X

Me desperté poco antes del alba. Bill estaba en su ataúd, aún abierto, a la espera de que se cerrara a la hora señalada. Era uno de esos automáticos que se cerraban herméticamente y solo se abrían cuando lo programabas. Me gustaban estos porque eran mucho más seguros que los de otros.

Le di los buenos días, me levanté de la cama y le di un beso en la frente. Me sonrió y me deseó un buen viaje. También se lo deseé, aunque de poco sirve esto, ya que él apenas se enteraría. Iríamos en el mismo avión, pero él no podría acompañarme. No me importaba. Aún tenía el libro que me había traído para el viaje, así que lo leería durante el trayecto.

Tuve una noche serena, sin pesadillas ni sueños raros. Creo que simplemente ni siquiera tuve uno. Y se me notaba bastante.

Llamé al servicio de habitaciones para que me subiera el desayuno. Aún quedaba unos minutos para que vinieran a por nosotros, pero quería tomarme aunque fuese un café y un par de tostadas. Tampoco pedí mucho, porque los viajes me sientan fatal. No quería estar en el avión con el estómago revuelto.

Tras desayunar, arreglé la maleta y también dejé preparada la de Bill. Ya la tenía lista, pero la dejé junto a la mía. Su ataúd ya se encontraba cerrado, así que ahora estaba sola.

Me sentía diferente por no ver a Eric conmigo, a mi lado. Me encontraba mejor cuando estaba junto a mí, incluso haciendo el idiota con mis cosas. Pero mejor sería seguir adelante. No sabía cuándo podría volver a verle en su estado «fantasmal», así que lo único que se me ocurría era disfrutar de mi inminente soledad.

El hombre que debía recogernos llegó puntual. Era alto y corpulento, pero su cara era tan seria que me daba que pensar. Le di diez dólares de propina. Aproveché el efímero contacto para comprobar que no había segundas intenciones. Esto de haber bajado tan solo una vez la guardia me había dejado con una inseguridad como una catedral.

No. Estaba limpio. Respiré aliviada al comprobarlo. No, no me podía fiar de nadie. Bill dependía ahora mismo de mí y no quería fallarle.


El vuelo fue tranquilo. Estuve casi las cinco horas leyendo mi libro, pero también aproveché para echar una cabezada. Dormir en un avión no es que me apasione, pero iba a tener un día muy ajetreado, por lo que cuanto más descanso, mejor.

Antes de embarcar, hice una llamada rápida a Klaus para avisarle de que iba de camino. Le dije que no era necesario que viniera a por mí, pero se empeñó en hacerlo. Así que cuando salí, lo tuve enfrente.

Me acerqué a él con cierto sigilo. Me miró y me inspeccionó el rostro. Se había percatado de mis magulladuras, que aún estaban sanando. Puso cara de no gustarle mucho lo que estaba viendo, pero sabía lo que había hecho para poder curarme más rápido.

Me fijé que en la parte de atrás del coche estaba Adele. Me comentó que Amelia estaba en Shreveport comprando cosas para la nueva casa. Supuse que había tenido éxito con el señor Butcher. Me alegré por ella, porque se lo merecía y hacía mucho que no se ilusionaba con algo. Pero por otro lado, tenía que hablar con ella sobre algo importante. Luego la llamaría para preguntarle cuándo regresaría a casa.

—¿Qué tal el vuelo? —me preguntó Klaus una vez que arrancamos el coche.

—Sin percances. Es lo único que importa.

—Me alegro.

Hubo un silencio durante unos minutos. Le miraba de vez en cuando de reojo, por lo que pude ver que estaba pensando en cómo hablar conmigo. Estaba preparada para lo que fuese.

Tragó saliva.

—Sookie... —comenzó a decir, inquieto—, he de hablar contigo sobre lo que pasó en la despedida del otro día…

Afirmé con la cabeza. Debíamos hacerlo, sí.

—Yo también quería hablar de eso. Pero mejor que empieces tú.

Se aclaró la garganta.

—Verás, no sé qué es lo que habrás pensado de mí o la sensación que te he podido causar, pero si he estado ayudándote, si he estado aquí todos estos días, solo ha sido porque creo que eres una gran mujer, pero que está sola. Es decir, no me malinterpretes. Me refiero a que sentí la necesidad de ayudarte, porque estás con un bebé sola y acababas de enviudar. Sin embargo, mi ayuda únicamente es por eso, porque te aprecio. No tengo ni tenía intención de hacer nada más, ni pedirte nada a cambio ni tener nada contigo. No sé si me estoy explicando con claridad.

—Cristalino como el agua.

—No quiero tampoco que pienses que vas a perder mi amistad después de esto. Yo no lo pienso tener en cuenta, siempre y cuando tú hagas lo mismo.

Asentí, sonriéndole para que viera que tampoco le estaba dando importancia.

—A mí me parece estupendo.

—Me alegro, porque llevo dos días sin saber cómo decírtelo y quiero que sepas que no quiero que esto nos afecte. Yo… —hizo una breve pausa para tomar un poco de aire—, yo no soy una persona que sepa cómo mantener una relación. Nunca me han durado más de tres meses, porque es más o menos lo que suelo estar en los lugares donde trabajo. Por eso no me gusta comprometerme. Me gusta ser libre y nunca me ha gustado arrastrar conmigo a nadie, ya que mi trabajo no me lo permite. Sé dónde voy a estar hoy, pero nunca dónde estaré mañana...

Le escuché con mucha atención. Quería que hablara sin interrupciones, porque se notaba que lo necesitaba. Y me alegraba que fuese el primero en hacerlo.

—He de confesarte que todos estos días... Bueno... —carraspeé—, digamos que no te pienso negar que me he replanteado la idea de tener algo más contigo, pero tal vez tengas razón. Ahora mismo no estoy preparada para nada, menos después de haber enviudado tan pronto. No quiero que pienses que esto lo hago con cualquiera, ni que es costumbre en mí hacerlo, porque no es así. Por lo que, si te has sentido incómodo por mi culpa, te pido disculpas y lamento haberte hecho pasar por un mal trago.

—No, no te tienes que disculpar por nada. Yo solo quería aclararlo. Y no, no me sentí incómodo. Solo preocupado. No quiero que te hagas ilusiones por mi culpa.

—De nuevo, lo siento. No era mi intención.

Se echó a reír. No supe por qué, pero lo hizo. Empezó a carcajearse como si le hubiese contado el mejor chiste del mundo.

—Lo siento, es que me resulta curioso que te tengas que disculpar por todo. Ni que hubieras hecho algo malo. Todo está bien entre nosotros.

—Me alivia saberlo.

—También hay algo que quiero comentarte…

—Tú dirás…

—Me han ofrecido un puesto en un hospital.

—Vaya, eso es estupendo, ¿no?

—Sí que lo es, porque es en París.

Me quedé sin palabras. Cuando mencionó lo del hospital, no sé por qué pensé que sería algún lugar cercano a Bon Temps, o en Luisiana. El hecho de que se marchara se me partía el corazón, pero debía aceptarlo.

—Vaya…

Me miró con cierto remordimiento.

—Nunca dije que me quedaría vivir aquí…

—No, claro, no pasa nada. Es solo que pensé que al menos te quedarías una temporada. Solo es eso. Pero me parece genial que tengas nuevo trabajo. ¿Cuándo empiezas?

—En dos semanas.

—¿Tan pronto?

—Sí. Uno de los pediatras se ha jubilado y uno de mis compañeros suizos le habló maravillas de mí.

—No me sorprende —comenté mirando a Adele por el retrovisor—. Eres el mejor. ¿No crees, pequeñaja?

Le dediqué una sonrisa un tanto amarga. Por un lado, me alegraba por él por su nuevo trabajo, pero por otro me apenaba tener que despedirme tan pronto de él. Le iba a echar de menos.

—Gracias —dijo, sonrojado—. De todos modos, me podré quedar una semana más. Así que aún no nos despediremos.

—¿Una semana? ¿No empiezas en dos?

—Así es. Pero he de pasarme por Oslo para arreglar unos papeles. Y he de hacerlo antes de irme a París.

—Entiendo. Entonces, disfrutemos de estos pocos días que nos quedan.

Me sonrió. Le gustaba la idea de hacer eso. Él, que era el rey de disfrutar de las cosas pequeñas. Era lo mínimo que podíamos hacer.

Estábamos llegando a Shreveport.

—Primero iremos a casa, porque necesito asearme y cambiarme de ropa —comencé a decir—, pero luego me gustaría pasarme por la casa de Eric.

—¿Y me necesitas para algo? —inquirió con el ceño fruncido.

—No si no quieres, ¿por qué?

—Porque por el tono que me lo has dicho, me ha sonado a que debería ir contigo poe algún motivo…

Me erguí en mi asiento. No quería aprovecharme de él, pero de verdad que necesitaba que alguien me echara una mano con este asunto.

—Verás, no sé si recuerdas que Eric tiene una novia.

—Sabrina, sí.

—Pues... ella estaba secuestrada —asintió, recordándolo—. No estaba lejos de su casa, tan solo a dos o tres kilómetros nada más.

—Vaya… ¿y está bien?

—No del todo.

—Y eso quiere decir…

—Pues que… —tomé una gran bocanada de aire; jamás podré hacer esto con naturalidad—, abusaron de ella. De la manera más bestia que te puedas imaginar.

Klaus me miró con los ojos como platos. La boca también se le abrió ligeramente imaginándose la escena.

—De acuerdo. Iré contigo.

—¿Seguro? No quiero que lo hagas si no quieres...

—No. Iré. No sé con qué me encontraré, pero no es la primera vez que intervengo en estos asuntos tan turbios…

Me dio un escalofrío al pensar en la cantidad de personas que habrá tenido que tratar en la misma situación que Sabrina. Es médico, y además ginecólogo, por lo que no me sorprende que casos como estos los habrá tenido a montones. Por desgracia.

—Te lo agradezco un montón. De verdad, tienes el cielo ganado.

Reprimió una carcajada.

—Exagerada. Solo estoy haciendo mi trabajo, nada más…

—Es cierto. Otro me hubiese puesto excusas…

—Me gusta ayudar a los demás. Sobre todo en estos casos. Nadie debería pasar por algo así y haré todo lo que esté en mis manos para ayudarla.

Me acerqué a él y le di un beso en la mejilla.

—Si es que eres un sol. Y poco te ofrezco para agradecerlo.

—No cantes victoria. Tampoco sabemos cómo está ella.

—Me dijeron que bien, más o menos.

—Nunca se está bien del todo tras pasar por algo así.

Lo sabía más que de sobra. Por así decirlo, pasé por lo mismo, aunque la situación era bien distinta. Sabía lo que se sentía, en cierto modo. Y no, no vuelves a ser la misma después de eso.

—Lo sé. Por eso mismo es mejor no dejarla sola. Ahora mismo no sé con quién estará, pero sé que estará en casa de Eric, recuperándose. Por el momento, no me han dicho lo contrario, así que allá que iremos.

Klaus asintió.

Tras pasar por mi casa a dejar la maleta, asearme, darle de comer a Adele, cambiarle el pañal y comer un poco, regresamos al coche de camino a Shreveport. Klaus cogió su maletín médico y yo el cochechito de Adele; Amelia aún no había regresado y no conseguía dar con ella.

Al llegar a la casa de Eric, aparcamos cerca de la entrada. Lo curioso fue que, nada más vernos, nos dejaron entrar sin problema. Hasta el de seguridad terco que siempre me ponía pegas me dejó entrar sin pedirme documentación. Supongo que se habrá dado cuenta de quién soy y por eso ya no es necesario que lo siga haciendo...

«No soporto esta tía», le escuché decir, descaradamente. «Menos mal que ha llegado el médico, porque si no…»

Miré a Klaus, sorprendida.

—¿Te pidieron que vinieras?

Negó con la cabeza.

—¿Por qué?

—No, por nada. Alguien te estaba esperando, no sé…

—Habrán pedido un médico y seguramente me habrán confundido…

Me encogí de hombros.

—A saber…

—Seguramente. Me suele pasar a menudo.

«Se ha traído a ese bebé apestoso…», pensó otro guardia que pasaba por nuestro lado.

Le miré con odio.

—Será posible —le espeté—. ¿A quién llamas tú bebé apestoso?

Klaus me agarró por los brazos y me sacó de allí lo más rápido que pudo.

—Sookie, tranquilízate —me susurró, una vez que no nos veía nadie—. No puedes hacer esto. Aquí no saben que tienes tu don, ¿recuerdas?

Estaba que echaba humo. Conmigo se pueden meter todo lo que quieran, pero con mi hija no lo puedo consentir. Sé que solo fue mentalmente, pero el hecho de que alguien piense eso de mi bebé, hace que saque lo peor de mí.

Klaus tenía razón. Debía calmarme. No estábamos aquí para armar follón.

Asentí con la cabeza, respirando hondo.

—Estoy bien, estoy bien.

Klaus se relajó.

Pasamos por varias habitaciones. Una era la de invitados, donde sabía que se encontraba Bill. Respiré aliviada al saber que, efectivamente, había llegado a salvo a casa de Eric.

Seguimos caminando detrás del segurata. Nos señaló el final del pasillo, donde se hallaba la joven.

Esperamos a que nos dejaran pasar. Estaba aguardada por dos guardias enormes. Nos quedamos frente a ellos, preparados para entrar. Intenté meterme en sus mentes, por si alguno de ellos me decía algo que pudiera aclarar todo este asunto.

No hubo suerte.

Uno de ellos, el que parecía ser el jefe, nos dio luz verde, pero nos advirtió que no la alterásemos, ya que no se encontraba en un estado muy agradable.

Nos adentramos en la habitación con sigilo. Las cortinas estaban echadas y no se veía casi nada. Desplegué ligeramente una de ellas, para que entrara algo de luz solar, pero Sabrina lo único que hizo fue taparse más aún entre las mantas. Apenas podía ver el color de su cabello ahí debajo.

Dejé el cochecito de Adele en un rincón del dormitorio. Se había quedado dormida, por lo que no nos daría problemas.

—Sabrina —murmuré, lo más bajito que pude, para no sobresaltarla—. Sabrina, soy yo, Sookie.

No se inmutó. Tenía miedo que le diera igual la presencia de cualquiera de nosotros.

—Sabrina —comenzó a decir Klaus con suavidad—. Soy el Dr Klaus Sørensen. He venido a examinarla y poder curar sus heridas.

Tampoco reaccionó a las palabras de Klaus. La destapé lentamente. No se movió, por lo que era buena señal. Eso quería decir que, de algún modo, nos aceptaba. Vi algunas magulladuras en su rostro y un corte un tanto feo en la ceja izquierda. No podía ver más, porque tenía la cara apoyada en la almohada y me era imposible. Le sujeté la cara y la hice girar hacia mí. Di un ligero respingo cuando conseguí hacerlo y comprobé que el otro ojo lo tenía hinchado y amoratado. Reprimí las lágrimas que me amenazaban por salir. Rememoré lo que vi en la cabeza de ese energúmeno el día anterior y casi me dio una arcada.

—Sabrina… —Tragué saliva, porque no sabía cómo hacer esto con tacto—. Klaus debe examinarte, cariño. —Comencé a acariciarle suavemente el pelo, que lo tenía totalmente despeinado; debía llevar días sin peinarlo, al igual que sin darse una ducha—. Por favor, solo queremos ayudar…

La destapé del todo. Se encogió sobre sí misma, pero no hizo el amago de impedirnos hacer nada. Tenía varias quemaduras de colillas en los brazos y algunos cortes pequeños, pero limpios, lo que quería decir que serían de una cuchilla o navaja. Pensar en esto tan fríamente me causaba escalofríos.

Volví a tragar saliva.

Klaus dejó el maletín en el suelo y yo le eché un vistazo a Adele, que seguía dormida, pero necesitaba un pequeño respiro.

—Sabrina, necesito que te pongas bocarriba —le pidió Klaus con ternura—. Tengo que mirar que no tengas infectada ninguna herida.

Sabrina le miró de reojo, sin contestar. Pasados unos segundos, dio un largo suspiro y se colocó como le pedía el médico.

Tosió. Me acerqué a su mesita, donde tenía un vaso de agua. Se lo ofrecí y bebió.

—¿Quieres que me quede? —pregunté, pero no sabía si se lo estaba diciendo a Sabrina o a Klaus; ni yo misma tenía idea.

—Prefiero que te quedes —contestó Klaus—. Creo que ella se siente mucho más cómoda en tu presencia.

La miré de refilón. Seguía con la mirada perdida en ninguna parte. Me estaba preocupando demasiado. Realmente no estaba bien, ni física ni mentalmente.

—Está bien —asentí, después de pensarlo un segundo.

Cogí una silla y la puse al lado de la cama. Me senté y le cogí de la mano, mientras Klaus hacía su trabajo. Al menos dejaba que lo hiciera, tal vez porque estaba yo —o al menos eso es lo que me gusta pensar—, porque no sé qué hubiese pasado de no hacerlo.

Pude ver en lo que estaba pensando. Era un recuerdo feliz. Tendría unos cinco o seis años y estaba sentada en un columpio. Ella reía y le pedía a quien le estaba empujando que lo hiciera más fuerte. Sus pequeñas manos se aferraban con fuerza a las cadenas del columpio. Su pelo, por aquel entonces rubio, estaba sujeto en dos rizadas coletas. Cerraba los ojos, sintiendo la frescura del viento azotándole la cara. El hueco de sus dientes revelaba que sus dientes de leche habían empezado a caerse.

El hombre que la balanceaba dejó de hacerlo. Debía ser su padre, porque se parecía mucho a ella. Tenía rasgos similares, pero sobre todo la misma mirada verdusca que ella. Le decía que debían marcharse, que tenían que regresar a casa a cenar. Ella dio un salto y se metió en la casa, donde un golden retriever le recibió meneando la cola y lamiéndole la cara. Su madre le pedía que se lavara las manos y, después del lametón del perro, también la cara.

El recuerdo volvía a repetirse. Lo estaba haciendo en bucle.

No la culpaba.

Cada persona reacciona a estas cosas de una manera distinta. Yo no sabría qué hacer si estuviera en su lugar. Aunque yo pasé por algo parecido, no fue, ni de lejos, lo mismo. Nadie se merece estar en una situación así.

Klaus me pidió que le pasara un par de cosas y tuve que soltarla. Obedecí y me agaché para coger lo que necesitaba. Cuando me levanté, vi a Eric de pie junto a la cama de Sabrina. Di un respingo y casi suelto de golpe lo que llevaba en la mano. Quise hablarle, pero no era buena idea.

—¿Estás bien? —quiso saber Klaus.

—Sí —carraspeé—. Me he mordido la lengua sin querer.

Klaus meneó la cabeza y siguió con lo que estaba cuando le entregué los instrumentos. Eric estaba observando a Sabrina con el rostro alicaído. Se le notaba afectado por lo ocurrido. No hablaba, no pestañeaba, no lloraba. Parecía una bella estatua apenada por la muerte en vida de alguien. Tampoco me miraba, se había quedado clavado en la figura de la joven sobre la cama.

—Ya está —sentenció Klaus cuando terminó, quitándose los guantes de látex que se había colocado antes de la inspección—. Dentro de lo que cabe, no está tan mal. Tiene muchas magulladuras bastante feas que he tenido que desinfectar, pero se curarán bien. Lo único que me preocupaba era el desgarre interno. No es muy grande, pero he conseguido parar la pequeña hemorragia que se le estaba formando. Le he suministrado algunos calmantes para paliar el dolor. Aunque está en ese estado… Es muy probable que luego empiece a dolerle todo. Aunque… —Respiró lentamente y lo echó poco a poco por la boca—, no sería mala idea que se hiciera las pruebas por si tiene alguna enfermedad de transmisión sexual. —Me miró preocupado, como queriéndome decir que yo debía convencerle para que acudiera a un hospital para ello—. Al menos para descartarlo.

Regresé al lado de Sabrina y volví a acariciarle el pelo. No estaba en condiciones de ir a ningún lado.

—Creo que debería descansar y acudir al hospital mañana —declaré.

—Está bien, pero no debería dejarlo. No es algo que deba dejarse mucho tiempo.

Asentí con la cabeza.

Necesitaba algo de aire. Estaba empezando a encontrarme mal. Aquella situación me estaba pasando factura. Decidí marcharme. Le pedí a Klaus que me recogiera en una hora cuando terminara, ya que prefirió quedarse un poco más con ella, por si podía ayudarla en otro asunto. Cogí a Adele y me la llevé afuera. Necesitaba andar y quitarme el nervio del momento. Salí de allí lo más rápido que pude.

Caminé y caminé como si no hubiera un mañana. Menos mal que tenía el cochecito; era incómodo llevarla en el portabebés. Y más cuando tienes ganas de andar como ahora mismo.

No sé ni dónde me encontraba. Empecé a ver tiendas y me paseé por ahí. No era el mejor momento para ponerme a hacer esto, pero al menos me mantenía la mente ocupada en otra cosa. No quería pensar en lo que acababa de pasar en casa de Eric. Ahora me preguntaba por dónde estarían Eric, Pam y los demás. Bill no me comentó nada importante antes de meterse en el ataúd en el hotel, por lo que no creía que hubiese pasado nada.

No tenía por qué preocuparme. Más que nada porque el que Eric se me hubiese aparecido, aun sin nuestro vínculo sanguíneo, me decía que estaban bien. Eso me hacía hacerme otra pregunta: ¿Por qué estaría allí? Ni siquiera había pensado en él en toda la mañana.

Ahora que lo pensaba, ¿dónde se habría metido? Se había esfumado y no le había vuelto a ver. ¿Ahora es capaz de hacer esto? Aparecer y desaparecer a su antojo. Pues qué bien. Y encima dándome un susto de muerte.

Entré en una tienda. Estuve mirando ropa para mí y para Adele. Había de todo y estaba en oferta. Estaba tentada a comprarme unos pantalones que estaban a muy buen precio. Me sentía mal pensar así, teniendo en cuenta que no me faltaba el dinero, pero tampoco me gusta malgastarlo tontamente en ropa. Me siento menos culpable si está en rebajas. Además, prefiero ir guardando ese dinero para el futuro de Adele. Nunca se sabe lo que puede pasar.

Debería abrirle una cuenta para ella. Sé que Sam le abrió una, pero prefiero que tenga otra cuenta. Sé que puede sonar extraño, pero es que no quiero que nadie meta dinero en esta cuenta, tan solo yo.

Le compré un par de vestidos a Adele y otro par de conjuntos con monitos y conejitos. También dos nuevos pijamas. Yo no necesito ropa y ella sí, por lo que me dejé el egoísmo para otro momento. Y además, estos conjuntos eran monísimos.

Coloqué las bolsas en los manillares del cochecito. Justo en la acera de enfrente vi una librería. Tal vez sería buena idea ir comprando algún que otro cuento para leerle a la niña. Tengo unos pocos, pero me gustaría comprarle alguno más.

Me metí en la tienda. Era mucho más grande de lo que parecía por fuera. Tenía tres plantas, una de ellas dedicada a los más peques, y ahí fue a donde me dirigí. Menos mal que había un ascensor, porque no tenía escaleras mecánicas. En cuanto estuve arriba, me fui directa a la zona infantil. Había cuentos visuales y táctiles, de esos que tienen tela y marionetas incluidas. Me parecía bastante gracioso, pero también curioso. A los más peques estas cosas les encantan. Cogí un par relacionados con animales. Uno de un cerdo y otro de una cebra.

Aproveché y me paseé también por otra zona. No pensaba sentirme mal por comprarme un par de libros para mí. Una vez me dijeron que un libro, un buen vino, una película y un viaje nunca son dinero perdido. Y eso pienso hacer.

Empecé por los libros de misterio. Me había dado por ese género y me estaba enganchando. Vi algunas obras de Mary Higgins Clark y Camila Läckberg.

—Läckberg está bastante bien —susurró Eric detrás de mí; lo hizo tan de repente, que acabé tirando el libro que estaba hojeando en ese momento.

—¿Se puede saber por qué tienes que aparecer así? —Me agarré del pecho y me agaché a recoger el libro del suelo.

—No entiendo de cuentos, así que no te puedo ayudar en eso...

Miré hacia ambos lados, viendo que no me miraba nadie.

—¿Cuánto rato llevas aquí?

—Nunca me he ido.

—¿Qué quieres decir?

—Llevo contigo desde que salió el sol.

—¿Y por qué no te he visto hasta ahora?

—Porque sin el vínculo sanguíneo puedo aparecerme cuando quiera.

—¿En serio?

—Sí, tú también lo haces, solo que no te das ni cuenta.

—Pues… no tenia ni idea.

Respiré hondo y cogí un libro de la autora sueca. Eric me recomendó un par de libros y esos fueron los que escogí. Me dirigí hacia la caja y pagué.

Una vez fuera, busqué un sitio donde sentarme. Estaba cansada de haber estado todo este tiempo de pie. Me siento vieja pensando así, pero puede que sea por el día que llevaba tan estresante. Y que viajar siempre me deja hecha polvo.

Me senté en el primer banco que vi. Saqué el móvil, para hablar con Eric sin que nadie me mirase raro.

Eric se sentó a mi lado. Observaba a Adele, quien daba la sensación de que también le estaba devolviendo la mirada. Eric le dedicó una mueca divertida, bizqueando los ojos y sacándole la lengua. Adele comenzó a reírse como una loca.

—Tengo la sensación de que Adele me puede ver… y no es la primera vez que lo pienso.

—¿Qué? No creo. Los niños se suelen reír muchas veces sin motivo.

—Puede ser, pero parece que me vea, en serio.

Se puso en pie, sin apartar la vista de la niña. La pequeña lo seguía con la mirada.

—Pues sí que lo parece, sí. Dicen que los niños tienen una especie de sexto sentido cuando son muy pequeños, así que a lo mejor es por eso.

—Es posible. Pero que me ve, me ve.

Eric empezó a bailar de forma divertida y Adele se estaba convirtiendo en su mayor admiradora.

—Cosa más rara, sí.

—Señora Sookie, ¿eres tú?

Una voz familiar, no muy lejos de donde estaba sentada, se escuchó. Me giré buscando a mi inesperado interlocutor. Eric me di un golpecito en el brazo para que alzara la vista a la derecha, donde se encontraba el señor Cataliades.

—¡Señor Cataliades! —exclamé con una amplia sonrisa—. Cuánto tiempo sin verle. ¿Cómo está?

—Perfectamente. Y veo que usted está en muy buena compañía. —Se acercó a Adele, quien había dejado de reírse y lo observaba con la boca abierta llena de babas.

—Sí, esta es la pequeña Adele Stackhouse.

—Encantado de conocerla, señorita Adele. —Alargó la mano y se la cogió, estrechándola con su diminuta manita de casi cuatro meses—. Vaya… —murmuró de repente, con una sonrisa en los labios y el ceño fruncido.

—¿Qué ocurre?

—Esta es una criatura increíble, ¿no cree?

Ahora la que estaba ceñuda era yo. No entendía la pregunta.

—No comprendo a qué se refiere...

—¿Como que no? ¿De verdad que no lo sabe?

Negué con la cabeza.

—De verdad que no.

—Curioso para ser su madre, porque creía que lo habría visto nada más nacer...

Abrí los ojos como platos. Eric lo miraba con curiosidad también.

—A que va a ser telépata también —bromeó Eric, a mi lado. Se echó a reír por la ocurrencia.

—El señor Northman está en lo cierto.

Eric y yo miramos al abogado semidemonio atónitos.

—¿Me puedes ver? —quiso saber Eric, sorprendido por lo que estaba pasando.

—Pues claro. Imagino que la señora Sookie sabe también que está ahí, ¿no?

—Sí. Debe ser por un hechizo de Amelia, pero no sabemos cuál.

—Oh, en es no puedo ayudarla. Hay muchos hechizos corpóreos y no quiero confundirla más. Mejor que sea la señorita Broadway la que os saque de esa duda.

—¿Pero cómo es que me puedes ver? Hasta ahora nadie ha podido hacerlo…

—Por la telepatía.

—¿De verdad? —quise saber, sorprendida—. Yo nunca había visto a nadie de este modo…

—Que usted sepa…

—Sigo sin saber qué tiene que ver la telepatía con que me puedas ver, Cataliades…

—Nunca había pensado en ellos detenidamente, pero supongo que será por las vibraciones que emite, que hace que mi cerebro telepático lo traduzca de alguna forma y se materialice en mi mente.

—Pero también me puede escuchar.

—También es por la telepatía. No puedo leer su mente, porque el hechizo no lo permite, pero sí puedo escucharle.

—Espera, espera, espera… ¿Eso quiere decir que…? —Miré a Adele, que nos estaba observando con atención y un puño en la boca.

—Sí, ella también puede ver al señor Northman —contestó complaciente.

Eric y yo nos quedamos mirando a la pequeña, que se reía por nuestras expresiones.

—¿Pero cómo puedo saber que es telépata? Nunca he escuchado nada... solo balbuceos.

—Cuando se es un bebé como Adele, no se emiten palabras, sino algunas imágenes al azar. Muchas veces de lo que está viendo en ese momento.

—Pero en ese caso, tendría que mandarme esas imágenes y hasta ahora no lo ha hecho… no que yo recuerde.

—Posiblemente sea porque no se haya preocupado por ello al ser un bebé. Es decir, es un bebé, no puede pensar en nada entendible por lo que no se preocupa en leer su mente.

—Vaya, no había pensado en ello… ¿Pero cómo se ha dado cuenta usted de ello?

—Al darle la manita me he visto a mí mismo. Solo he tenido que concentrarme un momento y me lo ha hecho saber. Eso solo lo puede hacer un telépata.

—De verdad que me deja usted sin palabras. Me siento un poco idiota el no haberme dado cuenta de esto en todo este tiempo…

—No se sienta así. Tarde o temprano se hubiese enterado. Además, Adele es un ser único, y puede que irrepetible, porque es un tercio cambiante, un tercio humana y un tercio telépata.

—Te olvidas de la octava parte feérica, Cataliades.

—Cierto. Muchas gracias, Northman.

—Por cierto, Cataliades —le dije cambiando ligeramente de tema—, ¿qué le trae por aquí?

—Buena pregunta: he estado con la señorita Broadway firmando un nuevo contrato con el señor Butcher.

—Espera, espera —interrumpió Eric—, ¿Amelia va a estar al final por aquí?

—Me temo que sí, señor Northman. He conseguido convencer al dueño del local, pero le he hecho firmar un nuevo contrato donde no lo puede romper en varios años…

Eric puso los ojos en blanco. No le agradaba que Amelia estuviera por aquí, pero menos aún abriendo una tienda.

—¿Y dónde está ella ahora mismo? —inquirí, ignorando el gesto de Eric.

—Estaba en una tienda de muebles, que iba a comprar algunas cosas para la tienda, y también comentó algo de que iría a hablar con la dueña de la casa que ha alquilado, para que le dé las llaves.

—Muchas gracias, Cataliades —dije, queriendo despedirme de él para hablar con mi querida amiga bruja y hacerle unas cuantas preguntas.

Nos despedimos de Cataliades. Se marchó con algo de prisa, porque había quedado con su sobrina Diantha —a la que mandé darle saludos de mi parte— por unos asuntos de trabajo. No quise saber más. Marqué el número de Amelia en cuanto el abogado semidemonio desapareció de mi vista.

Así que a Eric y a mí nos lanzó un hechizo por un motivo… Ahora quiero saber cuál fue y por qué. No quería molestarme con ella pero iba a tener que darme muchas explicaciones.

Descolgó en el segundo tono.

—¡Sookie! ¿Has llegado ya? Klaus no me dijo a qué hora iba a por ti.

—Hace ya una hora y media que estoy en Luisiana, pero he tenido que hacer unas cosas.

—Oh, bien. Yo estoy…

—Lo sé, comprando muebles para la tienda nueva.

—¿Cómo lo sabes?

—Me he encontrado con Cataliades.

—Oh. —Hizo una pausa, probablemente para pensar; seguramente debía saber a estas alturas lo cerca de ella que debía estar—. ¿Dónde estás ahora mismo?

—Esa misma pregunta iba a hacerte yo.

—Acabo de salir de la tienda de muebles, que mañana me llevan a mi tienda lo que he pedido. Ahora iré a limpiarla un rato.

—Puedo echarte una mano, estoy en Shreveport y puedo pedirle a Klaus que regrese a casa sin mí y…

—¡No! —respondió tajantemente—. Me refiero a que soy algo supersticiosa, ya sabes. No quiero que nadie vea la tienda antes de la inauguración. Por suerte no necesita mucho arreglos, pero prefiero que vengas cuando esté todo en orden.

—Como quieras. Pero necesito hablar contigo. Y es urgente.

—Oh, bueno. Voy camino de la casa de la señora Elliston, mi nueva casera. En cuanto me dé las llaves, iré a limpiarla un rato también, porque Bob está terminando de organizar la mudanza y mañana tendré que regresar para ayudarle con algunas cosas y…

—Amelia… —la interrumpí; no paraba de hablar muy deprisa y sabía el motivo—. Necesito que me digas cuándo nos podemos ver.

—Está bien… —Hizo otra pausa para pensar—, ¿te parece bien a la hora de cenar?

—De acuerdo. Aprovecharé así para ir a ver a mi hermano. —Colgué y me dirigí a Eric sin soltar el teléfono de mi oreja—. ¿Podrás venir a mi casa en cuanto llegues a Luisiana?

Eric asintió con la cabeza y desapareció de mi vista. O al menos aparentemente.


Klaus se fue a hacer algunas tareas pendiente y yo mientras aproveché para ir a visitar a mi hermano con la niña. Llevaba tres días sin verlo y parecía que hubiese pasado un mes.

Llamé a la puerta con los nudillos. Me abrió Michele en seguida. Se le notaba que llevaba estos días sin dormir muy bien porque llevaba unas ojeras que le llegaban al suelo.

—Sookie —dijo con una sonrisa cansada—, no sabía que habías regresado ya…

—Hace un rato que estoy por aquí, pero he tenido que hacer unas cuantas cosas. ¿Cómo estáis?

Michele me hizo paso para que pudiera entrar en la casa. Iba con la pequeña entre los brazos, porque me dejé el cochecito en el coche —no pensaba quedarme mucho rato, así que no valía la pena desplegarlo—. Michele, al ver a la niña, la quiso coger en brazos pero se lo pensó mejor. Adele solía llorar a veces, pero esta vez parecía estar más receptiva con ella.

Pasamos a al salón, donde estaba Jason echado en el sofá, con la pierna escayolada apoyada en un cojín. Aunque llevaba aún el cabestrillo, cada vez lo necesitaba menos.

—Sookie —me saludó sonriente mi hermano mayor—, no sabes lo que me alegro de volver a verte.

Michele se sentó en el sillón que había al lado del sofá, junto a Jason. Había una revista en el reposabrazos, lo que me decía que probablemente la estuviera hojeando cuando llamé a la puerta.

—Yo también me alegro mucho de veros —Jason alzó la cabeza para ver mejor a la pequeña y le acercó una mano para saludarla—. ¿Como te encuentras?

—Pues… —Dio un largo suspiro antes de continuar—: no es que esté en un parque de atracciones precisamente. Pero tengo una buena enfermera que me cuida y me soporta.

Michele meneó la cabeza, negando con ella.

—Hago lo que puedo —comentó la esposa de mi hermano—. En verdad no hago tanto como debería.

—Michele —le comencé a decir, mientras me sentaba en otro de los sillones—, te agradezco mucho todo lo que estás haciendo por mi hermano. Por experiencia propia, sé que Jason es un horror como paciente.

—¡Eh! —se quejó Jason, frunciendo el ceño—. Eso será el otro Jason. Este está siendo muy bueno.

Michele se echó a reír.

—No sé qué decirte. Quejica no será, pero me pide cosas a cada rato…

Me reí por el comentario. No me sorprendía. Eso era algo muy típico en él. Parecía que poco a poco estaba regresando el Jason de siempre.

—¿Y cómo va con… —carraspeé—, ya sabeis?

Ambos se miraron y sonrieron. Pasé la mirada de uno al otro varias veces. No entendía nada.

—Vamos… despacio —contestó mi hermano con una sonrisa tonta en la cara.

Michele se ruborizó.

—No sé si quiero preguntar… —comenté con una ceja levantada. Me estaban haciendo pensar mal y miedo me daba meterme en sus mentes. No me quiero ni imaginar qué podría ver o escuchar, así que me estuve quieta.

Jason y Michele se echaron a reír. Ambos negaron con la cabeza.

—No, mejor que no lo hagas —contestó Michele, más colorada que antes.

Meneé la cabeza, queriendo quitarme esa posible imagen de la cabeza y necesité que alguien me cambiara de tema. Michele se levantó, con la niña en brazos y se la puso a Jason en el que tenía sano.

—¿Te importa quedarte con ella mientras Sookie me acompaña un momento a la cocina?

Jason asintió y se incorporó, acomodándose mejor con la pequeña, que se había metido el puño en la boca llena de babas.

Una vez que nos quedamos a solas, mi cuñada abrió la nevera para sacar un par de cervezas. Una de ellas me la ofreció y la quise rechazar, pero por una no me iba a pasar nada.

—Sookie… —comenzó a decir con tono serio; miedo me estaba dando todo este asunto—, hay algo de lo que me gustaría comentarte.

No, no sonaba nada bueno.

—Pues tú dirás.

—Verás… Resulta que ayer me llamaron del hospital.

—¿Que? ¿Por qué? No me digas que es porque Jason tiene algo que…

—No, no, no es nada de eso.

—¿Entonces?

—Es por el tema del seguro…

—Oh… ¿Qué ocurre?

—Que tu hermano es idiota, eso es lo que pasa. Hace un mes que debió renovarlo y no lo hizo. Siempre soy yo quien se lo recuerda, pero como no hemos estado juntos…

—Entiendo.

—El caso es que ya lo he solucionado, pero no se hacen cargo de lo que nos haya pasado este último mes, porque, según ellos, no lo teníamos contratado. No sé, cosas raras que tienen entre ellos.

—Oh, veo por dónde vas.

—Me da muchísima vergüenza tener que pedirte esto, de verdad…

—No, no te preocupes, Michele. Yo me encargo de los gastos del hospital.

—Solo puedo pagar la mitad, si pusieras tú la otra mitad…

—De eso nada. Lo puedo pagar todo sin problema.

—No puedo aceptar eso. Es mucho dinero.

—Pero es mi hermano y esto no es un capricho.

—Lo sé, pero aun así.

—Michele, no hay más que hablar. Dame los papeles y mañana a primera hora iré a solucionarlo.

—Te debo una, Sookie.

—No me debes nada. Una cena, como mucho.

—Unas siete, o unas veinte. O cincuenta. O cien. O las que quieras.

Solté una carcajada mientras ella sacaba del cajón de la encimera un sobre con todos los gastos. Lo abrí y, desde luego, la suma era excesiva.

—¡Madre del amor hermoso! —Casi me atraganto al ver la cifra—. ¿Sabe Jason esto?

—No —contestó negando con la cabeza—. Y prefiero que no lo sepa. No quiero estresarle más de lo que está. No sé cómo se lo tomaría si se enterase.

—Estoy de acuerdo contigo. No es plan de preocuparle más de la cuenta.

Me quedé un rato más con mi hermano y Michele. Le veía mucho mejor y eso me dejaba mucho más serena. Parece mentira que haya pasado casi una semana de aquello y lo rápido que esté ocurriendo todo. Ni siquiera me había dado cuenta de que ya estábamos en fin de semana hasta que Michele me lo mencionó. Me comentó de pasar mañana a comer con la pequeña. Le contesté que tenía que ir al banco, pero me vino con que no abrían los sábados y me quedé sin saber qué decirle. Me sentí idiota solo por eso. Supongo que será por el hecho de que llevo varios días, por no decir semanas, que no sé ni en qué día vivo. Se me pasa el tiempo volando sin saber cómo.

Guardé en la guantera del coche los papeles del hospital que me dio Michele. Iría el lunes a solucionar el problema. Pero primero tendría que pasar antes por el banco, solo por comprobar que no me quedaría sin blanca.

Me gustaba ver que mi hermano iba recobrando la memoria gradualmente. Esta tarde se acordó de cuál era mi sabor de helado favorito cuando les comenté que tenía antojo de uno. Me dejó sorprendida al escucharlo, pero a la vez feliz de que se estuviera recuperando cada vez más rápido. En nada todo esto habrá quedado como una simple anécdota a la que contar.


El sol llevaba oculto casi dos horas. Llevaba un rato mirando el reloj y comprobando a cada rato si venía algún coche, más en concreto el de Amelia. Eric llevaba aquí desde hacía casi cuarenta minutos. Estaba sereno, hablando sosegadamente con Klaus, mientras éste terminaba de comerse la cena, ya que había regresado hacía tan solo quince minutos. Yo no podía intervenir mucho en la conversación, porque estaban hablando en un idioma que no entendía, así que tampoco me podía distraer con eso.

Cuando escuché que se acercaba un coche, esperé a que llegara hasta la puerta. Me asomé, vigilando que fuese el de Amelia. Sí, lo era. Menos mal, porque ya me iba a dar un ataque.

No entiendo por qué no pudo avisar de que iba a llegar un poco más tarde, ¿Tanto le costaba? Salió del coche, portando un enorme bolso que se colgó al hombro nada más cerrar la puerta del conductor.

Ella aparentemente estaba tranquila, pero yo sabía que no era así. ¿Que por qué lo sé? Porque estaba tarareando I will survive de Gloria Gaynor a voz en grito en su mente. Y eso solo lo hace cuando no quiere que le lea la mente, porque sabe que no me va a gustar nada lo que me tiene que decir.

Le abrí la puerta; ella me sonrió y saludó a todos los presentes en la cocina. Se puso a hablar de lo que había hecho durante el día, sobre todo con el señor Cataliades. Yo la escuché pacientemente, al igual que Eric, que estaba cruzado de brazos a la espera de que dejase de parlotear e ir a lo que nos interesaba.

Dejé que lo hiciera para que se relajara. No me apetecía discutir con nadie, pero sabía, intuía, que un disgusto iba a tener.

—Amelia —comencé a decir, sirviéndole otra taza de té, hablándole lo más calmadamente posible—, me alegro mucho de que al final hayas conseguido abrir la tienda que queríais…

—Sí, Natasha viene mañana a verla… Aunque será antes de regresar a Nueva Orleans, porque Bob tiene que…

—Tenemos una conversación pendiente —la interrumpió Eric. No se andaba con rodeos, nunca le han gustado y jamás lo va a hacer.

Amelia asintió, carraspeó y se irguió en su silla.

Otra vez esa canción.

—Bueno, antes que nada… —empezó a decir, mirándome a mí directamente—, hay algo que debo comentarte de todo lo que me preguntaste hace tiempo. Pero no sé si es algo que deba responder aquí o en privado.

—Aquí —sentenció Eric; le miré con el labio fruncido.

—Depende de lo que sea —corregí—. ¿De qué se trata?

—Es sobre lo que me preguntaste sobre Sam y… —bajó la voz— el cluviel dor.

—Bueno, Eric sabe de eso, así que no sé por qué no podrías decirlo delante de él.

Amelia no miraba precisamente a Eric en ese momento. La vista se le fue más bien a Klaus, que estaba distraído comiéndose una manzana y nos miraba sin entender nada.

—No hay problema con que se quede —dije al fin.

—Bueno, en ese caso… He de decirte que estuve investigando bastante sobre el asunto, porque, como ya sabes, no hay mucha información y la que encontré no es que sea muy fiable, por lo que tuve que buscar solo fuentes de confianza. Y bueno, después de mucho averiguar, conseguí dar con un libro donde hablaba sobre este asunto y… —hizo una pausa, más por ponerle dramatismo que otra cosa, dando un sorbo a su té y continuó, negando con la cabeza—: no encontré nada en lo que tenga algo que ver la muerte de Sam con el cluviel dor.

—Perdón —interrumpió Klaus—, ¿habéis dicho cluviel dor?

—Sí, ¿por qué?, ¿lo conoces? —quise saber.

—Escuché hace tiempo hablar sobre algo de eso, pero tenía entendido que era un mito. ¿Tuviste uno?

—Sí. Herencia de mi abuela. Y lo usé para salvarle la vida a Sam…

—Y se supone que tiene sus consecuencias tras usarlo —intervino Amelia.

—Oh, entiendo. Y tú crees que la muerte de Sam pudo ser una consecuencia, ¿no es así?

Afirmé con la cabeza.

—Sé que fue un accidente y todo eso, pero siempre tendré esa duda.

—En el libro donde busqué información no decía nada en claro —concluyó Amelia.

—No tuvo nada que ver, Sookie —comentó Klaus, seguro de lo que decía.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque en donde lo escuché, dijeron que dichas consecuencias eran inmediatas. Es decir, nada más usarlo ocurre alguna desgracia para compensarlo.

—Pero no murió ningún ser querido después de eso. No al menos que yo recuerde.

—Creo que no se refiere a una muerte concretamente —murmuró Eric, con la vista clavada en la mesa; estaba entendiendo mejor el asunto que yo.

—¿Entonces…? ¿Pudo ser otra cosa? —pregunté, temiendo la respuesta.

—Sí, algo como una enfermedad —informó Klaus—, un accidente, una desaparición…

—Una ruptura inminente… —sugirió Eric, sin apartar la vista de la mesa.

—Sí, eso también es una posibilidad… —murmuró Klaus, ligeramente incómodo.

—Supongo que mi destino junto a Sookie estaba sentenciado, después de todo…

—Yo no estaría tan segura —espetó Amelia, haciendo que todos la mirásemos con asombro.

—Explícate —le ordenó Eric; creo que ahora estaba más interesado que yo en este asunto.

Amelia carraspeó y se concentró en la misma canción que antes. Le funcionaba bastante bien para que yo no me adelantara a ella.

—Veréis… —Me miró de reojo y se levantó de su silla, yendo un momento a por su bolso, que estaba colgado en la percha que había detrás de la puerta. De él extrajo un libro que empezó a hojearlo intensamente—. Antes de que me juzguéis, quiero que sepáis que esto solo lo hice por una buena razón y que fue, en parte, idea de Octavia.

—Amelia… —comencé a decir serenamente—, no te vamos a juzgar por nada.

—Ya veremos —sentenció Eric, con una ceja alzada; Amelia sabía que no le iba a gustar nada de lo que iba a decir, por lo que prefirió advertirnos.

—No, Eric —le espeté—, no vamos a hacerle nada. Yo sé que ella todo lo que hace es por mi bien, aunque no siempre esté de acuerdo con ella.

Amelia me sonrió, un poco más tranquila.

—Verás, todo empezó cuando te enteraste de lo de Eric y la reina de Oklahoma…

—Empiezas bien, sí —masculló entre dientes Eric, poniendo los ojos en blanco.

Siseé para que cerrara el pico.

—Pues bien, yo no sabía cómo ayudarte con eso. Por un lado, quería que hicieses lo correcto, pero por otro, también quería que comprobases por ti misma que Eric no era para ti y que todo lo que estaba pasando era lo mejor. —El rey de Luisiana bufó y se cruzó de brazos—. Pues bien, lo consulté con Octavia y me sugirió que podría demostrarte que no erais almas gemelas de algún modo…

—¿Qué? ¿Almas gemelas? —inquirí, sin saber si le estaba siguiendo bien.

Amelia tragó saliva.

—Sí, fue un comentario tonto, pero ahí fue cuando se me encendió la bombilla. Le pregunté si había hechizos para saberlo y me dijo que había unos cuantos. Yo ni siquiera me fijé en el resto, solo busqué uno fácil de hacer, porque no quería gastar mucha energía en esto.

—Espera, espera —la interrumpió Eric—, ¿nos lanzaste un hechizo para saber si somos almas gemelas sin siquiera consultárnoslo?

—Así es. Sé que os estaréis preguntando por qué lo hice, pero de verdad que fue por el bien de Sookie.

—¿O por el tuyo? —gruñó Eric por lo bajo.

—Ella estaba preocupada y solo quise que saliera de dudas —le contestó con fiereza—. Pero no quise hacerlo sin pruebas, así que, como sabía que ibais a decirme que no, lo hice por mi cuenta.

—Miedo me da preguntar qué hiciste —le confesé, dando un largo suspiro.

—Sencillo: tan solo necesitaba un objeto que ambos pudieseis tocar y lanzar el hechizo ahí.

—¿Y cuál fue el objeto elegido? —Me estaba intrigando una barbaridad.

—Pues verás, al principio estuve registrando tus cosas, porque algo debía haber, como una camiseta, una camisa, una goma del pelo… pero nada de eso me servía. No encontraba nada e incluso pensé en usar otro hechizo, pero de repente me acordé del hueco del armario. —La miré tan intrigada que realmente no quería hablar para no interrumpirla; alcé una mano cuando vi que Eric iba a protestar y señalé a mi amiga bruja para que continuara—: Sabía que Eric tenía algunas de sus pertenencias ahí guardadas y que tarde o temprano iba a querer recuperarlas, así que… —Pausa para otro sorbo a su té, para exasperación de Eric; Klaus se acercó a él por detrás y posó una mano en su hombro, que Eric aceptó de buena manera—. El caso es que estuve rebuscando y vi una bolsita de tela preciosa de color blanco roto, que contenía un amuleto dentro. Si no me equivoco, era el martillo de Thor. —Si Eric pudiera palidecer más, lo habría hecho; lo peor es que Klaus también se había quedado atónito con la revelación, lo que me dejaba con la intriga de saber si él también conocía de la existencia de ese objeto—. Imagino por vuestras expresiones que ya sabréis de qué objeto estoy hablando. En un principio ese iba a ser, pero luego pensé que no podrías tocarlo, porque era de plata, cosa que no entendí muy bien por qué un vampiro tendría algo de plata si no lo pueden… —Carraspeé, interrumpiendo sus elucubraciones y sacudió la cabeza—. Sí, cierto, al grano. El caso es que hechicé la bolsita. Y la dejé en un lado del hueco donde pudiera verlo bien y que fuese lo primero que Sookie tocara. Así que, en cuanto Eric recuperase sus cosas y lo tocase, todo era cuestión de tiempo.

—¿Pero por qué no funcionó? —inquirí—. Si fue lo primero que metí en la caja con las cosas de Eric.

—Eso es lo que yo pensé. Que no funcionó, porque supe que le habías devuelto las cosas y no me comentaste nada de nada al respecto. O sea, que no te sentías diferente ni habías, bueno, visto nada raro, ni nada de nada. Y como empezaste a salir con Sam no le di más vueltas y lo olvidé.

—Pero sí que funcionó —masculló Eric.

—Eso parece, pero debía haber sido al momento. No sé por qué tardó tanto…

—Muy simple —comentó Eric mirando fijamente a Amelia—: porque yo no abrí esa caja hasta meses más tarde.

—Esa es una buena explicación.

—Hubieses acabado antes hechizando la caja…

—No había tal caja en el hueco —se excusó Amelia—. De haberla, hubiese sido ese el objeto.

—Amelia —comenzó a decir Eric tras un largo e incómodo silencio donde nadie se atrevía a decir nada—, en el hipotético caso de que hubiese tocado la bolsita nada más entregarme la caja con mis cosas y haber hecho efecto el hechizo, ¿qué hubieses hecho?

Era una pregunta bastante interesante. Amelia se quedó callada un instante, regresando a otro silencio que solo fue interrumpido por Klaus abriendo una bolsa de patatas fritas. Todos dirigimos nuestra mirada hacia el noruego, que se puso colorado por la interrupción.

—Lo siento —se disculpó, dejando la bolsa de patatas para otro momento en la encimera.

—¿Y bien? —prosiguió Eric, regresando a su conversación con Amelia.

—Bueno, si te refieres a que, de haberlo sabido, qué hubiera hecho. Pues… la hubiese ayudado si me lo hubiese pedido.

—¿La hubieses ayudado en qué, exactamente?

—En lo que necesitara.

—¿Como liberarme de ese contrato, por ejemplo?

—Si ella me lo hubiese pedido, sí.

—Pero entonces, no estarías ayudándola, me estarías ayudando a mí. Y tú me odias.

—¡Eso no es cierto! —protestó Amelia, ceñuda. Parecía molesta por el comentario, y Eric divertido por su reacción.

—¿No fuiste tú quien cortó nuestro lazo sanguíneo?

—No. Ella me pidió que lo hiciera. Y yo no hice nada que ella no quisiera.

—Pero podrías haberla aconsejado de otro modo, como que hablara conmigo antes de hacer tal cosa, ¿no?

—Eric, basta —le reñí—. Aquello fue cosa mía. Si te tienes que enfadar con alguien, que sea conmigo. Y nada más.

—¿Y qué se supone que hubieses hecho para sacarme del entuerto?

—Hay hechizos que podrían revertir algunas cosas.

—¿Cosas como cuáles? ¿Un contrato, por ejemplo?

—No. Pero… podría ir hacia atrás en el tiempo a impedir que ese contrato se efectuara, por ejemplo.

Eric y yo nos quedamos mirando a Amelia con tanto asombro que nuestros ojos daba la sensación de que se nos iban a salir de sus cuencas.

—¿Quieres decir —quiso saber Eric— que has tenido en tus manos esa posibilidad todo este tiempo y no has hecho nada? —Me miró levantando las manos—. Y tú dices que no tiene nada en contra de mí, ¿no?

—Eric, no es tan fácil como piensas —se defendió Amelia—. No es como ir a un supermercado y coger los ingredientes que necesitas. Es un hechizo muy complejo, necesitas mucho poder, por no decir que no está del todo permitido entre las brujas.

—No está del todo permitido —repitió Eric.

—No. Necesitas unos permisos, unos requisitos y un buen motivo por el que usarlo. Y si te dan el permiso, te dan unas instrucciones que debes seguir a rajatabla. Cualquier mínimo cambio, puede cambiar mucho el rumbo de las cosas. Es bastante peligroso si no se hace correctamente. Es por eso por lo que no está del todo permitido. No se lo conceden a cualquiera. Ni siquiera te podría asegurar que me dieran tal permiso.

—Pero podrías hacerlo sin ese permiso.

—No. Las consecuencias serían extremadamente severas. En algunos casos, incluso se condena a muerte.

—Vaya… —Eric se echó a reír—. Qué interesante.

—Yo no sería la única a la que ejecutarían, sino a todos los implicados.

Eric puso los ojos en blanco. Amelia miró severamente a Eric, que parecía que no comprendía la dificultad del asunto.

—Hace muchos años, hubo una bruja que conoció a un hombre —comenzó a relatar—. Dicho hombre, no sabía cómo ni por qué, pero le daba mala espina, así que quiso saber su futuro. Y lo que vio no era nada bueno. Así que decidió viajar en el tiempo para impedir que ese hombre consiguiera llegar al poder.

—¿Qué fue lo que vio exactamente? —quiso saber Klaus, intrigado.

—Al parecer, él era un cazabrujas, pero no lo sabía. Y se enteraría cuando conseguiría llegar a alcalde y… bueno, la historia es mucho más larga, así que no entraré en detalles con eso. Lo que hizo esta bruja fue eso, viajar al pasado para quitarlo de en medio.

—Muerto el perro se acabó la rabia —murmuró Klaus.

—Exacto. Aquella bruja nos hizo un gran favor, porque según vio, no íbamos a quedar ninguna.

—Tampoco hubiese sido mala idea —masculló Eric, carraspeando.

Amelia hizo como que no había dicho nada. Era lo mejor.

—El caso es que justo ese mismo día… Ese día nació alguien.

Otra pausa. Otro sorbo a su té. Desde luego que sabía mantener la intriga con tanto dramatismo.

—¿Quién? —quise saber.

Amelia no se atrevía a responder.

—Esa pausa es tan larga que me hace pensar mal… —intervino Klaus—. Y creo saber de quién se trata. —Eric y yo le miramos, impacientes—. Ese niño que nació era el mismo Hitler, ¿no es así?

Amelia asintió, nerviosa. Eric bufó y se echó a reír.

—¡Venga ya! ¿En serio os vais a creer todo eso? Podrías haberte inventado otra cosa mejor, mi querida Amelia…

—No me lo estoy inventando. Viene en un libro sobre brujería y sale este tema. No sé si será cierto o no, todas creemos que sí, pero igualmente, no deja de ser peligroso. Nos advierten mucho porque nunca se sabe qué puede pasar…

—Ya, ¿y por qué no matasteis a Hitler si tanto poder tenéis?

—¿Es que no acabas de escuchar lo que acabo de decir? Si hubiesemos hecho eso, a saber cuáles fueron las consecuencias. Tal vez hubiese un meteorito o algo mucho peor.

—¿Peor que un meteorito? —se mofó Eric—. ¡Caray!

—Bueno, a lo que vengo a decir, que de no haberme dado permiso para ese asunto, hubiese buscado otra solución.

—¿Cómo cuál? Esperemos que uno legal que pudieras hacer.

—Sí, hay alguno. Tal vez uno en donde pudieras hipnotizar a la reina de Oklahoma.

—¿Hay hechizos que pueden hacer eso?

—Sí. No son fáciles de hacer, porque se necesita mucha energía, pero sí, los hay…

—¿Y por qué nunca lo usaste?

Eric parecía con ganas de pelea, así que tuve que hacer algo.

—Ya todo eso da igual —comenté, queriendo cambiar de tema drásticamente—. Han pasado años de aquello y de poco sirve estar pensando en eso. Hay cosas que ahora mismo tengo en mente, como por ejemplo, lo del hechizo ese que nos lanzaste. ¿De qué se trata? O sea, ¿de verdad que Eric y yo…?

Amelia afirmó con la cabeza.

—Me temo que sí. Usé uno corpóreo, por eso le has estado viendo con tanta claridad.

—Pero Cataliades nos dijo que los telépatas podemos ver a las personas con dicho hechizo…

—Sí, eso me enteré después, pero… No le puedes sentir ni oler… esa es la diferencia.

—Entiendo.

—Yo lo que no entiendo —empezó a decir Eric—, es por qué al principio nos veíamos como si fuese un sueño nítido, pero luego de forma corpórea.

—Oh, bueno, eso es interesante… —Hojeó el libro hasta dar con la página deseada—. Según esto, nunca os visteis a modo de sueño.

—¿Qué quieres decir? —pregunté sin entender nada.

Eric le arrebató el libro de las manos y le echó un vistazo.

—Que siempre estuvimos junto al otro —contestó Eric, sin apartar la vista del libro—, solo que ninguno de los dos nos dimos cuenta.

—Así es —confirmó Amelia.

Me quedé sin saber qué decir. Todo esto me estaba dando dolor de cabeza.

—Y… ¿hay algún deshacer el hechizo que nos une a Eric y a mí?

Amelia le quitó el libro a Eric e las manos y lo abrió por una página que ya tenía marcada. Había escrito algunas notas a mano en el borde.

—Sé que hay varios, pero son muy difíciles de hacer. Este fue el único libro con el contrahechizo que necesitáis. Es bastante simple y solo tendréis que deshaceros del objeto hechizado.

Eric bufó, enfadado.

—Estás de broma, ¿verdad?

—No. Unas palabras, lo quemáis y en pocos segundos está deshecho. Así de simple.

—Ni hablar.

—¿Qué? ¿Por qué? Sois vosotros los que os queréis librar del hechizo. Os doy una solución y me lo denegáis. Pues no os entiendo.

Eric gruñó. Tuve la sensación de que en cualquier momento desplegaría sus colmillos y se le echaría encima a Amelia. Por suerte, Klaus lo tranquilizó posando ambas manos en los hombros del vampiro. Parecía ser el único que sabía cómo tranquilizarlo.

—Eric, por favor, cálmate —le susurró el noruego—. Seguro que algo se podrá hacer.

—¿Algo mejor que esto? —intervino Amelia—. Yo creo que no hay nada.

—Pero dices que hay otros contrahechizos, ¿no? —le pregunté.

—Sí, pero no los encuentro y algunos son complejos. Este es el mejor. Uno de ellos que encontré, requería cosas muy desagradables que hacer.

—Broadway —rugió Eric entre dientes—, si he de arrancarme un dedo, una mano, un pie, una pierna, cada extremidad de mi cuerpo, lo hago. Si he de vender mi alma al diablo, lo hago. Si he de sacrificar un ganado entero, lo hago. Pero no pienso deshacerme de la bolsita que tú, sin mi permiso, hechizaste.

—Está vieja y algo raída por los lados. Por no mencionar que está cosido bastante mal… No entiendo por qué…

Tuve que apoyar una mano en el pecho de Eric para evitar que se lanzara sobre la bruja.

—Amelia… —comencé a decir con suavidad, una vez que vi que Eric no le iba a hacer nada—, realmente no sabes lo que estás diciendo —observé a Eric por el rabillo del ojo, que estaba rugiendo y había desplegado los colmillos—. Esa bolsita de la hablas, está hecha con la tela del vestido de novia de la difunta esposa de Eric.

El aludido miraba fijamente con ojos inyectados en sangre. Vi cómo le enseñaba los colmillos junto a un gruñido. Si las miradas mataran, Amelia ya estaría sin pulso.

—¿De quién? ¿De Freyda?

—No. La de cuando Eric aún era humano.

Amelia boqueó para decir algo más, pero se lo pensó mejor cuando cayó en la cuenta de lo que yo le había confesado.

—Oh, vaya.

Tragó saliva.

—Sí, oh, vaya… —repitió sarcásticamente Eric.

—No tenía ni la menor idea de ese detalle.

—No tenías por qué saberlo —la tranquilicé—. Pero sí que cometiste un error haciendo todo esto. Debiste comentármelo al menos.

—De verdad, pensé Ocella era retorcido, pero… —Se escuchó una arcada; era Klaus, que se tapó la boca con una mano.

—¿Estás bien? —le pregunté, preocupada. Klaus asintió, reprimiendo otra arcada con los ojos cerrados.

—He comido demasiado.

—Después de Ocella, tú no te quedas atrás…

Amelia le miró desafiante. Bufó, evitando entrar en otra discusión que sabía que no iba a llegar a ninguna parte.

Klaus soltó otra arcada y salió corriendo hacia el porche. Todos pudimos escuchar cómo echaba la cena. Entró un minuto después con la mano en la boca, limpiándosela con el dorso. Eric se levanto y abrió el grifo del fregadero, echándole un poco de agua por la cara.

—Gracias. —le dijo, acariciándose el estómago.

—¿Estás mejor? —Le estaba pasando un paño para secársela.

—Sí. Hacía mucho tiempo que no me pasaba.

—Es que comes demasiado, cariño —le reprendió Amelia—. Ayer te zampaste tres hamburguesas enormes tú solo. Normal que al final acabes así.

Eric abrió el armario de la cocina y sacó un bote de sal de frutas. Vertió una cucharada en un vaso de agua y lo removió. Se lo entregó a Klaus, que lo recibió de buena manera. Eric observaba con mucha atención cómo su amigo se tomaba el remedio en su totalidad. Se estaba comportando como un padre con su hijo. Y esa imagen me resultó extraña.

Le comentó algo en su idioma y Klaus afirmó con la cabeza. Eric le ofreció su sitio, pero el médico lo rechazó.

—Creo que lo mejor será que me vaya a descansar —informó Klaus.

—Yo también pienso que es lo mejor —le comenté—. No tienes muy buena cara. ¿Seguro que estás bien? No habrás pillado nada grave, ¿no?

—No, no. Solo ha sido un empacho.

Se despidió de nosotros con la mano y se marchó despacio. Le aconsejé mientras subía por las escaleras que usara la papelera de su dormitorio si lo necesitaba. Desapareció de nuestras vistas con un pulgar hacia arriba sin dirigirnos la mirada.

—Yo también creo que debería irme —murmuró Eric—. No creo que deba quedarme más tiempo.

Miró de reojo a Amelia, alzando una ceja.

—Espera, necesito hablar contigo antes… —le dije.

Me hizo una señal con la cabeza para que lo hiciéramos afuera. Salimos al porche. Se podía oler levemente el vómito de Klaus. Mañana le echaría un chorro de agua para limpiarlo. Menos mal que lo hizo en los matorrales, pero igualmente, no dejaba de ser desagradable.

Una vez fuera, dimos un breve paseo bajo la luz de la luna. Eric la observó, como si fuera lo más espectacular del mundo.

—Hace una noche estupenda, ¿no crees?

Yo estaba congelándome, ya que no pensé que lo que íbamos a hacer era pasearnos por allí.

—Sí, aunque si lo llego a saber, me cojo una chaqueta.

Eric se deshizo de la suya y me la puso por los hombros.

—Gracias —le sonreí.

—Por cierto, antes no te lo comenté, pero Pam me ha dicho que te pida disculpas por su comportamiento de ayer. Estaba algo abrumada por todo lo que había pasado y lo estaba asimilando.

—Me alegra oírlo. Llegué a pensar que había sido cosa tuya…

—No —dijo entre risas—. Yo solo le dije que no atacara a nadie. Lo demás fue cosa suya. A mitad de camino hacia aquí, fue cuando me comentó esto.

—¿Cómo está? ¿Puedo ir a verla?

—Mejor. Ahora está en casa de India. Quería estar con ella y le he dado la noche libre, ya que hoy le tocaba turno en el Fangtasia. Menos mal que Ginger no tuvo problema en sustituirla…

—Oh, bien. En ese caso, mañana iré a verla.

—Está incomunicada, así que tendrás que localizarla a través de mí. Mañana regresará al Fangtasia, por si te quieres pasar.

—Estoy deseando darle un abrazo.

—Ella también está deseando verte. Se siente culpable por lo de ayer…

—No, no pasa nada. Lo entiendo. Dile de mi parte que está todo bien.

Se paró en seco y miró hacia atrás, hacia mi casa. Se le veía taciturno, sobre todo por lo que se suponía que teníamos que hacer para cortar el hechizo de Amelia.

—No pienso romper el hechizo —murmuró, tajante.

—Ya encontraremos una forma de hacerlo.

—No me has entendido.

—¿Qué? Pensé que esto lo queríamos los dos.

—Y así era. Pero he cambiado de opinión.

—¿Es por lo de quemar la bolsita? Si es eso, le pediré a Amelia que busque exhaustivamente otro remedio, seguro que…

—No. No es eso, de verdad.

—¿Entonces?

—Es por otro asunto. Antes, cuando he hojeado un momento ese libro, he leído algo que me ha llamado mucho la atención.

—¿El qué?

Volvió a retomar el paseo. Regresó la mirada al cielo, que esa noche estaba especialmente estrellado. En pocos días habría luna llena y me hizo pensar en mi hermano. Estuvimos callados unos segundos más, antes de que él continuara con nuestra conversación:

—Creo que es la primera vez que me siento yo mismo…

—¿A qué te refieres?

—A que, después de más de mil doscientos años, he vuelto a sentir cosas que creía olvidadas. Ese hechizo corpóreo que nos lanzó Amelia es de lo mejor que me ha podido pasar en siglos.

—O sea, que eso quiere decir que no la odias…

—No la odio. Nunca la he odiado. Es solo que no soporto que haga cosas a nuestras espaldas.

—Mira quién fue a hablar…

Eric me miró con una ceja levantada.

—¿Yo qué?

—¿Tengo que recordarte cómo nos «casamos», señor Northman?

Se echó a reír.

—Sabes que eso lo hice para protegerte.

—O para así tenerme más cerca —mascullé poniendo los ojos en blanco.

—No pienso negar nada —comentó con una sonrisa pícara en el rostro—. Pero… —su sonrisa se esfumó al recordar algo—, las cosas han cambiado mucho desde entonces. No creo que pueda ser el mismo.

Me quedé sin saber qué decirle.

—Mejor no hablar de eso.

—Sí, mejor.

—Además, tienes cosas que hacer ahora mismo. Mucho más importantes que hablar de esto.

No dijo nada. Tan solo se quedó mirando las estrellas. Me miró y me sonrió como si fuese lo único que existiera.

—Tengo que cuidar de Sabrina estos días. Tal vez esté ausente por eso.

—No importa, haz lo que debas hacer.

—También he de ponerme al día con mis negocios. He estado muy desaparecido y se me ha acumulado el trabajo.

—No tienes que darme explicaciones.

—Es posible que sepas de mí, pero no del modo que esperas.

Abrí la boca para preguntar, pero desapareció de mi vista en un parpadeo. No tenía ni la menor idea de lo que quería decir, pero miedo me daba comprobarlo.

Me quedé allí, en mitad de la noche, con su chaqueta entre mis hombros y con mil incógnitas en mente.

Estupendo.


NDA: Bueno, pues eso es todo. La verdad es que llevaba mucho intentando llegar a este punto, porque no sabía cómo manejarlo. Llevo días con el capítulo terminado, pero no ha sido hasta ahora que lo he publicado porque tenía mil cosas que corregirle.

En un principio no iba a ser por un hechizo (al menos cuando lo estuve planeando hace unos meses), pero es que... necesitaba un buen motivo para algunas cosas. Y en una conversación que tuve con unas amigas me dieron esta idea. Y me gustó. xD Tuve que meter a Amelia por en medio, pero es que la iba a meter igualmente en otro asunto, así que ya que me ponía... xD

Y, bueno. También comentar que en el capítulo anterior tuve un pequeño bajón y ahora me siento un poco mal. n.n" Es decir, padezco del síndrome del impostor, por lo que inseguridades de esas tengo a montones, pero intento no exteriorizarlo (desde hace mucho), solo que ese día tuve un mal día y bueno... me entró la vena dramática. Lo estoy diciendo porque recibí comentarios vuestros de ánimos. Y he de decir que me ha animado mucho (os lo agradezco mucho, muchísimo), pero empecé a pensar que podía parecer que quería llamar la atención y eso (muchos lo hacen, por eso lo comento) y no, no era esa mi intención. n.n"

Agradecimientos:

Cari1973, haces bien en no confiar en nadie. Yo tampoco lo haría. xD Gracias por los ánimos. :)

ciasteczko Was it your birthday? Happy belated birthday. I hope you get well soon. :( I send you many hugs for your recovery. And this chapter, too. Thank you for the recommendation. I will read it later. Thank you for your wonderful words. I really liked them. :)

Perfecta999 Eric doesn't even understand himself. But he will. Thanks for your comment. Ah! And thank you for your kudo in AO3. :)

pascal77ks, me ruboriza saber que me comentas usando el traductor (yo también lo hago, no te preocupes xD), pero no me tienes que comentar en mi idioma, porque, como ya te he dicho, puedo usar el traductor sin problema. :P Hazlo en tu idioma si lo deseas. Gracias por tus maravillosas palabras. :)

Como adelanto, el mes pasado hice un reto de escritura (en parte el estrés que tenía) y para poder terminarlo, acabé escribiendo el siguiente capítulo y parte del 12. El 11 va a ser... bueno, uno bastante especial, en donde quiero que se conozca un poco más y mejor a Eric. No diré nada más. Aún me queda corregirlo, porque todo está en rojo. xD

Pues eso es todo. Espero que os haya gustado, aunque solo sea un poco. Y no me lancéis mucho a los leones. xD

Un saludo y hasta el próximo capítulo. :)

~Miss Lefroy~

PD: Aquí, en mi país, es el Día de la Madre. Así que, si alguna de vosotras tiene hijos, os deseo un buen día. O que lo hayáis tenido al menos. :3


02/05/2021