Disclaimer: Los personajes de Shingeki no Kyojin no me pertenecen.
Advertencias: CRACKFIC. SLASH/¿Lemon? ¿Fluff? ¿Ooc? ¿Humor? No sé qué me fumé para sacar esto, fue tan bueno que no recuerdo nadita. Pero, en serio, lean bajo su criterio.
Resumen: Levi es un Homo Sapiens prehistórico de baja estatura que vive solo en una cueva que mantiene inmaculadamente limpia. Eren es un no-evolucionado Neandertal que invade su cueva durante una tormenta, es ruidoso, asustadizo, desordenado y mastica con la boca abierta. Pero, la temperatura comienza a bajar y no tienen más que el calor del otro para entibiarse.
Canciones (recomendado escuchar): 18 (1d), Sunflower (Harry Styles), I Want to Write You a Song (1d)
Aclaraciones (NO ES NECESARIO LEER, SI QUIERES SIGUE BAJANDO): Cuando lo escribí NO investigué nada referente a la prehistoria y la evolución del hombre, y sinceramente no me acordaba nadita de la escuela. Sin embargo, tras tenerlo casi listo, decidí informarme un poco y lo encontré mediana y suficientemente concordante para ser un fanfic (lmao xd). Se ubica históricamente en alguna parte del Pleistoceno (o Paleolítico) en la que ya se había descubierto el fuego, la caza, la recolecta de frutas, los vestidos, la tala, etc.
Descubrí en la página de National Geographic que los Neandertales no eran unos salvajes, que fueron los primeros artistas, eran cazadores especializados, enterraban a sus muertos y cuidaban a los enfermos. En Cienciaplus, leí que los Homo Sapiens Sapiens y los Neandertales probablemente interactuaron entre sí (aunque solo existieron juntos durante un milenio) y mezclaron las razas.
Vale, con lo del lenguaje sí me mamé, pero tómenlo con humor. Xd
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ONE SHOT: LEVI SAPIENS, NEAERENTAL
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−Grr, unga, tatakae, grr.
Un Neandertal de cabello oscuro largo y rostro velludo estaba gimiendo aparentemente de frío en una de las esquinas de la cueva, sentado en posición fetal abrazándose las rodillas, muy desnudo. Sus dientes castañeaban y todo el cuerpo bronceado se estremecía. Estaba tirado sobre una fina piel de leopardo que se usó como alfombra y que Levi tuvo que literalmente sangrar para conseguir. Por tanto, el Homo Sapiens de tez clara enloqueció al descubrir en su vivienda aquel curtido trasero ensuciando su decoración. Y peor, completamente mojado.
Igual de empapado por la repentina tormenta que sobrevino mientras cazaba, el Homo Sapiens Levi miró al intruso con frialdad unos segundos, antes de estrellarlo mediante una patada voladora contra la roca. ¿Quién se creía ese individuo no-evolucionado para invadir SU propiedad? De paso, era más alto y sólo lo enfurecía más. Estaba por sacarle los dientes a puñetazos, cuando
El muchacho –porque no debía tener más que unos diecisiete, quizá menos– lo miraba aterrorizado entre las hebras de cabello mojado que tapaban su rostro. El agua había enjuagado su cara, así que la suciedad resbalaba por su cuello. Tenía unos ojos increíblemente grandes, abiertos por el terror, de un color que parecía esmeralda bajo la tenue iluminación del fuego. No, eran de varios matices, de los cuales no podía identificar su totalidad. Verde, azul, marrón y sus distintas tonalidades.
Bajó el puño lentamente, aturdido. Su indecisión consiguió que el muchacho resoplara aliviado, como si ya se hubiera librado de una paliza. Hizo eco el ruido de algo que cayó, que había estado sosteniendo el Neandertal en su mano. Levi miró el objeto, percatándose de que era un trozo de carbón. Entonces, miró la pared frente a la que había estado sentado el otro unos minutos atrás. Fue como lo supuso.
Su pared, antes brillante y limpia, estaba repleta de jeroglíficos. Si es que podían llamarse jeroglíficos a los trazos irregulares y figuras inidentificables que el otro había plasmado. Estaban cerca de unas coloridas flores que él mismo había pintado con sangre y colorantes naturales. Viéndolo más detenidamente, parecía que hubiera intentado dibujar unos pájaros sobrevolando las flores. Algunos encima de ellas, las formas, y otros más lejos, las líneas. Parecían cuervos.
Finalmente, dejó caer el brazo. Un trueno resonó en la noche y el muchacho pegó un salto, apretando los ojos cerrados. Perfecto, también era un miedoso. Resopló, caminando hacia el lado opuesto de la cueva y acuclillándose para recoger algunas pieles que tenía guardadas.
−¿Puedes comunicarte? –Preguntó hacia el otro, tirándole encima una de las pieles. Era la más gruesa y cálida, de la vez que consiguió atrapar un oso. El muchacho no dio señales de entenderle, pero apretó el manto alrededor de sí. Intentó hablar más lento, aunque lo suponía inútil. −¿Cómo te llamas?
−Grr, tatakae.
Levi resopló, secándose con una de las pieles. –Uh, tatakae, entonces.
El fuego que había dejado encendido empezaba a volverse no más que una tenue e irregular llama por culpa de la humedad y el viento que entraba. Había planeado cortar leña tras cazar alguna presa y cocinarla para llenarse la barriga, pero la naturaleza tuvo otros planes. La tormenta sobrevino de manera espontánea, con una fuerte ventisca y lluvia a chaparrones.
Miró al intruso de reojo. Ya tenía mucho tiempo desde que había visto a otro ser humano. Unos siete años, aproximadamente. Desde que todos los habitantes de la zona decidieron migrar en tribus y Levi no quiso irse, escogiendo quedarse en su confortable y acostumbrada cueva. Fue un poco desalentador que, de hecho, lo dejaran atrás, esperaba un poco más de resistencia, aunque no tan sorprendente. Kenny, el líder, siempre dijo que era demasiado problemático y agresivo.
Como fuera, estaba bien solo. No quería compañía. Y definitivamente no quería asquerosos Neandertales invadiendo su cueva. Apenas cesara la tormenta, lo sacaría fuera de una patada, sin importar que esos ojos grandes lo miraran con súplica. La naturaleza no tenía compasión y Levi menos.
Pero, tampoco era cruel. Tenía hambre y no iba a comer descaradamente frente al otro sin convidarle. Así que, hurgó entre sus pertenencias por la carne seca que guardaba para emergencias. Cuando finalmente la encontró, se giró para lanzarle un trozo al espécimen.
El salvaje Neandertal la devoró como una piraña, como si nunca hubiera probado bocado en su vida, masticando con la boca increíblemente abierta, antes de que Levi siquiera agarrara para sí mismo. El chico lo miró con ojos suplicantes tras haberse engullido su parte.
−Ni lo pienses. –Gruñó Levi, acuclillándose en el suelo para mordisquear lentamente su pedazo de carne, ignorando la mirada del otro que seguía cada movimiento. Como para agravar la situación, pudo escuchar las tripas sonando a pesar de los metros que había por medio. –No más.
El Neandertal "tatakae" bajó la mirada como un cachorro regañado, pero ya no insistió con sus miraditas. Al menos, era básicamente inteligente. A pesar de que se retractó de ese pensamiento cuando lo vio encogerse y lloriquear al resonar otro trueno en la cueva. Sus dientes volvieron a castañear del frío, siendo esto lo único que se escuchaba dentro, aparte de la tormenta que caía fuera.
−Nombre. –Intentó Levi nuevamente, hablando con suma lentitud. −¿Tienes nombre?
Esta vez, pareció reaccionar a sus palabras. Para el asombro de Levi, soltó algo que pareció una palabra, entre sus ruidos inentendibles: –E-eren.
Bueno, eso sí era una novedad. Que el Neandertal tuviera nombre significaba que había fraternizado con alguna tribu Homo Sapiens, porque su especie resultaba demasiado sub-desarrollada como para entender de nombres y palabras. Así que, probablemente lo habían recibido en la tribu. Entonces ¿por qué estaba solo en medio diluvio?
−¿Eren? –Pronunció y el otro asintió frenéticamente. –Yo me llamo Levi.
Para evadir la mirada fija del otro que mostraba emociones contradictorias, se encontró mirando de nuevo la chispa de fuego. No había siquiera medio tronco para salvarlo y ya sentía los dedos helados. Apretó las manos juntas, intentando generar un calor que no existía. Sería una larga noche, no cabía duda.
Saltó al levantar la mirada y encontrar aquellos ojos verdeazulados demasiado cerca. Eren no parecía saber lo que representaba el espacio personal, porque se encontró acercándose todavía más. Levi ya estaba estirando la pierna para apartarlo de una patada, cuando sintió los dedos del otro envolviendo una de sus manos. El contacto produjo algo de calor.
−R-rivai. –Murmuró el Neandertal, el vapor helado de su aliento yendo directamente a la nariz del amargado Homo Sapiens, sosteniendo ahora su otra mano también.
Por alguna razón que no supo ni quiso comprender, Levi no lo apartó inmediatamente. Más bien, se quedó viendo las manos unidas con desconcierto. Había pasado todavía más tiempo desde la última vez que tuvo contacto físico con una persona. Si es que podía llamársele persona a ese sujeto, claro.
Entonces, como si hubiera recibido toda la aprobación que necesitaba, el Neandertal llamado Eren se enredó totalmente con su cuerpo. Arrinconándolo contra la pared, hizo que su piel desnuda tocara cada parte de la piel descubierta de Levi que pudiera. Rodillas encima de las suyas, brazos juntos, se acercó tanto que el rostro del Homo Sapiens quedó pegado de su pecho, escuchando los latidos desembocados de su corazón contra el frío tórax.
Levi intentó no descontrolarse, no escatimar demasiado en la suciedad y bacterias que podría estarle pegando, sino pensar racionalmente.
Bien, calor corporal. Era algo que incluso un espécimen como Eren podía comprender. Con el fuego ya muerto y la temperatura volviéndose cada vez más agresiva, sin tener ningún otro lugar donde refugiarse, no parecía haber otra alternativa para que sus traseros cavernícolas no se volvieran hielo y se partieran en trocitos que finalmente acabaran por derretirse. Claro, por eso el intruso frotaba sus manos de manera suave por la espalda de Levi. Todo en pro de mantener el calor.
Entendiendo la lógica del asunto, sólo quedaba preguntarse por qué Eren no lo soltó ni siquiera cuando los rayos de sol empezaron a filtrarse por la entrada de la cueva. Y por qué Levi, un ermitaño y arisco Homo Sapiens, se había quedado tranquilo acurrucado entre los brazos de aquella bestia sucia y peluda.
No pudo sino echarle la culpa al instinto de apareamiento típico de sus más de treinta años de vida.
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Eren tenía un secreto que mantenía guardado en lo más profundo de su corazón. Lo guardaba de sí mismo. Porque recordarlo le hacía desanimarse y a veces incluso enfermarse de la tristeza. Pero, ahora podía tantearlo sin desbalancearse, ya que había sido reemplazado por otro secreto de mayor calibre.
El último recuerdo que tuvo de sus progenitores eran los ojos grandes y horrorizados de su madre, la sensación de las manos de su padre empujándolo, un grito que no supo de quién provino, un vistazo hacia atrás y contemplar el hielo partiéndose, sus padres hundiéndose ante él. No pudo reaccionar, se quedó parado durante horas en aquel lugar.
Fue afortunado. Volvió en sí cuando unas manos suaves le agarraron el rostro, una hembra intentó comunicarse, pero Eren no pudo entender lo que decía. Escuchó más voces inentendibles, debía ser una tribu entera. Acabaron llevándose a Eren consigo, de la mano de aquella hembra de mirada preocupada. Le recordó a su madre.
Durante el tiempo que estuvo con la tribu, aprendió cosas. Sobrevivir los devastadores inviernos, luchar por alimento, cazar, despellejar una presa y hasta algunas palabras del lenguaje de la tribu. Lo más valioso que aprendió siempre se lo enseñó Mikasa, la hembra que sostuvo su mano todo el camino aquella primera vez.
Mikasa era una de las hembras de Kenny, el líder de la tribu. También era la que cada madrugada se acostaba al lado de Eren y le acariciaba los cabellos, lo abrazaba, susurraba al oído palabras que lo tranquilizaban. Algunas veces, Mikasa se empalaba a sí misma en la hombría de Eren cuando pensaba que este dormía y brincaba encima suyo hasta satisfacer los deseos corporales.
−Cuando alguien está solo y triste. –Le explicó Mikasa pausadamente una vez que preguntó la razón de que frotara su espalda. –Necesitas hacer algo para que se sienta mejor. Y esto suele funcionar.
Eren no pudo objetar, las caricias de Mikasa siempre lo reconfortaban. Quizá por esa razón, cuando se perdió y apartó de su tribu, nunca pudiendo hallarlos, se encontró tan desamparado. Guardó el recuerdo de las caricias de Mikasa bien profundo, donde no pudiera lastimarlo. Así, olvidándose de su humanidad recientemente descubierta, sobrevivió en la intemperie.
Pero, en aquella cueva, mirando a la diminuta figura masculina, recordó sus palabras. Aquel sujeto parecía lo suficientemente solo y triste para que Eren necesitara hacer algo para que se sintiera mejor. No pudo evitarlo.
Las caricias en la espalda parecieron funcionar. El macho olía delicioso y Eren sólo podía apretarlo más cerca, escuchándole suspirar. El calor del toque humano era algo que fácilmente había olvidado. Podría volver a acostumbrarse.
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Ni lento, ni perezoso, el sujeto llamado Levi se volvió una fiera enojada cuando la lluvia cesó, apartándole con brusquedad y gritándole palabras demasiado rápidas para que las comprendiera. Después, agarró unos instrumentos complejos que Eren no reconoció y lo arrastró hacia un prado cercano.
Eren se mantuvo todo el camino gimiendo por la incomodidad de ser templado de la oreja, pero guardó silencio cuando se detuvieron en el borde de un rio de agua clara y tranquila, cuando Levi se quitó de encima las pieles que traía puestas y nuevamente lo arrastró, pero esta vez hacia adentro del agua.
Aunque se quedó unos segundos embobado por el cuerpo blanco, suave y limpio de Levi, preguntándose si le recibiría el mismo tipo de atenciones que Mikasa le daba cuando tenía ganas, no pudo sino decepcionarse al verse frotado por un objeto rasposo que, si bien funcionaba para quitarle toda la mugre de encima, amenazaba con también llevarse su pellejo por la brusquedad con la que Levi lo usaba para limpiarlo. Se sintió como un pájaro desplumado.
Luego, el cabello. El Homo Sapiens no fue delicado mientras intentaba desenredarle el cabello con los dedos y, aunque Eren se quejara e intentara escabullirse, Levi tenía suficiente fuerza para mantenerlo en su sitio. Unos diez mechones de cabello menos más tarde, su melena ya no era un complejo nido, sino que estaba limpia y desenredada.
−Ya pareces más un humano. –Masculló Levi, mientras salían del río.
Eren se miró apreciativamente. No tenía idea de cuánto tiempo tendría sin estar limpio. Al decidir volverse una bestia solitaria, la higiene careció de importancia para él. Pero, ahora, incluso sus uñas estaban limpias y rosadas y Levi parecía satisfecho al respecto. Atrapó un trozo de piel que le tiró al aire.
−No me apetece ver tu cosa colgando a cada segundo. –Gruñó, una vocecita irónica burlándose en su cabeza: Pues, entonces no mires ahí.
Esa tarde, acompañó a Levi en la caza, pesca, recolecta de frutos y ramas para el fuego. Quiso impresionarlo con su habilidad para despellejar, pero sólo obtuvo una mirada asqueada y expresión nauseabunda al ver las tripas desparramadas del animal. Intentó cortejarlo trayéndole un siervo muerto que había matado con sus propias manos, pero tampoco pareció funcionar. Levi era definitivamente una persona complicada.
De cualquier forma, por alguna razón que ninguno de los dos supo explicar, se quedó a pasar la noche en la cueva. La excusa del frío sirvió nuevamente para que se acurrucaran juntos, dando inicio a una secuencia de noches que compartirían de allí en más durante un largo tiempo.
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Emparejarse con un Neandertal subdesarrollado hormonal cabeza hueca parecía traer más desgracias que providencias a su anteriormente solitaria y amargada existencia. El sujeto tragaba como un agujero negro, masticaba con la boca abierta, era ruidoso, asustadizo y desordenado. Y casi siempre se excusaba tras su deficiente lenguaje.
−¡¿Otra vez ensuciaste de charco?!
−Grr, tatakae, nan entender. −El infeliz se hacía pendejo, pero Levi casi siempre le sacaba las palabras a patadas, literalmente.
Claro, tenía sus tres minúsculas cositas buenas. Bueno, una de ellas no tan minúscula. Nunca podría quitarle méritos de que era un autentica máquina de follar, con un ímpetu que parecía no tener final. Mientras que Eren era sólo gruñidos y ruidos placenteros, Levi se volvía un auténtico parlanchín al ver los colores que el otro le mostraba.
−Sí, sí, ahí- Mier- ah, sigue. –Ni siquiera él mismo comprendía la mitad de los balbuceos que soltaba mientras se encontraba a cuatro patas, con las piernas abiertas y el rostro de Eren sumergido entre sus nalgas, moviendo su lengua dentro de él.
También era un rápido aprendiz, siempre hacía lo necesario para llevar a Levi al máximo placer. Retirando la lengua y abriendo con sus dedos la mojada entrada, se irguió para introducirse de una fuerte estocada que hizo al otro gritar de dolor y éxtasis.
−Eren, Eren, Eren, sí, dios, a-ah. –Gemía azorado, sin ningún tipo de pudor. Le palmeaba la pierna con impaciencia. –Muévete ya, más rápido, dámelo todo.
Y Eren se volvía un complaciente sujeto que lo embestía bestialmente y, antes de conseguir hacerle llegar, lo volteaba para tenerlo de frente, subiéndose una de las piernas de Levi al hombro, encantado de verlo gimiendo y lloriqueando, el ruido de su miembro entrando y saliendo, la vista del agujero tragándoselo todo, las expresiones deformadas, los ojos en blanco del otro cuando tocaba aquel punto suave-
Y para Levi no era mejor, con la vista nublada y los sentidos idos en placer, miraba aquel hombre grande dominándolo, gruñendo, embistiéndola de forma brutal y consecutiva, volviéndolo un diminuto ser rogando por ser follado, llenado de su esencia. Y siempre concedía lo que pedía.
Además, era perfectamente capaz de traer alimento y vestidos, lo cual era un inesperado bonus que le dio chance a Levi de almacenar comida y redecorar la cueva. Por último, sus abrazos y caricias le devolvían la simpatía que creyó haber perdido.
Un estúpido Neandertal le estaba recordando cómo ser humano.
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−Rivai.
Levi lo miró con incertidumbre, entrando a la cueva. Últimamente, Eren solía mirarlo de una manera reverencial y decía su nombre con una suavidad y particularidad nada propias de él. A veces, pasaba tardes enteras mirándolo de aquella forma que lo hacía ponerse incómodo y huraño. Esa vez no fue la excepción.
−Veo que limpiaste. Ya suelta qué quieres.
Y sí, la cueva estaba tan impecable como si él mismo lo hubiera hecho. Eren solía limpiar cuando quería conseguir algo, lo cual normalmente era coger, pero otras veces eran rarezas, como acurrucarse juntos (sin que hubiera razones de frío por medio o fuera de noche), que le acariciara el cabello, o que nadaran juntos.
Su Neandertal pareja hizo un puchero, como diciendo: ¿por qué siempre crees que quiero algo? No lo engañaba para nada. Se mantuvo alerta cuando Eren lo hizo sentarse junto a él y lo miró con solemnidad.
Tomó una de las manos de Levi y la abrió entre los dos. Entonces, le dio esa cosa.
Un trozo de cuerda gastada ataba una plantilla de madera circular y liviana. Levi rozó con sus dedos la superficie de la madera pulida, detallando un relieve cuidadosamente tallado. Si lo miraba con atención, parecía mostrar la brecha de una cueva. Justo como donde se encontraban. Por el otro lado, una fogata muriendo.
Estúpido sentimental retrógrado Neandertal.
Cuando alzó la vista, encontró que Eren lo miraba con los ojos brillantes, un centenar de emociones pasando a través de ellos. Con delicadeza, el moreno le quitó aquel objeto de las manos, pasándolo por la cabeza de Levi hasta que guindó de su cuello, la madera contra su pecho. Instintivamente, se llevó la mano hacia ella y la acarició. El otro no se perdió un movimiento.
−Gracias. –Murmuró, conmovido. –Aunque yo no tenga nada para ti.
Eren puso los ojos en blanco, acercándose para unir sus cuerpos. Lo estrechó en sus brazos, arrullándolo y meciéndolo. Si hubiera tenido las palabras, si hubiera sabido como expresar aquellos cálidos sentimientos en su pecho, no hubiera dudado en responderle que ya le había dado todo lo que necesitaba.
Habían perdido tanto. No podría soportar perderlo también. Se merecían este pequeño mundo que tenían los dos, nada les hacía daño ahí.
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Eren enfermó poco después. Parecía ser que el cambio climático no le estaba haciendo bien. Con una temperatura increíblemente alta y una tos que lo ahogaba de vez en cuando, miró divertido como Levi se afanaba en preparar infusiones de plantas para mejorarle. El Homo Sapiens medía cada hoja que añadía, precavido de no excederse con la dosis.
Levi lo miró fijamente hasta que se bebió la última gota que había en la totuma (1). Posterior a eso, cambió el trapo de su frente y se sentó frente a él, agarrando su mano consternado por no hallar qué más hacer.
−No vayas a morirte. –Fue lo que le advirtió con rudeza, aunque pudiera verse el miedo bailando tras sus ojos afilados.
No cuando por había descubierto que no era tan malo interactuar con otros seres humanos. No era tan malo vivir aquello que los otros llamaron amor. Así fuera con ese Neandertal llorón y maleducado, que masticaba con la boca abierta y hacía que su vida tuviera sentido.
Eren hizo que se acostara a su lado. Y Levi, como siempre había sido entre ellos, no pudo negarle lo que pedía. No cuando lo miraba con ojos de cachorro llenos de preocupación. Se acurrucaron como siempre, igual que aquella primera vez.
Y eso era todo lo que necesitaban.
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FIN
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(1) Una totuma es una vasija de origen vegetal, fruto del árbol del totumo o taparo. No supe de qué otra forma llamarle a esa cosa donde le da de beber.
Nota final de la autora: Como quise que fuera sólo un fic crack y fluff, dejé que terminara bonito. Pero, les dejo unos datos curiosos según lo que pienso que ocurrió luego de eso:
Eren muere por la enfermedad que le causó el cambio climático. Estuve leyendo que una de las posibles causas de extinción fue esa. Tras su muerte, Levi pasa unos años melancólico en su soledad hasta que finalmente decide reintegrarse al resto de la humanidad.
¿No querían saberlo? Jejeje, en fin.
Si les gustó o les pareció graciosa, ilógica o una cagada, háganmelo saber con un review.
Besos, besos.
-Cece
