VI.

El médico nos dijo que era normal lo que le pasaba a mi hermano. Teniendo en cuenta el golpe que recibió, raro era que no tuviera nada peor. Nos convenció de que tuviéramos paciencia con su recuperación.

Michele era la que peor lo estaba llevando porque no se creía que estuviera bien del todo. Se sentía fatal por todo lo ocurrido cuando se separaron y que quería pasarse el resto de su recuperación con él.

Me estaba acordando ahora de la nueva novia —o ligue, yo qué sé cómo llamarla— y me estaba dando pena no poder avisarla. En el hospital me dieron las pertenencias de mi hermano —ventajas de ser la hermana, porque a su esposa no se las quisieron dar, no entiendo por qué— y pude encender su móvil, pero no conseguí encontrar nada con el nombre de Stephanie. Tal vez la llamara de otra manera o simplemente no se llamaba así, Me decanto más por lo segundo.

No me iba a molestar en seguir buscando. No la conocía, no sabía nada de ella, por lo que se iba a quedar así hasta que apareciera de repente irrumpiendo en la habitación en modo dramático, con los ojos llorosos y preocupada en exceso, como suelen hacer en las telenovelas de médicos.

O puede que no ocurra nada de esto porque no tenga novia.

¿Podría estar mi hermano inventarse una? Nunca lo ha hecho, por lo que es poco probable.

Me pregunto cómo sería. Aunque tampoco me va a quitar el sueño.

Lo que me llama la atención, es que no le dejara ni un solo mensaje ni llamada perdida ni nada. Más a mi favor de que no es real.

Estuve un rato más con él, pero la enfermera nos echó prácticamente a todos. Tenían que hacerle un montón de pruebas para ver que todo estaba bien, por lo que aproveché y regresé a casa.

Estaba mentalmente agotada. Entre la reciente amnesia de Jason y la llamada tan intrigante de Eric, estaba cansadísima.

Solo esperaba poder cenar tranquila, sin tener a nadie de la manada por allí pululando, como la noche anterior. Ugh, detesto todo este asunto.

Y no me creo un carajo que Alcide no sepa nada de lo de Eric. Si ahora son amiguitos, a tal punto de que confían el uno en el otro, ¿por qué no iba a decirle todo esto? Vamos, que no me creo nada.

En verdad, no sé en quién confiar ahora mismo, porque veo que todo el mundo me miente.

Desconecté el cerebro de camino a casa. Puse la radio a todo volumen. Me vino bien cantarI don't want to wait de Paula Cole a toda voz, con mi espantosa voz, pero que me dejó como nueva en cuanto entré en el camino a mi casa.

Me desestresó ese poco rato que estuve desgañitándome y destrozando canciones. Era muy terapéutico, sí.

A lo lejos vi la caravana de Jason.

Klaus.

Había llegado. Apreté el acelerador y aparqué justo al lado. Bajé lo más rápido que pude y entré en la cocina, con la esperanza de que ya se encontrase allí, pero no, no estaba. Llamé a Jolene, para preguntar si lo había visto, pero no me contestó.

Subí hasta la habitación de Adele. Estaba allí, durmiendo a la pequeña, que se le notaba que había cenado ya.

—¿Has visto al que ha traído la caravana de afuera? —inquirí atropelladamente.

—¿Quién, Klaus?

Asentí.

—Estoy aquí, Sookie. —La voz de Klaus detrás de mí me llenó de felicidad.

Me abalancé hacia él y le di un enorme abrazo.

—¡Klaus! Me alegro de que estés aquí.

—Al final hemos podido venir antes porque cogimos un atajo muy bueno y tardamos mucho menos de lo previsto. ¿Cómo está tu hermano?

—Pues ha despertado esta tarde.

—Eso es maravilloso, Sookie. Estabas muy angustiada hace unos días, así que me alegro de que esté mucho mejor.

—Sí, aunque hay algunos inconvenientes.

—Uy, eso no suena muy bien.

—Debido al golpe que se dio en la cabeza, tiene amnesia, pero el médico nos ha dicho que irá recuperando la memoria poco a poco.

—Eso seguro. Además, cuanto más tiempo estés con él, antes lo hará. Pero debes dejar que fluya solo. Si lo fuerzas demasiado, lo único que conseguirás es que se hostigue y no avance tan rápido como debería. Sé natural con él, como si nada. Y ten paciencia. Hay pacientes que tardan más y otros, menos. Pero si te han dicho que su diagnóstico es bueno, eso es buena señal.

—Gracias por tus sabios consejos, Klaus.

Me gustaba tenerle cerca, ¿lo he dicho ya? Eso de tener un médico en casa era lo mejor que podía pasarme en estas circunstancias.

—¿Y cuándo regresas a Vancouver?

—¿Quieres que me marche ya? Acabo de llegar.

—No, no —me ruboricé—. Pero tal vez quieras volver a casa y descansar y…

—No. Había pensado quedarme unos días por aquí.

—Me parece maravilloso.

—Sí, además, así puedes irte a ver a tu hermano al hospital todo el tiempo que necesites o que quieras, sin tener que llevarte a la niña.

—Eres un sol, Klaus, de verdad. ¿Dónde te habías metido todo este tiempo?

—En todas partes.

Me eché a reír. Jolene salió del cuarto de Adele, interrumpiendo la conversación.

—Sookie —comenzó a decir—, ya que tu amigo está aquí y tienes tu coche de vuelta, supongo que ya no me necesitas, al menos de momento. Hablaré con Alcide para ver qué tengo que hacer, pero ahora mismo he de irme, porque tengo a mi hermana pequeña embarazada e histérica porque no encuentra la marca de pepinillos en vinagre que le gusta, y como no vaya, siento que mi cuñado se va a tirar por el balcón.

—Vete y cuida de tu hermana. Y dile a Alcide que no hace falta que venga. Me las puedo apañar sola.

—Como quieras. Aunque tal vez venga en otro momento para ver cómo está esa ricura de criatura que tienes por hija.

—Cuando quieras, mi puerta siempre la tendrás abierta.

—Gracias. —Me dio un abrazo tan grande que casi me ahoga; también le dio otro a Klaus, que le fue correspondido sin rechistar.

Estaba que me moría de hambre y me hice algo de cenar. Klaus me dijo que ya había cenado antes de llegar, pero le conozco lo suficiente como para saber que le iba a dar hambre en nada, así que le preparé algo para él. Hice unas hamburguesas con patatas, una ensalada y de postre, helado de chocolate con pepitas. Sí, sé que estamos en mitad de noviembre, pero tenía antojo. Además, a Klaus también le gusta.

—Por cierto —comenzó a decir Klaus, mientras degustaba la hamburguesa que le preparé—, dejé mis cosas en el cuarto del ático. Espero que no te molestara que lo hiciera, pero me pareció una habitación muy bonita y es una lástima que esté tan solitaria.

—No, no te preocupes. Acomódate donde más te guste. Me alegro de que te sientas cómodo en esa habitación.

—Es un alivio.

—Y, cuéntame, ¿qué tal con ese compañero de viaje? Pensé que vendría por aquí aunque sea para saludar y darle las gracias por todo.

—Oh, no, Oliver se ha quedado en Shreveport. Ha ido a ver a su hermana, que está enferma y se tiene que hacer cargo de sus sobrinos.

—¿Qué le ocurre?

Se metió un trozo de hamburguesa en la boca y me sonrió.

—Tiene leucemia.. Pero yo no te he dicho nada.

—¿Y cómo os habéis conocido?

—Él me había preguntado qué autobús iba hasta Luisiana y yo le dije que iba para acá, así que… No me importó llevarle.

—Vaya. Yo no sé si hubiese sido capaz de hacer algo así con un desconocido.

—Bueno, a veces hay que confiar en las personas, si no, no sería divertido.

—Sí, pero imagina que llega a ser un asesino en serie o un prófugo.

—No parecía preocupado por ninguna de las dos cosas.

—Tú siempre atraes a las buenas personas, no sé cómo te las apañas.

—Eso ya lo sabía. Por eso te conocí.

Me puse colorada. Supongo que eso era un halago.

—Siento curiosidad por saber si te costó mucho encontrar mi casa.

—No pienso negar que me desorienté un poco, porque esta zona es algo liosa para llegar, pero le pregunté a una amable mujer y me indicó muy bien. Creo que ya había estado aquí.

—En este pueblo nos conocemos desde hace muchos años. Algunos vecinos llevan generaciones aquí. ¿Te dijo cómo se llamaba?

—Me dijo que se llamaba Fortenberry.

—Oh, sí. Es la madre de Hoyt, el mejor amigo de mi hermano.

—¿En serio? Qué pequeño es este pueblo, entonces.

—Mucho más de lo que piensas. Ya te dije que nos conocemos todos.

—Me contó algo muy interesante.

—¿El qué?

—Me dijo que tuviera cuidado contigo porque eras muy amiga de los vampiros.

Me quedé muda. Pero la señora Fortenberry siempre fue algo reacia a que yo tuviera relaciones con vampiros.

—Sí, así es.

Klaus me miró algo serio, más de lo que normalmente suele ser.

—No me molesta, pero me hubiera gustado que me lo hubieses dicho tú.

—Lo siento. No sabía que fuese importante…

—No —comentó más relajado; imagino que sería porque me había visto inquieta por el comentario—. No te disculpes. Son cosas de tu vida privada y no tienes que contármelo todo, pero teniendo en cuenta de que vivo en un pueblo donde los chupasangres no son bienvenidos que digamos… Tampoco me sorprende que me lo ocultaras.

—No te lo oculté. Simplemente no lo mencioné.

—Es casi lo mismo. Además, sé que ese tal Eric es vampiro.

—Cómo lo sabes?

—Porque me lo dijo la señora Fortenberry.

Me sentía incómoda por la conversación, sobre todo porque me daba la sensación de que a Klaus no le gustaban mucho los vampiros por cómo hablaba.

—¿Puedo preguntarte si tienes algún problema con ellos o solo estás comentando esto por otra razón? Lo digo porque si es lo primero, te aviso que mi único vecino, Bill, es vampiro también.

—¿Y saliste con él?

—Durante un tiempo, sí.

—Vaya, eso sí que no me lo esperaba. Ahora me dirás que el tal Eric también es tu exnovio y ya me dejas muerto…

Me quedé en silencio, con los ojos fijos en mis patatas fritas, Creo que captó la indirecta.

—Oh, vaya.

Tragó saliva.

—A ver… —continuó—, que yo no estoy en contra de ellos. Es más, he conocido a unos cuantos y la verdad es que me caen bien,

—Sí, no todos son tan malos como los pintan. Y muchos, por no decir la mayoría, han tenido que sobrevivir con lo que podían porque antes no existía la sangre sintética y tenían que alimentarse con lo que conseguían, pero ahora hay gente que se presta voluntaria para eso y se hace todo de forma muy pacífica. También los hay que son nómadas y hacen lo que quieren, pero de esos hay muchos menos de los que cree la gente, porque tiene que haber de todo en la viña del señor.

—Sí, como ya te digo, he conocido a muchos que han sido muy interesantes. Pero no todos…

Se quedó mirando su plato de ensalada, como recordando algo muy doloroso y lo estuviera reviviendo otra vez.

—No sé si quiero saber…

Levantó la mirada, sacudiendo la cabeza, espantando ese recuerdo de su mente.

Me miró, tomando una gran bocanada de aire.

—Un vampiro mató a mi mejor amigo de la infancia, eso es todo.

Abrí los ojos del espanto. No me esperaba para nada aquella confesión. Quería meter la cabeza debajo de la tierra y no sacarla de allí hasta mañana. Sentía que había abierto una herida que estaba muy cerrada y no sabía cómo salir de aquello. Preferí no decir más nada, porque no quería seguir metiendo la pata.

—Lo siento. Debió ser terrible. —No sabía qué más decirle. Si quería cambiar de tema, lo entendería y no volvería a mencionar esto.

—Gracias. Fue horrible, sí. Él estaba pasando por un mal momento y lo dejé un rato solo porque mi madre me llamó. Éramos muy jóvenes, y él era muy guapo. No sé si ese vampiro se encaprichó de él o qué pasó, pero cuando llegué, no pude hacer nada. Intenté apartarlo de mi amigo, pero ese vampiro me lanzó lejos de allí. Estaba destrozado. Jamás olvidaré la mirada ausente de mi mejor amigo, tirado en el suelo, sin moverse. Solo pensaba en buscar a ese vampiro y matarlo con mis propias manos, pero otras circunstancias hicieron que me quitara la idea de la cabeza.

Volvió a mirarme con esos ojos tan llenos de tristeza y nostalgia. Ojalá pudiera leer su mente y ver qué pasó aquella noche, pero por otro lado, era demasiado personal como para meterme en ese momento tan trágico.

—Sé que lo convirtió en vampiro. —Alcé las cejas, sorprendida—. Lo sé porque estuvo dándole de su sangre mientras estaba tumbado en el suelo.

—¿Le has vuelto a ver?

Negó con la cabeza,

—Fue una de las razones por las que no le busqué. Sé que cuando son nuevos, no es buena idea que estén cerca de sus seres queridos, porque pueden dañarlos sin que se lo propongan y luego pueden arrepentirse.

—Sí, es algo así. Y porque supuestamente están muertos y no se pueden relacionar con nadie cercano.

—En parte, él fue la razón por la que me hice médico. Sé que no puedo ni podré curar el vampirismo, pero sí puedo salvar vidas de algún otro modo.

—Tal vez porque te sientes culpable por no haber podido hacer nada por tu amigo —afirmé de tal manera que ni me di cuenta de que no era una pregunta.

—Puede ser. Pero igualmente, jamás me perdonaré lo que le pasó.

—No fue culpa tuya, Klaus. —Alargué el brazo para apoyar mi mano en la suya y consolarlo de algún modo.

—Lo sé, pero no lo puedo evitar. Jamás se me podrá ir de la mente su rostro. Y me perseguirá de por vida.

—Lamento mucho eso. No sé qué más decirte.

—No digas nada. Y, como ya te digo, he conocido a otros muy interesantes. ¿Sabes que uno de ellos es el mismísimo Elvis Presley?

Me eché a reír.

—Sí, conozco a Bubba.

—Oh, vaya, ¿en serio? Yo estuve alucinando durante días cuando le vi después de un concierto de Bob Dylan, en un callejón oscuro. Estaba comiéndose un gato, o chupándole la sangre, supongo, y me pidió que no le contara a nadie que le había visto…

—Sí, por eso se hace pasar por Bubba. No se quedó muy bien después de su conversión y…

—Me lo contó cuando le oculté en mi casa.

—¿Lo tuviste en tu casa?

—Solo una noche. Y durmió en mi armario.

—Eso es un lujo. Aunque aquí también ha pasado una noche.

—¿Aquí?

—Sí, es amigo de Eric, y de todos los vampiros en general, y suele ser mi guardaespaldas de vez en cuando.

—Caray. La de cosas interesantes que me entero.

—Sí, soy una caja de sorpresas. —Le sonreí mientras devoraba mis patatas—. ¿Y has conocido a otros vampiros ilustres o solo ha sido Bubba?

Se encogió de hombros, terminándose su hamburguesa.

—Ilustres ninguno, pero sí milenarios.

—¿En serio?

—En serio. Uno, al menos. Tenía, si no recuerdo mal, unos dos mil años.

—¿Y recuerdas cómo se llamaba? —Se me vino a la mente el creador de Eric y se me puso los pelos de punta solo de pensar que Klaus pudiera habérselo encontrado alguna vez.

—Godric. Pero fue hace mucho. Tuvimos una especie de amistad que duró un tiempo, pero… no sé nada de él desde hace años. La última vez que le vi fue poco antes de que los vampiros salieran de sus ataúdes. De hecho, él fue quien me lo dijo.

Me quedé atónita. Recordaba a Godric a la perfección. Y también su muerte.

—Yo conocí a Godric también. Pero no sabía que le conocías tú.

—Fue hace muchos años. De cuando vivía en Inglaterra. Él estaba allí buscando a uno de los suyos que había desaparecido. Pero cuando lo encontró, se quedó un tiempo más por asuntos que nunca me llegó a decir.

No sabía si debía decirle el destino que decidió tomar Godric, pero preferí no hacerlo. No quería ser yo quien le diera el disgusto.

—¿Y qué es lo que hacíais cuando os veíais?

—Nos reuníamos de vez en cuando para hablar.

—¿De algo en particular?

—Pues de todo. De política, de ciencia, de literatura, de arte, de filosofía… No planeábamos nunca sobre qué hablar, simplemente quedábamos y disfrutábamos de la compañía y la conversación del otro. Era un vampiro muy interesante, de verdad.

—Concuerdo. Aunque yo no tuve el placer de hablar de todo eso cuando le conocí.

—¿Y cómo le conociste?

—Desapareció y me necesitaban para encontrarlo.

Lo dije sin pensar y ahora me estaba arrepintiendo. No sabía cómo explicarle el porqué tenía yo que ir.

—¿Y eso?

Tenía dos opciones: o pensar en una buena mentira o contarle la verdad. Y teniendo en cuenta de que estaba enfadada con Eric por no contármela, me sentiría muy hipócrita de mi parte si no lo hacía. Tomé aire para prepararme para mi confesión.

—Me necesitaban porque yo soy…

—Una agente del FBI infiltrada en busca de sospechoso por el asesinato de tu difunto marido, peor te despidieron por involucrarte demasiado y tomarte la justicia por tu cuenta y ahora estás viviendo la vida que quiso llevar tu madre de estar viva…

Le miré con los ojos entrecerrados y una ceja arqueada. Desde luego, imaginación tenía un rato.

—Ves demasiadas películas de ese tipo, mi querido Klaus.

Se echó a reír. Se tuvo que tapar la boca para no escupir las patatas que llevaba en la boca.

—Solo te estaba tomando el pelo. Te he visto tensa y quería que te relajaras. A no ser que haya acertado… —Me miró muy serio, esperando mi respuesta.

—No. Siempre he sido una simple camarera.

—Una simple camarera a la que los vampiros utilizan para encontrar a otro de ellos… Eso no se ve todos los días, que yo sepa.

—Yo… tengo un don.

—¿Uno del que nadie quiere que sepa para que no te miren raro?

—Algo así.

—Entonces eso tiene sentido. —Me sonrió metiéndose otra patata en la boca—. Pero no me lo tienes que contar si no quieres. Si los vampiros confían en ti debe ser por algo bueno.

—Sí. Para ellos soy especial por mi habilidad.

—Ya eres especial sin ese don, Sookie.

Me puse como un tomate. Nadie me había dicho nada parecido. Tal vez iba siendo hora de revelarle mi secreto.

—Soy una telépata.

Klaus alzó ambas cejas, mirándome con incredulidad.

—¿Puedes leer mentes?

—Así es.

—¿Incluso la de los vampiros? Porque eso debe ser muy interesante. —Hizo mucho énfasis en 'muy'.

—No. A los vampiros no les puedo leer la mente.

—Menos mal, porque ellos no están vivos exactamente. No tienen actividad cerebral, ergo, es como ver a través de un muro de piedra.

—Sí, exacto. Eso mismo es lo que pienso yo.

Klaus se me quedó mirando, con una mano apoyada en el mentón.

—Eres fascinante. Mucho más de lo que pensaba.

—Yo lo veo más como una maldición.

—¿En serio? Porque yo no lo veo así.

—Eso es porque no lo has tenido que soportar toda tu vida.

Se quedó callado, como avergonzado por no haber caído en ese detalle.

—Pues con más motivo creo que eres fascinante, porque habrás tenido que aguantar cosas que las demás personas no.

—Demasiadas, diría yo.

—Y habrás aprendido a hacer otras cosas para poder manejar tu don.

—Sobre todo a callarme lo que piensan los demás. Es como meterme en la vida privada de la gente y no siempre es cómodo saber lo que piensan de ti.

—No me quiero ni imaginar cómo debe ser eso.

Miró a su plato, pensativo. Parecía estar recordando algo. Regresó su mirada hacia mí y me sonrió.

—¿Eso quiere decir que sabes lo que estoy pensando ahora mismo?

Negué con la cabeza.

—No. Lo he intentado, pero contigo no puedo.

—¿De verdad? —Enarcó las cejas, sorprendido—. Porque estaba pensando en algunas cosas que creía que ya sabías y me estaba sorprendiendo de que no dijeras nada al respecto.

—No. No sé nada más allá de lo que me has contado.

—¿Y eso te gusta o te disgusta?

—Por un lado me gusta. Me pasé durante años despertándome con los pensamientos de mi hermano y mi abuela y, aunque ya me acostumbré a ello, nunca estaba en silencio. Nunca terminé mis estudios porque era imposible concentrarme teniendo a tanta gente pensando sus respuestas, muchas veces de forma distinta y confusa, por lo que era un incordio. Pero por otro lado, me frustra no poder usar mi habilidad para saber qué piensas. Será una tontería, pero mi don me ha permitido siempre saber si alguien es buena persona o no. Esa ha sido la mayor ventaja. Y no digo que seas mala persona, pero teniendo en cuenta de que no eres un vampiro, es extraño tener a alguien enfrente a quien no le puedo leer la mente y no hay explicación a ello.

—Tal vez cuando nací me pusieron una placa de aluminio en la cabeza y no deja mandarte señales… —Se echó a reír. Yo también lo hice.

—Esa sería una buena explicación.

—Oh, no sabes lo interesante que resultas para alguien como yo, Sookie. De verdad, me gustaría que algún día me dejaras averiguar cómo funciona tu espléndido cerebro con ese poder tan extraordinario que tienes y…

Se frenó en seco al ver mi cara tan seria. No me estaba haciendo mucha gracia lo que me estaba sugiriendo.

—Oh, vaya… —se ruborizó, al darse cuenta de que estaba hablando de más—. No pretendía que sonara como si quisiera experimentar contigo ni nada.

—Eso espero, porque por eso mismo no se lo cuento a nadie. Ni al mundo. Me preocupa la idea de que alguien equivocado se entere y quiera experimentar conmigo y hacerme pruebas como si fuese un hámster.

—Lo siento, no lo haré… —Se sentía incómodo, se lo pude sentir; aunque no le escuchara, Klaus era tan transparente que se le notaba desde lejos que había metido la pata—. No se lo contaré a nadie si es lo que te preocupa.

Sonreí con más calma.

—Si no confiara en ti, no te lo hubiese contado.

Se relajó bastante.

—Ahora lo entiendo todo.

—¿El qué?

—El que no quisieras irte de Rocherton. Eso de que nadie sepa lo que eres… debió ser un alivio para ti.

—Sí, el poder ser alguien normal es algo que siempre he deseado.

—Es muy triste que digas eso, porque ser normal es aburrido. Me gusta la gente única como tú.

Esta vez le sonreí más ampliamente y de verdad. Era un encanto, eso no lo podía negar.

—Eres un cielo, Klaus. Pero no sabes lo frustrante que es tener esta habilidad.

—¿Y no has conocido a nadie como tú? Es extraño, pero tal vez no estés sola.

—Sí. Hace años conocí a un telépata como yo y fue estupendo. Pero él se estaba haciendo muchas ilusiones conmigo y… —suspiré—. Ahora somos amigos, aunque hace mucho que no hablamos. De vez en cuando nos mandamos algún e-mail para contarnos cosas nuestras y poco más. Hace poco me enteré de que está viviendo en California con un gato. Y que es feliz allí.

—Vaya, pensé que me dirías que sois íntimos amigos, con eso de que compartís el mismo don.

—No. Al principio me hizo ilusión, pero… Fue lo mejor para los dos. Nos hubiésemos llevado mal de haber mantenido un contacto mucho más cercano.

—Entonces me alegro de que no estés sola y que puedas compartir con alguien tu habilidad.

—Por supuesto.

Me sonrió y se quedó pensativo.

—Lo que me sorprende es que Godric no hablara mucho contigo sabiendo lo de tu habilidad.

Me erguí en mi asiento. Me estaba preocupando hablar de más.

—Con él hablé poco, pero de otros asuntos.

—Empiezo a sentir mucha curiosidad. Es alguien a quien aprecio mucho y me gusta saber que alguien más le conoció. Ojalá le vaya bien allá donde esté ahora.

Me quedé en silencio. ¿Debería decirle lo que ocurrió? Lo pensé unos segundos.

Debería.

—Klaus… hay algo de Godric que deberías saber…

Me miró con el ceño fruncido y yo no tuve valor para mirarle a la cara.

—Por tu rostro no debe ser nada bueno, ¿verdad?

Era muy intuitivo y no se le podía engañar.

Negué con la cabeza.

—Nada bueno.

Tragué saliva.

Klaus miró a su plato, entendiendo lo que le quería decir.

—Era algo que sabía que podría ocurrir, pero siendo alguien tan longevo…

—Él lo quiso así.

Me miró, pero no parecía estar sorprendido por mi comentario.

—La última vez que le vi, poco antes de la salida de sus ataúdes, no le vi bien. Empezó a hablar de un modo muy melancólico y temí por él, pero no pensé que fuese a hacer nada.

—Tenía muchos demonios que le perseguían constantemente.

Klaus asintió, dándome la razón.

—Éramos amigos y me lo contaba todo. Fui su mayor confidente durante nuestra amistad. Pero si fue lo que él quiso, quién soy yo para juzgarle.

—Si te sirve de consuelo, él se marchó feliz.

Me dedicó una sonrisa triste.

—Me alegra escuchar eso.

—Estuve con él en su último momento y… estaba tranquilo, sin miedo.

Klaus alargó un brazo y tocó el mío, como un gesto de agradecimiento.

—Gracias por haber estado ahí con él en sus últimos minutos.

Me encogí de hombros.

—Me resultaba triste que él quisiera morir estando solo. Y nadie debería irse de ese modo. Así que me quedé con él hasta que ya no había más que polvo.

Me cogió de la mano y me la apretó.

—¿Tienes helado?

—De chocolate.

—¡Por favor! Eres la mejor.

Me fui a dormir después de otra larga charla con Klaus. Me hizo un montón de preguntas, sobre cómo canalizaba yo mi tara y cómo se sentía y cosas así. Lo interpreté como curiosidad en vez de otra cosa, así que me sentí mucho más cómoda de lo que pensaba en un principio. Klaus siempre hace las cosas de tal manera para que yo me sienta a gusto hasta con mi telepatía. Aunque no la pueda usar con él, pero al menos era agradable.

Adele volvió a dormir en mi dormitorio. Hasta que Eric no me aclarase lo que pasaba, yo no me quedaba tranquila dejándola sola en su cuarto. Por suerte, ahora tenía todas sus cosas, ya que Klaus me las había puesto en mi cuarto. Lo demás aún estaba en el coche y la caravana, pero ya lo ordenaría todo por la mañana. No me preocupaba eso.

Respiré profundamente, pensando en el día que había tenido y me quedé dormida en seguida.


El hotel estaba repleto. Le costó poder escaparse de la fiesta, pero al final lo consiguió.

La puerta del ascensor de la séptima planta se abrió. Llegó hasta el pasillo donde estaba la habitación que buscaba.

710…, 711…, 712…, 713…, 714…, 715. Aquí era.

Llamó a la puerta con los nudillos y un segundo después estaba abierta. Miró a ambos lados, comprobando que nadie le había visto, y entró.

—Pensé que ya no vendrías. —La voz de Bill Compton murmuró detrás de la puerta.

—No he podido escaquearme antes —se disculpó Eric—. Garland y JJ estaban dándome la brasa y no me querían soltar.

—No importa, no llevo mucho tiempo esperando.

—¿Alguna novedad?

Bill fue hasta la pequeña nevera del hotel y sacó un par de botellas, ofreciéndole una a Eric.

—Aún no. Aunque puede que tenga una pista.

—¿Cuál?

—Ferdinand dijo algo de un guardaespaldas. —Abrió su botella y le dio un buen sorbo a su contenido—. Pero he de averiguar de quién se trata.

—Estamos dando palos de ciego, Bill.

—Lo sé, pero no podemos rendirnos ahora. Si van a por Sookie, tendremos que ir un paso por delante de ellos.

—Es muy cabezota y no va a dar su brazo a torcer.

—Habrá que recurrir al plan B para sacarla de Bon Temps.

—No —sentenció Eric—. No pienso recurrir a ese plan.

—Pues algo tendremos que hacer. Cada segundo que pasa allí es peligroso.

Eric se masajeó las sienes y se sentó en el borde de la cama. Le dio un trago largo a su bebida y se limpió la boca con el dorso de la mano.

—Y si no tuviera suficiente, tengo el problema de Sabrina.

—¿Qué pasa con ella?

—Que no sé cómo se ha enterado de que estamos aquí.

—¿Cómo te has enterado?

—Por Sookie. Se lo dijo cuando fue a mi casa para hablar conmigo.

—Déjame adivinar: no le ha hecho gracia que le mandaras escoltas lupinos, ¿verdad?

Eric puso los ojos en blanco y le dio otro sorbo a su sangre sintética.

—¿Has hablado con ella?

—Ese es el asunto. Me ha dicho que alguien me escuchó hablar por teléfono reservando los billetes de avión. Pero no había nadie, al menos que yo sepa.

—¿Crees que tienes micrófonos en tu casa?

—Eso es lo que me temo.

—¿Y te ha dicho quién fue?

—Negativo. Por lo visto, se le escapó porque pensaba que yo le había contado todo y no fue así. Y no quiere perjudicar a nadie.

—¿Te molesta que lo sepa?

—Me molesta que se lo haya dicho a Sookie para hacerse la importante. Y lo ha hecho porque está enfadada conmigo por no habérselo comentado.

—¿Y qué vas a hacer?

—Por el momento, hablaré con ella cuando regrese a Shreveport y le pediré que deje en paz a Sookie. Y que no sea tan condescendiente con ella. —Puso los ojos en blanco otra vez—. No me gusta que se comporte así con la gente que es importante para mí.

—Hay cosas que no cambian. —Eric le miró enarcando una ceja—. ¿Qué? Es cierto. Ya se comportaba así cuando la conociste.

—Ya veré qué hago cuando regrese. De momento, lo dejaré estar porque tengo cosas más importantes en las que pensar.

—¿Sabe ella por qué estamos aquí realmente?

—No. Ni quiero que lo sepa.

—¿No confías en ella?

—Ya has visto cómo le ha ido con el cuento a Sookie. Miedo me da que estropee todo y la ponga más en peligro.

Eric se recostó en la cama. Se encontraba exhausto por todo lo que estaba ocurriendo.

—Sigo insistiendo en que deberías contarle todo a Sookie.

—Lo sé, pero no sé ni cómo decírselo, ni cómo va a reaccionar.

—Será mejor que lo hagas antes de que alguien se te adelante.

—Sí, hace unos días conseguí detener a alguien que casi se lo cuenta todo.

—¿Quién? —quiso saber Bill, frunciendo el ceño.

—India.

—¿La camarera del Fangtasia? —Bill lo miró con las cejas levantadas.

—La misma. Lleva meses saliendo con Pam.

Bill se quedó más pálido de lo que estaba. Desconocía por completo de la vida íntima y personal de Pam, y le pilló desprevenido.

—¿Crees que Pam le haya podido contar algo?

—Lo dudo. Lo último que querría Pam sería preocupar a India.

—Solo se me ocurre que haya podido ser la misma persona que se lo contó a Sabrina.

—Eso mismo pienso yo, No creo en las casualidades, por lo que tiene que ser la misma fuente.

—Lo único que tengo claro es que tenemos un topo y demasiada gente que quiere perjudicarnos. Esto no creo que vaya a acabar bien.

—Para nada. Y lo peor es que cada vez confío en menos gente.

—¿Y en mí, Eric? —dijo una voz al fondo de la habitación; estaba bastante enfadada—. ¿Confías en mí?

Eric se incorporó de un salto, abriendo los ojos, atónito.

—Sookie… —murmuró Eric.

Bill, que contemplaba el paisaje desde la ventana, se dio media vuelta al escuchar el nombre.

—¿Qué ocurre con ella?

Eric sacudió la cabeza, sin quitar la vista de su invitada inesperada.

—Creo que no me puede ver. —Sookie agitó los brazos, pero Bill ni se inmutó—. ¿Por qué solo me puedes ver tú?

—No lo sé.

—¿El qué no sabes? —preguntó Bill.

Sookie bufó y se echó a reír.

—Esto va a ser divertido. O le explicas lo que pasa o te va a tomar por loco.

Le dedicó una sonrisa complaciente y se sentó junto a Eric en la cama, cruzando las piernas. Éste le dedicó una de sus miradas felinas nada contento.

Sacó su móvil de su chaqueta y fingió que marcaba un número de teléfono.

—Tengo que hacer algunas llamadas. Me voy a mi habitación. Si averiguas algo, me lo haces saber ipso facto, ¿de acuerdo?

Bill le miró aún con el ceño fruncido, pero asintió, mientras veía al rey de Luisiana marcharse por la puerta.

Eric caminaba por el pasillo del hotel con el móvil pegado a la oreja.

—¿Dónde estás?

—En mi cama. ¿Y tú?

—En Seattle. —Pausa breve-. Todavía sigues en Bon Temps.

—Mi hermano aún sigue convaleciente.

—Me han dicho que ya despertó.

Sookie meneó la cabeza.

—¿Es que solo piensas en ti? —Se cruzó de brazos mientras le hablaba.

Eric sacó la tarjeta que abría su dormitorio. La pasó por el lector y se abrió la puerta. Entró por ella y dejó pasar a su acompañante.

—¿Vas a contarme de una vez qué es lo que pasa?

Eric se fue hasta el minibar y cogió una de las botellas que había en la nevera. La abrió y se bebió de un trago la mitad.

—Ya te dije que te lo contaría todo cuando regrese a casa.

—Pero ahora estoy aquí. Aprovecha.

—No. Aquí no. Es muy arriesgado.

—¿Arriesgado? ¿En qué sentido?

—Hay gente que sabe cosas que yo no le cuento a nadie y sospecho que es porque hay un topo cerca de mí o porque tengo micrófonos hasta en el alma. O ambas cosas. Y de poco me sirves ahora siendo un maldito espectro.

—¿Y no puedes contarme nada hasta que llegues?

—No. Ya te he dicho que es arriesgado. Es muy probable que se estén preguntando cosas.

Sookie se dio cuenta de que aún no había soltado el teléfono y seguía fingiendo. Miró hacia todas partes, en busca de algún micrófono.

—¿Quieres que registre la habitación? A mí no me pueden ver.

—Eso depende.

—¿De qué?

—De las cosas. Ya sabes.

—Me pude sentar a tu lado antes en la cama, ¿recuerdas?

Touché.

Sookie comenzó a rebuscar en la habitación, por si había algo sospechoso. No encontró nada, pero tal vez porque estuviera demasiado escondido como para saber dónde se encontraba lo que buscaba. Miró por la lámpara, por la mesita de noche, por la mesa y la silla, por todas partes, Se metió debajo de la cama y miró por todos lados, pero estaba demasiado oscuro para eso.

—Necesitaría una linterna para verlo —le sugirió.

Eric sacó una de su bolsillo. Sookie no quiso preguntar.

Estaba en una esquina de la cama, entre el colchón y el somier. Lo arrancó de cuajo y se lo entregó a Eric en cuanto salió de debajo de la cama. Éste lo pisó y lo destrozó. Estaba tan furioso de no estar equivocado que estampó su teléfono contra la pared, haciéndose añicos también.

—¿Te has quedado a gusto? —inquirió Sookie meneando la cabeza y cruzándose de brazos.

Eric comenzó a dar vueltas por la estancia, con las manos en la cabeza.

—Mis sospechas se confirman —masculló entre dientes.

—Pues ahora con más razón debes contarme lo que pasa.

Eric asintió, sentándose en la cama y Sookie hizo lo mismo, a su lado.

—Va a ser lo mejor. Pero, diga lo que diga, por favor, intenta ser lo más comprensiva con esto. No me resulta nada fácil contártelo.

—De acuerdo. Puedes confiar en mí.

—Todo empezó cuando…


El llanto de Adele me despertó y se cortó la conexión que tenía con Eric.

¡Maldita sea!

Me levanté, porque no se callaría si no le daba su toma.

Le llamaría después si no hubiera estampado el móvil contra la pared. También podría hablar con él a través de Bill, pero tendría que darle las explicaciones que Eric no le había dado.

En definitiva: tenía que esperar a que Eric regresara. Si es que lo hacía.

Cogí en brazos a Adele. Miré el reloj. Era más de medianoche. Me senté con ella en el borde de la cama y le sacié el hambre. Menos mal que conseguí calmarla, porque no quería despertar a Klaus. El pobre había tenido un viaje largo y lo último que querría era tener que descansar mal.

La dejé de vuelta en su cuna cuando terminó. Fui a meterme en la cama, pero estaba inquieta. No se podía dormir. La cogí para mecerla, que normalmente en pocos minutos se quedaba frita, pero no había manera. No tenía el pañal sucio. No entendía nada. No solía darme más preocupaciones.

La empecé a mecer con suavidad. Parecía tranquilizarse un poco, pero seguía inquieta. Esto era nuevo para mí y no sabía qué más hacer. Le toqué un poco la cara con mi mejilla y se la noté bastante caliente. Teniendo en cuenta su condición de cambiante, debería ser lo normal, pero no lo era. Estaba mucho más caliente que de costumbre. Busqué en el dormitorio el termómetro eléctrico. La dejé encima de la cama y le tomé la temperatura. Se movía mucho, pero pude tomársela sin problema.

Madre mía, madre mía, madre mía. Casi cincuenta grados.

No quise alterarme mucho, porque ya me habían avisado de esto, pero no pensé que fuese tan pronto. Creía que hasta dentro de unos meses no le pasaría.

Supe que había despertado a Klaus cuando entró en el cuarto —sin llamar— y cogió a la niña entre sus brazos. La balanceó, pero fue inútil.

—No entiendo de sobrenaturales y no sé qué temperatura es la normal, pero está claro que si está llorando es porque no lo es.

—Alcide me contó que les suele pasar alguna vez al año, sobre todo cuando son bebés.

—Me traje mi maletín, por si había alguna emergencia, pero no sé si podré darle algo que la calme. Necesitaría hablar con su pediatra.

—Está de viaje.

—¿Tienes su número en caso de emergencia?

—No, pero tengo el de un médico que está especializado en sobrenaturales, como Adele.

Busqué en la bolsa de Adele el teléfono del Dr. Wilkinson.

—¿Crees que vendría si le llamamos?

Me encogí de hombros.

—No lo sé, pero al menos que te diga qué podemos darle. Yo de mientras iré a buscar la libreta con los apuntes que me dejó Bernadette, la abuela de Adele, para ver si hay algún remedio que nos sirva.

Klaus llamó al doctor y yo fui en busca de la libreta. No la encontraba por ninguna parte, pero tenía a Klaus controlando la situación, así que no era momento de perder los nervios.

—Sí, tres meses… —le escuché hablar cuando regresé al dormitorio; había ido a por su maletín y estaba abierto encima de mi cama—. Ahora mismo… espera, dame un segundo —cogió el termómetro eléctrico y le tomó la temperatura— cuarenta y ocho y medio. Lo sé, es bastante. —Pausa larga—. Sí, de eso tengo —rebuscó en su maletín y cogió un botecito—. ¿Tanto? ¿No es demasiado para una niña tan pequeña? Que es mestiza… Sí… Cambiante, sí… Eso lo veo más lógico. De acuerdo, muchas gracias, doctor Wilkinson… Pues gracias, Forrest… Klaus Sørensen para servirle. Puedes llamarme Klaus. —Se echó a reír, tal vez por algún chiste entre médicos—. Siempre hay una primera vez para todo. Te mantengo informado si no hay mejoras. Pasa una buena noche y disculpa las molestias, una vez más.

Colgó.

—¿Y bien? —quise saber.

—Wilkinson me ha dicho que le ponga una inyección. Puede que no le baje del todo la fiebre, pero le aliviará. ¿Tienes alcohol para desinfectar? Si no, tengo en mi maleta, pero tendría que subir un momento…

—Sí, creo que tengo en el botiquín del cuarto de baño.

Regresé con la botella y vi cómo Klaus estaba preparando la jeringuilla, que la introdujo en el bote que había sacado mientras hablaba con el doctor Wilkinson. Midió la cantidad de líquido que necesitaba y la extrajo. Le dio unos suaves toquecitos con el dedo y le quitó el aire, derramando un chorrito. Le pasé una torunda de algodón empapado en alcohol y se lo pasó por el bracito de Adele. Introdujo la aguja y la sacó de inmediato. Ni siquiera se quejó al hacerlo y parecía menguar el llanto poco a poco.

—Parece que está más calmada, ¿no? —dije, cogiendo el termómetro y pasándoselo de nuevo por su frente—. Le ha bajado un poco. Cuarenta y siete.

—Eso es que le está haciendo efecto.

Me aliviaba saber que le estaba bajando la fiebre.

—No sé qué hubiera hecho sin ti.

Klaus se encogió de hombros.

—La hubieses tenido que llevar al hospital. Porque eso es lo que hacen las buenas madres: preocuparse por sus hijos.

—Supongo que sí.

—Me voy a quedar un rato para controlar la temperatura.

—No es necesario. Al menos ahora ya no llora.

—¿Seguro? Porque no me importa.

—Seguro. Si veo que se pone muy febril otra vez, te aviso, ¿de acuerdo?

—Como quieras. No me importa que me despiertes, sea la hora que sea…

Bostezó. Y me contagió el bostezo. Y a Adele también.

Le tomé una última vez la temperatura. Me estaba obsesionando, pero era normal teniendo en cuenta que nunca me había pasado antes.

Acerqué su cuna a la cama, para ir tomándole la temperatura a lo largo de la noche. Pero me quedé dormida casi sin darme cuenta.


Cuando desperté era de día y Adele no estaba en su cuna. Otra vez Klaus había entrado en mi dormitorio mientras dormía. Al paso que iba, podría quedarse a dormir conmigo. O lo que surja.

Cuando bajé a la cocina, Klaus había hecho el desayuno, pero desprendía un hedor muy raro. Como a algo rancio. Arrugué la nariz imaginándome qué sería y que no olía nada apetecible que digamos.

Miré los huevos con beicon de Klaus con la nariz aún arrugada. Me miró y sonrió.

—Tranquila, eso sabe bien. —Estaba cociendo algo en una olla y removiéndolo constantemente.

—¿Qué haces? —Eché un vistazo y se veía una mezcla entre anaranjado y marrón.

—Esta mañana me levanté para comprobar cómo iba la pequeña y vi que aún seguía con fiebre, y como no le puedo poner más inyecciones, llamé al doctor Wilkinson y me dio un remedio casero para intentar bajársela.

—Pues mucha suerte dándole esa cosa asquerosa.

—Ah, no, esto no se consume. Si le doy esto para beber a Adele, se ríe en mi cara.

—Y luego te vomita encima.

—También. Tengo que echárselo encima con un paño. No le va a bajar del todo, pero al menos le aliviará.

—Creo que es el mismo remedio que me recomendó Bernadette, pero no consigo encontrar la libreta. Tal vez esté en el coche. Luego iré a buscarla.

—Por cierto —dijo, separándose un segundo de la olla para darme una nota—, ha llamado Michele con una ele. —Tenía toda la pinta de que se lo había deletreado.

—Oh, gracias por cogerlo. —Leí el recado—. Después de comer viene a recogerme para ir juntas al hospital.

—Luego llamó de nuevo y me dijo que llevaras a Adele.

—Pero está con fiebre. Y encima va a oler fatal.

—Le podemos dar un baño antes de eso. El remedio no es para dejárselo todo el día.

—Yo creo que si no llora por la fiebre, lo hará por ese olor tan repugnante.

Me tapé la nariz y me llevé el plato al salón, que ahí al menos no se olía tanto.

Michele llegó un poco más antes de lo previsto porque Klaus y yo aún estábamos terminando de comer. Pero se tomó con nosotros un poco de helado de chocolate —¿quién le dice que no a una buena bola de chocolate con pepitas de chocolate?— y se lo comió con calma. Parecía mucho más tranquila que estos días atrás, e incluso más animada. El que Jason haya despertado era algo muy positivo y eso era bueno para todos.

Nos despedimos de Klaus, que había decidido dar un paseo por el pueblo —le recomendé algunos lugares que podía visitar, pero ya le avisé de que no era un pueblo muy turístico—, por lo que mi coche no lo iba a usar. Cogí el asiento para el coche de Adele, ya que nos íbamos a ir en el de mi cuñada, y la metí con cuidado. Le tomé una última vez la temperatura antes de sentarme delante. Al menos el remedio apestoso funcionaba, porque apenas tenía ya. No me hacía mucha gracia llevármela en su estado, pero ya no lloraba y tampoco la iba a jalear mucho. Además, estaba dormida y no me iba a separar de ella. Si veía que empeoraba, de vuelta a casa y listo.

En la habitación se encontraba Hoyt, que se iba ya para no llenarlo de visitas. Llevaba en la mano un álbum lleno de fotos que tenía con Jason cuando eran niños, hasta poco antes de que Jason se casara con su primera esposa, Crystal. Jason no consiguió recordar ningún evento del que le estaba enseñando, pero a Hoyt le gustaba contarle todas las anécdotas que traía cada foto.

Michele también trajo un álbum de fotos, pero este era el de su boda. Me pareció un detalle muy bonito, porque es mejor que empezara con los buenos momentos y se dejara para otra ocasión los más tristes. Se lo puso encima del regazo una vez que Hoyt abandonó la habitación. Jason las estuvo mirando en silencio, intentando recordar, pero lo bueno era que en cada una de ellas sonreía y se le veía feliz al hacerlo.

—Sales muy guapa en todas —murmuró Jason, con una amplia sonrisa. Michele se sonrojó. Me gustaba verlos, porque parecía como si se hubiesen conocido ahora; y cómo la miraba mi hermano, como si fuese la primera vez, era muy emocionante.

—Gracias —respondió ella tímidamente—. Tú también sales muy guapo.

—¿Os dejo solos, chicos? —carraspeé y Michele se puso más colorada.

—Por mí no hay problema, hermanita. —Se me aceleró el corazón al escuchar cómo me llamaba; podría ser una tontería, pero era un gran paso.

—Me has llamado hermanita

—¿No eres mi hermana?

—Claro.

—Sales en muchas fotos conmigo y con Hoyt. Y me lo ha dicho él. Por eso lo he recordado.

—También sale en algunas fotos de nuestra boda. —Michele le pasó una en donde salíamos los tres, sonrientes, y Jason me miraba, mientras agarraba de la mano a su recién estrenada esposa.

—Parecemos salidos de una agencia de modelos…

Nos echamos a reír.

—Sí, no lo vamos a negar.

Jason miró a Michele un segundo y se quedó pensando. Se intentó incorporar en la cama, así que ella le ayudó y aprovechó para ahuecarle la almohada.

—Tengo una pregunta que hacerte —le dijo, con el ceño fruncido.

—Claro, dime.

—Si estamos casados, ¿por qué no llevamos anillo? Una enfermera me dijo que entre mis pertenencias no había ningún anillo de casado…

Ambas nos miramos sin saber qué responderle. Sería muy largo de contar y ninguna sabía cómo explicárselo, sobre todo Michele, que me miró pensando en que le echara un cable con esto.

Ella tragó saliva antes de contestar:

—No estábamos pasando por un buen momento, así que decidimos tomarnos un tiempo en nuestra relación.

—¿Y qué pasó? ¿Por qué lo hicimos?

—Eso es algo complejo y no creo que te sirva de mucho ahora mismo —le dije, sacando del paso a la pobre Michele.

—Pero yo necesito saberlo. ¿Fue por algo malo? ¿Me porté mal contigo? —Parecía terriblemente preocupado por ello.

—No, no, eso jamás… —contestó negando con rotundidad—. Siempre has sido muy bueno conmigo y… —se le enrojecieron los ojos y se limpió con el dorso de la mano—, bueno, he sido yo la que no se portó bien…

—No digas eso —le dije—. No fue cosa de uno… Y solo fue un bache…

—¿Y cuánto hace de eso?

—Unos tres meses… —contestó Michele casi sin pensar, y la miré anonadada—. Él quiere saberlo y yo no quiero mentirle.

—¿Tan malo fue?

Michele se echó a llorar.

—Te oculté algo importante y no te lo tomaste muy buen cuando te lo confesé, porque te estuve mintiendo durante días y…

—Michele, ya basta —la interrumpí—. No sigas. No te estás haciendo un gran favor.

—Sookie —empezó a decir, con lágrimas en los ojos—, debo hacerlo. —Hizo una pausa, con Jason muy atento por lo que le iba a contar—. Sufrí varios abortos y el último me dejó estéril. Te mentí diciendo que todo iba bien y te hice ilusiones con respecto seguir intentándolo. Y te enfadaste cuando te enteraste de todo.

—¿En serio me enfadé contigo por eso? —Jason casi se echó a llorar—. Fui un idiota si hice eso.

—Estabas en tu derecho…

—No me defiendas tanto, fui un cretino si no te cuidé después de lo ocurrido.

—No. Lo hiciste. Cuando se te pasó el enfado, que solo duró un par de días, hablaste conmigo y me dijiste que estarías a mi lado pasara lo que pasara. —Se echó a llorar más aún—. Pero yo no estaba bien y no quería estar con nadie, Estaba enfadada con el mundo y…

Sollozó tanto que ni se le entendía. Jason alzó su brazo bueno y le acarició la mano de ella.

—¿Y ya estás bien? —Ella asintió a modo de respuesta; saqué un pañuelo de papel de la bolsita de Adele y se lo ofrecí. Jason le dedicó una sonrisa y eso tranquilizó a su esposa—. Me alegro de que estés mejor.

La verdad es que no parecía el Jason de siempre. Eso de que se preocupara más por cómo estaba ella en vez de al revés… decía mucho de él. Aunque siempre la quiso, ahora parecía que la viera con otros ojos. Me miró y bajó la vista hasta mi pecho, donde dormitaba Adele en su portabebés. Alzó las cejas y sonrió.

—Adele, como la abuela… —murmuró, sin apartar la vista a la pequeña; frunció el ceño recordando algo—. Adele Claudine Stackhouse.

Miré a Michele. Ella negó con la cabeza y me dijo con el pensamiento que ella no le había dicho nada. ¿Hoyt? Volvió a negar, sin saber.

—¿Quién te ha dicho el nombre?

Se encogió de hombros.

—Nadie. Se me ha venido a la mente. Como si ella me lo hubiese dicho personalmente.

—¿Ella?

—Si, la chiquitina que llevas ahí. No sé, ha sido extraño, pero ha sido interesante. De estar en blanco total a ver eso con claridad.

—Eso es genial, Jason —le animó Michele.

—¿Y te acuerdas de algo más? De la abuela, por ejemplo.

—Sí, la abuela Adele. Me gustaba cómo cocinaba y que, cuando estaba triste, me hacía mi tarta de chocolate favorita.

La que estaba llorando de emoción ahora mismo era yo.

—¿De verdad te acuerdas de eso sin que te lo dijera nadie?

—De verdad… —Me sonrió de esa manera triunfante como cuando ganaba algún partido en el instituto—. Recuerdo su olor a azahar y que le gustaba plantar flores.

—¿Sabes? —comencé a decirle, cogiéndole la mano sana—, no me importa que aún no me recuerdes, porque solo con que te acuerdes de nuestra abuela, yo soy feliz.

—¿Por qué? Aún quiero recordarte. Y a Michele. Y a todos.

—Porque te acuerdas de la persona más maravillosa y bondadosa del mundo. Y estaría orgullosa de ti ahora mismo si pudiera verte.

—Eso que has dicho… me ha gustado. Aunque los médicos me han comentado que puedo estar así durante un tiempo.

—Es por el golpe. Pero no tenemos prisa, ¿verdad, Sookie?

—Verdad. Me preocupa más que te pongas bien de tus fracturas y vuelvas a casa cuanto antes. —Michele me miró y sabía ya lo que estaba pensando: ¿a casa de quién?—: A la tuya con Michele, quiero decir.

—Seguro que ella será una buena enfermera.

Jason hizo un movimiento que le debió molestar, porque se quejó. Llamamos a la enfermera para que le administrara más sedantes.

Estuvimos hablando un buen rato, aunque procuré no hacerle reír mucho a Jason, ya que eso hacia que le doliera el hombro, aunque estuviera sedado. Me gustaba al menos verlo reír, porque eso quería decir que se sentía cómodo con nosotras. Esperaba que ese buen humor se debiera a que recordaba a la abuela y le hacía sentirse bien, aunque solo fuera por eso. Me sorprendió darme cuenta de que el moratón de la cara ya había desaparecido y eso era buena señal, ya que eso quería decir que mejoraba favorablemente.

Una de las enfermeras nos avisó de que tenía que lavar a mi hermano y nos pidió que nos quedásemos fuera, pero Michele le sugirió quedarse porque quería saber cómo lo tendría que hacer cuando le tocase hacerlo en casa. La enfermera no puso objeciones y le estuvo enseñando cómo hacerlo bien. Jason sonreía, encantado de que dos mujeres guapas estuvieran dándole tantas atenciones. Y empezó a bromear con que tal vez debería accidentarse más a menudo si así fuera. Michele y la enfermera pusieron los ojos en blanco. Yo me reí desde la puerta, porque daba igual la amnesia que tuviera, había cosas que no cambiaban. Aunque he de reconocer que este Jason me gustaba más que el habitual —este era más adorable y comprensivo— y por mí como si se quedaba así más tiempo.

Recibí una llamada de Holly. Al parecer, Klaus se había presentado allí como un amigo mío y necesitaba corroborarlo. Le dije que le sirviera todo lo que pidiera, porque tenía una cuenta —y dos y tres— pendiente con él. Me volvió a llamar para decirme que había intentado pagar lo consumido, pero no le aceptó el dinero. Este Klaus, no tiene remedio. Me llamó él más tarde, para preguntarme por el estado de Adele y le dejé más tranquilo cuando le dije que no le había subido la fiebre y que por el momento no lloraba.

Cuando nos quisimos dar cuenta, habían pasado varias horas y el cielo se había tornado oscuro. Michele se despidió por un rato de Jason, pero regresaría más tarde, ya que tenía que dejame en casa.

Michele también se la veía mucho más animada después de la conversación con Jason. Hasta nos atrevimos a cantar a pleno pulmón una canción de Alanis Morrisette, con Adele detrás de nosotras como espectadora. Vimos su expresión a través del espejo retrovisor y nos echamos a reír. Debía pensar que estábamos locas, pero solo estábamos felices porque todo estaba saliendo a pedir de boca. Y porque llevábamos varios días malos y nos merecíamos un descanso.

—Me alegro de que las cosas con mi hermano estén yendo mejor.

—Yo también. Es como cuando nos conocimos, que estábamos así todo el día.

—Ya me he dado cuenta de eso. Supongo que recuperará su memoria en poco tiempo y volverá a ser como el de antes. Aunque no te negaré que este Jason me gusta bastante.

—A mí también. Pero… —hizo una pausa y no se le veía tan contenta—, mejor no hacernos ilusiones. Un médico me ha dicho que hoy puede estar de buen humor, pero que mañana puede estar estresado por no tener recuerdos y perder el control.

—Habrá que tener paciencia con él y ser lo más comprensibles que podamos.

—Yo estoy preparada para lo que sea. Después de lo de su accidente, creo que podremos superar cualquier cosa. Lo único que me preocupa ahora es que no se recupere para cuando haya luna llena, ya sabes…

—Por eso no te preocupes. Seguro que para entonces ya habrá recuperado la memoria y ya sabrá que…

—¡Oh, mierda, mierda!

Estaba distraída y no me di cuenta de que había alguien en mitad de la carretera. Michele dio un volantazo y consiguió esquivar al transeúnte, que había desaparecido de nuestra vista.

Adele comenzó a llorar. Intenté tranquilizarla, y decirle que todo estaba bien, pero no era suficiente. Estaba muy asustada.

—¿Estás bien? —preguntó Michele.

—Sí, aunque no podría decir lo mismo de Adele.

—¿Dónde se habrá metido?

—No tengo ni idea, pero esperemos que no le hayas dado.

—No he escuchado ningún golpe, ¿y tú?

—Tampoco.

Me bajé del coche y comprobé que no había ningún rasguño, lo que nos decía que no le habíamos dado. Miré como pude a mi alrededor, pero no vi a nadie. Me acerqué a la ventanilla del coche para informarle:

—Está todo bien. No sé dónde estará, pero por aquí no veo nada.

—Tengo una linterna en el maletero.

Me dirigí hacia la parte trasera y abrí el maletero. No había mucha cosa, solo lo primordial, por lo que vi en seguida la linterna. Pulsé el botón para encenderla y en cuanto enfoqué, le tenía frente a mí.

Di un respingo y solté la linterna, que cayó al suelo.

—¡Joder, qué susto me has dado!

—¿Estás bien, Sookie? —preguntó preocupada Michele.

Recogí la linterna del suelo.

—Sí, solo es Eric. —Apenas le podía ver al trasluz de los faros traseros del coche, pero intuía que algo le pasaba—. ¿Qué haces aquí, Eric? Pensé que seguirías en Seattle y hasta mañana no regresarías. —Le enfoqué con la linterna a la cara y pude comprobar que estaba llorando; esto no podía ser nada bueno—. ¿Qué…? ¿Qué ocurre?

No respondió y solo se limitó a mirar de reojo a Michele, que por suerte no le estaba viendo. Entendí por su silencio que no quería hablar en presencia de nadie. Le hice una señal para que esperase.

—Michele, ya sigo yo a pie. Solo son unos pocos metros más para llegar a casa, por lo que seguiré caminando.

—¿Estás segura? Porque con la niña…

Abrí la puerta para bajarla con el asiento y la dejé en el suelo.

—Sí, no te preocupes. Me las apañaré.

—Me puedo quedar un poco más si…

—Largo. Jason te necesita más.

Me miró sin estar convencida del todo, pero al final me hizo caso. Cuando llegamos al porche, Eric se paró en seco. Dejé a Adele en un escalón y me dirigí hacia él, con el ceño fruncido.

—¿Vas a decirme de una maldita vez qué estás haciendo aquí y qué está pasando? Estoy empezando a preocuparme.

—Anoche, cuando se cortó nuestra comunicación, pensé que te había pasado algo, que nos habían descubierto. Nos marchamos en el primer avión a Luisiana y vine directamente aquí para ver si estabas bien. Y no había nadie. Tu coche estaba aquí y ya me temí lo peor.

Estaba inquieto. Bastante. Le toqué el brazo para tranquilizarlo, pero sentí que estaba temblando. La cosa era mucho peor de lo que pensaba.

—Eric, estoy bien, solo pasé la tarde en el hospital, con mi hermano. Michele nos llevó en su coche. No hay nadie porque Klaus no ha regresado aún.

—¿Klaus?

—Sí, mi amigo de Vancouver.

—Eso lo explica todo.

Me senté en el escalón junto a Adele.

—¿El qué?

Se sentó a mi lado.

—Detecté el olor de alguien que no conocía.

—Llegó ayer a esta hora.

—¿Y confías en él?

—Pues claro. ¿A qué viene eso?

Saqué una toallita de bebé y le limpié el rostro a Eric. Tenía la mirada fija en el suelo y se le escapó otra lágrima rojiza.

—No confío en nadie.

—¿Pero qué ha pasado?

—Ellos las tienen prisioneras. —Me sujetó suavemente de la muñeca, para apartar la mano de su cara.

—¿Qué? ¿Quiénes?

—Ellos. Los del Consejo Vampírico.

—¿A quiénes tienen?

—A todo el que me importa —comenzó temblar, con la vista clavada en el suelo—: A Karin… A Sabrina… —Hizo una pausa larga, mirándome a la cara, sollozando sin consuelo—. Y a Pam. Sookie, tienen a Pam.


NDA: MADRE DEL AMOR HERMOSO, LA DE VUELTAS QUE LE HE DADO PARA PODER LLEGAR HASTA AQUÍ. XD

Tengo la cabeza que me va a estallar, así que no haré muchos comentarios al respecto. xD Eso os lo dejo a vosotros. :P

Agadecimientos: pascal77ks (gracias a ti por leerme y por tus bonitas palabras. :3); Cari1973 (gracias por aclararme la duda. Realmente estuve un buen rato intentando buscar información, pero no la encontré; tendré que releerme los libros. xD); Perfecta999 (Yes, Eric seems like a child, but sometimes we love him. Thank you for your review :D); ciasteczko (I'm so happy for your words. Thank you very much. :3)

En fin, eso es todo por ahora. Muchas gracias a todos por leer.

Hasta pronto,

~Miss Lefroy~


23/03/2021