Song for a fool
Con la vista fija en el mar que podía divisarse desde el amplio ventanal de la habitación, Ginoza se mantuvo de pie ahí, con los brazos cruzados y la mandíbula tensa, siéndole imposible el disfrutar de aquel agradable paisaje.
La otra ocupante de la habitación tampoco se encontraba en el mejor estado de ánimo para apreciar la vista.
Encontrarla no había sido difícil. Es decir, conociéndola como hacía, era fácil saber que no querría incomodar a nadie con sus problemas, por lo que ir con sus padres no era una opción, tampoco querría molestar a Kaori, su mejor amiga, ahora que estaba lidiando con su propia familia. Y teniendo en cuenta que había vendido su departamento cuando se mudó con Shinya, solo le quedaba una opción: el hotel en Okinawa en que se encontraban ahora.
¿Cómo sabía eso? Fácil, él había sido quien le recomendase el lugar.
Con el aniversario encima, Tsunemori lo había contactado un par de semanas atrás para pedirle de favor que cubriese a Kougami durante los días de licencia que había pedido con motivo de la fecha; la locación del hotel había sido sugerencia suya, dado que Masaoka —su padre—, en algún momento le había hablado del lugar.
Ahora, ella había pasado los últimos siete días ahí, sola, en una habitación destinada a ser compartida con el hombre que amaba.
De repente, el deseo inicial que había tenido de golpear a Kougami volvió con fuerza.
Dos años atrás, cuando la relación entre ellos apenas comenzaba y consciente de que él también amaba a la castaña —aunque nunca se lo dijo abiertamente—, Kougami le había prometido que cuidaría de ella, que la compensaría por los años perdidos y que la haría feliz; él le había creído.
A pesar de su corazón roto, su respuesta fue una leve palmada en la espalda del azabache, seguida de una felicitación y un brindis por el futuro que tendrían juntos.
Viendo ahora a la castaña ahí, sola y con la mirada lejana, desearía haber roto la copa en la cabeza de Kougami en lugar de haber brindado con él.
Y aún con eso, lo más frustrante de todo era que él sabía que Kougami realmente amaba a Tsunemori; cualquiera que lo conociera realmente podría saberlo, en realidad, por lo que no se explicaba la razón detrás de aquella ruptura.
El azabache jamás la habría dejado, de eso estaba seguro, pero eso solo dejaba una opción que tampoco veía viable: Akane había terminado con Shinya, no al revés. Teniendo en cuenta, sin embargo, que ella siempre lo había amado e incluso lo había perseguido por medio mundo durante años, aquello tenía menos sentido aún.
¿Qué cosa tan grave había hecho Kougami como para que ella lo dejase de esa manera?
No podía alcanzar a imaginarlo siquiera, pero quedándose inmóvil en el mismo lugar no iba a averiguarlo nunca, por lo que decidió acercarse a ella; no podían quedarse en el hotel para siempre, después de todo.
En silencio, el ex ejecutor se sentó junto a la castaña en la cama, pero por mucho que trato de romper el hielo con ella, no se le ocurrió que decir. Fue una suerte, entonces, que ella decidiese hablar primero.
—¿No preguntarás qué ocurrió?
—No quiero forzar una conversación para la que no estás lista, Akane. —Dijo, viendo de soslayo como la ella mantenía la mirada al frente—. Pero si deseas hablar en algún momento, estaré aquí para escuchar.
—A pesar de los años no has cambiado. —Replicó la castaña, sonriendo ligeramente—. Siempre estás cuidando de todos.
—¿Lo dice quien fue capaz de recibir una bala por salvar a un ejecutor? —Preguntó, señalando hacia una pequeña cicatriz en el hombro de la ex inspectora.
—Touché.
De alguna manera y a pesar del silencio que siguió a aquella afirmación, fue agradable ver una pequeña sonrisa en el rostro de Tsunemori. Ciertamente aquella expresión distaba mucho de su "yo" habitual, pero era un comienzo, o al menos eso le gustaba pensar. Cuando el silencio se extendió demasiado, sin embargo, trató de pensar en algo más que decir, pero fue ella de nueva cuenta quien rompió la tranquilidad con una pregunta, mientras lo veía por primera vez.
—¿Por qué viniste, Ginoza-san?
—Porque extendiste la mano. —Fue su simple respuesta.
Le habría gustado capturar su expresión en el momento en que lo oyó.
Primero sorpresa, luego, incredulidad; finalmente llegó la risa. Negando con la cabeza, la joven castaña había comenzado a reír entre dientes mientras negaba con la cabeza, sin embargo, más temprano que tarde, esa risa se convirtió en un leve sollozo ahogado, para derivar luego en un sonoro llanto.
Sabiendo que muy probablemente ella había estado reprimiéndose todo ese tiempo, el azabache optó por el silencio. En lugar de pronunciar palabra, la atrajo hacia su pecho y simplemente la dejó llorar.
Mientras la abrazaba, sin embargo, no pudo evitar recordar la última misión que tuvieron juntos como inspectora y ejecutor, aquella que desencadenó la reacción actual de la castaña.
Informados de la posible llegada de un cargamento ilegal de armas de fuego, habían organizado una redada para atrapar a los implicados; evidentemente y teniendo en cuenta la cicatriz en el hombro de Akane, las cosas habían salido terriblemente mal.
En algún punto, él había perdido la movilidad en la prótesis de su brazo, y con el otro herido, terminó por convertirse en un blanco fácil para los delincuentes; un descuido y un empujón después, se encontraba en el suelo, con una sangrante Akane que ordenaba la retirada. En medio del caos, sin embargo, ella había sido separada del grupo mientras que él, incluso herido, había abandonado la seguridad del grupo por ir a buscarlo, solo para encontrarla con el brazo extendido y a punto de caer al vacío desde un tercer piso; su reacción fue inmediata.
Una caída al vacío —amortiguada a penas por algunas cajas de cartón— y varios huesos rotos después, se encontró en una ambulancia con la entonces inspectora, quien le recriminaba por haber regresado en medio del fuego cruzado solo para recibir la mayor parte del impacto de la caída.
—¡Estabas a salvo! —Exclamó, molesta como pocas veces había visto— ¡¿Por qué volviste?!
—Porque extendiste la mano … —Respondió en ese entonces, reprimiendo a penas un quejido de dolor mientras le sonreía—. Y me prometí hace mucho que yo … jamás te dejaría caer…
A pesar de llamarlo idiota en reiteradas ocasiones después de eso, Tsunemori tomó su mano durante todo el camino al hospital.
Incluso con los años, él jamás había olvidado aquella conversación, y a juzgar por su reacción, ella tampoco lo hizo; no pudo evitar curvar levemente los labios en una pequeña sonrisa ante el recuerdo.
Dada la situación, sin embargo, aquel era un gesto que resultaba inapropiado, por lo que lo reprimió al instante; el prestarle un hombro amigo a Tsunemori era su única prioridad en ese momento, como lo había sido desde hace mucho.
Porque independientemente de lo tonto que pudiera parecer al conservar por años sus sentimientos hacia ella —como a Shimotsuki le gustaba recordarle cuando la sacaba de quicio—, él estaba bien con eso. Era un tonto, sí. Un tonto sin remedio al que le bastaba con quedarse a su lado, con apoyarla y con hacerla sonreír. Porque no importaba si al final de todo salía herido, siempre que ella fuera feliz.
Incluso si esa felicidad estaba junto a otro hombre que no era él.
Manteniéndose siempre firme a su lado —salvo en contadas ocasiones y por motivos que escapaban a su control—, él había estado presente en cada momento crucial de la vida de la ex inspectora. Se había convertido en su mayor soporte, en la primera persona con la que ella contaba cuando las cosas iban mal y a quien acudía cuando cumplía algún pequeño logro; con el tiempo, entonces, era de esperarse que él hubiese aprendido a leer cada gesto de ella, a interpretar cada reacción y a leer entre líneas palabras no dichas durante una conversación.
Los años lo habían convertido en un experto en interpretarla.
Evidentemente, aquello fue motivo de alarma, pero en lugar de obedecer al instinto y poner distancia entre ambos, optó por quedarse ahí, siempre en un lugar donde Tsunemori podría alcanzarlo si extendía la mano o desde donde él podría escucharla si ella llamase; se había convertido en su mejor amigo, e incluso la posterior aceptación de sus sentimientos por ella no fueron motivo para distanciarse.
Tsunemori amaba a Kougami mientras que él la amaba ella, era tan simple como eso.
¿Dolía? Sí. Y dolía como el infierno saber que ella amaba a otro, pero lo hacía todavía más ahora, que podía oírla sollozar entre sus brazos por el azabache.
Dolía, porque él había sacrificado sus propios sentimientos para verla feliz con su mejor amigo, no para que terminase quebrada y con el corazón roto.
Dolía, porque él había confiado en Kougami para que cuidase de ella y el idiota le había fallado.
Dolía porque a pesar de saber que en ese momento era él quien abrazaba a la castaña, no tenía la capacidad de aliviar su dolor.
Y por su jodida vida, lo último era lo que más dolía.
Aquellos sentimientos suyos, sin embargo, carecían de importancia para él en ese momento; en ese instante, la única prioridad era Tsunemori y su bienestar, el resto podía esperar.
Con este pensamiento en mente y tragándose los restos de su propio dolor, el azabache se limitó a apretar levemente el agarre que mantenía en ella antes de soltarla, una vez hubo percibido el cese del llanto ajeno; una breve mirada al rostro lloroso de la ex inspectora bastó para notar la vergüenza que se reflejaba en sus facciones, algo entendible, dado que ella pocas veces se había quebrado así frente a él.
—Lo siento. —La oyó susurrar, con la mirada gacha y un leve rubor en las mejillas—. Arruiné tu traje.
—Es solo un saco, Akane. —Dijo él, sonriendo levemente mientras rozaba con los pulgares las mejillas ajenas, en un intento por borrar el rastro de sus lágrimas—. ¿Te sientes mejor?
—Bastante, sí. Supongo que necesitaba soltarlo, después de todo. —Respondió ella, sonriendo levemente; una mirada más bastó para saber que no mentía—. Gracias por venir a verme, Ginoza-san.
—Cuando quieras.
Le habría gustado preservar esa sonrisa en su rostro para siempre.
Al oír sus palabras, la castaña le había sonreído como antaño hacía en sus épocas de oficina, y aunque fue un momento fugaz, bastó para hacer que su corazón se saltase un latido; le fue imposible no fingir una leve tos para espabilar el breve momento de aturdimiento en el que se vio envuelto.
—Creo que deberíamos irnos ya. —Dijo, poniéndose de pie mientras se aclaraba la garganta—. Puedes quedarte en mi departamento el tiempo que necesites.
La pausa que siguió a su declaración fue ciertamente incómoda, pero predecible; había sido una propuesta arriesgada, después de todo.
—¿Ocurre algo malo? —Se aventuró a preguntar.
—Yo… no sé si eso sea lo mejor. —Fue lo que obtuvo por respuesta—. Es decir, no quiero sonar malagradecida, pero…
Esta vez no pudo evitar la ligera sonrisa en sus labios.
En silencio y acercándose a una Tsunemori que desviaba la mirada, el azabache se arrodilló frente a ella en un intento de captar su mirada; era una situación delicada y tenía que actuar con cuidado, sobre todo, porque comprendía las consecuencias que su sugerencia podría acarrear consigo.
—Entiendo el punto, Akane. También lo he pensado. —Dijo, captando la atención ajena—. Pero dudo mucho que quieras volver a casa de tus padres luego de romper con Kougami, y tampoco puedes quedarte para siempre en este lugar; soy tu mejor opción.
—No lo sé… —Replicó la castaña, evidentemente dudosa— Lo último que quiero es causarte más problemas, Ginoza-san.
El resignado suspiro que escapó de él fue casi tan sorpresivo para la castaña como el hecho de que hubiese osado tirar de sus mejillas, como si de una niña pequeña se tratase.
—Vamos a dejar las cosas claras. —Añadió, sin soltar las mejillas ajenas—. No eres un problema, Akane; nunca lo has sido, en realidad. Ahora, si tu reticencia se debe a los rumores que podrían surgir por esto, puedes estar tranquila; saldré de misión hoy al interior del país y no volveré hasta dentro en una semana. Puedes usar ese tiempo para encontrar otro lugar y me ayudarás mucho también al quedarte con Max mientras no estoy.
—Ahora ya no sé si es un favor para mí o para ti. —Replicó ella sonriendo ligeramente—.
—Soy el principal beneficiado, pero digamos que es 50 y 50. —Contestó, riendo también mientras la soltaba—. Solo quiero que estés bien, Akane. Y si debo dormir en el sofá los próximos días, meses o años para que así sea, lo haré. No voy a dejarte sola en este momento.
—Dudo mucho que a Shimotsuki le guste que invada tu espacio de esa manera. —Replicó la castaña, frunciendo levemente el entrecejo—. ¿No le molestará que me quede contigo por un tiempo?
—Difícilmente. —Dijo, mientras se incorporaba del suelo—. A diferencia de lo que la mayoría de ustedes creen, nosotros no tenemos ese tipo de relación, solo somos amigos.
—Ella tiene sentimientos por ti. —Declaró la ex inspectora, mirándolo fijamente—. Lo sabes, ¿Verdad?
Lo sabía, sí. Desde hace bastante tiempo, en realidad.
Shimotsuki nunca lo había dicho directamente, pero él había aprendido a leer entre líneas; el hecho de que comenzaran a salir con mayor frecuencia tiempo atrás, entonces, no había sido coincidencia.
Para fortuna o desgracia, no lo sabía realmente, él no había podido desprenderse de sus sentimientos por Tsunemori, por lo que —salvo aquel incidente después del matrimonio de Kunizuka y Karanomori— nunca intentó ir "más allá" con la menor de las inspectoras.
No se sentía correcto empezar una relación con Shimotsuki cuando él todavía amaba a Tsunemori, después de todo; el hecho de que fuese la misma Akane quien confirmara el hecho de que Mika lo amaba, solo hizo que la culpa se asentara en su pecho.
Fue imposible no desviar la mirada.
—Estoy consciente, sí. —Respondió, al cabo de unos tensos segundos de silencio—. Pero no podría iniciar algo con ella cuando mi corazón está con alguien más, Akane; no sería justo para Shimotsuki, ni para mí.
—Es verdad, no sería justo para ninguno de los dos.
Aquello había golpeado demasiado cerca de casa, o al menos esa impresión tuvo en el momento en que Tsunemori sonrió de una manera casi dolorosa; de repente, el deseo de golpearse la cabeza contra la puerta fue abrumador.
No tenía idea de que había dicho para provocar esa reacción, pero si la tristeza reflejada en los ojos castaños eran un indicador, estaba seguro de que iba relacionado con el motivo detrás de la ruptura de su relación con Kougami. A ciegas como estaba, sin embargo, no tenía forma de saber cómo proceder para ayudarla.
Fue una bendición, entonces, el que Hanashiro llamase para recordarle la misión que tenía pendiente; era la primera vez que agradecía la oportuna aparición de su jefa.
—El deber llama, supongo. —Dijo de repente la ex inspectora, pasando por alto el pequeño incidente—. Los criminales nunca descansan.
—Eso me temo. —Respondió él, todavía inseguro por dejar las cosas así—. Akane, sobre lo último que dije…
—Está bien, Ginoza-san, no dijiste nada malo. —Lo interrumpió, sonriendo ligeramente mientras se incorporaba de la cama—. Todo lo contrario, en realidad.
—No quise incomodarte.
—No lo hiciste, así que deja de preocuparte. —Replicó, golpeándolo levemente en el hombro—. Ahora, si todavía no te has arrepentido de llevarme contigo, salgamos de aquí. Hace mucho que no veo a Max.
La sonrisa que le dio, aunque no del todo brillante como antaño, fue suficiente para que él reflejase aquel gesto con una sonrisa propia; ciertamente Tsunemori podía no estar bien aún, pero estaba seguro de que lo superaría con el tiempo, él la conocía lo suficiente como para tener la certeza de ello.
Negando con la cabeza, se acercó entonces a la castaña para ayudarla con las maletas mientras se dirigían hacia la salida de la habitación; de alguna extraña manera, se sentía como un nuevo comienzo para los dos.
Un nuevo comienzo que bien podría haber empezado de mejor manera, si no hubiese olvidado mencionar la forma en que obtuvo el acceso a la habitación de hotel de la castaña.
La mirada que les dirigió la anciana encargada de la recepción cuando aparecieron en el lugar, fue suficiente para saber que estaba problemas.
—Me alegra que tu esposo llegara, muchacha. —Dijo la mujer, viendo a la castaña antes de enarcar una ceja al dirigirse a él—. Tarde, pero al menos apareció.
No pudo evitar maldecir entre dientes.
Con la manera tan repentina en que se habían dado las cosas, no había podido comentarle a Tsunemori el hecho de que había recurrido a su placa para poder suplantar a su "esposo" —llámese Kougami—, sin presentar una identificación previa que lo acreditase como tal.
Con cierta reticencia y claramente molesta con él por haber plantado a su "esposa", la mujer le había concedido a regañadientes la información que necesitaba antes de dejarlo subir a la habitación.
La nerviosa sonrisa que se formó en sus labios ante la mirada interrogante de Tsunemori fue la única reacción que alcanzó tener; estaba tan jodido.
Para fortuna suya, sin embargo, la castaña pareció tomarlo con gracia y simplemente negó con la cabeza mientras se aferraba repentinamente a su brazo; por alguna razón, ella había elegido mantener su pequeña mentira y él no podía estar más confundido por ello.
—No llegó tarde, Haruka-san. —Dijo ella al fin, apretando levemente el agarre en su brazo—. Apareció justo a tiempo, como siempre ha hecho.
La sutil sonrisa que vino de la castaña al término de aquella frase fue suficiente para hacerle entender que sí, que las cosas para ella aún estaban mal, pero que agradecía el hecho de que él viniese a su rescate siempre, incluso cuando ella no era capaz de pedir ayuda.
Porque incluso si Akane no lo amaba de la manera que anhelaba, él siempre estuvo y estaría ahí para ella.
Después de todo, esa era su tonta forma de amar.
Y estaba bien con eso.
