Así era ella

Kougami sabía que no la merecía; siempre lo había sabido, en realidad.

Después de todo por lo que la había hecho pasar, cualquiera otra persona lo habría sacado de su vida con una patada en el trasero en el mejor de los casos, pero no ella, no Tsunemori. Contrariamente a ello, la castaña siempre había tenido los brazos abiertos para recibirlo, intentado salvarlo una y otra vez, incluso de sí mismo.

Y él le había pagado rompiéndole el corazón.

Sentado en la sala de estar de la casa que por dos años compartieron, Kougami mantuvo la mirada fija en la taza de café que descansaba en la mesa de centro frente a él. En el sofá individual a su diestra, Saiga-sensei lo observaba en silencio, seguramente sacando rápidas conclusiones de lo que había ocurrido para tenerlo en ese estado.

Teniendo en cuenta, sin embargo, lo vacía y fría que ahora se veía la casa, además de las botellas de whisky regadas por el suelo, no había que ser un genio para deducir lo ocurrido.

Ella se había marchado.

Hace 6 días, 14 horas y 30 minutos exactamente, Akane había salido de su vida con nada más que un beso de despedida y llevando consigo solo las cosas con las que llegó, mientras dejaba atrás todo lo demás.

Y aquello lo incluía a él.

Durante muchos años, Akane había sido una constante en su vida, mucho antes incluso de comenzar una relación romántica con ella.

Él, que vivía rodeado por oscuridad desde el asesinato de Sasayama, había encontrado en ella un brillo especial, algo que lo atraía y le permitía escapar de las sombras cuando estaba a su lado. Akane había logrado iluminar cada rincón de su oscura existencia, pero él nunca supo cómo corresponder a aquello a pesar de que la amaba.

Porque sí, él la amaba. Y lo hacía de manera tal, que a veces lo asustaba la intensidad de aquel sentimiento, pero consumido como estaba por las memorias del pasado, no había sido capaz de demostrárselo.

Asechando como un fantasma, la voz de Makishima siempre reverberaba en sus oídos, apareciendo en los momentos menos oportunos para recordarle lo roto que estaba, lo manchadas que siempre estarían sus manos y cuan egoísta era el atraer a la mujer que amaba a la oscuridad que siempre parecía seguirlo; Akane resplandecía con luz propia, pero incluso ese brillo intenso podía apagarse si era expuesto a tanta oscuridad como la que él poseía.

Y aquello lo aterraba.

Consciente estaba de que Akane había tenido que presenciar buena parte de la oscuridad del mundo, pero de alguna manera ella había salido intacta de todo aquello, conservando la luz y la esperanza que siempre se reflejaba en aquellos ojos que tantas veces lo había salvado.

Él, por otra parte, no había tenido tanta suerte.

Curtido por la guerra, el odio y la venganza, le era difícil desligarse a veces de aquellas memorias cargadas de sangre y dolor. Las pesadillas o el insomnio eran una constante, siendo pocas las veces que podía tener un descanso decente, algo que por lo general ocurría cuando Akane dormía a su lado.

Ella era un faro de luz y esperanza en su vida, uno que no quería contaminar con toda la mierda que llevaba dentro, de ahí que hubiese tratado de mantener cierta distancia entre ellos a pesar de su relación; quería mantenerla lejos de esos aspectos tan oscuros de su psique.

Aquello había salido terriblemente mal.

En su intento por protegerla de sí mismo, terminó haciéndole sentir que no la amaba. ¿Cuán idiota podía llegar a ser?

Ahora ella se había marchado y su ausencia dolía. Dolía como la mierda.

El sonido característico de sus pasos por la habitación, su risa en la cocina, su aroma en el dormitorio, la calidez de su abrazo; casi podía sentirla ahí con él, su perfume rodeándolo mientras lo abrazaba por la espalda como solía hacer durante el tiempo que compartieron juntos, pero aquello, sabía bien, no era más que otro fantasma del pasado y el anhelo por algo que ya nunca podría ser.

Irónicamente, el fantasma de Makishima no había vuelto a aparecer desde que ella se fue; incluso después de muerto, el muy bastardo se las había ingeniado para joderle la vida.

La idea de buscarla, de perseguirla como ella había hecho antes, cruzó por su cabeza más de una vez durante los últimos días, pero lucho contra aquel impulso; la había lastimado suficiente ya como para ceder a su deseo egoísta de arrastrarla a su infierno otra vez.

La amaba demasiado como para hacerle eso.

Luciendo tan mal como se sentía en ese momento, solo atinó a enterrar el rostro entre sus manos mientras un cansado suspiro se le escapaba de entre los labios; estaba exhausto, cansado de tener que lidiar con tanta mierda, pero no tenía la menor idea de cómo empezar a enderezar su vida.

¿Cómo demonios había terminado así?

No sabía en qué momento las cosas se habían torcido de esa manera. Por mucho que lo pensaba, no encontraba el momento exacto en que todo comenzó a ir cuesta abajo, sin embargo, nada de eso importaba ya; lo había jodido todo y no había forma de volver atrás.

El silencio que lo rodeaba ahora, abrumador y pesado como solo este podía ser, se vio interrumpido de repente por el sonido de una nueva y humeante taza de café golpeando la mesa de centro, sobresaltándolo y recordándole a su vez el hecho de que no estaba solo en realidad.

Como era cada vez más frecuente desde que ella se fue, terminó abstrayéndose en sí mismo de nuevo. ¿Cuánto tiempo habría estado fuera esta vez?

—Estuviste callado por casi media hora. —Dijo el profesor, adivinando al parecer su línea de pensamiento—. Deberías beber ese café antes de que se enfríe; parece que lo necesitas.

Lo necesitaba, sí. Después de todo el alcohol que había bebido la noche anterior, esa taza de café negro parecía ser la mejor opción.

Lamentablemente, no tenía el ánimo suficiente para probarla; lo único que quería era volver a la cama y dormir.

—Lo siento, sensei. —Respondió, forzando una pequeña sonrisa en lugar de beber—. No soy la mejor de las compañías estos días.

—Puedo ver eso, muchacho. —Lo oyó decir, viendo luego como volvía a ocupar el sofá junto a él y se cruzaba de brazos—. ¿Has tratado de buscarla o hablar con ella? ¿Darle tu versión de los hechos?

La simple negativa que hizo con un gesto de cabeza fue su muda respuesta.

—Akane ha sufrido demasiado por mi causa. —Dijo, siguiendo aquel gesto; su mirada fija en la taza de café—. Buscarla sería solo echar sal a la herida y no quiero lastimarla más de lo que ya hice.

—El dejarla ir creyendo que no la amas, definitivamente no la hará feliz.

—Tampoco lo hará el quedarse a lidiar con toda mi mierda, sensei. —Replicó, apretando los puños—. Ella merece algo mejor que eso.

—Sabes que le estas quitando la oportunidad de elegir, ¿Verdad?

Lo sabía, por supuesto que lo hacía, pero por su vida, no podía pensar en algo más para dejar de herirla. Ella era demasiado buena para alguien tan roto como él; después de todo por lo que había pasado a lo largo de su vida, Akane merecía brillar, no ser opacada por la oscuridad que lo rodeaba.

Jamás se perdonaría si eso llegase a ocurrir.

—Shinya… Akane es una mujer fuerte. —Dijo de repente el profesor, adivinando seguramente la línea de pensamiento que tenía—. Sé que temes cargarla con todo esto, pero si le dices la verdad, estoy seguro de que ella…

—No me dejaría e intentaría ayudarme, lo sé. —Interrumpió, intuyendo ya lo que su viejo mentor diría—. Es precisamente por eso que nunca le dije nada, sensei. Akane ha sacrificado mucho por mí a lo largo de los años, demasiado, en realidad; no dejaré que siga tirando su vida por un hombre roto.

El prolongado silencio que siguió a aquella afirmación fue roto únicamente por el sonido de una llamada entrante a través de su comunicador; era momento de volver al trabajo.

Con suerte, aquello serviría como distracción suficiente, al menos por unas horas.

En silencio y luego de intercambiar un par de palabras de despedida con su visitante, optó por tomar un baño y alistarse antes de partir. Las palabras que le dijese su viejo maestro, sin embargo, lo acompañaron durante mucho tiempo después de que incluso éste se hubiese marchado.

—Espero que no te arrepientas de esta decisión, muchacho. —Le dijo, dándole unas suaves palmadas en el hombro—. Por tu bien y por el de ella, realmente lo hago.

Y, si era sincero, él también lo hacía; después de todo, era una decisión que ya no tenía vuelta atrás.

Porque incluso si lo deseaba con todas sus fuerzas, no podía regresar el tiempo para resarcir todo el daño que terminó causándole a lo largo de los años.

Ella había estado ahí, a su lado, dispuesta a darlo todo por hacerlo feliz, pero él no puedo estar a la altura; le había fallado terriblemente, incluso al final.

Y por su vida, aquello era lo que más dolía.