¡Yo! Revivo de entre los muertos solo para dejar esta pequeña colección de One shots, nacidos de la reproducción aleatoria de YouTube. X'D

Espero sea de su agrado. : )

I Can't Make You Love Me

Sentada en el comedor de la casa que compartían desde hace dos años ya, Tsunemori permaneció con la mirada fija en las velas que terminaban de consumirse frente a ella hasta apagarse por completo; la repentina oscuridad fue el complemento idóneo para el silencio que asolaba el lugar.

Exhalando un cansado suspiro mientras sus labios se curvaban en una resignada sonrisa, se incorporó de la silla que ocupaba y abandonó la habitación.

De camino al dormitorio con un andar pausado, recorrió con la mirada el lugar que había llamado "hogar" durante los dos últimos años; fue inevitable rozar con los dedos algunas superficies cargadas de recuerdos de una vida en común.

Habían pasado por tanto juntos…

Y era precisamente por ello que resultaba tan difícil dejarlo ir.

Con Sibyl rebelándose al mundo y los posteriores conflictos que esto trajo consigo, habían tenido que pelear hombro a hombro y también por separado para conseguir la paz que ahora disfrutaban; su relación había comenzado en medio del caos, la sangre y la guerra, e irónicamente, terminaría en un periodo de calma.

Porque sí, estaba dispuesta a terminar todo esa noche.

Era su segundo aniversario, pero no la primera vez que él se ausentaba en una fecha importante. Aquello, sin embargo, había sido pasado por alto en un comienzo, sobre todo, teniendo en cuenta la vida ocupada que ambos llevaban. Sin embargo, cuando este comportamiento se volvió algo recurrente luego de los primeros meses de convivencia, supo que algo andaba mal.

Las tardes tranquilas, los fracasos culinarios y las risas fáciles que estos traían consigo, la pasión inicial y los momentos robados, todo se fue apagando con el paso de las semanas, y más temprano que tarde, la distancia entre ambos comenzó a ampliarse.

Era duro —doloroso incluso—, verlo esforzarse más cada día por responder a sus muestras de afecto cuando no estaba en él hacerlo realmente, pero Kougami Shinya era demasiado amable y cargaba con demasiada culpa como para rechazarla, después de todo.

Y aquello era lo que más dolía.

No dudaba que él la apreciara, que la quisiera, incluso. Y que muy probablemente la considerase alguien importante en su vida, pero la dura realidad era que no la amaba, nunca lo había hecho y, ahora sabía, jamás lo haría.

La lástima no debía confundirse con amor, el cariño tampoco, y muy para pesar suyo, comprendió los últimos meses que era precisamente eso lo que mantenía a Shinya a su lado.

La realización de aquello había llegado a ella por piezas, con pequeños gestos, largas miradas y palabras inconclusas que lastimaban más que cualquier golpe físico que hubiese recibido en batalla antes; más de una vez él se quedaba viéndola en silencio, intentando quizás encontrar las palabras adecuadas para verbalizar algo que su mirada expresaba claramente, pero que no tenía el valor de decir.

Pero ella entendía perfectamente, como había hecho siempre.

Exhalando un cansado suspiro ante aquellas memorias, la inspectora detuvo su andar una vez hubo llegado a su destino. En silencio y conociendo de memoria cada rincón de aquella habitación compartida, no necesitó encender las luces para comenzar.

Con movimientos metódicos y sin detenerse a pensar más, por miedo tal vez a quebrar su propia resolución, empacó lo necesario para marcharse.

Aferrada como siempre estuvo a él, le había costado mucho decidirse a soltarlo, pero una vez que la realización llegó, no tuvo más opción que dejarlo; era egoísta mantener a Kougami a su lado sabiendo que él no sentía lo mismo por ella.

Era injusto para él, pero sobre todo para consigo misma; no podía quedarse en un lugar donde no pertenecía realmente.

Había culpa, claro. Y mientras se permitía sentarse en la cama y acariciar la superficie del lecho que habían compartido durante los dos últimos años, el peso de aquello se hacía cada vez más aplastante.

¿Era correcto abandonar la pelea justo ahora? ¿Y si lo intentaban una vez más? ¿Cambiarían las cosas si no se marchaba esa noche? ¿Todavía quedaba algo en ella por dar?

La respuesta era simple: no. Lo había dado todo por él, por salvarlo incluso de sí mismo cuando los fantasmas del pasado acechaban. Se había aferrado a Shinya y al extraño lazo que compartían, pero nada de eso fue suficiente para proteger lo que tenían.

¿Para qué, entonces, intentar dar color a algo que hace mucho ya se había tornado gris?

No podía salvar algo que nunca había estado ahí, después de todo.

Con resignada aceptación y las maletas listas descansando ya a un lado de la puerta, la castaña se permitió un momento de debilidad más antes de partir: tomó entre sus brazos la almohada que pertenecía a su hasta entonces compañero, amante y amigo, se aferró a él y terminó por recostarse en su lado de la cama, de espaldas a la salida del dormitorio.

En silencio, disfrutó por última vez aquella peculiar mezcla de aromas que lo acompañaban siempre: loción de afeitar, tabaco, y un perfume que era esencialmente suyo.

No pudo evitar encogerse levemente cuando oyó la puerta principal de la casa abrirse.

Los pasos cansados, casi silenciosos, no tardaron en resonar en la habitación y casi pudo jurar que Shinya contuvo el aliento brevemente al cruzar la puerta de su dormitorio, pero si vio sus maletas ahí o no, le fue imposible saberlo solo con esa reacción.

El estar de espaldas a él tampoco ayudaba, ciertamente.

En silencio, lo oyó exhalar un largo, largo suspiro, mientras se dirigía a la cama. Escuchó sus pasos reverberando en la habitación hasta detenerse junto al lecho y, en un gesto que parecía casi tímido viniendo de él, rozó apenas su hombro con la yema de los dedos mientras un pesado susurro se le escapaba de entre los labios.

—Lo siento. —Dijo.

Y aunque no tenía forma de saber si la disculpa venía por haberse perdido el aniversario o por no poder amarla, aquello dolió.

Dolió por las memorias compartidas, por los años perdidos, por las promesas rotas, pero, sobre todo, dolió por los sueños a futuro que planearon juntos y que nunca serían cumplidos.

Curiosamente y a pesar de la puntada incesante que sentía en el pecho ante aquello, las lágrimas se negaron a ser derramadas.

—No es tu culpa. —Fue lo que salió en su lugar.

Lo sintió tensarse entonces ante la respuesta inesperada, más no se alejó de ella, contrariamente a eso, percibió el hundimiento de la cama cediendo ante el peso extra de su nuevo ocupante.

No necesitó verlo para imaginar la expresión de su rostro en ese momento.

Lo oyó entonces emitir un nuevo suspiro, cansado, abatido, e incluso si no lo veía en ese momento, el sonido amortiguado de su voz fue suficiente para saber que estaba cubriéndose el rostro con las manos.

—Lo arruiné, ¿Cierto? —Preguntó él.

—No había nada que arruinar, para empezar.

No supo si fue debido a que había aceptado ese hecho hace tiempo ya, pero de alguna manera, su voz no titubeó al decir aquello. Contrariamente a ese hecho, permaneció serena, e incluso se permitió una pequeña pero cansada sonrisa.

—Akane, yo… —Intentó decir él.

—No. No hace falta que lo digas. —Interrumpió, aferrándose inconscientemente a la almohada entre sus manos—. En lugar de eso… ¿Te recostarías un momento conmigo, Shinya? ¿Me darías un abrazo?

"¿Por última vez?"

Aquello, aunque no expresado por ella, fue comprendido por ambos: era el adiós.

Como antaño fuese entre ellos, el entendimiento sin palabras fue inmediato, y pronto, pudo sentir como Kougami se recostaba junto a ella. En silencio, el otrora ejecutor la había envuelto en un firme abrazo, apretándola contra su pecho en un agarre casi doloroso por unos largos segundos, casi como si no quisiera dejarla ir.

Tsunemori descartó esa idea al instante.

Momentos después, el agarre cedió levemente; envuelta ahora en la calidez de los brazos ajenos, la inspectora se permitió exhalar un largo suspiro. Disfrutó por última vez del aroma característico que emanaba de él y por un momento se permitió imaginar que aquellos orbes azules la miraban con el amor que tanto ansiaba y que muchas veces había creído ver, pero fue una fugaz ensoñación.

Porque Shinya no podía obligarse a sentir algo que no estaba ahí, y ella lo entendía perfectamente.

En silencio, pero aferrada todavía a él, aguardó con paciencia la llegada de los primeros atisbos del amanecer antes de incorporarse de la cama; con cuidado de no despertar al azabache, salió de entre sus brazos y pronto se vio de pie junto al lecho.

Su diestra, de manera inconsciente y probablemente por la fuerza de la costumbre, apartó del rostro ajeno unos rebeldes mechones azabaches, y en lo que fue su último gesto para con él, se inclinó levemente para dejarle un pequeño beso en la frente.

—Gracias por intentarlo, Shinya. —Alcanzó a susurrar, sonriendo ligeramente a pesar de no ser vista por él—. De corazón, espero que encuentres a alguien que te de todo lo que yo no pude.

Sin más palabra de por medio y dando un último vistazo al azabache dormido, la castaña abandonó la habitación y se dirigió la salida principal de la vivienda.

Con toda su vida recogida en un par de maletas, se irguió en todo lo que su estatura le permitía mientras atravesaba por última vez aquellos pasillos, y sintiéndose libre por primera vez en mucho tiempo, Tsunemori Akane mantuvo la vista al frente mientras cruzaba la puerta principal de aquella casa.

A pesar de la dolorosa opresión en su pecho, ella nunca miró atrás.