La intrepidez y fe de Levi.
Asenath no podía hablar de lo que acababa de escuchar ¿José preso por intentar violar a su tía? Algo no parecía concordar en esa historia.
—Es en serio, Asenath. El señor Potifar planeaba matarlo, pero al final solo lo apresó —le dijo una de sus damas de compañía y mejor amiga.
—Eso… no tiene sentido —susurró.
Asenath se sentó en uno de los almohadones, su respiración se aceleró y apenas podía parpadear. Cuando pudo procesar lo que dijo su compañera, alzó su cabeza con el ceño fruncido.
—No es cierto, José jamás haría algo así. Lo conozco, Kytzia.
—¿Le crees más a un esclavo que a tu tía? —preguntó molesta otra joven.
—Salihah, no sé cómo decir esto. Pero… pero yo —no quería difamar a la esposa de su tío, pero hubo varias veces en que la vio seducir a otros esclavos. Nunca dijo nada para no lastimar a Potifar.
—Ah, ahora ya lo entiendo —dijo Salihah cruzando de brazos y sonriendo—. Es porque estás enamorada de José que no puedes aceptar la verdad.
—¡¿Qué?! Eso… ¡Eso no es cierto!
—No mientas, él te gusta desde la primera vez que lo viste —dijo otra dama de compañía—, no creas que no pasé por alto tu sonrisa después de que él le dio leche a Gyasi aquel día.
Por supuesto que estaba enamorada de José y hace largo tiempo lo había aceptado, pero tuvo una gran lucha interna aceptar que estaba enamorada de un esclavo.
—Lo que te molesta es que el esclavo que te atrajo se interesó en la señora Zuleika, en vez de ti —asumió Salihah.
El rostro de Asenath enrojecía y no solo por pensar en sus sentimientos por José, también por la ira que le producían esas falacias que creían sus damas de compañía acerca de él. Kytzia, preocupada que esa discusión podría llegar a ser algo peor, interrumpió.
—¡Por favor! Evitemos una pelea. Ahora mismo nuestro hogar está en una gran tensión y el señor Potifar tiene que lidiar con asuntos peores.
—Kytzia tiene razón, ahora no es momento de discutir —dijo Asenath. Su voz era tan baja debido a todo el asunto, se sentía mareada y angustiada. No podía permanecer más tiempo allí, quería un tiempo a solas—. Si me disculpan.
Ella salió lo más pronto del cuarto, escuchando a Salihah decir "¿Ven? Les dije que estaba enamorada del esclavo", pero eso no le molestó. Lo que si la molestó fue atravesarse en su camino con la última persona que quería ver en ese momento; Zuleika. La mujer mayor todavía tenía las marcas de su delineador escurriendo con sus lágrimas de cocodrilo.
—Asenath, que gusto verte —Zuleika estiró su mano para tocar su hombro, pero ella la esquivó.
—Ahora no, tía —dijo cortante y con una mirada fulminante.
—Pero… Asenath.
La muchacha egipcia siguió su camino en dirección al cuarto de su tío.
—Tu sabes que él no es culpable y no merece estar ahí —pronunció en un tono que trataba de ocultar su ira detrás de sus dientes apretados. Zuleika sabía bien de quien hablaba su sobrina política—. El tío Potifar debe saber…
—Potifar lo sabe.
El caminar de la joven se detuvo ante la declaración.
—¿Qué? Pero, si es así, entonces ¿Por qué…?
—No puede dañar su reputación, creyéndole a un esclavo en vez de a su esposa. Lo siento —contestó y bajó su cabeza apenada. Zuleika en verdad se veía arrepentida por todo lo que le causó a José, pero Asenath sintió otra punzada en su pecho; una parecida a la decepción y traición.
En silencio, corrió hasta su cuarto. Se sentó en su cama, mientras su gatito se recostaba en su regazo lamiendo sus manos, como si intentara consolarla de esa forma.
—Si pudiera hacer algo por él, Gyasi.
Estaba furiosa, nadie podía hacer algo por él. Sentía una gran decepción por su tío, sabiendo que José es inocente y admirando su inteligencia potencial, en vez de soltarlo, prefiere seguir tomándolo como un esclavo y acallar este escándalo de esa manera tan rebajada. En cuanto a Zuleika, de ella no sabía que pensar. Su tía siempre sospechó de sus sentimientos por el esclavo, y aun sabiéndolo se arriesgó en seducirlo, era como una traición.
Desde su ventana podía atisbar el hueco que dejaba ver el calabozo en que José ahora mismo se encontraba. Aquella noche no durmió bien, ni tampoco pudo comer deleitándose de los manjares de la cena, pensando en la poca comida con que a José lo alimentarían.
Pasaron varios días, escuchó que decapitaron a uno de los compañeros de celda de José y a otro lo llevaron con el faraón. No tenía ninguna notica de a que lo iban a sentenciar, de solo recordar la suerte del panadero la llenaba de angustia. Su tío no llegaría a condenar a muerte a José, sabía que él era inocente, pero tampoco intercedería por liberarlo.
En una de las noches que Asenath no podía dormir, se acercó a su ventana a vislumbrar la ventanilla que daba al calabozo. Pensar que ahora José estaba solo, en la oscuridad, con poca o nula comida, la afligía. Si tan solo pudiera hacer algo por él, se repetía pensando. Entonces, algo se le ocurrió. Tomó una manta, mientras dejaba a Gyasi descansar y una sábana para cubrirse, luego caminó en silencio hacia la despensa. En su camino, agarró una soga. Llenó su manta con todo tipo de alimento, lo ató con un nudo a una soga y se escabulló hacia la salida de su casa. En medio de su escapada, un gran temor la detuvo. Los egipcios temían a las noches porque era cuando la protección de Ra decaía, por lo tanto, estaban indefensos a cualquier amenaza. En medio de su incertidumbre, unos pasos la sorprendieron, dio la vuelta rápido y trató de distinguir a la persona quien la siguió en la oscuridad.
—¿Señorita Asenath? —reconoció esa voz y sintió que volvía a respirar.
—¿Kytzia? ¿Qué haces aquí, en medio de la noche?
—Esa pregunta debería hacerla yo a usted. Escuché un ruido de la despensa y la reconocí escabulléndose —entonces pudo ver con claridad, a la luz de la luna el manto envuelto con un nudo. Un Jadeó se escapó de su boca—. Asenath ¿No estarás planeando…?
—Si, Kytzia. Iré a darle esto a José.
—No, es muy peligroso —la dama de compañía agarró su brazo—. No vayas, no es necesario, los prisioneros son alimentados.
—Con sobras que ni los perros comerían —escupió la muchacha—. No puedo comer y dormir tranquila pensando en lo que él, un inocente, está pasando.
Esa determinación que ardía como fuego en sus ojos, junto a su mandíbula apretada, le hizo a Kytzia darse cuenta que cualquier intento por persuadirla sería inútil. Sin embargo, siguió intentándolo.
—Por favor, Asenath. Los guardias podrían verte.
—Los he visto desde mi ventana hace varias noches, y en estos momentos es cuando más flaquea la guardia.
—Pero estás a la merced de todos los peligros sin la protección de Ra.
Los temores e incertidumbres de la egipcia volvieron. ¿Qué haría? Es muy arriesgado, pero José… su querido José, a oscuras, sin compañía, posiblemente hambriento. Entonces, un vago recuerdo que él le había contado apareció en su memoria, algo que tal vez ahora podía usar a su favor.
—No te preocupes, Kytzia. José una vez me contó que el Dios de su pueblo los protege día y noche. Si eso es cierto, me encomendaré a Él.
—¿Protege también a egipcios?
—Me dijo que protege a cualquiera que se lo pide. Ahora debo irme, antes de que el turno de los guardias cambie —Asenath se soltó del agarre de Kytzia y corrió hacia el hueco que conectaba al calabozo.
Por favor, Dios de José, protégeme. Hazme invisible frente a cualquier amenaza.
Cuanta oscuridad, la luna se aproximó a la abertura que corría la luz, pero lo que tenía frente a sus ojos no era más que piedra y más piedra. No necesitaba hacer un esfuerzo en la vista para darse cuenta de eso.
José tomó la manta y se acurrucó en un hueco entre las rocas. El poco alimento no podía mantener las calorías necesarias en las heladas noches de egipcio por lo que no dejaba de temblar. Tal vez no eran la mejor compañía de todas, pero extrañaba a sus compañeros de celda, al menos tenía a alguien con quien hablar mientras se encontraban el copero y el panadero. Esos pensamientos lo llevaron a suspirar. Aquel hombre antes de irse le gritó que su don era una maldición y así lo sentía.
¿Qué hacer cuando no quedaba nada? ¿Sin amigos, sin familia, sin algún aliado y en medio de toda esa oscuridad?
Ese es el momento cuando más debes encomendarte a Dios, le diría Levi. Leví y Judá eran los hermanos que él más admiraba. El primero era intrépido y sagaz, el segundo; responsable y fuerte. Leví era tan valiente que podría arriesgarse a todo tipo de cosas que él nunca pensó. Es verdad que a veces era muy violento e impulsivo, pero no dejaba de admirarlo.
Pero él también contribuyó a mi venta, recordó furioso ¿Cómo alguien tan admirable como él pudo hacerle eso? De no ser por esa maldita acción suya, él no estaría ahora mismo sufriendo las penurias que lo acontecían. A veces creía que conocía dos caras de Leví, la intrépida y llena de fe, y la violenta y rencorosa. Nadie es perfecto, solo Dios lo es, y no escoge a gente perfecta, sino a gente dispuesta, eso también lo hubiera dicho.
—¡Ya cállate, Leví! —gritó a la oscuridad, como si su hermano estuviera allí—. ¡Deja de sermonearme! —en su furia tomó una piedra y la arrojó contra el mural de roca— ¡De no ser por ti, Judá, Simeón y los demás, no estaría aquí congelándome y padeciendo!
Suspiró por enésima vez esa noche y negó resignado ¿Qué caso tenía gritarle al vacío? Dios ¿Dónde estás ahora? ¿Dónde le diría su padre, o Leví, que está Él?
Oyó unos ruidos de la abertura del calabozo y atisbó una figura encapuchada. Pronto, un envoltorio de tela atado a una soga empezó a bajar desde el hueco.
—José ¡José! —gritó en murmullos la figura, y él la reconoció.
—¿Asenath?
La egipcia visualizó a José a la luz de la luna, apenas llevaba una semana y podía verlo muy delgado y cansado. Su barba empezaba a crecer y los rizos rojizos volvían aparecer después de mucho tiempo.
—Te traje algo de comer.
José se percató que la soga no llegaba hasta el suelo del calabozo, por lo que escaló unas empinadas para desatar el manto.
—Asenath, esto es… —no sabía que decir, las lágrimas se estaban formando en sus ojos—. Asenath, yo no lo hice.
—Lo sé, sé que nunca lo hubieras hecho —respondió ella, ya sabiendo de lo que él hablaba.
Como había una larga distancia, se hablaban entre gritos susurrantes, pero gracias al silencio de la noche alcanzaban a oírse.
—Esto es muy peligroso. Si te descubren, Potifar te castigará.
—No le tengo miedo, y no temo a los peligros de la noche ahora, dijiste que tu Dios protegía a cualquiera, pues traté de confiar en él.
El esclavo sonrió y una pequeña lágrima se escurrió de un ojo suyo. Esa intrepidez, esa fe proveniente de una mujer que se consideraría pagana para su pueblo. Ahora lo entendía, la fe no era algo que dependía del origen de alguien, su familia o sus defectos personales… ahora entendía a qué se refería Leví.
—Muchas gracias.
José estiró su mano hacia la abertura. Entendiendo lo que estaba tratando se hacer, Asenath se inclinó y correspondió su acción, dejando entrar su brazo por la ventanilla.
Si tan solo pudiera tocarte, pensó ella, pero estaban muy lejos. Muy pocas veces recordaba haberlo tocado, pero esa calidez inexplicable todavía yacía en sus dedos.
Si tan solo pudiera tocar tu rostro, pensó él, estar en esa soledad lo hacía anhelar el tacto de un ser ajeno. Con la punta del dedo más largo bastaría, pero era casi imposible, el espacio superaba lo que sus brazos podían estirarse.
Unos pasos alertaron a la egipcia y salió corriendo de la escena. José bajó rápido y se ocultó en la oscuridad del calabozo, junto al manto. Desenredó el nudo y encontró muchos tipos de frutos y panes. El cananeo se envolvió con la manta, como si fuera una sábana y sintió el olor de una mezcla de trigo, frutas y la fragancia de Asenath.
En otras circunstancias, le hubiese pedido hace tiempo matrimonio. Pero ¿Qué podía ofrecer un simple esclavo, encerrado, pobre y hambriento a una joven que vivió con lujos toda su vida? Si tan solo le hubiese dicho que la amaba cuando aún era libre. Si tan solo hubiese sido tan valiente o intrépido como ella y Leví lo eran.
