XIV

Tan solo fue un vahído de unos pocos segundos, pero fueron los suficientes como para estar en el suelo tumbada con el doble de mi difunto esposo sujetándome por los hombros.

—Señora, ¿estás bien? —inquirió con voz aterciopelada y cierta preocupación.

Me quedé embobada mirándolo, observando cada gesto que hacía. Es que era exactamente igual a él. A excepción del pelo y la atura, tal vez. Pero por lo demás, bien podría ser su hermano mellizo.

—Sí —dije algo aturdida—. Es que… creo que no he desayunado lo suficiente —mentí. ¿Qué otra cosa iba a decirle?

—¿Quiere un vaso de agua o un café o algo?

Negué efusivamente con la cabeza.

—No, no, gracias. Estoy bien.

—¿Seguro?

Asentí y me ayudó a levantarme. Sí, definitivamente era más alto que Sam. Debía medir un metro ochenta por lo menos. Pero hasta en la edad se parecían mucho. Intenté recordar la fecha de nacimiento, pero no lo conseguí.

Me senté en mi sillón tras el escritorio. Le pedí que se sentara y obedeció, aunque con preocupación aún en la mirada. Cogí su currículum de mi bolso y me fijé en su fecha de nacimiento. Tenía mi edad, unos meses mayor que yo.

—Por cierto, no sé si debería preguntarlo, pero me gustaría saber quién es Sam.

—¿Qué?

—Antes, cuando se ha desmayado, me había mirado y había mencionado a un tal Sam. ¿Puedo saber quién es o…?

Me quedé mirándolo un segundo antes de contestar:

—Supongo que te lo van a decir de todos modos, así que es una tontería no decírtelo. Sam era mi difunto marido.

—Vaya… —«Muy bien, Oliver, tú sigue metiendo la pata de esta manera y ya verás qué rápido te manda a la mierda», pensó—. Lo siento, no debí preguntar.

—No te preocupes —le dije restándole importancia.

—Klaus no me contó mucha cosa sobre ti, solo que te llevabas muy bien con él y que tenías un negocio que acabas de reformar y necesitabas un encargado porque tu hermano acaba de tener un accidente de coche, nada más. No entró en detalles personales.

Empecé a sentirme mal al saber que yo sí que sabía muchas cosas de su vida privada, porque Klaus decidió contármelo.

—Tampoco era algo de vital importancia que lo supieras.

—Lo sé, pero cuando lo has dicho, he tenido la sensación de que me estabas confundiendo con él. Y…

Abrí el cajón de arriba que estaba cerrado con llave y saqué una foto que tenía con Sam de cuando empezamos a salir. Sam la solía tener en el escritorio, ya que le gustaba al ser la primera. Pero yo decidí guardarla porque no soportaba verla. Me traía demasiados recuerdos.

Se la pasé a Oliver. Al verla, alzó ambas cejas y abrió la boca levemente.

—¡Guau! —exclamó, mirándome nervioso—. Ahora entiendo el vahído. Debiste pensar que era él.

—Bueno, no te pareces al cien por cien, pero sí bastante. En la cara sobre todo.

Y en los gestos, en los malditos gestos. ¿Cómo era eso posible?

—Dicen que todo el mundo tiene un gemelo en otra parte del mundo. El mío debe ser su esposo.

—Puede ser —comenté, encogiéndome de hombros.

Oliver me miró con ojos tristes. Bajó la vista hasta la foto, que aún la sostenía entre las manos y me la devolvió.

—Creo que debería marcharme.

—¿Por qué? Aún no hemos terminado.

—Lo sé, pero… —empezó a decir, rascándose la nuca «tengo la suerte por donde cago», pensó, y tuve que morderme el labio para no echarme a reír—. Bueno, es que no sé si será buena idea que esté por aquí pareciéndome tanto a su difunto esposo… No sé si eso le hará sentirse incómoda.

—Oliver, te voy a ser sincera: no tengo ni pretendo hacer esto por lástima, pero es evidente que tienes dos buenas razones para estar aquí sentado. Y, sinceramente, como persona que se ha criado sin sus padres, no puedo echar la vista hacia otro lado. No podría dormir pensando en que esos niños lo estén pasando mal y encima probablemente pasen hambre. No, no podría.

Oliver dio un largo suspiro y me miró con cierto orgullo en los ojos.

—A mis sobrinos no les va a faltar de nada, eso se lo puedo asegurar. Tengo dinero de sobra para poder pasar lo que queda de año.

—Pero no el suficiente como para tener que buscar urgentemente un empleo.

Se hundió un poco en su asiento. Sabía que no podría engañarme y yo sabía perfectamente de cuánto dinero estábamos hablando, porque me lo había mostrado claramente en uno de sus pensamientos. Era algo que no me gustaba hacer, pero necesario.

Abrí el cajón que estaba cerrado con llave de mi escritorio y de él extraje un sobre. Saqué dos billetes de cien.

—No, no puedo…

—Tan solo es un adelanto de su sueldo. Se lo descontaré, no se preocupe.

Aunque no tenía intención de hacerlo. Hoy era un día para hacer buenas acciones y este iba a ser la mía. Solo que él no lo sabía. Y era mejor así.

Oliver aceptó y supe que sentía el deseo de echarse a llorar, pero esperaría a estar en el coche para poder hacerlo.

—No sabe cuánto le agradezco todo lo que está haciendo por mí.

—Demuéstreme que no me estoy equivocando.

Asintió con un brillo especial en los ojos. Ese brillo que solo tiene una persona cuando recibe esperanzas de algún tipo.

Justo en ese momento, la puerta del despacho fue golpeada por alguien. Era Holly, que pasó la mirada a ambos con cierta preocupación.

—Sookie, Alcide está aquí y pregunta por ti.

Miré a Oliver, que entendió que ya había terminado nuestra entrevista. Nos estrechamos la mano y le pedí a Holly que le sirviera a Alcide lo que quisiera, que haría un par de llamadas y que saldría en seguida.

Tras llamar a la asesoría para lo del contrato de Oliver y llamar a mi cuñada para la cena de esta noche, salí a recibir a Alcide. Creía que estaría sentado en la barra, pero prefirió sentarse en una de las mesas más arrinconadas del local. Apenas había un cliente —uno de los habituales que solía venir a estas horas—, pero estaba en la otra punta, por lo que era difícil que nos escuchara. Me senté frente a mi amigo, que ni siquiera levantó la vista de su cerveza.

Una ola de tristeza me invadió de repente. Su aspecto era bastante lamentable: iba sin afeitar, llevaba por lo menos sin un buen aseo desde hace dos o tres días y llevaba la misma ropa de cuando me lo encontré en la gasolinera el día anterior. Y algo me decía que llevaba así más de lo que pudiera imaginar. Me estaba preocupando más de lo que lo había hecho hasta ahora.

Me percaté de que la botella de cerveza estaba casi llena, a excepción de dos o tres tragos, por las espesas gotas que le resbalaban. Al fin levantó la vista y supe que él no quería hablar conmigo. Tan solo mostrarme su dolor.

Todo empezó unos días atrás, cuando Kandace, su esposa, empezó a sentirse mal. Pude ver el gran charco de sangre que había a su alrededor sentada en la cama. Alcide la llevó de inmediato al hospital, donde pudieron controlarle la hemorragia, pero permaneció en observación para controlar que todo estuviera bien. Alcide permaneció junto a ella hasta el día de ayer, donde le dieron la noticia de que su esposa no mejoraba y se debía a complicaciones con el embarazo. Kandace había entrado en coma y debía escoger entre salvarle la vida a su esposa o a su hija.

—«¿Hay posibilidades de que mi hija sobreviva?» —le preguntó a uno de los médicos.

—«Solo tiene veinticuatro semanas de gestación, por lo que las probabilidades son muy bajas, teniendo en cuenta su situación, pero haremos todo lo que esté en nuestras manos para poder salvarle la vida» —fue la respuesta tajante del médico.

Lo siguiente que me mostró fue a la pequeña llena de cables y respirando artificialmente.

—Kandace ya está mucho mejor, aunque permanece algo débil. Aún no ha visto a la niña porque está en Cuidados Intensivos y… —No pudo evitar echarse a llorar rememorando el estado en el que se encontraba la pequeña; no le culpaba, podía sentir su dolor y su rabia por el momento tan injusto por el que estaban pasando—. Los médicos no le auguran mucho más tiempo de vida, por lo que me han sugerido que me prepare para lo peor.

Le cogí de la mano, negando efusivamente con la cabeza.

—No. No va a pasar nada, porque tanto tú como Kandace sois fuertes. Y esa niña lo es. Va a luchar como sus padres lo han hecho en el pasado y vais a poder disfrutar de ella tanto o más que con el pequeño Jackson.

Alcide emitió una carcajada triste. Recordar ahora a su hijo era lo único que le mantenía mínimamente cuerdo.

—Ojalá tengas razón, Sookie, pero ya la has visto. No está en las mejores condiciones para tener esperanzas en esto.

—No hay que perderlas, mi querido Alcide —le dije apretándole más la mano—. Es lo único que te queda ahora mismo. Lamento mucho no poder hacer nada por ayudarte, tan solo tener a la pequeña Virginia en mis oraciones y pensamientos para que mejore.

Mi amigo asintió, sintiéndose un poco mejor por mis palabras.

—Muy conmovedor. —Di un respingo cuando escuché la voz de Eric detrás de Alcide. Éste, al verme, puso un gesto de no comprender nada—. Me… me he mordido la lengua —dije, intentando disimular, masajeándome la lengua con los dientes para dar más credibilidad.

—Creo que debería marcharme —murmuró Alcide con voz ronca; cogió su cerveza, le dio un largo trago y se puso en pie, dejándola a medias—. No quiero que pierdas más el tiempo por mi culpa.

—No digas tonterías, Alcide.

—Pero debería volver.

—Kandace te necesita. Y ahora más que nunca.

Detrás, vi por el rabillo del ojo cómo Eric ponía los ojos en blanco y se cruzaba de brazos. Le ignoré por completo. Estaba molesta por lo de ayer, así que no tenía intención de seguirle el juego.

—Si necesitas correr un rato —empecé a decir—, lejos de la manada… —Alcé los hombros sin saber por qué—. Tienes mis terrenos a tu entera disposición, sin que me tengas que dar permiso. Pero —levanté un dedo— solo tú. Que es quien lo necesita ahora.

Me puse en pie y Alcide me dio un abrazo enorme. Pude sentir cómo nuestra pequeña charla le estaba aliviando el alma. Realmente lo necesitaba.

—Gracias por todo —me susurró en mitad del abrazo. Me dio un beso en la coronilla y se marchó.

Como no había mucha clientela —y tampoco creía que hubiera mucho más a lo largo del día—, le pedí a Holly y Terry que cerraran en cuanto se fuera el cliente. Yo tenía que hacer algunas cosas, ya que mi cuñada iba a venir después de comer con mi hermano para ayudarme a preparar la cena, porque, entre una cosa y otra, este año no había comprado nada, así que nos las apañaremos con lo poco que consigamos, ya que ella, con el asunto de mi hermano, tampoco recordó hacer la compra.

Sí, lo sé, vaya dos estamos hechas. Pero, como me dijo por teléfono, «lo importante no es la comida, sino con quién estemos acompañadas». Y mucha razón que tenía.

Además, este año no me puedo quejar, ya que tengo a dos personas a las que adoro en mi mesa: Klaus y, por su puesto, mi pequeña guerrera, Adele.

—Necesito que me hagas un favor —me suplicó Eric una vez me metí en el coche.

Respiré hondo y le ignoré. Iba a hacer lo imposible por hacerlo, pero me estaba resultando imposible, porque lo estaba toqueteando todo, solo por llamar mi atención.

Resoplé y le dediqué una mirada bastante fiera mientras arrancaba el motor.

—Por favor, Sookie, amada mía —comenzó a decir, con voz melosa, viendo que no iba a dar mi brazo a torcer tan fácilmente—, reina de mi corazón, princesa del mundo de las hadas, diosa de las almas caritativas —le dediqué otra mirada, esta vez queriéndole vomitar todas las cursiladas que me estaba soltando—, ¿podría usted, oh, gran dama, hacerme un pequeño, minúsculo, favor, si es usted tan generosa y gentil? —Sonrió exageradamente y pestañeó con rapidez muchas veces seguidas; me estaba dando entre pena y risa su gesto—. Por favor…

—Como sea alguna de tus tonterías…

—No, esto es en serio…

—Pues no lo parece, viendo el numerito que estás montando.

—Es que no me hacías caso… —hizo un puchero mientras me lo decía.

—Eres peor que un niño pequeño, Eric Northman.

—Lo sé, pero por eso eres mi alma gemela.

Alcé una ceja sin entender aquello, pero hice como que no le había escuchado.

—A ver… —gruñí entre dientes—, ¿de qué se trata?

—Necesito que le hagas una pequeña visita a alguien.

—Muy bien, ¿y a dónde hay que ir?

—A las afueras de Shreveport. —Me quedé esperando para que me diera más datos, porque estaba claro que no era adivina—. A un hospital psiquiátrico —terminó de decir.

—Espera, ¿qué?

Eric se encogió de hombros, como si me hubiese dicho que se trataba de una tienda de golosinas.

—¿Y por qué no vas tú mismo?

—Porque hay mucha seguridad allí y no me dejan entrar.

—¿Necesitas permiso para poder entrar en un psiquiátrico? Pensé que solo era en las casas de la gente.

—No, necesitamos permiso para poder entrar en cualquier parte. Pero es que además, aquí no solo tienen cámaras de seguridad en la entrada, sino que también tienen contratados a vampiros… que son agentes de seguridad.

—¿Y eso por qué lo hacen? —quise saber.

—Para empezar, para que no les manipulemos y nos colemos allí y hagamos de las nuestras. En algunas de las cárceles del país ya están haciendo lo mismo. Se está poniendo muy de moda.

—Ya lo veo que sí. —Respiré hondo y me paré en un semáforo. Debía dar la vuelta, ya que estaba yendo por el camino contrario y necesitaba tomar una ruta hacia Shreveport—. ¿Y de quién se trata?

—De una chica. Se llama Amber Spinelli.

—Vaya nombre —murmuré, sintiéndome mal por haber juzgado a alguien solo por eso—. ¿Y por qué he de hablar con ella?

—Necesito que le des un mensaje. Es muy importante que lo hagas.

—¿Y no había nadie mejor para que me lo tengas que pedir a mí?

Eric negó con la cabeza.

—Tú eres la única ahora mismo en quien confío para esto.

Hice el desvío correspondiente y miré a Eric de reojo.

—En cuanto haga esto, quiero que me cuentes todo lo que anoche no quisiste contarme.

Eric se removió un poco en el asiento del copiloto.

—No es que no quise, es que de verdad no pude. Fui a ver a alguien para que me revisara el coche. Y, efectivamente, tenía unos cuantos micrófonos dentro y un localizador.

—¿En serio?

—Y no solo en mi coche, sino que también en el de Pam, y en el de Bill, y… —hizo una breve pausa para mirarme con las cejas bien alzadas— y en este coche también, mi amada Sookie.

Le miré varias veces con la boca abierta. No me lo podía creer.

—Espera, espera, espera, ¿me estás diciendo que anoche aprovechaste que estaba durmiendo para entrar en mi coche y revisarlo?

—No fui yo exactamente. Fue uno de mis hombres de confianza. Un vampiro llamado Jack. Y es experto en este asunto. Fue el que nos quitó todos los dispositivos.

—¿Y cómo los colocarían ahí?

—Seguramente aprovecharían que estábamos de viaje… Y también es probable que así fuese cómo la Reina supo dónde estábamos.

—¿Crees que esto es cosa de ella?

—No lo creo, estoy cien por cien seguro. Otra explicación no la hay.

—¿Y por eso arrojaste por la ventanilla mi teléfono?

—Si nuestros coches estaban así, ni me imagino qué habría en ese teléfono, amada mía.

Me chirriaba que me llamara de ese modo. Y más tan cínicamente.

—Está bien, está bien —dije, intentando tomármelo con calma—. Entonces, ¿esto quiere decir que ahora puedes contarme todo ese rollo raro que te traes con Sabrina?

—Así es. Te lo contaré todo.

—Muy bien, pues ya puedes empezar.

—En cuanto visites a Amber.

Puse los ojos en blanco y resoplé.

—Sabía yo que no cantarías tan fácilmente.

—Es lo justo…

—En serio, anoche tuve una pesadilla en donde nos habías ocultado que te habías casado con ella en secreto y ella estaba esperando trillizos vampiros… Fue muy raro todo.

Eric se echó a reír. Tanto que rebotó la risa en el coche. Si fuese posible, se atragantaría con su propia saliva de tal ataque de risa.

—¿Trillizos? —murmuró secándose las lágrimas—. ¿En serio?

Le di un golpe en el brazo para que dejara de reírse, pero eso le dio un ataque más fuerte.

—Es en serio. Me desperté en mitad de la noche con un escalofrío recorriéndome el cuerpo.

Agité la cabeza para quitarme la imagen de la mente.

—He de reconocer que todo esto me ha animado mucho después de mi desgracia de anoche.

—¿Desgracia? ¿Qué desgracia? No me has contado nada de eso.

—Bueno, es que tampoco es que sea muy grave. Bueno, dentro de lo que cabe, me refiero. Teniendo en cuenta todo lo que pasamos anoche…

—¿Pero qué es lo que ha pasado?

—Bueno, uno de mis sheriffs me ha dejado.

Alcé una ceja.

—Vaya, lo siento. ¿Por algún motivo en especial?

—Por así decirlo, asuntos personales.

—Vaya, no sé qué decir.

—No digas nada. Pero me fastidia porque era uno de mis mejores sheriffs.

—Vaya… Saliendo eso de la boca del Gran Eric Northman son palabras mayores. ¿Cuál de todos ellos es? ¿Graham? ¿O ese otro de los hoyuelos con la cabeza enana y la boca desproporcionadamente grande? ¿Cómo se llamaba?

Recuerdo que Graham era el de la zona uno y que lo conocí hace un par de años porque me lo presentó Pam. El otro era amigo suyo y sé que tiene la zona tres. Los demás me son completamente desconocidos.

—No, JJ no ha sido. Antes tendría que meterle una estaca en el pecho antes de que renunciara a su puesto en la zona tres. Ha sido mi sheriff de la zona cuatro.

Eric lo dijo con tanta tranquilidad y normalidad que me dejó indiferente.

—No sé quién… —comencé a decir, hasta que caí de repente de quién me hablaba—, espera, espera, ¡Bill ha abandonado su puesto?

Eric se encogió de hombros. Para estar tan alicaído por el asunto no lo estaba demostrando en absoluto.

—Discutió con Chiara camino a su casa y un par de horas después presentó su dimisión. Y ahora ella está en paradero desconocido y él camino de Londres.

Estaba en shock. No me podía creer lo último que acababa de decir.

—¿Me estás diciendo que Bill se ha largado a Europa sin despedirse de mí siquiera?

—Intenté convencerle de que al menos lo hiciera, pero me fue imposible. Solo pude conseguir que se hospedara en mi casa de allí. Y en cualquiera que tengo en Europa. Me entretuve haciendo llamadas para que no tuviera problemas con su llegada.

—¡Maldita seas, Bill!

—¡Oh! Y también está incomunicado. Se deshizo del móvil. Me dijo que necesitaba estar solo y pensar y no sé qué más, así que en cuanto llegue, te llamará desde algún teléfono fijo.

Estaba molesta por todo lo relacionado con Bill. Pero también preocupada por él. Nunca ha sido tan impulsivo con sus decisiones y seguramente tendrá una buena explicación para todo esto. A Eric en lo único que le afectaba su marcha es que no podía contar con él en la búsqueda intensiva de la Reina. Y eso le fastidiaba mucho, más ahora que no podía confiar ni en su sombra. Por un lado, me compadecía de él por esta gran pérdida, pero también esperaba que Bill estuviera bien. Me pasé el resto del día mirando mi móvil de la Edad de Piedra por si recibía noticias suyas.

Llegué en seguida al Centro Psiquiátrico. Por suerte para mí, Eric sabía de su ubicación y no me costó llegar hasta allí. Antes de bajar del coche —y solo para que la gente no me viera hablando sola—, Eric me dijo el mensaje que debía darle a la tal Amber Spinelli. Nada más entrar, tuve que pasar por un control de seguridad bastante estricto. Era bastante obvio, pero me sentí una delincuente en ese momento. Por suerte, solo llevaba el móvil, el monedero y las llaves del coche en el bolso, por lo que pasé sin problemas.

Me dirigí al mostrador y pregunté por la paciente en cuestión. La recepcionista me miró con cara de asombro, como si no se esperase mi visita. Alzó las cejas e hizo una llamada desde el teléfono; se dio media vuelta, imagino que para que no le leyera los labios —en el caso de que supiera—, pero lo que no sabía es que yo sabía leer otra cosa mejor.

«Jefe», comenzó a decir, «alguien quiere ver a la paciente del 612, ¿qué hago?». Breve pausa. «Una tal Sookie Stackhouse», dijo al fin. «Muy bien».

Se giró de nuevo hacia mí y me dedicó una extraña sonrisa que me dio un escalofrío. Me señaló el camino donde debía dirigirme y me pidió que me acompañara uno de los guardas de seguridad porque «nunca se sabe con los pacientes», como me dijo. Le di las gracias y seguí su sugerencia. Un hombre alto y fornido me acompañó en todo momento. Eric estaba detrás mía. Me dijo que si tenía que decirle algo más a Amber, que me lo haría saber. Sobre todo por si ella me hacía alguna pregunta.

Llegamos tras subir por el ascensor hasta el sexto piso y doblar un par de pasillos. Odiaba estar allí, por la cantidad de mentes perturbadas que podía escuchar. Necesité de mucha concentración para poder acallarlas todas, pero me resultaba bastante complicado.

Esperé pacientemente a que el hombre alto y fornido abriera la puerta de la habitación donde se hallaba Amber. Me sentía algo nerviosa, pues no tenía ni la menor idea de qué le diría en cuanto me viera y se encontrara con una completa desconocida. Odiaba a Eric por tener que hacerme pasar por esto.

—Spinelli —gruñó el hombre—. Tiene visita.

Me dejó pasar y se quedó en la puerta, vigilando. Amber estaba acostada en la cama que había en una esquina de la habitación. Yo me quedé en otra esquina, junto a la puerta, por lo que pudiera pasar. La maraña de pelo oscuro me impedía verle el rostro. Le costó incorporarse en la cama. Llevaba puesto un pijama normal y corriente. Yo pensaba que tendría uno de aquí. ¿Se nota mucho que no suelo pasarme mucho por estos lugares?

—Dale un poco de tiempo —comenzó a decir Eric—. Está aún con los efectos del sedante.

No sabía muy bien qué hacer, por lo que esperé hasta que la muchacha se despejara un poco. Se frotó los ojos con una mano y se apartó el pelo de la cara con torpeza. A mí me dio un vuelco al corazón al darme cuenta de quién era Amber.

Sus enormes ojos verdes pasearon por toda la habitación hasta dar con mi persona, donde se quedaron clavados. Tenía los ojos bastante hinchados, probablemente por llevar todo el día durmiendo por culpa del sedante.

Frunció el ceño, aún somnolienta. Levantó una ceja y comenzó a desperezarse por la espalda y el cuello.

—Sookie, ¿qué haces aquí? —masculló arrastrando las palabras. Daba la sensación de que tuviera la lengua dormida.

—Tengo un mensaje que darte. —Tragué saliva antes de continuar—: de tu padre.

La joven abrió demasiado los ojos. Tenía la mente tan embotada que no podía ver qué es lo que se le estaba pasando en estos momentos, pero en sus ojos pude ver sorpresa.

—¿Qué mensaje?

—En cuanto todo esto acabe, te sacará de aquí —repetí las palabras que Eric me dijo en el aparcamiento del recinto.

La chica bufó.

—Mensaje recibido —comentó apáticamente; pestañeaba con bastante lentitud—. ¿Algo más?

—No.

Eric se acercó a ella y la observó con ojos tristes. Sentía la necesidad de abrazarla, pero sabía que, de hacer eso, ella jamás saldría de aquí, porque demasiadas explicaciones sin sentido tendríamos que darle.

Emitió una leve carcajada de sarcasmo.

—Eric debe estar terriblemente desesperado para mandarte a ti y no a alguno de los suyos.

—Él quiso venir, pero le fue imposible. Ya sabes.

—Sí, lo sé, pero nada le impide coger el teléfono y llamarme. Pero ya estoy acostumbrada a que mande a otros a darme sus recados. Así que, dale un mensaje de mi parte: dile que le den. En cuanto salga de aquí, pienso mudarme lo más lejos posible.

Miré de reojo a Eric, que la miraba apenado.

—Vámonos —me pidió Eric. Sí, iba a tener que darme muchas explicaciones después de esto.

—Está bien —le contesté, aunque era una respuesta que podría ir dirigida a ambos—. Le daré el mensaje en cuanto le vea.

Amber —me costaba horrores llamarla así— se recostó en la cama y se acurrucó junto a la almohada. Quise decirle algo más, pero probablemente ya estuviera dormida.

—Vas a tener que darme muchas explicaciones, Eric —le acribillé nada más entrar en el coche—. Empezando por dónde está el padre de Amber y por qué no la llama o le dice personalmente todo esto. Es absurdo todo. No entiendo nada.

—Ya te dije que hace un rato que no me dejaban entrar.

—Sí, ya me lo comentaste. ¿Pero eso qué tiene que ver con su padre?

Eric bajó la vista un segundo y me volvió a mirar. Ni siquiera hizo falta que contestara para que me diera cuenta.

—Por favor, dime que no eres tú…

—No puedo.

Menudo día de recibir noticias impactantes.

—Esto es mejor que una de las telenovelas que solía ver mi abuela. Si no soy millonaria es porque no quiero.

—Te lo pienso explicar todo, pero era por eso por lo que necesitaba que fueses tú la que viniera y no otra persona. Tú querías saber la verdad y es esta.

—¡Pero no pensé que esto fuese así!

—Hasta hace veinte minutos pensabas que estaba casado con ella.

—Sí y ahora resulta que eres su padre. No entiendo nada. ¿No se supone que no podéis tener hijos… o al menos humanos?

—Así es. Es adoptada.

—Pero si es mayor que yo… ¿cuándo fue eso?

—Hace bastantes años. Y, te pido, por favor, que no me interrumpas porque sé que tienes muchas dudas. Pero no lo podré contar todo si lo haces.

»Yo conocí a Amber una noche, en Nueva Jersey, que es de donde es ella. Ella tenía unos quince años y yo acababa de matar accidentalmente al único familiar que le quedaba y que podía hacerse cargo de ella. Cuando me enteré de esto, supe que iba a estar en uno de esos centros de acogida para menores como ella, así que, sin saber por qué, me apiadé de su situación, ya que era consciente de cómo eran algunos de esos centros y además, me sentía responsable. Así que… bueno, ya sabes, no me fue difícil conseguir su custodia. Lo único que por aquel entonces, no era legal adoptar humanos, por lo que me tuve que pasar por un aristócrata británico y pedante llamado William Townsend. Así fue cómo conseguí despistar a los del Consejo.

»Un par de semanas después, mandé a Amber a un internado femenino. Ella lo escogió. Era el mejor de todo el país, así que allá que fue. Yo no podía hacerme cargo de ella, por lo que aquella solución fue la más acertada. Para evitar algunas habladurías, decidí cambiarle el nombre. Ella escogió Sabrina porque le gusta mucho la película de Audrey Hepburn. Así que con ese se quedó.

»Le dije que, si se portaba bien, le daría todo lo que me pidiera. Era buena estudiante y no se metía en problemas, por lo que todo fue como la seda entre nosotros. Nos llevábamos bien y ella conseguía todo lo que quería. Los veranos los pasaba viajando por Europa, Asia, Oceanía o por donde quisiera.

»El problema vino cuando terminó la carrera. No quería seguir viajando más y quería quedarse conmigo. Pensaba que estaba en deuda conmigo por haberla acogido y esas cosas. Pero yo sabía que era peligroso. Nadie podía saber quién era, por lo que la única condición que le puse era que todos pensaran que yo era su pareja. Era la única salida que tenía para que nadie sospechara nada. Además, yo destruí los papeles de su adopción en cuanto ella cumplió la mayoría de edad, por lo que ya no había pruebas.

»La cosa empeoró porque ella siempre ha estado enamorada de mí. Yo nunca quise tener nada con ella. Era nuestro trato: se quedaba conmigo pero no haríamos nada. Yo la veía como la niña de quince años de cuando la conocí. Aunque ya no lo fuese.

»Y la gota que colmó el vaso fue la llegada de Pam. Solo iba a estar unos días con nosotros, pero Amber le hizo la vida imposible. Sentía celos de ella porque yo era su creador y siempre habrá ese vínculo especial entre los dos. Nunca se llevaron bien desde entonces. Pero tuve que poner tierra de por medio cuando me amenazó con hablar con el Consejo sobre nuestra verdadera relación si no me casaba con ella. Después de tranquilizarla, tuve que pedirle que se marchara. Una cosa así no la puedo dejar pasar por alto. Además, sabía de sobra que solo era un arrebato de celos e ira y que no llegaría tan lejos. Por suerte, así fue y se mudó a Nueva Jersey, donde consiguió un buen puesto en una empresa bastante importante.

»Desde entonces tuve poco contacto con ella. Solo nos llamábamos una vez al año, por Navidad, en donde nos poníamos un poco al día de nuestras cosas. En verdad, solo hablaba ella. Sabía perfectamente que no podía meterla en mis asuntos turbios por seguridad. Las llamadas no duraban más de diez o quince minutos.

»Y todo estaba así, hasta este verano, que se presentó por un problema que tenía con unos vampiros que me la tenían jurada de hace años. Así que nada, tuve que hacer un trato con ellos para que la dejaran en paz, pero ella no podía regresar a Nueva Jersey. Por lo que la tuve que alojar en mi casa. Y de nuevo fingiendo que es mi pareja. Esto a Pam no le hizo ni pizca de gracia, por supuesto, pero otra cosa no podía hacer.

»El resto de la historia, bueno, ya lo sabes.

Me quedé sin saber qué decir. Y era cierto. Todo este tiempo había pensado lo que no era. Tal vez, de algún modo, él me supo manipular para que creyera que había una relación entre ambos. Estaba que no daba crédito a lo que me acababa de relatar.

—Ahora lo entiendo todo —dije al fin.

—¿El qué?

—El que no la trataras como una pareja. Siempre pensé que no la querías, se te notaba que no estabas enamorado de ella, pero sé que sientes aprecio. Cuando dijiste que la querías, pero a tu manera, te referías como a una hija.

—Así es. Y ahora es cuando me atiborras a preguntas.

Negué con la cabeza y me erguí en mi asiento.

—En verdad no. Al menos por ahora. Aún debo digerir todo este atracón que me acabas de contar. Prefiero regresar a casa, porque me está estallando la cabeza y he tenido suficiente por hoy.

Arranqué el motor del coche.

No hablamos en todo el camino de regreso a casa. No había nada más que contar.

Cuando llegué a casa, Michele y mi hermano ya estaban allí. Mi cuñada había traído comida ya hecha de casa, por lo que en cuanto me senté a la mesa, la devoré. Estaba muerta de hambre. Ni siquiera me acordé durante todo ese rato del asunto de Eric, Amber/Sabrina, Bill…

Klaus y Michele se empeñaron en preparar la cena. Y con el día de locos que había tenido, no pensaba oponerme. Me pasé la tarde con Adele y mi hermano en el salón. Sé que es un idiota a veces, pero me alegraba tener a Jason conmigo. No me puedo enfadar mucho tiempo con él. Como siempre digo, es mi único hermano y le debo aceptar como es. Ya ni siquiera me acordaba del episodio de su supuesta amnesia. Me prometió que hablaría con Hoyt y le sugerí que esperase a estar recuperado del todo.

—Por si tengo que salir corriendo —bromeó entre risas.

Me gustaba estar así con él, con Adele entre mis brazos, observando todo lo que había a su alrededor y sonriendo.

Era un día para agradecer todo, y yo agradecía tener a mi pequeña familia conmigo. Aunque, lamentablemente, echaba mucho de menos a Sam. Era la primera vez que celebraba Acción de Gracias sin él —recuerdo que cuando le conocí, cenó en mi casa por invitación especial de la abuela— y todo me resultaba nuevo para mí.

Jason me sugirió que pusiera una foto suya cerca de la mesa. Y como no me pareció tan mala idea, lo hice. También puse una de la abuela. No, no estaban ya entre nosotros, pero tanto Jason como yo agradecimos los buenos momentos que pasamos.

Mi hermano casi se echa a llorar cuando lo hice. Tuvo que fingir que se le había metido una mota de polvo en el ojo, pero yo sabía que se había emocionado. Michele bromeó con echarle colirio.

La cena estaba saliendo a pedir de boca hasta que escuché que alguien llamaba a la puerta. Había comido tantísimo que sentí el impulso de acercarme hasta ella rodando, pero luego me costaría levantarme, por lo que lo descarté.

—Pam… —exclamé y la dejé entrar—. No te esperaba por aquí esta noche.

—Sí, bueno, India está con su familia, así que pensé en saludarte. Y como desde que regresaste no hemos podido hablar casi, he pensado que sería buena idea pasarme por aquí un rato, aunque… —echó un vistazo a la mesa— no sé si es buen momento.

—No seas idiota —le regañó Klaus, levantándose de su silla—. Anda, ven y siéntate aquí.

Yo regresé a mi lugar, sirviéndole un O negativo a Pam que acababa de sacar del microondas.

Vi una silueta por la ventana. Era Eric. Le hice un ademán de que entrara. Con lo de nuestro vínculo, no necesitaba de mi permiso para pasar. Además, no sabía por qué, pero intuía que algo interesante iba a pasar esta noche.

—Pam, ¿le has dado lo suyo a Sookie?

La aludida dio un leve respingo.

—Cierto, lo olvidaba. —Del bolsillo interno de su abrigo extrajo un sobre que llevaba mi nombre escrito; supe de inmediato quién era el autor por la letra—. Me había olvidado de que también venía en modo paloma mensajera —comentó mientras me lo entregaba—. Es de Bill. Se ha ido a Londres sin despedirse y te ha dejado esta carta. No sé mucho más.

Se hizo un murmullo en la mesa con respecto a esta noticia. Yo me hice la sorprendida para no tener que dar explicaciones.

—Solo espero que esté bien y que tenga un buen motivo para haberse marchado de este modo.

—«Seguramente esa carta esté repleta de dramas y cursilerías típicas de Bill Compton» —murmuró Eric, mientras se sentaba a mi lado.

«Tal vez no tenga tantos dramas y cursilerías como crees, mi querido Eric», pensé cínicamente.

Eric me miró sorprendido. No entendía nada. Hasta que me di cuenta de todo.

¿Acabábamos de tener nuestra primera conversación mentalmente?

«Mierda», pensamos a la vez.


NDA:

Hace días que quería actualizar, pero he tenido problemas con mi Internet y me ha sido imposible hacerlo antes. De hecho, he tenido que actualizar desde la app (y con datos móviles) porque… ni la menor idea de cuándo se me arreglará. Esperemos que pronto.

Lo único bueno de este parón de un mes y pico es que he podido pensar bien en lo que quería escribir y mejorarlo. Tan solo me queda un solo capítulo y espero tenerlo muy pronto. He de aprovechar que estos días no están siendo tan calurosos como otros veranos. :P

Agradecimientos a Cari1973, ciasteczko y Perfecta999 por vuestros comentarios.

Siento ser tan breve, pero es que ando sin saber mucho más que decir. XD

Bueno, sí, que ya ando con las dos dosis de la vacuna. Y que espero que todos estéis bien. :)

Un saludo muy grande y hasta la próxima.

~Miss Lefroy~