¿Qué era la buena suerte?
Muchas personas parecerían haber nacido con ella, sin esfuerzos, sin limitaciones. Simplemente las buenas rachas nunca se terminarían y gozarían de una vida privilegiada y feliz.
Él sentía envidia de ellos, no podía evitarlo. Si bien su vida no había sido completamente mala, se topó con varios problemas en el camino y sabía, que podría haber sido mejor. Si tan solo hubiese nacido en otro sitio, en otra familia, entonces posiblemente las oportunidades habrían sido otras.
Pero la cuestión era, que él hubiera no existía, sus hermanos mayores se lo habían repetido una y otra vez en cuanto lo escuchaban quejándose siendo un niño. Las razones siempre eran variadas.
Por no tener los mismos juguetes que los otros niños, la ropa, las mascotas, no importaba. Su estómago reclamaría más comida en días en los que simplemente no podrían permitírsela y su ropa siempre sería usada y raída. Esa era su vida.
Cuando sus hermanos escuchaban sus quejas, inmediatamente lo mandaban a callar, con pláticas que parecían más bien sermones sobre lo triste que su madre se pondría si lo escuchaba hablar de esa manera. Con el tiempo, él aprendió a callarse, no por madurar y volverse aburrido como lo habían hecho sus hermanos, sino porque entendía que no tenía caso. La situación no cambiaría sin importar cuanto se quejara ni cuánto lo deseara, todo permanecería igual porque, después de todo, esa era la suerte que le había tocado correr.
Por ello, a sus catorce años se sentía bastante conforme, o al menos, resignado a vivir lo que le tocaba. No dejaba de sentir envidia y cierto rencor con su mala fortuna, pero aprendió a quedarse callado, incluso de sí mismo.
—Podría ser peor, Ron— murmuró una voz a sus espaldas. Podía escuchar la lástima en su voz e incluso, la ligera diversión que intentaba ocultar, pero no le importó. Debía haberlo previsto antes, ese tipo de cosas sólo podían sucederle a él.
—Tienes razón— respondió Ron y soltó los feos dobleces de su túnica de gala con resignación. Meneó la cabeza, intentando mirar a detalle a través del reflejo y la débil luz amarilla de las velas. Quizás, si aplicaba un poco de loción y se deshacía del horrible moño que lo asfixiaba... Definitivamente eso debería hacer una diferencia.
Su mejor amigo le puso una mano en el hombro y una vez que su cuerpo se reflejó en el espejo, Ron comenzó a sentirse mejor. Al menos él sí había encontrado una cita para el baile y, a pesar de todo, no se veía tan insignificante como su amigo. Por ello, más alegre y reconfortado, le devolvió la sonrisa a Neville a través del espejo y levantó la cabeza.
Su suerte era mala, era cierto, pero era mejor que la de muchos otros.
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Sentía la ira subiendo por su garganta convertida en agria bilis. Quiso vomitar, o al menos escupir un poco del asqueroso sabor en su boca, y la única manera que se le ocurría en ese momento, en el que no podía pensar en nada más por mucho que se esforzara, era dirigirla a alguien que, evidentemente, la merecía.
La miró entonces, hablando, la manera en que sus labios se abrían y cerraban y como sus ojos, siempre clavados en un aburrido libro ahora estaban fijos en él, repletos de rabia. Harto de su voz flotando en todas direcciones agrediendo sus tímpanos, levantó una mano en el aire, entre ellos, haciéndola detenerse.
—Todo esto es... ¿Por qué? ¿No era lo que querías? ¿Venir con él? ¡Es el enemigo, Hermione!
Aparentemente aturdida, algo que pocas veces podía provocarse en Hermione Granger, y que él disfrutó enormemente, se quedó sin argumentos.
—¿El enemigo? — repitió ella sin creérselo, alimentando así la rabia de Ron.
—¡Eso mismo! — gritó Ron con obviedad y le dedicó una mirada malhumorada a los estudiantes que pasaban a sus lados, visiblemente intrigados con su discusión—. ¿Se te olvida que está compitiendo contra...?
—¡Contra un chico que ni siquiera te importa! — chilló Hermione.
—¡No hablaba de él! — la corrigió con apatía—. Me refería a Cédric, ¿Lo olvidas? Y, si lo que querías era venir con él simplemente podrías habérmelo dicho y correr a sus brazos como querías.
—Él me invitó y lo rechacé... ¡Por ti, gran tonto! Yo quería venir contigo, Ronald, ¡Pero eres tan inmaduro y cruel!
Ron se limitó a parecer aburrido, pese a sentir la sangre hirviendo, en el exterior, por otro lado, disfrutó viéndose completamente indiferente y frío, algo que lógicamente causó que Hermione se enfadara todavía más.
—Entonces quizás tengas razón y debí venir con Viktor y no contigo... — la voz de la chica se rompió, convirtiéndose en reclamos incomprensibles que, de todos modos, Ron no quería escuchar.
—Debiste haberlo hecho y así no habrías arruinado mi noche.
Hermione sollozó al escucharlo y el pelirrojo casi deseó no haberla invitado. Sus expectativas habían sido demasiado altas y ahora había quedado como un idiota frente a todos cuando ella lo dejó solo de un momento a otro. Para cuando la buscó fue sólo para encontrarla bailando con Viktor Krum en medio de la pista de baile, ¡Lo había hecho pasar un enorme ridículo!
Todavía recordaba los brazos del odioso jugador alrededor de su cintura, como ella lo miraba con ojos de cordero enamorado y cuándo Dean y Seamus se burlaron de él simplemente explotó. Y, aun así, Hermione todavía se creía con el derecho a enfadarse.
—¿Hermione? ¿Qué sucede? — preguntó Neville, que se acercaba a ellos saliendo del Comedor para alejarse del barullo de la fiesta, cuando llegó a su lado miró a Ron pidiendo una explicación y luego a Hermione, que ahora lloraba con más fuerza.
—No sucede nada, Neville. Nada que no hayan visto todos ya, ¿No has presenciado el ridículo que me hizo pasar?
Hermione levantó la cabeza de entre sus manos, sus ojos estaban negros gracias al maquillaje que corría por sus mejillas, su nariz y labios estaban rojos e hinchados, nada parecido a la preciosa chica que se había encontrado con él horas atrás.
—Eres tan insensible y... ¡No sé cómo siempre te las arreglas para arruinar todo, Ron!
Él creyó que lo golpearía ahí mismo, y al parecer Neville también, porque avanzó a su encuentro, deteniéndose después. Como siempre había sido, su timidez se sobrepuso, como siempre, limitándose a observar.
Todo el asunto del contacto físico confundía a Neville, quien no se atrevió a tocarla, y Hermione tampoco avanzó más allá. Apretó sus pequeñas manos en puños y desapareció dando zancadas por un pasillo en penumbras, tan solo acompañada por sus sollozos. Neville todavía miraba con preocupación el sitio por el que ella se marchó, pero el pelirrojo rápidamente gruñó una frase incomprensible y lo llamó, animándolo a seguirlo, de vuelta a los dormitorios. Para Ron, la noche había terminado y no tenían nada más que hacer ahí.
Su amigo comenzó a explicar que quizás deberían ir tras ella, pero Ron no pensaba hacerlo si eso, de alguna manera, comprometía su dignidad y el poco ego que le quedaba. Todavía se sentía molesto y supo que ese sentimiento lo acompañaría por un largo rato.
—Ve y síguela si quieres terminar escuchando sus quejas, ¿Quién sabe? Quizás se desquite contigo— se burló y caminó en dirección a las escaleras. Como lo supuso, en unos instantes escuchó los pasos de Neville caminando a su lado.
—Tú...ya sabes, ¿Ustedes tienen algo ahora? ¿Hermione te gusta? — inquirió Neville, siguiéndolo a trompicones, Ron se detuvo y, por primera vez consideró que sus celos eran más fuertes de lo que deberían, pero rápidamente desechó la idea haciendo una mueca de desdén.
—¡Por supuesto que no! ¿Qué tontería es esa, Neville? — exigió saber y fingió un escalofrío—. Quizá se haya esmerado hoy por parecer una chica, pero solo tú y yo sabemos que en el fondo sigue siendo tan...
Sobre su hombro, Ron miró a Neville, que observaba el suelo y decidió no decir más.
—Así son las chicas, compañero, ¿No es así como siempre funciona? Ella va y llora por un rato y luego vuelve al darse cuenta que solo ha exagerado las cosas.
Ron giró la cabeza, satisfecho con su explicación, para mirar a Neville y reafirmar lo que le decía, pero él no lo estaba mirando y no entendió que era lo que su amigo observaba hasta que fue muy tarde. Su cuerpo chocó contra algo o, mejor dicho, alguien.
Al volver la vista pudo de quién se trataba. Su mente volvió a trabajar al instante, mientras consideraba si debía quedarse callado o decir algo. Al final, optó por esto último.
—Fíjate por donde caminas, Potter.
El muchacho frente a él ni siquiera le prestó atención, arregló con sus manos la que debía ser una túnica de gala de primera calidad y siguió su camino, dirigiéndole una fría mirada que le dejaba claro que no tenían la mínima importancia para él.
—Ese engreído... —masculló Ron y siguió su camino, secretamente agradecido de no haber obtenido una respuesta. Neville caminó lentamente mientras miraba a la figura cabizbaja de Potter alejándose en la obscuridad.
—Va en la misma dirección que Hermione— le dijo y fue difícil no darse cuenta del temor en su voz.
Por un momento, solo un pequeño instante, Ron supuso que debería buscar a Hermione, pero la rabia por lo que acababa de pasar lo hizo olvidarlo.
—Magnífico, ya veremos que sucede cuando se encuentren los dos lunáticos.
Neville no lo corrigió, y tampoco agregó nada más, simplemente lo siguió como siempre hacía y pronto los dos estaban en medio de una de tantas pláticas banales y risas despreocupadas en dirección a la Sala Común.
Ojalá, Ron la hubiese seguido aquella noche. Más tarde, se arrepentiría constantemente por no haber hecho caso a las palabras de Neville. Cuánto habría dado por haber sido menos egocéntrico y maleducado con ella.
Si tan solo hubiese pedido perdón... Hermione jamás se habría alejado de él y, definitivamente, nunca habría conocido a Harry Potter.
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¿Podría existir la predestinación?
Según Trelawney, era completamente posible, así como muchas otras posibilidades más risibles una que la otra. Tal vez solo eran tonterías de una mujer sin cordura, aferrada a una teoría estúpida, como otras tantas de sus excéntricas creencias.
De alguna manera que Ron no admitiría frente a nadie, una parte de sí mismo, minúscula y ridículamente crédula, pensaba que, de alguna manera, el destino podía existir y que, después de todo, algunas cosas simplemente estarían destinadas a suceder.
Tal vez todo lo que ocurría era por una razón, siguiendo un camino establecido y, de ser así, debía haber conocido a sus amigos y vivido todo lo que le había ocurrido por una razón. Era realmente cuestión del destino haber encontrado a Neville en el tren, porque, a pesar de ser un niño criado como él, en el mundo mágico, parecía tan maravillado de las travesuras que hacía con sus hermanos ya que, al parecer, su abuela no le permitía hacer nada que se saliera de lo ordinario.
Ron adoró la fascinación que Neville manifestaba por su vida y deseó aún más, no dejar de sentir su admiración, lo que constantemente lo motivaría a mostrarse audaz y valiente en comparación a Neville quien, después de todo, no tenía demasiado carácter, valentía o confianza en sí mismo.
Ron debía equilibrar la balanza en su amistad y así lo hizo por largos años. Luego, llegó Hermione, gracias también a Neville.
Ella solía ayudarlo a mejorar sus notas siempre que podía, siendo más como una pequeña maestra de cabello ridículamente esponjado y dientes enormes asediándolos para que cumplieran con sus deberes.
Con el tiempo Ron y ella comenzaron a discutir, peleándose por la atención y tiempo de Neville.
Ron lo buscaría en sus tiempos libres, deseoso de jugar ajedrez o simplemente, para perder el tiempo comiendo o charlando, Hermione por otro lado, para ayudarlo a ser un mejor estudiante. Qué aburrida parecía una perspectiva como esa.
Con el tiempo, discutir por él dejó de parecer funcional y, ya que Neville parecía incapaz de decidir entre uno y otro sin ponerse a sudar copiosamente, tuvieron que llegar a un acuerdo mutuo. Pasar los tres el tiempo juntos, convirtiéndose en un improbable trío. Pese a que Hermione les quitaba un poco de... ¿Seriedad? ¿Popularidad? Al sentarse, comer, charlar y pasar tiempo con ellos, Ron aprendió a vivir con ello y aprovecharlo en busca de un beneficio. Buenas notas surgieron de su amistad, y menos reclamos y más elogios por parte de su madre. Quizás eso, era lo que debía pasar.
Así como lo que ahora, con seguridad, sucedería, siendo completamente correcto. Ron sabía que así sería, lo deseaba y, confiado, se prometió que lo lograría.
Todos lo sabían, de todos modos.
Ron quería a Hermione, no sabía en qué momento desarrolló sentimientos por ella, pero estaba convencido de que no le era remotamente indiferente. Ahora le parecía menos molesta y para que negarlo más, incluso atractiva. ¿Cómo no notarlo?
Ella reapareció el verano anterior sin esos espantosos dientes, con su cabello considerablemente controlado y un bonito bronceado en su pálida piel que, sin quererlo, lo hizo mirar más de dos veces su ahora definido cuerpo, recorriéndolo con admiración al comprobar la belleza hasta entonces camuflajeada. Hermione era chica en todo el sentido de la palabra.
Ron deseaba que ella lo mirara de la misma manera y, por eso mismo, obedeciendo a un sentido común que calificó de bueno, disfrutaría de molestarla hasta que ella solo tuviera atención para él, incrementando así sus peleas y reclamos, mismos que ya no encontraba tan molestos como antes. No negaría, tampoco, el placentero cosquilleo cada que Hermione se le acercaba, cada que le sonreía y lo tocaba. Definitivamente era bonita y Ron decidió que lejos de ser su amiga, él la quería como algo más y, por lo tanto, lucharía por conseguirlo.
Mientras tanto, debía adquirir experiencia, o eso decían sus hermanos, George y Fred, riéndose a su costa cada que Ron se atrevía a preguntar cómo se suponía que debía acercarse a una chica. Después de reír y burlarse de él, sus hermanos le aconsejarían, alegando que nadie querría salir con un chico de nervios frágiles y sin iniciativa, Neville confirmaba a la perfección su teoría de todo lo que Ron no quería ser.
La oportunidad perfecta llegó pronto.
Cuando Lavender y él chocaron miradas por séptima vez durante la cena, Ron comprendió lo que haría ese año. Como todos los otros chicos de su edad, ahora era consciente de que las chicas no eran completamente molestas y si debía aprender a cómo comportarse con una, ¿Por qué no hacerlo con alguien como ella?
Según lo que decían, Lavender era una chica bastante guapa, risueña, con un bonito cabello sedoso y un cuerpo atractivo y, después de todo, si coqueteaba con él, significaba que le gustaba. Una buena razón para acercarse a ella.
Mirando a su lado, Ron pudo ver el inocente rostro de Hermione, cortando minuciosamente su comida en trocitos, antes de comerlos y masticar con la educación de una dama. Siempre siendo tan irritantemente perfecta.
Sonriendo, Ron la admiró por unos segundos más, apreciando lo tierna y dulce que parecía encontrándose lejos de los libros y las clases. Con tan poca experiencia como él en asuntos del corazón. Razón que solo lo motivó a tomar la decisión. Todo lo que haría sería por ella, por los dos. Después de todo, Hermione Granger merecía a un chico con experiencia con las chicas, alguien que supiera tratarla de la manera adecuada, el único campo en el que era inexperta.
Hermione se merecía lo mejor.
—¿Importa si los veo después? — murmuró Ron, mirando sobre las cabezas de sus amigos a la rubia cabellera de Lavender, alejándose del brazo con Parvati, mirando cada pocos instantes sobre su hombro, buscándolo.
Neville pareció lamentar su ausencia, sabiendo que no los acompañaría a la Sala Común. Hermione, por otro lado, se encogió de hombros y recogió sus cosas con sumo cuidado.
—De todos modos, tengo que pasar a la biblioteca, así que...
—Exacto— la interrumpió Ron y sonrió abiertamente a Lavender—. No te habría acompañado a un lugar tan aburrido como ese, a menos que me lo pidieras, claro.
Hermione ignoró su fanfarrón tono y, no notando su primer intento de coqueteo, comprendió que algo extraño sucedía en el comportamiento de su amigo.
— Sé lo mucho que odias la biblioteca, Ronald. No te lo pediría a menos que mi vida dependiera de ello.
—Yo podría hacerlo, no tengo nada que hacer— se ofreció Neville, al que le aterraba la soledad en la que se encontraba sin sus dos mejores amigos, pero Hermione hizo un ligero movimiento de cabeza y lo rechazó amablemente.
—Estaré ahí mucho tiempo. Necesito un poco de soledad, realmente yo... ¿Saben qué? No me busquen, ya saben cómo es cuando estudio. No te gustará acompañarme, Neville.
El chico sonrió tristemente, pero aceptó el fracaso.
—Los veré mañana entonces— se despidió Neville y se unió a los otros tantos alumnos que abandonaban el comedor.
—Pensé que tenías prisa por irte— comentó Hermione, todavía recogiendo sus cosas, a Ron le costó entender a qué se refería, terriblemente ocupado al intentar pensar que debía hacer después.
Su mirada se acababa de encontrar nuevamente con la de Lavender, y ahora ella estaba sola, fingiendo buscar algo en su mochila, sin Parvati merodeando cerca. Ron se encontraba tan ocupado, que no notó que Hermione no perdió detalle de su intercambio.
Los ojos de la chica vagaron de uno a otro y sonrió con tristeza, comprendiendo en donde se encontraba la atención del chico.
—Así es— respondió Ron instantes después, rebosante de triunfo—. Estoy por hacerlo.
—¿Así que estarás ocupado? — insistió Hermione, presionando su bolso contra su pecho, deseando hacerlo cambiar de opinión. No le habría importado renunciar a sus tareas, olvidándose de la razón principal por la que acudiría a la biblioteca si, con eso, conseguía que Ron se mantuviera lejos de cualquier otra chica.
—Algo por el estilo— contestó Ron sin mirarla, se sentía absolutamente nervioso de solo pensar en cómo se suponía que hablaría con Lavender.
—¿Por qué no acompañas a Neville? — insistió ella, intentando desesperadamente llamar su atención—. Podrías venir conmigo, ni siquiera es tan importante que vaya a la biblioteca, ¿Sabes? Me encontraría con... No importa, él lo entendería y tú y yo... ¿Ron?
—Sí, claro, nos vemos después.
Dicho esto, él también recogió sus cosas, le murmuró un seco adiós y corrió al encuentro de Lavender.
Hermione susurró una débil despedida, con el rostro descompuesto por los celos, que él no notó.
Una vez que llegó al lado de la rubia, Ron se olvidó de todo. Al verlo, a Lavender se le dibujó una enorme sonrisa.
—Un día largo ¿Eh?
—Absolutamente—contestó Lavender y emitió una risita tonta.
—¿Vas hacia la Sala Común?
Lavender enredó un mechón de su brillante cabello entre los dedos, jugando con este.
— ¿A dónde vas tú?
Ron sintió que un camino se desplegaba ante él, lleno de posibilidades y rotundo éxito. Sintiéndose valiente, sonrió como jamás había hecho y Lavender se acercó un poco más, atraída por su confianza. Él realmente estaba resultando atractivo para una chica, con sus esfuerzos e indudablemente, por sus encantos, reflexionó contento. Su ego pareció elevarse hasta las nubes ante esta resolución.
Tan feliz se encontraba guiando a Lavender a su lado, a donde quiera que se suponía que debía llevarla, que no prestó atención al camino hasta que se encontró presa de la extraña sensación de que alguien lo miraba y, tal como esperaba, un par de penetrantes ojos miraban en su dirección, ocultos detrás de las estatuas, con la espalda apoyada en la pared y una de sus manos sujetando su mochila sobre su hombro. A Ron le hirvió la sangre, a la vez que sentía sus orejas calentándose, completamente avergonzado.
—¿Qué sucede? — preguntó Lavender, con su sonrisa radiante convirtiéndose en una mueca nerviosa. Ella deseó voltear, pero Ron reaccionó a tiempo y la sujetó por la mochila. En sus ojos se dibujó la extrañeza, y él no tuvo más remedio que improvisar y aferrarse a la mochila de la joven.
—¿Puedo llevarla?
Lavender estaba encantada.
—¡Qué amable!
Contenta, Lavender se deshizo de su mochila y se la cedió a él con gusto.
—¿Vamos a dónde, entonces?
Ron asintió sin escucharla y la pasó por delante, cubriéndose detrás del delgado cuerpo de la chica. Aun así, resultó inevitable no mirarlo. Sus ojos verdes seguían clavados en él, como si encontrara especialmente interesante burlarse de él.
¿Cómo él podía saberlo? La sonrisa torcida en sus labios se lo decía y sus ojos, más expresivos de lo que le gustaría estaban rebosantes de ironía, burlándose de él y su improvisado intento por conquistar a una chica. Gruñendo, Ron apresuró el paso de Lavender, casi empujándola para que caminara más rápido.
Él esbozó una mueca aún más irritante por su reacción.
Ron deseó golpearlo, o como mínimo chocar su hombro contra el suyo para que esa estúpida sonrisa desapareciera de su rostro. Aunque, si se detenía a pensarlo, no era tan valiente y mucho menos se sentía seguro de lo bien librado que saldría enfrentándose a él y lo que era peor, en que posición se pondría frente a Lavender y básicamente, la mitad del colegio.
El ridículo al que se expondría frenó todas sus intenciones.
Por suerte, no hizo ninguna falta actuar, en el momento que Lavender y Ron pasaban a su lado, él desvió la mirada hacia atrás, a la marea de estudiantes atravesando las puertas y entonces, algo en sus ojos cambió, iluminándose.
Invadido por la curiosidad, Ron giró el cuello bruscamente para hallar la respuesta a su extraña reacción, para su mala fortuna, Lavender lo había sujetado de la mano con sorprendente fuerza, tirando de él hacia el pasillo.
—Qué más da— se río Ron, burlándose un poco de su repentino y extraño arrebato.
No podía importarle menos lo que sucediera en la vida de los otros.
—¿Qué has dicho? — le preguntó Lavender, que miraba con triunfo sus manos unidas.
—Que tengo el lugar perfecto para ir— respondió Ron galantemente.
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Con el invierno acercándose, cada vez hacía más frío, y eso solo significaba una cosa: martirio.
Ron detestaba la manera en que su nariz se volvía carmín por el frío, y odiaba todavía más que la palidez de su piel se volviera patética, combinándose con el color de la nieve. En pocas palabras, detestaba el invierno en Hogwarts. Era bonito siempre que estuviese dentro del castillo, comiendo una buena porción de pudín y lo era aún más, cuando se acercaban las vacaciones.
—¿Qué hay de malo, de todos modos? — lo reprendió Hermione, mientras cubría su cuello con su esponjosa bufanda y un enorme y holgado suéter encima del uniforme.
—Lo único que dije es que quiero vacaciones, ya mismo.
—Eso lo dices porque tus vacaciones son buenas, la abuela detesta el ruido y todo lo que tenga que ver con diversión— alegó Neville, a la vez que los tres amigos bajaban por la resbaladiza pendiente hacia la cabaña de Hagrid, para su próxima clase.
—Te invitaría, colega, pero...
—La abuela jamás me dejaría— coincidió Neville tristemente— ¿Qué hay de ti, Hermione?
—En realidad, me da igual— masculló ella, en un nada habitual tono indiferente—. Adoro a mis padres, pero el mundo mágico... Hogwarts, siempre es más interesante y a ellos les asusta un poco todo el asunto de la magia.
—Así que prefieres quedarte aquí, ¿Eh? — se burló Ron, cuidándose de no resbalar con el lodo y la nieve cubriendo el camino—. ¿Tú sola?
Hermione no contestó, por fin habían llegado a la cabaña, reuniéndose con sus otros compañeros, que se apretujaban unos contra otros para soportar el frío matutino.
—Quiero decir que malgasto mis vacaciones, y a papás no les sentaría mal viajar por ahí juntos, solo ellos dos— explicó Hermione, compartiendo sus pensamientos con sus amigos—. Pienso que, muchas veces intentan esforzarse por encajar con todo esto y resulta agobiante para todos. Quiero que se diviertan y yo estaría bien aquí, quedándome en el Castillo. Además, no estaría completamente sola, hay muchos otros estudiantes que pasan aquí las fiestas, como...
Neville y Ron se miraron extrañados. ¿Qué se suponía que dirían a eso? Desde hace días, semanas quizás, Hermione estaba comportándose más extraño de lo común, y eso era decir mucho.
Normalmente Ron lo habría relacionado con toda la extrañeza que flotaba en el colegio desde el año anterior, pero todos habían comenzado a recuperarse luego de lo traumático que resultó el Torneo de los Tres Magos, al parecer Hermione era simplemente extraña por naturaleza.
Ahora era más callada de lo habitual y se escabullía a la biblioteca durante todo el día, incluso durante las salidas a Hogsmeade, además de que, cuando por fin se reunía con ellos, hablaba sola y hacía anotaciones en su libreta alegando estar en medio de un proyecto interesante del que solo ella sabía. Era una chica extraña, Ron no podía negarlo, ni siquiera por encontrarla atractiva. La mayoría de las veces, Ron no sabía en qué estaba pensando y mucho menos podía seguir el ritmo de lo que sea que les dijese.
—¿Qué propósito es tan importante para quedarte sola? — preguntó Neville, colocando su mochila sobre una enorme roca antes de sentarse. No había señales de Hagrid, su torpe y peculiar profesor por ningún lado.
—No lo sé— respondió ella—. Pero lo he pensado y quiero saber cómo es una auténtica Navidad en Hogwarts.
Ron intentó no maldecir, recordando que, anticipándose a una respuesta afirmativa, le prometió a su madre que Hermione estaría con ellos para Navidad, incluso aunque no la hubiese invitado antes de conocer sus extraños planes, no se esperaba eso. Quería tenerla en casa y a veces, le desanimaba un poco no tener a amigos en casa durante las vacaciones, pues volvía a ser solo Ron, el hijo menor de los Weasley, rodeado de sus molestos hermanos tratándolo como un niño.
Durante tanto tiempo dio por sentado que sus sueños de tenerla en casa se harían realidad... ¡Y ella simplemente desechaba todo!
—¡Buenos días! — rugió una estruendosa voz. Hagrid había llegado, y con compañía.
Potter estaba a su lado, viéndose insignificante y pequeño, cubierto apenas por su túnica, pero con el mismo aspecto fresco que si estuviesen en pleno verano. Ron se acercó de mal humor, como el resto de la clase. Su idea de una buena mañana no era precisamente esa.
—La clase de hoy es especialmente interesante, una sugerencia de un buen amigo mío— comenzó Hagrid y le guiñó un ojo a Potter, que lo ayudaba a cargar dos baldes más con lo que parecía carne fresca.
Neville se estremeció al mirar el contenido de los baldes, un miedo que no aminoró cuando Hagrid prosiguió.
— Pueden formar parejas, y harían bien al no separarse. Hoy nos adentraremos un poco más allá de los límites del bosque y...
Hubo una reacción en cadena mientras todos proferían palabras de miedo y sorpresa. Ingresar al bosque estaba prohibido, nadie que Ron conociera había estado allí y de solo pensarlo le provocaba escalofríos.
—Oh, no, he escuchado cosas terribles, de seres que se esconden en el bosque y... — tartamudeó Neville, quien comenzó a balbucear con pánico.
—Si el profesor lo cree necesario— argumentó Hermione, con gesto solemne—. Me parece que será una clase interesante.
A Hagrid se le iluminó el rostro y Potter esbozó una sonrisa ladeada que dejaba ver una expresión real de admiración en su rostro por la convicción de Hermione, pero Ron... él la miró boquiabierto.
Jamás la hubiese catalogado del tipo valiente, a pesar de estar en Gryffindor y eso aplicaba para él por igual. Desde el inicio, esa clase fue una completa locura, Hagrid, el guardabosques, siendo asignado como su profesor era una tontería. Dumbledore debió haber sabido que los arriesgaría de ese modo.
Incluso con ello, Hermione osaba llamarlo profesor y apoyar sus peligrosas ideas... Su madre posiblemente sufriría un ataque al corazón si tan solo supiera lo arriesgada y extraña que era la chica que a su hijo le gustaba.
Nada parecido a lo que Ron estaba acostumbrado y sabía, que difícilmente lograría persuadirla cuando jamás lo había hecho, pero lo intentó.
—¿Te volviste loca? — indagó Ron—. ¿Por qué sería algo interesante? Moriremos allí apenas demos dos pasos...
—No seas cobarde, Weasley— lo interrumpió una voz y Ron casi se atragantó.
Potter estaba a su lado, ofreciéndole un cuenco lleno de trozos de carne.
—¡No soy ningún cobarde! — gruñó.
—¿Ah no? — insistió Potter, irónico.
—¡Es sentido común! — espetó Ron y dio un manotazo al cuenco que le ofrecía—. ¡Moriremos allí, idiota!
—Está bien si no lo quieres— murmuró Potter, todavía sosteniendo el balde—. Esto serviría como carnada, pero si quieres ser tú en su lugar... ¿Por qué tendría que detenerte? Ser estúpido es tu naturaleza, ¿Verdad?
Ron sintió que su rostro se encendía, mientras avanzaba hacia Potter, deseando borrar su presuntuosa sonrisa.
—¡Sí lo queremos! — se apresuró Neville, previendo lo que sucederá y con gesto de asco aceptó el cuenco—. ¿Qué es lo que veremos?
Potter se encogió de hombros. Ron nunca lo había escuchado hablar tanto, y lo que más deseaba era que cerrara la boca.
—Thestrals— dijo finalmente.
Aquello no significó nada, en la mente de Ron y la de Neville, estaba seguro, nada se había aclarado.
—¿Existen realmente? — murmuró Hermione, con voz aguda y tímida, integrándose en la conversación.
Potter vaciló un poco y la miró por unos segundos, no de la manera en que hacía con todos, con indiferencia y desconfianza, no, había algo diferente. Arqueó una ceja y meneó la cabeza un poco, visiblemente contrariado.
—Lo hacen— afirmó Potter con voz más cortés, mirando a otro lado—. Son seres fantásticos, difíciles de ver, pero completamente reales.
Hermione se balanceó sobre la punta de sus pies y abrió lentamente los labios a punto de formular otra pregunta, pero el moreno se dio la vuelta apresuradamente y se alejó a repartir el resto de carne a sus compañeros.
Los ojos de la chica se apagaron demasiado y, de mala gana, le arrebató el cuenco a Neville, que pudo volver a respirar en paz y avanzó a zancadas hasta la fila formándose para entrar al bosque.
—Si ha sido idea suya tiene sentido que vayamos a nuestra muerte— susurró Ron entre dientes—. Está demente...
—Cierra la boca Ron— le ordenó Hermione de mal humor, algo que persistió por el resto de la clase y el día.
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Era insoportable tener que rendir cuentas a todo el mundo.
Uno de sus sueños había estado a punto de hacerse realidad y estaba arruinado. Durante años Ron fantaseó con entrar al equipo de Quidditch de Gryffindor y le costó otros tantos más armarse de valor como para presentarse a las pruebas y todo para que Potter, su mayor y peor enemigo, además de Draco Malfoy, se recordó, lo rechazara sin pensárselo dos veces.
"Te falta más seguridad", le había dicho y Ron hubiese querido lanzarle la escoba a la cabeza.
Era cierto que dudaba de más cuando los tiros se acercaban, pero era un pequeño problema. ¡Hasta Ginny había entrado! Y era solo hermana menor...
Neville le dio unas palmaditas torpes, como si quisiera decirle que entendía su fracaso, que ambos eran unos tontos y lo peor fue... La reacción de Hermione.
Ella lo miró con lástima, como se mira a los perdedores y Ron supo que la había perdido, que ya no quería tenerla. Se sintió furioso con ella por verlo en momentos tan patéticos de su vida con los que estaba seguro, lo tomaba como un idiota. Quizás eso lo motivó a molestarse tanto con ella, de tal manera que todavía podía recordar sus palabras.
—Lo habrías conseguido si hubieses entrenado más— le dijo ella sentándose a su lado, con la misma sensibilidad de una piedra.
—No necesito de tus regaños— le respondió Ron, sin creerse realmente que ese fuera su consuelo para con él.
—Sólo quiero decirte lo que hiciste mal, Ronald, podrías intentarlo nuevamente.
—¿Para qué? ¿Para qué Potter disfrute rechazándome? Ni loco.
—Honestamente, los dos sabemos que te confiaste de más y si me hubieses hecho caso...
—A veces me pregunto cómo podemos ser amigos, Hermione, eres insoportablemente irritante, ¿Lo sabías? ¿No puedes simplemente sentirte mal conmigo en lugar de humillarme más?
—Lo que quiero es ayudarte, Ron— murmuró Hermione, claramente contrariada—. Ese ha sido mi único propósito durante todos estos años, tú y Neville son mis únicos amigos y ayudarlos siempre ha sido...
—Que sólo seamos Neville y yo quizás te haga replantearte por qué nadie más es capaz de soportarte, ahora déjame en paz.
Ron ni siquiera se detuvo a mirarla, ni lo descompuesto de su mirada, apenada y dolida por sus palabras. Él no quería ver a nadie y no deseaba que nadie lo viese, así que caminó sin rumbo fijo por largo rato, alejándose del campo de Quidditch para poner la máxima distancia entre la vergüenza y su persona, hasta que rodeó los límites del colegio.
A lo lejos pudo ver como anochecía, y solo imploró porque las vacaciones llegasen pronto. Quería ir a casa y ocultarse entre sus cobijas por siempre.
Comprendiendo que debía regresar, Ron emprendió el camino de vuelta al castillo, mirando sus zapatos entre la cada vez más densa obscuridad, hasta que se encontró a punto de subir los primeros escalones hacia el castillo, y le pareció ver algo en la penumbra.
Deteniéndose, esperó en silencio.
No fue difícil escuchar sus voces y, aunque a un volumen bajo, fue imposible no reconocer de quien se trataba. Ron retrocedió los pasos que había avanzado y se escabulló, pegándose a las paredes de los invernaderos.
Y ahí estaban ellos.
Le costó explicarse lo que veía, pero no estaba soñando, no había manera. Así que se acercó más, echándose sobre el césped para asomar la cabeza, desde donde podía escucharlos perfectamente.
—¿Por qué lo hiciste? — murmuró ella, la molestia en su voz era palpable.
—¿Por qué no debía hacerlo? — replicó la otra voz, indiferente—. No es mi obligación...
—¡Eso lo sé! — lo cortó ella y tan rápido como terminó de hablar intentó serenarse—. Lo único que quiero decir es que él se esforzó tanto que al menos merecía una oportunidad...
—La tuvo— respondió el chico con una paciencia que Ron no se habría sentido capaz de poseer en ella viéndose en ese estado—. Tuvo la misma oportunidad que todos y la arruinó. No sería justo quitársela a alguien que la merecía solo porque Weasley es tu amigo.
Ron abrió mucho los ojos por la sorpresa. ¿Realmente estaban hablando de él? ¿Ella estaba defendiéndolo? Ni siquiera entendía que hacían juntos y ahora ella... Ron experimentó un extraño calor en el pecho. El arrepentimiento por lo que le había dicho horas atrás llegó, ahora tenía lleno de dudas que no hicieron más que crecer cuando Potter continuó.
—¿Qué es lo que querías? ¿Qué le diera el lugar sólo por ser amigo tuyo? ¿Ese era tu propósito hablando conmigo?
Hermione ahogó un sonido de indignación.
—Honestamente, creí que me conocías más que eso. ¿No eres tú él que disfruta pretendiendo que no existo?
—¿Ignorándote? — masculló Potter, y Ron disfrutó por escucharle perdiendo los estribos.
—He intentado hablar contigo y tal parece que solo me has utilizado, te ayudé en todo cuanto me pediste el año pasado y ahora simplemente has decidido que soy desechable— le reprochó la chica.
Ron la escuchó intentando controlar el llanto y casi sintió la presión de la culpa, pero se recordó que, por primera vez, no discutía con él. Cada vez entendía menos.
—¿No es eso? — siguió Hermione con la voz rota—. Sé que disfrutas tu papel de solitario y valiente héroe...
—¿Héroe? — la interrumpió él mirando desesperado hacia el cielo—. No sé si lo sepas, pero últimamente no es lo que se dice de mí.
—¡Eso no me importa! — chilló Hermione, enardecida—. ¿Es la impresión que te di? Porque si bien recuerdo soy yo la que te ha buscado, la que ha mostrado interés y preocupación luego de lo que pasó con Cédric...
Él se tensó de tal manera que sus hombros parecían hechos de piedra, a Hermione no le importó.
—Lo que pasó con él no es algo que quiera recordar, Granger.
Ron quiso emerger de su escondite e ir por ella. No le daba ni un poco de confianza verla frente a un tipo como aquel, sabiendo de lo que era capaz.
—Ahora soy Granger, ¿Eh? — siseó ella y avanzó amenazante hacia él, que no tuvo más remedio que retroceder—. Pensé que éramos amigos o como mínimo que teníamos algo, un...
—¿Qué teníamos qué? — la interrumpió Potter y Hermione se calló. A Ron le pareció que se sus mejillas se encendían, pero no estaba seguro.
—Intereses similares de estudio— respondió finalmente y miró a otro lado—. Pero me he dado cuenta que todos esos meses en la biblioteca ha sido tiempo malgastado, y por lo visto, quedarme aquí, contigo, durante las vacaciones resultaría en lo mismo.
—Hermione— pronunció Potter, pero ella ya estaba dándose la vuelta. Ron casi tropezó, intentando levantarse para correr hacia otro lado, pero no hizo falta.
Harry Potter se apresuró hacia ella, y detuvo su huida tomándola de la mano.
—Me ha quedado muy claro que no te interesa hablar conmigo y mucho menos una amistad, he querido ayudarte y ahora simplemente te alejas de mí sin razón alguna. Suéltame— espetó Hermione, mirando el punto en que su mano la sujetaba.
—Es que sí la hay— vaciló Potter y ella dudó al irse, incluso cuando él la soltó.
—¿Cuál es?
—No puedo decírtelo.
Hermione se río con amargura.
—Ya veo que no tenemos confianza y lo mejor será que no volvamos a vernos.
Nuevamente volvió a avanzar, y Potter, como si no supiera lo que hacía, la siguió con urgencia.
—Hermione— insistió—. Realmente no puedo decírtelo.
—Me ha quedado muy claro— lo cortó ella y no fue difícil, incluso para Ron, no notar que estaba a punto de echarse a llorar—. No te forzaré a nada, Harry Potter.
—No llores, por favor, no sé qué hacer cuando las chicas lloran— suplicó él y levantó la mano, pero a medio camino hacia su rostro se detuvo, sin atreverse a tocarla.
—¡No te he pedido que me consueles! — exclamó Hermione y lo empujó, sus ojos ardían por la furia—. Ya sé que eres demasiado importante como para una tonta chica como yo, o siquiera para ser amigos y mucho menos para dignarte a hablar conmigo frente a otros sin que te sientas avergonzado por ello. ¿No es por eso que cada vez que nos encontramos parece un misterio? Sé que mi personalidad no es agradable y quizá es por eso no tengo amigos y solo soy una simple sabelotodo irritante, ¿Crees que no lo sé?
Las palabras que Ron le había dicho por años cada que discutían, solo buscando dañarla volvieron con fuerza y lo golpearon, haciéndolo sentir terriblemente culpable. Esta vez, cuando ella quiso huir y Ron gateó desesperadamente, intentando ocultarse, Potter la tomó por el brazo y la mantuvo cerca, hablando sobre su rostro.
Nunca se había visto más seguro de lo que hacía.
—Es que no es así, ¿Cómo podría avergonzarme de la única amistad que he hecho aquí? ¿Cómo podría avergonzarme de ti?
Hermione no se movió, ni siquiera protestó y ambos, aunque extrañados por estarse tocando, por estar tan cerca rodeados por el cuerpo del otro decidieron permanecer así. A Ron comenzó a darle vueltas la cabeza, pero tampoco podía moverse.
—Eres la única persona que no me tiene miedo últimamente y has sido la única que se interesó en mí de verdad, no en la leyenda, no en la cicatriz y las habladurías. Evidentemente, la única que no cree que soy un asesino o que estoy demente. Eres, por tanto, la única persona que hace que estar aquí valga la pena, Hermione.
—Pero Harry... —murmuró ella con ternura, conmovida—. ¿Entonces de qué se trata todo esto? ¿Por qué me alejas de ti?
Ron experimentó un odio corrosivo hacia el chico y detestó la manera en que ella parecía incapaz de verlo sufriendo, lista y dispuesta para consolarlo, tan cerca de su cuerpo.
—Es demasiado peligroso, tú misma lo comprobaste el año anterior y... Luego de lo de Cédric, todo se complicó. Dumbledore dice que las cosas solo acaban de comenzar, Voldemort volvió y sé que fue culpa mía. Ahora todo es tan confuso y difícil, no puedo arriesgarte a esto. Mi vida no es buena para alguien como tú.
—No es algo que te corresponda decidir, es mi vida y la decisión es mía. Te ayudaré igual que lo hice durante el torneo, ¿Por qué no me lo pediste? Estaré ahí, Harry, quiero ayudarte, que sepas que no estás solo, que en medio de esto...
—Es diferente ahora— se negó Potter, a la vez que, con extrema delicadeza limpiaba los restos de lágrimas de las mejillas de la chica—. Me ofreciste tu amistad antes y la acepté con gusto, pero ahora, eso... Todo es diferente.
—¿Por qué habría de serlo? — insistió Hermione sin amedrentarse—. Te la ofrezco de nuevo. Déjame permanecer a tu lado.
—No lo entiendes— gruñó Potter y la soltó, retrocediendo.
—¿Entender qué? — persistió Hermione, siguiéndolo sin importarle su posible rechazo—. Soy tu amiga, Harry, y lo seré siempre que me necesites.
—No lo entiendes, Hermione, eso ya no es suficiente para mí.
El silencio que siguió a su declaración congeló el tiempo. Momento en que Ron se debatió entre huir y salir para luchar por la chica que quería, su chica. En cambio, se paralizó del horror ante lo que estaba presenciando.
—Harry— jadeó Hermione—. ¿Qué significa lo que tú...? ¿No es suficiente?
—Ya lo sabes— se río él con las manos en los bolsillos—. ¿No es patético? Me ofreciste tu amistad y la malinterpreté todo y, sin saber cómo, comencé a desear más, a querer más tiempo contigo sin esconder que nos conocíamos, sin importar si eso te ponía en peligro, y si eso me convierte en un ser egoísta, no quiero serlo y condenarte a estar a mi lado. Valoro tanto tu amistad, tu cariño, tus atenciones, todo lo que me has dado es lo que siempre esperé y... Lo mejor que puedo hacer por ti es dejarte seguir con tu vida y alejarme de ti. Incluso si...
Lo que fuese a decir, no pudo terminar. Hermione tomó impulso y se estrelló contra él, colgándose con urgencia de su cuerpo en un desesperado abrazo.
—¡Eres tan tonto, Harry Potter!— lo reprendió, a la vez que sus brazos se aferraban de su cuello. Contradiciendo sus palabras, él también la abrazó, pero cuando parecía a punto de alejarla, Hermione hizo lo impensable.
Lo besó.
Hermione estaba besando a Harry Potter frente a sus ojos, y lo que era peor, él estaba correspondiéndole. La pegó con fuerza a su pecho y con sus manos sostuvo su rostro, besándola con entusiasmo, de la misma manera en que Ron había fantaseado tantas veces.
No era justo, no había forma en que lo que veía fuera posible, definitivamente...
Ron no quería experimentar lo que sentía, no soportaba la idea de tener que renunciar nuevamente a algo que quería y menos a ella.
La amaba, la quería, y no pensaba renunciar a la chica que amaba. Quizás no había sido el mejor con ella últimamente, pero sabía que paulatinamente cambiaría y Hermione aceptaría salir con él y de ahí en más todo iría viento en popa, ¡Lo soñó tantas veces!
Y ahora su sueño estaba quebrándose frente a sus ojos, no era así como se suponía que sucedería, él no... Ron no lo merecía. Cegado por la rabia se levantó y sin pensar en nada más, los enfrentó, completamente furioso.
Él no permitiría que Harry Potter le quitara a la chica que amaba.
Con la mirada pérdida y los oídos zumbando, Ron tropezó intentando llegar a ellos, invadido por la cólera. Al escucharlo, los chicos se separaron, pero sus brazos, siguieron alrededor del otro mientras sus gestos daban paso a la absoluta sorpresa.
—Ron... —jadeó Hermione, sin aliento.
—Quita tus sucias manos de ella— escupió Ron y Potter parpadeó confundido, claramente sin esperarse algo como eso.
—Ron... ¿Qué sucede? — susurró Hermione, nerviosa.
—¿Qué que sucede? — se burló Ron colérico—. Que nos has mentido, que te has enrollado con el asesino de Harry Potter y te has permitido que te lavara el cerebro ¡Y yo que te creía lista, Hermione!
—Cierra la boca, Weasley— lo amenazó Potter e hizo ademán de avanzar, pero Hermione lo sujetó por el brazo.
—¡Es lo que eres! ¡Un asesino! — le espetó Ron, por primera vez no tenía miedo, veía puntitos rojos por la rabia y lo único que quería era algo de justicia en su vida—. Ahora vámonos de aquí, Hermione, no te dejaré con alguien como él.
—Ron, cálmate, yo volveré al castillo y hablaré contigo, pero no...
—¡Vamos, Hermione! ¿En serio crees que es inocente? ¡Mató a Cédric y luego inventó una farsa!
Ron avanzó y quiso tomarla de la mano, pero Potter le dio un empujón que lo hizo retroceder, casi arrojándolo al suelo. A pesar de ser más alto, Ron no dudó de su fuerza, pero estaba desesperado por sacarla de allí.
—Atrévete a tocarla cuando no lo quiere y verás— gruñó Harry y Hermione miró de uno a otro con desesperación.
—No me importa que seas un héroe o un asesino— se mofó Ron sin intimidarse—. Sé la clase de persona que eres y no dejaré a mi mejor amiga contigo.
Potter se quedó quieto al oír sus últimas palabras y Ron se horrorizó al pensar que él lo sabía. Que, con solo el tono de su voz había revelado todo, lo que sentía por Hermione, toda la verdad y que lo diría ahí mismo.
—Estaré bien— susurró Hermione, colocándose entre los dos, sujetó a Ron por la tela del brazo y lo empujó hacia atrás en dirección al castillo—. Vámonos de aquí, Ronald, ¡Y no pienses que esto se quedará así!
El pelirrojo bufó y estuvo a punto de volver a arremeter cuando Potter la rodeó con un brazo y besó su frente lentamente, mirándolo mientras lo hacía. Definitivamente, él sabía sobre sus sentimientos y ahora estaba mostrándole la ventaja que tenía con Hermione.
—¿Te veo después?— le susurró Hermione, completamente roja.
—Cuenta con ello— afirmó Potter y le sonrió un poco. La castaña asintió dócilmente y Harry pasó por su lado en dirección al castillo, desapareciendo en medio de la noche.
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Las llamas en la chimenea ardían curiosamente y Ron las comparó con la manera en que se sentía por dentro. Ahora que tenía la oportunidad, ni siquiera sabía que preguntar.
—¿Y bien?— lo presionó Hermione, nuevamente sentada frente a él de brazos cruzados.
—¿Desde cuándo?
Ella entornó los ojos, hastiada.
—Desde hace un año.
—¿Cuándo su nombre salió en el cáliz? — preguntó Ron, sin creérselo—. Es posible que sea un asesino y tú nos escondiste esto durante meses, ¡Meses!
Neville, muy quieto a su lado apenas y era capaz de emitir palabra.
—¡Él tenía miedo de morir!— lo defendió Hermione, con gesto apasionado que lo mareó—. Recurrió a mí porque sabía que podría ayudarlo, y no tenía amigos, Ron. Era solo un chico asustado al que habían engañado para poner su nombre en el cáliz y así colocarlo en peligro en el Torneo, ¡Él jamás habría puesto su nombre en el cáliz!, Fui la amiga que él tenía.
—¡Oh, vamos, tú no eres su amiga! Es obvio que no te quiere para eso.
El rostro de Hermione se tornó carmín.
—¿Y qué más da? — lo retó Hermione entre avergonzada y alegre—. Yo le quiero, Ron. Harry Potter me gusta y me alegra que él sienta lo mismo por mí. ¡Deberías entenderlo! Soy su amiga, también, y lo que queramos ser me hace inmensamente feliz, ¿Qué se suponía que hiciera? Harry me hace bien y bastante feliz y, sospecho que él siente lo mismo por mí.
— Sí, claro, solo sospechas...
—¡Lo sabría si no hubieses interrumpido, Ronald Weasley!
Al chico le dio la impresión de que lo golpearía, pero por suerte, Neville eligió ese momento para hablar.
—Espera, ¿Estás saliendo con Harry Potter?
—Yo... Podría decirse que sí— admitió Hermione mirándose las manos, avergonzada— Y, si alguno de ustedes intenta meterse en mi vida, en mis decisiones... Solo me gustaría que fueran mis amigos y lamento no haberles dicho, pero quiero seguir contando con su amistad, todavía es difícil hasta para mí...
Ante todo pronóstico, Hermione se echó a llorar. Neville la rodeó con un brazo y le aseguró su amistad, pero Ron... Él se consumía por los celos y la rabia.
Eso no se podía quedarse así, no podía permitirlo.
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Hasta ese momento, sus desventajas eran visiblemente claras. Ron era un simple chico, el menor de un montón de hermanos con muchas cualidades por encima de las suyas. De cabello rojo encendido, completamente común y corriente, con pecas surcando su rostro y con ninguna habilidad increíble descubierta hasta la fecha.
En ocasiones, debía admitir, era demasiado explosivo con Hermione, pero se enfadaba demasiado y muchas veces decía cosas sin pensarlas de verdad, ¡Él no quería ser tan torpe con las palabras! Sin embargo, lo era.
Allí donde él contaba con defectos, Potter rebosaba de virtudes.
Todos decían que era valiente, terco, osado y un mago poderoso.
Ron prefería no arriesgarse y después de tantos años, seguía preguntándose porque había sido sorteado en Gryffindor.
Seguramente, para Potter, Hermione era la primera chica en su vida, y viceversa, lo que hacía todo más cursi y ridículo.
Ron, por otro lado, contaba con una larga lista de chicas de las que difícilmente podía recordar los apellidos y con las que no tenía la mínima pizca de afinidad. Si era sincero, ninguna de esas relaciones funcionó.
Debía comenzar a enmendarlo.
—El problema fue mío, lo sé— admitió Ron y descansó el mentón sobre el soporte de la ventana del vagón.
—Oh, vaya, jamás pensé que tú pensarás... Que tú creyeras que Hermione...
Ron miró de reojo a Neville, ni siquiera sabía porque le había confesado todo, pero debía decírselo a alguien o explotaría.
—Yo tampoco lo sabía, pero dentro de poco iba a pedirle a Hermione una cita— mintió—. Luego apareció ese idiota.
Originalmente, Ron creyó que su relación con Hermione era inevitable, por eso salía con otras chicas, pero jamás pensó que eso pasaría.
—Lo siento mucho, Ron— se solidarizó Neville, con una mano en su espalda—. Pero ahora que sale con Harry Potter...
—Sí— gruñó Ron, mientras miraba por la ventana y se imaginaba a su chica, quedándose en el castillo con Potter a pasar la Navidad.
—A veces las cosas pasan por una razón, Ron.
—¡Ya sé!— exclamó el pelirrojo de repente y se enderezó de golpe, sorprendido por una reveladora oportunidad—. Potter es el primer chico que le prestó atención de verdad, o eso cree Hermione, es por eso que se enamoró de él y solo hace falta mostrarle que no es más que un enamoramiento tonto. ¡Yo le enseñaré!
—¿De verdad crees que es buena idea?— masculló Neville con incertidumbre—. Yo la vi demasiado contenta y enamorada.
Ron desconectó su mente. Por fin estaba teniendo el plan perfecto y sin importar sus defectos ni todas las desventajas con la que contaba, renunciaría a Hermione Granger.
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Como esperaba, las cosas no fueron fáciles. Hermione estaba radiante al finalizar las vacaciones, y los recibió con una noticia detestable.
Ella y Potter habían comenzado a salir oficialmente. Mientras Ron escuchaba las tontas canciones navideñas de la radio de su madre Potter estaba declarándose a Hermione. Y ahora eran insoportables.
Decido a mostrarle su eterno amor, Potter y Hermione ahora salían juntos sin importar los murmullos de los demás, y Ron estaba desesperado. Un año más transcurrió en la miseria, y sus deseos por estar con Hermione no habían hecho más que crecer.
Si agradecía o hacía un cumplido sobre algo acerca de Hermione, Harry Potter lo hacía mejor.
Acostumbrado al rechazo y la soledad, supuso que no querría perderse las atenciones de la chica, pero Ron estaba dispuesto a cambiar eso. Luego de muchos intentos, finalmente Hermione volvía a sonreírle y a ayudar Neville y Ron con sus tareas, gesto que este último rechazó, muy para su pesar, alegando querer ser más responsable. A ella le fascinó.
Así como lo fue cuando terminó y rompió toda relación con Lavender y cualquier chica, enfocándose en sus clases, aunque la mayoría de las veces Neville era quién tomaba los apuntes, de todos modos, Ron se esmeró en escuchar por primera vez lo que Hermione les explicaba sobre cada aburrida materia.
Como consecuencia, ella era más feliz a su alrededor y casi no discutían.
—Eso suena como algo que podrías hacer— le dijo Ron, cuando ella le comentó su idea sobre realizar más gorros y bufandas para los elfos, pese a no entender el propósito de todo aquello.
—¿De verdad? En mis tiempos libres realmente me gustaría saber que estoy ayudando a esos pobrecitos.
—Hazlo entonces— la animó Ron y comenzó a guardar sus útiles ordenadamente en su mochila ha. Con práctica, podrás hacer más cada día y liberar a muchos de ellos.
—¡Eso sería un sueño! — suspiró Hermione y sin previo aviso, lo abrazó, Ron se maravilló al sentirla contra él y le regresó el gesto con fuerza, hundiendo su nariz entre su cabello para aspirar con fuerza.
Hermione se removió, separándose un poco de él para mirarlo con extrañeza y nervios.
—Gracias por escucharme, Ron— murmuró finalmente.
—Para eso están los amigos, ¿No es así?
Hermione se río y muy para su pesar, lo soltó. Potter estaba acercándose a ellos desde el otro extremo, sin perder detalle del abrazo roto hace segundos.
—¡Harry! — lo saludó ella y besó sus mejillas con cariño—. ¿Podrías adivinar de lo que estábamos hablando?
—No lo creo— respondió él, mirando a Ron con la mandíbula apretada.
—Te veo después entonces, Hermione— se despidió Ron y con una sonrisa triunfante los dejó solos.
Después de todo, podía tener una oportunidad.
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Realmente era difícil fingir que podía con todas sus tareas. Sin otra opción, Ron recurrió a su último recurso: la biblioteca.
El único inconveniente era que ni siquiera sabía que se suponía que debía buscar o de cuales libros requeriría. Esa era su recompensa por fingirse responsable.
Sabía que, a esa hora, la biblioteca estaba por cerrar, y que posiblemente Madame Pince lo mataría si dañaba uno de sus preciados libros, pero realmente estaba necesitaba una ayuda extra. Sobre su mesa había un montón de ejemplares y ninguno de ellos lo ayudaba de verdad, si tan solo Hermione estuviese ahí...
Al pensar en ella, suspiró profundamente, recordando el dulce aroma de su perfume y la forma de sus caderas... Alarmándolo, desde uno de los extremos del pasillo escuchó pasos acercándose a su diferencia y Ron casi se imaginó rogándole paciencia a Madame Pince, sin embargo, no era ella la persona que apareció al final de las estanterías, mirándolo fijamente.
—No vengo aquí por lo que piensas, sea lo que sea— comenzó Harry, con ambas manos en los bolsillos.
—¿Y qué es entonces?— lo retó Ron.
—Es para decirte algo importante— suspiró él joven y sin preámbulos, continuó:— Sé que quieres a Hermione, no de la manera en que yo lo hago, estoy seguro, pero lo haces, de alguna manera.
—Bueno... era cuestión de tiempo que lo supieras.
Potter asintió, como si entendiera a que se refería.
—Supongo que sí. Pero no vine a eso— dijo, y Ron pudo notar lo extraño que actuaba. Antes de Hermione, jamás había notado emociones en él y ahora era como si fuera más humano que cualquiera.
—Mira, Weasley, realmente no eres de mi agrado.
Ron abrió y cerró la boca, sin hallar nada que decir que no fuera una ofensa.
—Déjame terminar, así como no me agradas, sé que eres su amigo y que la has conocido más tiempo que yo, también, conozco tus intenciones con ella— murmuró, endureciendo su expresión, en sus ojos verdes brilló cierto matiz de celos, que rápidamente desapareció—. Está bien, lo comprendo. Te permitiré cortejarla, si ella lo acepta, no porque no la quiera, sino por todo lo contrario. Quiero que Hermione tenga una vida y conmigo eso parece imposible, si logras hacer que ella te ame estarías salvándola, Weasley.
No era lo que esperaba, se repitió Ron, quedándose sin palabras. Era extraño, completamente irreal lo que sucedía. Incluso, sin quererlo, Ron se sentía un poco miserable por pensar que se sentiría ser Potter, como para desear renunciar a la chica que quería solo por tener una vida demasiado peligrosa.
Merlín, debía ser agobiante.
—Yo... lo haré. Ella se enamorará de mí, ya verás— le prometió Ron, sintiéndose muy ligero.
Potter asintió con un cabeceo y sin mediar palabra se dio la vuelta.
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Oficialmente, Ron tenía el camino libre, sin problemas, listo para asegurarse que Hermione estaría con él y Potter no lo arruinaría.
Sin embargo, las cosas habían tomado más tiempo del necesario, sí, era cierto que Potter le prometió no oponer resistencia ante su cortejo, pero tampoco le garantizó dejarla en bandeja de plata para él.
Su relación se estaba alargando más de lo que le gustaría y encontrándose tan cerca del final de su penúltimo año en Hogwarts, Ron estaba desesperado por sacarlo de su camino.
Potter y él no habían vuelto a cruzar una sola palabra, pero Ron creía que estaba arrepentido de sus antiguas palabras y por eso no se apartaba de una buena vez de en medio. Como deseó poder deshacerse de él y desaparecer toda la amenaza que su presencia representaba y, lo que era todavía peor, los constantes pensamientos a su favor.
Quizás Potter no era tan malo realmente, pero eso solo lo hacían aún peor. Teniéndolo tan cerca, Ron debía admitir que resultaba bastante agradable, lo suficiente para ganarse la simpatía de Neville. Quizás, de no haberse encontrado detrás de la chica de la cual Ron se encontraba enamorado, no habría tenido problemas en ofrecerle su amistad. Sin embargo, la respuesta a sus deseos llegó pronto, no como Ron hubiese querido, pero lo hizo.
Tan cerca del atardecer de un día como cualquier otro, Ron se encontraba listo para sentarse en la sala Común luego de un largo día de exámenes junto a Neville, intentando buscar despejarse del estrés de las pruebas jugando un buen partido de ajedrez. Con lo que no contaban, fue lo que ocurrió a continuación.
Hermione entró corriendo por el hueco del retrato en medio de un mar de lágrimas, asombrando a los pocos alumnos a su alrededor, Neville y Ron rápidamente corrieron a su encuentro y al verlos, ella se apresuró en su dirección. Cuando Ron hizo ademán de tocarla, ella se desplomó en sus brazos completamente descompuesta, comenzando a asustarlo.
—¿Qué sucede, Hermione?
Por unos segundos, ella no dijo nada, al menos no entendible en medio de sus sollozos. Luego de unos segundos, Ron pudo rescatar algunas palabras en medio de sus sollozos, hasta que ella consiguió calmarse.
—Él se fue, Ron, se fue sin mí... se marchó con Dumbledore y... — sollozó, mientras luchaba por limpiarse las lágrimas—. ¿Y qué si no vuelve? Está en medio de algo grande, lo sé. No ha querido decirme nada, pero no ha hecho falta...
Y lloró con más fuerza, Ron no tuvo más remedio que consolarla y, contrario a lo que esperaba no se sintió satisfecho con la desgracia del joven. Había algo en la voz de su amiga que le hacía ver que, al referirse a algo grave, lo decía en serio y no se sintió remotamente bien, simplemente y por primera vez, esperó que Harry Potter estuviera bien.
—Tranquila— susurró Neville, frotándole la espalda suavemente—. No debe ser nada, además, está con Dumbledore. ¿No es así?
—Oh, yo... No lo sé, tengo un presentimiento de que las cosas...
El llanto de Hermione cesó a la vez que un enorme estruendo resonaba por el Castillo, a las afueras de la Sala Común. La mayoría de los estudiantes se apresuraron a las ventanas, alarmados.
Alguien gritó y luego todo se convirtió en un caos. Los alumnos corrían y gritaban y en cuestión de segundos, Ron se encontró inmerso en un pandemónium.
Los mortífagos invadían Hogwarts.
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Cuidándose de no pisar entre los escombros de lo que alguna vez fuera la Torre de astronomía, Ron avanzó arrastrando los pies.
—¿Cómo está Bill?— le preguntó a George, quien intercambió una mirada exhausta con Fred.
—No lo sabemos todavía, pero mamá y Fleur están allí con él.
—Bien— respondió Ron y distinguió a su amigo, Neville, ayudando a unos cuantos chicos de años menores a mantener la calma.
Él realmente se había comportado como un héroe, uno de los de verdad.
Ron se sentía un poco imbécil por haber pensado durante años que Neville era un fracaso solo porque él se sentía así respecto a sí mismo.
Ahora, en cambio, estaba cansado de esperar un cambio en su actitud que no sucedería hasta que hiciera algo al respecto, uno que se negó antes por decisión propia enfrascándose en trivialidades.
Había visto por primera vez en toda su vida lo que significaba el peligro a morir y lo que los mortífagos eran capaces de hacer. Dumbledore estaba muerto.
No sabía mucho de ello, pero estaba seguro que Malfoy, Snape y varios mortífagos habían tenido que ver en la batalla, una a la que jamás se preparó. Ver la muerte tan cerca de él, de sus amigos y familia lo aterró de maneras inimaginables.
—¿Dónde está Hermione?— le preguntó Neville, que se había acercado con gesto preocupado, su rostro se encontraba lleno de escombro.
Algo en el pecho de Ron se hundió, hacia minutos, o quizás más que no la había visto. Durante la batalla apenas y pudo buscarla, todos los hechizos y peligros parecían haberla esquivado, sin siquiera tocarla e incluso sabiéndolo ilesa, estaba comenzando a ponerse nervioso. ¿Dónde podía estar?
Oh, debió haberlo adivinado.
Con Neville a su lado, caminaron hasta las afueras del castillo, situándose justo debajo de la Torre de Astronomía. Varios alumnos ya estaban ahí, presenciando con horror el apacible cuerpo de Albus Dumbledore, tendido en el suelo.
Se escuchó un sollozo ahogado y luego la mata alborotada de cabello de Hermione atravesó el patio.
Harry Potter se acercaba por el otro lado, con los ojos fijos en la multitud. Algo en él se rompió cuando su mirada se encontró con la de la chica, permitiendo de todos modos que ella corriera hacia él, recibiéndola en sus brazos.
—Pensé que no volveríamos a vernos— lloró Hermione tocándole el rostro con fascinación—. Oh, Harry.
Él susurró algo sobre su oído, y la besó dulcemente en los labios.
—Harry... —pronunció ella al separarse y esta vez, Ron supo la razón de la melancolía en su voz.
Él por fin miraba lo que todos.
Harry la soltó lentamente y sin detenerse avanzó hasta que se desplomó frente al cuerpo inerte de su mentor, Hermione también lo siguió y acogió su cuerpo con el suyo, intentando protegerlo de un dolor que Ron sabía, Potter no merecía.
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Todo estaba claro, siempre lo estuvo, quizás. Cuando la guerra estalló, todos lo sabían. No habría suerte para nadie, si es que alguna vez había existido tal cosa.
Ron no protestó por su mala fortuna. Ahora sabía que, como él, muchos otros padecían el mismo miedo, sin importar cuánto dinero y privilegios tuviesen. Todos morían por igual y después de todo, la vida era tan efímera que tratar de comprenderla resultaba abrumador.
Por eso, cuando Hermione pisó su casa por primera vez en meses, para la boda de Bill y Fleur, Ron se sintió irremediablemente feliz con su compañía. Siempre deseó tenerla allí, y ahora ella estaba por irse luego de una corta estancia.
Sin embargo, no podía dejar de recordarla, de buscar su compañía a cada momento, observándola tan hermosa para la boda, bailando con él, rodeada por sus brazos durante gran parte de la noche. Incluso por la mañana, cuando ella acababa de despertar y desayunaba en su mesa, con expresión somnolienta y una diminuta sonrisa para responder a lo que su madre le decía, resultó perfecta.
Su felicidad no duró mucho.
La Orden del Fénix había vuelto a organizarse, con Remus Lupin y Sirius Black, el padrino de Harry Potter, un hombre alegre y astuto al frente de todos los movimientos. Ubicados en algún lugar del país, supuso, al que Hermione se marcharía después, orquestando todos los planes que con suerte acabarían con la guerra.
—Ya sabías que pasaría— le dijo Hermione y Ron giró la cabeza para no verla. No quería escucharla, en su lugar la contempló sentada sobre su cama, rodeada por sus posters de quidditch en la pared de su habitación, diciéndole que estaba por irse sin saber si volverían a verse.
Ron estaba asustado, pero también y aunque lo odiara, llenándose la una terrible resignación al saber que no la haría cambiar de opinión.
—¿Y que si no vuelves, Hermione? — preguntó, sabiendo que había un poco de pánico en su voz, pero ella solo se levantó y acarició su mejilla con cariño.
—Lo habré ayudado hasta el final, Ron. Es todo lo que deseo.
Él vaciló, pero finalmente sujetó su rostro con sus manos y se acercó a sus dulces labios con añoranza. Si esa era su única oportunidad, si podía hacerla cambiar de opinión, él necesita internarlo.
Por un segundo, Ron casi sintió su aliento sobre su boca y la escuchó suspirar. Tan cerca... Hasta que Hermione se alejó.
—No es correcto, Ron — se negó, acariciando su mejilla—. Creí amarte durante años, cuando era una niña, fuiste mi primer amor ¿Lo sabías?
Ron sintió un nudo en la garganta.
—Pero siempre fuiste tan independiente y te gustaba tanto estar rodeado de chicas bonitas y encantadoras, que supe que ser amigos era nuestro único destino.
—Lo siento, lo lamento tanto, Hermione... — carraspeó él, imaginándose todo lo que habría sucedido con ambos si tan solo hubiese sido más valiente.
—No lo lamentes, Ron— lo consoló ella con ternura—. Conocí el amor de verdad en Harry gracias a ti, y sé que tú lo harás. Tienes todo un futuro por delante.
Él la miró y supo que realmente la amaba. No como creyó hacerlo cuando físicamente la encontró atractiva, no, ahora todo era diferente. Amaba lo que era, la mujer en la que se había convertido con Harry Potter y sabía, que no podía detenerla. Siempre había sido libre y siempre lo sería, incluso en medio de una guerra.
Así que no insistió, ni siquiera le dijo cuanto la amaba, eso sólo la dañaría y Ron ya había hecho mucho de eso durante todos sus años conociéndose.
—Esa es mi chica valiente— susurró y, con dolor, besó cada una de sus mejillas, deseando que el contacto que tenían sus labios fuera contra los de ella, pero eso era más de lo que podía desear—. Si necesitas algo aquí estaré.
—Gracias, Ron— le dijo Hermione y lo abrazó fuertemente—. Te convertiste en el gran hombre que siempre supe que serías. Tu familia es encantadora y estos días han sido maravillosos.
Ella lo soltó, y Ron entendió que iba a despedirse de Neville también, una despedida similar por ser sus amigos. Nada parecido a lo que él estaba deseando al querer abrazarla y besarla intentando no pensar en la enorme posibilidad de no volver a verla.
Quince minutos después, Hermione se encontraba frente a la puerta de su casa, con un bolsito de cuentas en las manos y Harry Potter esperándola cerca del viejo cerco de madera, listo para llevarla consigo. Ella corrió a su encuentro y él la besó con cariño mientras Hermione, radiante, le contaba sus planes futuros.
Ron sintió la mano de Neville sobre su hombro, además de Harry Potter, él era el único que conocía sus sentimientos.
Hermione miró hacia atrás una última vez y levantó la mano, despidiéndose con una bonita sonrisa en sus labios, como si realmente no estuviera marchando a un futuro incierto. Ron supuso que eso era lo que significaba el amor, devolverle el gesto, despidiéndose, como si no estuviera dejando ir a la mujer que amaba.
Potter y ella se tomaron de las manos y en un segundo habían desaparecido, pero Ron estaba seguro que, aunque la suerte no existía, Harry Potter haría lo necesario para mantener a su chica a salvo.
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Cuando la guerra terminó, muchas heridas quedaron abiertas, muchas preguntas sin respuesta, pero el mundo mágico, de alguna manera, consiguió salir adelante.
Voldemort había muerto, eso era un hecho indiscutible y la paz y bienestar finalmente fue posible gracias a Harry Potter, el héroe del mundo mágico. El chico tímido, sin amigos, por el que nadie apostaba nada y al que Hogwarts recibió con los brazos cerrados.
Gracias al hombre en el que posteriormente se convirtió, el mismo que se enfrentó con coraje a un destino impuesto, todos podían vivir una vida libre del peligro que la existencia de Voldemort suponía.
El héroe que había enamorado a la mujer que algún día Ron amó, el mismo con el que no dudó en escapar apenas la guerra llegó a su final. Marchándose sin respuestas, sin cuestionamientos y sin dudas.
Durante años, nadie supo nada de ambos héroes, nada, hasta ese día.
A veces, Ron pensaba en Hermione y recordaba sus rizos salvajes y el intenso color de sus ojos, intentando imaginar como habría sido todo de no haberla herido durante todos esos primeros años de amistad. Él la amó, no tenía duda, y a veces se preguntaba si no seguía haciéndolo, pero también, consciente de todo, sabía que Harry Potter curó todas sus heridas y la motivó a convertirse en la mujer que siempre soñó ser.
Por eso mismo, no le sorprendió verla nuevamente, tan radiante como la última vez que la miró y tan hermosa y feliz, que le arrebató el aliento. Por años, Ron fantaseó con la idea de que había sido de su vida, y ahora lo sabía.
—¡Papá! — gritó Hugo, su hijo menor, tirando insistentemente de la manga de su túnica—. ¡Es tarde y no quiero tener mala suerte por no encontrar un vagón libre!
—Mala suerte, ¿Eh? — repitió Ron, sin poder evitar sonreír. Su hijo gruñó con desesperación y él revolvió su pelirrojo cabello cariñosamente, a la vez que empujaba de su carrito hacia el enorme expreso escarlata en el andén ¾.
—Sabes que la mala suerte no existe, ¿Verdad?
—Eso dices tú, papá— contestó el niño, meneando la cabeza, intentando peinarse.
—Mala suerte sería no encontrar a madre y tus hermanos— bromeó Ron y su hijo río de la misma manera que su madre.
—¡Ahí están! — gritó Hugo y señaló al frente, antes de que Ron pudiera decirle algo, su hijo echó a correr hacia su madre y sus hermanos, esperándolos cerca del andén. Un grito que, sin embargo, atrajo la atención de alguien más.
Hermione se veía más hermosa que nunca antes, definitivamente los años le habían sentado maravillosamente y Potter, a su lado, se veía indudablemente orgulloso, en sus brazos, cargaba con una preciosa niña de cabellos negros, atados en dos coletas que se mecían con cada movimiento y, frente al matrimonio, un niño de alborotado cabello café, llevando un carrito idéntico al de su propio hijo, mostrando el mismo nerviosismo.
Ellos habían vuelto finalmente a casa.
Ron comprendió en ese momento que Harry Potter la había hecho sentir lo que él jamás habría podido, y que era lo correcto.
Su hijo, el pequeño Hugo, pasó corriendo al lado de la primera mujer que Ron amó y que le enseñó todo lo que el amor debería ser. Hermione, miró al niño con cariño, reconociéndolo por el increíble parecido con su amigo de infancia. Contenta, levantó la mirada y buscó en la multitud.
Su mirada terminó por encontrarse con la de Ron, ya observándola.
Café y azul.
Hermione sonrió, reconociéndose, luego se inclinó y susurró algo en el oído de su esposo. Harry Potter asintió con comprensión y al verse, ambos hombres se saludaron a la distancia con discreción.
Ron suspiró. Nadie amaría a su Hermione como él lo había hecho, pero eso no quería decir que no hubiese nadie mejor para ella.
Definitivamente ella era más feliz con él.
