CAPÍTULO II

Las piernas de Hermione parecían saberse de memoria el camino hasta el campo de Quidditch. Y era una suerte, porque ella tenía la cabeza en las nubes. Sentía que su corazón no había dejado de latir como un tambor desde esa mañana, desde que accedió a la estrambótica idea de sus amigos.

Jugar al Quidditch. No, jugar un partido de Quidditch. Como buscadora. Delante de toda la escuela.

Hermione no se consideraba a sí misma una persona que se avergonzaba con facilidad. Quizá lo hubiera sido en el pasado, cuando era más pequeña, pero el paso de los años le había otorgado algo de fuerza en ese sentido. Harry, Ron y ella se habían enfrentado a tantos peligros, a tantas amenazas de muerte, que las cosas mundanas del día a día se veían, en principio, con otra perspectiva. ¿Cómo iba a ponerla nerviosa una presentación oral en clase cuando se había enfrentado a un trol de tres metros de altura con once años, y a un peligroso hombre lobo con trece?

Había aprendido a no dar importancia a las burlas ni a las palabras malintencionadas de la gente. A ignorarlas con entereza. A menos que proviniesen de una persona que ella apreciaba, nada de eso la afectaba. Pero no podía negar lo evidente. Y era que se disponía a hacer el ridículo delante de toda la escuela. Y eso, definitivamente, no la hacía sentir bien en absoluto.

Durante la comida, el rumor de que Hermione iba a sustituir a Harry como buscadora corrió como la pólvora. Dado que el equipo de Gryffindor, con Katie Bell y Jimmy Peakes en cabeza, acorraló a Ron y Ginny apenas traspasaron las puertas dobles del Gran Comedor, preguntándoles qué iba a suceder ahora que Harry estaba ingresado. Tras la explicación de los Weasley, parecieron quedarse satisfechos. Muy satisfechos. Coincidían en la idea de que Hermione solo tenía que hacer acto de presencia. Sus posibilidades de ganar se habían reducido considerablemente, pero no tenían una opción mejor. De modo que, para disgusto de Hermione, le dieron la bienvenida al equipo como a una vieja amiga y le dieron las gracias por su generoso gesto.

Después de comer, mientras Ron y Ginny volvían a la Enfermería con la intención de hacer compañía a Harry, una casi histérica Hermione les confesó que prefería ir a la biblioteca, a prepararse para el partido. Por encima del sonoro ataque de risa que sufrió Ron ante la idea de ir a una biblioteca a prepararse para jugar al Quidditch, Ginny le deseó suerte y le recordó con amabilidad, una vez más, que no debía estresarse. Que su actuación sería solo simbólica. Que ni siquiera tenía que intentar atrapar la snitch.

A pesar de eso, Hermione no se sentía segura. Y necesitaba sentirse así. La biblioteca no le había aportado gran cosa. Ojeó todos los libros que encontró sobre el tema, e incluso hizo algunos esquemas. Pero seguía sintiendo que algo le faltaba. Y tenía muy claro lo que era.

Práctica.

Las clases de vuelo no habían sido su fuerte en primer año. Había logrado controlar la escoba, pero no poseía, en absoluto, ningún tipo de soltura. Y, definitivamente, y rotundamente, las alturas no le gustaban. Nada de nada. Lo cual era un impedimento bastante considerable.

De modo que, luchando contra su propia inseguridad, había decidido que lo mejor que podía hacer era enfrentarse a sus miedos. Y era más agradable hacerlo a solas. Sin la presencia de toda la escuela observándola. Practicaría toda la tarde si era necesario hasta sentirse segura para el partido del día siguiente.

Cuando atravesó las enormes puertas dobles del campo de Quidditch, sintió que su corazón se aceleraba ante la inmensidad del lugar. Ante la enorme explanada de hierba bien recortada. Ante los enormes aros en cada extremo. Ante las enormes gradas que lo rodeaban. Ante lo pequeña que se sintió. ¿Siempre había sido tan grande?

No se permitió vacilar. Les había prometido a sus amigos que lo haría. De modo que iba a hacerlo.

De hecho, ya no podía echarse atrás. Harry había hablado con McGonagall apenas media hora después de que Hermione accediese, a regañadientes, a sustituirle, para poder inscribirla oficialmente como buscadora suplente. Por suerte, o para desgracia de Hermione, según se mirase, la profesora no había puesto ninguna pega. Posiblemente, si hubieran inscrito al gato de Hermione, lo hubiera dado como válido. Era una final de Copa, y la profesora era posiblemente la persona más forofa del Quidditch de toda la escuela.

Hermione se acercó lentamente a las puertas que conducían a los vestuarios. Al estar ya delante, se fijó en las pequeñas ventanas altas que había a ambos lados. Había luz en el interior. Y, de hecho, era capaz de escuchar voces amortiguadas. Alguien debía estar ahí. No había pensado en eso. Y se preguntó hasta qué punto podría resultar un problema.

Tragó saliva y se apartó a un lado, apoyándose en el muro junto a las puertas. Dándose un respiro para pensar. ¿Debería llamar? ¿Aguardar a ver si salía alguien? ¿Y si algún otro equipo, de otra Casa, había programado algún entrenamiento, ocupando el campo? No se le había ocurrido comprobarlo. Aunque, ¿dónde se comprobaba eso? ¿Había algún tablón de anuncios con los horarios de los entrenamientos? Harry y Ron nunca lo habían mencionado. Maldita sea, no tenía ni idea de nada…

Antes de que pudiera valorar sus opciones, las puertas se abrieron de súbito, sobresaltándola. Aumentando el volumen de las conversaciones que estaban teniendo lugar en el interior. Tras dos segundos de expectación, Graham Montague, cazador y capitán del equipo de Quidditch de Slytherin, las atravesó y echó a andar por el campo, en dirección a las puertas de salida. Estaba vestido con ropa informal, y llevaba una mochila a la espalda. Inmediatamente tras él, hablando en voz bastante alta, apareció Miles Bletchley, guardián del equipo. Y junto a él también cruzó las puertas Cassius Warrington, charlando con Adrian Pucey, que salió tras él.

Hermione no se movió ni un milímetro, viendo al equipo de Quidditch de Slytherin, compuesto íntegramente de hombres, salir por la puerta. Habían acabado el entrenamiento. Se estaban yendo. Y, si no reparaban en su presencia, significaría que por primera vez ese día la suerte le sonreía. No estaba de humor en ese momento para enfrentarse a ningún Slytherin malintencionado.

Vincent Crabbe y Gregory Goyle salieron después, cerrando este último la puerta tras él. Al hacerlo, descubrió a Hermione apoyada contra el muro. La joven sintió un escalofrío recorrerla entera al intercambiar una mirada con los pequeños y oscuros ojos del fornido muchacho. Éste parpadeó, luciendo confuso. Crabbe lo miró y también descubrió a Hermione allí. La chica tragó saliva, con toda la discreción que pudo, y se limitó a alzar ligeramente la barbilla. Demostrando un aplomo que no sentía. Manteniendo su rostro imperturbable.

Se hicieron varios segundos de gélido silencio. Crabbe la recorrió de arriba a abajo con sus diminutos ojos, como si le costase asimilar que fuese ella. O como si se preguntase qué diantres haría allí. Después de parpadear, miró a Goyle con confusión. Al parecer sin saber qué hacer. Y su amigo parecía encontrarse en la misma incómoda tesitura.

Ante el pétreo mutismo de la chica, los dos jóvenes parecieron encontrarse más desorientados todavía. La miraron con renovada contrariedad y después se limitaron a dar media vuelta y a seguir al resto de su equipo, con pasos agitados y torpes debido a su considerable volumen.

Hermione cerró los ojos y se permitió tomar aire con la boca abierta. Menos mal. Agradeció que solo esos dos hubieran reparado en ella. Cualquier otro muchacho del equipo seguramente se hubiera entretenido molestándola. Pero esos dos, al menos sin la presencia de su indiscutible cabecilla Draco Malfoy, no parecían tener la iniciativa suficiente como para mortificarla de ninguna manera…

Espera un momento.

¿Dónde estaba Malfoy? ¿Había salido ya?

No lo había visto. ¿O sí? No, definitivamente no lo había visto… Su cabello rubio platino contrastaba bastante con el resto de sus compañeros, todos de cabello oscuro.

«Por favor, que no haya venido al entrenamiento», suplicó para sí misma. Cerró los ojos con fuerza. «Por favor, que esté descansando. Que quiera descansar para el partido de mañana…»

Se separó de la pared y escrutó de nuevo las puertas dobles. Estaban cerradas de nuevo. Y seguía habiendo luz en el interior del vestuario.

La chica se dio una sonora palmada en la frente. ¿De verdad, de verdad, no podía tener algo de buena suerte?

Se obligó a respirar. Recomponiéndose. De acuerdo, si Malfoy estaba ahí, como todo indicaba, definitivamente era un contratiempo. Pero solo era eso, un molesto contratiempo. No debía permitir que alterase sus planes. Solo era Malfoy. Solo era el cretino de Malfoy. Seguiría de acuerdo a sus propósitos, sin hacerle ni caso. Lo ignoraría. Simple y llanamente. Tenía cosas más importantes en la cabeza que sus previsibles y típicos insultos.

Se palpó el bolsillo interior de su túnica, asegurando la presencia de su varita. El redondeado y duro tacto le dio las fuerzas restantes para adelantar la mano, girar el pomo, y empujar la puerta del vestuario.

Estaba levemente iluminado por un par de candiles. Se apreciaba un ligero vapor en el ambiente, señal de que los muchachos se habían duchado antes de cambiarse de ropa. El suelo estaba algo encharcado en algunas zonas, principalmente en el camino que salía de las duchas y llegaba hasta los bancos de madera, y también a los pies de estos. Unas taquillas de madera, en forma de cubículos abiertos, con varias prendas y utensilios en su interior, se apreciaban en la zona derecha. Al fondo de la estancia se dejaban entrever unos urinarios. Cerca de una pared, en el espacio que había entre los largos bancos de madera, había una mesa alta, no demasiado amplia, con un par de libros, plumas y pergaminos desplegados en su superficie.

Y Draco Malfoy estaba inclinado sobre ella.

Estaba situado de perfil a Hermione, de modo que no hacía falta ser un genio para asumir que se trataba de él. La joven reconocería el afilado contorno que era su rostro, y ese lacio cabello rubio, en cualquier parte. Malfoy se encontraba todavía vestido con su uniforme de Quidditch, aunque se había quitado la brillante y larga túnica que lo cubría. Posiblemente fuese suya la que se encontraba sobre un banco, no muy lejos de él. Vestía únicamente el jersey verde y plata y los pantalones color crema reglamentarios. También se había quitado las protecciones de los brazos, posiblemente para poder arremangar las mangas del jersey hasta la parte superior del antebrazo. Las correspondientes a las espinillas las seguía teniendo, por encima de las flexibles y livianas botas marrones. También llevaba rodilleras.

Se encontraba de pie, inclinado sobre la alta mesa. Apoyaba su peso sobre su mano izquierda, con el brazo estirado, mientras escribía algo con la derecha, usando una desgastada pluma. No había ninguna silla a la vista.

Un pensamiento algo improcedente atravesó el cerebro de Hermione, mientras asimilaba la irremediable presencia de aquel molesto muchacho. Y era que nunca antes lo había visto sin una amplia túnica cubriendo su cuerpo. O bien la negra y poco favorecedora túnica del uniforme, que ella misma vestía en ese momento, o bien la correspondiente al uniforme de Quidditch. Pero ahora lo estaba viendo vestir pantalones y jersey. Estaba viendo con fidelidad el contorno de su cuerpo. Y se le antojó estúpidamente privado. Como si estuviese invadiendo su intimidad, o algo equivalente.

Apartando a un lado lo superfluo de semejante apreciación, cerró la puerta tras ella, dejando que el sonido atravesase la estancia hasta Draco.

Apenas fueron necesarios dos segundos más de sufrimiento ante lo inevitable. Vio cómo el pálido rostro de Malfoy se elevaba y giraba, en dirección a la puerta. Hermione apreció entonces algo que no contaba con apreciar. Y fue una rápida visión del afilado rostro del chico sin ninguna mueca en particular cruzándolo. Sin asco manifiesto. Sin socarronería. Sin superioridad. Solo una estoica y despistada serenidad. Casi no parecía la misma persona.

Fue una visión fugaz, y sabía que no duraría. Porque el chico estaba a instantes de reconocerla. Y esa imperturbabilidad en su rostro se borraría de sopetón. Aunque no tenía claro, de todas las opciones que barajaba, cuál sería su reacción.

Draco clavó sus grises ojos en los suyos, mientras Hermione casi podía escuchar la alarma que, estaba segura, sonó de inmediato en su cerebro. La chica le sostuvo la mirada con serenidad, esperando a que reaccionase. Fue casi instantáneo. El rubio ceño del chico se frunció, y una de las comisuras de sus labios se alzó en una mueca de manifiesta antipatía.

—¿Granger? —articuló, su desdeñosa voz rompiendo la quietud del lugar. Había dejado de escribir, pero no se movió de su sitio. Lucía incrédulo—. ¿Qué cojones haces aquí?

Hermione casi estuvo tentada de suspirar con pesadez, pero se contuvo. Era tal y como lo había representado en su mente.

—Necesito usar el vestuario un momento —confesó, con voz sosegada, mirándolo con fijeza. Intentó no teñir su voz de desprecio. Tenía que conservar la calma. Y mantenerse firme en su postura. Demostrar más madurez que él.

El ceño del chico dejó de fruncirse y, en cambio, una de sus cejas se arqueó.

—Vaya, interesante necesidad. Es una pena que no puedas —espetó él, arrastrando las sílabas como de costumbre, esta vez con abierta burla—. Solo los miembros de los equipos pueden estar aquí. Así que ya estás tardando en largarte, sangre sucia. O estaré encantado de denunciarte a Snape por incumplir las normas —añadió, satisfecho, entrecerrando sus ojos claros.

Hermione lo calibró un momento. Y casi no pudo evitar esbozar una sonrisa divertida. Saber algo que el soberbio Draco Malfoy no sabía era ridículamente reconfortante.

—Veo, por tus palabras, que no te has enterado de las novedades —replicó Hermione, cruzándose de brazos. Intentó imprimir su voz de algo de altivez, pero en realidad no pudo ocultar un tono apesadumbrado—. Tengo tanto derecho como tú a estar aquí, Malfoy.

Draco parpadeó dos veces. Y volvió a arquear una ceja. Su rostro estaba impertérrito. Pero Hermione apreció con triste satisfacción que no le gustaba especialmente escuchar que había algo que no sabía.

—¿Ah, sí? —masculló él, con renovada indiferencia. Dejó la pluma sobre la mesa con un exagerado movimiento y se giró completamente hacia ella—. ¿Y se puede saber cuáles son esas novedades? ¿Te da tiempo a decírmelas antes de que te eche a patadas de aquí?

Hermione se humedeció los labios, sintiéndose repentinamente nerviosa. No por sus palabras, mucho menos por su amenaza. Sino por la realidad que estaba a segundos de revelarle.

—Harry ha tenido un accidente en clase de Herbología y no podrá jugar el partido de mañana —confesó Hermione, con frialdad, obligándose a sostener con entereza la acerada mirada de Malfoy—. Así que yo ocuparé su puesto como buscadora.

El silencio que siguió a esas palabras fue el más denso que Hermione recordaba haber vivido. Draco no movió ni un solo músculo de su cuerpo durante los siguientes segundos. Seguía atravesándola con la mirada. Como si le costara entender completamente lo que había dicho. O como si estuviera esperando que dijese algo más. Una explicación más coherente. Un grito de "¡inocente!". Pero ella se limitó a aguardar su reacción, fingiendo, por décima vez en lo que llevaba de día, un aplomo que no sentía. Aunque no podía de ninguna manera controlar el sonrojo que, notaba, se estaba extendiendo por todo su defensivo rostro.

Al digerir las palabras de la chica, y al asimilar que eran verdad dado el tono colorado de su rostro, Draco recuperó la movilidad de su cuerpo. Hermione presenció cómo los músculos de sus mejillas se tensaban, estirando su boca en una perversa sonrisa de oreja a oreja. Sus ojos grises relucieron.

Y, entonces, se echó a reír a carcajada limpia.

Draco se dobló sobre sí mismo, sujetándose el estómago con una mano, y a la mesa con la otra, intentando contener el violento ataque de risa que estaba sufriendo. Sus sonoras risotadas retumbaban en las baldosas de la amplia estancia. Hermione se limitó a contemplarlo, con los ojos entrecerrados, irritada. Sintiendo, de forma irremediable, que el calor de su propio rostro aumentaba. Se cruzó de brazos con más fuerza y lo miró con fingido aburrimiento, como si su actitud infantil la agotase.

Pero Draco parecía estar reclutando todas sus fuerzas para no rodar por el suelo, de modo que no se fijó en su expresión.

—¿Pero… qué…? —comenzó entonces a balbucear, todavía entre carcajadas—. ¿? Es decir… Potter… ¿Pero quién ha sido tan…? ¡Oh, por favor! —sufrió otro ataque de risa más sonoro, apoyando el brazo en la mesa y hundiendo el rostro en él, amortiguando ahí su risa. Hermione resopló con fuerza, indignada ante su evidente menosprecio.

—¿Has terminado? —le escupió con ironía, dejando de cruzar los brazos y apoyando las manos en las caderas, en una actitud más defensiva. Al ver que los hombros del chico seguían sacudiéndose, todavía preso de un silencioso ataque de risa, añadió—: ¿Se puede saber qué es tan gracioso?

Se arrepintió al instante de esa pregunta. Fue consciente de lo ridícula que fue. Estaba claro de qué se reía Malfoy. Aunque no quería menospreciarse a sí misma, era perfectamente consciente de cuál era el motivo. Y precisamente por eso se encontraba allí. En un desesperado intento por solucionarlo.

Draco pareció recuperar entonces parte de su compostura. Se enderezó, respirando todavía con dificultad. Tenía las pálidas mejillas teñidas de un evidente color rosa, y todavía reía de forma residual. Sacudía la cabeza, como si acabara de pasar el mejor rato de su vida.

—¿Que qué es gracioso? —repitió, burlón, y su voz se quebró, amenazando con sufrir otro ataque de risa—. Por favor, Granger. Si no me dieses tanto asco, te daría un abrazo. Hacía años que no me reía tanto. Me duele hasta el estómago —se pasó el dorso del dedo índice por el borde de sus rubias pestañas, secándose las lágrimas—. Te he visto volar en las clases de vuelo, en primero. Y estoy seguro de que hasta los Horklump vuelan en escoba mejor que tú. Y no tienen brazos.

El rostro de Hermione se crispó, mientras apretaba sus mandíbulas. Por desgracia, no tenía forma de defenderse. Sabía perfectamente que él tenía razón. Pero, por descontado, no iba a permitirle reírse de ella.

—Gracias por tu valoración de mis habilidades, pero no te la he pedido —espetó, articulando mucho las palabras—. Como te decía, necesito utilizar el vestuario…

—Y yo necesito una segunda bóveda en Gringotts, para no tener todo mi dinero tan apretujado —replicó Draco, despectivo, apoyándose con el codo en la mesa para mirarla. Había dejado de reír, y poco a poco recuperaba el aliento—. Pero vamos a ver… ¿Va en serio, entonces? Tienes que estar de broma. ¿Qué es eso de que Potter no juega mañana?

Hermione se obligó a respirar hondo. Volvió a cruzarse de brazos, sin saber muy bien qué hacer con ellos.

—Como ya te he dicho, Harry se encuentra indispuesto. Así que yo ocuparé su lugar —replicó, con retintín.

—Granger, no has jugado un partido de Quidditch en tu puta vida —soltó Draco, impasible, entrecerrando ahora sus grises ojos. Ya no sonreía—. ¿Por qué demonios juegas tú? ¿No hay nadie más en todo Gryffindor capaz de sustituir a esa lechuza miope con gafas?

La joven se tragó el insulto que borboteaba en su garganta, pero, en lugar de eso, soltó la frase que llevaba todo el día dando vueltas por su cabeza.

—Si hubiera otra persona dispuesta yo no estaría aquí, Malfoy, eso es tan evidente para ti como para mí —espetó, subiendo el tono de voz. Comenzando a sentirse molesta de verdad.

Malfoy parecía muy ufano de pronto.

—¿En serio nadie se ha ofrecido? ¿Nadie se atreve a enfrentarse a mí? Joder, vaya panda de inútiles… —se burló Draco, con una mordaz media sonrisa. Se miró las uñas de la mano derecha con suficiencia. Hermione estuvo tentada de golpearle la cabeza con uno de los candiles—. En fin, no puedo culparles. Pero, ¿por qué te has ofrecido tú, entonces? —añadió, incrédulo, volviendo a mirarla.

—Eso no es asunto tuyo —espetó entonces Hermione, dando unos pasos por el vestuario. Solo para tener algo que hacer. Aunque, por desgracia, tenía a Malfoy plantado justo delante, de modo que, fuera a donde fuese, se estaba acercando más a él.

Draco arqueó de nuevo una ceja.

—Esclarecedora respuesta. No te has ofrecido, te han obligado, ¿eh? —Hermione giró el rostro hacia él con brusquedad, fulminándolo con una mirada encendida. Pero su garganta se cerró y no fue capaz de desmentirlo. Draco dejó escapar un resoplido por la nariz que ocultaba una risa, y chasqueó la lengua—. Joder, qué patético. ¿Entonces mañana tengo que enfrentarme a ti…? Deberían pagarme por esto —sacudió la cabeza, pero después esbozó una maligna sonrisa antes de añadir—: El partido es a las once, ¿no? Creo que con presentarme a las doce será suficiente... ¿Crees que una hora de ventaja será...?

—Malfoy —saltó entonces Hermione, girándose del todo para mirarlo, haciendo oscilar su abundante cabello castaño. La vehemente cólera de su mirada logró hacer enmudecer al muchacho—, no tengo tiempo para nada de esto. Me encantaría discutir contigo mis nefastas habilidades en Quidditch, pero, con tu permiso, preferiría aprovechar mi tiempo intentando corregirlas. Si me disculpas, voy a utilizar este vestuario porque voy a practicar mi puesto como buscadora. Y, ya que estamos, preferiría hacerlo sin tu desquiciante presencia. Te advierto que, si me pones cualquier tipo de impedimento, tendrás que rendirle cuentas a la profesora McGonagall.

Enmudeció, casi jadeando. Articuló todo del tirón, con fuerza, clavando sus oscuros ojos en los del chico. Con abierto desdén, y con abierta ironía en sus palabras. Sin mostrar un ápice de vergüenza al admitir sus intenciones. Malfoy le sostuvo la mirada durante un par de segundos. Evaluándola. Ya no se mostraba burlón. De hecho, su rostro volvía a estar impasible.

Malfoy se mordió la mejilla por dentro de la boca, todavía calibrando a la chica. Y, entonces, tomándose su tiempo, volvió a hablar.

—Conmovedor —sentenció secamente, y Hermione casi pudo sentir cubitos de hielo golpeando su rostro—. Me encantaría largarme de aquí y librarme de tu inaguantable existencia, pero —señaló con un amplio movimiento de mano los pergaminos y libros que estaban sobre la mesa—, me toca a mí hacer esta semana el inventario del material. Así que, con tu permiso, vas a tener que aguantar mi desquiciante presencia hasta que termine.

Hermione parpadeó. Ahora que se había acercado más a él, veía con más claridad el contenido de la mesa. Eran libros de contabilidad. Y pergaminos con operaciones matemáticas y largas listas con diferentes utensilios. Creyó distinguir, a pesar de las diferentes caligrafías y la distancia, las palabras "uniforme", "Barredora 11", "rodilleras guardián"…

Malfoy decía la verdad. Pero eso no redujo su decepción.

—Muy bien —sentenció Hermione con firmeza, volviendo a mirarlo a los ojos a regañadientes—. Sigue a lo tuyo. Intentaré que no me molestes.

Sin darle oportunidad de replicar, y poniendo así fin a la discusión, dio media vuelta con garbo, acercándose directa a uno de los bancos. Se quitó la túnica, con manos temblorosas todavía por la reciente disputa. Solo para hacer algo. Y para intentar rebajar su acaloramiento. La intensa discusión con Malfoy había logrado que se sintiese ligeramente asfixiada.

Se hizo el silencio tras ella y, segundos después, volvió a oír el rasgueo de la pluma sobre el pergamino. Hermione cerró los ojos y contuvo un suspiro. Por fin.

Dobló su túnica y la dejó sobre el banco. Se obligó a ignorar la presencia del chico y a concentrarse en lo que tenía que hacer. Escoba. Necesitaba una escoba. Hermione miró alrededor y alcanzó a ver algunos armarios. Eran bastante altos. Ahí debían estar las escobas. Se acercó, sus pasos resonando en la quietud del lugar. No podía evitar sentir un picor incómodo en la nuca, recordándole continuamente que no se encontraba sola allí. Avanzó hasta uno de los armarios y tomó la manilla entre sus dedos, abriéndola un resquicio.

—Ni se te ocurra, Granger.

La fría voz de Malfoy, a su espalda, la sobresaltó visiblemente y le arrancó una inhalación de sorpresa. Con el corazón desbocado, giró el rostro para mirar por encima de su hombro. Draco seguía inclinado hacia la mesa, pero su rostro estaba vuelto en su dirección. Sus ojos grises eran dos gélidas rendijas.

—¿Qué? —farfulló ella, confusa, con un hilo de voz.

—Ese es el armario de escobas de Slytherin. Y no pienso permitir que les pongas tus indignas manos encima —sentenció el chico, entre dientes—. El armario con las escobas del colegio es el de la derecha. Coge una de esas.

El cabello de la chica pareció chisporrotear. Al igual que sus oscuros ojos. De un firme golpe, cerró con brusquedad el armario con las escobas del equipo de las serpientes. Dedicándole al mismo tiempo al chico una mueca cargada de irritación. Se giró, dándole de nuevo la espalda, y avanzó hasta el armario que él le había indicado. Lo abrió, y contempló su interior, intentando relajar sus indignadas pulsaciones.

Eran iguales. Todas eran iguales. Bueno, vale, quizá no lo eran. La madera de los mangos era de diferentes tonos de marrón. Y las cerdas de la cola estaban recogidas de diferente forma. Pero eran, básicamente, escobas. Estaba segura de que había unas mejores que otras. ¿Pero cuáles?

Acababa de estar en la biblioteca, por amor a Merlín. Intentó rememorar lo que había leído sobre ellas. Sin embargo, todos los datos que había memorizado se mezclaron en su cabeza. Le hubiera gustado tener delante uno de los libros que había consultado. Los diferentes tipos de madera, la forma de la cola, el barniz anti deslizante, los apoyaderos para los pies, los kilómetros por hora que alcanzaba cada una…

Sintiéndose casi mareada, adelantó una mano y cogió la primera escoba que palpó. La sacó y cerró el armario tras ella, casi aliviada. Vale, ya tenía la escoba. Ahora solo necesitaba la snitch.

Miró alrededor, escrutando el vestuario. Sabía que se guardaba en un cofre, pero no lo veía por ninguna parte. Había bastantes armarios. Y no le apetecía rebuscar en todos ellos. Pero la alternativa era preguntarle a Malfoy y no pensaba hacer eso.

Se acercó a uno bastante ancho y abrió la pesada puerta de madera. Bingo. Se sintió muy orgullosa de sí misma. Ahí estaba el cofre, en la balda más baja, casi a nivel de suelo. Se agachó, alargó las manos y lo tomó de las asas. Al intentar tirar de él para alzarlo, estuvo a punto de caerse de cabeza al armario. Pesaba muchísimo.

Recordó entonces que dentro se encontraban las dos pesadas bludgers de hierro. Además de la quaffle y los pesados bates de madera. Había que trasladarlo entre dos personas. Qué idiota era. La presencia de Malfoy definitivamente estaba sacando su lado más torpe.

Carraspeó, en un intento de recuperar su dignidad en el caso de que el muchacho hubiera visto su torpeza. Aunque la ausencia de carcajadas tras ella le indicó que no había sido así. Se arrodilló delante del armario, sintiéndose algo violenta, y abrió la tapa del cofre. En efecto, ahí estaban las bludgers. Y la quaffle. ¿Y la snitch?

Escrutó el contenido con más atención. No había ni rastro. Intentó levantar una de las pesadas bolas de hierro para mirar debajo, lográndolo a duras penas. Nada. Suspiró con profundidad, comenzando a cansarse de tantas trabas.

No tenía elección.

Giró el rostro por encima del hombro, todavía arrodillada. Desde su posición, veía a Malfoy de nuevo de perfil. Con expresión seria. Aparentemente concentrado en su tarea. Pero a la chica le pareció que su rostro estaba más tirante de lo habitual. Incluso sus hombros parecían encontrarse anormalmente rígidos. Estaba tan incómodo en su presencia como ella lo estaba con la suya.

Hermione carraspeó de nuevo, pero supo que no bastaría para atraer su atención. De modo que, poniéndole la mano en la boca a su orgullo para que dejase de insultarla en su cabeza, rompió el silencio del vestuario.

—Malfoy —llamó, con voz seca. Aunque serena. Con la voz más serena que pudo. Intentando mantener la compostura. Sin obtener a cambio ningún tipo de respuesta. Ni un solo parpadeo—. Malfoy —lo intentó de nuevo, un poco más alto. Y más brusco. Nada. Como si oyera llover. Hermione tuvo que contenerse para no tirarle la quaffle a la cabeza. Así seguro que le haría caso. La estaba escuchando. Claro que la escuchaba. El silencio en aquel lugar era sepulcral—. Malfoy, ¿podrías ayudarme un momento?

Intentó, sin demasiado acierto, que su voz sonase lo más pacífica que pudo. Intentando transmitirle que no tenía intención de discutir. Que solo era una breve tregua en su acordado silencio cargado de tensión. Que aquello le estaba dando tanta rabia como a él.

Ahora sí, vio que el chico dejaba de escribir. Casi como un autómata, giró el cuello para dedicarle la mirada más fría que Hermione había visto nunca en una persona. Sus ojos grises recorrieron la escena, observando a la chica arrodillada frente al armario, con el cofre abierto ante ella.

Arqueó una rubia ceja, y eso Hermione lo interpretó como una luz verde.

—¿Podrías decirme dónde está la snitch? —preguntó, con un tono eficazmente neutro. Draco tardó unos segundos en responder todavía. La miraba como si apenas pudiese asimilar lo tonta que era, cosa que tampoco la sorprendía.

—La tienes delante —respondió, con acritud. Se giró para volver a sus pergaminos, pero Hermione se apresuró a volver a hablar, antes de perder su atención de nuevo.

—No está, no la veo —explicó, como si fuera evidente.

—Está en el cofre —insistió él, desganado, sin mirarla. Volvió a rasguear con su pluma.

—Pues no la veo —repitió Hermione, entre dientes, articulando mucho las palabras. Complicándosele el seguir sonando pacífica.

—Está en el escudo de la tapa, so estúpida —masculló entonces Malfoy, pasando una página del libro. Hermione crispó las manos, dejándose llevar por la tentación de cerrarlas alrededor del largo cuello del chico. Escrutó la tapa, localizando el escudo de Hogwarts a los pocos segundos. Estaba en la parte interior, en relieve. Era metálico. Alargó una mano y tiró de uno de los bordes. Nada. Hincó la uña, tirando de diferentes esquinas, pero nada.

Aquello era surrealista.

Se quedó patéticamente arrodillada, mirando el diminuto escudo de metal que la había superado. Como si sus ojos tuvieran la capacidad de fundir metales. Si no se tuviera a sí misma por una persona emocionalmente estable, se hubiera echado a llorar de frustración.

—Malfoy —articuló, con la vista todavía fija en el escudo. Esa vez, su voz sonó temblorosa de ira contenida. Escuchó detenerse el rasgueo de la pluma—. ¿Cómo se abre el escudo?

Se hizo el silencio. Hermione escuchó un bufido masculino a su derecha, y el sonido de la pluma al ser arrojada sobre un pergamino. Giró el rostro, a tiempo de sentir su corazón descender hasta su estómago. Malfoy avanzaba hacia ella con largas zancadas, con expresión cargada de agresiva impaciencia. La chica no acertó a moverse. Solo pudo verlo acercarse, viendo cómo aumentaba su altura a cada paso que daba. Completamente descolocada. Cuando se plantó ante ella, haciéndole sombra con su cuerpo, Hermione se vio obligada a elevar su propio rostro para poder ver el suyo. Si miraba hacia el frente, se encontraba con sus caderas a apenas un palmo de su nariz.

—Aparta —espetó Draco entre dientes. Mirando a su vez hacia abajo para poder verle los ojos.

Hermione comprendió entones que no podía ponerse en pie. Por un lado, porque si lo hacía, quedaría plantada ante Draco, a una distancia definitivamente incómoda para ambos. No pensaba encontrarse a menos de un palmo de su rostro. Ni pensarlo. Y, por otro lado, porque tenía la vergonzosa sensación de que le temblaban las piernas.

Se limitó a arrastrarse hacia un lado con toda la elegancia que pudo, todavía de rodillas, dejando la parte delantera del armario libre para que Malfoy trabajase en él. Tan pronto se apartó lo suficiente, el chico se acuclilló delante del armario. Quedando entonces a la misma altura que la joven arrodillada. Aunque él no la miraba en absoluto, o quizá precisamente por eso, Hermione se sorprendió con los ojos clavados en su perfil, sin poder apartarlos.

Nunca había visto a Malfoy adoptar una postura tan casual como era la de acuclillarse. Una postura tan poco aristocrática, o elegante. Y nunca había estado tan cerca de él. Tan cerca que, si quisiera tocarlo, solo tenía que elevar la mano. Nunca había visto su rostro, su perfil, tan cerca. El color de sus ojos era definitivamente inusual, y en ese momento pensó que nunca había apreciado cuánto brillaban. Definitivamente más que los de otras personas que conocía. Su lacio cabello estaba en ese momento algo despeinado, posiblemente por el duro entrenamiento. Estaba algo revuelto en la parte superior de su coronilla, y su flequillo tampoco lucía tan pulcro como de costumbre. Posiblemente culpa del viento, a tantos metros de altura. Y el joven no lo había notado para reacomodárselo.

Hermione se sorprendió entonces pensando lo humano que parecía Malfoy en ese momento. Todavía con la ropa que había usado para entrenar su deporte favorito, con el cabello revuelto por el viento. El llevar las mangas del jersey arremangadas casi hasta el codo, dejando ver parte de su blanco antebrazo, y la musculatura de la zona, le daba un aire desenfadado que tampoco correspondía a su apariencia siempre distinguida. Siempre caminando por el castillo como si fuese el rey de todo aquello, recordando a los cuatro vientos todo el dinero que tenía, y los contactos de los que gozaban él y su familia.

Siempre pensaba en él como un ser despreciable y egocéntrico. Y lo era. Pero también era un simple muchacho. Un adolescente.

Draco, por su parte, acuclillado de cara al armario, con aspecto visiblemente impaciente, se limitó a elevar una de sus delgadas manos y a apretar el escudo metálico. Activándolo como si fuera una especie de resorte. Se escuchó un clic y el escudo se abrió por la parte central, como si fueran dos pequeñas puertas. Revelando un destello en su interior. Draco tiró de ambas puertecitas, con inusual miramiento teniendo en cuenta la rabia que tensaba su rostro, y revelando así la brillante snitch dorada. Sin decir ni media palabra, el chico se apoyó en sus rodillas para incorporarse y se alejó de allí. De vuelta a su mesa.

Dejando a Hermione con la piel ardiendo.

Las palabras de agradecimiento murieron en su garganta. Primero tenía que recuperar el aliento. ¿Cómo era posible que el acercamiento del chico, por una vez en su vida sin malas intenciones, la hubiese dejado temblando como un flan? Su cercanía no debería haber sido tan importante para su cuerpo. No debería haberle provocado nada. Excepto rechazo. Y no había sentido tal cosa.

Por favor, ¿qué estaba pasando?

Estiró una mano para coger por fin la brillante snitch y se puso en pie, decidida. Sintió la nerviosa pelotita aletear suavemente en su mano. Recuperó un poco su aplomo habitual al constatar que las piernas la sostenían. Se llevó una mano al pecho, y se obligó a relajarse. Se había puesto nerviosa ante la cercanía con Malfoy por miedo a que fuese una trampa. A que su intención fuese hacerle algo malo a traición. Era eso. Solo era eso. Su cuerpo era más listo que su conciencia, y había activado toda la adrenalina posible para una, quizá necesaria, huida rápida. Vale, eso sonaba mejor.

Inspeccionó alrededor. Obligándose a no mirar en la dirección en la que Malfoy se encontraba. Vale, ya lo tenía todo. Escoba y snitch. No necesitaba nada más. Podía irse de ahí por fin. Con un poco de suerte, cuando terminase y volviese al vestuario, el chico ya se habría ido. Y podría olvidar tan desagradable incidente.

Sintiéndose más animada, echó a andar hacia la salida. No tenía ninguna intención de despedirse de él. Era ridículo ser cortés.

—¿Vas a jugar así?

Sus pies frenaron en seco, a apenas dos pasos de la puerta. Con el corazón latiendo en los oídos, se giró en redondo para mirar a Malfoy. Sus ojos estaban clavados en ella. Y su rostro era una máscara de desinterés.

—¿Cómo dices? —articuló ella, rígidamente.

—¿Vas a jugar —sus ojos grises se clavaron en sus delgadas y desnudas piernas y sus cejas se movieron en su dirección, antes de volver a ascender su gélida mirada— así? ¿En falda? ¿Y en zapatos?

Hermione tardó un par de segundos en asimilar lo que acababa de escuchar. Y tardó en decidir cómo reaccionar. El movimiento de los grises ojos del chico, recorriendo su cuerpo, y sus piernas, hasta posarse en sus pies, para después volver a ascender a su rostro, la había hipnotizado. Quiso sentirse ofendida por su escrutinio, pero no lo logró.

No entendía a dónde pretendía llegar diciéndole eso. Pero no lograba encontrar nada retorcido en su apreciación. Ni siquiera malintencionado. ¿Algo de burla, quizá? Quizá, pero tenía toda la razón. Iba a ascender por los aires subida en una delgada escoba, rodeada de fuerte viento. Su falda escolar no era, en absoluto, la opción más adecuada. Y los zapatos del uniforme escolar quizá resbalasen en los apoyaderos de metal de la escoba.

—No tengo uniforme. No me lo dan hasta mañana —se defendió, elevando ligeramente la barbilla. La exasperación que cruzó el rostro de Draco hubiera sido digna de enmarcar.

—Por el amor de Merlín, Granger. Coge prestado uno de los estúpidos pantalones de tu estúpido equipo —volvió a fijar su mirada en el libro de contabilidad, pero llevó su dedo pulgar por encima del hombro, señalando los casilleros de madera que había tras él—. Tienes siete para elegir. Seguro que compartís hasta las pulgas, no les importará que cojas un pantalón sin permiso.

Hermione apretó tan fuerte la mano alrededor del mango de la escoba que la madera crujió. No entendía por qué le estaba permitiendo aquello. Por qué le permitía tantos insultos. Pero no tenía tiempo para perder con él. Solo quería largarse de allí. Quería practicar sus habilidades como buscadora de una maldita vez, para poder liberarse de esa opresión que sentía en la garganta desde esa mañana.

Y, además, a su estúpida e irritante manera, Malfoy la estaba ayudando. Lo cual la estaba aturdiendo hasta el punto de enfadarla más todavía. De enfadarla consigo misma.

Sin responder nada, Hermione dejó la escoba apoyada en un banco, y la snitch de vuelta en el cofre, para evitar que saliese volando. Con la cabeza bien alta, se acercó a los casilleros de madera que él le había señalado y rebuscó en ellos. El pantalón de Ginny le quedaría definitivamente estrecho. Su amiga era bastante más delgada, y de una estatura menor que la suya. Demelza, por el contrario, tenía unas caderas más anchas. Y Katie era más alta. Ni siquiera se planteó los pantalones de los chicos, todos considerablemente más altos o corpulentos que ella. Decidió, tras estirar la cintura de los pantalones de sus compañeras, quedarse el de Katie Bell. Doblaría el bajo, y se las apañaría. Cogió también prestadas las botas de Demelza, que sí eran de su número. No se molestó en coger ni el jersey, ni la túnica, ni las protecciones. Solo iba a ser un entrenamiento rápido y no consideró que lo necesitase. Solo quería ir cómoda.

Con el pantalón en las manos, se giró para contemplar la espalda de Malfoy. Frunció el ceño, sintiendo que su corazón se aceleraba.

—¿Podrías salir un momento? —pidió, sin molestarse en llamarlo. Sabía que no le respondería. Pero sabía que la escuchaba—. Tengo que cambiarme.

Draco tardó en darse la vuelta, y a Hermione le dio la impresión que era porque había tardado en asimilar sus palabras. Se giró hacia ella, buscando su rostro con la mirada. Sus ojos se fijaron de forma fugaz en el pantalón que sostenía, pero no tardó en volver a centrarse en su cara. La expresión del chico era ligeramente irónica. Casi burlona. Definitivamente relajado.

—Granger, sigue soñando. No pienso largarme de aquí —aseguró, al parecer orgulloso de sí mismo y de su cabezonería. Ahora fue el turno de ella de arquear una ceja.

—¿Entonces pretendes que me cambie delante de ti? —espetó con tono de heladora censura, y abierto desdén. Como si fuese evidentemente absurdo. Draco entrecerró sus grises ojos. Visiblemente hastiado.

—Ni en tus mejores sueños, Granger. No vas a desnudarte estando yo aquí —sentenció, como si también fuese evidente. Casi amenazador.

—Pero tampoco vas a irte —quiso aclarar ella, sarcástica.

Exacto.

—Entonces tenemos un pequeño problema técnico —protestó la chica, irritada, cruzándose de brazos, todavía con el pantalón en la mano. Draco le dedicó una sonrisa cargada de venenosa dulzura.

—¿Qué te parece si vas fuera a cambiarte? —ofreció, con falsa y exagerada amabilidad. Como si hablase con una persona corta de entendederas. Hermione no hizo ni el amago de sonreír. Ni siquiera de forma burlona. Parecía capaz de darle una patada.

—Malfoy, estamos en un vestuario. Y voy a cambiarme en el vestuario —siseó, fulminándolo con la mirada, sin ningún tipo de guasa—. Así que haz el favor de salir dos minutos.

La sonrisa sarcástica del chico no se redujo ni un ápice.

—Yo estaba aquí primero. No pienso irme a ninguna parte —decidió, cruzándose también de brazos. Hermione apretó los puños y su respiración se aceleró. Llenándola de una adrenalina tan repentina que nubló su sentido común. Estaba completa y absolutamente harta de él.

—¿Ah, sí? —espetó, con los dientes apretados. Y una mirada que podía cortar el acero. Y hacer arder una civilización entera—. Muy bien. Pues entonces no me dejas otra alternativa que cambiarme delante de ti.

La chica, tras escupir esas palabras, avanzó directa a uno de los bancos, el mismo donde antes había dejado su túnica. Pisando con toda la energía que poseía. Draco la siguió con la mirada, impertérrito. Con una sonrisa mordaz elevando una de sus comisuras, mientras la veía arrojar el pantalón sobre el banco sin ningún cuidado.

—Me crees tan estúpido como para creer que vas a…

Pero enmudeció al ver a la chica, orgullosamente de espaldas a él, quitándose los zapatos con una irritada sacudida de pies. Quedándose con los calcetines grises, largos hasta la rodilla. La sonrisa resbaló por el rostro de Draco como si se hubiera derretido.

Ella no iba a…

Pero, entonces, la vio sujetar la cremallera lateral de su falda con índice y pulgar. Y Draco sintió que se le cortaba la respiración.

Espera. Qué… qué cojones… Ni se te ocurra —advirtió, elevando un dedo en su dirección, aunque sabía que ella no lo estaba viendo. Habló con el tono de voz más autoritario que pudo reunir. Que era mucho—. Granger, no te atrevas a…

El traqueteante sonido de la cremallera rompió el silencio, y también sus palabras. La había descendido con decisión hasta medio muslo. Revelando, muy sutilmente, el lateral de su ropa interior, y también la piel de su pierna. Draco sintió que su corazón hacía un intento, casi exitoso, para salirse de su pecho.

—¿Pero qué…? ¡Mierda! —se giró en redondo, de nuevo quedando de cara a la mesa. De espaldas a Granger—. ¿Te has vuelto loca o qué?

«», se sorprendió pensando Hermione, temblorosa. «Creo que sí. Es la única explicación para la estupidez que estoy haciendo».

¿En qué estaba pensando?

Se estaba desnudando delante de Malfoy. Draco Malfoy. Por su propia voluntad. Por pura cólera. Por puro resentimiento hacia él y hacia su actitud infantil. ¿En qué estaba pensando?

Detuvo sus movimientos y giró el rostro por encima del hombro, con miedo ante lo que vería. Pero él se había girado. Gracias a los cielos, se había girado. Al parecer demasiado alterado como para mirarla. O demasiado asqueado. O una mezcla de las dos cosas. No estaba segura. Y le daba igual.

Se había girado. Demostrando una integridad que la chica no había esperado en él. Y se lo agradeció enormemente. Porque el arrebato de valor que la había inundado se había evaporado. Y se sintió de pronto totalmente estúpida. Se miró a sí misma, todavía sosteniendo en su lugar su falda desabrochada, y calibró sus opciones. Solo iba a cambiarse la parte de abajo. Y Malfoy no parecía tener intenciones de mirarla. Si quisiera hacerlo, lo estaría haciendo...

Oh, Dios mío…

Draco, por su parte, estaba conteniéndose para no darse cabezazos contra la mesa que tenía delante. O beberse el tintero. O apuñalarse con la pluma en el ojo. No era normal que su propia respiración se hubiese acelerado de esa forma. No era normal que sintiera el pulso latir en la yema de sus dedos, y su corazón bombeando con tanta rapidez. Hermione Granger estaba a apenas unos metros de él. Cambiándose de ropa. Orgullosamente desvergonzada. ¿Es que los muggles no tenían sentido de la decencia?

Escuchó el susurro de su falda cayendo al suelo.

Mierda.

Se obligó a cerrar los ojos y a humedecerse los labios, resentido. Consigo mismo. Claro que tenía decencia. Ella misma le había insistido para que saliese. Y a él no le había dado la gana. Por el simple hecho de llevarle la contraria. Estúpido, estúpido, estúpido...

A pesar de que el pensamiento cruzó volando su mente a la velocidad del rayo, se juró a sí mismo que no iba a mirar. De ninguna manera. Por muchas razones. Primera, porque era una inmunda sangre sucia, y era degradante solo plantearse desear mirar su inmundo cuerpo. Y él no lo deseaba en absoluto. A pesar de que su pulso contra su nuez decía lo contrario. Segundo, porque era un maldito caballero, educado en buenos modales, y, aunque ella estuviese allí, desnudándose por voluntad propia en su maldita presencia, no le daba derecho a mirarla. Y, tercero, porque no estaba seguro de conseguir soportar las sensaciones que amenazaban con asolar su cuerpo si lo hacía.

Bastante le estaba costando controlarse sin verla. Lo cual era completamente humillante. Se sentía tan falto de dominio en sí mismo que estaba tentado de darse una bofetada para despertar. Sentirse así era casi insoportable.

Tomó aire y lo exhaló lentamente. Obligándose a recuperar el gobierno de su cuerpo. Se estaba comportando de forma estúpida. E irracional. Solo era Granger. No era una chica. Era más complicado que todo eso. Era una sangre sucia. Era un… animal. Una especie de animal, alguien inferior.

Sostuvo su peso en la mesa con ambas manos y trató de devolver su atención al libro de contabilidad que tenía delante. Pero no era capaz de distinguir un tres de un siete. Solo escuchaba el susurro de la ropa tras él. Tragó saliva, volviendo a respirar hondo.

Se rascó la mejilla, intentando ignorar con entereza que le temblaba la mano. Pero no pudo ignorar el calor que percibió en la yema de los dedos. Se quedó paralizado. Venga ya. Se había puesto rojo. Se había puesto rojo porque una chica se estaba desnudando en su presencia. Peor, se había puesto rojo porque Hermione Granger se estaba desnudando en su presencia.

Oh, por las barbas de Merlín, ¿podía ser más patético?

Sí, podía serlo. Porque, cuando de pronto Granger volvió a aparecer en su campo de visión, el sobresalto que lo invadió fue patético. Por un instante, creyó que estaba desnuda de cintura para abajo. Y tardó dos segundos en comprender que llevaba puesto el pantalón color crema del uniforme de Quidditch. Y la blanca camisa del uniforme de la escuela metida por dentro de la cintura del pantalón. La chica, ya vestida, sin decir ni media palabra, se había acercado al espejo del lavabo que estaba en un rincón, para poder recogerse el espeso y alborotado cabello con un coletero. Draco respiró hondo, lo más silenciosamente que pudo. Ya estaba. Estaba vestida. Y no tenía que volver a pensar en lo que acababa de pasar nunca más.

Una vez que tuvo el cabello recogido, Hermione recorrió el vestuario con entereza para volver a apoderarse de la snitch, y también de la escoba, y salió de allí a grandes zancadas. Sin despedirse ni volver a mirar a Malfoy ni una sola vez.

Cuando el frío aire del exterior golpeó su rostro, sintió que volvía a la vida. Respiró hondo, relajando sus pulsaciones. Relajando su cuerpo, tenso al completo. Estaba siendo un día desastroso. Y su encuentro con Malfoy no podía haber sido la excepción. Se obligó a alejarlo de su mente. Ahora tenía que concentrarse en su tarea.

Se acercó a la hierba del campo y contempló la pelotita en su mano. Las delicadas y estrechas alas se movieron con desesperación, deseando levantar el vuelo. Hermione, sonriendo como si estuviera liberando un pajarillo, abrió la palma para que escapase. En apenas un parpadeo, la diminuta pelotita alada salió disparada. Perdiéndose de vista.

Desapareciendo completamente.

Sintió algo frío deslizarse por su garganta.

Oh, no…

Cerró los ojos y se frotó los párpados con índice y pulgar. Esforzándose en hacer trabajar a su agotada mente. Esto no pintaba bien. Nada bien. Y posiblemente acababa de cometer una estupidez más. Añadiéndola a la colección.

No se había esperado que se moviese tan rápido. Había pensado practicar a intentar atraparla, pero después de verla volar así... Era imposible. No la atraparía jamás. Se mordió el labio, calibrando sus posibilidades. Pero no había ninguna. No había forma humana de que ella atrapase esa snitch. Bajo ninguna circunstancia. Ni siquiera podría volver a guardarla en el baúl al terminar el entrenamiento. Porque no iba a conseguir atraparla. ¿Cómo no había pensado en ello antes de soltarla? No podía dejarla abandonada volando por ahí hasta mañana… ¿Y si se perdía?

Cerró los ojos, solo para mentalizarse. Contó hasta tres "Mississippi", dio media vuelta, y volvió a entrar al vestuario, pisoteando su orgullo por el camino.

Malfoy seguía en la misma posición en la que lo había dejado. De pie frente a la mesa, escribiendo con aquella maltrecha pluma. No alzó la vista cuando ella entró. La chica, demasiado agobiada, frustrada y abatida como para volver a intentar llamar su atención de forma educada, fue directa al grano.

—¿Cómo se atrapa la snitch? —preguntó en voz alta, manteniéndose cerca de la puerta, sin apenas adentrarse en el lugar. Draco tardó dos segundos en girar el rostro en su dirección. La expresión de Hermione era impasible y sus ojos lucían resueltos. Demostrando que no estaba para bromas.

El joven Slytherin, en cambio, entrecerró sus grises ojos con cinismo. Indicando que su estado de ánimo le daba igual.

—Seré breve: abres el puño, adelantas la mano, rodeas la snitch, y cierras el puño —recitó Draco, mortalmente serio. Hermione ni siquiera se inmutó.

—¿Cómo se atrapa la snitch… sin cogerla? —especificó la chica, sin alterarse—. Sin llegar a atraparla. ¿Cómo la guardáis después de los entrenamientos? ¿Hay algún hechizo? ¿Funciona el hechizo convocador?

El desdén que expresaron los ojos del chico podía haber avergonzado al más erudito.

—Voy a repetírtelo, Granger. Abres el puño, adelantas la mano, rodeas la snitch, y cierras el puño —reiteró con frialdad. Al ver que la chica parecía decidida a volver a protestar, añadió—: No hay otra forma. Hay que atraparla. Porque, claro, sería muy útil que la snitch acudiese a ti con un simple Accio. No habría ningún tipo de trampa en los partidos de ser así —se burló el chico, con irritación. Como si ella lo aburriese. Volvió a bajar la mirada a sus libros—. Los hechizos no funcionan. Solo funciona atraparla.

El apático estado de ánimo de Hermione, ya bastante decaído, se precipitó al vacío. Sintió el peso de la culpa descender sus hombros. El nudo de la angustia retorcer su garganta. El picor de las lágrimas en los ojos. Era una estupidez tener ganas de llorar por algo así. Por el hecho de estar segura de no ser capaz de atrapar la snitch para volver a guardarla después de ese improvisado entrenamiento. Pero sentía que comenzaba a llegar a su límite.

¿Cómo podía haberse metido en semejante lío?

—Entendido. Gracias —articuló, casi sin pensar. Sin fuerzas siquiera para hablar con el desprecio que las desdeñosas palabras de él se merecían.

El inesperado tono extenuado de su voz hizo que Malfoy alzase la cabeza de nuevo. Clavó sus ojos en ella mientras la chica se daba la vuelta de nuevo, con la intención de salir por la puerta. Tuvo una visión fugaz, pero indiscutible, del rictus de congoja que apagaba su normalmente fuerte y estoico rostro. El desconsuelo que demostraba su expresión corporal, sus hombros repentinamente hundidos, sus pasos pesados antes de salir por la puerta, asombraron al chico. Ella no fue consciente de que él la miraba, y por eso pareció permitirse lucir tan apática como realmente se sentía.

Draco mantuvo su mirada fija en la puerta bastante rato después de que la joven Gryffindor hubiese salido por ella. Al darse cuenta de lo que estaba haciendo, chasqueó la lengua y devolvió su atención a los pergaminos. Pero sus ojos también los miraron sin ver. Su mano fue incapaz de recordar qué era lo que estaba escribiendo. Volvió a alzar la cabeza para mirar la puerta. Sin darse ni cuenta, empezó a tamborilear con la afilada punta de la pluma encima de uno de los pergaminos, llenándolo de pequeñas gotitas de tinta.

Con su cerebro dando vueltas. Con el rostro deshecho de aquella joven, normalmente mandona y enérgica, dando vueltas ante sus ojos.

Granger no tenía ninguna posibilidad de ganar mañana. Era indiscutible. Y era evidente que ella también lo sabía. Iba a hacer un ridículo espantoso como buscadora. Draco tenía que admitir que le parecía un gesto muy sensato por su parte ir a entrenar por su cuenta, al menos durante unas horas. Aunque él sabía que era inútil, y ella era lo suficientemente inteligente como para saberlo también. Pero se estaba esforzando.

Draco frunció el ceño. Sintiendo una repentina frustración bullir en su interior. ¿Qué cojones les pasaba a Potter y a Weasley en la cabeza? ¿Les daba igual que su amiga hiciese el ridículo del siglo con tal de poder jugar un maldito partido de Quidditch? En fin, a él le venía de perlas, por supuesto. Ganaría sin esforzarse lo más mínimo. Pero se suponía que ellos querían a Granger. Era su amiga, ellos no deberían ser los que le hiciesen daño. Ese era su trabajo. ¿En qué estaban pensando?

Se rascó la parte superior del cabello. Por mucho que Granger entrenase, no podría ni compararse con alguien que ya hubiese jugado aunque fuese un solo partido de Quidditch en su vida. O realizado un entrenamiento como Merlín manda. Lo de mañana iba a ser una victoria ridículamente fácil para los Slytherins...

Entrecerró sus ojos.

Ridículamente fácil.

Vale, eso ya no le gustaba tanto. Él sí había entrenado asiduamente. Él era un jugador muy bueno. Posiblemente el mejor de la escuela, estaba bastante seguro de ello. Pero no podría demostrar nada de eso si jugaba contra Granger. Porque ganar a alguien que no había jugado ni un puto partido en su vida no tenía ningún mérito. Y toda la escuela sabía que Granger no jugaba al Quidditch. Él iba a quedar como un idiota, como alguien mediocre, incluso aunque atrapase la snitch. A nadie le sorprendería que lo hiciera.

Resopló, sacudiendo la cabeza ante sus propios pensamientos. Completamente indignado. Tenía que arreglar eso. No podía permitirlo. Tenía que asegurarse de que Granger era, al menos, una rival aceptable.

Draco dejó caer la pluma encima de la mesa sin siquiera mirarla y no tardó ni tres segundos en salir por la puerta de los vestuarios. El sol ya no brillaba tanto como cuando había estado entrenando, pero todavía era de día. Sería media tarde, seguramente. Avanzó con calma hacia la hierba, con la cabeza alzada, oteando los cielos en busca de Granger. En un primer momento, no la vio por ninguna parte. Vaya, pues quizá se había equivocado. ¿Tan alto volaba que ni siquiera alcanzaba a verla?

Pero entonces, con una extraña sensación en el pecho, bajó la mirada a tierra firme.

Y la encontró.

Estaba a su derecha, de pie a apenas cinco metros de él. Con la escoba entre las piernas, y los pies firmemente plantados en la hierba. Draco se quedó quieto, paralizado ante lo que veía. Con la sensación de que aquello no pintaba bien. Alcanzó a ver el rostro de la chica, contraído en una mueca frustrada. Nerviosa y estresada. La vio dar una floja patada al suelo y elevarse tres metros, sentada en la escoba de forma poco elegante. Tras mantenerse en el aire unos instantes, la chica descendió con ella de forma torpe, volviendo a plantar los pies en el suelo. La vio cerrar los ojos y suspirar. Satisfecha. Satisfecha.

Draco tuvo que contenerse para no echarse a llorar.

Eso era peor de todo cuanto podía haberse imaginado.

—¿Qué mierda ha sido eso, Granger? —exclamó, sin poder contenerse, desquiciado.

Hermione estuvo a punto de perder el equilibrio sobre sus piernas abiertas y caerse de lado, escoba incluida. La potente voz de Malfoy era lo último que esperaba escuchar. Giró el rostro, buscándolo con una mirada alarmada. Lo encontró acercándose a ella con paso firme. Visiblemente furioso.

—¿Qué… qué haces…? —espetó ella, aturdida. Planteándose sacar su varita y apuntarlo con ella, por si las moscas. Y entonces recordó de súbito que no la tenía consigo. La había dejado en el bolsillo de su túnica, dentro del vestuario. Qué idiota.

Pero, de todas formas, no hubiera alcanzado a usarla. El rostro casi desencajado del chico la desarmó por completo.

—¿Que qué hago yo? ¡Qué haces tú! ¿A eso lo llamas volar? ¡Te has elevado tres putos metros! —le espetó plantándose ante ella. Hermione le devolvió una mirada pasmada—. ¿Eso es lo mejor que puedes hacer? ¡Te has mantenido en el aire, a tres metros del suelo, tres segundos! ¡Es lo más patético que he visto en mi vida! —le espetó, visiblemente sofocado de rabia—. ¿Crees acaso que el partido se juega a ras de suelo? ¡Se juega ahí arriba! —le señaló los altos postes que había a cada lado, con un decidido dedo índice—. ¡Tienes que elevar esa maldita escoba!

Hermione parpadeó entonces y frunció el ceño. Recomponiéndose de su sorpresa. Aunque no pudo evitar ruborizarse levemente.

—Pero… pero, ¿y a ti qué te importa? —saltó, defensiva, mirándolo con incredulidad—. ¿A qué viene esto? Cómo yo juegue no es asunto tuyo...

—Oh, por supuesto que es asunto mío —corrigió Draco, acercándose un paso más y señalándola ahora a ella con su dedo, de forma acusadora—. Porque mañana tú y yo vamos a enfrentarnos, y me merezco un rival que no sea absolutamente patético. No pienso permitir ganar de forma tan sencilla y quedar como un idiota. Así que ya estás mejorando y convirtiéndote en una jugadora decente, Granger, porque si no…

—¿Pero qué diantres estás diciendo? ¿Te has vuelto loco? —estalló ella, furiosa, haciendo ademán de quitarse la escoba de entre las piernas para enfrentarlo con algo más de dignidad. Pero entonces Malfoy fijó su mirada en la escoba de la chica y sus ojos se abrieron con incredulidad.

—No me lo puedo creer —farfulló entonces, mirándola casi enajenado. Y el cambio de tono volvió a desconcertar a Hermione—. La Barredora. Has cogido la puta Barredora. La peor escoba de todos los tiempos. Esto es… No te soporto.

Con un bufido desquiciado, Malfoy giró sobre sí mismo y echó a andar de vuelta al vestuario con poderosas zancadas. Hermione casi podía ver fuego saliendo de sus orejas.

La chica parpadeó, consternada. ¿Qué mosca le había picado a Malfoy? ¿A qué había venido todo eso? No entendía absolutamente nada. Pero se obligó a sacudir la cabeza para recomponerse. Alejándolo de su mente. Por suerte, después de insultarla a placer hasta desquitarse, parecía haberse quedado satisfecho. O algo así.

Retomó sus prácticas, todavía con el corazón acelerado. Volvió a colocarse la escoba entre las piernas y a sujetarla fuertemente con las manos. Lo bueno de practicar sola era que no tenía que rendirle cuentas a nadie. Podía practicar a su ritmo. Y lo primero que estaba haciendo, antes de plantearse siquiera intentar atrapar una diminuta pelotita alada, era conseguir mantenerse en el aire. A una altura decente. Intentando volar cada vez más alto. Porque, tal y como Malfoy le había chillado, el partido se jugaba a una altura considerable.

Altura que el vértigo patológico de Hermione no quería ver ni en pintura.

De momento, tres metros era su mejor marca. Y era patético.

Respiró hondo y se preparó para ascender de nuevo. Pero entonces volvió a escuchar unos ruidosos pasos tras ella. Temiéndose lo peor, giró el rostro y se encontró de nuevo con Malfoy, que avanzaba hacia ella con una escoba en la mano.

Tan pronto llegó a un lado de la paralizada chica, Draco le arrojó la escoba a los pies. Su rostro estaba tenso de rabia, y la contemplaba con impaciencia. Ella miró la escoba y después lo miró a él. Suplicando por una explicación.

—Cometa 260. Siendo novata, es mejor que utilices una escoba que sea más rápida y manejable —le espetó él, con frialdad. Hablaba de forma más tranquila, pero seguía luciendo muy molesto—. Con esa cosa que tienes entre las piernas, no me sorprendería que acabases estampándote contra las gradas.

Hermione lo calibró, todavía mirándolo fijamente. Si tener ni idea de qué decir. Una mitad de su cerebro le estaba susurrando que el chico acababa de ayudarla. O algo parecido. Pero su otra mitad le decía que eso era imposible. Había gato encerrado. Tenía que haberlo. Pero no era capaz de acertar a cuál de sus dos hemisferios cerebrales debía hacer caso.

De hecho, no era capaz de decidir qué hacer.

Sin ser capaz de articular palabra, se quitó la Barredora de entre las piernas y la dejó en el suelo. Calibrando a Malfoy como si fuera un tigre dispuesto a arrojarse sobre ella al verla hacer movimientos bruscos, avanzó un par de pasos hasta alcanzar la escoba que él le había traído. La cogió y después volvió a mirarlo, esperando que dijese algo más. El chico la observaba con los ojos clavados descaradamente en los suyos.

—Monta —siseó él, con brusquedad.

Hermione parpadeó ante su tono autoritario y frunció el ceño.

—No necesito que… —comenzó, profundamente ofendida. Pero Draco ni parpadeó.

—Me importa una mierda. Monta.

Hermione lo contempló, respirando con rabia. Sabía que debería decir algo más, que debía protestar, o quizá negarse, pero no era capaz. Todo aquello se escapaba de cualquier tipo de lógica que su cerebro pudiese procesar. Terminó sentándose sobre la escoba y después volvió a mirar al chico, casi con orgullo. Pero sin poder evitar demostrarle con su mirada lo extrañada que se encontraba ante su comportamiento. Pero Draco lucía impasible.

—Da una patada al suelo con fuerza y elévate —ordenó, cruzándose de brazos. Hermione parpadeó, y entrecerró los ojos. Debatiéndose entre mandarlo a freír espárragos, darle quizá una patada, u obedecer. Terminó, para su propio desconcierto, optando por la última alternativa. Porque, aunque no acababa de entender lo que estaba sucediendo, intuía que era su mejor opción. Aunque tenía todos sus sentidos alerta ante cualquier cosa que pudiese suceder.

La joven dio una patada con algo más de fuerza que la que había estado utilizando y la escoba se elevó en el aire. Fue capaz de apreciar que se movía con algo más de rapidez que la que estaba utilizando ella antes, lo cual hizo que un frío pánico la invadiese. Pero Malfoy no se inmutó.

—Utiliza las manos para agarrarte con fuerza. Apoya los pies en los apoyaderos y ponte recta —indicó Draco, con rostro impertérrito y tono seco—. Si no te enderezas, jamás conseguirás que la escoba ascienda.

Hermione obedeció a regañadientes, sufriendo un par de sobresaltos ante la fluidez con la que reaccionaba esa nueva escoba ante sus toques.

—Se mueve muy rápido —se escuchó protestando, mirando a Malfoy de nuevo, situado varios metros por debajo de ella. De hecho, el asimilar de pronto que se encontraba en las alturas hizo que su corazón se acelerase.

—Eso es lo que tiene que hacer, Granger —protestó él, lacónico—. Ahora asciende más.

—No puedo —espetó ella, fuertemente agarrada al mango de la escoba. Draco chasqueó la lengua.

—Me importa una mierda, he dicho que…

—¡Y yo te digo que no puedo! —exclamó Hermione, inclinando el cuerpo para descender de súbito, golpeando el suelo con los pies de forma poco elegante. Dejó caer la escoba al suelo de cualquier manera y enfrentó la mirada de Malfoy, en pie a apenas un metro de ella—. No puedo. Tengo vértigo, ¿no es evidente? No puedo, simplemente, ignorarlo. No es algo que pueda controlar.

Enmudeció, jadeando, esperando la respuesta del chico. Atravesándolo con ojos llameantes. Pero él se limitaba a estudiarla con sus ojos claros.

—Pues vas a tener que hacerlo, porque mañana vas a jugar un partido de Quidditch, Granger —murmuró, entre dientes, despectivo—. Y vas a tener que subir mucho, mucho más alto. ¿Qué piensas hacer entonces? ¿Cuál es tu plan secreto?

La chica tomó aire de forma temblorosa, todavía mirándolo. Permitió que la fiereza de su mirada se aligerase. Casi sin poder impedir que el agobio creciese en sus ojos.

Giró el rostro a un lado, avergonzada de que aquel muchacho viese la debilidad en su expresión.

—Exacto. No tienes nada —escuchó los pasos de Malfoy sobre la hierba y, al volver a mirarlo, lo vio agacharse para coger la Barredora que ella había soltado antes—. Monta en la escoba —ordenó, sin mirarla. Él mismo se colocó la otra escoba entre sus largas piernas y ascendió con facilidad, mediante una firme patada al suelo. Se mantuvo quieto a tres metros del suelo, mirándola con fría impaciencia. A la espera. Ella lo contempló durante unos segundos. Admirando y envidiando la naturalidad y la seguridad de su postura. Tragó saliva. Asimilando la situación.

Malfoy no se estaba burlando de ella. No la estaba insultando, al menos no directamente. La estaba ayudando. O esa parecía su inaudita intención, al menos. A su tiránica y poco delicada manera. Pero la estaba ayudando.

Hermione se agachó y cogió la Cometa 260 de nuevo. Se la colocó entre las piernas e intentó imitar el movimiento del chico para ascender con él. Se plantó en el aire frente a él, y lo miró, expectante, en silencio.

Draco movió su escoba y la alejó un par de metros de ella. Volvió a girarla de un elegante movimiento para quedar de cara a ella. La chica no apartaba los ojos de él.

—Ven hacia aquí —ordenó. Su voz seguía siendo fría, pero quizá era algo menos brusca—. Pero no me mires a mí —espetó a continuación—. Mira lo que te rodea. Acostúmbrate a estar en el aire.

Hermione sintió que su rostro se acaloraba ligeramente. Realmente apenas estaba parpadeando mientras miraba al chico, y mucho menos estaba mirando a su alrededor lo más mínimo. Estaba estudiándolo con sus ojos. Analizando su extraña actitud. Intentando adivinar sus intenciones. Aunque estaban bastante claras. Él no había dejado lugar a dudas. Quería impedir que fuese un desastre total como buscadora, para que, cuando él ganase mañana, nadie pensase que había sido por enfrentarse a alguien tan inútil. Era una razón extraña, pero Malfoy era una persona extraña. De modo que sonaba plausible. Muy plausible.

La chica obedeció y avanzó hacia él, mirando alrededor. Intentando acostumbrarse a la sensación de que la escoba era su único punto fijo. A la sensación de estar tan lejos del suelo. Draco fue ascendiendo con su escoba, poco a poco, sin dejar de mirarla, obligándola a seguirlo. Siempre a cierta distancia. Ayudándola a acostumbrase al vacío de su estómago. A la sensación de vértigo. Hermione se vio obligada a bajar al suelo varias veces, superada por la sensación. Para después, cuando las piernas dejaron de temblarle, volver a subir en la escoba con decisión. Malfoy la esperaba en las alturas, impasible. Con bastante más paciencia de la que Hermione hubiera esperado de él. Parecía haber comprendido que meterle prisa no serviría de nada. Era un muchacho impaciente, pero no era estúpido. Y sabía que se cazaban más moscas con miel que con vinagre.

Apenas hablaban. De hecho, Hermione solo abría la boca cuando necesitaba volver a tierra firme. Y Draco se limitaba a indicarle qué hacer. No le preguntaba si estaba bien. No la felicitaba cuando lograba ascender unos metros más con la escoba. Tampoco la criticaba cuando cometía algún error, o necesitaba bajar a tierra. Se limitaba a seguir dándole indicaciones. Seco, inexpresivo y distante. Como si quisiera terminar con eso lo antes posible.

La diminuta snitch dorada que todavía volaba por el campo hizo aparición un par de veces, y la chica casi sintió que se estaba burlando de ella. Ni siquiera hizo un intento por atraparla. Antes tenía que conseguir volar.

—Ahora avanza más rápido —le indicó Draco, alzando una mano y señalando uno de los tres postes, no demasiado lejos de ellos. Habían logrado ascender hasta la altura de los aros, para emoción de la chica—. Ve hasta el poste y vuelve lo más rápido que puedas. Tienes que practicar la frenada.

Hermione calculó la distancia a recorrer, y tragó saliva. Logró echar un vistazo a sus pies. Estaban a una altura considerable. Le devolvió al chico una mirada indecisa.

—No es necesario que vuele deprisa —lo corrigió ella, intentando que no se apreciase la vergüenza en su voz—. Solo tengo que mantenerme en el aire. Realmente, nadie espera de mí que intente siquiera volar de verdad. Mucho menos que intente atrapar la snitch. Solo necesitan un jugador simbólico.

Draco la calibró con sus grises ojos. Con la misma expresión imperturbable que lucía desde que estaban allí juntos. Pero algo en su expresión incomodó a Hermione. Ya no había tanta frialdad en su rostro. Pero había algo parecido a la decepción.

—¿Y qué importa lo que el resto esperen? ¿De verdad vas a conformarte con ser "simbólica"? —le soltó, como si apenas pudiera creerlo—. ¿No vas siquiera a intentarlo?

Hermione le devolvió una mirada confundida. Y sintió su ceño fruncirse. Malfoy tenía toda la razón. Lo cual, por sí mismo, ya era alarmante. Ella misma no tenía esperanzas en atrapar esa snitch. Ninguna en absoluto. Pero… quería intentarlo. Se había comprometido a ser buscadora. Con todo lo que eso conllevaba. Y no iba a exigirse menos a sí misma. Lo haría lo mejor posible. No iba a conformarse con estar ahí plantada, como un monigote.

Iba a jugar al Quidditch lo mejor que pudiera con las habilidades que poseía.

—Sí, voy a intentarlo —sentenció, casi con fiereza, mirando a Draco con un renovado brillo decidido en su mirada. Giró el rostro para escrutar los redondos aros de gol—. ¿Ir y volver, dices?

Para su propia sorpresa, al volver a mirar al chico, buscando su beneplácito, se lo encontró mirándola con una mueca mordaz en su rostro. Sonriéndole con socarronería.

—¿Qué? —escupió ella, defensiva.

—Que esa actitud ya me gusta más, Granger. Me estabas asustando —se burló. Y sus ojos claros relucieron bajo su rubio flequillo. Sin maldad. Las comisuras de Hermione temblaron en una cohibida sonrisa, sorprendida por su respuesta, mientras el chico devolvía su mirada a los aros—. Vete hasta los postes, da una vuelta alrededor y vuelve a este punto. Yo estaré aquí por si la frenada se complica.

Hermione dio una única cabezada y, sin darle tiempo a su cuerpo a comenzar a preocuparse, se lanzó hacia los aros. Utilizó toda su concentración para avanzar con algo de rapidez, pero siempre sintiéndose segura. Segura de que no caería al vacío. Se sorprendió ante lo agradable que era la sensación de tener el viento golpeando su rostro. Ante la sensación de vacío en el estómago. De adrenalina. Tuvo que bajar la velocidad al llegar a los aros, para poder equilibrarse mejor, pero giró a su alrededor sin detenerse y después continuó su recorrido hasta donde Malfoy la esperaba.

Comprendió entonces a qué se había referido el chico con una frenada complicada. Volar, avanzar lentamente, era fácil, casi lo hacía la escoba por sí misma. Pero frenar a esa velocidad dependía de ella.

Posiblemente cuando ya estaba demasiado cerca del chico, Hermione tiró del mango, y trató de hacer detener su escoba. La cual no obedeció con tanta facilidad como ella hubiera creído. Por un momento, creyó que Malfoy la sujetaría para ayudarle, y deseó de forma desesperada que lo hiciera. Pero lo que realmente hizo fue apartarse con total impunidad, dejándole el camino libre. Hermione inhaló con alarma, viéndose sola, y tiró con más ímpetu del mango. Deteniendo por fin la escoba, con poca gracia, mediante una brusca sacudida. Jadeando, giró el rostro para fulminar a Malfoy con la mirada, y vio que la estaba mirando con total tranquilidad. Satisfecho.

—Nada mal —ofreció, arqueando una ceja. Hermione frunció el ceño, ofendida. El muy estúpido parecía tenerlo todo calculado—. Vuelve a intentarlo. Y comienza a frenar antes.

Repitieron ese ejercicio varias veces, hasta que Malfoy no tuvo que moverse en absoluto, y la joven logró frenar ante él. Hermione se sentía orgullosa de sí misma. Seguía sintiéndose torpe y tensa, y se agarraba al mango con tanta fuerza que sus manos estaban ya agarrotadas y con alguna ampolla. Y las rodillas le dolían de sujetarse con ellas casi con desesperación. Pero lo estaba consiguiendo.

El sol comenzaba a abandonarlos, y el atardecer se hizo presente, robándoles algo de luz, atenuando el ambiente, tiñéndolo todo de color ocre. Alargando las sombras y refrescando el ambiente.

—Atrápame.

Hermione, que se había detenido en el aire a recuperar el aliento y se estaba mirando la palma de la mano, asimilando que tendría que preparar algo de Esencia de Murtlap cuando volviese a su habitación, apenas registró la voz del chico. Elevó la cabeza de golpe, creyendo que no lo había escuchado bien. Se encontró con la estoica mirada del joven ante ella. Y, por primera vez en su vida, esa mirada le arrancó un escalofrío que no se sintió desagradable en absoluto.

—¿Cómo? —cuestionó ella, en voz más baja de la que pretendía usar.

—Atrápame —repitió Draco, como si fuera algo que pidiese todos los días. Elevó una ceja ante el evidente desconcierto de la joven—. Imagínate que soy la snitch, e intenta atraparme. Y yo me escaparé —añadió, entrecerrando sus ojos grises con burla.

Hermione sintió su corazón se aceleraba sin control posible. Aunque sabía que no debería, sintió que sus labios se curvaban por voluntad propia en una sonrisa divertida.

—La verdad es que no hay que echarle mucha imaginación —bromeó, sin malicia, echando un rápido vistazo al cabello rubio platino del chico. Intentando sonar simpática. Ni siquiera ella misma entendía de dónde había sacado las fuerzas, o el valor, para hacerle una broma. Pero sus labios actuaron más rápido que su cerebro. Draco arqueó una ceja, y para incredulidad de Hermione, esbozó una media sonrisa cargada de malignidad.

—Muy aguda, Granger. Tu escoba y tú también tenéis cierto parecido —contraatacó, haciendo referencia a las viejas y mal cortadas cerdas de la cola, gastadas por el paso de los años, tan parecidas a su encrespado y abultado cabello castaño. Hermione mantuvo su divertida sonrisa, sin ofenderse. No había apreciado crueldad en su voz. Al contrario. Le había seguido la broma—. Venga, vamos… —repitió el chico, girando su escoba para alejarse ligeramente de ella—. Atrápame.

Hermione tomó aire, preparándose mentalmente para semejante tarea. Contra su voluntad, poseída por un nerviosismo que no era capaz de reprimir, quizá desatada al estar tan llena de adrenalina, volvió a dejar que su boca actuase sin filtros.

—Si Parkinson te escuchase decir eso… —bromeó de nuevo, arrepintiéndose al instante. Obligándose después a apartar la mirada de su rostro. Asombrada de sí misma. ¿Qué le pasaba? ¿Cómo podía sentirse tan desenvuelta? Si Malfoy la mandaba a la mierda, estaría en todo su derecho. No eran amigos. No lo eran. No podía comportarse como si lo fueran. Era incluso ridículo tener que mentalizarse de ello, pero no lo eran. No era adecuado bromear de esa forma con él.

Escuchó al chico resoplar ante ella, haciéndola mirarlo por inercia. Vacilante. Lo vio girar el rostro, y tardó en asimilar que era para ocultar la sonrisa burlona que curvaba sus finos labios. Le había hecho gracia. Lo había hecho reír.

—No tengo todo el día, Granger. Vamos —espetó un instante después, con un tono más propio de él. Su rostro volvía a estar impasible, y la miraba con firmeza, a la espera.

Hermione, sin saber muy bien qué hacer, optó por un ataque directo. Contra su sentido común y su instinto de supervivencia, se lanzó directa hacia Draco Malfoy. Solo para calcular sus reflejos. Efectivamente, él se apartó con eficacia, dejándola alejarse unos metros por la inercia. La joven reculó como pudo y volvió a lanzarse hacia él, con el mismo resultado. El chico la esquivó en un par de ocasiones más, para después escaparse volando. La chica fue tras él todo lo rápido que pudo. Era consciente de que Malfoy no estaba utilizando todo su potencial. Lo había visto jugar al Quidditch antes, y sabía que podía volar muchísimo más deprisa. Pero se estaba adaptando a ella. Cada vez que la joven parecía capaz de alcanzarlo, él daba un eficaz quiebro y volaba en otra dirección.

La chica, jadeando, se sorprendió azuzando su escoba. Volando más rápidamente sin darse ni cuenta. Sintiendo el viento zumbar en sus oídos. Con la vista fija en la espalda del chico, en su vistoso jersey verde y plata. En su rubio cabello, agitándose al viento en todas direcciones de forma desenfadada. En cómo sus brazos se tensaban cuando tiraba de la escoba para frenar y confundirla. En los músculos de su espalda, cuando cambiaba de dirección con el peso de su cuerpo. Sabía que atraparlo era imposible. Él no se dejaría. Pero estaba disfrutando enormemente intentándolo.

Draco hizo un quiebro, sintiendo a la chica pegarse a la cola de su escoba, y después giró el mango a un lado, para cambiar de dirección. Pero no contaba con sentir un bulto colocarse justo enfrente, obstaculizándolo y chocando contra él. Hermione también había cambiado de dirección, adelantándose a sus intenciones, y le había bloqueado el paso. No contenta con eso, no se había molestado en frenar correctamente y los mangos de sus escobas chocaron. Y, por si fuera poco, la chica, llena de adrenalina, separó una mano de su propio mango y la alzó, aferrando con ella el jersey del chico en la zona del pecho.

Atrapándolo.

Los labios de Hermione se estiraron de forma fugaz, en una sonrisa abiertamente feliz. Había logrado su objetivo. Había atrapado su improvisada snitch dorada.

Y entonces todo se detuvo. El mundo entero se detuvo. O al menos Draco estuvo convencido de ello. Porque él, desde luego, estaba completamente petrificado, y eso no podía ser normal. Su mente se quedó en blanco como si fuera una pizarra que hubiesen limpiado. Solo era capaz de notar que seguía aferrado a su escoba con ambas manos, jadeando sin poder controlarse por el esfuerzo de la carrera. Y también notaba la mano de Granger contra su pecho. Y veía su rostro, a menos de dos palmos del suyo.

Hermione estaba plantada ante él, respirando con mayor dificultad todavía. Su camisa del uniforme subiendo y bajando acorde a sus jadeos. Su rostro sonrojado en su totalidad, más intensamente en la parte alta de sus mejillas, y cubierto de sudor, que goteaba por su cuello. Su espeso cabello comenzaba a escapar del recogido que se había hecho horas atrás. Su mano, temblorosa por el esfuerzo, estaba aferrando el jersey del chico como si la vida le fuese en ello. Hermione sentía la dureza del esternón del chico bajo sus nudillos, y el rápido subir y bajar de su caja torácica. Y tenía su rostro justo delante. Draco tenía el cabello completamente despeinado por el viento, enmarcando de forma graciosamente inocente sus grises y maduros ojos. Hermione sintió que, a pesar de necesitarlo con urgencia, dejaba de respirar.

Su sonrisa satisfecha por haberlo atrapado no tardó en desaparecer. Olvidándose de activar los músculos de su rostro. Perdida en sus ojos. En su cercanía. En la abrumadora sensación de su presencia. ¿Por qué estar tan cerca de Malfoy se había vuelto tan… intenso?

Los ojos grises de Draco recorrían su rostro a toda velocidad. Estaba mudo. Estaba muy quieto. Y su rostro estaba impasible, apenas ligeramente asombrado. Posiblemente impresionado de que la chica hubiera logrado atraparlo, contra todo pronóstico. Pero estaba demasiado quieto. Estaban alargando la cercanía. Seguían mirándose. Y eso no era natural.

Los ojos de Hermione, contra su propia voluntad, se alejaron de los abismos grises que el chico poseía y descendieron por su afilado rostro. Hasta su boca entreabierta y jadeante. Para contemplarla. Resistiéndose con todas sus fuerzas a la mano invisible que la empujaba desde la espalda para aumentar la cercanía.

Su mano, temblorosa, se aflojó en torno a su jersey, dejando de tirar de él. Pero no se alejó. En cambio, abrió los dedos y presionó la palma sobre la zona. Sintiendo el calor de su pecho bajo sus dedos. Calentándole ella misma la zona con su propio calor. Sintiendo su tórax subir y bajar de forma natural, humana.

¿Eso que retumbaba bajo su mano era su corazón, tan acelerado como el suyo?

—Suéltame.

La chica, a pesar de estar mirando sus labios, tardó en asimilar sus palabras. En entender su significado. Fue como un golpe en la cabeza. Como si la hubiera sacudido para hacerla volver a la realidad. Elevó sus ojos para estudiar los del chico. Su rostro había perdido cualquier atisbo de sorpresa. Estaba serio. Más serio de lo que Hermione lo había visto en toda su vida. No había ningún tipo de socarronería ni de malicia en él, solo una ligeramente rabiosa entereza. Las aletas de su nariz vibraban. Parecía capaz de gritarle que cómo se atrevía a tocarlo, pero también parecía saber que había sido culpa suya.

Hermione parpadeó, interrogándolo con la mirada. Pidiéndole una explicación. A lo que acababa de pasar, no a sus palabras. Su petición, o más bien orden, era lo más coherente que había pasado en los últimos segundos.

—Te he dicho que me sueltes —repitió él, con tono seco. Gélido como un amanecer temprano de inverno. Hermione obedeció entonces, sin pensarlo realmente. Su cerebro simplemente se activó para acatar su orden, y nada más. Ni se le pasó por la cabeza intentar formular palabra alguna.

Separó la mano de él y la mantuvo en el aire, no estando segura de qué hacer con ella. Cuando ninguna parte de su cuerpo estuvo tocando al chico, la sangre regresó a su cerebro, comenzando a activarlo. Pero se limitó a seguir aferrada a su escoba, sin saber qué otra cosa hacer. Y Malfoy pareció tomar la decisión por los dos.

Con un rápido y experto movimiento, giró sobre sí mismo en el aire, para darle la espalda. Empezó a descender directo hacia el suelo, a no demasiada velocidad, pero definitivamente decidido. Hermione se limitó a contemplarlo alejarse de ella, completamente aturdida. Todavía sin lograr ensamblar en su cabeza ningún pensamiento coherente. La soledad se apoderó de ella, volando todavía en las alturas. Y se sintió en la necesidad de bajar tras él en dirección a tierra firme.

Para cuando Hermione aterrizó en la hierba, Draco ya iba caminando a medio camino de los vestuarios. Parecía decidido a irse de allí sin más, sin intercambiar con ella ni una sola palabra más. Y Hermione casi lo agradecía. Porque no tenía la más mínima idea de qué podía decirle en ese momento.

Sin embargo, un fugaz pensamiento, que la hizo estremecer, atravesó a la chica. Haciéndola jadear. Comprendiendo que no podía dejarlo marchar. Por una razón absolutamente estúpida, y, definitivamente, ajena a todo lo que estaba sintiendo en su interior.

—¡Malfoy! —llamó, y casi le sorprendió el sonido de su propia voz. El chico no redujo el ritmo de sus andares lo más mínimo, y tampoco se dio la vuelta. Lo intentó de nuevo, sin poder controlar la angustia en su tono—: Malfoy, espera… Por favor, la snitch. Necesito que atrapes la snitch para poder…

Draco alzó un brazo por encima de su cabeza, sin dejar de caminar. Y sin mirarla. Y la joven fue capaz de apreciar el brillo dorado en el interior de su mano, incluso desde la distancia. Se le cortó la respiración. No volvió a intentar decirle nada.

Había atrapado la snitch. ¿Cuándo lo había hecho?

El chico abrió la puerta de los vestuarios con brusquedad y se perdió en el interior. Hermione se quedó quieta, en el mismo lugar en el que había aterrizado. No podía entrar en ese vestuario, de ninguna manera. No estaba segura de por qué, de qué era exactamente lo que temía que fuera a pasar, pero no podía.

Las manos le temblaban, y ni siquiera entendía por qué. En medio de la soledad del campo, se llevó una mano a la boca, con los ojos muy abiertos.

¿Qué había estado a punto de pasar? ¿Había estado a punto de pasar algo?

¿O, simplemente, una sangre sucia había tocado con sus indeseables manos al purista de Draco Malfoy y éste se había largado, asqueado?

Hermione parpadeó, mareada ante sus propios pensamientos. Llenándose de terror al comprender que no era eso lo que le había parecido. No había sido eso lo que había sentido ahí arriba. Malfoy había huido. Pero no exactamente de ella, no había huido de su sangre impura. Había huido de lo que había estado a punto de pasar. Tan aterrorizado como ella.

Recordó el escalofrío que la había invadido al contemplar los entreabiertos labios del chico con total descaro…

Hermione dejó escapar un gemido incrédulo y se llevó ambas manos al rostro, cubriéndoselo con ellas. Luchando por tranquilizarse. Por buscar una explicación que tuviese algo de sentido. Necesitaba encontrar una explicación. Porque nada de lo que estaba atravesando su mente era posible.

Suspiró con profundidad. Borrarlo todo de su mente era otra opción, bastante más fácil en principio. No había sucedido nada. No había sucedido nada. Pero la sensación de anticipación ante lo que iba a… suceder todavía estaba ahí. La sentía tan vívida como la había sentido allí arriba.

Era la guinda que le faltaba para terminar el día más extraño de toda su vida.