Sansa no quiere estar allí. En esa habitación que huele a leña y enfermedad, pero la bruja roja la ha llamado y ella se ha presentado. Puede que no crea en ese señor de la luz del que la mujer tanto habla. Pero sí que cree en lo que ha visto. Han sido tres de sus hermanos los que el fuego la ha devuelto y por ello la da el beneficio de la duda. Pero todo resulta ser diferente a lo esperado. La mujer tendida en la cama ya no es una doncella joven y agraciada. Es una anciana de piel marchita y cabello blanquecino, que la mirada divertida al entrar.

- El señor de la luz ya no me encuentra digna de su causa. - Confiesa sutilmente avergonzada. - Y es normal. He fallado demasiadas veces al interpretar sus signos. - Sansa se sienta en un taburete cercano y la aprieta la mano en señal de consuelo.

Ninguna dice nada. Ninguna lo niega. La mujer norteña guarda silencio por respeto a todo aquello que le ha sido devuelto, pero aún no ha alcanzado el nivel de cinismo necesario para mentir y decir que sus faltas serán perdonada. Aún, recuerda la desesperación de Sir Davos ante lo que resultó ser la hoguera donde quemaron a su pequeña princesa. Aún recuerda a ese hombre sollozando a gritos, destrozado, cavando con sus propias manos en la tierra abandonada hasta dar con los huesos de la pequeña. Su mente vaga en la memoria y se encuentra así misma de nuevo allí, viendo como Jon y fantasma le ayudaron a cavar un agujero donde enterrarla y ella misma cubriéndola con una capa ribeteada de oro.

- Estoy segura de que vuestro Dios volverá. - La dice después de lo que para ella ha sido una eternidad.

- Nunca se ha ido. - Contesta la otra. - Solo me ha abandonado a mí. Pero todavía está aquí preocupándose por el Norte. Veis ese collar. - Dice con un ademán de cabeza y Sansa se lo acerca. - Me fue entregado hace mucho tiempo. Juré servir sus designios hasta mi muerte. Y heme aquí hoy. Ahora os pertenece.

- Os lo agradezco mi señora, pero, aunque he visto su poder yo no creo en él. - Titubea.

- Ni lo necesitáis mi señora. El cree en vos, y eso es más que suficiente. No quiere vuestra vida ni vuestra fe. Lo he visto en las llamas. Vos vivís para servir al norte. Yo lo hice para servirle a él y sin embargo el desea serviros a vos. - Con gesto agotado la cierra las manos sobre el collar. - No os lo pongáis aún si no lo deseáis, pero llevado junto a vos en todo momento ya que no sabéis cuando, la manada os necesitará.

Sansa abandonó la habitación desasosegada. La mujer roja, esa que parecía indestructible había dado su último suspiro y al hacerlo su cuerpo se había convertido en cenizas. Tambaleándose se encontró con Theon que la esperaba a mitad del pasillo y le mostró su herencia. Al instante ambos supieron que las cosas se iban a poner peor.

Jon encontró a Tormund como siempre lo había hecho, siguiendo el olor del alcohol y el ruido de las risas. El pelirrojo le sonrió nada más verle y le obligó a tomar un trago de su cuerno. En cualquier otro momento Jon se habría negado, pero ahora, dadas las circunstancias, vacío la copa de un trago. No había mucho más que hacer, la guerra no había acabado y los muertos seguían esperándolos tras los muros. Miro a la sala con interés y vio un sin número de rostros conocidos y otros que casi no recordaba haber visto. Muchos de ellos le observaban descaradamente y otros de manera esquiva, pero todos estaban pendientes de cada uno de sus movimientos, aunque no se atrevieran a entablar conversación con él.

- Tienes mala cara cuervo. - Le confesó el pelirrojo después de un rato. - Va todo bien?

- Los muertos nos acechan, mi hermano ha vuelto de entre ellos, ¿por dónde empiezo? - El pelirrojo río perruna mente y le miró divertido.

- También ha vuelto tu hermana y no te oigo quejarte de ello.

- Cierto. - Admitió con pesar. - Supongo que no me había dado tiempo a procesar que Arya se había ido. - Mintió encogiéndose de hombros.

- O que tienes miedo a que ahora que el mayor ha regresado te quite todo lo que has conseguido. - Replicó el otro campechanamente y Jon le miró asombrado.

- No es miedo. Aunque tampoco se cómo definirlo. Estaba muerto. Llevaba muerto un montón de años porque yo no fui capaz de romper mis votos y de huir para luchar a su lado.

- Así que piensas que todo eso fue culpa tuya. - Le dio un trago a su cuerno y sonrió. - Supongo que entonces que él este ahora vivo también lo es.

- No diga tonterías. – Refunfuñó.

- No lo hago. Es muy fácil piénsalo. - Tu viniste al otro lado del muro, nos dejaste pasar. Nos protegiste. Tú has montado este… - Miro para ambos lados. - ¿Ejército? Así que las vidas que se han salvado han sido por tu culpa. Así que deja de hacer el tonto y ve a ver a tu hermano. O mejor aún la reina dragón. ¡Y fóllatela! - Grito cuando Jon empezó a alejarse. - Os vendría bien a los dos. - Su susurro fue opacado por una suave risa. - ¿Se puede saber que te hace tanta gracia? - Exigió saber girándose para encarar al hombre que hizo un mohín al mirarle a la cara.

- Nada mi señor. - Mintió el hombre a su lado.

- Y una mierda. – Su ceño fruncido se suavizo al reconocerle. - Te conozco eres el crío que va con la mujerona. ¿Dónde está ella? - Pregunto acicalándose el pelo y mirando a todos lados.

- Sir Jaimie la pidió hablar, en privado. Así que imagino que estarán en algún punto solitario de la muralla. - Dejo caer con desinterés.

- Del sur vino para robármela. Ya lo decía mi madre, nada bueno viene del sur. - Gimió. - Debería haberle cortado las pelotas.

- Y se habría fabricado unas de oro. - Contestó el muchacho encogiéndose de hombros.

- Bien pensado aún estoy a tiempo de cortárselas. - El escudero le observó divertido. - Y tú, ¿por qué estás tan tranquilo? Ella lloró tu pérdida. Creí que erais amantes.

- Mi señora está casada con su trabajo. Es cierto que compartimos unas cuantas noches. Pero me dejó muy claro que no era yo con quien deseaba formalizarse.

- ¡Qué mujer! - Exclamó el pelirrojo extasiado. - Si fuese mía la haría sentir como una diosa cada noche.

- Pero no lo es. - Le recordó y se llenó de nuevo la copa.

- Cierto. Habrá que conformarse con lo que haya. - Dijo lanzándole una mirada hambrienta, pero el muchacho en lugar de amedrentarse sacudió los párpados coquetamente. - En el verdadero norte el frío es intenso y no tenemos tiempo para tonterías. Lo importante es el calor. ¿Me explicó?

- Tenía 12 años cuando me armaron escudero. En la guerra no hay mujeres mi señor. Solo puedes lamentarte o aprender de ello para que la siguiente vez no sea tan doloroso. A veces incluso puedes conocer a alguien que te de placer.

- Lamento oírlo.

- Y yo decirlo. - Bebió encogiéndose de hombros.

- Quiero follar. - La voz del pelirrojo sonó cascada y el castaño sonrió divertido.

- Y yo. Pienso metérosla muy fuerte a ver si me seguís el ritmo. - Dijo seductoramente.

- Voy a agotarte y después te joderé hasta correrme. - Chocaron las copas y las vaciaron con prisa. No serían amigos, ni amantes. Pero esa noche ambos pensaban pasar un buen rato.

Jon no estaba seguro de porqué había salido a la noche al abrigo de la oscuridad y el frío. Si lo pensaba con perspectiva quizá en parte fuese para no escuchar más consejos de Tormund, o quizás para buscar a Danny. Aunque lo más probable fuera para evitar tener que enfrentarse a los recuerdos que traía consigo la memoria de Robb. Había demasiadas heridas abiertas entre los dos.

Al mirar a la plaza fortificada no era el cuerpo magullado de Ramsey lo que veía, ni siquiera a Tyrion recordándole que todo enano era bastado a ojos de su padre. Era a Robb y a su cabello rojizo adentrándose en su visión cuando ensillaba el caballo dispuesto a partir hacía el muro. Si hubiera sabido todo lo que se le venía encima probablemente se habría despedido incluso de Lady Catelyn.

- Huyendo de la fiesta Lord Nieve. - La fórmula, aunque formal, quedó cómica en los labios de Daennerys. Y Jon no pudo evitar que se le escapase una sonrisa.

Podría decirle que la quería, que estaba enamorado de ella, pero que no podía haber nada lícito en su unión. Que eran tía y sobrino y que él tenía demasiados tabúes morales a los que enfrentarse. Por todo ello prefirió permanecer en silencio y hacer aquello con lo que había soñado tanto tiempo. Los labios de Danny sabían a vino y a sorpresa. No necesitaba mirarla para saber que tenía los ojos abiertos como platos, el cuerpo rígido y los brazos caídos a los lados sin saber qué hacer con ellos. La había sorprendido y eso le encantó.

- Es probable que mañana muramos. - Dijo él.

- Pues duerme hoy conmigo. – Pidió ella y el suspiro.

- No estaría bien. Soy el hijo de tu hermano. – Contesto por necesidad de recordárselo a sí mismo.

- Un hermano al que no conocí, y un padre del que nada sabes. Creo que los dioses nos perdonarán. - Y él sonrió con pesar.

- No es eso Danny, es que… Ahora mismo no se quien se supone que soy. ¿Soy Aegon Targaryan? ¿Tu rival por el trono de hierro? ¿Soy Jon Nieve, el hijo bastardo de Ned Stark? ¿El guardián del Norte? ¿Tu siervo? No sé…. - Un beso callo su diatriba y le cortó el aliento.

- Tu nunca sabes nada. - Le contesto la reina Dragón volviendo a devorar sus labios. Y Jon se dejó llevar por la pasión que le envolvía.

Robb Stark se resguardo contra la Jamba de la puerta. Desde su posición podía observar la escena sin interrumpir. A simple vista sólo parecían dos chiquillos intentando aferrarse a la vida antes de que la muerte les reclamase, pero vistos de cerca se podían apreciar los tenues matices que ofrecían. Eran una reina sin trono arrojada a los brazos de un hombre justo y un hombre valiente atemorizado por sus propios sentimientos. Y en ese instante de comprensión sus ojos azules se tornaron aún más brillantes y la envidia se apoderó de su corazón. Porque era él y no ellos, quien lo había perdido todo.