Aquella mañana José despertó luego de un sueño extraño. Estaba seguro que era uno de sus tantos sueños proféticos, pero por más que lo analizaba, no podía sacar una conclusión de su significado. De solo recordar su sueño se ruborizaba un poco, puesto que Asenath fue protagonista de este. Ella parecía en peligro, entre dos grandes columnas, pero no podía entender que significaban las columnas.
De todas formas, no quería pensar en ello ahora. Hace no mucho tiempo que la egipcia le había dejado en claro sus sentimientos hacia él y por eso, cada vez que pasaba cerca de ella, se sonrojaba, la ignoraba o trataba a toda costa de evitarla. Que un esclavo tuviese sentimientos así por una mujer de alta sociedad era algo deplorable. Asenath era su responsabilidad, y como responsabilidad suya, debía cuidarla, no enamorarse de ella.
—No importa José —se habló a si mismo—, si tienes suerte, hoy no las verás en todo el día.
El esclavo se aseó y vistió rápido para empezar sus labores. Sabía que no vería a Asenath en todo el día porque escuchó ayer a la señora Zuleika hablando con las damas de compañía que iría con su sobrina y una de las doncellas al bazar.
Él pensó que tendría gran alivio ese día, hasta que Potifar le encomendó su primer y única tarea.
—¡Ah! José, buenas noticias. Mi esposa quiere que hoy la acompañes al bazar.
El esclavo abrió sus ojos más grandes de lo normal y casi gritó, de no ser porque se contuvo a tiempo.
—Se-señor Potifar ¿Por qué su esposa quiere que lo acompañe?
—Quiere hacer ella misma las compras de la fiesta del baile que planeaba con las doncellas. Le dije que no podría acompañarla porque vería al faraón, pero se que ella, Asenath y Kytzia estarán en buenas manos contigo.
Bueno, su día no podía ser peor ¿Verdad? Solo debía quedarse cerca de la señora Zuleika, lejos de la señorita Asenath y por sobre todo, no importa con que vistiera ese día ella, ni por un momento debía pensar que se veía linda. Ni por un momento pensarlo.
—De acuerdo, mi señor. Nos iremos tan pronto ellas estén listas —respondió el joven esclavo con voz monótona.
—Sabía que podía contar contigo, José. A la hora de tomar deberes, nadie es más responsable que tú —aquellas palabras hicieron que el cananeo se sintiera halagado y se animara un poco. Había momentos en que sentía al señor Potifar más como su padre que como su amo—. Y confío tanto en tu responsabilidad, lo suficiente, como saber que mantendrás a ellas fuera del peligro hoy.
—Claro, no habrá peligro. La señora Zuleika y las señoritas Kytzia y Asenath estarán fuera de correr algún riesgo, cualquier deber que me encomiende lo acataré con la mayor responsabilidad y cuidado que pueda.
Era cierto, José era muy responsable, tal vez de sus hermanos él era el más responsable, incluso más que Judá. El joven no pudo evitar pensar en su hermano mayor mientras esperaba fuera de la casa a las mujeres. Siempre había admirado a Judá, siempre tomó responsabilidades que Rubén, Simeón o incluso Leví no tomaban. De hecho, había sido el primero de ellos en casarse. Era tan responsable como para cuidar de su padre, el rebaño y su futura familia.
—¡José! ¡Potifar dijo que nos esperabas aquí! —gritó la señora Zuleika, quien llegaba con su sobrina y la otra dama de compañía.
El esclavo contempló por un rato a sus protegidas hoy. La señora Zuleika estaba de buen humor y llevaba un vestido extravagante, un poco ostentoso para ir de compras, desde su humilde opinión. La señorita Kytzia lucía bonita, no destacaba mucho, puesto que como una simple doncella, no tenía más joyas y vestidos, pero eso no sacaba que no se viera bien, también estaba de buen humor y sonriente. La señorita Asenath portaba un bello collar, una vez ella le contó que era un recuerdo de su madre fallecida, estaba usando un vestido maravilloso, pero a pesar de eso, llevaba la vista cabizbaja y él sabía por qué. José también bajó su cabeza, tratando de no analizar tanto la apariencia de Asenath ese día, no quería que su mente se nublara con cosas irrelevantes hoy.
Las mujeres emprendieron la marcha seguidas del esclavo detrás. Zuleika y Kytzia no paraban de conversar sobre como decorarían sus vestidos, mientras Asenath solo se limitaba a decir palabras cortas. De vez en cuando, la sobrina de su señor volteaba a verlo, pero tan pronto sus ojos se encontraban, ella giraba la cabeza a su tía y sonreía de una manera, que a su parecer, se veía forzada.
Parece que nadie se percató de ello, excepto por José. Se sintió decepcionado de la actitud esquiva de la muchacha, y un poco molesto. Negó con su cabeza, era mejor así, evitar eso. También debía ser lo más esquivo posible con ella, no debía contemplar el vestido maravilloso que llevaba o lo bien que le quedaba, ni debía pensar por un momento que ella lucía muy…
—Hermosa —susurró.
—¿Disculpa? ¿Qué, José? —preguntó la señora Zuleika.
El chico cerró su boca rápido y le rezó a su Dios por llegar lo más rápido al bazar y evitar esa conversación que se pondría extraña por culpa de no saber cómo cerrar su boca y controlar sus pensamientos.
—Que creo que son hermosas las ideas que se le ocurren —suspiró en su mente y agradeció a su Señor.
—Lo ve señora Zuleika, él también lo piensa así —aseguró Kytzia riéndose.
—Oh, bueno, tal vez no siempre es tan malo que un esclavo exprese una opinión propia, siempre y cuanto sea beneficiosa para el amo ¿No lo crees, Asenath?
—Si, tal vez —dijo la aludida, sin mirar a nadie, más que al camino.
El bazar estaba lleno, no había sido una muy buena idea comprar a esa hora, pero la señora Zuleika quería comprar temprano para ensayar el baile a la tarde. Las tres mujeres iban de un puesto a otro, pronto José notó una sonrisa autentica en los labios de Asenath. Ella estaba feliz de pasar ese tiempo con dos personas que quería mucho y eso también lo alegraba.
—¿Qué opinas de este cilindro dorado? —preguntó Zuleika con una barra de oro en sus manos— ¿Crees que sea oro puro, Asenath?
—Debe serlo, está muy pesado —comentó Kytzia sosteniendo ese cilindro, hasta que algo llamó su atención. Dejó la barra y se acercó a los accesorios—. Este nuevo collar te verá muy bien Asenath, en serio —le aseguró la doncella, poniendo el adorno alrededor de su cuello.
—Si, se ve muy bonito —opinó Zuleika.
—Me gusta más el collar de mi madre —contradijo la muchacha.
—No lo sé Asenath, tener otro collar no es malo —siguió su tía tocando las piedras preciosas—. Además, ese te va muy bien ¿Tu qué opinas, José?
La pregunta tomó desprevenido tanto al muchacho, como a la chica que ahora tenía la atención. Las miradas que no querían encontrarse, se vieron forzadas a hacerlo y se separaron en pocos segundos.
—Está bien —solo respondió José.
—¿Solo "está bien"? Y luego pienso que es importante la opinión de esclavos ¡Ja! Tonta de mi. Nos llevaremos este, por supuesto ¿Si, querida?
—Si, tía Zuleika —asintió la chica sonriendo, pero de vuelta esa sonrisa forzada, pudo notar José por el rabillo del ojo. Era más que obvio que él era el culpable de esta situación ajena a las otras dos mujeres.
—Señora Zuleika, venga, noté un color maravilloso que irá muy bien con las telas que tenemos en casa —comentó Kytzia tan pronto la mujer pagó el nuevo collar de su sobrina.
—Debo ir a verlo ahora mismo, Kytzia.
Ambas se fueron rápido, sin darse cuenta que los dos jóvenes seguían inmóviles en sus respectivos lugares cabizbajos.
—Asenath, querida, ¡Apresúrate! —la llamó su tía política a lo lejos. Aquellas palabras la sacaron de su ensimismamiento.
—Si, ahora voy.
Antes de que ella pudiera dar un paso, José ya estaba en camino, alejándose al puesto donde estaban las otras dos mujeres. Aquel acto de darle la espalda desconcertó a Asenath, José siempre iba detrás de todos y siempre era tan cálido y hablador con ella. Posó su mano en la joya de su collar y pensó en su madre ¿Qué le diría ella si supiera que está enamorada de un esclavo? ¿Estaría decepcionada? ¿Podría recuperar la amistad que antes tenía con él? Si ojalá no hubiese sido tan honesta.
—Señorita —escuchó que una voz aguda la llamó desde el suelo mientras jalaba su vestido. Asenath volteó y se encontró con un niño, parecía asustado.
—¿Qué pasa, pequeño?
—Perdí a mis padres, no sé dónde están ¿Me podría ayudar a encontrarlos?
Asenath buscó con su mirada a sus acompañantes y los vislumbró a lo lejos, viendo distintos colores de cosméticos. Lo más seguro es que seguirían allí y podría encontrar a los padres del niño antes de lo previsto.
—Claro, dime donde los viste por última vez.
—Por aquí.
El niño tomó su mano y la llevó entre varios puestos. Asenath se sintió extrañada de todos los puestos que pasaron y en ninguno el niño se detuvo a preguntar. Cada vez se alejaban más y más de sus acompañantes y eso la estaba incomodando.
—¿Estás seguro que es por aquí? Escucha, no quiero ser grosera, pero quisiera volver pronto, tengo a gente esperándome.
—Si, es por aquí. No se preocupe, ya casi llegamos.
Cuando casi no había gente el niño se detuvo, parecía que temblaba. La joven puso su mano en el hombro del infante.
—¿No quieres volver a los puestos donde estaban tus padres? —ante el silencio del niño, ella siguió hablando, como tratando de tranquilizarlo a él, o a ella misma—. No te asustes, los encontraremos pro…
Una mano tapó su boca antes de que pudiera terminar su oración y sintió que una mano grande la sujetaba desde detrás hacia aquel cuerpo ajeno.
—Lo hiciste bien, mocoso —susurró la voz de la otra persona que la tenía amarrada. Era un hombre, pudo notar por su voz y sus manos—. Ten, tu recompensa —el hombre aflojó el agarre de Asenath y ella vislumbró como tiraba una moneda de oro al chico, quien al darse la vuelta, pudo ver la cara de asustado del pequeño.
El niño, tan pronto tuvo la moneda en sus manos corrió asustado, como sabiendo que había hecho algo malo, pero convenciéndose que era por otro bien mayor. En cuanto a Asenath, ella no dejaba de moverse, haciendo su mejor esfuerzo para librarse de ese ladrón y sus brazos que la tenían presa. Trató de gritar, pero esa mano apretujaba su boca.
—Basta, no es mucho lo que quiero —murmuró y volvió a aflojar el agarre para llegar a la joya de su collar—. Si no te resistes, solo tomaré esto y me iré sin hacerte daño.
Asenath frunció el ceño, nadie tomaría el collar de su madre. Aprovechando que el agarre era más suave ahora con la otra mano en su collar, pensó en deshacerse de la que estaba en su boca mordiendo. El ladrón gritó cuando ella lo mordió y la soltó. La mujer corrió, no sin antes darse la vuelta y mirar a su asaltante y recordarlo, sería necesario para describírselo a su tío.
Mientras corría, se dio la vuelta varías veces, mirando como aquel hombre iba detrás de ella. Pensó que él no se animaría en hacerle algo en un lugar con mucha gente, por lo que se dirigió al centro del bazar, con esperanza de encontrar a su tía y los demás. Vio a lo lejos a José, sabía que era él, no había manera de confundir entre tanta multitud su piel un poco más clara que la de los demás egipcios y su cabello castaño rojillo. Parecía que estaba buscando algo, tal vez a ella.
—¡José! —gritó pero otra mano la agarró por detrás, otra vez.
—Aquí estás, dejaste plantado a mi amigo —por aquel comentario ella pudo averiguar que no era el mismo de antes, pero si un conocido.
Antes de que pudiera pelear y alertar a alguien más, el hombre la pudo arrastrar a una columna apartada que nadie prestaba atención por estar pendientes en sus compras.
—Te dije que tenías que hacer esto en compañía —dijo el hombre que la arrastraba. Asenath vio al otro ladrón allí, jadeando de cansancio de tanto correr.
—Cierra la boca y sostenla bien —el ladrón agarró el collar y lo tiró de su cuello.
¡El collar de mi madre! Pensó la muchacha y volvió a resistirse, peleando como podía, e incluso mordiendo la mano de ese sujeto, pero era inútil, este ladrón era más resistente.
—Basta, te dije antes que no te resistieras —le dijo avanzando hasta ella, tan cerca que Asenath podía sentir su respiración sobre sus ojos—. Ahora quiero otra cosa de ti, como castigo.
La muchacha tembló y sus ojos empezaron a lagrimear, podía imaginar a que se refería, volvió a luchar con más fuerza.
—Te dije que no te resistas, será rápido —gritó el hombre y asestó un golpe en su mejilla. Ella se sintió estremecer, nunca antes había sido golpeada de forma tan fuerte, ni siquiera por sus padres cuando vivían—. Si sigues así, no terminaremos y te seguiré golpeando —murmuró dando otros puños, los cuales impactaron de tal modo en ella, que hizo a su peluca moverse de lugar.
—Creo que ya se calmó —murmuró el otro hombre que la sostenía cuando se percató que sus brazos no necesitaban usar tanta fuerza en ella—. Sabes, creo que debería ir yo primero, al menos a mi no… —Asenath sintió el agarre de sus músculos más flojo, como si el hombre empezara a flaquear. Se liberó de su captor, quien cayó al suelo. Ella se dio la vuelta para entender que había pasado.
—Dejen a la señorita y devuelvan su collar —habló José, su voz sonaba muy seria y hasta casi amenazadora. La mirada de sus ojos hizo que la muchacha tuviera por un momento miedo de su salvador, pero a la vez alivio.
Ahora el joven esclavo entendió el significado de su sueño. En cuanto oyó la voz de Asenath gritar su nombre de esa manera supo que estaba en peligro por dos grandes columnas, dos grandes hombres. José corrió hasta donde escuchó la voz, no sin antes agarrar una vara de hierro que se encontraba en el suelo de un puesto de venta, pidió permiso para llevársela y encontró a la joven en poco tiempo entre los dos ladrones. Le estaba agradecido a Dios porque sintió que de alguna forma lo guió hasta ahí lo más pronto posible, antes de que algo peor le ocurriera a ella.
El ladrón pareció por un momento alterado de la interrupción, pero luego relajó sus hombros y llevó una de sus manos a la cintura, José previó que tal vez ocultaba una daga.
—Te dejaré a la señorita, pero a cambio me llevo su collar.
—No hay trato, el collar es importante para ella.
—Entonces, quítamelo.
El ladrón sacó un cuchillo que lo abalanzó contra el esclavo. José lo esquivó a penas, nunca antes había luchado con otro ser humano, ni siquiera con sus hermanos, solo recordaba haber luchado con lobos, y eso le resultó muy difícil. En un rápido movimiento, golpeó su cara con la barra, pero no bastó para dejarlo inconsciente como al otro.
—¡Asenath, huye! —gritó a la nombrada inmóvil. Asenath temblaba en estado de conmoción por todo lo que estaba ocurriendo, pero no quería huir, no quería dejar a José solo con dos malhechores, sabía que el otro podía despertar pronto y José estaría indefenso. Al ver que no reaccionaba, el esclavo volvió a gritarle—. Prometo que te regresaré tu collar ¡Pero huye rápido!
No, ahora no le importaba su collar, ahora le importaba la seguridad de su esclavo, de su querido José. Pensó y algo se le ocurrió entonces.
José vio como la joven corría lejos y suspiró aliviado, ahora que ella estaba a salvo, podía ocuparse de ese imbécil que intentó herir a su ama.
El otro hombre notó la inexperiencia de José luchando y usó eso a su favor. Hizo dos cortes en rápidos movimientos, primero fue a su mejilla, luego a su pierna. El chico se estremeció, pero no se soltó de la barra, pensó que era como su padre con su bastón de pastor. Si él pudo luchar con su pobre bastón de madera contra una jauría de lobos, ¿Por qué él no?
—Eres muy lento, chiquillo —comentó el malhechor e hizo una herida profunda en su brazo derecho para lograr su cometido, que el joven soltara su única arma—. Oye, idiota, ya levántate y ayúdame —gritó al otro ladrón que yacía en el suelo y empezaba a moverse.
José tembló, estaba indefenso, frente a dos hombres, armados, y él con tres heridas, dos superficiales y una profunda. Podía huir en un momento de descuido, su misión era que Asenath estuviera a salvo, pero no podía dejar su collar, perteneció a su madre, por lo que era importante para ella.
—Ya que no te quieres rendir —dijo el ladrón asestando un golpe mucho más fuerte en su cara de los que había dado a Asenath. José se tambaleó y sintió sangre deslizarse por la esquina de su labio, se sorprendió por no desmayarse. Otros golpes lo recibieron, en su abdomen y más en su cara.
—Y eso que aún no sintió los míos —dijo el otro hombre levantándose y crujiendo sus nudillos.
Tal vez era mejor huir, tal vez. Pensó el esclavo percibiendo que su vista se nublaba. José bajó la cabeza mientras cerraba los ojos, esperando los puños en su mandíbula, pero en vez de eso, vio como ambos ladrones caían al suelo.
Asenath sostenía entre sus manos aquel cilindro dorado pesado que antes había discutido su tía por si era oro real.
—Kytzia tenía razón, esto es oro puro —comentó la chica jadeando y dejando que cayera de sus manos al piso.
El muchacho sonrió.
—Asenath, estás bien.
—No puedo decir lo mismo de ti —la joven notó el estado deplorable del esclavo, con cortes y más magulladuras.
—No te preocupes, tengo tu collar —el muchacho se tiró al suelo y buscó en un bolso que portaba el ladrón. Encontró el accesorio con otras piezas de joyería—. ¿Ves?
Asenath se arrodilló frente a él y lo abrazó. José apenas podía sentir que la muchacha lo tenía envuelto en sus brazos.
—Vámonos, estás muy herido. Le diré a la tía Zuleika y a Kytzia que terminamos las compras por hoy.
—No quiero arruinarles su día.
—Está bien, José, no me molesta. Ven, pasa tu brazo sobre mi hombro —el esclavo obedeció y Asenath lo ayudó a levantarse. Caminar fue una tarea dificultosa para ambos, aun así, ella no se apartó en ningún momento de él.
Después de devolver los objetos que usaron para defenderse, fueron hasta donde la tía Zuleika se encontraba con su doncella. Ambas se estremecieron cuando vieron el estado de ambos jóvenes, como si fueran gladiadores después de una sangrienta batalla. Luego de una rápida explicación, los cuatro volvieron a la casa.
Asenath llevó a José a una habitación apartada y pidió a una de sus doncellas que le trajera un cuenco de agua tibia y un paño. Tan pronto la doncella se lo trajo, ella no esperó a que ningún sirviente lo limpiara, ni que él mismo lo hiciera. Ella misma tomó el trabajo de pasar el paño por sus heridas. José se sintió extraño, ser limpiado por alguien de un rango superior, pero entonces recordó de nuevo; ella es Asenath, la chica que por alguna extraña razón se sentía atraída hacia él, un esclavo, y que él se veía en la obligación de no corresponder esos sentimientos.
Mientras pasaba en silencio el paño húmedo por la herida de su brazo, ella decidió hablar y cortar ese silencio incómodo.
—José, tú… muchas gracias —dijo haciendo una media sonrisa—. En serio, gracias. Peleaste por mi, hasta que me devolvieran mi collar.
—Era importante para ti —respondió en un tono indiferente, sin mirarla a los ojos.
José solo centró sus ojos en la tela que pasaba por su cara y músculos heridos. Él no debería ser tratado así y menos por uno de sus amos, tenía que recordar cuál era su lugar allí. Antes que el paño volviera a su cara, él tomó la muñeca de Asenath y le quitó el pedazo de tela.
—Usted no debería estar haciendo esto —volvió a hablar en el mismo tono impasible y remojó el paño otra vez, limpiando la sangre de sus heridas. Luego, lo acercó a un moretón de la cara de Asenath. La joven entendió sus intenciones y apartó su cara de la tela.
—Déjalo, yo puedo hacerlo sola.
—Es mi responsabilidad cuidarla —replicó el esclavo e intentó volver a limpiar su herida.
—¿Solo me protegiste por eso? Porque soy tu responsabilidad ¿Verdad?
Ante la pregunta incómoda de su ama, José decidió desviar la conversación.
—Tú pudiste huir y volviste a defenderme, pudiste exponerte a un peligro mayor.
—Un esclavo es también responsabilidad de su amo —respondió cortante—. Tú también eres mi responsabilidad.
—Ya lo sé.
El cananeo intentó limpiar otra vez la herida de su joven ama, pero ella una vez más lo impidió. Tomó su mano que sostenía el paño y la apretó. Ante esta acción, el joven la miró por primera vez a los ojos, sin encubrir su sorpresa y molestia de la obstinación de Asenath.
—Dime José, ¿Nada más que eso soy para ti? ¿Tu responsabilidad?
Mirarla a los ojos fue su perdición, no debió hacer eso, la pudo evitar todo el día y justo ahora, que estaba tan cerca de él, la encaró ¡Rayos! ¿Por qué ella tenía que ser tan linda y tan insistente? Si sabía que su relación estaría mal, sería incorrecta.
—No sé cómo responder a esa pregunta —susurró sin apartarse de sus orbes y sin darse cuenta que su cara se acercaba cada vez más y más a ellos.
¿Por qué Asenath? ¿Por qué no fue otra mujer de las que querría su padre ver como esposa de él? Incluso era mejor una esclava. Pero ella lo amaba y él solo se negaba aceptarlo porque le era inconveniente, aunque se auto convenciera una y otra vez que lo único que sentía por Asenath era una buena amistad y veneración de esclavo a amo.
—José, quiero verte feliz.
Él también quería verla feliz, era su responsabilidad verla feliz. Sin embargo, si él acataba esa orden (que sonaba más como un pedido), incumpliría su deber y eso sería ser falta a su responsabilidad. Aun así, no pensó en nada de eso mientras más se acercaba a sus labios, no pensó en las consecuencias que eso podría traerle a él o ella, no pensó en Potifar, en sus hermanos, en sus padres o sus tías, solo pensó en Asenath y lo linda que seguía viéndose, incluso con algunos moretones y su peluca desorganizada.
Tan cerca estaban sus labios, se sintió adormecido e hipnotizado.
—¡Asenath! ¡Asenath! —los gritos del pasillo de Kytzia provocó que ambos jóvenes se separaran de una forma que casi que chocaran sus cabezas, pero a tiempo para que nadie sospechara de su acto interrumpido—. Asenath, al fin te encuentro. Salihah me dijo que te encontraría aquí, pero no se lo creí. Te estuve buscando por casi toda la casa.
—¿Qué pasa, Kytzia? —preguntó la mujer volteando a su amiga y doncella, ella no notó el rubor en la cara de la chica o su tono irritado, ni la mirada apenada del esclavo.
—El señor Potifar quiere que le describas la cara de los sujetos que te lastimaron a ti y a José.
—Ahora voy.
La joven rezongó y se dirigió afuera con su doncella, antes de salir, miró por un rato a su esclavo, quien se pasó el paño por sus heridas más afectadas y se lamentó no poder hacer nada más por él.
José limpió todas sus heridas y se pasó con un cuenco medicinal las que estaban en riesgo de infectarse. Mientras volvía con su trabajo, solo podía pensar en Judá, a quien más admiró de sus hermanos y quien más respeto tenía. En su lugar ¿Qué hubiera hecho? Era más que obvio que hubiera hecho el más responsable de sus hermanos.
Él no antepondría sus sentimientos a su responsabilidad.
