¿Cómo te va, mi amor?

Había sido una sorpresa encontrarla de repente en el lobby de su hotel el día que dejaba China.

Llegando apenas desde el aeropuerto —si es que las maletas eran una indicación—, había chocado con ella en su prisa por alcanzar el taxi que lo llevaría al aeropuerto; encontrarse frente a frente con esa mirada y de manera tan repentina, había bastado para tambalear su precaria estabilidad emocional.

Casi cinco años después de su separación e incluso sin haber mantenido ningún tipo de contacto directo con la castaña, Kougami aún llevaba consigo la culpa de aquel fracaso y la sensación de que pudo haber hecho más, de que las cosas habrían sido diferentes si él hubiese tenido el valor de abrirse completamente con ella, o de que podrían haber tenido un buen futuro juntos si aquella noche él no la hubiese dejado partir.

Sobre todo, lo atormentaba esto último.

De haberse aferrado a ella, ¿Algo habría cambiado?

De habérselo pedido, ¿Ella realmente se habría quedado?

De haberla buscado, ¿Hubiese tenido otra oportunidad?

Había pasado demasiadas noches pensando en ello, a pesar de saber que ya nunca podría obtener respuestas a aquellas interrogantes; el tiempo había pasado, la vida había seguido su curso y cada quien había seguido su propio camino, después de todo.

No había vuelta atrás para ninguno.

Con el paso de los años, creyó haber llegado a un acuerdo con ese hecho. Que, si bien aquello fue doloroso en su momento, a larga había resultado ser lo mejor, pues sabía gracias a terceros —llámese Hanashiro, Karanamori y Kunizuka—, que Tsunemori lo estaba haciendo bien por su cuenta, que había sido reasignada como inspectora y que tenía una buena vida.

Nunca preguntó si tenía una nueva pareja, sin embargo; de alguna manera, sentía que eso habría sido un golpe fulminante para él, a pesar de saber que aquello era lo más probable.

Tsunemori podía haber seguido adelante —estaba en todo su derecho—, pero aquel encuentro casual en el lobby del hotel solo había servido para recordarse a sí mismo que, de hecho, él nunca había podido superarla.

A pesar de los años, todavía la amaba.

No era sorpresa, entonces, que el volver a verla se hubiese sentido como un golpe físico directo al corazón.

Había tanto por decir entre los dos, tantas preguntas que quería hacerle… ¿Estaba ella realmente bien? ¿Era feliz? ¿Estaba con alguien ahora? ¿Tenía alguna oportunidad aún?

Quería tanto preguntarle eso último… Y, sin embargo, un estúpido "Hey", fue lo único que atinó a decir.

Al menos obtuvo una sonrisa gracias a ese desliz.

—¿En serio, Shinya? ¿Cinco años sin vernos, y lo primero que dices es "hey"? —Preguntó la castaña, riendo ligeramente mientras se cruzaba de brazos—. ¿Por qué no me sorprende?

—¿Lo dice quien siempre pensaba en comida cuando nos veíamos después de mucho tiempo? —Replicó él, cayendo fácilmente en la rutina de antaño—. Eres alguien para hablar.

No pudo evitar reír ante el puchero casi infantil que obtuvo por respuesta; ah… realmente había extrañado eso: el fácil trato, la camaradería, la confianza, la calidez; toda ella.

Era imposible no desear retroceder el tiempo al volver a verla.

Consciente, sin embargo, de que aquello era un deseo imposible, se limitó a negar levemente con la cabeza mientras se aferraba al aza de la mochila que llevaba al hombro; sonreír fue más difícil de lo que había esperado inicialmente.

—Cinco años es mucho tiempo. —Dijo, encontrando su voz al fin—. ¿Has estado bien, Akane?

—Bastante, sí. —Respondió ella, sonriendo levemente—. ¿Cómo has estado tu?

"Mal. Extrañándote terriblemente. Sufriendo como un condenado por haberte dejado ir. Castigándome cada día por la estupidez que cometí."

Quería tanto decirle aquello y confesarle que había estado a punto de ir a buscarla más de una vez... sin embargo, ninguna palabra salió de su boca, simplemente no podía hacerlo, no después de ver lo bien que estaba ella ahora.

Las mentiras nunca antes le supieron tan amargas como en ese instante.

—Sobrevivo, como de costumbre. —Dijo, encogiéndose de hombros en un burdo intento de ignorar la punzada en su pecho—. También he viajado mucho los últimos años.

—Diría que me sorprende, pero estaría mintiendo; siempre has sido un alma libre. —Declaró la castaña riendo entre dientes—. Es bueno ver que ese lado tuyo no ha cambiado.

—No sé si tomar eso como halago o insulto. —Replicó él, cruzándose de brazos.

—Es un halago, definitivamente.

A pesar del tiempo y la distancia, la sonrisa que le regaló junto a ese pequeño comentario fue suficiente para hacer que su corazón, tan dolorido como estaba, se saltase un latido. Fue su pregunta, sin embargo, lo que le hizo contener el aliento.

—¿Eres feliz ahora, Shinya?

No, no lo era.

No había podido serlo antes, con los fantasmas del pasado destrozándolo. Tampoco lo había sido durante su relación, cuando se encerró sobre sí mismo. Mucho menos luego, después de que ella se fue.

Así que no, no había sido feliz. Pero era solo ahora, con ese encuentro, que comprendía que jamás lo sería realmente sin ella a su lado

No tenía derecho, sin embargo, a decirle aquello, por mucho que le pesara en el corazón.

—¿Lo eres tu? —Preguntó en su lugar.

La mirada de sorpresa que recibió de parte de la castaña lo hizo apretar el agarre que mantenía sobre sí mismo; la había tomado con la guardia baja.

Vio como parpadeaba, en lo que parecía ser un intento por espabilarse. Él por su parte, había optado por enfrentar su mirada sin pestañear.

Si era sincero, una parte de él rogaba porque dijera que no, que también lo había extrañado y que no había podido seguir sin él. La otra parte, sin embargo, esa que todavía la amaba y deseaba lo mejor para ella, esperaba que dijese que sí, que había logrado seguir adelante y que no había sufrido durante años como él.

Era curioso que sus deseos por la misma persona fuesen tan opuestos entre sí.

Reprimiendo una irónica sonrisa ante aquella idea, a punto estuvo de retirar sus palabras y restarle importancia al asunto, pero un vistazo hacia la castaña frente a él bastó para detener todas sus acciones.

Con los labios curvados en una suave sonrisa y un brillo en la mirada que no había visto en demasiado tiempo, Akane pronunció lo que parecía ser el comienzo de una respuesta, pero aquello no llegó a sus oídos.

—¡Mamá! —Fue lo que oyó en su lugar.

La palabra lo congeló al instante.

Sintiendo aquello casi como un golpe físico, se limitó a observar la rauda aparición de una pequeña de cabello azabache abriéndose camino a toda velocidad entre algunas personas, hasta abrazarse la pierna derecha de Akane; por muy poco probable que fuera, un atisbo de esperanza surgió dentro de él.

¿Acaso era posible? ¿Todavía tenía una oportunidad?

La esperanza, sin embargo, se vio ahogada al momento en que Akane levanto a la pequeña en brazos y pudo ver su rostro por fin; aquellos ojos, aunque tan brillantes como los de su madre, eran de un profundo color verde.

Uno dolorosamente familiar.

Los pasos apresurados y la silueta familiar acercándose a paso rápido tan solo segundos después, fue todo lo que necesitó para confirmar sus sospechas.

La puntada en su pecho fue tan dolorosa como predecible; ver la brillante sonrisa en el rostro de Akane solo empeoró la sensación.

—Tengo a una fugitiva aquí. —Anunció ella, sonriente, dirigiéndose al recién llegado.

—Dios, le quité la vista de encima un segundo y ya estaba corriendo hacia aquí. —Contestó él, frunciendo el ceño a la niña—. Casi me da un infarto, señorita.

—Akiho… —Regañó la castaña, enarcando levemente una ceja a la pequeña mientras la acomodaba en sus brazos—. ¿Qué hemos dicho sobre darle infartos a tu padre?

—Lo siento, mami.

A pesar de lo dolorosa que resultaba la escena frente a él, Kougami no pudo evitar sonreír; Akiho podría tener los ojos de su padre, pero toda ella —desde la mirada traviesa hasta el puchero en los labios—, era como Akane.

Al ver aquello, sin embargo, fue inevitable pensar que ese futuro bien podría haber sido suyo; lástima que había sido lo suficientemente estúpido como para dejarlo escapar.

En silencio, pero sin querer ahondar más en aquellos oscuros pensamientos, el azabache se limitó a observar la interacción familiar frente a él, ensanchando levemente su sonrisa al ver acentuarse el puchero en los labios de la niña ante los regaños de sus padres.

Como Akane, definitivamente.

La risa que escapó de entre sus labios ante la escena fue suficiente para captar el foco de atención una vez más; la mirada curiosa en los ojos de la niña no se hizo esperar. Fue una voz masculina, sin embargo, la que rompió el silencio repentino.

—Me disculpo, no quisimos interrumpir su conversación. —Dijo, viéndolo directamente por primera vez desde su aparición—. Ha pasado tiempo, Kougami.

—Gino.

La tensión fue palpable.

Después de su ruptura con Tsunemori, él había esperado que Gino apareciese en la oficina a partirle la cara, o cuando menos a regañarlo por la estupidez que había cometido al dejarla ir, sin embargo, la única reacción que obtuvo de él durante su encuentro posterior fue una mirada indescifrable, seguida de una única frase.

"Espero que no te arrepientas por haberla dejado ir".

Había pasado los últimos cinco años arrepintiéndose, de hecho.

Cinco años en los que había perdido contacto también con su mejor amigo, luego de la discusión que tuviesen durante su último encuentro antes de abandonar Japón.

Con Sibyl expandiéndose fuera del país, había sido enviado a una misión en el extranjero poco después de la ruptura de su relación con Akane, algo que en su momento agradeció. Durante la pequeña reunión en la oficina la noche antes de su partida, sin embargo, y buscando tal vez castigarse por el daño que le había causado a la castaña, terminó provocando a Gino hasta el punto en que él, por fin, había reaccionado.

Aquella noche y con unas copas encima, terminó sacando a relucir el evidente enamoramiento que Gino había mantenido por Akane a través de los años, y el hecho de que ahora por fin podría tener una oportunidad con ella.

La pequeña cicatriz en su barbilla era testigo de lo duro que podía resultar ser un gancho del azabache, sobre todo, cuando usaba su brazo protésico para ello.

—Pensaba que Akane podría haber cometido un error al dejarte. —Le dijo, furioso como pocas veces—. Empiezo a creer que fue la mejor decisión que pudo haber tomado; no la mereces.

A pesar de trabajar en la misma agencia, no supo de él durante años después de eso.

Reprimiendo un suspiro y con aquel recuerdo todavía fresco en su memoria a pesar de los años, el azabache optó por no huir más y enfrentar la mirada de su mejor amigo; la vida los había llevado hasta ese punto y estaba cansado de escapar. Gino, por su parte, se limitó a observarlo en silencio antes de exhalar un suspiro casi imperceptible; al parecer había llegado a la misma conclusión que él.

Fue Akane, sin embargo, la primera en romper la tensión en el ambiente.

—¿Deberíamos buscar algún mejor lugar para conversar? —Preguntó, retomando la plática—. El lobby no es precisamente cómodo.

—Estoy seguro de que no has comido nada hoy y la cafetería del hotel es bastante buena. —Respondió Gino, acercándose a tomar a la niña de sus brazos—. Pueden hablar allá mientras comes algo.

—¿No vienen también? —Cuestionó la castaña, frunciendo levemente el entrecejo—. Esperaba comer con ustedes.

—Los alcanzaremos luego, tengo algunas llamadas que hacer a la oficina todavía. —Se excusó él, afianzando su agarre en la pequeña—. Además, le prometí helado a Akiho; podemos ir por uno hasta que terminen.

—No tienes que hacer eso.

—Ambos sabemos que sí.

Kougami tuvo que desviar la mirada.

Incluso si no se tocaron al tener a Akiho en medio, el intercambio de miradas y el leve asentimiento de Gino mientras le sonreía a la castaña, fue doloroso de ver; el hecho de que Akane respondiera con una sonrisa propia y una mirada más amorosa aún, tampoco hizo nada para aliviar el dolor.

Era evidente que ya no quedaba nada más ahí para él.

—Cariño, ¿Recuerdas que te contamos del tío Kougami la otra vez? —Preguntó el azabache a la niña, ignorando completamente sus oscuros pensamientos; ella asintió—. Bueno, mamá y él tienen mucho de qué hablar; nosotros iremos por un helado mientras tanto, ¿De acuerdo?

—¡No! ¡Yo me quedo! —Replicó ella, intentando bajar de los brazos de su padre—. ¡Me quedo con mamá!

—Akiho…

—Descuida, Gino; tengo que irme ahora. —Intervino él, aprovechando el evidente berrinche que se avecinaba—. Mi vuelo sale dentro de poco y voy tarde.

Estaba huyendo de nuevo y lo sabía.

Apretando el aza de la mochila que llevaba al hombro le dedicó una mirada a Tsunemori, esperando que ella entendiera, que le concediera un último gesto de misericordia que, aunque sabía no merecía, sí necesitaba.

Oírla confirmar su amor por Gino lo destrozaría, después de todo.

Por suerte, Akane siempre había sido misericordiosa y lo comprendía mejor que cualquiera.

Sobre todo, esto último.

—Será para la próxima, entonces. —Dijo ella, sonriéndole levemente; lo había entendido, como siempre—. No queremos que pierdas tu vuelo; Hanashiro puede ser un dolor de cabeza cuando eso ocurre.

—Sí, no le gustan las tardanzas. —Respondió él, sonriendo ligeramente—. Fue bueno verlos otra vez, Akane, Gino. A ti también, Akiho.

—No vuelvas a perderte por tanto tiempo. —Contestó Gino. La sorpresa debió reflejarse en su rostro, porque él prosiguió—. Somos amigos, Kougami; al menos ten la decencia de llamar.

—O ven a visitarnos de vez en cuando. —Añadió la castaña, de pie junto al azabache—. Siempre habrá un lugar en la mesa para ti.

—Lo tendré en cuenta. —Respondió, sonriendo a la familia una vez más antes de partir.

De alguna manera y a pesar de la opresión en su pecho, se sintió más ligero de lo que había sido en los últimos cinco años.

Siéndole imposible no voltear a verla una última vez, el azabache se permitió una pausa antes de abandonar el lugar; lo que vio, aunque doloroso, trajo una pequeña sonrisa a sus labios.

Le había preguntado a Akane si era feliz, y aunque ella no tuvo la oportunidad de responder debido a la aparición de Akiho, tampoco hizo falta que lo hiciera; la forma en que ella sonreía mientras interactuaba con Gino era suficiente para saber que sí, que lo era, que lo sería siempre.

Y aunque aquello resultaba devastador para él, de alguna manera le quitaba un peso más de encima: porque a pesar del daño que le había provocado cinco años atrás, ella había logrado seguir adelante y superarlo.

Akane tendría su final feliz, incluso si la oportunidad de ser el príncipe de ese cuento ya no era para él.