¡Hola a todos! ¿Qué tal estáis? 😊 Vengo con una pequeña historia que llevaba tiempo rondando mi cabeza, y, aprovechando que he estado de vacaciones, por fin he tenido tiempo de darle forma. En principio iba a ser un one-shot, pero… me emocioné escribiendo 😂 así que al final lo he dividido en tres capítulos más cortitos, para que no se haga tan pesado 😋

En mi cabeza se sitúa en un hipotético sexto curso en Hogwarts, en el cual podríamos decir que Voldemort está de vacaciones (lol), porque su presencia no es importante en esta historia. Es decir, no tiene nada que ver con el canon del sexto libro… Draco no tiene la misión de asesinar a Dumbledore, etc. Es, simplemente, una historia escolar entre Draco, Hermione y el Quidditch.

Ojalá la disfrutéis, de verdad 😊

Disclaimer: todos los personajes, y todos los lugares, pertenecen a J.K. Rowling, no son de mi invención.

Y, ahora sí, ¡a leer!


CAPÍTULO I

Hermione nunca había visto a nadie sufrir un tic nervioso en una pierna estando tumbado en una cama, pero parecía ser algo posible. Harry lo estaba sufriendo. La zona de la sábana que cubría su pierna derecha llevaba ya un buen rato subiendo y bajando de forma rápida y fugaz, apenas imperceptiblemente.

Estaba recostado en una de las camas del fondo de la Enfermería, con la espalda apoyada sobre las mullidas almohadas, vestido con un pulcro pijama blanco, y cubierto con una sábana hasta la cintura. Tenía los brazos firmemente cruzados sobre el pecho, y sus verdes ojos se estaban moviendo de forma nerviosa tras sus gafas redondas, recorriendo la estancia ante él sin verla realmente. Inmerso en sus cavilaciones. De hecho, llevaba ya un buen rato sin pronunciar ni una palabra, y Hermione se lo respetaba.

La chica estaba sentada en una incómoda silla de madera, junto a su cama, de cara a él. Al lado de dos sillas idénticas, vacías en ese momento. Contemplaba a su amigo de forma intermitente, escrutando con preocupación la tensión de su serio rostro. La joven retorcía las manos sobre el regazo, incómoda. Sin saber qué decir. Sin saber qué podría decir para reconfortarlo.

Una brillante y agradable luz se colaba por las altas ventanas acristaladas del fondo de la estancia. No había nadie más en la Enfermería a excepción de ellos. Ni siquiera Madame Pomfrey estaba presente. La habían visto meterse en su despacho hacía un buen rato, y parecía tener muchas tareas pendientes en el interior.

De pronto, unos pasos apresurados rompieron el denso silencio. Hermione se enderezó en la silla, y observó a Harry con nerviosismo. Vio cómo los ojos de su amigo se abrían de golpe y giraba el rostro para mirarla también. Como si acabase de recordar que estaba ahí. Intercambiaron una mirada inquieta, y entonces dos pares de pies se adentraron en la estancia por las puertas dobles.

Ginny, de estatura baja, pero delgadas y rápidas piernas, fue la primera en entrar corriendo en la Enfermería. Su largo cabello pelirrojo estaba suelto, y volaba tras ella, siguiéndola como una estela de fuego. Ron entró tras ella, jadeando sonoramente, y cerrando las puertas a su paso. Su corto cabello no volaba a su alrededor tanto como el de su hermana pequeña, pero lucía definitivamente revuelto por la rápida carrera.

—¿Y bien? —preguntó Harry al instante, con urgencia, apoyando las manos sobre el colchón como si pretendiera ponerse en pie. A pesar de saber que su pierna izquierda no le respondía. Hermione se giró sobre la silla, para poder mirar por encima de su hombro y ver llegar a sus dos amigos. Sus ojos marrones lucían angustiados.

Ginny fue la primera en llegar junto a la cama, casi sin aire. Sin siquiera llegar a sentarse, apoyó las manos en el respaldo de una de las sillas libres que había junto a Hermione. Dedicó al joven Potter una mirada definitivamente cargada de estrés.

—Nadie —manifestó, en cuanto logró encontrar el aliento para hablar. La mandíbula de Harry cayó por su propio peso. Ron llegó en ese momento junto a ellos y se dejó caer sentado en la silla que quedaba libre. Su pecoso rostro estaba perlado de pequeñas gotas de sudor y respiraba con dificultad.

Los hombros de Hermione descendieron con abatimiento. Casi podía escuchar las esperanzas de Harry estrellarse contra el suelo de baldosas de la Enfermería. Esto pintaba realmente mal…

—¿Nadie? —repitió Harry, como si semejante palabra fuese inconcebible. Miró a ambos hermanos intermitentemente. Esperando que lo desmintieran—. ¿Nadie, nadie?

—Nadie —corroboró también Ron, girando el rostro para mirar a Hermione, saludándola con la mirada e incluyéndola en la conversación—. Nadie se ha ofrecido. Nadie quiere hacerlo.

—Pero eso no es… —farfulló Harry, demasiado nervioso como para articular. Parpadeaba con rapidez, y su rostro lucía en tensión—. No puede ser. Alguien tiene que… ¿Habéis preguntado a…?

—Todo el mundo —aseguró Ginny, sentándose por fin en la silla. Había recuperado una respiración saludable más rápidamente que su hermano mayor. Pero se mostraba tan estresada como Harry—. A todo el que hemos visto. Incluso hemos subido a las habitaciones. Nadie quiere sustituirte.

—Dicen que es demasiado repentino —completó Ron, apático, rascándose una ceja—. El partido es mañana, y, sin un mínimo entrenamiento, no quieren arriesgarse. Nadie quiere jugar en tu lugar.

—Pero… pero vamos a ver… —Harry parecía encontrarlo completamente inconcebible. Se enderezó un poco más, haciendo una mueca de dolor cuando su pierna izquierda le provocó un pinchazo—. ¿Me estás diciendo que no hay nadie, ni una sola persona en toda la Casa Gryffindor, que pueda sustituirme mañana? Eso es imposible. ¿Qué pasa con Dean? ¿Y Seamus?

—Seamus dice que el Quidditch se le da fatal —contestó Ron, recargándose en el rígido respaldo del asiento—. Y Dean dice que su puesto es el de cazador…

—¡Pues que juegue de cazador! —saltó Harry, frenético—. ¡Y Ginny puede ser la buscadora!

Pero la joven Weasley estaba sacudiendo la cabeza.

—Se lo he dicho, pero dice que sin entrenar no se atreve. No quiere hacer el ridículo.

—¿Ridículo? —repitió Harry, expresando un repentino pasmo con su expresión—. ¿Ridículo? ¡Eso es lo de menos! ¡Si no encontramos a un buscador para mañana, no podremos siquiera jugar el partido!

Hermione permanecía muda, escuchando a sus tres amigos discutir exaltadamente. No sabía qué decir. Empatizaba con su estado de ánimo alterado, y su casi histerismo, pero no se sentía en posición de abrir la boca. Después de todo, el Quidditch era algo ajeno a ella.

Todos sus problemas habían comenzado dos horas atrás, durante la clase doble de Herbología, a segunda hora de la mañana. Ese día se estaban enfrentando a la Tentácula Venenosa, una horrible y peligrosa planta que tenía la capacidad de atrapar presas vivas. Y era una capacidad que habían visto en directo. Mientras Ron intentaba recolectar el veneno que salía de sus brotes con un bote, y Hermione intentaba podar con unas tijeras reforzadas mágicamente sus afilados picos defensivos, Harry había sido atrapado por uno de sus tentáculos. La robusta planta le había rodeado el tobillo izquierdo, de forma discreta, sin que se dieran cuenta, para después agitarlo inesperadamente por el aire como si fuera un muñeco. Después de que sus amigos intentasen varios desesperados hechizos, y gracias a la rápida intervención de la profesora Sprout, que se encontraba salvando a Neville de ser estrangulado por otra Tentácula Venenosa en la mesa de al lado, lograron rescatar al muchacho. Sin embargo, su pierna izquierda no había resultado muy bien parada. Se había dislocado el tobillo allí donde la planta lo había agarrado con sus tentáculos, y se había golpeado la rodilla, fracturándose la parte inferior del fémur.

Madame Pomfrey le había asegurado que no le quedarían secuelas, y que las lesiones podrían ser tratadas con bastante rapidez. Pero para ello debería quedarse todo el fin de semana en la Enfermería, mientras sus huesos sanaban.

Pero para el joven Potter eso no era una opción. Tenían partido de Quidditch al día siguiente. Un partido de Quidditch contra Slytherin. La Copa de Quidditch contra Slytherin. Tenía que jugar.

Le había suplicado a la enfermera que le permitiese jugar, pero, tras un monumental rapapolvo por parte de la mujer, en el cual le dijo que era un irresponsable, un inconsciente, y que "ni por toda la poción pimentónica del mundo" le permitiría salir de la Enfermería hasta que ella considerase que estaba completamente curado, se había obligado a rendirse. Por ello, Ron y Ginny habían acudido raudos y veloces a su Sala Común, en busca de un sustituto urgente.

Al parecer, sin ningún éxito.

—¿Y Lavender? ¿Y Parvati? —seguía insistiendo Harry, con brusquedad.

—Les hemos preguntado. Pero nos han mirado como si estuviéramos locos —respondió Ron, encogiéndose de hombros.

—¿Y Neville? —insistió Harry, recuperando el tic en su pierna derecha. Comenzaba a lucir sonrojado de puro estrés.

—Le ha dado un ataque de risa —contó Ginny, elevando una de las comisuras de sus labios.

—¡¿Y Colin Creevey?! —estalló Harry, su voz volviéndose casi audible para los murciélagos.

—En un principio nos ha dicho que sí —contó Ron, más animado, como intentando demostrar que habían hecho un buen trabajo—. En fin, ya lo conoces, haría lo que fuera por ti… Pero después se ha dado cuenta de que el partido es contra Slytherin, y, en fin… —arqueó una ceja, con resignación.

—Les tiene miedo —completó su hermana, frustrada—. Especialmente a Malfoy. Al parecer el otro día lo encerró en… ¿Dónde ha dicho?

—En un escobero, de no sé qué piso. Con un Geranio Colmilludo —añadió Ron, poniendo los ojos en blanco y sacudiendo la cabeza. Hermione abrió mucho los ojos y bufó, indignada—. Típico de Malfoy.

—Oh, maldita sea, Malfoy no va a atacarlo con un Geranio Colmilludo en el partido —protestó Harry, demasiado estresado como para sentir empatía por su joven admirador—. Necesitamos a alguien, quien sea... ¿Y Romilda Vane? ¿Le habéis preguntado? —añadió, casi con fiereza.

Ginny lo miró con pesadez, ladeando la cabeza y comenzando a mostrarse molesta.

—Harry, hemos preguntado a todo el mundo. A todos —enfatizó, intentando hacerlo entrar en razón—. Puedes nombrarnos uno por uno a todos los estudiantes de Gryffindor y nuestra respuesta será que no puede sustituirte.

—¿No hay ninguna manera de aplazarlo? —murmuró Hermione, interviniendo por primera vez.

—No —espetó Harry, con más brusquedad de la que pretendía—. Es el último partido de la temporada, antes de las vacaciones de verano. No hay tiempo de aplazarlo. Los exámenes son la semana siguiente, nadie aceptará… —se quitó las gafas y se frotó los fatigados ojos—. Necesitamos a alguien, quien sea. No podemos perder el partido sin haberlo siquiera jugado. Si nos retiramos, le darán la Copa a Slytherin… No podemos perder contra ellos. Me niego a darle la victoria a Malfoy sin siquiera pelearlo —añadió, casi desquiciado.

—A mí tampoco me hace ninguna gracia perder ante ese Gusarajo, pero, ¿qué hacemos entonces? —se lamentó Ron, mirando a su amigo casi con incredulidad—. ¿Qué pretendes? ¿Fugarte de la Enfermería?

El silencio que siguió a esas palabras demostró que Harry se lo estaba planteando seriamente. Ginny resopló audiblemente y le dirigió una mirada escéptica.

—No puedes hablar en serio. Tienes la pierna rota —le espetó, enfadada. Harry le sostuvo la mirada, casi ofendido, y después emitió un gruñido de frustración.

—¿Qué proponéis entonces? —protestó el chico, defensivo—. Necesitamos a alguien que ocupe mi lugar. Quien sea, eso es lo de menos. Maldita sea, ni siquiera tiene que jugar bien. Solo necesitamos que juegue. Que ocupe mi puesto para que el partido pueda tener lugar. Solo…

Enmudeció de sopetón, con la mirada perdida. Y, de pronto, su rostro se giró con brusquedad.

Clavándose en Hermione.

Su amiga, con los brazos cruzados a modo de confort para sí misma ante la incómoda atmósfera, le devolvió la mirada. Con renovado interés. Creyendo que había encontrado una solución.

—Hermione… —susurró Harry, como si la viese por primera vez. Su amiga se inclinó hacia él ligeramente, solícita.

—Claro, Harry, dime, ¿puedo hacer algo? —se ofreció al instante, mirándolo con firme entereza. Dispuesta a ayudar a su preocupado amigo como fuese. Como fuese…

—Juega en mi lugar.

La chica se mantuvo quieta, viendo moverse sus labios. Estando segura de que las palabras que había oído no se correspondían con lo que su amigo había dicho en realidad. Era imposible que hubiese dicho eso. Y, si lo había dicho, definitivamente su amigo había sufrido una embolia momentánea, privándolo de cualquier tipo de coherencia. Gracias al pesado silencio que siguió a esas palabras, fue consciente de que realmente lo había dicho. Su propuesta fue llegando lentamente a su cerebro, alcanzando poco a poco los lugares encargados de la comprensión.

Al ver que nadie decía nada, la más que entrenada boca de Hermione se abrió por voluntad propia, peleando por decir algo.

—¿Qué? —fue lo único que escapó de su garganta. Su corazón seguía latiendo con lentitud. Porque, definitivamente, aquello era una equivocación. Y no tardaría en hacer reaccionar a su amigo.

—Tienes que jugar en mi lugar —repitió Harry, con tal convicción que Hermione se echó hacia atrás ligeramente. Escrutando sus despiertos ojos. Lo decía en serio.

—Oh, no, desde luego que no —desechó la idea al instante, dejando que sus labios se curvaran en una sonrisa incrédula.

Giró el rostro para mirar a Ginny y Ron. Ella la contemplaba con expresión completamente imperturbable. Calibrándola. ¡Calibrándola! ¡Como si se lo estuviera planteando de verdad! La boca de Ron estaba ligeramente abierta mientras la atravesaba con sus ojos azules. También analizando la magnitud de las palabras de Harry, al parecer. A Hermione le exasperó que no estuvieran, directamente, desternillándose de risa ante semejante idea.

—Sí, ¡sí! —replicó Harry, esbozando una sonrisa triunfal. Se arrastró por la cama con dificultad, para quedar más cerca de su amiga. Hermione se recostó todavía más hacia atrás en su silla, sus ojos abriéndose desmesurados—. Tienes que hacerlo. Oh, Hermione, por favor. Necesitamos que alguien ocupe el lugar del buscador…

—Harry, yo no sé jugar al Quidditch —protestó Hermione, con firmeza, como si fuera obvio. Y debería serlo, o eso pensó. Lo miró como si estuviera trastornado—. Es evidente que no puedo…

—¡Oh, vamos! Has jugado con nosotros muchas veces en La Madriguera —protestó Harry, sin darle importancia.

—A ras de suelo —enfatizó la joven, comenzando a sentir que su corazón se aceleraba. ¿Por qué diantres Ginny y Ron no le decían a Harry que estaba completamente loco?—. ¡Y juego de pena! —añadió, como si fuese indiscutible.

—No hace falta que juegues bien —repitió Harry agitando las manos, quitándole importancia de nuevo—. Solo tienes que coger una escoba y plantarte en el partido. No hace falta que hagas nada. Solo necesitamos un jugador más que ocupe mi puesto. Eso es todo. Es casi… simbólico.

—¿Simbólico? —cacareó Hermione, comenzando a sentir mucho calor en el rostro. Y comenzando a sentirse muy enfadada—. Harry, no atraparía la snitch ni aunque me la pusierais delante de las narices atada con una cuerda. Esto no… no puedes… ¿de verdad hablas en serio? —le insistió, perdiendo los nervios.

—No tienes que atrapar la snitch —intervino Ginny de pronto, por primera vez. Hermione la miró y vio que su rostro estaba más tranquilo que el de Harry. Para indignación de Hermione, parecía incluso animada—. Harry tiene razón, solo tienes que participar. Nosotros nos encargaremos de conseguir toda la puntuación posible. Tú no tienes que hacer nada. Solo ocupar su puesto.

—Pues es una buena idea. Podría ser la solución —admitió Ron, asintiendo con la cabeza, con renovado optimismo. Hermione giró el rostro y le dedicó una mirada enajenada.

—Tenéis que estar bromeando —subrayó Hermione, con tono grave. Casi desmayado. Sacudió la cabeza de forma frenética—. No puedo. De ninguna manera yo podría…

—Hermione, por favor —rogó ahora Harry, estirando una mano y tomando la de su amiga con fuerza. Sus ojos verdes brillaban de súplica—. Escucha, lo siento, de verdad, sé que no es justo pedirte tanto, pero… —tragó saliva y de pronto se mostró avergonzado—. No tenemos a nadie más, nadie quiere ayudarnos. Si alguien no ocupa mi lugar, no podremos jugar. No quiero que… el equipo pierda por mi culpa. Han entrenado mucho, se merecen una oportunidad de demostrarlo —ahora estaba hablando en serio. Ahora no se lo estaba ordenando, se lo estaba pidiendo. Y Hermione sentía algo muy caliente en su espalda.

—Harry… —murmuró la joven, desolada. En una protesta mucho más débil.

—Tienes que hacerlo, Hermione, por favor —suplicó Ron. Cruzó las manos ante ella, mirándola fingiendo componer expresión de cachorro.

—Puedes negarte, Hermione —ofreció entonces Ginny, que había estado observando cómo la angustia aumentaba en el rostro de su amiga. Intentó hablar con bastante más tacto que los muchachos, mirándola con una sonrisa más amable—. De verdad, no tienes que hacerlo. Pero sería un favor enorme, y te estaríamos muy agradecidos. No tenemos a nadie más. Es la única forma de que podamos jugar. No te preocupes por nada, no vas a tener que hacer nada. Solo estar ahí plantada en el aire con tu escoba, te lo prometo. Ninguna responsabilidad.

Hermione contempló unos segundos la expresión afectuosa de Ginny, la muda plegaria de Ron por encima del hombro de su hermana, y después la expresión abiertamente desesperada de Harry.

Definitivamente, a pesar de las palabras de Ginny, comprendió que no tenía alternativa. Eran sus mejores amigos. Y haría cualquier cosa por ellos, incluso el ridículo más grande en la historia del Quidditch. Si ella podía evitarlo, jamás dejaría que les pasase nada malo.

—Está bien. Lo haré.