VII.
—Espera, espera —comencé a decir, intentando ordenar mis palabras—. ¿Qué quieres decir con eso de que las tienen? ¿Las tienen secuestradas o qué?
—Sí, eso parece. Porque…
Adele comenzó a llorar. Miré la hora y le tocaba su cena. Me daba la sensación de que mi hija no quería que Eric me contara todo lo que pasaba, porque iban dos veces que me interrumpía por algo.
Adele, esto es importante, necesito saberlo para poder protegerte de la gente malvada que nos quiere hacer daño.
Indiqué a Eric para que pasáramos a la cocina. Cogió el asiento de Adele por el asa y la bolsa de bebé. Abrí el frigorífico para coger algunos de los ingredientes para hacerle la papilla a la niña, pero me llevé una grata sorpresa al tener una nota de Klaus en la puerta:
Le he hecho la cena a la peque para que esta noche no tengas que hacérsela. Espero que le guste. También tienes macarrones con queso en el horno (no he podido hacer algo mejor porque me iba a llevar más tiempo). Espero que lo disfrutes.
No me esperes despierta, porque llegaré tarde.
K
Este Klaus cada día me dejaba sin palabras.
Saqué una True Blood para Eric y se la ofrecí, que la aceptó sin decir nada —ni calentarla—, dándole un buen trago al abrir la botella. Había cogido a la niña y la tenía en su regazo, mirándola con curiosidad.
—No sé si seré yo, pero juraría que está más grande.
—Está más grande —corroboré mientras calentaba los macarrones con queso en el horno.
Le tocó una mejilla y frunció el ceño.
—Y está más caliente que de lo normal.
—Lleva febril desde ayer. Cuando termine de cenar, le tengo que empapar con un remedio casero que la alivia…
—¿No será la cosa esa repugnante que llevo un buen rato oliendo? —inquirió arrugando la nariz.
—Pero es efectiva y hace que no llore.
Lo que le preparó Klaus era puré de frutas, así que no tuve que calentarlo. Eric me quitó el tarro y la cuchara y empezó a dárselo. Puse los brazos en jarra y le coloqué el babero a la pequeña, porque sabía que se iba a poner perdida de papilla hasta las pestañas.
Saqué los macarrones del horno y me los serví en un plato.
—Lamento la interrupción, pero con hambre nadie debería recibir malas noticias —le dije, pinchando unos cuantos macarrones con el tenedor.
—No importa. Me ha venido bien este poco rato sin tener que pensar en nada.
—No creo que nos vaya a interrumpir nadie más, porque Klaus no regresará hasta tarde, por lo que puedes retomar lo que me estabas intentando decir antes.
Eric asintió. Le dio un largo trago a su bebida y regresó a su tarea de darle de comer a la niña, que estaba feliz con su comida.
—Ni siquiera sé cómo empezó todo esto —comenzó a relatar—. Me surgió un imprevisto y no pude ir a un viaje de negocios que tenía en Seattle hace un par de semanas, así que mandé a Karin. No tenía que hacer gran cosa y le dije todo lo que tendría que hacer. Todo iba bien hasta el día que ella tenía que regresar aquí para comentarme cómo había ido. Me noté muy extraño, porque no la sentía en ningún momento. Y eso es raro viniendo de un creador. La estuve llamando toda la noche, pero no me contestó a ninguna de mis llamadas.
»Contacté con el hotel donde se alojaba, pero me dijeron que no había nadie. Lo extraño fue que encontraron su teléfono móvil tirado en el suelo y su equipaje seguía ahí. Tampoco había abandonado la habitación. Me puse nervioso y se lo comenté a Pam. Ella era a la única que se lo dije. Quise ir, pero estaba demasiado liado con como para poder ir a ver qué pasaba.
»Pam me sugirió ir ella hasta Seattle e investigar. A ella se le da bastante bien rastrear a los nuestros mejor que a mí, así que no me negué. Me daba miedo mandarla, pero qué otra cosa podía hacer. Pensé que a lo mejor era algún ajuste de cuentas con otro vampiro. Con Karin nunca se sabe, pero lo de no sentirla… —Hizo una pausa para darle otro trago a su bebida y continuó con su relato mientras terminaba de darle de comer a Adele—. Eso era lo que más me preocupaba. Y me mosqueaba.
»Pam se registró en la misma habitación que Karin y le pidió a los encargados del hotel que le diesen las pertenencias de su hermana. No hubo problemas, así que comenzó a rastrearla y su olor se esfumó a unas pocas manzanas de allí. Lo más seguro es que se la llevaran en coche. Le dije que ya iríamos en cuanto terminara con mis asuntos, pero cuando Pam debía volver, pasó exactamente lo mismo que con Karin.
»De eso hace ya una semana y he estado desesperado. Envié a alguno de mis sheriffs a investigar hasta que pudiera ir yo, pero no hubo suerte. Ni una nota, ni un mensaje… nada. Les pedí que no le dijeran nada a nadie.
»Bill y yo nos infiltramos en una fiesta que se celebraba allí, pero solo podían ir los reyes y reinas que llevaran al menos un año. Yo conseguí convencer al anfitrión, Garland, porque le conozco desde hace años y me debía unos cuantos favores.
»En teoría, nadie debía saber que yo viajaba hasta allí, pero es cierto que saqué tres billetes: uno para mí, otro para Bill y el tercero para Pam. La idea era que nadie del exterior debía saber que ella había desaparecido, porque si alguien lo descubría, sería peor. Pero por lo visto, alguien me escuchó. Puede que un guardaespaldas, o alguien de seguridad. Y se lo comentó a Sabrina. Por eso lo sabía ella. Yo solo le dije que estaría ocupado con el trabajo todo el fin de semana y que ya nos veríamos el lunes, pero… de verdad, no sé quién se lo contó. Tal vez tuviera el teléfono pinchado, o puede que tenga mi casa llena de micrófonos. Aún no he ido a comprobarlo. Ni siquiera he ido aún.
»Cuando llamé a Sabrina después de saber lo que te había contado, discutí con ella. No se tomó nada bien que le llamara la atención pero quedamos en que cuando regresara, hablaríamos en serio. Nada más despertar esta noche, vine aquí, como ya te dije. Al no ver a nadie, me asusté, y fui a casa de Sabrina. No solo no había nadie, sino que estaba su coche, la cerradura de la puerta forzada, su móvil en el suelo, un montón de cristales rotos en la cocina, por lo que lo más seguro es que le pillase ahí quien fuese el que se la llevó. Y fue ahí cuando empecé a temblar, porque pensé que también habían ido a por ti. Me asusté mucho, de verdad… —El labio empezó a temblarle; dejó a la niña en su silla y regresó a su lugar cuando le dio la última cucharada—. No sé qué más hacer. Bill le escuchó a uno en la fiesta algo de un espía en Luisiana, un escolta, pero no sabemos si es cierto o no. Aún no hemos dado con nada. Tan solo son conjeturas.
—Lamento interrumpirte —dije cortándole el relato—, pero no entiendo por qué te llevaste a Bill. Nunca os habéis llevado bien y si hay alguien en quien no deberías confiar es en él. Te estuvo amenazando este verano para que contaras la verdad.
—Sé que suena un poco contradictorio, pero en verdad confío más en él que en cualquiera de mis otros sheriffs. De hecho, tengo la sospecha de que alguno de los otros sea el topo. Y que fuese quien le fuera con el cuento a India con la desaparición de Pam…
—¿Qué le hiciste para que no me contara nada?
—Tuve que hipnotizarla. —Ahora entiendo por qué se escuchaba un ruido raro cuando descolgué—. No podía arriesgarme a que lo supieras y quisieras regresar, pero no conté con que Jason tuviera un accidente.
—De todos modos, me hubiese gustado que me lo contaras cuando hablábamos por teléfono.
—Hasta que no descubra quiénes están detrás de todo esto, necesito que estés lo más lejos posible.
—Pero si realmente no sabes quiénes son, ¿por qué sospechas del Consejo?
—Porque ellos son los único que saben mi secreto con lo de Freyda. Y son los únicos que pueden cogerme del cuello y estrujarlo todo lo que les dé la gana. Lo que no me gusta es que metan a la gente que me importa, como mis hijas o a ti, en medio de todo esto. Y tú eres muy importante para mí. —Reprimió una lágrima, pero se le escapó igualmente; me miró como cuando regresó a Luisiana: como un niño que ha hecho algo malo, pero que quiere el perdón de su madre; nunca le había visto tan devastado con una situación así ni tan desesperado. Era mucho más grave de lo que me imaginaba—. Si algo os pasara a Adele o a ti, jamás me lo perdonaría.
—¿Tienes alguna idea de por qué no puedes sentir a Karin ni a Pam?
—Solo hay una manera para que eso ocurra: que estén en un ataúd de plata. O un lugar blindado con ese material. Es lo único que impide que un vampiro y su creador no puedan comunicarse con su lazo sanguíneo.
—¿Y Sabrina? ¿No tienes un lazo sanguíneo con ella?
—Lo tenía hasta esta mañana. No sé a qué hora exactamente ha sido, porque estaba dormido, pero dejé de sentirla a media mañana.
—¿Crees que lo hicieron con un hechizo, como yo?
—Es un buen método, pero no el único.
Tomé una gran bocanada de aire intentando digerir todo lo que me estaba contado. Debía mantener la calma porque él estaba perdiendo mucho los papeles y uno de los dos debía ser el que pensara con claridad.
—Pues entonces, habrá que buscar una solución. ¿Tienes algún plan?
—Sí, pero puede que a más de uno no le guste.
—A ver… sorpréndeme.
—Iré a hablar con el Consejo y pedir que dejen en paz a las chicas a cambio de lo que me pidan.
—¿Y qué crees que te van a pedir a cambio?
—No tengo ni la menor idea, pero me imagino que querrán algún tipo de unión con otra reina. Hay unas cuantas que están disponibles. Y algún rey también.
—Vaya mierda. ¿Estarías dispuesto a ceder solo para liberarlas?
—Daría mi vida si fuese necesario. No quiero perjudicar a nadie por mi insensatez.
—¿Te vas a rendir así, tan fácilmente?
—Me tienen atado de pies y manos, y es lo que quieren. Lo he intentado de todas las maneras posibles.
—Tengo una pregunta.
—Dime.
—Si esto es cosa del Consejo, como bien dices, ¿por qué decís que un escolta o alguien de seguridad está detrás? No comprendo qué tienen que ver.
—La empresa que contrata a los de seguridad es la del Consejo Vampírico. No metemos a cualquiera a vigilar nuestras casas, como comprenderás. Por lo que si uno de ellos recibe la orden de espiarme, deben hacerlo porque ellos son sus jefes.
—Entiendo. Bueno, ahora debemos pensar en un buen plan para que no tengas que recurrir a nada de lo que me dices.
—¿Por qué? ¿Se te ocurre algo?
Terminé mi plato de macarrones sin darme cuenta mientras le estaba escuchando, y ahora me tocaba hablar a mí.
—Es posible. —Llevaba meditando una idea desde que me comentó todo esto.
—A ver, cuenta.
—Antes que nada, necesito saber si le has contando algo a alguien sobre lo de nuestra… ya sabes, conexión.
Frunció el ceño y negó. Era como si le estuviera insultando con esa pregunta.
—No.
—A Bill no le comentaste nada, ¿no? —Negó con la cabeza—. ¿Y alguien más sabe que estás aquí?
—Solo Bill. Como ya te dije, solo confío en él.
—Suena muy raro que digas eso.
—Sé que puede parecer extraño, pero estos tres últimos meses hemos estado trabajando juntos más que nunca, y de alguna manera nos hemos hecho más cercanos. Y nos hemos dado una tregua con nuestra enemistad.
—Supongo que el hecho de que yo haya estado este tiempo lejos de todos vosotros ha dicho más positivo de lo que pensaba.
—Será. Pero Bill también es mucho más leal de lo que él mismo quiere reconocer. No le veo capaz de hacer todo esto, ni mucho menos solo.
—No, yo tampoco le veo capaz. Si tiene algo contra ti, no metería a nadie más por en medio. El problema en todo caso sería contigo y no con tu progenie ni tu novia.
—Por eso mismo es que confío plenamente en él.
—Pues entonces, perfecto.
—¿Y qué tienes pensado?
—Es algo en lo que no estoy segura de si será buena idea o no.
—Soy todo oídos. Cualquier sugerencia siempre será bien recibida ahora mismo.
—Verás… creo que debería dejar que me secuestren…
Eric me miró con los ojos como platos. No se esperaba para nada mi propuesta.
—Es no sería nada inteligente por tu parte, Sookie. ¿Y si te hacen daño? No tienes ni la menor idea de lo que te pueden hacer.
—No sería la primera vez que me secuestran y me hacen cosas. Por si no lo recuerdas, ya lo han hecho otras veces y aquí sigo.
—¿Y qué quieres conseguir una vez que te lleven con ellos?
—Utilizar nuestra conexión para que puedas localizarnos.
—¿Y cómo estás tan segura de que te llevarán al mismo lugar? Hasta donde sé, podrían ser lugares distintos
—Será un riesgo que debamos correr.
—¿Y si te duermen o te tapan la cara? O ambas cosas. Es evidente que no son vampiros los que están haciendo el trabajo sucio, pero no les puedes leer la mente si estás inconsciente.
—En ese caso…
Cerré los ojos muy fuerte. Hacía años que no hacía esto, pero era lo único que se me ocurría ahora mismo.
—¿Qué? —Extendí mi brazo y me remangué hasta la mitad—. ¿Qué quieres que haga?
—Beber mi sangre.
Eric me miró atónito. No se creía lo que le estaba diciendo.
—¿Me hablas en serio?
—Sí. Chupa. Hazlo antes de que cambie de opinión.
Miró mi muñeca y sé que se fijó en el punto donde más latía. Cerró los ojos y me apartó la muñeca. Fuerza de voluntad lo llaman algunos.
—No pienso hacerlo.
—Es la única manera que se me ocurre para que me localices. Ellos no saben que estás aquí ni que vayamos hacer esto, ¿no?
—No.
—Por lo tanto, no podrán cortar nuestro lazo sanguíneo, porque en teoría no lo tenemos, ¿cierto?
—Cierto.
—Entonces, muérdeme. —Volví a extender el brazo, pero una vez más, me lo apartó.
—No.
—¿Por qué? —inquirí con el ceño fruncido.
Se quedó pensando y, tras pasados unos segundos, se mordió un dedo y de él salió una gota de sangre.
—Prefiero que seas tú quien tome mi sangre. De ser yo, es posible que no me pueda controlar.
—¿Crees que será suficiente?
—De sobra.
Le cogí el dedo ensangrentado y lamí su herida. Emitió un gemido. Hacía mucho que no tomaba esto y me había olvidado hasta del sabor. No fue mucho, pero ya sentí lo que antaño solía notar cuando tomaba sangre de vampiro.
—Que conste —empecé a advertirle—, que en cuanto consigamos dar con el paradero de las chicas, vas a cortar este lazo que nos une ahora, ¿entendido?
—Eso lo daba por sentado. No tenía intención de dejarlo.
Me di cuenta de muchas cosas, pero no quería comentarlo, No era el momento de hacerlo.
—¿Te encuentras bien? —le pregunté.
—Perfectamente. ¿Tú?
—Mejor que nunca.
—Espero que tu plan funcione.
—Yo también lo espero. Lo hago por Pam, que conste. Ni por ti ni por nadie más.
Asintió.
—Eso ya lo sabía.
—Me alegro de haber aclarado esto.
—Yo también.
—En cuanto me lleven —empecé a decir—, si es que lo hacen, quiero que hagas lo siguiente.
Eric escuchó atentamente las indicaciones que le di. Tenía que dejar muchos cabos atados antes de que llegara el día, que no sabía cuándo sería, pero seguramente muy pronto. No dijo nada, ni puso objeciones, tan solo permaneció en silencio y aceptando todo mi plan. Era lo único que teníamos, por lo que no podía rechistar.
Se puso en pie, terminándose lo que le quedaba de sangre sintética de un trago.
—Creo que va siendo hora de marcharme.
—¿Te encuentras mejor? ¿más tranquilo?
—No estaré tranquilo hasta que todo esto acabe.
Hizo el amago de querer acercarse a mí, pero no lo hizo. Desapareció antes de que pudiera decirle algo más.
Limpié la cocina y recogí todo. Subí a Adele hasta su cuna, que seguía en mi dormitorio. Hasta que no solucionáramos todo esto, no quería dejarla sola.
Le tomé la temperatura. Tan solo tenía unas décimas, así que descarté ponerle de nuevo el mejunje apestoso que hizo Klaus por la mañana. Me daba una pereza horrible quitárselo todo. Y para lo poco que le quedaba, no pensaba que hiciera falta.
Hablando de Klaus. Empecé a preguntarme dónde se habría metido, ¿Debería preocuparme? Bueno, es un hombre de mundo y está acostumbrado a perderse mucho. Así que no, no me voy a preocupar. Ya regresará cuando quiera.
Pañal limpio, pijamita, temperatura, chupeta y mantita. Todo perfecto.
Estaba tan cansada que me aseé un poco —ya me ducharía por la mañana—, me lavé los dientes y me puse el pijama. Me di cuenta de que no había lavado aún la ropa que Klaus me trajo de su casa —vergüenza me da esto, pero por suerte lo metí todo en una bolsa para tal tarea y dudo de que tuviera que ver nada—, por lo que haría también eso cuando me levantase. Mañana tendría que hacer muchas cosas, pero quería ir al hospital un rato.
Nada más meterme en la cama, me quedé dormida en seguida.
Pasé una noche estupenda sin sueños. Teniendo en cuenta mi asunto con Eric, fue lo mejor que me pudo pasar. Me desperté con los rayos de sol deslumbrándome los ojos. Los entrecerré y me restregué una mano en ellos. Bostecé, me desperecé y me di la vuelta para ver cómo estaba Adele. Abrí los ojos del asombro y di un respingo cuando me percaté de quién estaba justo a mi lado en la cama.
—Hola, Sookie —me dijo con una sonrisa tonta en la cara, tumbado de lado y con una mano apoyada en su cabeza
—¿Qué haces aquí, Eric?
Se encogió de hombros.
—Hacerte compañía, ¿no lo ves?
—Oh, sí, eso ya lo veo. Pero el porqué es lo que quiero saber.
—¿Acaso importa eso?
—A mí sí. ¿Cuánto tiempo llevas ahí?
—Desde el amanecer.
Miré la hora. Casi las ocho y media.
—Tres cuarto de hora.
Volvió a encogerse de hombros.
—Bueno, pues necesito que te marches porque tengo un invitado y no quiero verte cerca de mí.
Se echó a reír. Me irritó esa risa.
—Eso ha sido gracioso.
—¿Se puede saber qué es lo que te resulta tan divertido?
—Porque primero, no hay nadie más que tú, yo y Adele en la casa. Y segundo, llevo estos tres cuartos de hora intentando esfumarme de aquí, pero no puedo.
—¿Qué? ¿Cómo que no puedes irte?
—Lo que oyes.
—¿Cómo que no hay nadie?
—Fue a curiosear a tu amiguito de Vancouver y su cama estaba sin deshacer. Así que eso quiere decir que no ha pasado la noche aquí.
Me preocupó algo saber eso.
—Esperemos que no le haya pasado nada. —Me acerqué a la mesita de noche para coger el móvil y mandarle un mensaje de texto; esperemos que me contestara pronto para dejarme tranquila.
—¿Te has puesto nerviosa saber que no ha pasado la noche contigo? —Alzó una ceja con una sonrisa estúpida en la cara.
—Lo que estoy es preocupada por si le ha ocurrido algo. Con lo de Jason, estoy muy susceptible.
—Pero es mayorcito, seguro que estará bien, bajo las sábanas de una chica guapa que conoció anoche.
Le miré con odio. Con mucho odio. Aunque por otro lado, pensándolo fríamente, prefería que estuviera bajo las sábanas de una chica a las de la morgue.
—No me importa lo que haga con su vida privada, pero no puedo evitar preocuparme.
—¿Ahora eres su madre? —Volvió a echarse a reír. Hoy estaba muy gracioso, por lo visto.
—Me pregunto por qué carajos no te puedes ir. Empiezo a pensar que es solo porque el destino me odia.
—O porque anoche tomaste de mi sangre y nuestro extraño vínculo se ha manifestado así.
Eso tenía lógica, pero no le iba a dar la razón.
—Es posible. Pero me fastidia tener que verte todo el día. Suficiente con tener que hacerlo de vez en cuando por negocios.
—A mí tampoco me hace gracia no poder irme a donde quisiera.
—¿Qué? ¿No puedes irte tampoco a casa, por ejemplo?
—Negativo. Como mucho puedo salir por la puerta, pero acto seguido, regreso aquí, en tu dormitorio.
—Estupendo. No te puedes alejar más de diez metros de mí.
—Quince como mucho.
Miré la cuna de Adele. Estaba despierta, con el puño metido en la boca.
—Le daré de comer a la niña. Seguro que estará hambrienta.
—Lo dudo.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque me aburría y, como no podía salir de aquí y estabas durmiendo, he aprovechado y le he dado una de las papillas que tu amigo le dejó preparado en la cocina.
Alcé las cejas por el asombro. No me podía creer que Eric hiciera eso por mi hija.
—¿Le has dado de comer?
—¿Te molesta o te sorprende?
—Lo segundo. No sé, no tenías por qué haberlo hecho.
—Pero estás sola, y necesitas que alguien te eche una mano. Además, no me importa. Adele tiene buen apetito y se lo ha comido todo como una campeona.
—Bueno, le cambiaré el pañal al menos. Seguro que estará molesta y… —Le miré y, por el gesto, también lo había hecho él—. ¿Me hablas en serio?
—Totalmente. No puedo oler nada, así que ha sido pan comido.
La cogí en brazos y comprobé que se lo había puesto bien.
—¿Y has hecho algo más mientras estaba dormida?
—Pues quería prepararte el desayuno, pero no sé encender el fogón. Y tampoco sé cocinar, así que te lo dejé a ti.
—O sea, que después de darle de comer a mi hija y cambiarle el pañal, te pareció bien meterte en mi cama hasta que me despertara…
—Eso es.
Me levanté de la cama. Fui al armario a sacarme algo de ropa para ponerme.
—Pues… me vienes bien ahora mismo. Puedes echarle un ojo a la niña mientras me ducho.
Me miró con una sonrisa ladeada. De esa maldita sonrisa que siempre me vuelve loca, pero que ahora mismo detestaba porque estaba demasiado guapo como para resistirme, y con su sangre corriendo por mis venas me era mucho más complicado. Creo que me vendría bien una ducha fría.
Salió de la cama y me di cuenta de que iba sin ropa. Sin nada de ropa.
—¿Por qué estás completamente desnudo?
—Es así cómo duermo siempre.
—El otro día llevabas ropa.
—No estaba en mi casa como ahora.
Era como discutir con una pared.
—O sea, que tendré que verte todo el día así.
—No sé por qué te disgusta tanto. Ni que fuese la primera vez que me ves desnudo. Siempre te ha gustado ver mi anatomía.
Puse los ojos en blanco y negué con la cabeza.
—No quiere decir que te quiera ver de esta guisa todo el santo día.
Alzó los brazos encogiéndose de hombros.
—¿Y qué quieres que haga? Si me pongo algo, la gente se va a asustar al ver ropa sin nadie dentro.
Suspiré y lo dejé estar. No iba a solucionar nada seguir quejándome.
—Está bien. Quédate aquí con Adele mientras me ducho.
—¿Sabes que puedo echarle un ojo a la pequeña mientras te froto la espalda?
Le miré con los ojos entrecerrados.
—No.
—¿Por qué? Hace años eso te encantaba.
—Hace años que no estamos juntos, Eric.
—Oh, venga, que me aburro mucho.
Le ignoré y me metí en el cuarto de baño, dándole un portazo en las narices. El problema sería tener que echarlo del dormitorio, pero ya me las apañaría.
Mierda, me dejé la ropa en la cama.
¡Ugh!
Bueno, qué más daba. Como bien dijo, ni que fuese la primera vez que nos veíamos así, ¿no? No sé por qué me pongo tan nerviosa con esto si tampoco era para tanto.
Salí con la toalla puesta y otra enrollada en la cabeza. Me eché mis cremas habituales por el cuerpo y me quité la toalla para terminar de secarme bien.
—Oh, sí, cariño. Así me gusta.
Le tiré la toalla encima y se echó a reír.
—Idiota.
—¿Qué? No tengo otro entretenimiento y ver tus perfectas curvas es lo mejor del día.
No llevaba ni media hora y ya tenía ganas de estrangularlo. Pero siendo un espectro, poco le iba a hacer.
—Y dime —comencé a decir, para distraerle y que dejara de mirarme como si fuese un manjar—, ¿qué otras cosas no puedes hacer? Si es que lo has descubierto.
—Pues creo que no puedo volar. Ni oler ni degustar nada. Tampoco siento el frío ni el calor. De eso me di cuenta al tocar a Adele, que no he sentido el calor de su cuerpo febril. Le he tomado la temperatura, por cierto, y ya no tiene fiebre.
—Una buena noticia, al menos.
Me puse la ropa interior y arrugó la nariz cuando me empece a ponerme el sujetador.
—No me gusta ese sostén. Es espantoso.
—Es el que tengo para poder amamantar a mi hija. Te aguantas si no es de tu agrado.
—Pero seguro que los hay más bonitos.
—A mí me gusta. Tu opinión me importa un carajo.
—¿Y por qué te tienes que vestir? Yo estoy desnudo y me siento muy a gusto.
—Porque seguro que vendrá Klaus y no me apetece que me vea como mi madre me trajo al mundo.
—Apuesto lo que quieras a que no le va a desagradar ver esa imagen.
Le lancé un cojín mientras se volvía a echar a reír.
—Eres un cretino.
—¿Qué? ¿Me vas a decir que no le gustan las mujeres? Creo que hasta los gais te mirarían con admiración por tu precioso cuerpo tallado por los mismísimos ángeles.
No sabía si ofenderme o sentirme halagada. Solo Eric sabía hacer ambas cosas en un mismo comentario.
—Haré como que no he escuchado eso.
—¿Vas a ponerte esa ropa?
—¿Vas a poner pegas a todo lo que me ponga?
—Ya te he dicho que me aburro. Y creo que tienes ropa mucho más bonita que esa que has sacado.
—¿Ahora eres mi estilista?
—Podría serlo al menos por un día.
—Está bien —cedí, solo por el hecho de mantenerlo ocupado y callado un rato.
Rebuscó en mi armario una camiseta, una blusa y unos pantalones que conjuntaban bastante bien. He de reconocer que tenía buen gusto en esto, pero no se lo haría saber porque suficiente ego ya tenía.
De algún modo, me gustaba tenerlo más animado, porque anoche estaba muy deprimido; fue lo que pude sentir nada más tomar esa gota de sangre. Aunque también sentí otras cosas de las que mejor no mencionarle.
Me quité la toalla del pelo y me lo froté un poco con ella para secarlo algo más. Eric se me acercó por detrás, cogiendo el cepillo que estaba en el tocador y me pidió con la mirada si le daba permiso para cepillármelo. Asentí y me senté en el borde de la cama y él se sentó a mi lado. Me echó el pelo hacia atrás y comenzó a pasarme el cepillo despacio y con delicadeza.
—Me gustaba más cuando tenías la melena.
—A mí también. La echo de menos, no te creas.
—¿Y entonces por qué te la cortaste?
Resoplé. Odiaba tener que contar esa historia otra vez.
—Tuve que hacerlo.
—¿Un accidente?
—Podríamos decir que sí.
—¿Te lo volviste a chamuscar como aquella vez?
Fruncí el ceño y giré la cabeza para mirarlo.
—¿Aún recuerdas eso?
—Me acuerdo de cada momento que pasamos juntos.
Solo a mí se me ocurren estas preguntas estúpidas.
—Pues esta vez fue más bien cosa de la hija de mi amiga Tara, ¿la recuerdas?
—La recuerdo. ¿No se casó con otro amigo tuyo?
Esto empezaba a parecer un salón de belleza repleto de chismes.
—Exacto. A principio de verano vinieron de visita y estuve jugando con los peques. No pienses nada raro, estuvimos dibujando y esas cosas. Así que la niña empezó a decirme que quería peinarme porque de mayor quiere ser peluquera.
—Oh-oh.
—Oh-oh —repetí, dándole más énfasis—. Le pasé unas gomas del pelo y un cepillo, y todo iba bien, pero no sé de dónde sacó unas tijeras y me dijo que no le gustaba las trenzas que me había hecho y… —Imité con los dedos las tijeras e hice como que me cortaba un gran mechón de pelo—. Ni siquiera me percaté de que lo había hecho hasta que vi mi pelo en su mano.
Eric se llevó una mano a la boca, pero creo que estaba intentando no reírse.
—Son cosas de niños.
—Sí, lo sé. No me enfadé porque eso, solo tiene tres años y no sabía lo que hacía, pero sí lo estaba conmigo misma por tener unas tijeras de jardín tan cerca, no de mi pelo, sino de los niños. Podría haber pasado algo peor.
—Por suerte solo se llevó un trozo de tu pelo y no de, no sé, tu dedo.
—Eso mismo es lo que digo. Además, me ha crecido un montón desde que me lo corté. —Le señalé con el dedo por debajo de la oreja, para hacerse una idea. Ahora lo llevaba por el hombro.
—Es irónico. —Se me acercó y me olisqueó el pelo—. Me es imposible oler el pañal sucio del bebé, pero puedo saber que has usado champú de camomila y gel con aceite de argán.
Me giré y estaba peligrosamente cerca de mí. Me levanté de un salto.
—Tengo que… —carraspeé— secarme el pelo. Y a terminar de vestirme. Esta mañana tengo muchas cosas que hacer.
Se quedó en silencio sin mediar palabra el resto del rato que estuve arreglándome. Creo que pilló la indirecta bastante bien.
Bajé y me preparé algo para desayunar, mientras Eric se quedó arriba con Adele.
Lo bueno de tenerlo de este modo era que podía ayudarme con alguna de mis tareas. Me ayudó a poner las lavadoras que necesitaba hacer —en verdad solo a llevar la ropa hasta la lavadora, pero era mucho más de lo que solía hacer antes—, a tenderla —por suerte no hacía mal día y pude hacerlo—, a ordenar la que tenía limpia —aunque es un poco desastre, pero no me quejo porque lo importante es la intención, ¿no?— y a limpiar los cristales —no lo hizo del todo bien, pero estuvo muy entretenido y sobre todo callado— mientras yo limpiaba la cocina y los cuartos de baño, y cambiaba la ropa de cama de mi cuarto y del de Klaus.
A la hora de comer me apetecía hacer el estofado de mi abuela. Lástima que Eric no pudiera degustarlo, porque le pondría un plato para que lo probara. Estaba pensativo con la vista clavada en el frutero.
—¿En qué piensas? —quise saber.
—Me pregunto si podré comer en este nuevo estado.
—¿Quieres probar?
Se encogió de hombros y cogió una manzana. Le dio un bocado enorme y comenzó a masticarlo de forma exagerada. Me recordaba a esas cabras que van por el monte comiéndose todo lo que ven a su paso. Por la cara que puso, no le estaba gustando demasiado.
—¿Qué tal? —Empecé a dudar si se tragaría el trozo.
—Es raro.
—¿Te sabe a algo?
Negó con la cabeza.
—Pensé que tal vez, pero he fracasado estrepitosamente.
—Pues es una pena, porque esas manzanas me encantan y en un rato haré una tarta con ellas.
—Seguro que estará deliciosa. Pero me temo que no podré ser un buen catador de esa tarta.
Le pasé una servilleta y lo escupió en ella.
—¿Ahora resulta que tengo dos niños que cuidar?
Me sonrió con picardía y una ceja enarcada.
—Por supuesto. También quiero tomar teta. —Subió y bajó las cejas varias veces y le lancé el trapo de cocina que estaba usando a la cabeza.
Se echó a reír y me sacó la lengua. Le estuve ignorando el rato que estuve terminando de hacer el estofado. Se entretuvo con el periódico. Miré el móvil, por si había recibido alguna llamada de alguien. Tenía un mensaje de Klaus.
Respiré profundamente, aliviada de saber que se encontraba bien.
«Estoy bien. Estuve toda la noche fuera y dormí por ahí. Gracias por preguntar. ¿Cómo está Adele? Si necesitas que regrese, solo tienes que decirlo y me tienes en un momento».
«Adele está mucho mejor. Ya no tiene fiebre. No es necesario que vengas si no quieres. Pásalo bien donde estés», le contesté, seguido de un emoji de un monigote sacando la lengua. No quería que pensara que he estado inquieta por él.
—¿Con quién hablas que sonríes de ese modo? —preguntó Eric, mirándome de soslayo desde detrás del periódico.
—Con Klaus.
—¿Siempre te alegras de hablar con él?
—Se nota que no le conoces. Siempre es un placer hablar con Klaus.
Se irguió en su asiento y cerró el periódico, cruzándose de brazos y frunciendo el ceño.
—Qué interesante, ¿no? Sigue hablándome de él.
—¿Estás celoso o es sensación mía?
—¿Celoso yo? —Arqueó las cejas, sorprendido, y soltó una carcajada cínicamente—. No puedo sentir celos de alguien que no conozco de nada.
Bufé. A veces se le da mal mentir. Lástima que solo fuese a veces.
—Pues para no estarlo, bien que te estás interesando mucho en saber quién es el que me hace sonreír de ese modo…
—Solo es eso, interés, ¿no puedo?
Me encogí de hombros.
—No sé qué es lo que quieres saber. Le conocí en Vancouver, es médico, viaja mucho, sabe un montón de idiomas… y, sobre todo, es más guapo que tú —Lo dije mientras cerraba la olla para que se terminara de hacer el estofado.
Ahora el que bufaba era él. Le había dado donde más le dolía. Me recordó a Jason cuando se lo dije hace una semana atrás. Me dio un escalofrío pensar que no se acordara del detalle y no paraba de pensar en que cuando terminara de comer quería ir a verlo. Pero ahora con Eric pululando cerca de mí —aunque fuese un espectro—, no estaba segura de si sería buena idea ir. Aunque necesitaba verlo. Bueno, ya me las ingeniaría para ver qué hacer con mi vampiro fantasma.
El estofado estaba listo y me lo serví. Eric no volvió a preguntarme más sobre Klaus —le había dado de lleno en el orgullo, como para querer seguir—, así que pude comer tranquila. Estuvo en silencio, aunque haciendo cosas raras —como comprobar si podía cortarse con un cuchillo o quemarse con la olla. Lo dicho, como un niño pequeño. La suerte era que no sentía nada de eso. Imagino que este nuevo estado era extraño hasta para él, que lleva más de mil años siendo un vampiro y no sabíamos qué nos pasaba. Me preguntaba si todo esto me pasaría a mí también si tomara él de mi sangre. No quería averiguarlo, porque es como si estuviésemos todo el día y me estaba estresando la idea de no poder quitármelo de encima hasta el anochecer.
Cogí a Adele, que estaba ya algo inquieta y le di el pecho. No había podido usar el sacaleches, por lo que tuve que hacerlo así. Eric nos miró con interés, con una mano apoyada en su mentón y el codo en la mesa. Noté algo extraño cuando empezó a mamar. Le bajé un poco el labio inferior y me di cuenta de que le habían crecido dos dientes. ¿Cómo era posible esto si hasta hace nada solo le estaba creciendo uno? Supuse que era por la fiebre. Ya me avisaron que es porque crecen y esas cosas, pero igual me resultó raro. Tendría que habla con el doctor Chambers o Wilkinson para que me respondiera mis dudas. Además, estaba algo más grande, por lo que mis sospechas estaban siendo ciertas. Me hacía gracia pensar que todos los libros sobre maternidad y cuidados del bebé no me estaban resultando efectivos porque Adele no es precisamente un bebé humano normal. Y libros de bebés de doble naturaleza no venden en las librerías —sería interesante que hubiera alguien que escribiera sobre todo esto— y tal vez me anime a hacerlo. No es que sea una gran escritora, pero recogiendo información seguro que a más de una madre primeriza como yo con un bebé como Adele le resolvería más de una duda.
O tal vez fuese una tontería, porque tampoco sé cuántos mestizos puedan existir en estos momentos. Puede que no sean muchos, así que es muy posible que fracase.
Ya lo pensaría mejor.
—¿Estás bien? Pareces pensativa por algo desde que te has quejado de los dientes de la niña.
—Sí, es que me está doliendo un poco. Tendré que echarme algo para eso.
—Yo sé de un remedio, pero tal vez no te haga mucha gracia —me sonrió ampliamente y sabía por dónde iban los tiros, pero no estaba por la labor de recurrir a eso.
—No, gracias. Suficiente tuve con lo de anoche.
Puso los ojos en blanco.
—Solo era una sugerencia, pero tú te lo pierdes.
—Esa es la idea, mi querido Eric.
Cogí el portabebés y ordené la bolsita de Adele. Tendría que ir a comprar más pañales de camino al hospital.
Suerte que tenía a Eric para que pudiera echarle un vistazo a la pequeña mientras estuviera en el coche.
Cogí una manta para Eric. No, no es que quiera que no pase frío —ni siquiera lo nota—, pero no me apetece que esté en mi coche desnudo. Aunque solo fuese yo quien le viera, me ponía nerviosa verlo así a cada rato. Suficiente tengo con tener las hormonas ahora mismo muy disparadas por todo.
Lo curioso es que estuvo casi todo el trayecto al hospital callado y no sabía si eso era buena o mala señal. Se pasó gran parte mirando por la ventanilla, pensativo.
—Me das miedo cuando estás así, sin decir nada…
—¿Prefieres que hable?
—No, pero me gustaría saber en qué piensas.
Se encogió de hombros. Había empezado a llover y observaba con atención las gotas que se chocaban contra el cristal de la ventanilla. Siguió con el dedo el recorrido de una que bajaba en diagonal.
—Pensaba en Pam y Karin.
De la novia ni medio pensamiento, por lo que veo.
—¿En algo bueno o malo?
—Bueno. Intento no pensar en nada negativo para no desesperarme.
—Debe ser frustrante no poder sentirlas.
—No lo sabes tú bien. Es como si te arrancaran un brazo y tu mente te dice que lo estás sintiendo, pero luego te das cuenta de que no está.
—Nunca me han arrancado un brazo, pero supongo que a ti sí.
—Hace siglos de eso, pero sí. Y tarda mucho en crecer. Por no hablar de lo doloroso que es.
—¿Así es cómo te sientes ahora mismo? ¿Con ese tipo de dolor?
—No es físico, pero podríamos decir que sí.
—Algo percibí anoche, solo que pensé que era por todo en general.
Me miró de reojo. Creo que sabía a qué me refería.
—Ni siquiera sé dónde está Sabrina.
—¿Por qué dices eso?
—Porque no desapareció en el mismo lugar. Ella no fue a Seattle.
—Yo lo que no entiendo es qué pinta ella en todo esto. Es decir, si te quieren hacer daño, entiendo que se lleven los del Consejo a Pam y Karin. Ellas son tu progenie y saben que es lo más importante para ti, ¿pero Sabrina? Que tampoco es que vayáis en serio.
—Que no sea el amor de mi vida no quiere decir que ella no me importe.
Me lo dijo tan cortante que tuve que mirarme el brazo para ver si me sangraba.
—Bueno, no me refería a eso.
—Sé a lo que te referías. —Regresó la mirada a la ventanilla—. Tenemos una relación muy distinta, pero al menos…
Se calló de repente, como si no quisiera continuar lo que iba a decir.
—Al menos, ¿qué?
—Déjalo.
—No, dilo. Al menos, ¿qué?
—Olvídalo.
—¿Al menos no es Freyda? —intenté adivinar, solo para sacarle de quicio; así por lo menos me divertía un rato de camino al hospital—. ¿Al menos no es un vampiro? ¿Al menos no es una telépata? ¿Al menos no es una cambiante? ¿Al menos no es una zombi? ¿Al menos no tiene la rabia? ¿Al menos es alguien normal? ¿Al menos… ?
—Al menos hace que me olvide de ti —soltó de golpe y volvió a callarse.
Tenía la pequeña esperanza de que esos sentimientos que percibí en él no fuesen por mí. Me dolía en el alma que se sintiera así, porque yo hacía mucho que no tenía sentía lo mismo y no sabía qué decirle. Pensé que tendría algo más profundo con Sabrina, pero veo que no.
Por otro lado, sentía cierta lástima por Sabrina. Se le veía bastante colgada por él y el no ser correspondida debe ser bastante duro. No me extraña que me odie tanto. Yo también estaría así en su lugar.
Ahora me siento idiota recordando lo que pretendía hace unos meses atrás, cuando quise tener algo con él. Ni siquiera recuerdo si solo lo hice porque estaba desesperada o solo quería un poco de cariño por parte de alguien que sabía de su atracción hacia mí. Y me sentí peor sabiendo que él no regresó por mí —o eso es lo que repite una y otra vez— y que tenerme cerca no le debía ser nada fácil. No era mi intención aprovecharme de él, sino de la situación, ya que yo estaba muy frágil y no lo pensé en su momento, pero no le debió resultarle fácil decirme que no. Porque tal vez sería como abrir la caja de Pandora. Porque si decía que sí, ya no habría marcha atrás y puede que se estropeasen todos sus planes de empezar de cero en todo.
Y encima ahora, estando unidos de esta manera incomprensible, debe ser lo más doloroso que le pueda pasar a alguien que intenta olvidar a la persona amada. Es como si un perro soñase constantemente con comerse un buen chuletón pero al despertar se diera contra las narices de que nada de eso era real. Y para colmo lo había empeorado tomando de su sangre, que ahora estaba encadenado a mí hasta cuando está dormido.
—Lo lamento mucho —dije nada más aparcar el coche en el parking del hospital. Él me miró extrañado.
—¿Por qué? No has hecho nada.
—Sí que lo he hecho: ponerte las cosas difíciles.
Bufó levemente e hizo el amago de abrir la puerta hasta que se dio cuenta de que no sería buena idea. Salí del coche e hice como que quería coger algo que se me había olvidado —demasiados coches cerca que me podían ver— en la guantera del coche, así que Eric aprovechó para salir de allí.
Subí por el ascensor, con Adele colgada a mi pecho. Estaba despierta y miraba a todas partes, curiosa, observando cada cosa que podía con sus enormes ojos azules. Se quedó mirando muy cerca de Eric y me dio la sensación de que ella podía verlo. Se echó a reír, probablemente para decirme que estaba loca.
Cuando entré en la habitación de mi hermano, se encontraban allí Holly y Hoyt, pero no estaban solos: habían traído a la pequeña Heaven, la otra ahijada de Jason. La pequeña de dos años estaba sentada en el borde de la cama, acariciando el rostro levemente magullado de su padrino. Mi hermano le sonreía y le brillaban los ojos cuando la miraba. La niña le estaba hablando y contando algunas cosas que no entendía porque acababa de llegar.
—Cuando te pongas bueno, te presentaré a Manny —le decía la niña.
—¿Quién es Manny? —le preguntó mi hermano.
—¿Quién va a ser? ¡La tortuga!
—¿Tienes una tortuga? —La pequeña asintió, con sus dos coletitas moviéndose a la vez.
—Es de Cody, pero yo la cuido más. Le doy lechuga —decía, alargando mucho las vocales—, tomate, manzana… y se lo come así —imitó con las manos cómo comía la tortuga. Jason se echó a reír e imitó también el gesto con su mano sana.
—¿Así? —La pequeña asintió y chocó su mano con la de Jason, haciendo que se comieran mutuamente.
Heaven fue la primera en darse cuenta de mi presencia. Yo aún estaba en la puerta viendo la escena. Sonrió y me saludó con su manita.
—Hola, tía Sookie —sacudió la mano exageradamente—. Hola… —meneó la cabeza, queriendo recordar el nombre que se le escapaba—, pequeña Sookie.
—Adele —la corrigió su madre—. Se llama Adele, cariño.
—Hola, Adele Cariño —repitió la niña, sin entender por qué nos habíamos echado a reír todos.
—No, solo Adele.
—Hola, Solo Adele.
—Adele.
La pequeña suspiró mirando a su madre exasperada porque la estaba confundiendo. «A ver si te aclaras», seguramente querría decirle si supiera decirlo.
Hoyt la cogió en brazos, ya que se tenían que ir; se estaba haciendo tarde y tenían que hacer cosas.
—Heaven, despídete de Jason. —Le hizo un gesto a mi hermano, como despidiéndose, y la pequeña hizo lo mismo. Le lanzó besos al aire que Jason los 'cogió' al vuelo.
—Ponte bueno. —Le lanzó más besos.
Holly se paró frente a mí antes de salir por la puerta.
—Oh, por cierto, Sookie, muchas gracias por mandarnos a Klaus.
Fruncí el ceño sin entender nada.
—Yo no os lo mandé.
—¿No? Nos dijo que iba de tu parte, porque necesitábamos una mano en el bar.
Abrí los ojos como platos, porque no me esperaba el gesto.
—No, solo le dije que tenía libertad para pedirse todo lo que quisiera, pero no tenía que trabajar. Él está de vacaciones.
—Pues qué maravilla de hombre, Sookie. Todo el mundo está encantado con él. Esta mañana hemos hecho el doble de caja más de lo normal. No te digo más.
Alcé las cejas asombrada.
—No he hablado con él casi desde ayer. Me dijo que pasó la noche fuera, pero no sé más. Pensé que estaría visitando el pueblo.
—Sí, eso lo hizo después de los desayunos. Y ni siquiera aceptó el dinero que le correspondía.
Meneé la cabeza, aún incrédula.
—He de decirte que Klaus es una caja de sorpresas y que aún no termino de saber todo lo que suele hacer o es capaz de hacer.
—Así que tu nuevo amiguito —murmuró Eric detrás de mí, después de permanecer todo este rato en silencio— es Don Perfecto. Vaya, vaya…
Giré la cabeza hacia él, pero le tuve que ignorar. Le hubiese dado un codazo, pero tendría que dar explicaciones por el gesto.
—No te puedes hacer una idea, Sook. No soy quién para meterme en estas cosas, pero, por favor, no le dejes escapar. —Me guiñó un ojo sonriendo, saliendo por la puerta.
—No le dejes escapar —le imitó burlonamente Eric, y esta vez sí que le di un codazo.
Me senté al lado de mi hermano, en la habitual silla de siempre. Se acomodó un poco y me di cuenta de su mejoría con el hombro. Era increíble ver que ya lo podía mover algo más sin quejarse. Se le notaba que había estado haciendo rehabilitación por la mañana —me informó Michele de ello— y tenía la esperanza de que dentro de poco tiempo ya estaría como nuevo.
—Me ha dicho el médico esta mañana que muy pronto me dan el alta —me informó mi hermano, como si nada—. Me hace ilusión poder salir de este cuarto.
—¿Y a quién no? —murmuró de nuevo Eric—, si es deprimente.
Le miré como diciéndole que no era el más indicado para decir eso. Estaba cotilleando el monitor y los cables que estaban conectados a Jason. Se acercó mucho a él y me miró a mí.
—¿Y cómo te encuentras?
—Como una mierda —bromeó Eric.
—Mejor. Aunque me frustra no poder recordar a nadie todavía.
—Bueno, ayer recordaste a la abuela y eso es un paso.
—Lo sé, pero hoy no he avanzado nada.
—No te fuerces tanto. Yo no te he querido traer nada para que descanses, pero si quieres mañana…
—No es necesario. Prefiero hacerlo cuando regrese a casa con Michele.
Le sonreí con una ceja arqueada.
—Veo que tienes ganas de regresar a casa con Michele…
Se puso muy rojo y, si pudiera hacerlo, escondería la cabeza bajo la almohada. Me recordaba a cuando éramos niños y le descubría pensando en una chica que no quería que supiera.
—Ella es mi esposa, ¿no?
—Hasta donde llego, sí. Pero pareces muy emocionado.
—Me cuida muy bien. Y ahora va a venir a quedarse conmigo toda la noche.
—Pensé que sería ella la que estuviera aquí cuando llegué.
—No, se ha ido a casa a darse una ducha y echarse una siesta.
—Normal, ese sillón debe ser lo más incomodo del mundo —susurró Eric, sentándose en el mencionado sillón, haciendo un extraño ruido con el culo que alertó a Jason.
—¿Qué ha sido eso?
—Lo siento —dije ruborizándome—, he debido comer algo que me ha dado… gases.
Eric se echó a reír por mi ocurrencia, pero a mí no me estaba haciendo tanta gracia.
—¿No has podido inventarte nada más vergonzoso? —se carcajeó Eric.
Le miré con cara de pocos amigos e intenté disimular lo que pude para no gritarle que se fuese a freír monas.
Noté a Jason algo tenso y nervioso. Quería preguntarle, pero seguí el consejo de Klaus de no agobiarle con preguntas innecesarias. Si quería hablar de ello, ya lo haría. No había que estresarle. Miró a Adele y le cogió de una manita; ella le agarró del dedo índice y se empezó a reír. Jason cambió el gesto y sonrió. Desde luego, le sentaba bien tener un niño cerca.
—¿Quieres cogerla? —Me miró sin entender, viendo su estado tan lamentable—. Me refiero a que te la puedo poner junto al brazo bueno y la puedes sujetar bien.
Jason aceptó, pero pude ver el temor en su mirada. Le coloqué a la niña como le comenté y le ayudé a sujetarla bien. Se le veía bastante contento teniéndola entre sus brazos. Aunque seguía con esa mirada de preocupación en los ojos.
—¿Te ocurre algo?
Suspiró y le acarició como pudo la mejilla a la pequeña con el pulgar de su mano buena.
—No sé si debería decírtelo, pero me van a dar el alta antes de tiempo. No te lo he dicho antes, porque no estoy seguro del todo, pero por lo visto, va a ser así.
—Pero eso es una gran noticia, ¿no?
—Sí, lo es —contestó con tono triste.
—¿Pero no quieres regresar a casa? Hace un momento me has dicho que estabas deseándolo.
—Lo sé, pero… lo van a hacer por un motivo mayor y me tiene muy preocupado.
Negué con la cabeza, intentando comprender lo que acababa de decir. No quise leerle la mente porque no quería revelarle aún lo que soy —no sé cómo se lo tomaría e estas circunstancias—, pero sentía la necesidad de hacerlo. Al final no lo hice, pero esperé paciente a que él hablara.
—Esta mañana he recibido una visita inesperada.
—¿De quién?
—De un tal Calvin Norris, ¿le conoces? —Asentí sin decir más nada—. Vino por un buen motivo y no se anduvo con muchos rodeos.
Me imaginé por dónde iban los tiros.
—Supongo que sé a qué vino. Jason, no quisimos decirte nada por lo de tu amnesia, yo…
—No, no voy a enfadarme por que me lo ocultarais. No estoy enfadado, de verdad, pero me he quedado en shock cuando me ha dicho qué es lo que soy y en qué me voy a convertir en tan solo cinco días. Creo que ni siquiera el médico lo sabía y se ha quedado igual.
—Ojalá no hubieses tenido que enterarte así.
—Teniendo en cuenta mi condición, entiendo por qué Calvin ha querido ser tan directo conmigo. Y más si encima no recuerdo nada.
—Vas con el tiempo justo.
—Sí. Y me ha dicho que me tiene que enseñar cómo reprimirlo para que no dificulte mi recuperación. Así que lo más seguro es que mañana por la mañana me den el alta. Esta noche se quedará Michele conmigo y me llevará a casa.
Le acaricié la mejilla.
—Ya verás cómo lo harás bien. Calvin es un hombre muy paciente.
—Sí, eso he visto. Pero… Michele me ha contado la relación que tengo con él y eso me ha puesto muy triste.
Tragué saliva. No sé cuánto le habrá contado ella, pero esperemos que no todo.
—¿Y qué te ha dicho?
—Que yo estuve casado con su sobrina y murió trágicamente.
Efectivamente, habló más de la cuenta. Esta Michele y su derroche de sinceridad…
—¿No te ha contado más?
—No mucho. Me prometió contarme el resto cuando regresara a casa.
—Hizo bien. Creo que te vendrá bien descasar, porque no quiero que acabes odiándonos a todos y deseando perdernos de vista.
Jason me sonrió con ternura.
—Es gracioso: no os recuerdo, pero solo por cómo me tratáis, siento que estoy como en casa. Es extraño, porque debería sentirme como dices, pero vi vuestras caras nada más despertar y sé que me queréis.
—Mucho. Más de lo que puedes recordar. Y espero que sea pronto.
—Y eso me da tranquilidad. Además, recuerdo a la abuela y solo con eso me siento feliz.
—¿Sabes una cosa? —le dije, bajando la voz—. Es posible que la recuerdes porque le pedí a ella expresamente que cuidase de ti cuando tuviste el accidente. Iba de camino hacia aquí y era lo único que se me ocurría. Así que tal vez ella te hace saber que ha estado cuidándote.
—¿Como si fuera mi ángel de la guarda?
Eric soltó tal carcajada que quise arrancarle la cabeza por estropear el momento.
—Claro que sí, cariño.
Me acerqué a él y le di un beso en la mejilla. Tenía barba de varios días y raspaba, pero me dio igual.
—Creo que voy a llorar —murmuró con sarcasmo mi adorable amigo vampiro, ahora espectro—. Si mandáis vuestra historia familiar a la televisión, seguro que hacen una telenovela preciosa y lacrimógena. Ganaréis un Emmy por lo menos.
Me chirriaban los dientes de tanto apretarlos. Quería estrangularlo con mis propias manos. Le pedí a Jason que sujetara a Adele bien porque necesitaba ir al aseo. Una vez que me aseguré de que la tenía bien agarrada, me ausenté unos pocos minutos para echarme agua en la cara.
—¿Puedes, por favor, dejar de hacer ese tipo de comentarios cuando esté con mi hermano? —Le miraba tan seria y enfadada que sentía la necesidad de darle un bofetón, pero respiré hondo y se me pasó—. Este es un momento muy duro para mí y necesito que mi hermano sepa que estoy de su parte, que no está solo y que debe ponerse bien. Así que sé un poco empático y mantén el pico cerrado por un rato.
Se cruzó de brazos y puso los ojos en blanco.
—Es que me habéis conmovido mucho. Y las estampas familiares son mis favoritas.
—Oye, mira, si quieres seguir adelante con el plan, vas a tener que hacer lo que te diga por una vez en tu maldita vida de vampiro. Porque yo no tengo la culpa de que tu progenie haya desaparecido. Así que, o te mantienes al margen o terminamos aquí nuestro trato.
No dijo nada más. Hizo un gesto como de cerrar la boca con la cremallera. Obedeció sin rechistar, como un niño bueno. Un niño travieso, más bien, pero niño a fin de cuentas.
Pasé el resto de la tarde bastante tranquila, hasta que llegó Michele a sustituirme. Vino con ropa limpia para Jason. Le dije que me llamara cuando le dieran el alta para ayudarla a meter a Jason en casa, pero me dijo que no era necesario, que había puesto unas rampas de madera en la entrada para facilitar el acceso a la casa y había despejado las habitaciones para que se pudiera mover con más comodidad.
Me sentí inservible, pero parecía que Michele lo tenía todo controlado. Aunque me gustaba la idea de que supiera todo lo que tenía que hacer y estuviera preparada para los cuidados de mi hermano.
Si todo salía como lo previsto, podría marcharme unos días a Seattle en busca de Pam y las demás.
Al subir al coche, Eric seguía sin hablar. No sé si le habría dado en todo el orgullo, pero se le notaba molesto.
—Mañana es la inauguración de la posada, ¿no?
No me contestó. Estaba lloviendo más que antes y se había quedado con la vista clavada en el cristal.
—Eric, te estoy hablando. No seas crío.
—Sí. —respondió cortante. Estaba enfadado, estaba claro.
—Oye, puedes llegar a ser un grano en el culo, porque has estado todo el día haciendo lo que te da la gana y con comentarios que me ponen de los nervios, pues mira, no pretendas que me agrade esta situación. Mañana solo iré a la inauguración, que es por la mañana, por lo que estarás allí de algún modo. E iré a ver a Jason una hora como mucho. Así que estaré en casa el resto del día. O tal vez vaya a Seattle a averiguar el paradero de Pam y…
—Espera, espera… ¿qué?
—Oh, vaya, si me hablas.
—¿Me hablas en serio? ¿Ir a Seattle?
—Eric, llevo todo el día sin vigilancia y nadie me ha secuestrado. Está claro que he de ir hasta allá a meterme en la boca del lobo.
—Ni hablar. No pienso dejar que hagas esa barbaridad tú sola.
—Bueno, no estaré sola… estarás conmigo, lo quiera o no.
—Pero si te secuestran después del anochecer, no podré ayudarte en nada.
—Pero podrás localizarme.
—Y tal vez, para cuando llegue, ya sea demasiado tarde.
—O no. Habrá que intentarlo.
—Iré contigo.
—De acuerdo, pero no iremos en el mismo avión. Si realmente me quieren, mejor que piensen que estoy sola. Tampoco nos alojaremos en el mismo hotel, porque si no se irá todo al traste. Intentaré reservar en la misma habitación que Karin y Pam, a ver si así…
—De acuerdo. Creo que hay otro hotel cerca, a unas tres manzanas.
—Esta noche haré las reservas.
El sol se estaba escondiendo y, cuando me quise dar cuenta, Eric se había marchado en silencio. Respiré aliviada de poder quitármelo de encima toda la noche.
O eso creía.
Cuando llegué a casa, Klaus había regresado. Se había dado una ducha y estaba limpiando la bañera —tuve una especie de orgasmo cuando lo vi— y había traído pizza. Estaba ligeramente fría, porque hacía un rato que la había traído, pero me dio igual, porque yo siempre la prefiero así. También se había molestado en hacerle otra papilla a Adele. Si es que no podía ser más encantador este hombre. Se la estuvo dando mientras yo cenaba mis trozos de pizza, y además, era de cuatro quesos, mi favorita.
—¿Y qué has hecho en todo el día, aparte de echar una mano en el Merlotte's?
Se sonrojó.
—No te dije nada porque sabía que no querrías que lo hiciera, pero vi a Terry y Holly bastante agobiados porque tu hermano está en el hospital y aún no tienen sustituto. Así que les dije que yo lo sería.
—Pero estás de vacaciones y necesitas descansar.
—Los hospitales pueden ser mucho más estresantes, créeme. Y tampoco hice gran cosa. Tan solo les eché una mano con las mesas, eso es todo. Luego me fui a dormir a la casa prefabricada que hay detrás de la posada.
—¿En la casa de Sam?
—¿Esa era su casa?
—¿No te lo dijeron? —negó con la cabeza—. Pues lo era. Se suponía que se iba a derribar, pero Eric al final no lo hizo.
—Me pareció muy acogedora, aunque por lo que vi algunos muebles son nuevos.
—Sí, lo vi cuando regresé. Ya hablaré con Eric de ese asunto. —Le di un mordisco a mi pizza y mastiqué despacio—. Al final no me has dicho qué has hecho el resto del día.
—Pues mira, me encontré con la señora Fortenberry y me comentó que iba al Club de los Descendientes de los Muertos Gloriosos. Así que sentía curiosidad por saber de qué hablaban y la acompañé.
—¿Estuviste en una de esas reuniones tan aburridas?
—Sí, y no son tan aburridas como crees. A mí me parecieron esas historias muy interesantes.
—¿Sabes que mi abuela pertenecía a ese club?
—La señora Fortenberry me lo comentó. Y también me enseñó unas cuantas fotos de ella. Se la veía muy adorable y encantadora.
—Lo era. Mi abuela era la mejor abuela del mundo. Tengo fotos de ella en el salón y una en mi dormitorio. Me gusta tenerla cerca para hablar mejor con ella. —Klaus se echó a reír y yo me ruboricé—. Crees que estoy loca por hacerlo, ¿no?
—En absoluto. Creo que es una buena idea hacer eso.
—¿En serio?
—Por supuesto. Ella sigue contigo y te escucha esté donde esté.
Le sonreí. Me encantaba que no me juzgara por estas cosas, que me aceptara tal como soy. Me hacía sentir cada vez más a gusto con su presencia y no quería que se marchara nunca.
—Gracias.
—No tienes por qué.
Recordé de repente el favor que le tenía que pedir.
—Por cierto, hay algo de lo que te quiero comentar. —Dejó lo que estaba haciendo (terminar de darle la cena a Adele) y me prestó toda su atención—: voy a estar unos días fuera y necesito que te quedes con Adele hasta que regrese.
—¿Adónde te vas?
—A Seattle. Por un asunto importante. No te puedo contar más. Pero tal vez esté un poco incomunicada, por lo que mejor te llamo yo para que no te preocupes.
—De acuerdo. Por mí no hay problema. Aunque igualmente estaré inquieto hasta saber de ti.
—Estaré bien. Es solo que no me puedo llevar a la niña. Y será durante poco tiempo. Te dejaré dinero para que le compres todo lo que necesite en mi ausencia.
—Si me lo dejas se quedará ahí, lo sabes, ¿no?
Podría rechistar, pero sería inútil. Terminé mi cena y me disponía a bañar a la niña, pero Klaus no pretendía devolvérmela tan fácilmente. Cogió a Adele y se la subió al cuarto de baño. Le ayudé a colocar bien la bañera de bebé —habíamos descubierto dónde hacerlo— y le puse todo lo que necesitaría en el cuarto de Adele. Regresé a la cocina para limpiarla y ponerla todo en orden. Comencé por los platos y cubiertos, y continué con los vasos —no había mucho, pero me gustaba tenerlo todo en orden.
Estaba secando el último vaso cuando noté una presencia detrás de mí. Di un respingo y solté el vaso, que se hubiera estrellado contra el suelo de no haber sido por la agilidad de Eric para evitarlo.
—¿Qué haces aquí, Eric? ¿Ahora eres mi sombra?
Puso el vaso en la encimera con tanta tranquilidad que me abrumaba.
—He venido a por dos cosas: una de ellas —metió la mano en el bolsillo interno de su chaqueta y me lo entregó— es este billete a Seattle. Tu vuelo sale a las doce cuarenta y cinco. También he conseguido reservar en la misma habitación donde se alojaron Pam y Karin.
—Iba a sacarlo cuando terminara de limpiar. No tenías por qué.
—Esto es asunto mío. No tendrías por qué estar haciendo esto, pero lo haces y quiero compensártelo de algún modo.
—Pam habría hecho lo mismo en mi lugar, así que no estoy haciendo nada que ella no hubiese hecho ya. ¿Cuándo sale el tuyo?
—A las once de la noche.
—¿No había uno más temprano? Voy a estar horas allí sola.
—No me has entendido. Sale a las once de esta noche.
—¿Esta noche? ¿Ya? Solo quedan dos horas y media.
—Lo sé, pero hay que ir allí a pedir permiso. En una hora vendrán a recogernos.
—¿A recogeros?
—Bill también viene.
—¿Y eso por qué? Pensé que no querías que nadie más…
—No creo que pueda hacerlo todo yo solo. Él conoce mejor la zona y podrá ayudarme a rastrearte si se diera el caso.
—Para eso tendría alguien que saber que tenemos un vínculo sanguíneo.
—De eso te quería hablar también. —Le miré sin entender y me crucé de brazos—. Vengo a cortarlo.
—¿Por qué?
—Porque soy un grano en el culo para ti, me lo has dejado esta tarde muy claro.
—Eric… —Tomé aire para controlar la situación—, no pretendía molestarte.
—No, si la que estabas molesta eras tú.
—Esta tarde estaba alterada y solo quería que te mantuvieras al margen de lo que estaba pasando. Pero prefiero que no hagas eso.
—Así no tendrás que aguantarme más.
—Realmente prefiero que no lo hagas. Me sentiría un poco más segura sabiendo que estás conmigo.
Eric se echó a reír.
—Es irónico: no me soportas, pero tampoco me quieres lejos. No hay quién te entienda.
—Si estoy al cien por cien sola en esto, no sé si podré hacerlo. Si te tengo cerca, aunque sea con nuestra extraña conexión, podrás saber de primera mano sin que nadie más lo sepa dónde estoy y, por ende, dónde están Pam y las demás. A mí tal vez me duerman y eso me dejará fuera de combate durante un rato. Solo tú podrás verlo por mí en ese caso. Así que no podemos cortar este vínculo. No ahora.
—Está bien, yo solo quería que… —Miró hacia arriba y se quedó en silencio, prestando atención a algo que yo no conseguía escuchar—. ¿Hay alguien arriba?
—Sí, Klaus.
—¿Está… con Adele?
—Sí, ¿por qué?
—Le está cantando una nana…
—Yo no oigo nada.
Caminó despacio, siguiendo el sonido de la voz de Klaus. Una vez en las escaleras, pude escuchar con más claridad el canto. No entendía nada, ya que lo hacía en un idioma que desconocía, pero, por la cara de Eric, sabía perfectamente lo que estaba cantando.
Vargen ylar i nattens skog
Han vill men kan inte sova
Hungern river i hans varga buk
Och det är kallt i hans stova
Du varg du varg, kom inte hit
Ungen min får du aldrig
Se paró en seco al llegar a lo alto de las escaleras. Cerró los ojos un momento. Iba a preguntarle qué significaba la canción, pero se dirigió hacia el dormitorio de la pequeña. Klaus estaba de espalda; tenía a la niña en brazos, meciéndola con suavidad, y le cantaba muy dulce. Eric seguía sin decir nada. Estaba parado en el marco de la puerta. Le observaba con cara de estar escuchando la canción más hermosa del mundo. Parecía hipnotizado por la voz de Klaus.
—No sabía que tenía público —comentó con su encantadora sonrisa cuando se dio media vuelta. Dejó a la niña en su cuna y regresó a nosotros.
Eric le habló en otro idioma, tal vez el mismo que estaba cantando Klaus. Estuve escuchándole intentando entender algo, pero no hubo manera.
—Yo también me alegro de volver a verte, mi viejo amigo —le dijo a Eric. Abrí los ojos del asombro.
—Espera, espera, espera… ¿Os conocéis?
—Sí —respondió Eric—. Pero la última vez que le vi, él… —Estaba rebuscando alguna palabra que encajara con lo que estaba contando—. Creía que estabas…
—No —contestó Klaus de inmediato—. Pude salir de allí airoso.
Eric soltó una leve carcajada, como si le resultara divertido lo que le acababa de decir.
—Quise ayudarte, pero…
—No hubieses podido, estaba a punto de amanecer y tenías que irte.
Pasé varias veces la mirada de Klaus a Eric y de Eric a Klaus. Sus miradas parecían de algo más que amigos.
—¿Ya metías en problemas a otros antes que a mí, Eric?
—Más bien era yo el que se metía en problemas —le defendió Klaus.
—Eras un chico muy revoltoso y me traías de cabeza —señaló Eric, con media sonrisa.
—¿Y de qué os conocéis? —quise saber.
—Yo salía con su prima.
—Y nos hicimos amigos —matizó Klaus.
—Cuando me dijiste que conocías a algunos vampiros, no pensé que entre ellos fuese Eric.
—Conozco a unos cuantos, sí.
—Aunque te hablé de él, nunca preguntaste por él.
—Eric es un nombre muy común. No puedo pretender conocerlos todos.
—Touché.
—Sookie me ha contado que ahora eres médico.
—Sí, fue una locura, pero… ahora soy el Doctor Sørensen.
Eric se echo a reír. Imagino que por cómo le debía sonar.
—Jamás pensé que llegases a ser algo así.
—Era muy joven y loco. No me puedes culpar de vivir la vida a tope.
—Me pregunto qué hubiese sido de ti sin mí, mi querido Klaus.
—Yo también me he hecho la misma pregunta más de una vez. —Se dirigió hacia mí, señalando al vampiro—. Me salvó de más de una. Le debo la vida.
—No me debes nada. Pensé que te fallé aquella última vez…
Ambos amigos se quedaron mirándose durante unos segundos, con una sonrisa que destilaba nostalgia. Debían estar rememorando viejos tiempos.
—¿Como está Pam? —A Eric le desapareció la sonrisa y se puso muy serio.
—Está en Seattle. La han secuestrado, junto a Karin, mi otra progenie, y Sabrina, mi actual pareja. Sookie y yo, junto con Bill, vamos mañana a rescatarlas.
Me quedé perpleja. Hasta ayer mismo me decía que no confiaba absolutamente en nadie.
—Pensé que no querías que nadie lo supiera.
—Confío ciegamente en Klaus, Sookie.
—Ojalá pudiera hacer algo por ti, Eric.
—No puedes hacer mucho. Además, lo tenemos todo controlado. —Miró un momento el reloj de su muñeca—. Me encantaría seguir con la conversación, pero he de marcharme. Mi vuelo sale en dos horas y vienen a por mí en veinte minutos. —Se dirigió a la ventana, la abrió y nos echó un último vistazo—. Me ha gustado volver a verte, Klaus. Me alegra saber que te va bien. Sookie, nos vemos mañana. —Sacó la cabeza, pero la metió en seguida—. Por cierto, Sookie, viene un coche por ahí.
Eric desapareció, sin mediar más palabra. Me asomé por la ventana, para ver si podía ver de quién se trataba, pero no estaba tan cerca como para saberlo.
Dejé a Klaus en el dormitorio de Adele y bajé para recibir a mi inesperada visita. Salí por la puerta de la cocina. Los faros del coche me deslumbraron, pero pude ver con bastante claridad qué coche era. Hacía meses que no lo veía, pero no me sorprendía verlo por aquí.
Se apagaron los faros y se abrió la puerta del conductor. Bajé las escaleras del porche y la recibí con los brazos abiertos. Llevaba el pelo mucho más largo que la última vez que nos vimos y ahora lo llevaba más claro que antes. Lo que me llamaba la atención era que viniera sola. Amplió su sonrisa al acercarme a darle un enorme abrazo.
—No sabes cuánto te echaba de menos, mi querida Sookie.
—Y yo a ti, mi querida Amelia.
Traducción de la canción:
El lobo aúlla en el bosque nocturno
Él quiere, pero no puede dormir
La hambruna llora en su estómago de lobo
Y el frío inunda su amparo
Lobo, lobo, no te atrevas a venir
No te dejaré tomar a mi hijo
—Vargsången (La canción del lobo), de Astrid Lindgren (autora de Pippi Långstrump)
NDA: Hace unos días volví a escuchar esta preciosa nana sueca (os recomiendo escuchar la versión de Jonna Jinton, que es preciosa y os va a gustar mucho) y se me ocurrió que sería una buena idea incluirla. Porque con eso de que Adele es medio cambiante, no sé, me parecía hasta irónico que alguien se la cantara (voy a aclarar que no tiene nada que ver ni tendrá nada con la trama, por si acaso xD).
Bueno, la verdad es que creo que se me está yendo un poco de las manos esta historia. xD Pero he llegado justo a donde quería llegar cuando lo empecé. Poco a poco estoy metiendo lo que tenía planeado y creo que me está yendo bastante bien.
El proyecto de escritura que he estado haciendo este mes ha llegado a su fin (termina mañana, pero no creo que me dé tiempo a publicar más capítulosxD), por lo que no actualizaré como he hecho estas últimas semanas, porque voy a empezar uno nuevo (algo original, de hecho), así que lo haré como estaba haciendo hasta ahora (no, no lo abandonaré, más bien lo compaginaré con el otro). Os lo aviso por si acaso. xD
Agradecimientos: Cari1973 (Libro 2, final del capítulo 4. Bill a Sookie: El vampiro del tatuaje [...], se llama Godric, aunque durante el último siglo se ha hecho llamar Godfrey. - Para algo que me sabía sin mirarlo en los libros y me has hecho dudar. xD Igualmente, gracias por tu comentario. Siempre son bien recibidos. :3);ciasteczko (Thank you very much for your review. I love your words. :D );Perfecta999 (Who knwos who is the traitor *chan, chan, chaaan* Thank you for your review. :3 )
Eso es todo por ahora. Adelantaré que el siguiente capítulo será un poquito más interesante que este y deseando estoy de terminarlo.
Un saludo a todos y hasta el próximo capítulo. :)
~Miss Lefroy~
30/03/2021
