V.
A pesar de mi incredulidad por lo que acababa de pasar en la vieja casa prefabricada de Sam y de mi visión con Eric, me dirigí como si nada al Merlotte's para ponerles al día a los empleados la evolución de mi hermano, que había sido hasta ahora mi sustituto y seguramente más de uno se estaría preguntando cómo estaría.
Holly parecía la más preocupada, pero supuse que Hoyt —su esposo— le habría puesto al día, porque no le sorprendió lo que dije.
Terry permaneció en silencio, pero pude percibir su inquietud ante el suceso. Todos me desearon ánimos y una pronta recuperación para mi hermano.
No quise estar mucho más tiempo porque, tal como me olía, estaba demasiado agotada como para seguir en pie. Quinn me esperaba en la puerta, con el coche ya en marcha, preparado para regresar a casa.
Permanecimos en silencio. Últimamente parecía como que todos evitaban hablarme por si les decía algo. O porque supuestamente yo ya debía saber qué pensaban. Y no era así. No siempre lo hacía. Gracias a Bill, mi exnovio vampiro, pude aprender a manejar mejor mi don y no meterme en la mente de nadie cuando no me apeteciese.
—¿He de preocuparme por ti también o vas a contarme qué ha pasado realmente en la casa de Sam?
Me encogí de hombros. No, no me apetecía explicarle a mi exnovio que mi —también— exnovio vampiro se me había aparecido a plena luz del día. No solo me mandaría para casa, sino que además llamaría a un psiquiatra para encerrarme de por vida.
—Solo estoy cansada —murmuré, masajeándome las sienes, calmando un poco el dolor de cabeza que se me avecinaba.
—Está bien. Pero me pareció que mencionabas a Eric y que estabas en peligro.
—No. Tranquilo. Es solo que me sorprendió que hubiera dejado la casa de Sam en pie, cuando se suponía que la iba a tirar después de empezar las obras de la posada.
—¿A gritos? —Me ruboricé al escuchar esto; no sabía cómo explicarle ahora lo que había pasado—. ¿Siempre hablas en voz alta así o solo es en esta ocasión?
Opté por no responder.
—¿Puedes llevarme a casa?
Quinn asintió y no preguntó más.
Cuando llegamos, paró el coche y se giró para tenerme de frente.
—Ha sido un día muy interesante —comentó.
—Eso parece, sí.
Me daba la sensación de que estaba esperando a que le diera explicaciones por lo de antes, pero no tenía intención de hacerlo.
—¿Vas a quedarte a cenar?
—¿Quieres que me quede?
Me encogí de hombros. En verdad me daba igual.
—Pienso empezar a hacer la cena, por eso preguntaba, si la hago para mí o para los dos.
—Entonces me quedo. Te puedo echar una mano si lo deseas.
Me bajé del coche y él cogió a la niña en brazos.
—¿Sabes? —empezó a decir mientras abría la puerta—, creo que seré yo quien haga la cena esta noche. Llevas un día muy ajetreado y prefiero encargarme yo. Además, así le puedes dar un baño mientras tanto a Adele.
—¿De verdad que no te importa?
Negó con la cabeza.
—Puedo hacer algo sencillo con lo que compré esta mañana.
—De acuerdo. Lo dejo en tus manos.
Subí al piso de arriba con Adele entre mis brazos. La verdad es que necesitaba un buen baño. No me había dado cuenta de ello. Normalmente la suelo bañar en la encimera de la cocina —es más cómodo poner ahí la bañera de bebé—, pero Quinn la necesitaría entera, así que me las apañaré en el cuarto de baño.
Llené de agua tibia la diminuta bañera y la coloqué encima del cambiador. No sé por qué me pareció buena idea, pero tampoco me estaba costando hacerlo ahí. Aunque sí, me estaba preocupando por si hacía algún movimiento brusco y todo se venía abajo.
Adoraba bañar a Adele porque le encantaba el agua. Se reía cada vez que pasaba agua por su carita redonda y yo le hacía carantoñas para que me pudiera deleitar con el mejor sonido del mundo para una madre. La envolví en su albornoz de rana y la coloqué encima de mi cama para ponerle el pañal. Un poco de cremita por aquí, otro poco de talco por allá, colocamos la parte ancha debajo del culito, la estrecha hacia adelante, un broche, otro broche… Et voilà, mon amie. Le puse uno de los pijamas que llevaba en la mochila. Mañana me tocará lavar el resto de ropa, porque me estaba quedando sin ella y la que tenía guardada en el armario aún no le quedaba bien —demasiado grande—, así que esperemos que Klaus no tardase mucho en regresar. Si no, me tendré que dar un paseo hasta el centro comercial a por ropita nueva. Que nunca viene mal darse una vuelta por esos lares de vez en cuando.
Lo único positivo era que tenía el intercomunicador aquí porque, en teoría, no lo iba a necesitar durante el viaje, así que podía dejar durmiendo a Adele después de cenar tranquilamente. Comprobé que aún funcionaba y que no le faltase batería. No, estaba perfecto. Mejor.
Bajé a la cocina, donde se olía ya al pollo frito que estaba haciendo Quinn. Olía de maravilla. Coloqué a Adele en la hamaca que trajo Quinn —aún no le pregunté de dónde la sacó— y la puse en la encimera. Le preparé un puré de manzana y plátano en cuestión de un minuto en la batidora, y lo eché en uno de los platos de Mickey Mouse que me regaló Jason.
Me quedé paralizada pensando en mi hermano y derramé el puré un poco por la encimera.
—¿Te encuentras bien?
—Sí, es que me he acordado de Jason por este plato, y he empezado a pensar más de la cuenta…
—¿Es suyo? —Asentí y di un largo suspiro—. ¿Quieres que le dé de comer yo?
—No es necesario. Ha sido un lapsus, pero estoy bien.
—Como quieras.
—Por cierto, la hamaca que le has regalado a Adele, ¿de dónde la sacaste?
Se echó a reír.
—Das por sentado que es mía…
—¿De quién si no? Porque mía no es.
Se puso serio antes de contestar.
—Se la compré a Phoebe cuando nació, pero su madre no me la aceptó. Ni siquiera sé por qué la tenía guardada. Pensé en regalársela a alguien, pero nunca encontré la ocasión. Y cuando esta mañana Alcide me llamó y me contó cuál era mi trabajo de hoy… no me lo pensé. La metí en el coche.
—Eso ha sido un detalle muy bonito de tu parte, Quinn…
—Gracias. Al menos alguien la está aprovechando.
Echó unos trozos de pimiento verde y rojo a la sartén, junto con el pollo que estaba friéndose. Olía de maravilla y se me estaba haciendo la boca agua; había comido bastante poco y ahora se me estaba abriendo el apetito.
—Huele que alimenta, que lo sepas.
Me sonrió y me dio las gracias con la mirada. Su teléfono vibró un par de veces en la encimera y se quedó en silencio. Fue a mirarlo y se llevó una mano a la boca.
—Es un mensaje de Taylor. —Se le escaparon un par de lágrimas y se las secó con el dorso de la mano.
—¿Y qué dice?
—Dice que el martes puedo ir al cumpleaños de Phoebe.
—Eso es genial, Quinn.
—Sí. Aunque creo que Alcide está detrás de todo esto.
—¿Por qué lo dices?
—Porque me llamó hace un rato, cuando estabas en el Merlotte's, y le conté lo de Taylor. Me dijo que hablaría con ella, a ver si la convencía de cambiar de opinión.
—Pues lo consiguió.
—Sí, pero no sé qué le habrá dicho para que cediera.
—¿Y qué más da? Lo importante es que puedes estar con tu hija en su cumpleaños.
—Sí, es lo único que me importa. Vaya, estoy nervioso. No sé qué llevarle. Es el primer cumpleaños al que puedo ir y no sé qué regalarle.
—Cualquier cosa estará bien. Yo creo que se alegrará saber que estás allí con ella.
—La verdad es que sí. Siempre que estamos juntos, se pone muy contenta y no para de hablar durante horas.
—¿Habla mucho?
—Muchísimo.
—Qué adorable.
—Sí, podría escucharla durante todo el día y no me cansaría nunca. Aunque no entienda de qué me está hablando. Yo asiento y le sigo la corriente, como si supiera del tema.
Le sonreí.
—El mes pasado, para celebrar que me quedaba aquí, me la llevé a la feria de Shreveport, y estuvimos toda la tarde haciéndonos fotos juntos. Incluso nos hicimos una en un fotomatón. —Sacó la foto de su cartera, que llevaba guardada en el bolsillo trasero—. Mira —Me la pasó.
Tenía un espeso pelo rizado —mucho más que el de Adele—, una tez acanelada y pude fijarme que sus ojos eran del mismo color que los de padre. A excepción de la nariz, podría decir que era casi idéntica a Quinn.
—Parece una muñeca…
—Es mi muñeca traviesa. —Se echó a reír—. No para quieta un segundo, pero no soy quién para decir nada, porque yo era igual que ella a su edad y aún lo sigo siendo.
—Se os ve muy felices en la foto.
—Lo estamos. Es lo mejor que tengo en esta vida y haré lo que sea por estar cerca de ella…
Eso me hizo pensar en algo importante.
—¿Dejarías tu trabajo definitivamente si Taylor te dijera que la puedes ver a diario?
Se me quedó mirando con una sonrisa bastante triste en el rostro.
—Te acabo de decir que es lo mejor de mi vida. Si tengo que recibir un balazo por ella, lo hago. Si tengo que morir por ella, lo hago. Así que sí, si tengo que dejar mi trabajo para tenerla conmigo, lo haría. Por ella, haría lo que hiciese falta.
Me estremecí pensando en que todo eso era una hipótesis y que tal vez no se cumpliera, pero la esperanza es lo último que se debe perder. O eso dicen.
—Taylor es idiota. No sabe lo el gran padre para su hija que se está perdiendo. Aunque no estéis juntos, no debería hacerte lo que hace. Ojalá más padres fuesen como tú.
—Gracias. No me merezco tantos halagos de tu parte, pero te lo agradezco.
—Te los mereces. Todos tenemos derecho a poder disfrutar de nuestros hijos todo lo que podamos, porque no sabemos cuánto tiempo nos quedará en este mundo.
Quinn no contestó. Se limitó a seguir friendo el pollo con pimientos. Yo terminé de darle la cena a Adele justo cuando Quinn comenzó a servir la nuestra. Lo bueno de la hamaca era que podía balancear a la niña y se quedaba dormida en seguida. Así que cuando empecé a comerme la cena ya estaba inconsciente.
Me di cuenta de que también había hecho unas pocas patatas fritas. Menos mal, porque con el pollo y los pimientos me iba a quedar corta. No pienso volver a ayunar tantas horas, porque luego veo muslos de pollo bailando en la mesa de la cocina, rogándome que les devore con salsa barbacoa. Y eso no es bueno.
Lo del pollo con salsa barbacoa sí, que quede claro.
Cenamos en silencio. A veces era lo mejor, porque odio los disgustos en la mesa, como diría mi abuela. Cuando terminé, saqué dos púdines de chocolate y le ofrecí uno a Quinn.
Lo aceptó y me dio las gracias. Ni siquiera destapó la tapa cuando se quedó mirando hacia la ventana, frunciendo el ceño. Estaba como alerta por algo.
—¿Ocurre algo? —inquirí, mirando también por la ventana.
Se puso en pie y se dirigió a la ventana por la que miraba.
—Se acerca alguien.
—Pues no sé quién podrá ser. No escucho ningún coche.
—No viene en coche.
Me puse a su lado, pero seguía sin ver a nadie.
—No viene solo.
—¿He de preocuparme?
—Son lobos.
—¿Amigos?
—Uno de ellos al menos sí.
Salió por la puerta y vi que uno de los lobos se acercaba cada vez más. Y ya desde esa distancia supe quién era.
—Alcide, ¿qué haces aquí?
Volvió a su forma humana y empezó a subir las escaleras del porche. Menos mal que estaba acostumbrada a verle desnudo, si no ya estaría ruborizada ahora mismo. Le hice una señal para que entrara a la casa, y él se dirigió hacia su manada y les pidió que se quedaran fuera.
Busqué una manta para taparle y se la pasé por encima.
—He recibido una llamada de Eric hace exactamente quince minutos. —Me dejó sin palabras; no por la llamada, sino por el hecho de que ambos no se llevaban bien, y me sorprendía que obedeciera órdenes de un vampiro, entre otras cosas—. Me pidió que te escoltara porque estabas en peligro.
—¿Qué? —exclamó Quinn, incrédulo—. ¿Como que está en peligro? He estado todo el día con ella, como me pediste, y no ha ocurrido nada.
Alcide se encogió de hombros y negó con la cabeza.
—Me dijo que no preguntara, pero que lo hiciera.
—Y tú, como un idiota, le obedeces —rugí, cruzándome de brazos.
—Sookie —comenzó a decir Alcide, muy serio—, le hubiese mandado al carajo si no me estuviera dando miedo. Parecía terriblemente asustado y nervioso. Me dijo que sabía que habías vuelto y que, por favor, viniera a protegerte.
—Pero ya estoy con Quinn. ¿No podrías haberle llamado y que se quedase aquí? Tú tienes una esposa a la que cuidar…
—Es que Quinn debería marcharse. —Miró al hombre tigre y se irguió—. Kandace se ha enterado de que Taylor está en el hospital con la niña.
—¿Qué? ¿Cómo? ¿Qué ha pasado?
—No lo sabemos, pero ya he llamado a Taylor y le he dicho que vas para allá, le guste o no.
—¿Cómo estás tan seguro de que no me mandará al carajo y me impedirá ver a la niña?
—Porque esta tarde, cuando he hablado con ella, le he dejado claro el motivo por el que no debería hacerlo.
—¿Y cuál es? —inquirió Quinn.
—Eso qué más da. Ahora, vete corriendo. Yo me quedo con Sookie.
Quinn asintió, con el rostro lleno de preocupación, y se marchó. Alcide me miró, tal vez con miedo o con preocupación, porque le estaba dedicando la peor de mis miradas.
—No me puedo creer que le hagas caso.
—Sookie, tendrías que haberle escuchado. Se le notaba la desesperación en la voz.
—¿Y por qué no mandaste a alguien en vez de venir tú?
—Porque me lo pidió expresamente a mí. Me dijo que confiaba más en mí que en cualquier otro de mi manada.
—Y como te ha halagado, tienes que obedecer.
—Sookie, mira, me da igual cómo te pongas. Estaré aquí te guste o no. Y si es una paranoia de Eric o no, no importa, porque yo no iba a quedarme tranquilo, durmiendo junto a mi esposa, sabiendo que podrías estar en peligro. Además, ella prácticamente me ha pedido que viniera.
—¿Lo dices en serio?
—Sí. Ha llamado a su madre, por lo que no estará sola esta noche.
Tomé un poco de aire y me relajé.
—Está bien. Pero solo será por esta noche, ¿entendido? No quiero volver a lo de hace unos años.
—Yo tampoco, pero es mejor prevenir, ¿no crees?
Puse los ojos en blanco. Discutir con alguien como Alcide era perder el tiempo. Cogí a Adele y la llevé hasta su cuna, que le estaba esperando impacientemente.
Como mi cama.
Le pedí a Alcide que si quería descansar un rato, que lo podía hacer en la habitación del ático. Y que solo entrara en mi habitación en caso de emergencia. Me aseguró que estaría únicamente por los alrededores, y que solo entraría en caso de que fuese necesario. También me pidió permiso para que pudieran correr a sus anchas por mis tierras. No me quedó más remedio que dejarles.
Maldije a Eric con todas mis fuerzas. Cuando ya me aseé y me puse el pijama, cogí el teléfono y marqué su número.
Estaba tan furiosa que tenía ganas de patear su perfecto culito vampírico.
Sonó dos tonos y saltó el buzón de voz.
Genial.
Ni siquiera quería hablar conmigo.
Pues te vas a enterar, idiota.
Esperé a que sonara el pitido.
—No puedo atenderte ahora mismo. Si es importante, sé breve y te llamaré lo antes posible. Si no, no me hagas perder el tiempo.
—Eric, Sookie al habla. No me puedo creer que me hayas mandado a Alcide en vez de venir tú y dar la cara, en algo que además ni siquiera te has dignado a contarme qué es lo que pasa. ¿Ahora resulta que estoy en peligro? Pues me parece estupendo. Así que pienso hacer lo que me dé la real gana. Me tienes harta con todos tus secretos y mentiras, estoy hasta donde no me da el sol de tus asuntos que, se supone, no tienen nada que ver conmigo, pero sí que lo están porque, oh, qué casualidad, me ponen en peligro y mejor estar lejos. ¡Pues ya basta! No pienso seguirte más el juego este que te has montado. Si estoy verdaderamente en peligro, me las apañaré sola, como lo he hecho hasta ahora, porque te recuerdo que hasta ahora tú no estabas aquí conmigo. Y lo único que sabes hacer es mandarme gente para protegerme, como si yo no supiera hacerlo por mí misma. ¡Que te den, Eric Northman! Mañana, o cuando me dé la real gana, iré al hospital a ver a mi hermano, porque está en coma por si no lo sabías, y pienso quedarme allí todo el tiempo que me plazca. Y si tienes algo que decirme, vas allá y me lo dices. A la cara. ¡Maldito cobarde! Así que, si tienes lo que hay que tener, ven tú personalmente, maldito de vikingo del carajo.
Colgué y tiré el móvil al colchón. Rebotó y casi cayó al suelo.
Si no fuera porque realmente lo necesito, lo apagaría. O lo tiraría por la ventana.
Estaba cabreada con todo el mundo.
Respira hondo, Sookie.
Cerré los ojos y pensé en algo que me gustase mucho. Como un helado de chocolate, acariciar algún animal o el ronroneo de un gato.
Estaba funcionando.
Me eché en la cama y me arropé. Intenté dormirme, pero no pude. Metí la cuna de Adele en mi cuarto. Me estaba entrando la paranoia. Me sentía ridícula, pero si de verdad era cierto lo de que corría peligro, no quería tener lejos a mi hija.
Ojalá ser bebé otra vez, porque no tienes que preocuparte por nada.
Una vez que la tuve cerca de mí, pude dormir mas tranquila.
…
Me despertó el móvil. Se había caído al suelo —seguramente lo tiré sin querer mientras dormía— y no lo encontraba. Me puso de los nervios no encontrarlo, porque creía que se trataba de Michele o del hospital.
Por fin lo localicé. Era Klaus.
Descolgué, algo más tranquila.
—Sookie, ¿cómo estás?
—Bien. Acabo de despertarme —dije, desperezándome.
—¿Te he despertado?
—Sí, pero no importa. ¿Cómo vas?
—Bien. Estoy a mitad de camino a tu pueblo.
—¿A mitad de camino? Si por la tarde ni habías salido.
—Lo sé, pero encontré a alguien que iba de camino a Luisiana y estamos turnándonos.
—Ah, pues eso es genial.
—Sí. Te quiero avisar de que llegaré por la noche, si no ocurre nada, claro.
—Esperemos que no. Pero que no te des prisa por llegar.
—Por mí iría más lento, pero tengo cosas aquí tuyas que seguro que estás deseando volver a ver.
—No te lo niego. Sobre todo mi ropa y las cosas de Adele.
—¿Ves? Pues lo dicho. Si no pasa nada por el camino, esta noche las tienes.
—Muchas gracias, Klaus. Eres un cielo.
—No tienes que dármelas. Además, me lo estoy pasando en grande con mi improvisado compañero de viaje.
—Al menos no vas solo.
—Eso mismo pienso yo. —Hizo una pausa—. Te tengo que dejar, Sookie, que vamos a salir. Hemos parado en un bar de carretera para desayunar, pero vamos a emprender de nuevo el viaje.
—De acuerdo. Tened mucho cuidado, ¿vale?
—Lo tendremos.
Colgó. Me sentía más aliviada sabiendo que estaba bien. Por mis cosas no me importaba tanto, solo tenerlas pronto, pero me preocupaba más mi amigo noruego. Lo último que quiero es otro disgusto más en mi vida.
Adele seguía dormida. Era extraño que no me despertara para que le diera de comer, pero aún era muy temprano —las seis de la mañana—, así que la desperté para darle el pecho. Estaba un poco adormilada. No la culpo. Pero ella necesita alimentarse más que yo y esta era una buena hora.
Me subí la camiseta del pijama y le acerqué mi pezón a su boca. Supongo que sería porque todavía estaba grogui, pero le costó darse cuenta de lo que estaba haciendo. La enganchó, pero se desenganchó en seguida. ¿Y si no tenía hambre? ¿Debía obligarla? No, no sería buena idea. Porque además, lo podría vomitar todo.
La cogí en brazos y me la bajé hasta la cocina en su hamaca. Se volvió a dormir como si nada. Suertuda. Yo soy incapaz de volver a dormirme una vez que me despierto.
En la cocina se encontraba Alcide. Había hecho café, mayoritariamente para su manada. No me importaba, ya que habían pasado la noche en vela por «protegerme», así que le dije que podía darles todo el que quisiera.
—¿Cómo has dormido? —me preguntó con voz ronca; se le notaba que no le había sentado bien trasnochar en noche que no había luna llena.
—Regular. He dado algunas vueltas y he tenido sueños extraños. ¿Y tú? ¿Habéis encontrado algo sospechoso o peligroso? —le solté sarcásticamente.
Alcide negó con la cabeza.
—No de momento. No descartamos que el peligro se haya enterado de que estábamos rondando por aquí y decidiera no atacar.
—¿Sigues creyendo que hay un peligro? Porque yo no. Si no me lo quiere explicar, no me creeré nada.
—No lo sé, pero yo no me quedo tranquilo. He hablado con Quinn y su hija está bien. Así que vendrá en un rato.
—Yo prefiero que se quede con su hija, que la necesita más que yo.
—¿Estás segura?
—Esa duda me ofende.
—Entonces, avisaré a alguien de mi manada. No ha estado aquí esta noche, por lo que está descansada.
—¿Quién es? No quiero más sorpresas.
—Se llama Jolene Blackbourne.
—No la conozco. Pero me fío de ti.
—No te pondría a nadie que no supiera que no va a hacer un buen trabajo.
—Lo sé.
—Ya está. Yo, de mientras, he de hacer algunas cosas. ¿Quieres que te lleve a alguna parte? Puedo decirle a Jolene que vaya a donde te deje.
—Voy al hospital. Pero primero quiero cambiarme y tomarme un café, que no soy persona si no lo hago cuando me levanto. Ya sabes.
Asintió. Me podía esperar hasta que estuviera lista. Aun así, era muy temprano y hasta dentro de una hora y media no se iba a poner en marcha.
Intenté darle una papilla que le preparé a Adele, pero solo me aceptó dos cucharadas. Me estaba empezando a preocupar, porque era la primera vez que me lo hacía. Fruncí el ceño, desesperada. Miré a Alcide, que estaba en la puerta tomando un poco el aire.
—No me quiero alarmar, pero… ¿sabes si a los bebés de doble naturaleza les da por dejar de comer durante el primer año?
—Que yo sepa, no.
—Pues Adele no quiere comer. Y no sé por qué.
—Qué extraño.
Se acercó a la niña y la examinó.
—Aparentemente está bien. Pero yo no soy médico.
Eso no me estaba tranquilizando en absoluto.
—¿Crees que debería preocuparme?
Se encogió de hombros.
—¿Cuándo fue la última vacuna?
—Hace tres meses. Hasta dentro de un mes no le toca la siguiente. Ya hablé con el Dr. Chambers para pedir cita.
—Tal vez no sea nada. Ya sabes cómo son los bebés. A veces no les pasa nada, pero te dejan con la incógnita hasta hacerte perder los papeles.
—¿Te ha pasado algo parecido con Jackson?
—Tal vez. Aunque no a mí. Kandace se pasó una noche entera en vela cuando tenía 3 meses porque estuvo con cólicos y pensaba que se iba a morir deshidratado. Por suerte no fue nada, solo fue eso, le dio sin más y se le cortó solo.
Tal vez me estaba estresando sin tener por qué. O no. Esto de ser madre soltera no me venía bien en este momento, por lo que decidí tranquilizarme y no pensar en ello. Además, me dirigía a un hospital y me la iba a llevar, por lo que si le ocurría algo, ese era el mejor lugar para que la tratasen. Lo único malo era que no sabía si habría algún médico que supiera de bebés cambiantes. Esperemos que sí.
No tardé mucho en encaminarme hasta el hospital. Michele no me había llamado, lo que quería decir que no había novedades, pero yo necesitaba ir a ver a mi hermano. Aunque no supiera si me escuchaba, aunque no me conteste, aunque no supiera que yo estaba allí. Me quedaba más tranquila sabiendo que aún tenía esperanza de que se recuperase.
Subí a la planta de traumatología, donde se encontraba. Como era bastante temprano, no tenía que compartir ascensor con nadie y tuve bastante silencio. Llevaba a Adele colgada a mi pecho, por lo que podía sentir su respiración y temperatura. Por el momento, estaba todo bien. Más adelante intentaré darle de nuevo de comer, a ver si le entra las ganas.
Cuando entré en la habitación, se encontraba allí Hoyt. Estaba leyéndole a mi hermano el periódico, en la sección de noticias deportivas. Hoyt y Jason solían comentar mucho sobre deportes y sabía que era algo que le gustaría saber en cuanto despertase. Se interrumpió cuando me vio entrar por la puerta con Adele y se levantó de la silla que había junto a la cama.
—Gracias, cariño. —Le di un beso en la mejilla cuando se levantó, aunque tuvo que agacharse un poco porque es mucho más alto que yo y con la niña no me puedo poner de puntillas—. ¿Qué tal has pasado la noche? —Sé que convenció a Michele para que regresara a casa y la sustituyera en el hospital.
—El sillón no es precisamente el lugar más cómodo en donde he dormido, pero estoy bien. Le he pedido a una de las enfermeras que me trajera el periódico para leérselo. Yo sé que él me escucha y seguro que cuando abra los ojos de lo primero que hablaremos será de los resultados de baloncesto y de fútbol americano.
—Seguro que sí. Aunque esperemos que hable de algo más que eso.
—Sí, será el Jason de siempre.
—Y será pronto.
—Eso espero. Porque le echo de menos.
—Todos lo hacemos.
Hoyt me dejó a solas con mi hermano. Se marchó para desayunar algo y llamar a su mujer, Holly.
Tal vez fuese cosa mía, pero me dio la impresión de que el moratón de su cara estaba desapareciendo y que incluso parecía moverse. Pero también es posible que fuesen impulsos incontrolables. El que estuviera Adele conmigo me gustaba porque así podía escucharla, o al menos sentirla.
Yo sabía que él la podía sentir. Era su tío. Su padrino. Sangre de su sangre. Ese vínculo siempre es especial y, de algún modo, es una conexión que puede ayudar a mejorar su estado.
Bueno, era solo una teoría de las mías, que tampoco estaba segura. Pero me gustaba pensar que era así. Porque soñar es gratis, ¿no?
—Adivina quién ha estado vigilando esta noche mi casa y alrededores. Sí. Alcide. Me hubiese gustado que estuvieras allí porque sé que de estas cosas siempre te apuntas. Y te hubiese preferido a Alcide. No es que me moleste, pero puestos a escoger. Ah, ¿que por qué estuvo vigilando mi casa? Pues porque, según el señor Northman, estoy en peligro. Pero el muy idiota no es capaz de decirme por qué. Pues no pienso hacerle caso. Porque si no me quiere explicar nada, pues que le den. A él y a su malditas inseguridades. Ahora resulta que he de volver a Vancouver, ¿te lo puede creer? Pues es cierto. Y hablando de Vancouver, Klaus, mi amigo de allí, del que te hablé hace unos días, está de camino. Me ha dicho que se ha hecho amigo de alguien que viene a Luisiana, así que se están alternando con la caravana.
»Tranquilo, puedes confiar en él para eso. Es muy responsable y confío en él. De hecho, le echo de menos, ¿te lo puedes creer? Pues es cierto. No sé por qué, pero tengo ganas de que llegue. ¿Crees que tal vez me esté precipitando? No sé, cuando me ha llamado esta mañana temprano me he puesto muy contenta y me ha alegrado saber que esta noche estaría aquí. Tengo intención de invitarle a todo lo que desee en el Merlotte's.
»Que eso me recuerda: ayer hablé con los empleados para contarles lo que te ha pasado. Y te mandan recuerdos y que te pongas bien pronto. Si es que son buena gente, ¿no crees?
Entró una enfermera y me miró extrañada. Frunció el ceño.
—Oh —comenzó a decir, con la mano en el pecho—, ¿pero a quién tenemos aquí? —Sonrió y miró a la niña—. Si es muy pequeña.
—Está visitando a su tío para que se recupere pronto.
—Oh, cariño, seguro que solo con saber que está aquí, se pondrá bien.
—Eso espero. No la he querido traer antes, pero me quedé sin gente con quién dejarla.
—Ay, no sabes lo que te entiendo, querida —comentó mientras comprobaba las constantes vitales de Jason y lo anotaba en una ficha—. Mi esposo murió al mes de nacer mi hija pequeña y me encontré en Baton Rouge, sola, sin familia porque toda la tenía en Nueva Jersey, de donde soy, y estaba que me subía por las paredes.
—Yo solo tengo una y no sé cómo hacerlo sola.
—Pues con mucha fuerza de voluntad, cariño —le cambió el gotero a Jason— y no ser orgullosa. Porque si piensas que puedes hacer esto sola, créeme que estás muy equivocada. No eres Wonder Woman. Si alguien te puede echar una mano, no te sientas mal en pedirle que te ayude con la niña.
—Lo tendré en cuenta. —De pronto, se me vino a la mente algo que tal vez me pudiera responder—. Por cierto, no sé si podré hacer esto, y si no puede lo entenderé, pero hay algo que me gustaría preguntarle.
—Adelante. Por mí no hay problema.
—Tal vez me esté preocupando de más, pero lleva toda la mañana sin comer mucho. No me ha dado problemas hasta ahora, pero anoche no me despertó para su toma, y esta mañana no ha querido comer casi nada.
La enfermera, en cuya etiqueta de su uniforme pude ver que se llamaba Zooey Arterberry, se acercó a la niña.
—No tiene mal color. —Le tocó la frente con la mano—. Ni fiebre. —Le abrió un ojo y lo inspeccionó—. Yo la veo bien. De todos modos, por experiencia, hay niños que hacen cosas de forma inexplicable y más siendo bebés. Le recomiendo que, si de aquí a mañana nota que aún sigue sin querer comer, nos la traes para que le hagamos pruebas.
—No sé si aquí hay médicos para tratar a Adele en condiciones…
La enfermera Zooey enarcó una ceja, sin entender, hasta que al final comprendió.
—¿Es sobrenatural?
—Su padre era cambiante.
—No te preocupes por eso. De hecho, tenemos un nuevo doctor, especializado en sobrenaturales, que te podría atender sin problemas. Es muy bueno y está muy solicitado, sobre todo con las madres primerizas como tú.
—¿Es pediatra?
—Hace de todo un poco, pero atiende sobre todo a los más peques.
—Pues me vendría de maravilla, porque tengo al pediatra de mi hija fuera del país, y no conozco a nadie más.
—Está bien. Mira, si tienes cualquier duda, puedes llamarlo a este número.
Me dio una tarjeta suya; al parecer, sí que estaba muy solicitado, y me aliviaba la idea de tener a alguien así a mano. Leí la tarjeta: Dr. Forrest Wilkinson – Medicina general.
—Muchas gracias. Me salvas la vida con esto.
—De nada. Te aviso de que ha terminado la carrera este año, pero eso no quita que sea muy bueno.
—Tranquila, mientras sepa lo que hace, me conformo.
—Bueno, cariño, me encantaría seguir charlando contigo, pero tengo más pacientes que atender. Mucho ánimo por lo de tu hermano y espero que lo de la pequeña Adele no sea nada.
—Gracias. Que tengas un buen día —le deseé.
Guardé la tarjeta en el bolsillo de la mochila con las cosas de Adele. Me quedé unos minutos más, pero con Adele como estaba, preferí no quedarme mucho más rato. Justo regresó Hoyt en ese momento y me despedí de él.
—¿Necesitas que te acerque a alguna parte?
—No, Alcide me va a mandar a alguien para que me haga de chófer —dicho así, sonaba fatal.
—Ya sabes que si necesitas algo puedes contar con nosotros, ¿no?
—Gracias, cielo.
Le mandé un mensaje a Alcide, para decirle que ya me quería ir del hospital y me aseguró que Jolene ya se encontraba abajo esperándome. Me dijo que sabría quién era por el pelo.
Fruncí el ceño, porque no sabía a qué se refería. Cuando salí por la puerta del hospital, busqué a alguien con el pelo raro. ¿Tendría rastas? ¿Llevaría el pelo punk? ¿Trenzas africanas? La duda me tenía en ascuas.
A lo lejos vi a una chica apoyada en su coche, con gafas de sol y, efectivamente, llamaba la atención por su pelo: lo llevaba a lo afro, pero la peculiaridad era que llevaba un arcoíris por toda la melena. Era, cuando menos, curioso de ver. Además, llevaba un maquillaje y una vestimenta tan extravagante como su pelo. Desde luego, no podría pasar desapercibida ni aunque se lo propusiera.
—Imagino que tú debes ser Jolene.
—¿Sookie? —Me abrazó como pudo con Adele de por medio—. Estaba deseando conocerte.
—¿En serio?
—Sí. —Cogió mi mochila y la dejó en el maletero, que lo tenía preparado para cuando llegase—. Mi tío me ha hablado mucho de ti.
—¿Quién?
—Oh, perdón. Me refería a Alcide.
—No sabía que tuviera una sobrina. No suele hablar mucho de su vida privada…
—Ya imagino. En verdad es una manera de hablar. No es que lo sea de manera literal, pero es alguien importante en mi vida, porque él estuvo ahí cuando más lo necesitaba mi madre. Sobre todo cuando mi padre desapareció sin dar señales de vista.
—Entiendo. Alcide, como siempre, ayudando a los más necesitados.
—Sin él no podría haber podido seguir adelante cuando ella murió hace dos años. —Abrió la puerta trasera, donde estaba dispuesto ya un asiento de bebé—. Y entre esas charlas de madrugada, me hablaba de ti y las aventuras que habéis vivido juntos.
—Bueno, no han sido tantas, la verdad —dije, mientras soltaba la mochila portabebés y colocaba a Adele en el asiento.
—A mí me han parecido fascinantes, en serio.
—No son para tanto, pero vale.
—No seas tan modesta, Sookie. Pienso que eres mucho más valiente de lo que crees.
—¿Valiente? Solo soy una superviviente.
—Y encima eres una telépata.
—¿Alcide te dijo eso?
—En verdad fue Kandace, pero no te enfades, lo dijo como un comentario tonto y me pidió que no se lo dijera a nadie.
Nos subimos al coche y nos encaminamos a mi casa.
—En serio, quiero ser como tú cuando sea mayor.
—¿Camarera telépata?
—No —se echó a reír—. Una aventurera, amante del riesgo.
—No sé qué es lo que te habrá contando Alcide, pero no soy nada aventurera ni mucho menos amante del riesgo. Soy feliz con estar en calma y sin problemas.
—¿Estás segura? Porque tengo entendido que has regresado de unas vacaciones y ya estás en peligro nada más llegar.
—Sí, pero yo no he buscado nada de eso. Y tampoco estoy segura de si eso es cierto o no. Ni siquiera me fío ahora mismo de quien dice que estoy en peligro.
—¿Eric, el vampiro vikingo? —Lo dijo con tanta naturalidad, como si fuese un héroe de guerra o algo por el estilo, que me dejó pasmada—. No deberías desconfiar de él. Yo le tengo como un hombre muy sabio.
Bufé.
—¿Hombre? Acabas de decir que es vampiro. De hombre le queda poco.
—Ya me entiendes.
—¿Acaso le conoces?
—Hace un mes, cuando contrató a Alcide.
—¿Cómo que contrató a Alcide?
—Sí, para que la manada vigilara la posada que está construyendo. Por lo visto, estaban teniendo problemas, porque alguien se estaba llevando material y, bueno, Eric pensó que ellos harían un gran trabajo.
—¿Por qué Alcide no me ha contado nada de esto?
Jolene se encogió de hombros.
—Ya sabes lo orgulloso que es cuando quiere.
—Sí, lo sé de sobra. Pero me sorprende que haya hecho tratos con Eric. Nunca se han llevado especialmente bien.
—Ya me di cuenta cuando me hablaba de él, pero hablé con él un poco y a mí me pareció muy interesante. Y muy guapo.
Fruncí el ceño. Me estaba extrañando que una mujer lobo se estuviera interesando de ese modo en un vampiro. Pero Jolene no era, ni de lejos, normal.
—No pienso negar lo de guapo e interesante. Qué te voy a contar.
—Sí, tú fuiste su pareja hasta que esa loca de la reina de Oklahoma se lo llevó.
—Fue por culpa del creador de Eric, pero sí, algo así.
—Oh, eso no lo sabía. ¿Podrías contármelo? Me resulta muy intrigante todo.
—No me apetece mucho recodar esa época.
—Oh, vaya, lo siento mucho. Es que cuando me emociono, no pienso en nada más y…
—No pasa nada. No sé, ya lo haré en otro momento. Es que con todo lo de mi hermano, que Eric me oculta cosas y tal… no estoy muy habladora que digamos.
—Estás emocionalmente estresada. Deberías descansar un rato en casa y luego ya se vería.
No tenía muchas ganas de regresar a mi casa, pero me apetecía seguir haciendo las cosas que no pude hacer el día anterior. Necesitaba hacerlo porque era lo único que me mantenía distraída. Jolene me ayudó a limpiar. No quería que hiciera tales tareas, pero se empeñó demasiado y como para negarse. Además, la casa es demasiado grande como para hacerlo una sola. Aunque eso me quitaba trabajo y, por ende, tiempo y, por ende, acabaría antes y no sabría qué hacer cuando terminase.
Pero agradecí la ayuda de Jolene. Me caía bien a pesar de su excesivo entusiasmo. Era buena chica, aunque demasiado parlanchina. Me recordaba, en cierto modo, a Amelia. Miedo me da pensar en estas dos haciéndose amigas.
Me comentó, mientras limpiábamos el salón, que había sido au pair —algo así como una niñera, pero extranjera— en Francia, Italia, Rumanía y Suiza. Me confesó que le encantaba trabajar y viajar, y que ese trabajo le permitía hacerlo, y que era una experiencia bastante interesante si sabes cómo hacerlo. No he tenido la ocasión de conocer a nadie que haya sido au pair, pero sus historias eran bastante entretenidas.
Pedimos pizza para comer. Por insistencia de Jolene, por supuesto. Le avisé de que los repartidores de pizza se suelen hacer un lío a la hora de encontrar mi casa, pero ella les indicó dónde ir y que nos avisara cuando vinieran a traerla. Se acercó hasta el lugar que les dijo y la trajo en un momento. Ventajas de ser una mujer lobo es que corría mucho más de las que no lo son. Incluso en su forma humana.
Tener a Jolene en casa me dejaba mucho más tranquila, porque así podría estar pendiente de Adele mientras yo hiciera cosas. Aunque sea echar una siesta. O leer. O lo que fuese. Por suerte, la racha de Adele a negarse a comer había terminado y conseguí que se comiera la papilla que le preparé para comer —puré de verdura— y parecía que estaba como si nada.
Tal vez fuese lo que me decían, que los bebés a veces se comportan de tal mamera que nos preocupa sin tener por qué. Y como no podemos comunicarnos con ellos… Me alivió saber que solo había sido un susto y empecé a reírme por lo paranoica que me había puesto. Pero soy primeriza, así que tengo excusa.
La tarde estaba a punto de marcharse y yo me estaba replanteando presentarme en casa de Eric a hablar con él. Sabía que no me iba a devolver la llamada —eso si se molestó en escuchar mi mensaje—, por lo que tendría que patear su pálido trasero yo misma.
Le pedí a Jolene el coche. No quería entrometerla en esto y tampoco le conté a dónde iba. Le dije una pequeña mentirijilla, viendo lo admiradora de Eric que era. No me apetecía tenerla chillando a mi lado o babeando por sus preciosos ojos azules.
No tardé mucho en llegar hasta la casa de Eric —que, en la actualidad, era de Pam, pero cuando regresó a Luisiana, la convirtió en su residencia, por cortesía de Pam, claro— y aparqué cerca de la entrada.
¡Ugh!
Detestaba tener que identificarme ante los vigilantes de seguridad del rey de Luisiana. Le pasé mi carné de conducir al que había en la entrada y abrió la puerta corrediza. Este era simpático, pero los de la entrada a la casa estaban hechos de otra pasta.
Evidentemente, el de la entrada a la casa no me dejó pasar. Nunca entenderé cómo es que el de la verja sí, pero este no.
—Ya me conoces, amigo —le espeté. Era el mismo que no me quiso dejar pasar la última vez que estuve aquí. Tenía ganas de lanzarle una silla a la cabeza por no dejarme esta vez.
—No me han dado la orden de dejarla entrar todavía.
Gruñí.
Me preguntaba cuánto tiempo me iban a dejar aquí fuera esperando. Me estaba empezando a congelar. Suerte que no tuve que traer a Adele conmigo, porque no me gustaría que se resfriase por culpa del idiota del vigilante borde de seguridad.
Detrás de él apareció alguien a quien yo le resultaba una amenaza: Sabrina Townsend. La arquitecta que ha diseñado la posada de Eric y la casa donde se encontraba, No me sorprendía verla allí, puesto que ahora era la nueva pareja de Eric. Pero me llamaba la atención que me recibiese ella y no Pam o Eric. Ya deberían estar despiertos a esta hora.
—Buenas noches, señora Stackhouse —dijo con cierto retintín al mencionar mi apellido—. El señor Northman no puede ayudarle en estos momentos. Si lo desea, puede concertar una cita con él y la llamaremos en cuanto esté disponible.
—Necesito hablar con urgencia con Eric. Aunque tenga que esperar a las dos de la mañana, de aquí no me muevo.
—Lo lamento mucho, señora Stackhouse —cómo sabía que me odiaba que me llamaran así; me estaba cayendo mucho peor que antes—, pero el señor Northman no se halla ahora mismo aquí.
—¿Está en el Fangtasia, con Pam?
—Negativo.
—¿Y dónde está?
—En casos normales, no se lo podría revelar, pero por ser usted alguien especial, le comunicaré que el señor Northman está fuera de la ciudad y no regresará hasta el martes.
—¿Cómo que está fuera de la ciudad? ¿Desde cuándo?
—Eso no se lo puedo decir, señora Stackhouse. Pero le avisaré en cuanto regrese de su viaje.
—¿Y Pam? ¿Puedo hablar con ella?
Se irguió al escuchar su nombre y carraspeó, con una sonrisa estúpida en el rostro.
—La señorita… —hizo una breve pausa, como si decir su nombre le causara asco— Ravenscroft, no se encuentra tampoco en este momento disponible.
—¿Está en el Fangtasia?
—No. Está de viaje, con el señor Northman.
—De acuerdo. Llamaré a Bill, que seguro que él…
—El señor Compton también se ha ido con el señor Northman.
Me estaba cansando su tono pedante. Puse los ojos en blanco.
—De acuerdo. ¿Podrías comunicarle al señor Northman que necesito hablar con él urgentemente?
—Se lo haré saber en cuanto pueda.
No, no lo iba a hacer. Su cara sonriente lo decía todo. Ni siquiera se despidió cuando se dio media vuelta.
Me fui de allí furiosa. El coche no lo tenía muy lejos, pero necesitaba andar un rato. Aunque fuese un par de vueltas por la manzana.
Quería pegarle a alguien. No. Quería pegarle a Sabrina en toda su perfecta cara de presumida engreída. Quería arrancarle cada uno de ese pelo perfectamente peinado. Quería patear su arrogante trasero.
Quería gritar y desahogarme.
Lo hice.
Comencé a gritar como una loca histérica. Un perro comenzó a ladrar desde detrás de un seto no muy lejano a donde estaba.
Me calmé un poco. Pero solo un poco nada más. Saqué mi móvil del bolso y tecleé el número de Eric.
Me iba a escuchar.
Otra vez.
Buzón de voz, cómo no.
—Tú, maldito gusarapo de tres al cuarto —comencé a decir en cuanto escuché el pitido—. Podrías haberme devuelto la llamada. Pero para qué, si el señor está demasiado ocupado estando de viaje con sus amiguitos vampiros y bebiendo sangre espumosa de ricachón apestoso… Pues muy bien, me parece estupendo. Pero me tienes bien harta con tus secretitos, que todos lo saben menos yo. —Le di una patada a una farola y me hice un daño horrible; grité por el dolor y empecé a cojear—. Estupendo, me he hecho daño por tu culpa. Sí, por tu culpa, porque solo me das problemas. Por mí como si no regresas, maldito Eric Fuckman.
Colgué de golpe y metí el móvil de mala gana en el bolso. Intenté caminar, pero me dolía el golpe. No creía que me hubiese hecho nada, pero de todos modos, dolía bastante.
Me dirigí hacia el coche. Ya había tenido suficiente por hoy. Me senté con cuidado en el asiento del conductor y me quité el zapato. Podía mover los dedos de los pies, así que no era nada. Pero aún podía sentir el porrazo. Los encogí varias veces, para que se me calmara el dolor. Funcionaba. Me calcé de nuevo y encendí el motor. Me sonó el teléfono. Esperaba que fuese Hoyt o Michele con buenas noticias.
Oh, vaya…
—Al fin el señor se digna a dar señales de vida.
—Solo te devuelvo la llamada para que dejes de gritarle a mi buzón de voz.
—O sea, que lo escuchas.
—O sea, que lo escucho.
—Y que pasas de mí.
—Y que estoy ocupado en asuntos más importantes.
—Me tienes controlada y ahora me mandas a la manada de Alcide como si nada. Y encima me he tenido que enterar por una chica que ni conozco que has tenido trato con él y hasta has hecho negocios.
—Sí. Su manada me venía bien para lo que necesitaba.
—No, si ya me han puesto al día.
—Ya veo. ¿Y quién te ha dicho que estoy de viaje?
—Tu querida novia, quién si no.
Hizo una pausa. No entiendo por qué, pero fue más larga de lo que esperaba.
—¿Sabrina te dijo que estaba de viaje?
—Sí, ¿por qué?
—¿Y qué más te dijo?
—Nada más. Que estabas con Pam y Bill de viaje.
Otra pausa. Esta vez más larga que la anterior.
—Tendré que hablar con ella.
—¿Por qué? ¿No tenía que contarme nada?
—No. Más bien no tenía que saber nada.
—¿No le has contado que estabas fuera?
—No.
—Pero si es tu novia, pensé que se lo contabas todo.
—No tengo por qué.
¿Por qué tenía la sensación de que no le iba muy bien con ella? Me dio igual. Mejor, que se joda.
—Te llamaba también porque el martes regreso.
—¿Y me contarás lo que pasa?
—Pensaré en cómo hacerlo, sí.
—¿En cómo hacerlo o en cómo contarme lo mínimo para no tener que contármelo todo?
—Hay cosas que prefiero que no sepas. Pero intentaré contar todo lo necesario.
—Muy bien. Dos días de pura incógnita.
—Intentaré irme mañana, pero no prometo nada. Por eso prefiero que sean dos días, porque no se extenderá más tiempo.
—Está bien.
—Por el momento, confía en mí y no te separes de ningún miembro de la manada de Alcide, por favor.
—Pues estoy sola en este momento.
—¿Qué? —Masculló algo en otro idioma que no conseguí entender.
—Estoy bien. Solo tengo dolorido el pie con el que me he golpeado con la farola, pero por lo demás…
—Sookie, hablo en serio. Tú eres muy importante para mí y…
Escuché el tono de la llamada en espera. Miré la pantalla y vi que era Hoyt.
—Eric, tengo que dejarte.
Le colgué sin dejarle terminar y atendí la llamada de Hoyt.
—Hoyt, ¿es Jason? ¿Va todo bien? —Tenía el corazón a mil por hora y solo rezaba para que fuesen buenas noticias.
—Sookie, ha despertado. Jason ha despertado. No ha dicho nada aún, pero está despierto.
Su voz emocionada me llenó de alegría.
Conduje a toda prisa hasta el hospital. La suerte estaba de mi lado, porque no pillé casi ningún semáforo en rojo. En cuanto aparqué en el aparcamiento, le mandé un mensaje a Jolene diciéndole que estaba en el hospital y que tardaría un poco en regresar. Le indiqué también dónde estaba el último potito que le hice a Adele y que le podía hacer otro si veía que seguía con hambre. Algunas veces le pasaba, pero no le había hecho de más esta vez.
Pasé del ascensor por la cola que había y subí hasta la planta de traumatología por las escaleras. Estaba en el quinto piso y subirlas tan rápido hizo que se me escapara el aliento más deprisa. Me faltaba el aire y me estaba mareando. Cómo se notaba que aún no había cenado.
Cuando estaba subiendo los últimos escalones, me paré a descansar y recuperar aliento. No quería entrar y acabar desmayada. Bien. Se me estaba pasando. Abrí la puerta de emergencia y empecé a caminar hasta la habitación de Jason. En la puerta, observando desde la ventaba de la habitación, estaba Hoyt con Holly, que la estaba abrazando.
—Están examinándolo —dijo Holly nada más verme, con una sonrisa enorme en la cara—. Y pronto nos dejarán entrar a verlo y hablar con él.
Vi cómo el doctor le pasaba una diminuta linterna por los ojos y le hacía mirar a su dedo índice, mientras pasaba de un lado a otro. Anotó algunas cosas en la ficha y se guardó el bolígrafo en el bolsillo. Después salió a recibirnos.
—De momento, parece que está bien. Aunque aún le tenemos que hacer algunas pruebas y lo mantendremos en observación, creo que en unos días podría regresar a casa.
Michele llegó justo a tiempo para entrar. Le puse brevemente al corriente —no había mucho que contar—, así que nos acercamos a la cama de Jason en cuanto el doctor nos dejó pasar a la habitación. Como éramos cuatro, solo nos permitió cinco minutos, porque no se podía saturar la habitación con tantas visitas.
Quería llorar. Sabía que Jason saldría de esta. Porque siempre lo hace. Es de complexión fuerte y se cuidaba mucho. Hacía deporte y comía sano —solo se permitía saltarse la dieta en algunas ocasiones especiales— y seguramente su parte pantera le estaba curando más rápido. Su ojo derecho estaba mucho mejor que ayer.
Nos sonrió al vernos y me di cuenta de que tenía un diente partido. No era mucho, pero se le notaba bastante. Tendría que llevarle al dentista a que le arreglasen eso. Pero ahora no era momento de pensar en eso.
—Hola, Jason —le dije, sentándome en la silla de al lado de la cama y cogiéndole de la mano sana—. ¿Cómo te encuentras?
Cuando me miró, se le desvaneció la sonrisa.
—Estoy sedado —contestó arrastrando las palabras—, pero aún siento un poco de dolor en la pierna y el hombro.
—Eso es que te estás poniendo bien, cariño. —Le apreté la mano con suavidad y la miró como si estuviera haciendo algo que no entendiera.
Nos observó a todos con la mirada perdida. Debía estar muy sedado aún. Le costaba respirar un poco. Frunció el ceño cuando fijó su mirada en Hoyt.
Abrió la boca varias veces y la cerró sin decir nada. Arqueó las cejas, como sorprendido de vernos.
Finalmente, abrió la boca una vez más para decir:
—Lo siento, pero… ¿quiénes sois?
NDA: Prefiero no hacer comentarios. xD Estoy con el reto de escritura y esto es lo que me sale.
Bueno, agradecer los comentarios, como siempre, de Cari1973 (gracias por aclarar tu comentario anterior. xD Yo también tengo un humor extraño -que aún no he sacado, pero seguro que lo haré-, por lo que no te lamentes. :P); ciasteczko (Thank you very much for your beautiful words. :3); Perfecta999 (I hope I have answered some of your questions. Thank you for your review. :3).
Y eso es todo por ahora. Espero que os haya gustado, aunque solo sea un poquito.
Un saludo y hasta la próxima.
~Miss Lefroy~
18/03/2021
