Los juegos de Simeón

Hoy todo era muy aburrido, su pequeño gato recostado no quería hacer nada más que dormir después de haber cazado unos cuantos ratones, sus damas de compañía estaban ocupadas; ya sea visitando al sacerdote para saber la fortuna de sus hijos, comprando en el basar o con su tía política practicando un baile para el tío Potifar. En fin, no había nadie con quien Asenath podría pasar el tiempo, los esclavos no eran muy interesantes, ni podía tener mucho contacto con ellos o podrían ser regañados por Potifar.

Asenath movió su nuevo tablero de senet, escuchando las piezas dentro sonar. Estaba sola, en la sala de estar y muy aburrida mientras el gatito dormía en la almohada.

—Señor Potifar, terminé con el sótano —habló alguien desde la entrada. Asenath volteó y se encontró con el nuevo esclavo, el cananeo José, muy querido de su tío—. Hola Asenath, no sabía que estabas aquí, buscaba a tu tío, al señor de la casa ¿Sabes dónde se encuentra? Me dijo que quería que me ocupara de algo importante después de que terminara de limpiar el sótano.

Una malvada idea cruzó por la cabeza de la egipcia, a su tío no le molestaría que su esclavo favorito se retrasara un poco ¿Verdad? Después de todo, una partida de senet no duraba más de vente minutos, treinta a lo mucho.

—Eh, si salió un rato por algo urgente con el faraón —mintió al muchacho, quien inclinó su cabeza—, pero mientras lo esperas me dijo que podías jugar una partida conmigo.

—¿Por qué el señor me pediría eso?

—Pues, le indiqué que estaba aburrida y dijo que no tenía tiempo para jugar, pero cuando salió me informó que si seguía sin tener a alguien con quien entretenerme, José estaría libre.

Bueno, no sonaba eso algo que le diría Potifar, pero no dejaba de ser realista, le gustaba consentir a su sobrina de vez en cuando. Poco convencido, José aceptó, después de todo, tampoco podía negarse a cualquier pedido.

—De acuerdo, creo que una partida estará bien.

—Ya verás, será divertido —Asenath se dirigió a la mesa y le indicó a José que se sentara en un extremo—, se llama senet ¿Ya has oído hablar del juego?

—Eh… no, quiero decir, he visto a gente jugándolo, pero nunca escuché su nombre antes, ni lo jugué. Creo que se involucran fichas y unas tablillas de colores.

—Bien, eso nos ahorra tiempo. Verás José, se juega con dos tipos de piezas, las puntas —indicó con una pieza con forma de cono— y las redondas —agarró esta vez unas más cilíndricas—. Son diez en total, cinco redondas y cinco puntas, se organizan en el tablero uno al lado de la otra.

Asenath puso en un tablero con una hilera de diez espacios una pieza de punta, seguida de otra redonda y así hasta completar la primera hilera.

—En el tablero las piezas se mueven de izquierda a derecha en la primera fila, derecha a izquierda en la segunda y otra vez de izquierda a derecha en la última fila.

—¿Y los dibujos del tablero? —señaló José.

—Esta del medio —señaló un espacio con un dibujo extraño—, es la segunda vida, será importante para más adelante; aquí está la casa de la belleza —señaló uno de las últimas casillas— y tendrás que caer ahí si quieres seguir a las siguientes para poder salir, aunque querrás saltearte esta —y señaló el siguiente cuadro que tenía el dibujo de una olas—, si llegas ahí pierdes un turno y tu pieza vuelve a la casilla de la segunda vida, es decir, a mitad del juego. Si una pieza cae justo en el lugar donde estaba la pieza del otro jugador, podrán cambiar de lugar. Puedes mover cualquier pieza, siempre y cuando sea posible moverla, no podrás saltearte a un espacio vacío si en las casillas siguientes están ocupadas por varias piezas del oponente juntas. Gana quien saca todas sus piezas del tablero.

José entendió muy bien todo, le era muy simple. Los juegos de mesa eran entretenidos, aunque siempre prefirió los juegos que involucraban ejercicio, como aquel que jugaban con una pelota que Simeón consiguió, su hermano era muy bueno con esos juegos.

—¿Y las varillas?

—Bueno, es por la varillas que movemos nuestras puntas o redondos —sacó cuatro hermosas varillas, de un lado coloreadas en rojo y del otro sin algún color—, dependiendo de cuantas caigan del lado del color, se moverá la ficha, se tiene hasta cuatro movimientos. Pero, si todas caen del lado reversible, equivale a cinco movimientos.

—Entiendo, empecemos.

—¿Quieres los redondos o las puntas?

—Creo que estoy bien con redondos, ya puede lanzar las varillas.

—¿No quieres empezar tú?

—Usted debe ser primero.

José se dirigió de una manera tan formal que eso disgustó a Asenath, ella sabía que él era un esclavo, pero se familiarizó mucho con su familia en ese tiempo. Le parecía casi injusto que un chico listo como José tuviera que comportarse de esa forma, como si fuera un ser demasiado minúsculo.

—Está bien, ahí va —dos varillas del lado rojo cayeron—, dos espacios—. El cono pasó un cilindro de José y ya estaba en camino a la segunda hilera—, tu turno.

José hizo caso y para su sorpresa, cayeron las cuatro varas del lado coloreado, solo le faltaba un espacio para llegar a la segunda vida. Asenath se sorprendió, y eso que ella era muy buena en el juego.

—Bien va mi turno. Ah, tres —movió hasta donde estaba la pieza de José y la devolvió donde había estado la suya—. Lo siento, José, así es el juego.

El cananeo no dijo nada, pero sonreía, se estaba divirtiendo. Desde que trabajaba en esa casa no había tenido algún momento de diversión u ocio, casi siempre era trabajo, casi como cuando estaba con su padre. Pero el estudio le parecía más entretenido que el trabajo físico. Este último era muy agotador, ahora entendía porque a veces sus hermanos se enojaban mucho después de horas de largo tedioso trabajo y no tenían tiempo para jugar, ni le quedaban fuerzas cuando acababan.

En su infancia, Simeón siempre encontraba la excusa para jugar un rato, o acabar antes para estar con su hermanito más menor, pero los últimos años, no recordaba haberlo visto divirtiéndose, al menos no de una forma sana. Bueno, había veces que se salteaba el trabajo para ir a nadar, como se lo hicieron aquella vez, pero era obvio que aunque tuvieran sus momentos de ocio, no lo hubieran invitado.

—José, ¿Estás bien? —preguntó Asenath para devolverlo a la realidad.

—Si, lo estoy ¿Por qué preguntas?

—Es que te veías… —"tan triste" pudo haber terminado su oración, pero no siguió hablando—. Nada, no importa —se supone que a los amos no les importan los sentimientos de sus esclavos.

—¡Bien! ¡La primera pieza afuera! —bramó José alegre cuando uno de sus cilindros salió del tablero.

—¡Muy bien, José!

Pero a ella si le importaban. Al menos le importaba los sentimientos de un esclavo, el único que podía hacer que su sonrisa produjera la de ella.

—¡Ah, de nuevo al casillero del medio! —se quejó molesto el muchacho cuando por segunda vez una ficha suya cayó en las aguas.

Asenath se rio, él era tan divertido cuando hacía esas muecas de enojo y se cruzaba los brazos como un niño pequeño.

—Podrías haber movido otra ficha —le sugirió.

—Pero si movía esta pieza, hubiera caído en un espacio con una de las suyas ocupadas y eso te haría retroceder.

La egipcia se sorprendió ¿José era tan considerado hasta tal punto de no querer disgustarla o solo era así porque ella se trataba de su ama?

—José, por favor, intenta ser buen estratega. Esto se trata de ganar, no ser amable.

—Ci-cierto, disculpe.

—Y no tienes que estar disculpándote siempre.

—Cierto, dis-digo, lo haré.

Cuando llegó de nuevo su turno, las cuatro varillas cayeron del lado sin color, eso equivalía a cinco movimientos, lo que necesitaba para que su penúltima pieza saliera del juego. Miró su otro redondo, si movía a ese no resultaría con buenos resultados, y Asenath le quedaban tres piezas en el tablero. El esclavo estuvo indeciso un rato, luego inhaló y pensó ¡Qué importa!

Su penúltima pieza salió del tablero con ese movimiento.

—¡Oh, si! Ahora solo me queda una y única —exclamó más que entusiasmado con los brazos al cielo, como dando gracias a Dios por la movida.

Cuando volvió en si, vislumbró a la sobrina de su tío con los ojos abiertos como platos por su expresión de victoria. La egipcia no podía creer que ese era el esclavo tan estudioso y sumiso favorito de su tío, tenía que ser una broma.

—Lo-lo siento, a veces me entusiasmo demasiado cuando juego. Con mis hermanos pasaba lo mismo. De hecho, una vez hasta casi inventamos un baile de victoria.

Con Simeón se divertían tanto, que hicieron unos curiosos pasos de victoria después de que ganaban, ahora que lo recordaba, pensar en eso le resultaba muy vergonzoso. Seguro los dos se veían muy ridículos.

Asenath sonrió y comenzó a reír, tanto por la loca expresión de José como por su curiosa anécdota, había visto un lado de José que nunca pudo presenciar antes y eso le gustaba mucho.

—¿En-en serio? ¿Un baile de victoria? —había escuchado de bailes en fiestas y danzas a dioses, pero jamás de un baile por una victoria, tenía que saber más del tema—. ¿Cómo era? ¿Me lo mostrarías?

—No, no quiero. Sería muy vergonzoso —había tomado tanta confianza hablando con ella, que olvidó que un esclavo nunca debía negarle nada a un amo.

—¡Por favor! ¡Muéstramelo!

—Casi no lo recuerdo, fue hace mucho tiempo.

—¿Ni un solo paso?

—Creo que primero deberíamos terminar el juego —dijo José señalando al tablero—, no creo que le falte mucho a tu tío en volver.

Asenath no entendió lo último que dijo José, su tío estaba en la habitación de arriba revisando unos documentos, entonces recordó su mentira. Era cierto, José tenía que terminar rápido el juego, su tío se enojaría ¿Qué le diría al cananeo luego que terminaran y le revelara que su tío estuvo todo este tiempo esperándolo en su casa? Bueno, ya lo pensaría.

—Tienes razón, pero si yo gano, me mostrarás los pasos que recuerdes de tu danza de victoria ¿Entendido?

—De acuerdo —asintió José luego de resoplar, a veces Asenath se comportaba como una niña malcriada—, aunque muchas probabilidades ya no te quedan —dijo en referencia a sus tres piezas.

—¿Eso crees? Pues te informo que mis tres piezas están juntas y una de ellas está en la casa de la belleza, por lo que cuando te acerques, no podrás saltarlas, hasta que dos de ellas salgan.

El esclavo notó que ella tenía razón, pero no perdería así de simple.

—Al menos que saques dos unos seguidos y caigas en las aguas.

Al final solo quedaban dos fichas en el tablero, una cónica y la otra cilíndrica. Asenath tenía ventaja, pero José no se rendiría. Agarró las varillas, pero antes de tirarlas, habló otra vez.

—Asenath, si yo voy hacer algo vergonzoso en caso de que pierda, pienso que sería justo que tú también hicieras algo así si pierdes.

La egipcia elevó una ceja curiosa y mostró una sonrisa socarrona.

—¿Qué propones?

—He escuchado que solías escribir poemas.

La sonrisa de Asenath cayó tan pronto oyó eso. Era un secreto suyo que mantenía desde sus primeros años de vida, su padre y unas pocas damas de compañía lo sabían.

—¿Có-cómo lo sabes?

—Se muchas cosas, uno aprende más de lo que parece oyendo mientras limpia.

Frunció el ceño y se cruzó se brazos. Ya sospechaba que tal vez algunas de sus damas de compañía lo estuvieron hablando.

—Bien, José de Canaán. Un trato es un trato.

José ya estaba en la casa de la belleza, en unos cinco pasos podría llegar hasta terminar el tablero. Pero si sacaba un uno, terminaría en las aguas. Asenath no estaba a más de dos casillas de ganar, pero las varillas no parecían de su lado. Ya iban dos veces que tiró y ningún número la favorecía.

Cuando llegó el turno del esclavo, las varillas dentro de sus manos sonaron por largo tiempo. Concentrado, José se propuso no perder, no lo haría, Simeón le enseñó a no rendirse en los juegos y eso haría, se aseguraría de…

—¡José! —la voz de Potifar resonó en la sala y las manos de José se abrieron espantadas, mientras las varillas caían al suelo.

—¡Señor Potifar! No sabía que ya había regresado —José dejó su asiento y se reverenció frente a su amo.

—¿A qué te refieres con "regresado"? Estuve arriba revisando unos papiros, cuando Bes me informó que hace más de media hora ya habías terminado con el sótano. Bajé para buscarte y te encuentro aquí; jugando senet.

—Pe-pero yo no-no lo sabía. Creía que estaba con el faraón.

—¿De dónde escuchaste tal calumnia?

El desconcierto en la cara de José y la ira de Potifar, hicieron que Asenath sintiera un gran remordimiento y pena por su pequeña broma. Sabía que el cananeo no la acusaría, por lo que decidió interponerse antes de que su tío se molestara más y culpara al pobre inocente.

—Tío, es mi culpa. Le mentí a José, le dije que el faraón te requería y que cuando terminara su tarea, él podría jugar conmigo. Sabes que estaba aburrida, por lo que hice… lo que hice. Por favor, perdónalo.

Potifar negó con su cabeza y miró con reproche a su sobrina.

—Asenath, no debes intervenir en los quehaceres de los esclavos, al menos que estén libres, necesito a José para cosas más importantes ¿Entendido?

La chica asintió, sin volver a subir su cabeza de la vergüenza que tenía. Luego, viró hacia José, sin alzar sus ojos a los suyos.

—Me disculpo, José. No debí mentirte, ni atrasarte.

—Está bien, Asenath.

Potifar se mostró complacido por la disculpa de su sobrina y giró sus pies a la salida de la sala.

—Si ya todo está dicho y hecho, vámonos —ordenó al joven esclavo.

El muchacho caminó firme a la salida, pero al pasar al lado de la chica, posó su mano en su hombro, para que entendiera que no estaba enojado con ella. Todavía avergonzada, alzó los ojos sorprendida a José y se encontró con su sonrisa.

—Gracias, me divertí —susurró antes de soltar su hombro e irse, sin borrar su sonrisa.

Cuando se marcharon los dos hombres, ella fue a juntar las varillas y descubrió que todas estaban volteadas, José hubiera ganado. Se terminó divirtiendo el resto de la tarde con su gato que despertó poco después de su larga siesta.

—Espero que entiendas que a veces los jóvenes pueden ser así. Cuando no se preocupan por sus estudios, terminan distrayendo a otros con mentiras —siguió diciendo Potifar al esclavo con respecto a su sobrina, aunque él parecía tener su cabeza en otro lado.

—Lo entiendo, señor —contestó de manera mecánica.

Simeón hubiera hecho lo mismo, pensó sonriendo.