Advertencia: Hay una escena donde se describe algo un tanto macabro. Lo aviso por si acaso.
XI
La noche pasada se había quedado hasta tarde despierta, hablando con Amelia. También estuvo pendiente de Klaus, que había tenido malestar en el estómago, pero ya se encontraba mejor.
Abrió los ojos con la intención de darle de comer a la pequeña Adele. Se desperezó y le cegó los rayos de sol. Se levantó para cerrar un poco la cortina. Al posar los pies desnudos en el suelo, lo sintió distinto. Tampoco encontraba sus zapatillas de estar por casa. Miró a su alrededor. No estaba en su dormitorio.
A lo lejos, escuchó el canto de un gallo.
¿Dónde carajos estaba?
El corazón le dio un vuelo.
Cerró los ojos, intentando no asustarse. Justo cuando se disponía a salir corriendo de allí, alguien abrió la puerta del dormitorio.
—No estaba seguro de si esto funcionaría…
La voz de Eric resonó por la estancia.
—¡Eric! —exclamó aliviada de ver una cara conocida en aquel extraño lugar—. No sé qué está pasando… ¿Qué hacemos aquí?
Eric se sentó junto a ella en la cama. Estaba tan tranquilo que cualquiera diría que estuviera en el lugar más apacible del mundo.
Y así era. Al menos para él.
—Ya te dije que nos veríamos de algún modo, solo que no de la forma que esperabas…
—¿Qué? ¿Pero dónde estamos?
—Estás en Njorakrie, Noruega.
—¿Qué? ¿Me estás hablando en serio?
—Estás en mis recuerdos, Sookie.
Eric le sonrió dulcemente, la tomó de la mano y la sacó de allí en un abrir y cerrar de ojos.
Caminaron por un bosque. La mano de Eric seguía aferrada con suavidad a la de Sookie. El viento primaveral les azotaba el pelo.
En cierto modo, aquel lugar a Sookie le recodaba a Bon Temps: todo boscoso, hierba, flores, aves de varios tamaños… Le estaba encantando lo que veía.
—Ya falta menos —le anunció Eric, señalando el final del camino.
Sookie le soltó la mano, dando una vuelta sobre sí misma para contemplar el lugar mejor. Ni siquiera recordaba haberse puesto las alpargatas que llevaba atadas a los pies, pero no le importaba.
Eric echó a correr y llegó al final del camino en dos zancadas. Sookie le siguió, con la lengua fuera y el corazón queriendo salir con fuerza de su pecho, pero daba igual. Se sentía feliz en aquel lugar.
—Cuando era pequeño —comenzó a relatar Eric—, me encantaba venir aquí cuando llegaba la primavera. A veces venía con mis hermanos y otras solamente yo. Es mi lugar favorito del mundo.
—¿Esto es lo que yo creo que es?
—Eso que tienes ahí enfrente es un fiordo. Y es de lo más maravilloso y hermoso que vas a ver en tu vida.
Si esto era Noruega, desde luego era mucho más bonito de lo que se había imaginado. O incluso había visto en fotos.
—No pienso negarlo. Pero sigo con la duda, ¿por qué estamos aquí?
—Verás… —Eric se sentó en una enorme roca, invitando a la joven telépata a sentarse junto a él; ella, sin pensarlo dos veces, aceptó la invitación—. Anoche, cuando estuve hojeando el libro que Amelia trajo, vi que ese hechizo podía hacer unas cuantas cosas, entre ellas esta, que ambos podamos estar presentes en los recuerdos del otro. Así que… pensé que sería buena idea que pudieras ver lo que llevo tantos años guardando solo para mí. Más de mil doscientos años sin poder mostrarle esta maravilla a nadie.
—¿Esto es un recuerdo tuyo?
—Así es. Y es por este motivo por el que no quiero deshacerme del hechizo, Sookie. No sé tú, pero… ¿no te parece una maravilla poder estar aquí, sin preocupaciones, sin que nadie te diga nada? Disfrutando de este paisaje, de esta brisa, de este sol…
Cerró los ojos y echó la cabeza hacia atrás, sintiendo cómo el sol le iluminaba el rostro.
—Supongo que sí. Hace tiempo me preguntaba cómo sería tu vida cuando eras humano.
—Pues ahora puedes saberlo.
Sookie soltó una ligera carcajada.
—Lo único que no sé por qué, pero pensaba que eras sueco.
Eric se echó a reír y se llevó una mano a la frente.
—Cuando nací, Suecia ni siquiera existía.
Sookie se ruborizó ante el bochornoso detalle. Se sentía bastante inculta con respecto a la época del vampiro.
—No tenía la menor idea.
—No te preocupes. No tenías por qué saberlo.
Eric se tumbó en la hierba, respirando el aire fresco que se había levantado en el lugar.
Abrió los ojos lentamente. Las nubes se tornaron de un tono grisáceo y una enorme gota le cayó en la frente.
Luego otro.
Y otra más.
Sonrió al ver que estaba comenzando a llover.
—Esto no me parece tan divertido, Eric —comentó Sookie, tapándose ridículamente la cabeza con las manos.
Eric no le contestó y le cogió de la mano. Se levantó de un salto, tiró de ella para que se pusiera en pie y comenzaron a correr lo más que pudieron.
—Vamos, ven, corre.
—¿Adónde vamos?
—Ya lo verás…
La lluvia había cesado. Sookie ni siquiera se explicaba cómo es que ni siquiera estaban mojados después de lo que les había caído encima. La tierra bajo sus pies también estaba seca. Sería cosas de aquella fantasía.
Probablemente, ni siquiera estuvieran en el mismo lugar. Puede que ni fuese la misma época.
Visualizó una cuantas casas al fondo del recorrido. Vio a varios niños jugar con espadas de madera, riendo y gritando. Los escudos estaban pintados con colores llamativos —rojo y amarillo— y con dibujos que Sookie pudo distinguir como runas. Uno de los niños tendría alrededor de unos doce años. Llevaba su larga melena dorada recogida en una trenza. Su contrincante, unos años menor, tendría alrededor de nueve. Su espada era algo más diminuta, pero se le veía desafiante. No se amedrantaba ante el chico mayor. Uno más pequeño, de unos cinco años más o menos, con un hacha de madera en la mano, gritaba emocionado, saltando y vitoreando algo que a Sookie se le escapaba. A ella le gustaba lo que estaba viendo.
—¿Quiénes son? —quiso saber Sookie.
Eric sonrió con nostalgia.
—El más alto es mi hermano Harald…
Sookie le miró. Recordó que, tiempo atrás, le comentó que uno de sus hijos se llamaba de ese modo.
—Era muy guapo.
—Lo era… No conozco a ninguna mujer que se resistiera…
—Y el valiente con quien se enfrenta me imagino que serías tú, ¿no es así?
—¿Se nota mucho? —Su sonrisa se ensanchó más, llena de orgullo.
—Aunque llevabas el pelo mucho más corto. No pareces ni tú.
—Me empecé a dejar la melena a los doce. Ahí tenía nueve. Y solía llevarlo muy corto.
—¿Y quién es el más pequeño? Es súper adorable. Solo quiero acercarme y achucharle.
—Es mi primo Sveinn. Bueno, no es exactamente mi primo. Su madre se casó con mi tío Olaf cuando Sveinn tenía un año, y mi tío le crió como su hijo.
—Qué bonito detalle…
Eric la miró con una ceja levantada. Tomó una bocanada de aire y se echó el pelo hacia atrás.
—Los vikingos no éramos tan bestias como la historia quiere haceros creer…
Sookie tragó saliva. No era su intención que sonara de ese modo, por lo que se disculpó con la mirada.
—Yo no…
—No. No lo has dicho, pero sé que lo piensas. Mucha gente lo hace. En mi época —siguió contando el vikingo—, era muy normal adoptar los hijos de otros. No nos importaba el lazo de sangre, sino quien te criaba y cuidaba de ti.
Se acercaron más a los niños. Ahora dos niñas más se les unieron y les desafiaron a un combate a cuatro. La imagen se estaba volviendo un tanto interesante para Sookie, a la vez que turbia: esos niños tenían menos de doce años y solo parecían querer pelea.
—¿Quiénes se os han unido?
—Son mis hermanas Gunbjörg y Åsa. Gunbjörg era un año mayor que yo y Åsa, dos menos.
—No sabía que tuvieras hermanas.
—Falta la más pequeña, Gytha, pero aquí tenía solo un año. Solía estar con mi madre por esta época, porque mi padre se pasaba los meses de primavera y verano en alta mar…
—¿Era un guerrero? Creía que solo era el jefe del pueblo.
—Era el jarl, que es algo así como un duque nórdico. Para serlo te lo tenías que ganar a pulso. Nos traía cosas de oro y plata que conseguía de los saqueos a donde iba…
—Saqueos… —repitió Sookie, anonadada.
Eric elevó levemente los hombros.
—¿Pensabas que lo cagábamos o qué?
—No, pero… —Estaba pálida. Muy pálida.
—Él era un guerrero vikingo. —Se puso muy serio, recordándolo—. La verdad es que apenas recuerdo mucho de él, porque apenas pasaba por aquí. Y tampoco tuve una buena relación con él. Es decir, no nos llevábamos mal, pero siempre me trataba como si yo no fuese gran cosa y solo sabía compararme con mi hermano. De hecho, la última vez que nos vimos fue en el entierro de Harald. Ni siquiera asistió a mi boda.
—Vaya… Es una pena todo lo que me cuentas. Seguro que te llegó a echar de menos…
Eric se encogió de hombros, sin darle más importancia.
—No lo sé, pero tampoco me preocupa.
—¿Y cómo murió tu hermano?
—Por culpa de una disputa, donde el pueblo de aquí al lado quería recuperar parte de las tierras que le pertenecía a mi padre. La cosa se torció y el mejor amigo de mi hermano, Halfdan, acabó muriendo de la peor manera.
—Por Dios bendito. ¿Y qué pasó?
—Pues que Harald quería venganza y se la tomó por su cuenta, sin pensar en más. Halfdan era como un hermano para nosotros, pero sobre todo para él. Así que, bueno, hizo una locura que no le salió nada bien: ir solo a matar al asesino de Halfdan. Pero este ya le estaba esperando y se le adelantó.
—Qué barbaridad…
—Más bien qué insensatez. De haberlo hecho bien… seguramente no hubiese muerto ahí. Harald era un gran guerrero, pero cuando se trataba de venganza, se dejaba llevar por los sentimientos y…
Dejó de hablar y se acercó lentamente a los niños, sobre todo al que le representaba. Se aferraba al escudo con fuerzas y miraba a su hermano desafiante. Eric sonrió ante su yo infantil. Le resultaba divertido verse y poder estar de pie frente a él.
—Tenías mal genio —comentó Sookie.
—Debía tenerlo. Con Harald nunca se sabía. Con cualquier cosa tenía que estar alerta. Aunque en el fondo era porque no quería que fuésemos débiles. Siempre nos entrenábamos porque padre nunca estaba en casa y de algún modo debíamos defendernos. Mi hermana Gunbjörg era más fuerte que yo, y que Harald si me permites decirlo. Solo que ella solía quedarse con mi madre, ya que ella era la más débil de la familia. Y cuando tuvo a mi hermana pequeña se debilitó más aún. Ella siempre cuidó de mi madre hasta que murió años más tarde.
—Suena muy triste todo.
—No. Yo lo recuerdo más bien como algo lejano. Nunca sentí tristeza por ello. Nos enseñaban a que la muerte forma parte de la vida y que algún día todos acabaríamos en el mismo lugar.
Llegó un hombre muy alto, rubio y barbudo con gesto ceñudo. Llevaba su larga melena recogida en varias trenzas y su piel marcada con exóticos dibujos, sobre todo en los brazos y la cara. Se acercó a los niños lentamente, como si estuviera enfadado con ellos. Se cruzó de bazos, mientras observaba con desaprobación a los pequeños.
—¿Ese es tu padre?
Eric asintió con tristeza. El hombre se le veía bastante severo, sobre todo con él.
—Se llamaba Harald, como mi hermano. No era tan malo como lo parece, ¿eh?
—No he dicho nada.
—Pero sé que lo piensas.
Sookie se encogió sobre sí misma. A decir verdad, no había pensado en nada, tan solo en que se parecía mucho a su hermano, a excepción de los ojos felinos, que Eric los había heredado claramente de él.
Se quedaron viendo la escena. Harald padre apartó a Harald hijo y se quedó cara a cara con el más pequeño. Cogió la espada de madera y el escudo y le pidió al niño que se enfrentara a él. El pequeño agitó la espada, luchando contra él, sin conseguir darle.
—Vamos, Eric, ¿solo sabes hacer eso? —le espetó—. Gunbjörg lo hace mucho mejor que tú, hasta Åsa podría serlo, ¿o es que acaso eres un blandengue?
El niño volvió a intentar golpear la espada en su progenitor, pero lo único que consiguió fue cansarse mucho más rápido. Eric niño se paró a respirar. Se le notaba que estaba cansado y el aire le faltaba. Volvió al ataque, pero su padre no le daba ninguna tregua.
—Eres mucho más alto que yo —jadeó el pequeño—. Es imposible que pueda vencerte.
—¿Eso crees, Eric? —Harald padre frunció tanto el ceño que parecía que se le iban a juntar las cejas en una sola—. Me decepcionas si es así.
El niño no respondió. Tan solo se quedó mirando a un padre desilusionado.
Harald padre le quitó la espada y el escudo a Eric y se la dio a Gunbjörg. Le pidió que se apartara, que ella pelearía con él. La niña agarró lo que antes llevaba su hermano pequeño entre las manos y se enfrentó a su padre. No consiguió tanto, pero pudo golpearle en las piernas y arañarle ligeramente en los brazos. La pequeña jadeaba con triunfo y se secó el sudor de la frente.
—¿Ves, Eric? —murmuró Harald padre—. Tu hermana no es mucho más alta que tú, pero es más ágil. No es cuestión de altura, sino de astucia. —Se dirigió a su hija mayor y la felicitó con un gesto con la cabeza.
Harald recogió el escudo y la espada que su hija había abandonado y se lo ofreció de nuevo al hijo menor. Golpeó levemente con su espada artificial el escudo que portaba.
—Nunca pierdas de vista los movimientos de tu contrincante. —El pequeño Eric aferró con fuerza el escudo y blandió la espada, al igual que lo hizo su padre; la agitó y se puso en guardia, dando el primer ataque. Alzó el brazo para intentar darle en el brazo, pero su padre lo esquivó sin problema, dándole al pequeño un golpe con la espada en la pierna, haciéndole tropezar y caer de espaldas. El niño emitió un quejido. El padre le clavó la espada en el brazo y el pequeño Eric se apartó, aunque con cierto dolor donde antes había sido golpeado. Se arrastró por el suelo, rodando por él e intentando derribar a su padre varias veces, pero fue en vano—. Eric, levántate —le ordenó en tono lastimero, relajando el cuerpo. Al niño aún le costaba respirar y tardó unos segundos en poder ponerse en pie—. Mírame a los ojos —le mandó Harald, señalando sus ojos con dos dedos, y el niño obedeció—. Nunca, jamás, pierdas de vista a tu contrincante. Esto es lo más importante que debes recordar, porque como lo hagas, tan solo un instante, estás perdido. Ahora solo estamos tú y yo, pero en una batalla real debes tener puestos los cinco sentidos al máximo. Incluso tal vez necesites de un sexto. Jamás debes bajar la guardia, ni siquiera un momento. O será tu derrota. —El pequeño asintió, respirando hondo y poniéndose una vez más en guardia—. Ahora, sujeta bien el escudo, con fuerza, —Eric apretó más el puño en el asa de su escudo y asintió con la cabeza—, y levanta el brazo, siempre por encima de tu cabeza.
—Pero así no puedo ver nada —replicó el niño—. No puedo ver al contrincante en esta pose.
—Puedes hacer ambas cosas, créeme.
Harald golpeó con suavidad el escudo de su hijo, para que viera que esa era la manera que debía hacerlo y por qué.
—Ahora, sin apartar tus ojos de mí, escudo en alto, intenta golpearme.
El pequeño Eric blandió la espada con más fuerza que la anterior vez y comenzó a correr hacia su progenitor, sin dejar de mirarlo a los ojos bajo el escudo protector. Hizo el amago de darle en el brazo derecho, pero en verdad se agachó y le rozó la pantorrilla izquierda. Dio un giro y se tiró al suelo, rodando y poniéndose en pie en seguida. Dio un toque en la espalda de su padre con la espada, que se retorció por el golpe.
Harald se echó a reír.
—No ha estado mal, Eric, pero puedes mejorarlo mucho más.
El niño jadeaba y observó a su alrededor, percatándose de que sus hermanos le estaban mirando con atención. Su hermano Harald le observaba con una sonrisa en los labios.
—Has estado genial, hermano —le felicitó revolviéndole el pelo, y Eric se ruborizó.
—No. No ha estado genial. —La sonrisa de ambos hermanos se desvaneció por la crudeza del padre—. Yo no enseño a débiles, Eric, y sé que tú no lo eres, pero debes entrenar mucho más si algún día quieres llegar a ser un gran guerrero como yo.
Eric asintió y clavó la mirada en el suelo, decepcionado.
Su padre se marchó a casa a descansar. Hacía tan solo un día que había regresado de uno de sus viajes y estaba agotado.
—Tu padre era muy estricto contigo, ¿verdad? —preguntó Sookie una vez que se esfumó la escena y regresaron al fiordo.
—Era un buen hombre, pero mejor guerrero. No se caracterizaba por ser amable y cariñoso con sus hijos. Por aquel entonces, yo no lo entendía, pero cuando fui creciendo, fui entendiendo todo y le di las gracias por haber hecho todo lo que hacía por mí.
—¿Se lo llegaste a decir?
Eric negó con la cabeza.
—No. Como ya te he dicho, no era un hombre muy afectivo, pero tampoco le gustaban los halagos. Él era un hombre de acción, no de palabras. Demasiado suave era conmigo por aquel entonces, Más adelante no lo era tanto, Yo era con quien más se enfrentaba a él y a quien más atacaba. Sé que lo hacía por mi bien, porque yo era muy despistado y sabía que en cualquier batalla, en un instante, estaría perdido. Esa era mi debilidad y eso me lo supo corregir. Y siempre le agradeceré que hiciera de mí al gran guerrero que llegué a ser.
Sookie le sonrió. Veía cómo le brillaban los ojos.
—Le admirabas mucho.
—Todos lo hacíamos. Aquí ser el jarl no era sencillo. Había que ganarse el puesto a pulso. Había que luchar por ello. Ganaba el más fuerte, el más astuto, el más valiente… Todo dependía de ti y de tu instinto para el liderazgo. Y mi padre hizo muchísimo por este pueblo. Mucho más de lo que yo llegué a hacer en vida. Porque yo…
—No fue culpa tuya, Eric —le interrumpió Sookie, acercándose a él.
—Tal vez, pero podría haber hecho mucho más si no fuera…
—No pienses en ello. Hiciste lo que pudiste.
El sol apretaba cada vez más. Ambos podían sentir el calor sobre la piel. Sookie se sentó en una roca, apreciando el paisaje.
—Él tenía la esperanza de que pudiera sucederle a mi hermano, pero no fue así. Creo que siempre fui una decepción para él…
—No digas eso, no creo que fuese cierto…
—Nunca lo sabré, porque jamás me decía nada bueno. Es decir, si ganábamos una batalla, tan solo me daba una palmada en el hombro o en la espalda y se iba con los demás a celebrarlo con cerveza.
—¿Y no crees que era mejor así?
—No lo sé. Pero me hubiese gustado al menos que me lo hubiese hecho saber con unas pocas palabras. Aunque solo fuese una sola vez. Más que nada porque muchas de esas batallas las ganábamos gracias a mis estrategias. Pero nada. Es por eso que pienso que fui un fracaso.
—¿Y nunca le comentaste esto?
—¿Para qué? —la mirada de Eric se había clavado en la hierba, mientras removía con el dedo un poco de tierra—. Él no me escuchaba o al menos fingía no hacerlo. Nunca fui lo suficientemente bueno para él, tan solo Harald, su primogénito, tenía ese honor.
Sookie se quedó pensativa. Quería darle un abrazo para que supiera que todo lo que estaba diciendo no era como decía, pero no estaba segura de si debía hacerlo.
—Lo que no entiendo —dijo tras una larga pausa— es por qué me estás enseñando esto a mí precisamente. Es decir, tuviste la oportunidad de comentármelo en su momento, pero nunca lo hiciste.
Eric se quedó callado unos segundos. Jugueteaba ahora con la hierba y se descalzó, sintiendo el cosquilleo bajo sus pies. Una hormiga recorría los dedos de los pies y Eric comenzó a seguirla con la mirada en su aventura.
—Ya te dije que me sentía con todo esto bastante bien, como antes de convertirme. Cuando vi en el libro que podía hacer esto… no me lo pensé. No es algo que haya podido hacer con nadie y que pudieras ser tú precisamente… —Miró a la joven y le echó un mechón detrás de la oreja—. Siempre quise contarte más sobre mi vida cuando era humano, pero también he sido torpe para explicarme bien. Y creo que esto ha tenido que llegar por algún motivo.
—¿Cuál?
—El de no sentirme tan solo.
—Pero… no has estado solo. ¿O sí?
—Si te refieres a Pam y Karin… —Se quedó en silencio unos segundos. No sabía cómo expresarlo sin que sonara mal—. Sí, fueron y son, sobre todo en el caso de Pam, una gran compañía, pero aun así me sigo sintiendo solo. No es exactamente lo que quiero expresar contando todo esto. Jamás se me hubiese ocurrido contarles nada de esto a ellas, porque, más que nada, no podía mostrárselo. Solo verían en sus mentes una imagen que yo les contara, pero no la auténtica. Tú, en cambio, tienes esa oportunidad.
—La verdad, te pienso confesar que al principio pensé que estabas loco queriendo que viera todo esto, e incluso que ibas a mostrarme cosas mucho más crudas, pero me gusta que te quieras abrir a mí de este modo, porque siento que ahora estoy conociendo al verdadero Eric y no al idiota que conocí cinco años atrás.
Eric se echó a reír.
—En verdad, siempre he sido así, solo que una parte de mí murió cuando Ocella se cruzó por mi camino.
—No pienses en ello. No al menos ahora.
Eric le sonrió con un destello de amargura.
—No te he traído hasta aquí, hasta mis recuerdos, para que veas cosas tristes. No por el momento. Más bien al contrario. —Se puso en pie y alargó una mano para ayudar a Sookie a levantarse, que aceptó encantada.
—¿Adónde vamos ahora? —quiso saber la joven telépata.
—Ya lo verás, mi querida Sookie.
El cielo se tornó oscuro, como queriendo llover. Habían regresado al lugar de antes —donde los niños estaban entrenando—, pero esta vez estaban cerca de una casa. Sookie la reconoció: era la misma donde se había despertado un rato antes. Ahora se preguntaba cuánto tiempo llevarían vagando por los recuerdos de Eric, pero no le importaba. Estaba disfrutando con con lo que le estaba enseñando. Por primera vez en años, estaba viendo cómo era él en realidad. Se sentía extraña, o tal vez privilegiada, ya que con nadie más podía hacerlo. A Sookie le estaba gustando esa idea. Era como la entrada VIP a un lugar único.
Entraron a la casa y llegaron a una especie de comedor. La casa no era muy grande, pero sí espaciosa. Había una gran mesa en medio, donde Eric, sus hermanos y sus padres estaban desayunando pan, leche, cereales y fruta. A Sookie siempre le gustaban estos momento tan familiares, y que Eric se lo estuviese mostrando le parecía encantador.
La madre estaba a un extremo de la mesa. No era tan alta como Sookie pensaba, pero sí tan guapa como se imaginaba. Eric, definitivamente, era un calco de su madre, a excepción de los ojos felinos de su padre. En cambio, la madre los tenía grandes y redondos, tan expresivos que podías intuir lo que estaba pensando sin necesidad de tener un don. Su rostro era muy dulce y llevaba la hija menor en su regazo.
Harald, el hijo mayor, y Eric se sentaban uno frente a otro. Eric estaba al lado de su hermana Gunbjörg y ésta frente a Åsa, que estaba al lado de su otro hermano.
—¿Como se llamaba? —preguntó Sookie, señalando con la mirada a la madre de Eric.
—Adalheidis. Era la mejor madre del mundo. Era buena, bondadosa y jamás nos faltó de nada. Todo el pueblo amaba a mi madre y la respetaba por su forma de ser. No he conocido en mis más de mil años de vida a nadie como ella.
Los ojos de Eric brillaban cuando hablaba de su madre. Tenía una sonrisa especial que Sookie jamás había visto.
—Supongo que será amor de hijo…
—No. Le podías preguntar a quien quisieras que nadie te decía nada malo de ella. Jamás vi nada malo en ella. Tenía una salud débil, pero era fuerte por fuera. A su manera, ella fue una gran guerrera, solo que su salud nunca se lo permitió. Es por eso por lo que mi padre se casó con ella.
—¿Cómo se conocieron?
Sookie se sentó en una silla, viendo cómo Adalheidis daba de mamar a la pequeña Gytha. Le recordaba tantísimo a ella con Adele que la imagen no podía encantarle más.
Eric exhaló una gran bocanada de aire antes de contestar:
—Ella era la esclava de mi padre.
—Espera, ¿qué?
Eric soltó una carcajada sin apartar la vista de su madre. Se apoyó en la pared, cerca de la mesa donde estaba su familia desayunando.
—Mi abuelo Björn, antes que mi padre, era el jarl del pueblo, por lo que tenía varias esclavas; una de ellas, mi madre. Pero mi padre se enamoró de ella, así que mi abuelo la liberó para que se pudieran casar.
—No sabía que tuvieseis de eso…
—Sí, yo tuve unas cuantas cuando era adolescente. Así fue cómo… —carraspeó, dedicándole a la joven una sonrisa pícara—, bueno, me convertí en un hombre.
—¿Con una esclava?
Eric se encogió de hombros.
—Con alguien debía ser y quién mejor que una de ellas.
—No sé, ¿por ejemplo, con alguien a quien amaras? Me parece tan… tan…
—No me seas mojigata ahora, Sookie. Que has hecho conmigo cosas que dudo mucho que hayas hecho con el santurrón de Bill.
Sookie bufó, poniendo los ojos en blanco.
—Tenías que sacar a colación eso, ¿no?
—Lo saco primero porque es cierto y segundo porque en esta época era algo muy común. Teníamos esclavos para todo incluso para follar… —Sus palabras eran tan frívolas que a Sookie le dio un escalofrío—. Para eso estaban. Era algo muy normal, sobre todo si tenías un buen cargo como el de mi padre o mi abuelo.
—Entiendo —masculló Sookie, intentando zanjar esa conversación.
—No quiero que pienses que éramos malos con ellos. O que yo lo fui. Mi madre, por ejemplo, les hablaba y les contaba de todo. Confiaba en ellos hasta para ese tipo de cosas.
—¿Y no hubo ninguno que os traicionara?
—Ninguno se atrevía, porque se pasaba días sin comer o encadenados con los cerdos.
—Sí, los tratabais de maravilla.
—Otros eran azotados e incluso podían perder un miembro o un ojo, que los dejara inútil de por vida.
—En resumen: tenían suerte de no acabar peor.
—Exacto, mi querida Sookie.
—Pues qué bien.
—De todos modos, mi madre los trataba bien porque ella fue una. Sabía que debía hacerlo.
—¿Nació siendo esclava?
—No se sabe, pero es muy probable. Esa historia es un poco… truculenta. Mi madre era la esclava de un jarl danés y mi abuelo la secuestró después de ver cómo le daba un guantazo que la dejó casi inconsciente en el suelo. Tras una batalla, mi abuelo aprovechó la victoria para llevársela.
—¿Y el noble danés nunca la quiso recuperar?
—No. Era un cretino al que mi abuelo le tenía muchas ganas. No consiguió matarlo, pero ganas no le faltaron. Mi madre apenas recordaba nada de esto porque tenía unos nueve años. Ni siquiera sabía de dónde salió, ya que sus primeros recuerdos era con el conde danés aquel que la trataba como a un trapo y que mi abuelo la sacó de aquel infierno. Él le dio una mejor vida, aunque fuese durante años esclava. Jamás permitió que nadie le pusiera una mano encima. Mi madre siempre era muy positiva, siempre veía lo bueno en los demás. Mi abuelo tenía un trato muy especial con ella. Es más, ni siquiera la trataba como una esclava, sino más bien como una hija.
—¿Y por eso la liberó?
—Sí. Recuerdo que ella me contó una vez que ni siquiera tenía nombre, o al menos nadie la llamaba por ninguno, así que mi abuela Astrid, por su carácter noble, la empezó a llamar Adalheidis. Mi padre se fijó en ella precisamente por su carácter. Y no me sorprende, porque cualquiera podría haberse enamorado de ella en tan solo cinco minutos.
Sookie le sonrió y observaba cómo el vampiro vikingo miraba a su madre con admiración.
—Me hubiese gustado haberla conocido más allá de un recuerdo.
—Sí. Os hubieseis llevado bien. Aunque ella siempre se llevaba bien con todo el mundo. Era su mejor virtud. Si alguien se encontraba mal, acudían a Adalheidis. Si alguien necesitaba comida, allí estaba Adalheidis ofreciendo todo lo que tenía para que nadie pasara hambre. Si alguien necesitaba cualquier cosa, Adalheidis estaba allí para ayudar en lo que podía.
—Me recuerda un poco a mi abuela…
—No la conocí, así que no sabría decirte, pero es muy posible. La única que se le podía parecer en algo era… —Se quedó callado un instante. No sabía si debía continuar, porque era algo doloroso, pero igualmente lo dijo—: Aude.
De repente, la escena de la familia desayunando se desvaneció y apareció un lugar boscoso y rocoso cerca de un lago. Eric tenía doce años y estaba situado detrás de un frondoso árbol, escondido, intentando pasar desapercibido. Tenía la mirada clavada en una joven que estaba bañándose en aquel refrescante lago. Estaba nadando completamente desnuda. Parecía tan grácil y elegante como un cisne. A Sookie no le sorprendía en absoluto que a Eric le llamara tanto la atención: era muy guapa y bastante atractiva.
—¿Por qué la espiabas tanto?
Eric ni siquiera contestó cuando vio lo que su yo de doce años empezó a hacer: se metió la mano bajo su ceñido pantalón y se lo bajó hasta descubrir su erecto miembro. Sookie se tapó la cara, ruborizada.
—¿En serio? ¿Esto te pareció bien que debía verlo?
Eric comenzó a reírse como un loco. El gesto de Sookie lo encontraba de lo más divertido.
—Solo quería ver tu reacción. Y lástima no poder tener una cámara a mano para poder tomarte una foto.
Sookie le golpeó en el brazo a modo de reproche.
—No tiene gracia.
—Bueno, ahora verás el motivo por el que quería que vieras este recuerdo.
Sookie frunció el ceño con un ojo cerrado. No sabía muy bien si debía seguir mirando, ya que el Eric de doce años aún tenia su mano en la entrepierna, que disfrutaba de lo lindo con la hazaña.
La joven Aude se percató de la presencia de su espía. Se acercó a la orilla y se escurrió el pelo sin salir del agua.
—Creo que deberías dejar de afilar tu espada y meterte en el agua —le sugirió la joven—. Tú necesitas un baño de agua fría más que yo.
Se echó a reír. El joven Eric, cuyo cabello le llegaba poco más abajo de las orejas, se echó el pelo hacia atrás y pudo verse con claridad el rubor que le asomaba por ellas. Miró hacia ambos lados.
—Estoy de acuerdo con ella —murmuró Sookie.
—¿Quieres que… —El chico se aclaró la garganta— me bañe contigo?
Le estaba dedicando lo que pretendía ser una sonrisa pícara, pero le había salido más bien una bastante siniestra.
—Solo te estoy diciendo que disfrutes del agua y te dejes de esas cosas.
El Eric adolescente no se lo pensó dos veces y se despojó de la poca ropa que le quedaba puesta. A Sookie le sorprendió lo rápido que lo hizo. El joven se acercó a la orilla del lago y se metió lentamente, tapándose pudorosamente sus partes pudendas.
—Oh, por favor —se mofó Sookie al ver la escena—, ¿de verdad te está dando vergüenza estar desnudo delante de una chica?
—No exactamente —respondió Eric tajantemente—. Lo que me daba vergüenza era estarlo delante de ella, más bien.
—¿Qué?
—Sí, tenía la absurda idea de que si me veía desnudo, lo compararía con mi hermano y se reiría de mí.
—¿Tu hermano tenía una buena tranca o qué? Porque si no otra cosa no me entra en la cabeza…
—Digamos que no tenía nada de lo que avergonzarse. Pero yo solo era un crío y detestaba las comparaciones.
—¿Pero esto fue antes o después de tu desfogue con la esclava?
—Fue justo la tarde antes.
—¿En serio?
—Ahora verás por qué.
Aude extendió su mano para ayudar a Eric a llegar hasta ella. Se la cogió y nadaron juntos durante unos minutos. Jugaron, se rieron y se relajaron juntos, mientas disfrutaban de la intimidad que les otorgaba el lago. Aude se dirigió a la orilla y salió del lago. Le hablaba a Eric con tanta naturalidad que cualquiera diría que unos instantes antes él estaba manoseándose la entrepierna pensando en ella.
Se escurrió el cabello dorado y rizado arqueando la espalda hacia atrás. A Eric le daba vergüenza salir del agua, porque sentía que sus zonas sensibles estaban excitadas una vez más solo por el gesto.
Aude lo tuvo que percibir porque se echó a reír.
—¿Vas a quedarte mucho rato ahí? —le comentó con una sonrisa en la cara—. Porque se te va a arrugar todo…
—Ehm… —balbuceó Eric—. Creo que me quedaré aquí un poco más. Yo…
—Está bien. Pero he de regresar a casa. Creía que podrías acompañarme…
Eric salió del agua tan apresuradamente que casi se tropezó con una roca. Se vistió a toda prisa y estuvo listo, aunque aún empapado, para el paseo con Aude.
A Sookie la escena le estaba pareciendo de lo más adorable.
Estuvo en silencio casi todo el camino. Tan solo fue interrumpido por ella cuando dijo:
—¿Sabes? Es una pena que no tengas unos años más…
—¿Qué…?
—Seguramente no tendría que casarme con Harald…
—Espera, espera… —interrumpió Sookie, mirando la escena con los ojos desorbitados—. ¿Aude te estaba insinuando que le gustabas?
—Así es —contestó el Eric adulto.
—¿Y por qué se casó con tu hermano?
—Porque ellos estaban comprometidos desde antes de nacer. Nuestros padres eran amigos de toda la vida y los prometieron cuando mi madre se quedó embarazada de Harald y la de Aude de ella.
—¿Aquello fue una boda concertada?
—Podríamos decir que sí.
—Pues es una lástima…
Eric se encogió de hombros y siguió con el recuerdo.
Aude acarició con suavidad la mejilla de Eric. Se acercó a él y le dio un beso en la mejilla. Era lo único que podían hacer y Eric se conformaba con ello.
—Gracias por la compañía —le dedicó una tierna sonrisa y se metió en casa, echando la vista atrás un segundo para mirarle una última vez antes de cerrar la puerta.
Eric se acarició la mejilla que segundos antes había rozado los labios de Aude. El corazón le latía con tanta fuerza que amenazaba con salirse; dio un largo suspiro.
—Lo vuestro podría ser un amor prohibido, ¿no? —intervino Sookie, cuando regresaron al fiordo.
—Bueno, no era precisamente un amor siquiera. Es decir, nunca estuvimos juntos mientras mi hermano vivía. No quería traicionar la confianza de Harald y yo jamás me lo hubiese perdonado.
—¿Le querías?
—Era algo así como mi ídolo, así que supongo que sí. Quería ser como él en todo y me fastidiaba que él fuese el mayor, porque se llevaba siempre lo mejor, hasta su esposa.
—Pero al final conseguiste casarte con ella, ¿no?
—Sí. Me dolió la muerte de Harald, pero muy en el fondo sentía alivio por el hecho de que Aude y yo podíamos estar juntos sin miedo. Nunca lo llegué a decir en voz alta por respeto a mi familia y a mi difunto hermano, pero eso siempre estuvo presente en los dos.
—Tiene sentido que lo hicieras.
—Sí. De hecho, ella estaba embarazada de Harald cuando él murió, por lo que no me lo pensé dos veces en hacerme cargo de ella y el bebé, solo que aquel bebé nunca llegó a nacer.
—Lo lamento.
—Era lo único que nos quedaba de mi hermano. Pero creo que, de algún modo, el destino, nuestro destino, quería que estuviéramos juntos, aunque para ello tuviera que morir trágicamente mi hermano.
—Suena peor de lo que es…
—Sí. Yo quería a mi hermano y le respetaba como el que más. Antes me hubiese amputado un brazo o una pierna que traicionarlo.
—Vaya…
—Por suerte no hizo falta.
—Y menos mal. Si no…
—Sí hubo alguien que se dio cuenta de que entre Aude y yo había algo más que una amistad.
—¿Quién?
—Mi madre.
—Las madres siempre tienen esa especie de sexto sentido que lo saben todo.
—Sí, seguramente sería por eso. Pero ella jamás me dijo nada. Yo creo que se lo esperaba. Nunca se interpuso entre nosotros.
—Era una mujer muy comprensiva.
—Sí. 'Tu padre me miraba exactamente igual que tú llevas mirando años a Aude' me dijo una vez, después de casarnos.
—Se sentía identificada.
—Creo que fue la única vez que alguien me comparaba con mi padre, porque todo el mundo lo hacía con mi hermano mayor.
—Tú eras mejor que él —le animó Sookie, lo que hizo que Eric soltara una carcajada de sarcasmo.
—No sabes lo que dices. Yo nunca llegué a donde lo hizo mi padre o mi hermano.
—¿Pero tú querías serlo?
Elevó levemente los hombros.
—Tampoco me lo replanteé nunca.
—Pero yo tenía entendido que eras un buen guerrero vikingo.
—Y así era. Llegué a liderar muchas batallas, aunque no siempre salíamos victoriosos. Los vikingos siempre fuimos muy buenos en tácticas, pero en la práctica…
—¿Erais malos?
—Más bien pocos. Como guerreros éramos los mejores y eso nadie nos lo podía discutir. Entrenábamos muy duro desde pequeños, tanto niños como niñas, indistintamente. Se nos enseñaba que eso era para hacernos más fuertes y no dejarnos vencer tan fácilmente. Pero también era bastante decepcionante cuando no conseguíamos nuestro objetivo. Y estresante, sobre todo cuando lo habíamos planeado tan bien. O cuando había alguien entre nosotros que nos hacía perder batallas por una traición…
—¿Alguna vez os traicionaron?
—A mí, bueno, lo intentaron, pero siempre lo acababa descubriendo y dándole su merecido; sin embargo, con mi abuelo sí que lo hicieron. Le traicionó la persona que jamás pensó que lo haría: su mejor amigo.
—Oh, Santo Cielo. ¿Por qué hizo eso?
—Por celos. Sentía envidia de que mi abuelo siempre fuera el líder, el mejor de todos, cuando el amigo no era tan bueno ni hacía lo suficiente por superar a mi abuelo. Pretendía tener el cargo de mi abuelo, el de jarl, solo chasqueando los dedos y vaciando una bolsa llena de monedas de plata. Sobornó a alguien para que le envenenara, pero fue tan inepto que no se dio cuenta de que ese era un espía de mi abuelo, que no era tonto y sabía que algo pasaba.
—¿Y qué ocurrió después?
—Cuando mi abuelo se enteró, no sabía qué hacer con él. Mi abuela estuvo llorando durante días, suplicándole clemencia, ya que se trataba de su único hermano. Pero ella sabía que una traición tan grande a un líder, ni te imaginas si llega a ser un rey, el castigo no podría ser otro que hacerle un Águila de Sangre.
Sookie frunció el ceño, intentando comprender a qué se refería.
—No estoy del todo segura de si quiero saber qué es…
—No te preocupes, mi querida Sookie —le comentó entre risas—. No pienso mostrarte esas cosas. Era bastante desagradable y dudo muchísimo que tengas estómago para verlo por ti misma. Y, además, no quiero que vomites en mis recuerdos —murmuró arrugando la nariz.
Sookie lo miró extrañada, sin saber si seguir con la conversación.
—Ahora siento curiosidad por saber qué es, pero tengo la sensación de que no me va a gusta, precisamente por ese comentario…
—Los vikingos podíamos llegar a ser mucho más justos de lo que piensa la gente, pero también éramos muy bestias cuando de venganzas o de hacer justicia se trataba. Si alguien traicionaba a un líder, noble o, peor aún, un rey, se le solía practicar lo que nosotros llamábamos el Águila de Sangre.
—¿Y en qué consistía? —inquirió Sookie, preocupada porque ya se estaba arrepintiendo de haber formulado esa pregunta.
—¿Seguro que quieres saber lo que era?
Sookie meneó ligeramente la cabeza, intentando negar con ella, pero era tan leve que apenas se apreciaba.
—No del todo, solo que parece que necesites contármelo.
Eric se encogió de hombros y comenzó a explicarlo:
—Se colocaba al traidor de rodillas y con los brazos extendidos atados con cuerdas para que no se moviera.
—¿Formando una cruz?
—Más bien… como si estuviera desplegando unas alas imaginarias, como las del águila, por ejemplo.
—Oh, no pensé en ello… ¿Y después?
—Con una espada, se le abría la espalda lentamente. —Hizo el gesto como si estuviera blandiendo una espada y rajando a alguien la espalda tal como lo relataba.
—¡Santo Cielo! —exclamó Sookie, tapándose la boca del espanto; Eric soltó una carcajada, divertido.
—Y eso que aún no he llegado al mejor punto: partíamos todas y cada una de sus costillas y las sacábamos hacia fuera.
Sookie comenzó a jadear, cerrando los ojos fuertemente al imaginarse la escena.
—Eso debía ser horrible.
—Lo era. Además, no podían emitir un mísero sonido de dolor ni de súplica con respecto a esta práctica.
—Pero si eso debía doler horrores. ¿Cómo es que no se podían quejar?
—Simple: según nuestras creencias, un verdadero vikingo jamás emitiría un grito de dolor si realmente quería entrar en el Valhalla.
—¿El Valhalla?
—En la mitología nórdica, es un enorme salón situado en Asgard y gobernado por Odin.
—Y un buen vikingo quiere entrar ahí, claro.
—Sí. Todos deseábamos entrar ahí y beber cerveza con el mismísimo Dios de la Sabiduría.
—Y después de eso, lo de las costillas, ¿qué hacíais? ¿Lo dejabais allí, sin más?
—Después de sacarle las costillas, le arrancábamos los pulmones y los colocábamos encima de los hombros.
—¡Madre del amor hermoso! Pensé que eso era todo y resulta que hay más…
—Sí, era terrible. Después, si no había muerto, que en verdad nos importaba bien poco, le colgábamos de un árbol, con los brazos extendidos y la espalda abierta, emulando así la pose de un águila con las alas desplegadas.
—Erais unas bestias.
—Nunca traiciones a un vikingo, mi querida Sookie. Sobre todo si es un rey.
La joven tragó saliva, mirando con espanto al rey de Luisiana.
—No sé si me estás contando esto para asustarme —comentó con una ceja alzada.
—No. Solo te lo comento porque me lo has preguntado.
—¿Lo has hecho alguna vez?
—Participé en una, sí. Yo era amigo de un rey noruego, que, bueno, tenía muchos enemigos, pero más amigos que querían traicionarlo. Uno de ellos intentó quitárselo de en medio vendiéndolo al bando enemigo, por lo que cuando el rey se dio cuenta… ese fue su destino.
—¿Y cómo se enteró?
—Porque yo me enteré primero y se lo hice saber. Por eso participé en la práctica.
La imagen volvió a cambiar. Esta vez estaban a la orilla de una playa y era de noche. El cielo estaba estrellado y debía de ser primavera, por la cantidad de flores que se podían visualizar en la oscuridad.
Cerca de la orilla se hallaban varias personas con antorchas y habían encendido una gran fogata, donde estaban quemando algunas cosas. Sookie se preguntó por qué estarían haciendo eso. Eric se acercó a aquel lugar lentamente. Se escuchaban tambores y el rostro de todo el mundo estaba serio y taciturno.
—¿Dónde estamos?
—En el funeral de mi hermano.
—Pensé que no querías recordar nada triste.
—Lo sé, pero… no he podido evitar recordarlo cuando le he mencionado antes.
Sookie calló, observando con atención lo que hacían allí. Cerca de la orilla estaba dispuesta una enorme barca donde el hermano mayor de Eric estaba acostado. Sookie observó a cada uno de los allí presentes y pudo diferenciar algunos rostros que le eran conocidos: Gunbjörg estaba cerca de su hermana Åsa, y junto a ésta se hallaba su madre, que llevaba entre sus brazos una niña, probablemente una sobrina de Eric. A su lado se encontraba Harald padre, con la mirada perdida en alguna parte.
Los tambores comenzaron a sonar cada vez más fuertes cuando la esposa del difunto, Aude, apareció por allí con un pequeño ramo de flores, que colocó entre sus inertes manos. Gunbjörg fue la siguiente en acercarse, y le dejó un hacha que llevaba unas bonitos dibujos en la hoja. Eric le dejó una daga de plata, con varias runas en el mango, que le situó cerca de una de las manos. Åsa y su madre le dejaron más flores, y la pequeña sobrina de Eric le lanzó una flor. El padre de Eric fue el único que no hizo nada, tan solo se quedó allí, con la mirada aún fija en algún punto del mar; sin decir nada, completamente ausente.
Sookie miró a todas partes.
—¿Dónde esta Gytha?
—Murió tres años antes, a los nueve años.
Sookie se estremeció pensando en eso. ¿Por qué no lo había mencionado antes?
—¿Qué le ocurrió?
—Una fiebre muy alta.
—Lo siento mucho.
Eric joven y Gunbjörg comenzaron a empujar la barca donde llevaba su hermano. Un joven con la cara pintada completamente en blanco y negro les pasó un arco y una flecha. Alrededor de unas cinco personas encendieron las puntas de las flechas con la hoguera. Todos tensaron la cuerda del arco, apuntando a la barca, preparados para lanzar.
—¡Fuego! —gritó el joven Eric entre lágrimas, y en un momento hubo una breve lluvia de fuego, que incendiaron la barca donde permanecía Harald.
Todos los presentes observaban cómo se iba metiendo la barca lentamente mar adentro. Permanecían callados, sin decir nada. Tan solo se escuchaban el sonido de los tambores, que regresaron cuando las flechas dejaron de caer en la barca.
Aude estaba cerca de Eric. Él se acercó a ella una vez que se dispersó todo el mundo y la barca de Harald se perdió de vista. Se sentaron en la arena, mirando al oscuro mar, tan solo iluminado por la luna, las estrellas y el fuego de la hoguera.
—No sé qué hacer ahora —murmuró Aude, rompiendo el silencio que llevaban manteniendo desde hacía unos minutos.
—Yo tampoco. —Eric se abrazó a sus piernas y el pelo se le removía con el viento.
Aude apoyó su cabeza en el hombro de Eric y él le rodeó con un brazo los de ella. Le acarició el frondoso y rizado pelo rubio y jugueteó con él con los dedos inconscientemente.
—Sé que debería estar triste —murmuró Aude, sin apartar la vista al horizonte—, pero lo que siento es culpabilidad.
Eric la miró de reojo con una ceja levantada, sin entender.
—¿Por qué?
Aude meneó la cabeza, negando con ella.
—Porque, aunque estoy triste, a la vez estoy aliviada.
Eric tensó los hombros. Sabía a lo que se refería perfectamente, porque él mismo se sentía del mismo modo.
Tragó saliva antes de separarse un poco de ella.
—Nunca pensé que esto ocurriría tan pronto.
—Yo tampoco. Y es por eso que estoy tan confusa.
Lo miró a los ojos tan cerca que casi podía sentir el calor de su aliento rozándole una de sus mejillas.
—No quiero hacer esto, Aude.
—Yo tampoco.
—Es demasiado pronto —musitó Eric.
—Lo sé, pero… —Se quedó un momento en silencio, rebuscando las palabras exactas para poder anunciar lo que estaba a punto de confesarle; en cambio, decidió no hacerlo.
—¿Qué? —le preguntó Eric—. ¿Qué ocurre?
Aude se echó a llorar desconsoladamente. Se tapó el rostro con las manos, avergonzada.
—Eric… —sollozó—, estoy embarazada…
El joven alzó ambas cejas. Tomo una gran bocanada de aire y lo soltó muy lentamente. Asintió lenta y silenciosamente. Cogió la mano de Aude y se la llevó a los labios, besándola con los ojos cerrados.
—No te preocupes, yo cuidaré de ti y del bebé.
Aude no cesó de llorar, ni siquiera con las palabras de Eric.
—Pero no puedo dejar que lo hagas.
Eric bufó, mosqueado.
—¿Por qué?
—Eric —se sorbió un poco la nariz y se la limpió con el dorso de la mano—, aún eres un crío.
El joven vikingo frunció el ceño y se separó de ella secamente.
—No soy tan crío como piensas. Tengo casi dieciséis años.
—Pero…
Eric se giró hacia ella y se colocó para tenerla cara a cara con él. Le cogió del mentón con ambas manos y la miró fijamente a los ojos.
—No pienso dejarte sola. A ninguno de los dos. No ahora, en estos momentos tan duros. No me importa que me consideres un crío, puedo trabajar con mi tío y cuando pueda, lucharé en las batallas y guerras con mi padre para darle lo mejor a ese bebé.
Aude abrazó al joven y apoyó su frente en el hombro de él. Eric le acariciaba la espalda con suavidad.
Se quedaron así durante un rato, con el calor de la hoguera a sus espaldas, crepitando, extinguiéndose lentamente.
—Eso ha sido un bonito detalle por tu parte —comentó Sookie, observando la escena con ternura—. No me extraña que no la puedas olvidar. Se te veía muy enamorado de ella.
Eric soltó una leve carcajada y la escena se esfumó, regresando a su lugar favorito.
—Siempre pensé que envejeceríamos juntos, pero…
—¿Qué edad teníais?
—¿Cuando nos casamos? Yo tenía dieciséis y ella, diecinueve.
—No había caído que ella fuese mayor que tú.
—Tres años, la edad de mi hermano. No eran muchos, pero sí. Cuando murió, ella tenía tan solo veintisiete.
—La vida no siempre es justa.
—Siempre la he considerado mi alma gemela. Es decir, recuerdo observarla de pequeño y pensar que ella sería mi esposa, soñando despierto en ese momento. Aun sabiendo que eso sería imposible, por el compromiso que tenía con mi hermano.
—Pero se hizo realidad, ¿no?
—Sí. Pero casi se vio truncado por culpa de alguien.
Sookie se quedó callada, ceñuda.
—¿Por quién?
Respiró hondo antes de responder:
—Mi padre.
—¿Qué hizo?
—En teoría nada. Pero se opuso a esa boda. Dijo que Aude debía casarse solo con Harald y no conmigo.
—Pero era muy común en esa época lo que hacíais, ¿no?
—Sí, no hacíamos nada raro. Le expliqué que ella estaba embarazada y él lo único que me decía quera que se buscara a otro para criar a su hijo.
—Pero ella te quería a ti.
—Exacto. Aunque eso jamás se lo dije. Solo que yo la amaba a ella. A él le dio igual. Me repetía una y otra vez que le prometió a Gudrod en su lecho de muerte lo prometido. Y el muy testarudo no cejaba en su empeño en que nuestra boda no estaba en aquel pacto.
—Pero ya se celebró esa boda, ¿qué más le daba?
—Yo creo que era porque yo, como ya te he dicho, nunca fui lo suficientemente bueno para ser el esposo de nadie. O al menos para la hija de Gudrod.
—¿Y al final qué pasó?
—Decidió no venir y se marchó lejos. No sé a dónde, ni siquiera mi madre lo supo. Pero me dio igual, porque me casé con la mujer más maravillosa del mundo. Y ese día fue uno de los más felices de mi vida. Jamás lo olvidaré.
Sookie le sonrió.
—¿Y cómo fue?
Eric sonrió de oreja a oreja, mirando a lo lejos. El escenario cambió por uno que Sookie reconoció en seguida: el lago donde Eric y Aude se bañaron de adolescentes.
Había varios invitados preparados para el evento. Una hermanas y la madre de Eric estaban allí, y muchos más que Sookie no sabía quiénes era, pero le sonaba de haberlos visto en el funeral de Harald. Todos vestían de color blanco, con flores adornando sus cabezas. La sobrina de Eric portaba una cesta con pétalos que iba lanzando sin haber llegado el momento. Su madre, Gunbjörg, la regañaba y le quitaba la cesta, al menos hasta que no llegara la novia. No quería que se acabara todo antes de tiempo.
Eric estaba junto al resto de su familia. Eric se encontraba allí y portaba algo en su cuello que Sookie identificó en seguida.
—Eso que llevas colgado al cuello es tu amuleto, ¿verdad? —le preguntó con curiosidad—. El martillo de Thor.
—Sí.
—Recuerdo que me dijiste que te lo dio un primo tuyo…
Eric se echo a reír.
—Sí, fue mi primo Sveinn.
—¿En serio? Vaya, no pensé que fuese él…
—Sí, lo sé. Fue lo primero que creó cuando se puso a trabajar en la herrería con su padre, así que le pareció buena idea darme el detalle para mi boda. Lo había hecho semanas atrás y lo guardó para este momento tan especial.
—Vaya… pues qué detalle por su parte, ¿no?
—Sí. Ya te dije que él era como un hermano para mí, aunque reconozco que cuando me casé con Aude no siempre estaba mucho con él. Ya sabes, siempre estaba navegando de aquí para allá y apenas nos veíamos. Pero le recuerdo, y era de los que más le eché de menos después de mi esposa cuando…
Sookie agitó la mano, queriendo olvidar ese asunto durante un rato, al menos. Quería seguir viendo aquel evento tan especial para el vampiro vikingo.
—¿Y dónde está? No le veo por ninguna parte.
—No pudo venir. Me entregó el amuleto el día anterior porque su madre había enfermado mucho y debían marcharse al norte del país, porque allí había una curandera que supuestamente podría tratar a su madre, solo que… —Eric se quedó en silencio y Sookie lo interpretó como que no había acabado bien la cosa.
—Lo siento.
—Regresaron un año después, porque ella quería morir en casa, con su familia.
Sookie no dijo nada. Nunca sabía qué decir en estos casos y el silencio siempre era una buena opción.
Regresaron al recuerdo de la boda.
Eric se le veía bastante radiante. Llevaba un traje blanco de lino con un cinturón repleto de runas escritas alrededor. Su ya larga melena dorada estaba medio recogida en varias trenzas. Estaba descalzo y hablando con los demás invitados. Aunque a él se le veía bastante tranquilo a pesar de ser un día muy especial. Un joven empezó a tocar el tambor, al igual que lo hiciera en el funeral de Harald, pero esta vez el ritmo era muy distinto que aquella noche. Ahora era más alegre y le quitaba tensión al momento de la llegada de la novia.
Y justo cuando Sookie se preguntaba dónde estaría ella, apareció por el agua, en una pequeña barca decorada por flores y otras plantas. La barca estaba siendo llevada por la otra hermana de Eric, Åsa, que hacía a su vez de dama de honro, o eso le parecía a Sookie. Eric ni siquiera se esperó a que llegara a la orilla y se adentró en el agua, que se estaba mojando el pantalón del traje nupcial que llevaba. Cogió a la novia, que llevaba un precioso vestido blanco roto, también de lino, y un cinturón similar al de Eric, con runas alrededor. Su larga melena rubia y rizada estaba adornada con un violetas colocadas perfectamente haciendo una cascada floral. Eric la tomó en peso y la llevó hasta la orilla, donde los esperaban los invitados impacientemente.
Åsa le entregó un bonito ramo de flores blancas, que Aude aceptó con una enorme sonrisa en los labios. Miraba a Eric como jamás había mirado a nadie antes. Eric le devolvía la mirada tan sonriente y radiante que a Sookie le costaba reconocerle, puesto que jamás le había visto de ese modo.
La ceremonia comenzó cuando la sacerdotisa empezó a hablar. Hubo sonrisas tímidas, miradas cómplices, lágrimas de alegría, palabras dedicadas a sus dioses, a ellos, a la familia… al futuro.
Una vez terminado el discurso, ambos entrelazaron sus manos con una cinta, la que los uniría de por vida. Unos instantes más tarde, se pondrían los anillos de marfil, seguido de unas palabras bonitas por parte de los novios.
Antes de terminar, cogieron un cuerno lleno de hidromiel y bebieron con los brazos entrelazados. Uno de los invitados comenzó a gritar, festejando el comienzo de la celebración que estaba por comenzar.
Aude miró a Eric y le guiño un ojo. Salió corriendo, en dirección al bosque. Eric corrió detrás de ella. Según la tradición, él debía atraparla para que su futuro fuese feliz y próspero. Y para que pronto pudieran tener descendencia sin problema.
Eric consiguió atraparla y ambos cayeron al suelo. Ella comenzó a reír sin parar, ya que Eric le estaba haciendo cosquillas. Ella detestaba las cosquillas, pero eso a Eric le daba igual, porque igualmente se las hacía para poder escucharla reír. Era de las cosas que más le gustaba escuchar.
Aude dio un largo suspiro cuando paró de reír. Se sujetaba el estómago y se sentó en el pie de un árbol. Eric se sentó junto a ella y comenzó a besarla sin parar.
—Deberíamos regresar con el resto —sugirió Aude, entre risas.
—¿Tienes prisa por regresar o qué?
—No, pero mis hermano me han dicho que tenían una sorpresa para nosotros y… —Ni siquiera pudo terminar de halar porque Eric le había vuelto a besar. Metió una mano bajo el vestido, acercándola peligrosamente a una zona que no quería llegar Aude.
—No creo que sea necesario tener que ver esto… —lo interrumpió Sookie, dándose la vuelta y poniendo los ojos en blanco.
—Lo siento, es que siempre que recuerdo mi boda, no puedo evitar rememorar ese momento en el que…
—Sí, ya veo, os disteis amor en mitad del bosque cuando nadie os miraba. Ya lo pillo. Pero prefiero regresar a la fiesta.
—En verdad… —Eric hizo un gesto en el que estiró los labios con una extraña sonrisa y el ceño fruncido.
—¿Qué?
—Bueno, es que tampoco puedo recordar muy bien esa fiesta. Sé que ocurrieron algunas cosas, todas buenas, claro, pero es que ese día me emborraché y después de lo del bosque no recuerdo gran cosa. Iba terriblemente borracho por culpa de los hermanos mayores de Aude.
—¿Quieres decir que no podré ver la fiesta?
Eric se encogió de hombros, negando con la cabeza.
—Si quieres me la invento, pero sería falsa, claro está.
Sookie alzó la vista con los ojos en blanco.
—Es igual. No hace falta que hagas eso.
—Como quieras.
—¿Y qué hacíais después de la boda? ¿Os ibais de viaje o…?
Eric soltó un bufido.
—Eso es un invento de ahora. En mi época, los invitados les regalaban a los novios bastantes litros de hidromiel que les debía de durar un mes entero. Debían consumirlo durante todo ese mes si querían procrear y tener un hijo varón. De ahí viene una de las historias de lo que significa «Luna de Miel».
—Vaya, nunca la había escuchado. Suena bastante interesante. Y a vosotros os funcionó, por lo visto.
—Sí. Unos meses después nació nuestro hijo Harald…
La escena volvió a distorsionarse y a cambiar en ese momento. Estaban en un bosque, cerca de un riachuelo. Eric estaba dando vueltas cerca de donde estaba Aude. Estaba aparentemente nervioso, bastante pálido, y Sookie comenzó a preguntarse el motivo. El Eric del presente no le contestó a la pregunta que le hizo con la mirada, porque prefirió que lo viera sin tener que darle tantas explicaciones.
—Todo va a salir bien —le dijo con calma Aude, que estaba sentada al pie de un árbol—. No es la primera vez que ves esto. Puedes hacerlo…
—Lo sé, pero la última vez no…
—No pienses en eso ahora, Eric. No es el momento.
Eric miró a Sookie.
—Se había puesto de parto justo cuando dábamos un paseo por esta zona. Se le había antojado estirar las piernas y…
—Entiendo. Cuando me dijiste que habías atendido a un parto, no pensé que fuese el de tu propio hijo.
—No fue premeditado. Simplemente, ocurrió. Menos mal que ella ya era curandera por aquel entonces, porque si no…
Sookie regresó la vista a la escena.
—Puedes hacerlo —le dijo la muchacha, y Eric asintió posicionándose entre las piernas de ella—. Sé que puedes.
—Está bien. Lo mejor será no pensar en nada…
Aude comenzó a gritar y respiraba acompasadamente, intentando calmar el dolor.
—Amor, estoy viendo algo. Pero no sé si…
—Sí, sí, siento que ya queda poco, pero…
Aude se levantó y se colocó de rodillas. Aquello hizo que se sintiera mucho más cómoda. Aunque Sookie no quería ver tantos detalles de aquello.
La joven parturienta iba indicándole a su esposo lo que tenía que hacer.
Sookie se estremeció. Recordó la noche en la que ella se puso de parto. Ni siquiera lo recordaba bien porque se desmayó por culpa de la alta fiebre que le causó estar dándole a luz una semicambiante. No se arrepentía de nada de eso, pero lamentaba no poder rememorar un momento tan especial como era el nacimiento de su bebé. Cosa que Eric, al menos, sí podía.
—¿Sabes? —comenzó a decirle Eric—, no siempre los hombres en esa época atendíamos a las mujeres, pero ella me necesitaba más que nunca y yo no podía hacer otra cosa más que lo que me pedía. Además, nunca me perdonaré el no haber podido estar en el resto, porque casi siempre me pillaba navegando o en alguna batalla…
—¿En serio?
—Sí, muchas veces me pasaba semanas, si no meses, fuera de casa. Cuando regresaba procuraba pasar todos el tiempo posible con mi familia, pero cuando me marchaba… sabían que sería por una larga temporada, así que había que aprovechar al máximo…
—Ahora entiendo por qué tuvisteis tantos hijos en tan poco tiempo.
Eric se echó a reír.
—Misterio resuelto.
Sookie regresó al recuerdo, donde una feliz madre sujetaba a su bebé entre sus brazos. Estaba anegada en lágrimas y miraba sonriente a Eric, que se había echado a llorar también. Llevaba el torso desnudo porque le había dado su camisa a su hijo. Besó al bebé en la frente y abrazó por la espalda a su esposa. La estampa familiar le parecía preciosa a Sookie, porque era similar a la que ella deseaba cuando nació su pequeño tesoro.
Sookie se dio cuenta de que ella también estaba llorando. No entendía por qué, ya que no era su familia, pero sentía que lo estaban sintiendo.
—¿Cómo vamos a llamar al niño? —quiso saber Eric.
Aude miró a su marido con una ceja alzada, aunque sabía cuál iba a ser la respuesta.
—Harald, por supuesto —respondió ella, con una sonrisa permanente en los labios, viendo dormitar a su bebé entre sus brazos.
La imagen se distorsionó y regresaron a los fiordos. Sookie se secó las lágrimas con el dorso de una mano y Eric se sentó en una de las rocas, como lo había hecho con anterioridad.
—Ahora entiendo por qué fue tan especial ese momento.
Eric no contestó, pero el silencio habló por él.
—Solo fue repetido con el nacimiento de Adele…
Sookie le miró a los ojos, levemente humedecidos todavía, con los ojos muy abiertos. No se esperaba aquella respuesta.
—¿De verdad?
Eric afirmó con la cabeza, con una sonrisa en los labios.
—Reconozco que estaba bastante asustado como aquella vez que atendí a Aude, pero estaba mucho más tranquilo por el hecho de que tenía a un médico al teléfono. En mi época no teníamos de eso y solo me tranquilizaba el hecho de que Aude era curandera y sabía lo que tenía que hacer. Pero yo estaba que me moría de miedo.
—Eric el impasible temiendo algo…
—No es para menos después de que ella diera a luz un bebé muerto.
Se hizo el silencio. Sabía que el bebé no llegó a nacer, pero no pensó que ese fuese su verdadero desenlace.
—Eso debe ser duro…
—Lo es. Más cuando era el hijo de mi hermano. Ambos deseábamos que naciera y… aquello nos marcó muchísimo. Es por eso que tardamos casi un año en casarnos, porque queríamos esperarnos a que el bebe naciera…
—¿Qué era?
—Una niña. La llamamos Aslaug porque así lo quisimos los dos. La enterramos al lado de nuestra casa, para tenerla cerca.
—Eso suena muy triste, pero… si os servía para sobrellevar el duelo…
—Sí, era una manera de llenarlo mucho mejor.
Sookie se quedó pensativa y empezó a recordar el momento en el que ella perdió al bebé que esperaba antes de quedarse embarazada de Adele. Tragó saliva, pensando en qué hubiese hecho ella de haber pasado por lo mismo que Aude. Realmente, no quería tener esa imagen en la mente, por o que la eliminó en seguida.
—Quiero darte las gracias —comenzó a decir Sookie.
—¿Y eso por qué?
—Porque sé lo difícil que tuvo que ser para ti rememorar un momento tan íntimo como fue este cuando me atendiste en el parto.
—No rememoré nada, Sookie
Ella lo miró sin entender nada.
—Pensé que…
—No se parecía en nada a aquel momento. Tuve mucha ayuda, a pesar de que tú no estabas precisamente en condiciones de tener un bebé en ese momento. Me preocupaba más tu salud que la del bebé…
—¿En serio?
—No me malinterpretes, es solo que… no quería volver a vivir aquello…
—Imagino que no.
—Es decir, ya tuve que hacerlo con Aude cando murió y quieras que no… sentía por momentos que te perdía y no sabía qué hacer. Así que decidí no pensar en nada, ni siquiera en esa imagen. Solo esperaba que el médico con el que hablaba por teléfono mientras te asistía estuviera en lo cierto y no te pasara nada.
Sookie le sonrió. Se acercó a él y le abrazó.
—¿Y esto?
—Bueno, hiciste un gran trabajo y eso se merece un abrazo.
Eric lo agradeció y lo recibió de buena manera.
—¿Y ahora qué hacemos? —quiso saber Sookie.
—Pues no sé… No creo que sea necesario que te siga mostrando nada más… No al menos por ahora. Tan solo comentarte…
Se quedó callado, sin saber si decirlo en voz alta o no.
—¿Qué?
—Bueno, es que llevo todo este tiempo que llevamos aquí pensando en muchas cosas.
—¿Cosas como cuales?
—Pues… en lo de romper el hechizo.
—¿Quieres hacerlo?
—Ahora no lo sé. Es decir, sé que no debería por todos los recuerdos que se llevaría, pero por otro lado…
—Eric, no quiero que hagas nada que no quieras hacer.
—No es eso…
Se quedó mirando a la hierba y comenzó a arrancar algunos trozos distraídamente. Una mariquita revoloteaba por su cabeza y la estuvo observando todo ese tiempo.
—¿Entonces?
—Verás, es que todo esto del hechizo de las almas gemelas, quieras que no, siempre pensé que esa sería Aude, pero… ¿se puede tener más de un alma gemela?
—No lo sé, pero tu has vivido más de mil años, puede ir variando, imagino. Cando ella murió, imagino que ese alma se marchó hace mucho a otra parte…
—No entiendo mucho del asunto, pero… ¿y si no lo éramos?
—No pienses en ello. Además, piensa que acabasteis juntos igualmente. Era lo que deseabais y os casasteis a pesar de la adversidad.
—Sí, en eso tienes razón.
—Pues entonces, quítate de la mente eso.
A Sookie comenzó a darle vuelas la cabeza. Hasta ahora, no se había percatado del detalle. Eso quería decir que Sam, el que ella pensaba que era el amor de su vida, no era su alma gemela. Nunca lo fue. ¿Y si era por eso que había muerto? Al igual que Harald, el hermano de Eric, murió para que ambos pudieran estar juntos. ¿Y si ese es el verdadero motivo de la muerte de Sam? ¿Y si era esa la razón por la que justo el mismo día de su muerte, Eric regresó a su vida?
No paraba de darle vueltas al asunto, pero alguna explicación debía tener. Tenía tantas dudas en ese momento que la cabeza le iba a estallar. Debía leer el libro de Amelia. Era el único que le daría todas las respuestas a tantas preguntas.
—Sookie —la interrumpió Eric—, hay algo que te debo pedir.
Ella lo miraba con curiosidad, esperando la petición.
—¿El qué? —preguntó impaciente.
—Quiero…
Eric miró hacia otra parte, como si no estuvieran solos. Desapareció del recuerdo, y Sookie también.
Me desperté de golpe sin entender nada. Intenté dormirme para poder contactar con él, pero me fue imposible. Le estuve llamando al teléfono, pero no hubo manera de localizarlo. Pam estaba incomunicada sin móvil y Bill estaba en su casa de Baton Rouge, con Chiara. No le quise dar más explicaciones, porque tendría que contarle todo y no era el momento.
¡Maldita sea, Eric! ¿Dónde carajos te has metido?
NDA: Pues esto es lo que quería hacer desde hacía mucho. ¿Podemos hablar de lo injustos que fueron la autora y los guionistas de la serie con el pasado humano de Eric? Mucho hablar del de Bill, pero de Eric medio suspiro. Cosas casi insignificantes. He de reconocer que cuando me empecé a leer los libros fue porque me enteré de que este personaje era vikingo. Y pensé que se hablaría de esa época, de su vida antes de ser un chupasangres. Pero no. Mi gozo en un pozo.
Señora Charlaine Harris: si creas un personaje como Eric, qué menos que darle una buena historia de su época.
He usado mi propio canon, porque de poco o nada se sabe de su vida vikinga. Y como buena friki de esa época que soy, pues he venido a solucionar eso. He tirado un poquito de la ficción y de mi imaginación, pero prácticamente todo de lo que he puesto sobre sus costumbres y creencias son ciertas. Lamento también cierta escena desagradable, pero es que no podía dejarla atrás y debía explicarla. XD
Tal vez fuese un poco exagerado lo de poner a Sookie y Eric siendo almas gemelas, pero fue la única manera plausible que se me ocurría para poder escribir esto. Necesitaba hacerle justicia de algún modo y qué mejor manera que así. :P
Me he inspirado en series y artículos que he leído sobre esa época.
Además, me he esperado al día de hoy porque hace unos días me enteré de que cada 9 de cada mes se celebra el día de alguien importante en esa época.
9 de mayo - Día de Guðröðr de Guðbrandsdál. Le fue cortada la lengua por hablar en contra de las creencias cristianas del rey Olaf II el Santo.
Me pareció buena idea darle un pequeño homenaje a ese personaje histórico nombrando al padre de Aude como él. Spoiler: el rey Olaf tenía de santo lo que yo de millonaria. Ahí lo dejo. e.e
Dato curioso: el nombre de Adalheidis es la versión antigua de Adele, y significa 'de carácter noble' en germánico antiguo. Así que sí, la madre de Eric y la abuela de Sookie llevaban el mismo nombre. No sé si la autora escogió ese nombre por el mismo motivo que yo, pero a mí me gusta pensar en la coincidencia y el parecido entre ambos personajes.
Otra curiosidad es el nombre de Gunbjörg. Cuando escribo, casi nunca sé los nombres de los personajes que voy a meter porque prefiero hacerlo más adelante. La puse como que ella cuidaba de su madre, pero era una guerrera vikinga, como sus hermanos. Gunbjörj, en nórdico antiguo, significa guerrera protectora. Y me pareció el nombre perfecto para ella.
No os molestéis en buscar Njorakrie en el mapa, porque es ficticio. XD La página de nombres que uso también se inventa estas cosas. Y ese me gustó. :3
/Agradecimientos:
ciasteczko: I hope you are all well and that you are feeling better.
Klaus and Sookie are better the way they are.
Eric has always been an enigma. Although after this chapter he is a little less so.
Glad to hear that you have fun with my chapters. I hope with this one too. :)
Cari1973: Todo el mundo es sospechoso hasta que se demuestre lo contrario. :P Y tranquila, que Sookie leerá ese libro. xD Me alegra saber que voy por buen camino. :)
Perfecta999: Thank you for your beautiful words. :3
Espero que os haya gustado este capítulo especial, porque le he puesto mucho mimo y entusiasmo en él, ya que como he dicho antes, llevaba mucho queriendo escribirlo. Pudiera ser uno de relleno, pero lo veo bastante necesario. Sobre todo para entender más al personaje de Eric. Lamento haberlo dejado así, pero ya sabéis que si no dejo el misterio, no soy yo. XD
En cuanto a los próximos capítulos y el final de este fic, aún no tengo decidido nada, pero no creo que le queden muchos más. Ya iré avisando cuando eso pase.
En fin, eso es todo. Un saludo a todos y hasta el próximo capítulo.
~Miss Lefroy~
09/05/2021
