comentó Klaus restándole importancia.
—Por cierto, soy Jacqueline —se presentó.
—Yo soy Klaus y ella, Sookie. —Alcé una mano a modo de saludo y cogí a la niña para darle su papilla.
—¿Puedo dárselo yo? —preguntó Klaus, que parecía como si le estuviera arrancando un brazo cuando le quité a la niña.
—Pero si no es gran cosa…
—Lo sé, pero así puedes comer tranquilamente y yo me puedo encargar sin problema.
—Ya, pero…
—Oh, vamos, Sookie —se interpuso Jacqueline—, no le digas que no. Ojalá mi marido fuese tan atento con mi hijo como el tuyo con la tuya.
—No estamos casados —explicó Klaus y yo alcé la mano para que viera que no llevaba anillo, ni siquiera de compromiso; hacía tiempo que me quité la alianza de casada y me la colgué al cuello, porque me resultaba demasiado doloroso verla.
—Vaya, lo siento —se disculpó la mujer.
—No pasa nada —le dije quitándole importancia. Pero me daba la sensación de que pensaba que éramos pareja ogualmente; no me sorprendía en absoluto, ya que Klaus se estaba comportando como si fuese el padre de mi hija y cualquiera que le viera pensaría lo mismo.
—Igualmente, tienes suerte de tener a alguien como Klaus.
Miré a Klaus y le sonreí. Le pasé a la niña para no parecer muy estricta y le di la papilla de manzana que había hecho por la mañana.
—Hacéis una pareja tan adorable… —Quise decirle que estaba equivocada, pero Klaus me dijo con un ademán que mejor lo dejáramos pasar. Total, no es que vayamos a estar mucho rato en este lugar y no íbamos a regresar en la vida. Podía pensar lo que quisiera.
—Gracias —contestó Klaus, cogiendo una cucharada de papilla y metiéndosela en la boca a Adele.
La camarera vino al poco para atendernos. Nos pedimos una hamburguesa con queso con patatas. He de reconocer que es de las mejores hamburguesas que he comido en mi vida, pero no quise decirlo muy alto por no desmerecer las que teníamos en el Merlotte's.
No lo había notado hasta entonces, pero estaba hambrienta. Me di cuenta porque devoré la hamburguesa como si no hubiese comido en horas y las patatas llevaban una salsa —receta de la casa, según nos comentó la camarera— que estaban para chuparse los dedos. Estaba tan llena que me hubiese echado una siesta, pero teníamos que seguir con el viaje y no quería dormir —convencí a Klaus de que conduciría yo este último tramo—, por lo que me pedí un café bien cargado.
—Si conduces tú, yo pago.
Quise rechistar, pero Klaus iba a hacerlo de todos modos.
—Está bien, pero hay que echarle gasolina y de eso me pienso encargar yo…
Asintió complacido. Sacó su billetera y le entregó a la camarera su tarjeta de crédito junto con su identificación.
—Voy un momento al aseo —se disculpó antes de dejarme a solas con la niña.
Esperé a que la camarera trajera de vuelta la tarjeta de Klaus, que aún no había salido del aseo. Solo quedaba que le echara una firma al tique, pero de mientras, le eché un vistazo rápido a su carné de identidad.
Era de Noruega y no entendía muy bien lo que ponía —aunque pude suponer algunas cosas porque eran muy obvias— y me percaté de que en su foto de carné salía bastante guapo. ¿Quién sale guapo en los carnés? Yo parezco una psicópata, y eso que me maquillé algo, pero ni con esas. Pude leer su nombre completo: Klaus Johan Sørensen, nacido el 21 de noviembre de 1980 en Tromsø, hijo de…
Klaus regresó y me pilló cotilleando su carné. Me puse como un tomate, porque ahora creerá que soy una chismosa y era lo último que pretendía. Me sonrió, le echó una firma al tique y se puso el abrigo.
—Yo… —intenté disculparme, pero no sabía cómo.
—¿Nos vamos, señora Sørensen?
Arqueé una ceja, por el cambio de tema. Y porque eso era extraño. Me eché a reír, sin darle más importancia. Si él no se la iba a dar, yo menos.
Llegamos sobre las nueve de la noche. Solo hicimos un par de paradas más: una para repostar y otra para darle de comer a Adele —que, además, tuve que meterme en la caravana porque tenía que darle el pecho. Por suerte, el tráfico fue bueno durante el resto del viaje y no tuvimos problemas en llegar. Klaus aprovechó para ponerle las cadenas al coche cuando le echamos gasolina, así no tuvimos que hacer otra parada innecesaria. Además, nos estábamos acercando a una zona donde las íbamos a necesitar igualmente, por lo que hizo bien colocárselas antes de tiempo.
Lo primero que hicimos al llegar fue la cena. Klaus compró unos filetes de ternera en la carnicería —si vas muy temprano, a primera hora, te dan los mejores—, así que los hice sazonados con sal gorda y un poco de pimienta. También hice puré de patatas y una ensalada —teniendo en cuenta el estómago tan grande que tenía Klaus, me preocupaba bastante quedarme corta, pero bueno, había comprado comida de sobra como para alimentar a la familia Von Trapp un fin de semana entero— y de postre saqué el pastel de manzana que aún nos quedó de la señora Lécuyer —suele hacerlos grandes y sobra un montón, por lo que me vino bien cogerlos para el viaje—. Klaus, como siempre, devoró la comida. Durante el viaje solo comimos un sándwich cada uno, pero porque yo quería esperar a la cena, aunque tuviera que morirme de hambre para eso. No era muy fanática de comer durante los viajes, por lo que valió la pena la espera.
—Estaba todo muy rico —me agradeció, como siempre; no estoy acostumbrada a que me agradezcan tanto por lo que cocino, pero me gustaba igualmente.
—Me alegro. Aunque no he podido hacer mi salsa de pimienta, porque no me he llevado todo lo necesario, pero es de agradecer saber que ha salido bueno.
—Aunque no le hubieras echado nada, creo que te hubiese quedado delicioso. Tienes un don, Sookie, solo que no lo quieres ver.
Como si no tuviera ya suficiente con el que tengo. Solté una ligera carcajada por este pensamiento.
—Yo no creo que sea un don, solo tengo mano en la cocina. Mucha gente la tiene. Solo es cuestión de práctica y yo tengo mucha gracias a mi abuela.
Klaus sonrió meneando la cabeza.
—No sé por qué te subestimas tanto por un cumplido.
—No me subestimo, es que no lo veo para tanto.
Le serví un trozo de tarta y otro para mí, aunque más pequeño.
—Si quieres más, puedes comerte el resto.
—No quiero parecer egoísta, la verdad.
—No lo eres. Solo necesitas comer más que yo, al parecer.
—Puedo aguantar sin comer ese último trozo.
—No te quedes con las ganas. A mí no me importa, de veras.
Al final lo tuve que guardar, pero lo dejé en la encimera por si más tarde le apetecía comérselo. Sabía que por la noche se levantaba a picotear algo, por lo que seguramente esta no sería una excepción.
Me puse a limpiar los platos y demás trastos mientras Klaus salió a sacarle unas cuantas fotos al cielo con mi cámara. Me la pidió prestada para la ocasión y no pude negarme. El cielo estaba precioso con la aurora boreal verde esmeralda. Parecía mágico.
Aproveché para limpiar un poco la caravana. No es que estuviera sucia, pero con eso de que pasaba poco tiempo allí tenía un poco de polvo y no quiero devolvérsela a mi hermano de este modo. Ni siquiera recuerdo la última vez que la limpié, pero sé que fue antes de que Klaus regresara, así que… calculo que unos cinco días, aproximadamente.
Nota mental para Sookie: no dejarlo tanto tiempo o vendrán las pelusas a saludarte.
También ordené la ropa que había traído. Y ya que estaba, preparé las camas. No quería que llegara el momento de irse a dormir y tuviera que hacerlas sin ganas. Lo que más gracia me hacía de esta caravana era que traía algunas cosas con sorpresa. Por ejemplo, la mesa donde habíamos cenado se convertía en una cama, y era donde iba a dormir Klaus. Yo dormiré en el sofá que, efectivamente, es otra cama.
Me daba la sensación de que solo estaba haciendo todo esto para mantenerme ocupada y no quedarme a solas con Klaus. Estaba en un punto donde no tenía ni idea de qué es lo que sentía por él y creo que solo es un cuelgue de estos pasajeros por ser la novedad —y porque está de muy buen ver, no lo pienso negar—, pero tampoco quiero que ocurra nada. No por el momento.
Tras darle la cena a Adele —y comprobar que se había dormido—, me puse el abrigo, cogí una manta y salí —al fin— de la caravana. Klaus estaba a unos metros, entre unos árboles. Había hecho una pequeña fogata y se estaba calentando las manos. Me acerqué a él y le coloqué la manta por encima.
—¿Has hecho muchas fotos? —le pregunté, arrimando las manos al fuego.
—He podido hacer unas cuantas muy buenas. ¿Las quieres ver?
Negué con la cabeza.
—Ya habrá tiempo para verlas. Ahora prefiero contemplar este lugar sin tecnologías de por medio.
—Tienes toda la razón —comentó, dejando la cámara en el suelo cuidadosamente.
Se sentó en un tocón que había cerca de la fogata. Me invitó a que me sentara junto a él, así que obedecí sin rechistar. Pasó la manta que le di por encima de ambos, quedándonos bajo su calor los dos juntos.
Nos quedamos en silencio, observando el cielo esmeralda y negro. Me gustaba, porque iluminaba todo el lugar tan solo con este precioso fenómeno. Y con el manto blanco de la nieve hacía una vista espectacular.
Klaus me rodeó los hombros con un brazo y yo apoyé mi cabeza en su hombro. Tomé aire lentamente por la nariz. Cerré los ojos. Todo estaba en calma. Lo único que podía escuchar era el crepitar de la hoguera, a los animales nocturnos y el corazón palpitante de Klaus. Era todo muy relajante y me estaba quedando dormida, hasta que sentí que mi nuevo acompañante me rozaba con suavidad la muñeca y me la estaba acariciando. Me estaba resultando muy placentero. Abrí los ojos y le miré. Ni siquiera me estaba mirando a mí, tan solo lo hacía de manera distraída, pero no quería que parase. Por mi mente se pasaron muchos pensamientos impuros tan solo por ese inocente gesto, y tuve que obligarme a pensar en otra cosa. También podría apartar la mano, pero tal vez diese a entender que me estaba molestando, cuando en verdad no era así.
Por mí hubiésemos estado así el resto de la noche, o de nuestras vidas, pero me sonó el —maldito— móvil. ¿Por qué me pareció buena idea llevarlo encima?
Miré la pantalla para ver de quién se trataba. Qué extraño, era India. Hacía tiempo que no hablaba con ella, sobre todo desde que empezó a trabajar en el Fangtasia hace un año.
Descolgué el teléfono.
—Hola, India, ¿cómo estás? —No contestó y lo único que podía escuchar era el más absoluto silencio; esperé unos segundos más, para ver si decía algo, pero nada—. ¿Hola? India, ¿estás ahí? —Miré la pantalla por si me había quedado sin batería, pero no, comprobé que la llamada seguía activa; ahora se escuchaba un ruido raro—. ¿India?
Más silencio. Más ruido. Y más extraño.
—¿Sookie? —contestó al fin—, ¿eres tú?
—Sí, me has llamado. O eso creo.
—Oh, lo siento, cariño, he debido marcar tu teléfono sin querer. ¿Te he despertado? Oh, lo siento, espero que no…
—No, tranquila. Aún no me fui a dormir.
—¿Cómo está la peque?
—Ahora mismo durmiendo después de dejarme bien seca. ¿Y tú? ¿Cómo vais por allí?
—Por aquí estamos bien. Hoy tengo la noche libre, así que he aprovechado para ir al cine y salir con unas amigas.
—¿No estás con Pam?
Hubo un silencio, pero no sé si era porque no sabía qué decirme o porque estaba ocupada con otra cosa. Esperemos que fuese lo segundo.
—No, esta noche no estoy con ella.
—¿Va todo bien entre vosotras?
Otro silencio. Esto me empezaba a preocupar.
—Sí, va todo bien, ya sabes. —Había contestado tan automáticamente que no me convencía de nada, pero preferí no seguir preguntando; las cosas de pareja mejor que quedase entre dos. Pam apenas me hablaba de su relación con ella, así que tampoco sabía mucho, y ahora no iba a ser menos.
—Está bien. Si la ves, dile que lamento no haberla llamado estos días, pero es que he estado un poco alejada del teléfono.
—Sí, no te preocupes, se lo haré saber.
—Espero que no esté molesta conmigo por eso.
—No, no. Ella lo entiende perfectamente. ¿Cómo van tus vacaciones? ¿Sabes cuándo vas a volver?
—Me están sentando de maravilla. Por el momento, regreso por unos días la semana que viene. He hecho migas con la gente de un pueblo de Vancouver y es muy probable que regrese después de la inauguración de la nueva posada.
—¿Vas a ir?
—No pude estar en la reinauguración del Merlotte's tras la reforma, así que mejor ir a este evento o pensarán que me han secuestrado.
India se echó a reír de forma nerviosa.
—Un poco sí lo parece. Pero te lo mereces. Y mientras no te olvides de nosotros…
—Eso es difícil. Por muy lejos que esté, siempre me acordaré de todos vosotros.
India soltó un ligero bufido.
—Bueno, he de dejarte, que tengo a mis amigas esperando.
Colgó sin que pudiera decir más nada. Fue extraño, muy extraño.
Ni siquiera me di cuenta de que Klaus ya no estaba a mi lado. Estaba tan pendiente de mi conversación con India que ni me fijé que se había marchado. La hoguera estaba casi apagada, así que no me preocupé por ella y regresé a la caravana. Al entrar, encontré a Klaus semidesnudo —únicamente con la ropa interior puesta— lavándose los dientes en el fregadero. Escupió y se enjuagó la boca con un poco de agua antes de hablar:
—Lo siento, no quería ocupar el aseo por si querías usarlo cuando terminaras de hablar por teléfono.
—Ehm… ¿gracias? —No sabía qué otra cosa decirle ante tal gesto.
—De nada —respondió con su habitual sonrisa—. ¿Todo bien?
—Sí, supongo. Pero prefiero no hablar de ello.
—Pues, en ese caso, mejor irse a dormir, que hemos tenido un día muy ajetreado.
En eso llevaba razón. Se echó algo de agua en la cara, se secó con una toalla, la dejó en su sitio —si algo me gustaba de Klaus era lo ordenado que era y no tenía que ir detrás de él— y se metió en la cama que le había preparado. Sin ponerse nada más. Hacía como cinco grados bajo cero ahí fuera y este hombre iba casi como su madre lo trajo al mundo.
Puede que fuese porque es nórdico y ellos están acostumbrados al frío, dije para mis adentros. Además, a eso añádele que es médico y si enfermara, sabrá qué hacer.
Me lavé los dientes, me cepillé el pelo y me metí en la cama después de comprobar que Adele estaba bien y darle un beso. Klaus ya estaba profundamente dormido —qué rapidez tienen algunos— porque se le notaba por la respiración. Le observé dormir un par de segundos. Realmente estaba muy mono cuando dormía. Sacudí la cabeza y me recosté en la cama. Cerré los ojos, esperando dormirme tan rápido como mi compañero.
Solo se escuchaba el goteo del grifo. Las gruesas gotas resbalaban lentamente en la blanca cerámica hasta morir en el desagüe. Algunas iban teñidas de un color rosa pálido; otras, algo más oscuras. Poco a poco, comenzaron a tornarse en un rojo escarlata, ahogándose en el diminuto agujero.
El grifo ya ni siquiera estaba goteando; ahora lo hacía otra cosa.
O puede que fuese alguien.
Unas manos se apoyaron en el lavabo. Se escuchaba ligeramente un lamento ahogado.
Más gotas de sangre. Más lamento.
Al cerrar el armario del baño, Eric se vio reflejado en el espejo, con el rostro anegado en lágrimas carmesí.
Estaba triste. Se le notaba abatido, sin fuerzas, sin ánimos para nada. Tenía la mirada perdida, fija en un punto incierto.
Dejó de sollozar al comprobar que en el reflejo no estaba solo. De haber tenido un corazón, ahora mismo estaría latiendo a mil por hora. No podía ser posible aquella imagen. Abrió los ojos por la sorpresa.
Tal vez fuese producto de su imaginación que le jugaba una mala pasada.
O tal vez no.
—¿Eric? —dijo la muchacha detrás de él.
—¿Sookie?
Cuando se giró para verla mejor, su imagen —y su reflejo— había desaparecido.
Me desperté de golpe, dando un respingo.
¿Qué carajos acababa de pasar hace un momento? ¿Ahora resulta que también nos podemos ver?
Esto no pintaba nada bien. Y además, ¿qué sería lo que le pasaba? Jamás le había visto de ese modo.
Me preocupaba la idea de que le pasara algo importante y no quisiera contármelo. Pero, ¿qué podía hacer yo si no quería?
Me levanté a echarme un poco de agua en la cara. Escuché mi móvil vibrar.
Por favor, que sea Eric para contarme qué ha pasado.
No. Era Michele. Qué raro.
Descolgué en seguida.
—Sookie —dijo con un hilo de voz; parecía que estaba llorando—. No pensé que estuvieras despierta. Sé que no debería contarte nada, porque estás de vacaciones, pero debes regresar a Bon Temps.
—¿Por qué? ¿Qué ocurre?
Parecía nerviosa y le costaba hablar.
—Voy de camino al hospital. Acaban de llamarme de allí. Jason ha sufrido un accidente de coche bastante grave .
—¿Qué? ¿Cómo?
—No sé qué es lo que ha pasado. No me han querido contar nada, pero sé que…
Ni siquiera pude escuchar el resto del mensaje. Estaba en shock. La cabeza empezó a darme vueltas como si estuviera dentro de una de esas atracciones de feria. Apenas me podía mantener en pie. A duras penas, llegué al aseo y vomité la cena.
No. No podía repetir esto otra vez.
No sé si podría soportar perder también a mi hermano.
NDA: He de reconocer que no sabía si terminarlo con el sueño o con lo de Jason, y al final decidí meter los dos. Porque yo lo valgo. xD
Por favor, que alguien me diga que la camarera del Merlotte's que era lesbiana se llamaba India, porque creía que se llamaba de otra manera (no preguntéis) y he tenido que ir a buscarlo, pero no sé si ese es su nombre o no. (Solo por si acaso xD).
Una vez más, agradecer los comentarios de Cari1973 y Perfecta999. :)
Y eso es todo por ahora. Espero que os haya gustado el capítulo.
Un saludo y hasta la próxima.
~Miss Lefroy~
11/03/2021
