~ Autora: Kuroiku.

~ AkiHaru (Akihiko x Haruki).

~ N/A: Para escribir esta historia me he inspirado en la canción "Simplemente pasan", de Morat. Si te ha gustado y quieres fangirlear sobre estos dos seres de luz, recuerda que un bonito review me haría muy -pero que muy- feliz. ¡Espero que disfrutes con la lectura!


Haruki Nakayama era un joven de dieciocho años recién llegado a la ciudad, de cabello color castaño y una llamativa mirada color avellana conjugada a la perfección con unos rasgos que destilaban amabilidad con un simple vistazo a su rostro. A pesar de que abandonar su pequeño pueblo natal no había sido una decisión fácil de tomar, la sensación de desplegar las alas hacia su futuro le proporcionó una felicidad que no apagaba ni siquiera aquel tugurio en el que debía pasar las madrugadas para poder pagar el alquiler.

El local era bastante angosto, con paredes llenas de pósteres de viejas glorias que no reconocía, una música demasiado alta para su gusto y un par de focos casi fundidos que apenas conseguían disipar la oscuridad del entorno. Lo cierto era que cada noche salía de allí con dolor de cabeza, pero el sueldo para alguien recién independizado era una necesidad a la que no podía renunciar.

Una noche cualquiera, mientras limpiaba un vaso que había dejado de brillar hacía sus buenos años, captó su atención un recién llegado de bastante altura, espalda ancha y cabellera rubia. Supo que era él, el mismo chico que algún que otro jueves solía dejar transcurrir las horas entre copa y copa mientras movía levemente la cabeza de forma discreta al ritmo de la canción de turno que estuviera sonando en ese instante.

Sin embargo, a pesar de que lo había visto con asiduidad y solía sentarse a escasos metros de la zona que ocupaba tras la barra, nunca habían conversado más allá de alguna palabra suelta relacionada con la consumición solicitada. No era la primera vez que echaba un vistazo de soslayo a aquella alma que buscaba ahogar sus penas en un whiskey con hielo tras otro, preguntándose si acudiría por costumbre al mismo bar o su presencia allí era fruto de la casualidad. Tal vez viviera cerca, quién sabe. Lo que sí tenía claro es que a él se le ocurrían decenas de sitios mejores donde pasar el rato.

Nunca lo había visto con total nitidez debido a la penumbra del entorno, pero había logrado distinguir algún que otro rasgo superficial junto a un par de piercings adornando su oreja izquierda. Esa noche transcurrió como cualquier otra, con una única salvedad: cuando anunció a la clientela que en unos minutos echaría el cierre para empezar a recoger, el otro chico continuó estático en el taburete que ocupaba.

- ¿Puedo quedarme un rato más? -preguntó, de imprevisto-. No tengo a donde ir esta noche y hace algo de frío como para dormir en la calle. Puedo echarte una mano con lo que tengas que hacer, no me importa.

El inesperado discurso, en conjunto con la expresión lastimera de su rostro, hicieron que Haruki terminase aceptando la propuesta. Aprovechando su presencia allí le encargó un par de tareas sencillas mientras él hacía inventario de las bebidas, dejando transcurrir el tiempo en una ausencia de palabras que se tornaba algo incómoda teniendo en cuenta que estaban solos y apenas se conocían de vista.

- No encajas en este sitio -escuchó de pronto a su espalda-. Tienes presencia como para trabajar en otro lado con más caché, uno de esos finos que sirven café de filtro.

- Quizás algún día me veas en uno.

El silencio volvió a imponerse entre los dos mientras las agujas del reloj seguían su curso y, cuando la lista de los quehaceres fue reduciéndose hasta acabar con todos, abandonaron el local para entregarse de lleno a la brisa fresca de aquella madrugada de verano. Para incredulidad de Haruki, en el momento de separar sus pasos y sin ningún tipo de tanteo previo se encontró de bruces con el ofrecimiento de volver acompañado a casa para ver el amanecer envueltos entre las sábanas.

- Te lo debo, después de todo -dijo, casi en un murmullo-. Lo peor que puede pasar es que nos guste y queramos repetir en otro momento, ¿no?

Haruki se limitó a esbozar una pequeña sonrisa nerviosa. Por primera vez en todo ese tiempo, pareció fijarse en el muchacho que tenía frente a él. Intuía que era atractivo y que tenía los ojos de un color similar a la esmeralda, pero la poca nitidez del callejón hizo que no pudiera distinguir algo con exactitud.

No me debes nada -replicó-. Me ha gustado no quedarme solo hasta el fin del turno. Si vuelves a no tener donde pasar la noche, esta es tu casa.

El castaño lo vio marcharse tras una escueta despedida y, mientras también encaminaba su andar rumbo a su pequeño piso, cayó en la cuenta de que no se habían dicho ni siquiera cómo se llamaban. Nunca tuvo la oportunidad de hacerlo, porque el joven de cabello claro no regresó.

Haruki lo atribuyó a que tal vez se sentía avergonzado por el rechazo a tan repentina propuesta. O quizás había encontrado otro oasis en medio de su desesperación. Como fuera, aunque al principio alzaba la vista por inercia cuando la puerta se abría, pronto su mente se acostumbró a la idea de que no era él. Cuando llegó el otoño, el recuerdo de aquel chico se había disipado por completo.

Cuatro años más tarde, en la azotea de uno de los edificios que conformaban el campus universitario, escucharía una especie de discusión bastante alterada proveniente del aparcamiento. Observaría la escena con curiosidad y, al inhalar el humo del cigarrillo que tenía entre los labios, su respiración se congelaría cuando su mirada color avellana chocara de lleno con unos faros esmeralda que lo escrutaba sin disimulo desde el suelo.

Haruki Nakayama no reconocería al chico solitario del bar, el de espalda ancha y expresión lastimera que buscaba un sitio con desesperación para no dormir al raso. De igual forma, Akihiko Kaji nunca sabría que su compañero de banda era la primera persona que lo acogió por unas horas sin hacer preguntas ni aceptar el pago que todos sus salvadores exigían a cambio.

Ambos ignorarían que su primer encuentro no se había producido en aquella monótona clase sino antes, un jueves cualquiera en un local nocturno aleatorio de música estridente y escasa luminosidad. Y, desde luego, no serían conscientes de que esa mañana de primavera más que conocerse, se habían reencontrado.

Porque cuando las cosas buenas tienen que pasar, simplemente pasan.


Muchas gracias por llegar hasta aquí. ¡Espero que nos leamos de nuevo muy pronto!

~ Esta historia fue publicada el 12/08/2021.