Samwell Tarly abrió la puerta sin comprender que podrían querer de él a aquellas horas. Si hubiera sido un toque de cuerno habría podido comprender que los caminantes volvían a atacar. Pero que alguien llamase discretamente a su alcoba significaba que era una llamada personal. A lo mejor solo era Jon para preguntarle qué tal Gilly y el pequeño, pero eso habría sido muy impropio de él. Aunque bastante menos incómodo de la realidad que se le presento de frente. Un muchacho algo más alto que él y con el cabello rojo le miro desde la jamba con expresión de sorpresa. Y él imito la mueca.
- Lo..oord Stark. - Atino a decir después de boquear como un pez. - ¿Qué puedo hacer por usted? – A lo mejor fue porque aún se encontraba desorientado con todo ese lío de las resurrecciones, pero lo cierto era que el señor de la casa estaba aún más desubicado que el guardián del muro.
- Os pido perdón. Estaba buscando a Jon. – Y el otro sonrió al comprender la situación.
- Oh, me temo que Jon me cedió la habitación para que durmiese con mi familia. – Se aclaro la garganta un par de veces y después continuo. – Fue muy amable por su parte, aunque bueno Jon … quiero decir Lord Tar … Lord Nieve siempre es muy amable.
- Si, siempre lo ha sido. – Le corto con amabilidad. - ¿Sabéis dónde puedo encontrarle?
- Bueno, no estoy seguro de donde está la habitación. Pero le escuche a Bran llamarle la atención por haber escogido, la, bueno, vuestra habitación. Bran le dijo que Jon debería dormir en la habitación de vuestros padres, pero que se había negado a sacar a Sansa de allí y que había acabado durmiendo en la habitación de Lord Robert Stark. Y bueno, ese sois vos según creo.
Robb agradeció la información y se despidió con rapidez para marcharse en busca del hombre al que siempre había considerado un hermano. Pero el guardián del muro salió tras él llamándole a media voz y fue retenido durante unos interminables segundos.
- Se que no es asunto mío, pero Jon os quería muchísimo. – La puerta de la habitación ha quedado bien cerrada y Sam parece querer acompañarle en un pequeño paseo. Algo que Robb no está seguro de querer agradecer. – Se que no nos conocemos y que no tenéis motivos para fiaros de mí, pero debo deciros que la noticia de vuestra muerte le afecto muchísimo. Fue la segunda vez que se preguntó si no debería marcharse del muro. Tuvimos que traerle a medio camino cuando vuestro padre fue asesinado. Él quería volver con su familia, ayudaros en la guerra que se avecinaba, pero le habríais tenido que matar por traidor y no podíamos permitirlo.
Sam guarda un momento de silencio y Robbert le estudia con más atención. Es tímido y a simple vista parece un auténtico inútil, pero si duerme en la antigua habitación de Jon es porque éste ha visto algo maravilloso en él. Y conociendo a su hermano tiene que ser una persona increíble para haberse ganado su respeto.
- Ha cambiado mucho. – Sentencia el hombre pelirrojo y su espalda parece erguirse dándole un aspecto aún más de noble. - Me cuesta mirarle a la cara y no poder reconocer cada una de sus expresiones. Antaño podíamos entendernos sin mirarnos y ahora parece que hay un velo entre nosotros que difumina la realidad que observamos. Ni siquiera ha sido capaz de decirme cuantos años hace que yo… - No se siente con fuerzas para acabar la frase.
- Cinco años mi señor. – Contesta el otro sin tratar de endulzarlo. – Se que será una información impactante, pero creo que tenéis derecho a saberlo.
- Vaya. – Se ahoga en los datos recibidos y toma un par de veces aire para evitar llorar. – Si que ha pasado el tiempo.
- Pero os puedo asegurar que no habéis abandonado su mente ni un solo instante. – Y el pelirrojo asiente.
- Él dice que murió. – Comenta sin saber a quién más poder preguntárselo.
- Sí. – Responde mirando al suelo. – Fue asesinado por sus propios hombres. Dejo que los salvajes atravesasen las puertas del muro. Y se alío con ellos para poder sobrevivir al ejército de los muertos, pero no todos estuvieron de acuerdo. Lo apuñalaron a traición, le dejaron desangrarse en el patio. Aunque si queréis información de primera mano deberíais hablar con Melissandre o Ser Davos, ellos estuvieron allí con él, cuando … despertó.
Robb siente que el piso bajo sus pies es incapaz de sostenerlo. Morir él mismo traicionado por sus propios hombres ya fue suficientemente malo, pero saber que su propio hermano falleció en idénticas circunstancias hace que se plantee la existencia de una maldición familiar. Quiere darle las gracias a Sam por todo lo que ha contado. Pero sólo es capaz de apretarle ligeramente el brazo y salir de allí tambaleándose. Pero su cabeza sigue dándole vueltas al hecho de que han sido cinco largos años sin él. Demasiados momentos en los que no estuvo allí para proteger a quienes quería y que sufrieron cruelmente por culpa de su deshonor. Enfadado consigo mismo se marcha de aquel lugar esperando poder despejar su cabeza.
A varios metros Arya deja que las sombras del pasillo la engullan por completo. Había dado un gran desvío para llegar a la bodega, que esos días compartía con Gendry a modo de habitación. Podría haberse quedado en la suya, pero a menudo los recuerdos resultaban demasiado opresivos como para obligarla a escapar de allí antes de ahogarse en ellos. Y por desgracia en las últimas horas esos recuerdos se habían duplicado. Robb era como un eco del pasado que se alzaba frente sus ojos para recordarla todo aquello que había sido y peor aun lo que podía haber sido en realidad.
La boda roja acabó con sus ilusiones y las vidas de sus familiares y en su cabeza no dejaba de preguntarse si podría a ver sido diferente. Si hubiese atravesado aquellas puertas, a lo mejor su madre aún estaría viva y su hermano seguiría siendo el rey en el Norte. O a lo peor los tres habrían caído traicionados por el maldito Lord Frey y el blasón de su casa no habría sido destruido por ella, así como su apellido. Ella vio caer a los suyos y les devolvió el favor años después. Sin embargo, mirando ahora la espalda de Robb partir en busca de algo que ella no puede darle hace que se le parta el alma. Su hermano necesitaba una hermana, un mano amiga que le aconsejase, pero ahora ella no se encontraba con ánimo como para atenderle. Con una sensación de mareo salpicando su ser bufa para retirarse de allí procurando no hacer ruido.
Gendry la vio entrar con la mirada perdida y gesto cansado. La había perdido tan sólo unas horas antes, pero ahora estaba allí de pie, de nuevo frente a él, y sabiendo como dolería su ausencia, no estaba dispuesto a dejarla marchar de nuevo. Se acerco hasta ella y la abrazo por la espalda, apretando su cabeza contra la castaña, aspirando el aroma que aún era el de ella, aunque el humo y la leña parecían impregnados en su sudor.
- Necesito un baño. - Le hizo saber. Y él sonrió fingiendo olisquearla como un perro.
- Como desee mi señora. - La broma la arranco una sonrisa, pero más aún lo hizo la tina de agua caliente que encontró al fondo de la habitación.
- Y por razones como esta me enamore de ti. - Dice las. Palabras sin pensar y el sonrojo no tarda en colorear sus mejillas. - Quiero decir… - Trata de buscar una excusa, encontrar algo que la ayude a salir del apuro, pero como siempre vuelve a ser Gendry quien la salva de misma.
Son sus labios dulces los que la besan arrancándola el aliento y haciéndola sentir viva de verdad. Sus manos que desciende de su cintura a su cadera y vuelven a subir hasta sus pechos enredándose entre los cordones de la camisa sucia y desgastada. Es entonces cuando le siente tirar de ellos y arrancarla la ropa sin vergüenza. Desnudándola no solo el cuerpo si no un alma que creyó haber perdido años atrás. Y es que cuando él la que toca sus defensas ceden automáticamente y le permite hacer lo que desee, porque sabe que jamás la dañará. Por eso no ve llegar la traición.
Es más alto, más fuerte y manejarla es casi sencillo para él. Tirarla al agua no le lleva más que un segundo, pero parar las carcajadas es más difícil y más cuando ella le mira con total indignación.
- Lo siento, pero lo necesitabas, estabas demasiado tensa. – Ríe.
- Eres lo peor. - Grita ella chapoteando en un intento de empaparme, como si volviesen a ser dos niños pequeños huyendo de Desembarco del rey. - Me haré una funda para cuchillos con tu piel. - Trata de asustarle, pero la sonrisa de él permanece inalterable.
- Con la de mi prepucio te sobrará, ¿qué harás con el resto? - Y así como siempre la descoloca.
El beso en la nariz resulta redundante, pero ella se deja mimar. Aunque no por ello deja que libre del par de golpes que le da en venganza y él aprovecha que ya está húmedo para quitarse la ropa y colarse en su bañera.
- Creía te había perdido. - Asegura él y su voz suena asustada y extraña.
- Yo también. - Se ve obligada a admitir. - Pero por suerte aún es pronto.
Girarse, besarle, empaparle es fácil, lo difícil resulta ser el separarse al acabar, el no pedirle que pare, decirle que no quiere sentirle de nuevo en su interior y por eso se calla y le anima a continuar. Primer por medio de una sonrisa coqueta y después con un beso aún más profundo que los anteriores. Es ahí cuando puede estar segura de que Gendry no va a echarse atrás. Puede que la primera vez se hiciera raro entre los dos, él que la había visto crecer y cambiar de niña a mujer había guardado en su pecho la duda de la indecencia. Y así se lo había hecho saber al despertar, pero para ella toda esa noche no había sido ningún error. Y el haber estado a punto de morir se lo había confirmado.
Era posible que la supervivencia fuese imposible y por eso quería llevarse de allí un último recuerdo feliz. No quiso llevarse al sueño que la muerte le ofrecía el recuerdo de las risas de su familia perdida, porque se mezclaban con los alaridos de su madre falleciendo y con el sonido de la espada que decapitó a su progenitor. Quiso formar su propio recuerdo feliz, uno que la había acompañado más allá del mar a las tierras que necesito descubrir. Gendry siempre fue ese punto de apoyo entre su pasado y su futuro. Cuando no sabía quien era aún podía confiar en las palabras que le dijo una vez cuando pronuncio frente a él el nombre de una niña norteña perdida y sin amigos. Una niña que se enamoro con una pasión infantil y unilateral. O al menos eso creyó hasta que le volvió a ver y observo aquellos ojos azules, que la habían acompañado en las noches oscuras, oscurecerse al mirarla. Y eso fue lo que la determinó. Porque el miedo hiere más que las espadas, le dijeron una vez y ella no pensaba ser una cobarde en cuanto al placer físico se refería. La lengua del muchacho acariciando con suavidad para después morderlo con picardía la arranco el último vestigio de cordura tras ello su mente solo pudo dilucidar un minúsculo pensamiento. Que Ser Davos no fuese a buscarla aquella noche porque iba a acabar traumatizado.
Jon está enfadado como hace años que no lo hacía. Como un huargo salvaje encerrado en una perrera y por eso su primer pensamiento es huir. Correr hacía el bosque de los antiguos dioses y darse puñetazos contra el Arcino, pero no lo hace porque sería algo estúpido y doloroso. Y ya está harto de hacer cosas estúpidas. Por eso baja a la bodega para cumplir con su segunda opción, emborracharse hasta el alba y morir luchando, aún borracho, sin necesidad de sufrir una resaca. Pero Ser Davos le alcanza la mano antes de que éste pueda si quiera a rozar el pomo. Pálido como un muerto le ve tratar de articular las palabras de disculparían su acción.
- Yo no lo haría mi señor. – Habla apresuradamente y al ver su cara de terror Jon podría jurar que es un caminante blanco lo que se haya encerrado allí abajo. Por suerte para ambos la voz de Arya gritando obscenamente el nombre del herrero les hace retroceder a ambos sin pronunciar palabra.
No hay mucho ni nada en realidad que decir. La pequeña hermana ha crecido y ha demostrado ser una mujer capaz de acabar ella sol con un ejército. Decirla lo que debe hacer o dejar de hacer con su cuerpo sería algo ridículo y grotesco. Pero aun así Jon no puede evitar fruncir el entrecejo preguntándose porque ha tenido que crecer tan rápido. Verla luchar contra caminantes blancos no le ha sorprendido tanto como saber que tiene un entendimiento con el bastardo del rey Baratheon. Aunque en cierto aspecto tampoco le sorprende realmente, solo ella sería capaz de recorrer medio mundo para encontrarse con aquellos que más quiere.
Resoplando y algo menos enfadado hace una seña a Davos para que le siga. Quedarse allí sería no respetar la intimidad de la pareja y está más que seguro de que si Arya se entera le cortará su hombría sin pestañear. Por eso se lleva al otro hombre de allí, por eso mancha con tierrilla del suelo la puerta, tal y como lo hacía con Robb cuando ambos eran muchachos y el legítimo heredero pasaba la noche abrazado a los muslos de una criada. Es con ese recuerdo cuando decide que la idea de emborracharse y perder la noción de sí mismo puede llevarse a cabo en cualquier otro lugar. Como cerca de donde este Tormund, porque ese maldito pelirrojo siempre sabe dónde queda alcohol escondido. Aunque no tiene por que ser digerible. Con un movimiento mano se dispone a encabezar la marcha presidiendo a un pobre Ser Davos que no está seguro de querer volver a buscar a nadie en aquellas malditas estancias.
