IV.

Me faltaba el aire. No podía respirar. Me estaba ahogando. Necesitaba salir de ahí como fuese, pero mis piernas se negaban a moverse.

Empecé a hiperventilar. Adele comenzó a llorar como nunca la había escuchado. Creo que podía percibir mi agobio y ahora me sentía más angustiada todavía.

Klaus salió de un salto de su cama. Abrió las ventanas para que entrara mejor el aire. Me ayudó a sentarme y calmarme.

—Respira lentamente por la nariz —me indicó y obedecí, con las lágrimas recorriéndome el rostro—. Ahora, expúlsalo despacio por la boca. —Volví a obedecer—. Repítelo.

Inhalé. Exhalé. Inhalé. Exhalé. Inhalé. Exhalé. Inhalé. Exhalé. Inhalé. Exhalé. Inhalé. Exhalé. Inhalé. Exhalé. Inhalé. Exhalé. Inhalé. Exhalé. Inhalé. Exhalé.

—Lo estás haciendo muy bien, Sookie —me felicitó, acariciándome suavemente la espalda; dejé de escuchar a la pequeña, pero Klaus ya se encargó de comprobar que estaba bien. La cogió en brazos y la meció apaciblemente entre sus brazos hasta que pareció quedarse dormida de nuevo—. La has asustado, me temo.

Era extraño que la asustara con algo tan simple cuando ha escuchado cosas más fuertes y ha seguido durmiendo como si nada. A veces los niños son un mundo que no terminaba de comprender.

—¿Estás mejor? —Asentí, sin responder—. Bien, bien. ¿Quieres que te prepare un té de tila? Tengo calmantes, pero no quiero usarlos si lo puedo evitar…

—No, no quiero nada.

—De acuerdo. ¿Puedo saber qué es lo que ha pasado? —Cogió un paño limpio de la cocina y me secó las lágrimas—. Aunque no sea asunto mío, necesito saber la causa de tu estado.

—Es mi hermano —conseguí decir con un hilo de voz—. Me ha llamado mi cuñada diciendo que ha tenido un accidente de coche bastante grave y… —Me eché a llorar otra vez. Klaus se me acercó y me dio un abrazo que me sentó mucho mejor que si me hubiese dado uno de esos calmantes de los que me hablaba.

—Está bien —comenzó a decir, mirándome a los ojos y echando un mechón de mi pelo detrás de la oreja—, vamos a hacer una cosa: voy a llamar al aeropuerto más próximo y voy a ver si puedes coger el próximo vuelo a Luisiana esta misma noche, ¿de acuerdo? Y si hay, te irás con Adele, y yo regresaré a Rocherton, recogeré todas tus cosas y te las llevaré a tu pueblo de Luisiana.

—¿De verdad harías eso?

—Por supuesto. Dame unos minutos y sabremos cuándo regresas a casa.

Salió de la caravana para poder pillar mayor cobertura —a veces, dentro se iba la señal—, mientras yo me tumbé en la cama y terminaba de calmarme del todo. Cuando me vi con fuerzas, me levanté y me dispuse a poner todo lo que pude en la mochila que había traído. Menos mal que soy precavida y me llevé ropa interior de sobra —nunca se sabe—, porque no tenía mucha ropa —para solo dos días no me suelo llevar mucha—, pero como a donde iba era a casa —se me hacía raro pensar en esto de esta manera— no me importaba mucho. Lo único que me preocupaba ahora era si Klaus podría meter todas mis cosas que tenía en su casa en el coche sin problemas. He de reconocer que me pasé un poco metiendo más de la cuenta, pero como no sabía cuándo iba a regresar, llené el coche —y parte de la caravana— repleto de 'por si acaso'.

Tuve suerte y había un vuelo en cuarenta y cinco minutos. Como no llevaba equipaje, todo sería mucho más rápido. Ni siquiera recuerdo bien lo que pasó durante el trayecto hacia la terminal, porque estaba aún en shock por todo. Primero lo de Eric, que seguía preocupada por él, India también me dejó pensativa y ahora esto. Lo que sí recuerdo fue llamar una vez más a Michele, por si tenía noticias nuevas, pero lo único que me pudo decir era que había entrado en quirófano y que no sabía nada más.

Había entrado en quirófano.

No sé si eso era bueno o no, pero no me tranquilizó nada. Solo deseaba llegar cuanto antes a casa y ahora mismo me gustaría poder teletransportarme con solo pensarlo.

Lo bueno de viajar de noche es que todo está en silencio y si deseas descansar tan solo tienes que recostarte en tu asiento y ya. Di unas cuantas cabezadas durante el vuelo, pero las turbulencias me despertaban a cada rato. Menos mal que Adele no se puso a llorar, ni siquiera se asustó, pero también estaba un poco inquieta. La verdad, ella estaba mucho más tranquila que yo, pero es un bebé, ella no entiende de preocupaciones.

No sabía a quién llamar para que me recogiera en el aeropuerto cuando llegara a Luisiana y no se me ocurrió alguien mejor que Alcide. Le avisé antes de embarcar y no me puso objeciones. Por suerte, no había luna llena y tampoco le pillé en plena reunión con su manada, de lo contrario, tendría que buscar a otra persona.

En cuanto salí por la puerta, con Adele aún en su sillita de viaje —no tenía paciencia para colgármela en la mochila portabebés—, lo primero que hice fue ir directamente al aseo. Necesitaba echarme un poco de agua en la cara para despejarme antes de que llegara Alcide a recogerme. Me dijo que tardaría unos minutos en llegar, por lo que hice algo de tiempo mientras le esperaba mirando algunas revistas en uno de los kioscos —que ya estaba abierto a esas horas—, pero no conseguía distraerme, por lo que mejor le esperaba fuera. Tapé a Adele con la mantita que me llevé y me senté en una de esas bolas de piedra que había en la puerta del aeropuerto.

Alcide no tardó tanto en llegar. En cuanto me vio, dejó el coche en doble fila, cogió mi mochila y a la niña y, cuando estuvo todo bien colocado en su coche, se quedó parado frente a mí y me dio un abrazo que le devolví de buena manera. Abrazar a Alcide siempre me hacía sentir mejor. Me ayudó a meterme en el coche y en seguida nos pusimos camino a Bon Temps.

Permanecimos unos minutos en silencio. No me apetecía mucho hablar, pero era obvio que alguno de los dos tenía que romper el silencio.

—¿Qué tal el vuelo? —Sí, fue él quien empezó y se lo agradecí.

—Normal. Sin mucho que contar.

—Veo que no estás muy habladora.

—No tengo muchas ganas, la verdad.

—Lo siento. Si quieres me callo y nos quedamos en silencio el resto del trayecto.

—No, no —dije echándome una mano a la cara—, la que lo siente soy yo. Solo que no puedo pensar en otra cosa más que en Jason y no soy capaz de hablar sobre nada interesante.

—Te entiendo. Pero Jason se pondrá bien, ya lo verás.

—¿Sabes algo?

—No. Lo mismo que tú, supongo.

—Está bien. Solo espero que no sea grave.

—Ya verás que no.

—Bueno —empecé intentando cambiar de tema—, ¿qué tal Kandace?

—Bien, cada día más gorda.

Fruncí el ceño, mirándolo extrañada, hasta que me acordé del motivo.

—Oh, cierto. ¿De cuánto está?

—Cinco meses.

—¿Y cómo se encuentra?

—Pues teniendo en cuenta que con Jackson su embarazo duró tan poco, este se le está haciendo un tanto cuesta arriba al ser… ya sabes, un bebé humano.

—Dale ánimos de mi parte. ¿Sabéis lo que va a ser?

Alcide me miró dedicándome una amplia sonrisa.

—Será una niña.

—Caray. Ya tenéis la parejita.

—Sí, nos lo dicen mucho.

—Y por lo que veo estás encantado.

—Sé que no va a ser lobo, pero sí que estoy emocionado. Siempre quise tener una niña y no puedo estar más contento.

—Me alegro mucho por ti, de verdad.

—Gracias. Lo único malo es que no voy a poder estar tan pendiente de ella como me gustaría, y será Kandace la que se encargue de todo, pero es algo que ambos sabíamos desde hace tiempo. Lo bueno, que Jackson ya tiene tres años y se está preparando para ser el hermano mayor. Y de momento lo lleva bien.

—¿Qué opina eso de tener una hermanita?

—Creo que le gusta. Está ensayando para enseñarle cosas cuando sea más grande.

—Qué adorable. ¿Y ya sabéis cómo la vais a llamar?

—Sí. Queremos llamarla Sookie.

Lo miré incrédula.

—¿Pero qué…? ¿Hablas en serio?

Se echó a reír.

—No, pero ha valido la pena solo por ver tu reacción.

Le di un manotazo en el hombro por la broma.

—Idiota —mascullé.

—Se llamará Virginia.

—Qué bonito.

—Estuvimos allí hace unos meses y pensamos que, de tener una niña, la llamaríamos así.

—Me parece un detalle precioso.

—Eso mismo pensamos.

Pasamos el resto del camino casi en silencio. Me estaba quedando dormida, pero Alcide no me quiso decir nada para que pudiera echar una siesta hasta que llegásemos al hospital. Una vez que estuvimos cerca —a cinco minutos—, me zarandeó con suavidad y me despertó.

Me desperecé. Me daba vergüenza hacer eso en público, pero se me había entumecido el brazo derecho.

—Por cierto, ¿te importaría quedarte con Adele un par de horas? Sé que te estoy pidiendo demasiado, pero no me apetece tenerla por el hospital.

—Sí, cuenta con ello. Lo malo es que no puedo tenerla más tiempo, porque en tres horas tengo una reunión con la manada y no puedo posponerla. Pero te puedo mandar a alguien de confianza para que se quede con ella todo el tiempo que necesites. Además, como estás sin coche temporalmente, puede hacerte de chófer si lo deseas.

—No sé si sería abusar de tu confianza.

—Sookie —dijo mirándome fijamente mientras esperábamos a que el semáforo se pusiera en verde—, tú nunca abusas de mi confianza.

—No estoy ahora mismo para discutirte nada, así que confío en ti ciegamente.

Me sonrió complacido. Paró frente a la puerta del hospital y abrí la puerta.

—¿Seguro que no te importa?

Negó con la cabeza y se acercó para darme un abrazo.

—Cuéntame cómo está Jason cuando subas, ¿de acuerdo?

—De acuerdo.

Me olisqueó un momento mientras me abrazaba y frunció el ceño.

—¿Llevas un nuevo perfume?

—No. Hace días que no me echo nada. ¿Por?

—Hueles… raro.

Me olí la axila. Tal vez fuese el que llevase casi dos días sin meterme en la ducha.

—Me aseé en el avión.

—No. No es ese tipo de olor. Hueles como a gominola.

Me eché a reír.

—Será porque me comí unas pocas mientras te esperaba.

Alcide se encogió de hombros.

—Será eso. Aunque sigue siendo raro.

Me apeé del coche y me metí directa en el ascensor del hospital nada más entrar por la puerta. Michele me mandó un mensaje diciéndome en qué planta estaba para ahorrarme tiempo y se lo agradecí eternamente, porque odio tener que preguntarle a las administrativas.

Cuando las puertas del ascensor se abrieron, vi a Michele en la sala de espera. Estaba de pie, dando vueltas, pensativa, con la mirada perdida en ninguna parte.

—Michele.

—¡Sookie! —Me abrazó tan fuerte, que casi me ahoga—. ¿Dónde está Adele?

—Con Alcide. Necesitaba estar sola en esto y no quiero que esté por aquí.

Michele asintió.

—Tienes razón. Un hospital no es lugar para un bebé.

—¿Sabes algo nuevo?

—Por el momento, no gran cosa. Creo que aún sigue en el quirófano, pero tampoco estoy segura, porque no paran de entrar y salir médicos, yendo de un lado para otro, y las enfermeras tampoco me dicen nada. Estoy que me subo por las paredes.

Me acerqué a una máquina expendedora para sacarme algo de comer. Eran casi las siete de la mañana y me estaba empezando a entrar hambre. Me pillé un sándwich de jamón y queso. También un café. Lo necesitaba.

Le llevé otro café a Michele. Estaba más tranquila, por lo que no había riesgo de que se alterase. Me dio las gracias con los ojos medio cerrados por el cansancio.

—Tal vez deberías echarte una siesta entre los asientos. Llevo una manta de Adele, que no es muy grande, pero te podría servir. Te puedo avisar cuando salga un médico.

—No es necesario. Tú también estarás cansada y ya he dormido un poco mientras esperaba a que llegaras.

—¿Seguro que no quieres?

—No. Pero gracias, Sook. Eres la mejor.

Nos sentamos en los bancos de la sala de espera e igualmente saqué la manta, que la puse entre las dos. Al menos nos teníamos la una a la otra y el rato se hacía más ameno.

Tardaron casi una hora en recibirnos algún médico.

Se quitó la mascarilla y llevaba el pijama quirúrgico manchado de sangre, y empecé a temblar. No quise meterme en su mente porque mi cuerpo no sabría cómo reaccionar si fuesen malas noticias.

—¿Es usted familiar de Jason Stackhouse? —me preguntó directamente.

—Soy su hermana, Sookie, y ella es Michele, su esposa. —Preferí dejarme los tecnicismos para otra ocasión. No era el momento.

—Hemos conseguido detener la hemorragia interna que tenía en la cabeza. —Di un respingo al escuchar eso y reprimí echarme de nuevo a llorar—. Hemos tenido también que recomponer su pierna derecha y recolocar su hombro derecho, que estaba dislocado. Pero lo más grave fue el golpe de la cabeza. Por el momento, está estable dentro de la gravedad.

—¿Pero va a sobrevivir? —inquirí sin preámbulos.

—Aún es pronto para saberlo, las próximas 48 horas son cruciales. Está en observación en estos momentos.

—¿Podemos verlo? —quiso saber Michele, con los ojos rojos por las lágrimas que ya se asomaban por las mejillas.

—Aún seguimos haciéndole pruebas, comprobando que no nos dejemos nada. Pero seguramente en unas horas puedan hacerle una visita.

Michele y yo nos miramos, pensando qué hacer.

—Les recomiendo que se marchen a casa a descansar. Ha sido una noche muy larga y seguramente estén cansadas. Ya les avisaremos cuando puedan entrar a verle.

Michele y yo asentimos y el doctor se marchó a seguir haciendo su trabajo.

Mi —todavía— cuñada me miró, no muy de acuerdo con lo hablado.

—Lo siento, Sookie, pero yo prefiero quedarme.

—¿Estás segura?

—Sí. No creo que pueda pegar ojo aunque me marche, por lo que yo me quedo. Vete a casa, que has venido desde muy lejos y debes estar muerta.

No pude rechistar, pero de verdad que estaba reventada. Si no fuera porque me había mencionado, ni me acordaría de cómo me llamo.

—Me encantaría marcharme, pero he de esperar a que vengan a recogerme.

—¿Quién?

—No lo sé aún. Dejé a Adele con Alcide, pero él tiene una reunión, por lo que me dijo que la dejaría con alguien que me recogería ahora mismo, supuestamente.

Regresamos a la sala de espera en silencio.

Detestaba estar en un hospital por todo lo que podía escuchar. Sollozos, lamentos, rezos, súplicas… si escribiera un libro con todo lo que la gente piensa en un hospital, más de uno se horrorizaría más de lo que creen.

Aunque a veces tenía la esperanza de poder escuchar algo positivo, pero eso era pedir mucho.

Se escucharon las puertas del ascensor abrirse. Por ellas, apareció alguien que no me esperaba en absoluto. En su pecho portaba a mi hija con la mochila y la imagen me estaba resultando de lo más peculiar.

Sus ojos púrpuras se pasearon por la sala de espera hasta encontrarse con los míos.

—Sookie.

Me puse en pie para recibirlo.

—Quinn —le sonreí. Le hubiese dado un abrazo de no llevar a mi hija colgada en su pecho—. Me alegro de verte.

—Yo más —me devolvió la sonrisa—. Alcide me ha pedido que venga a recogerte y aquí me tienes.

—No me esperaba que fueras tú cuando me lo dijo…

—Sorpresa… —comentó, levantando los brazos.

—Por cierto, creo que no os conocéis —dije, dirigiéndome a mi cuñada—. Él es John Quinn, mi… —carraspeé; no sabía qué decirle.

—Un viejo amigo de Sookie —me ayudó Quinn.

—Gracias. Quinn, ella es Michele, la esposa de mi hermano.

—Encantado, Michele. Jason es un hombre fuerte. Saldrá de esta, ten fe.

Michele le sonrió con tristeza.

—Encantada de conocerte, Quinn. Cuida de Sookie, ¿vale?

—Así lo haré.

Apenas hablamos durante el camino hasta mi casa. Estaba tan cansada que se me cerraban los ojos. Necesitaba una siesta, pero tenía muchas cosas que hacer y dormir ahora sería estar en vela toda la noche. Preferí tomarme un buen café nada más llegar a casa. Le serví otro a Quinn, que había dejado a Adele en su sillita de siempre.

—¿Y bien? —comencé a decir, sentándome frente a él en la mesa de la cocina—, ¿vas a decirme qué haces por estos lares o estás esperando a que te lea la mente para enterarme?

Quinn se echó a reír. Hacía tiempo que no escuchaba su voz grave y he de reconocer que la echaba de menos, de algún modo.

—Me he tomado un año sabático para poder cuidar de mi hija.

—Caray, eso sí que no me lo esperaba.

—¿Tanto te sorprende que lo haga?

—No. Me parece algo maravilloso.

—Ojalá Taylor pensara como tú.

—¿Por qué dices eso?

—Porque… —Hizo una breve pausa, donde tomó un poco de aire antes de continuar—: No ha sido fácil estos tres años tratar con ella. Apenas me ha permitido ver a la niña y ahora es cuando por fin ha dado su brazo a torcer, solo que sus condiciones han sido muy estrictas y son incompatibles con mi trabajo, por lo que de momento he decidido dejar mi trabajo temporalmente para dedicárselo a mi pequeña.

—Eres un gran padre.

—Intento serlo.

Le sonreí. La verdad es que aún no me he podido imaginar a Quinn siendo padre, pero debe ser de los protectores.

—¿Y desde cuándo estás aquí?

—Desde el mes pasado. Hasta hace dos semanas me alojaba en casa de Alcide, pero no quería abusar de su generosidad, así que me mudé a Shreveport con un colega y por ahora estaré allí.

—Vaya, Alcide no me ha comentado nada de esto.

—Yo le pedí que no lo hiciera. Me comentó que estabas de vacaciones.

—Sí, algo así. En verdad no eran vacaciones, sino baja por maternidad.

Me sonrió.

—He de decirte que te sienta genial la maternidad.

Fruncí el ceño sin entender.

—Me refiero a que ahora estás más radiante, más voluptuosa y, no sé, te veo más guapa que antes.

Me ruboricé y eso le hizo reír.

—Lo siento, no pretendía incomodarte.

—No lo has hecho, pero no pensé que mis curvas de ahora te gustasen.

—Antes estabas estupenda, pero ahora más.

¿Es cosa mía o estaba coqueteando conmigo?

—Gracias, supongo.

—Alcide también me contó lo de Sam. De verdad que lo siento muchísimo. No supe nada hasta hace poco, si no te hubiese llamado y…

—No te preocupes, Quinn. No tenías por qué saber nada. Suficiente tienes con tus cosas.

—Lo sé, pero Sam era un buen tipo. Me caía bien a pesar de todo. No se merecía el destino que le tocó.

Me quedé en silencio. No sabía si quería seguir con aquella conversación o cambiarle de tema.

—He de confesarte que he estado pensando mucho en ti en este último mes. —Alcé la vista, incrédula.—. Sé que no tengo derecho a decirte nada de esto, pero… es la verdad. Seguramente, de haber hecho esto en su día, el tomarme un descanso de mi trabajo, tal vez lo nuestro hubiese funcionado. Pero fui un egoísta y no supe cuidarte.

—Eh, no te fustigues. Aquello pasó como tenía que pasar. No fue culpa tuya de que no funcionara. Yo tampoco puse tanto de mi parte y…

—Pero te fallé, Sookie. Siento que lo hice todo mal.

—Déjalo estar, ¿sí? Está todo olvidado. Si no, no podrías estar sentado en esa silla ahora mismo.

Me sonrió con cierta melancolía en la mirada.

—Me alegro de estar aquí.

—Y yo de que estés.

Se echó hacia adelante y me estrechó entre sus brazos. Me dio un beso en el hombro.

Y me olisqueó.

—¿A qué hueles?

—A cansancio.

—Hueles como a… —volvió a olisquearme— algodón de azúcar.

—Esto es nuevo. Alcide dice gominolas. Tú, algodón de azúcar. Ya no sé qué pensar, porque no me he bañado en una piscina de chucherías precisamente. ¿O sí? —bromeé, arqueando una ceja.

—No lo sé, pero me gusta.

—Pues tengo malas noticias para ti, porque voy a meterme en la ducha a quitarme ese olor, ya que llevo 48 horas sin darme una ducha en condiciones.

—Me parece estupendo.

Por si acaso, antes de subir al cuarto de baño, le pedí a Quinn que cogiera el móvil si se trataba del hospital o de Michele. Así podría darme la ducha tranquilamente sin estar pendiente del teléfono.

Me sentó de maravilla darme aquella ducha. Era como si llevara una semana sin hacerlo y tampoco era tanto. Pero me dejó como nueva. Además, me sirvió para calmar un poco mis nervios por lo de Jason. Le pedí a mi abuela que lo cuidase en estos momentos tan duros. Solo pensaba en lo sola que me iba a sentir sin él.

Es curioso cómo los seres humanos reaccionamos ante las desgracias. El dicho de «nunca sabes lo que tienes hasta que lo pierdes» me viene ahora a la mente más que nunca. Y qué razón tiene. Sé que Jason no es perfecto, pero es mi hermano y le quiero. Jamás le desearía nada malo, y esto me rompe por dentro. Hace tan solo cuatro meses estaba devastada por la muerte de Sam y ahora esto…

Tomé una gran bocanada de aire para quitarme los pensamientos negativos de la mente. No quiero tenerlos, porque si los atraigo, probablemente se cumplan y es lo último que deseo.

No. Jason se va a poner bien. Jason va a despertar y va a ser el mismo de antes. Además, su parte pantera seguramente acelere su recuperación. Como si fuese la primera vez que tiene un accidente… Hace un año se cayó del tejado de su casa, se partió un hueso de la pierna y se recuperó en menos de un mes —los médicos le decían que le llevaría semanas, posiblemente meses y alucinaban con su recuperación—, por lo que esto no iba a ser menos.

La esperanza es lo último que se pierde.

Ojalá estuviera aquí Klaus para transmitirme su energía positiva.

¡Oh, mierda! ¡Klaus!

Me olvidé por completo de él. Me sequé el pelo con el secador. Me había dado cuenta de que me había crecido un montón desde que me lo corté a principio del verano.

Mejor olvidemos el motivo por el que lo tuve que hacer. Sí, mejor.

Me puse ropa limpia —la que no me llevé para el viaje—, me calcé mis deportivas viejas —que no me las llevé por las razones obvias—, me hice un recogido como pude con mi media melena y bajé. Estuve tentada a echarme unas gotas de perfume —sí, eso de oler a gominola me había dejado loca—, pero lo descarté porque no es una ocasión especial, ni mucho menos.

Cuando bajé, me encontré a Quinn en el salón, con la televisión encendida viendo Barrio Sésamo y Adele en su regazo haciendo como que la veía también.

La imagen me dejó impactada.

—Empiezo a pensar que este nuevo trabajo te está gustando más que el anterior.

Quinn me miró por encima del sofá, pero regresó la mirada al televisor.

—Es lo que veo con mi hija cuando puedo estar con ella.

—La diferencia está en que ella tiene tres años y puede entender lo que ve. Adele solo tiene tres meses y ella solo entiende de teta y caca.

Se echó a reír.

—Hablando de caca —comentó—, la he cambiado mientras estabas arriba. Y si no me equivoco, no te quedan pañales, así que vamos a ir a darnos un paseo hasta la tienda, ¿verdad, pequeñaja? —Esto último se lo decía a Adele, poniéndole caras divertidas.

—Sí, debería hacer la compra, porque no tengo nada para hacerle la papilla. No tenía intención de regresar tan pronto, y haberlo hecho de sopetón ha hecho dejarme todo en Vancouver. Ni un mísero biberón tengo.

—¿Y cómo vas a recuperar tus cosas?

—Están en casa de un amigo que hice allí. De hecho, la casa donde me alojaba es suya.

—¿Te alojabas en casa de un desconocido? —Levantó las cejas, sorprendido—. Caray. Qué valiente.

—Sé que suena raro, pero Klaus es un buen hombre y jamás se ha aprovechado de mí ni nada.

Quinn me miró fijamente, aún con la expresión de sorpresa.

—No me mires así. No soy tan ingenua. No al menos como antes. Sé que puede parecer lo que no es, pero de verdad que es buena gente.

Quinn alzó las manos.

—Tú eres la telépata. Imagino que habrás visto algo que te dé confianza…

—En verdad… no.

Clavó sus ojos púrpuras en mí con una ceja alzada.

—¿No le leíste la mente?

—No.

—¿No quisiste?

—Más bien no pude.

Sus ojos se abrieron de asombro.

—¿No pudiste? ¿En serio?

Negué con la cabeza.

—Lo intenté, pero se ve que con él nada.

—¿Te había pasado antes?

—Nunca.

—¿Y aun así te fías de él?

Me encogí de hombros.

—Todos en el pueblo hablan maravillas de él y tiene fama de ser encantador y ayudar a todo el que lo necesite.

Quinn meneó la cabeza, queriendo darme la razón.

—Está bien. Si tú te fías de él, bien.

—Eso me recuerda que tengo que llamarle para ver cómo le va para traerme las cosas.

Cogí mi teléfono. No recibí ninguna llamada en todo este rato, por lo que eso quería decir que aún no se sabía nada de Jason.

Calma, Sookie, calma.

Marqué el teléfono de Klaus. Hablé con él unos pocos minutos. Le había pillado recién levantado. Pobrecito mío. Menuda noche debió pasar.

En cuanto me dejó en el aeropuerto, buscó un lugar donde aparcar con la caravana y dormir el resto de la noche. Pero hasta entonces, tuvo que conducir un rato. Me dijo que se iba a poner en marcha de camino a Rocherton, recoger mis cosas y meterlas en mi coche, y descansar otro poco antes de emprender el camino hasta Bon Temps. Menos mal que viajaba con la caravana y podía descansar todo lo que necesitara más o menos cómodo, que si no…

Sabía que iba a ser un viaje largo y, sobre todo, pesado, por lo que le pedí que no se diera prisa en llegar. Prefiero que lo haga despacio y llegue a salvo que rápido y matándose por el camino.

Esto último me dejó mal cuerpo, teniendo en cuenta lo que le había pasado a Jason. Cuando colgué, empecé a darme cuenta de que no sabía nada del accidente de mi hermano. A Michele solo le dijeron que se le cruzó un camión y se llevó por delante la furgoneta de Jason, que quedó destrozada. Pero no sé más. No sé quién fue el culpable. Aunque prefiero no pensar en esto. No estando mi hermano como está.

Recé para que Klaus tuviera un buen viaje. Le mandé un mensaje pidiéndole que me avisara cuando llegara a Rocherton y cuando se marchara de allí. Me respondió con un emoji del pulgar hacia arriba.

Hombres. Son todos de pocas palabras.

—¿Va todo bien? —preguntó Quinn de repente, haciendo que me sobresaltara.

—Sí, todo bien. Es solo que me preocupa que viaje desde tan lejos.

—Es normal que estés así después de lo que le ha pasado a tu hermano. Yo estaría igual. Pero seguramente no le pase nada.

Asentí y me acomodé en el sofá. Estaba agotada, pero no quería dormir.

Adele empezó a llorar y seguramente sería por hambre. Quinn le metió un dedo en la boca y, efectivamente, tenía hambre.

—Un poco más y me devora el dedo —ironizó—. Y parece que le esté creciendo ya un diente.

—Sí, hace una semana que le empezó a salir. Hasta que no regrese Klaus con mi sacaleches, tendré que darle el pecho directamente.

Cogí a la niña cuando empezó a llorar más fuerte. Me desabroché la camisa y me bajé el sujetador. Se enganchó a mi pezón con ansias y empezó a succionar como loca.

No me di cuenta de que Quinn nos estaba observando con interés. Tenía el codo apoyado en el respaldo del sofá y no le quitaba la mirada a mi hija. O puede que no fuese eso en lo que se estuviese fijando.

—¿Te puedo ayudar en algo, Quinn?

Se puso colorado cuando se percató de cómo le estaba mirando. Boqueó, avergonzado.

—Lo siento. No pretendía parecer un degenerado. Es solo que nunca pude ver esto con mi hija y me he quedado embobado mirándola. No quería incomodarte.

—No lo has hecho. Aunque parecías babear más que ella…

—No pienso negar que esté disfrutando también con las vistas.

Me sonrió con picardía. Le di un suave manotazo con mi brazo libre.

—¿Qué? —se quejó entre risas—. Es la verdad.

Puse los ojos en blanco. Carraspeó, procurando pensar en otra cosa.

—Mientras tanto, me voy a comprar los pañales y algo de comida. ¿Traigo algo en especial?

—¿Te vas? Como lo hagas, me voy a quedar dormida y es lo último que quiero.

—Pues es lo que deberías hacer. Además… —tragó saliva y se mordió el labio inferior—, como me quede dos minutos más acabaré sustituyendo a Adele en donde está ahora mismo.

—Está bien —accedí a regañadientes, haciéndole un ademán para que se marchara—. Pero no tardes mucho.

—No prometo nada, pero intentaré regresar en media hora.

Le indiqué todo lo que necesitaba que me trajera. Ya que iba, qué menos que no tuviera que hacer dos viajes.

Acosté a Adele cuando terminó de comer. Miré el reloj y vi que ya se acercaba la hora de comer, pero no tenía muchas ganas de cocinar —y hasta que no regresara Quinn con la compra, poco iba a hacer—, por lo que haría unos sándwiches para salir del paso.

Me cambié de ropa, ya que se me ocurrió que sería buena idea ponerme a limpiar para mantener la mente ocupada en algo. Limpié la cocina. No me apetecía cocinar por el cansancio, pero para la cena haría algo. Eso si no estaba en el hospital visitando a mi hermano.

Busqué mi móvil, por si me había llamado alguien y no me había dado cuenta.

Nada.

Sin noticias de Michele. Ni del hospital.

Ni de Klaus.

¿Debería preocuparme por Klaus? Hace un rato que dijo que se pondría en marcha para su regreso a Rocherton, pero no he recibido ningún mensaje ni llamada ni nada.

Bueno, es un hombre de mundo y seguro que se las apaña perfectamente, pero estoy demasiado susceptible y cualquier cosa me va a alterar.

Empecé a limpiar la cocina, pero tuve que parar porque la cabeza me estaba dando vueltas. Necesitaba descansar y, como no lo hiciera, me iba a pasar factura.

Está bien. Tú ganas, cansancio.

Me tumbé en el sofá y descansaría hasta que Quinn regresara de la compra.

Solo serán unos minutos nada más.


No supe cuánto rato estuve durmiendo, pero cuando me desperté tenía puesta la manta del sofá. Aún era de día.

Miré el reloj del móvil y habían pasado más de tres horas.

Me preguntaba dónde estaría Quinn. Era obvio que había regresado, pero no sabía si seguía aquí o se habría largado. Seguramente tendría cosas mejores que hacer que estar pendiente de mí y de mi hija.

No tenía mucha hambre, así que vi lo que había traído Quinn del supermercado. Cogí un yogur de la nevera.

Miré por la ventana del salón un momento. Alcé las cejas por lo que estaban viendo mis ojos: Quinn estaba en el jardín, quitando las malas hierbas, y tenía de espectadora a Adele, que escuchaba —o eso parecía— lo que Quinn le estaba contando.

—Y entonces —decía, mirando a la niña, que se había metido el puño en la boca y miraba a todas partes— lo vas arrancando de raíz, porque si no… —Se percató de mi presencia—. Ah, hola, te has despertado ya.

—Sí —contesté destapando mi yogur y sentándome en los escalones de la entrada—, hace unos minutos. ¿Interrumpo algo?

—No, solo estaba enseñándole a Adele cómo se quitan correctamente los hierbajos.

—Claro. Nunca es demasiado pronto para aprender a hacer esas cosas. Incluso si solo tienes tres meses de edad.

Entrecerró los ojos con una ceja arqueada.

—Pues llámame loco si quieres, pero sé que me entiende.

—¿Y por qué no debería creerte?

—Porque suena muy loco lo que estoy diciendo.

—Estás hablando conmigo, mi querido Quinn.

—Lo sé y por eso te lo digo. Tu hija es especial. Es una niña muy inteligente y tengo la corazonada de que va a hacer cosas increíbles cuando sea mayor.

—No te lo pienso discutir.

Suspiró. Parecía molesto.

—¿Te ocurre algo?

Negó con la cabeza.

—Te ha llamado tu amigo Klaus —murmuró arrancando otro matojo de golpe, sin mirarme a la cara—. Estabas durmiendo y no te estabas enterando del teléfono, así que lo cogí por ti por si era importante. Espero que no te moleste que lo haya hecho.

—No, claro que no. ¿Qué ha dicho?

—Que ya lo tiene todo metido en el coche y que después de comer se pondría en marcha.

Sonreí y me metí otra cucharada de yogur en la boca. Observé a Quinn. Parecía como si quisiera estrangular a alguien con sus propias manos por la manera de arrancar los matorrales. Me estaba empezando a dar miedo.

—¿De verdad que no te ocurre nada? —insistí.

—No. —Respondió con tanta sequedad que me dieron ganas de regarle encima.

—Pues no se nota. Pareces irritado por algo.

No contestó y continuó con su labor. Me terminé el yogur y tiré el recipiente a la basura.

Regresé con la intención de llevarme a la niña dentro. Aunque hacía buen día —apenas hacía frío hoy—, no quería tenerla fuera mucho tiempo. Agarré el asa de la hamaca —¿de dónde la habría sacado?— y Quinn me gruñó.

—Lo siento —se disculpó—. Llevo un mal día.

—Está bien. No pasa nada. Pero si quieres hablar, ya sabes dónde me tienes.

—Hace una hora me ha llamado Taylor —confesó al fin.

—Y no te ha dado buenas noticias, ¿verdad?

Negó con la cabeza.

Pude sentir sus ganas de echarse a llorar, pero no quería hacerlo delante de mí.

—Mañana tenía que quedarme con la niña y se ha inventado otra excusa para que no vaya.

—Lo siento mucho, de verdad. Está siendo muy injusta contigo.

—Me tiene miedo. Y yo le tengo miedo a ella.

—¿Miedo?

—Conoce mi pasado desde siempre. Y me da miedo que coja a la niña y se la lleve lejos de mí.

Rompió a llorar. Nunca le había visto tan destrozado por una mala noticia. Me acerqué a él y le di un abrazo.

—He dejado mi trabajo aparcado un año por estar con mi hija, le he pedido a mi madre y mi hermana que no se acerquen a la niña para que Taylor no se sienta incómoda, he estado haciendo todo lo que ella me ha pedido, absolutamente todo. Ya no sé qué más quiere que haga. Tan solo quiero estar con mi pequeña. Quiero que se deje de tonterías y que pueda ir a verla cuando me apetezca sin tener miedo a que se marche y no la vuelva a ver más.

—Está bien, cariño, ya verás cómo todo se soluciona.

Le acariciaba la espalda mientras hablaba para calmarlo.

—¿Y no puedes ir por la vía legal? —le sugerí.

Tomó un poco de aire.

—No valdría la pena. Nuestras leyes son muy distintas a las vuestras y tardaría una eternidad en que hicieran algo. Y mientras tanto, ella podría irse lejos como llevo mucho tiempo temiendo. —Se limpió la nariz con la muñeca y se ensució la cara—. Me está matando todo esto.

Podía sentir su dolor ahora mismo y me transmitía mucha tristeza.

—Ojalá pudiera hacer algo, pero supongo que eso empeoraría las cosas.

—No te preocupes. Creo que me ha venido bien soltarlo.

—Me alegro por eso, entonces.

—Alcide y Kandace han intentado ayudarme y no consiguieron nada, así que…

No sabía qué más decirle. Por suerte, sonó mi teléfono.

Michele.

—Ya puede recibir visitas. Pero solo hasta dentro de dos horas.

—Ahora mismo vamos para allá.


Ni siquiera me despedí de Quinn cuando me dejó en la puerta del hospital. Le pedí que me recogiera en cuarenta y cinco minutos, porque quería hablar un poco con mi cuñada.

Fui directa al ascensor. Como ya sabía la planta en donde estaba, lo hice casi automáticamente.

Me desesperan los ascensores del hospital. Suben y bajan, independientemente de si ya has bajado o subido no sé cuántas veces. Eso por no mencionar que la gente piensa cosas muy raras mientras están dentro.

«Creo que tengo sífilis. No sé cómo se lo voy a decir a mi esposa. Me va a matar…».

«Un día de estos, le diré a ese médico de pacotilla que se meta sus opiniones personales por donde le quepa. ¿Cómo se atreve a decirme que mi hijo tiene obesidad infantil? Solo está fuerte…».

«Me ha salido un lunar en el brazo… Tengo cáncer seguro…».

«¿Esa enfermera tan guapa tendrá novio? No tiene anillo, a lo mejor me la puedo ligar…».

Al fin llegué a mi planta. Creo que a la próxima usaré las escaleras, aunque me deje sin aliento.

Para mi sorpresa, Michele no estaba sola en la sala de espera —le pedí que me esperase para entrar juntas en la habitación—, sino que allí se encontraba también Calvin Harris, tío de la difunta esposa de mi hermano y amigo de la familia.

El verano pasado me ayudó a resolver el misterio que rodeaba la muerte de mi esposo. Así que le estaré eternamente agradecida por ello.

—Sookie —dijo nada más verme y se acercó a darme un abrazo—. Jason es un hombre fuerte. Así que saldrá de esta, ya lo verás.

—De eso no tengo ninguna duda.

—¿Vamos? —se impacientó Michele—. Llevo rato queriendo entrar…

—Vamos.

La habitación estaba algo oscura. Jason estaba cubierto por un montón de cables y conectado a un respiradero. Llevaba la parte superior de la cabeza vendada, una pierna escayolada repleta de clavos que se la sujetaban y un hombro enyesado también. Tenía la cara hinchada, seguramente por el impacto. Ojalá pudiera meterme en su mente para poder ver qué pasó.

Se me formó un nudo en la garganta y quería llorar. Michele empezó a sollozar y se sentó en la silla que había junto a la cama. Le cogió la mano que tenía sana y se la apretó con suavidad. Apoyé mi mano en su hombro y ella me puso encima la que tenía libre.

—Sé que no estamos pasando por el mejor momento de nuestras vidas, pero… Yo creía que podría estar separada de él, pero no es así. Da igual cuántos problemas tengamos, él seguirá siendo el amor de mi vida, me guste o no. Y no me he portado bien con él estos meses y siento que todo esto le ha pasado porque el destino ha querido castigarme de algún modo…

—No digas eso… Esto no ha sido culpa de nadie, solo de las circunstancias.

—Ya verás cómo se recupera pronto —comenzó a decir Calvin—, y en nada nos reiremos de todo esto.

—No lo sé… —respondió Michele con melancolía en el rostro; tenía la mirada perdida, fija en mi hermano, pero tan ausente como el estado de Jason—. Últimamente tengo poca fe en las cosas. Hasta que no despierte, no me creeré nada.

—Lo hará —le aseguré—. Porque Jason no es de los que se rinden fácilmente.

—Lo sé —contestó mi cuñada—. De haberlo hecho, yo no hubiese salido con él. Le rechacé como tres veces antes de aceptar una cita.

—¿Ves? Con esto no será distinto.

Me separé de Michele y ahora era yo la que le agarraba del brazo sano a mi hermano. Ella se apartó para que pudiera sentarme en su lugar. Cerré los ojos, centrándome en encontrar algo que me pudiera decir que él se encontraba bien, pero era como estar viendo una televisión estropeada. Al menos podía sentir que seguía vivo, pero no me aseguraba que eso fuese bueno o no.

—Jason —dije con la cara anegada en lágrimas que se me empezaron a resbalar por las mejillas; tragué saliva con cierta dificultad—. Aún es demasiado pronto para que te reúnas con la abuela. Porque tú eres un Stackhouse, y un Stackhouse jamás abandona. Eres un luchador.

Escuché sollozar a alguien detrás de mí. Me giré para ver quién era y se trataba de Hoyt, el mejor amigo de Jason. Tenía la mirada clavada en Jason y los ojos hinchados por el llanto. En todos los años que le conocía, jamás había visto a Hoyt tan devastado. Era un chico mucho más sensible que Jason, pero esto iba más allá de eso. Para mi hermano, Hoyt era como un hermano y el sentimiento era mutuo para Hoyt. Así que podía sentir exactamente lo mismo que yo al verlo.

Pude ver en su mente todas las anécdotas que se le pasaban por la cabeza. Ellos dos riendo, gastándose bromas, haciendo el idiota, apoyándose en los buenos y malos momentos, siendo los mejores amigos del mundo. A pesar de sus diferencias, Hoyt nunca abandonó a Jason, ni siquiera cuando empezó a salir con Holly —quien no veía con buenos ojos la amistad que mantenía con mi hermano. Siempre fue su mayor apoyo.

Pude revivir en su mente el momento en el que Jason le anunció que iba a casarse con Michele o cuando Hoyt le comunicó que sería el padrino de Heaven, la hija de dos años de Hoyt.

—Sé que no es la primera vez que está así —comenzó a decir con un hilo de voz—, incluso ha estado en peores condiciones, pero…

Se le rompió la voz.

Una enfermera de mediana edad entró para echarnos algo más que la bronca.

—Solo tres visitantes por paciente, por favor —nos recordó.

Me levanté de la silla.

—Yo mejor me voy. Os podéis quedar los demás si lo deseáis. —Miré a Hoyt y me acerqué a él para abrazarlo—. Se pondrá bien.

Hoyt asintió y le di un beso en la mejilla aún húmeda.


Llamé a Quinn para que me recogiera antes de lo previsto. Apenas había estado quince minutos, pero todo ese asunto me había dejado mucho más agotada de lo que me esperaba. Prefería regresar a casa y reponer las pilas para regresar al día siguiente.

No sé qué cara debía llevar, pero Quinn me abrazó nada más entrar en el coche. No dijo nada más.

—¿Quieres que te lleve a alguna parte o prefieres regresar a casa?

—Quiero pasarme por el Merlotte's un momento.

Quinn obedeció y le agradecí que permaneciese en silencio.

El paseo me estaba sentando bastante bien. Bajé un poco la ventanilla del coche para que me diera el aire en la cara. El camino hacia el Merlotte's había quedado precioso. Estaba todo asfaltado, pero no solo eso, sino que había un hilo de luces colgando de los árboles, llegando casi a la entrada, y habían colocado un cartel enorme con el nombre del bar con letras muy bonitas.

Sonreí.

Quinn me dejó en el aparcamiento y él se quedó en el coche con la niña. Me sentía mal porque le estaba usando de chófer guion niñera, pero era un hombre comprensible y no le molestaba. En ausencia de Klaus, me alegraba tenerlo cerca. No podría hacer nada sin él ahora mismo.

Estaba maravillada con cómo había quedado todo. La fachada del Merlotte's había sido redecorada de un estilo rústico, como antes, pero a la vez moderno. Pam había hecho un grandísimo trabajo redecorando el bar. Se lo agradeceré en cuanto la vea.

Tenía intención de entrar por la puerta, pero la vista se me fue hacia la posada que estaba a unos pocos metros detrás del bar y que conectaba con el aparcamiento de ambos locales. Una vez más, lo moderno y lo clásico, marca de Pam, estaba presente en ese lugar. Estaba quedando preciosa. Me recordaba a esas casas clásicas de principio del siglo XX, pero decorada con lo más actual del mercado. En ese preciso instante, estaban colocando unas ventanas por un lado y por otro, el cartel que daría nombre a la posada. Tuve que cubrirme los ojos con una mano por el sol para poder ver bien el cartel: Posada Nyx, rezaba el cartel, con letras llenas de florituras y un hermoso dibujo con la silueta de la diosa griega de la que se hacía honor. Cuando le pedí a Eric que lo dejase familiar no me imaginé, ni de lejos, que sería así. Era muchísimo mejor de lo que tenía en mente.

Seguí caminando por alrededor. A lo lejos me fijé que había algo que nadie me había dicho que estaba: la casa prefabricada de Sam. Aquella casa con la que discutí con Eric porque la quería quitar de en medio. Pero, ¿por qué la dejó? Estaba a unos veinte metros por detrás de la posada, entre unos cuantos árboles.

Me acerqué a ella. No solo la había cambiado de lugar, sino que le había mejorado algunas cosas como la puerta, que estaba ligeramente rota —y que Sam siempre olvidaba arreglar porque ya no vivía ahí y era de menor importancia, me solía decir— y las ventanas eran distintas. También le había echado una mano de pintura a la fachada.

La puerta estaba abierta. Giré el pomo y entré sin problema. Por dentro estaba exactamente igual a como estaba. Pero Eric le había añadido muebles, ya que yo la vacié antes de que empezaran las obras de la posada, porque supuestamente la iban a demoler.

Me paseé por las habitaciones. Me di cuenta de que la cocina estaba intacta. No había platos ni cubiertos cuando abrí las puertas de los armarios y los cajones. Seguí por la habitación de Sam. Había dos camas pequeñas, una al lado de la otra, y una litera pegada a la pared. Fruncí el ceño. ¿Y esto? No entendía nada. Me acerqué al armario. Estaba lleno de mantas y varios juegos de cama. Imaginé que del tamaño de las camas.

Salí de la habitación y me metí en el cuarto de baño. Lo había cambiado todo: había quitado la bañera y había sido sustituida por un plato de ducha, que además tenía radio y sauna. Uhm… interesante. También había puesto un mueble con espejo en el lavabo. A Eric siempre le han gustado estas cosas. No me sorprende en absoluto este detalle. Mucho más ordenado que lo que tenía Sam —no es que fuese desordenado, pero no solía tener gran cosa en el baño, más que el gel, el champú, el cepillo y la pasta de dientes.

Salí al pasillo. Ya había visto suficiente, por lo que mejor era regresar al bar y hacer lo que tenía en mente.

Sin embargo, vi algo que me dejó petrificada. O mejor dicho, a alguien:

—Sookie… —dijo Eric incrédulo—. ¿Estás en Bon Temps?

—Sí, he regresado esta madrugada.

Me pellizqué por si me había desmayado y estaba soñando con él. Él se miró de arriba abajo y se palpó todo. Tampoco parecía creerse que pudiera estar ahí, conmigo. A estas horas de la tarde, a plena luz del día. Se acercó a una de las ventanas, dándole el sol en la cara y haciendo que las pupilas de sus ojos azules se encogiesen por la luz vespertina. Parpadeó y me miró.

—No sé qué está pasando, ni por qué he aparecido aquí, pero hay algo que debo decirte.

—¿El qué?

—Regresa a Vancouver, Sookie —me suplicó, angustiado.

—¿Qué? Ni hablar —me negué en rotundo.

—Sookie, por favor, te ruego que regreses.

—No. Mi hermano está en el hospital y no pienso dejarle solo.

—No te lo pediría si no fuese importante, Sookie.

—¿Pero se puede saber qué está pasando?

—No te lo puedo explicar, pero si no te marchas ya, corres un grave peligro, Sookie. Por favor…

—¿Qué? ¿Cómo que…?

—¿Con quién estás hablando? —Quinn había entrado con Adele colgada al pecho; me giré para verle—. ¿Va todo bien?

—Sí, todo bien.

Cuando regresé la vista a la ventana, Eric había desaparecido.

Definitivamente, ahora sí que no entendía nada.


NDA: Tengo la sensación de que este capítulo ha sido un poco de relleno (glups), pero puede que solo sea eso, imaginación mía xD

No tenía intención de meter a Quinn por el momento, pero recordé lo injusta que había sido la autora con él (siempre pensé que era un gran personaje pero que la autora nunca supo cómo manejar bien del todo) y bueno, decidí hacerlo regresar. Aunque, por el momento, solo será así. xD No conseguí averiguar el nombre de la madre de su hijo, así que me lo saqué del sobaco xD (si lo mencionan, hacédmelo saber y lo corrijo).

Por cierto, me llevó un buen rato (y días, sobre todo) dar con un buen nombre para la posada, y tenía intención de pediros sugerencias, pero vi este y me pareció el más indicado. Nyx es la diosa griega (sí, ya lo menciono en el capítulo) de la noche. Y para alguien que vive de la noche, le quedaba perfecto. :3

Mil gracias por vuestros comentarios. Mencionar a Cari1973 (gracias por aclararme la duda; aunque me has dejado loca con lo que mencionas de Klaus y he de aclarar que eso de que esté enamorado de Adele no es ni de lejos. Solo le tiene cariño, pero nada más); pascal77ks (me alegro muchísimo que te esté gustando esta historia y me alegraste mucho el día con tus bonitas palabras :3); ciasteczko (thank you for your review, and I'm glad you liked it :3)

Y eso es todo por ahora. Espero que os haya gustado, aunque solo sea un poquito.

Un saludo y hasta la próxima.

~Miss Lefroy~


15/03/2021