La Reina Gentil, miró hacia atrás, insegura. Una sensación de incertidumbre le carcomía las entrañas y no recordaba haber sentido alguna vez tamaña... desazón.

Como si estuviese a punto de ocurrir algo irremediable.

La brisa de fines de verano los había acompañado desde que salieran de Cair Paravel, como un buen pañuelo anudado al cuello. Y el sonido de las olas rompiendo contra las paredes del acatilado fue reemplazado por los grillos y cigarras, los ululares de los buhos, el cantar de los ruiseñores y el ir y venir de los pequeños zorros. Y lo que siempre le supo a ensueño, ahora le dejaba un sabor extraño en la boca.

La loca carrera emprendida hacía varios días atrás los había llevado hasta las regiones occidentales del reino. Nada logró detenerlos, ni la torrencial lluvia que amenazó con atraparlos en los Vados de Beruna, ni las dríades que intentaron -insistentemente- seducirlos a bailar junto a las hogueras. Sólo la ausencia de su hermano, el Rey Peter, que se rehusó a participar en la cacería por temor a que su esposa diera a luz inesperadamente -algo que ya había sucedido antes-, hacía de esta una empresa a medias.

Y ahí estaba aquella bendita sensación de nuevo.

¿Sería por Peter? Es cierto que nada era lo mismo si uno de ellos faltaba...

Todo rastro de vacilación se disolvió de la mente de Susan, cuales nubes negras después de una tormenta, al oír la voces de sus hermanos apremiándola a seguir.

"¿Qué es esto?" inquirió Susan, extrañada de ver semejante... objeto en aquel lugar.

"Un árbol... de hierro" respondió Edmund, perplejidad en su voz.

"¿Pero con una lámpara encima? Deben haberlo puesto cuando los árboles eran pocos aquí"

Lucy, siempre tan osada, desmontó y se aproximó. Sus gráciles dedos tocaron la superficie opaca del árbol de hierro. La luz mortecina de la lámpara que se hallaba encima iluminó sus delicadas facciones, dándole un aura de etérea predestinación.

"Es como un sueño..."

Las palabras de su hermana, dichas con tanta suavidad, tocaron algo dentro de Susan. Desmontó, porque no imaginaba no hacerlo y susurró:

"O el sueño de un sueño..."

Para entonces, Edmund también había desmontado. Miró a sus alrededores y exclamó:

"¿Hacia donde se fue nuestra noble presa?"

Una brisa helada, proveniente casi con seguridad de las oscuras montañas del oeste, les azotó los rostros. Pero Lucy no se dió por enterada y Edmund estaba muy ocupado buscando al Ciervo. Sólo Susan lo percibió y un escalofrío le recorrió el cuerpo entero. La sensación de que estaba a punto de ocurrir un evento único, que cambiaría todo, cobró más fuerza y dió lugar a que comenzase a tener verdadero temor.

"Quizás se fue. Quizás, la Sabiduría viene de no cazarlo" dijo, intentando poner sentido común en las mentes de sus hermanos menores. "Si regresáramos a casa, ¿no aprenderíamos más de las virtudes de tener un hogar al cual volver?"

Pero Edmund y Lucy blanquearon los ojos, sendas sonrisas divertidas en sus bocas.

El Ciervo Blanco -noble animal si los hay- pasó enfrente de ellos poco después, y como sus hermanos echaron a correr, Susan no tuvo más opción que hacer lo mismo. No quería, ella no quería. Pero no tuvo opción. Proteger a sus hermanos era más fuerte que el sentido común y que cualquier Terrible Sensación que pudiese albergar su corazón. Además, debía cuidarlos -era lo que Peter haría.

Susan tenía la sensación que olvidaba algo, pero fue en pos de ellos, dejando atrás el Farol y los caballos. Y el Bosque creció en oscuridad, sombrío y quieto...

"¿Lo ven?"

"¿Qué es eso de allí?"

Los hermanos avanzaron, brazos extendidos, lento y seguro, la negrura rodeándolos por completo. No veían nada y Susan contuvo el aliento, la amarga ocurrencia que deberían retroceder invadiéndole acuciante los pensamientos. Pero antes que pudiera decir algo, Edmund murmuró:

"Me siento extraño"

"Es que estas no son ramas" indicó ella, el corazón latiéndole mil por hora.

Algo les iluminó el camino por delante.

"¿Abrigos?" exclamó estupefacta, y a la Terrible Sensación y el loco palpitar se sumó la idea de que ya había visto esas pieles gruesas...

Y de pronto -Susan no sabría decir como sucedió- cayeron, cayeron al vacío, sólo que este era en realidad el piso de una habitación espaciosa y vacía. Y eran jóvenes de nuevo y vestían ropas que sólo en sueños había visto y su larga cabellera, a la que había trenzado con cintas doradas, ya no era tal, si no una sedosa y esponjosa melena que rozaba sus pequeños pechos. Y Susan abrió la boca para gritar -porque aquello no podía estar ocurriendo, debía haber un malentendido- pero sus labios se arquearon en un grito mudo, pues su garganta se rehusó a emitir sonido alguno.

Sus hermanos la miraron, atónitos.

"Oh, lo lamento, no sabía que estaban aquí..."

Los hermanos volvieron a mirarse. Había algo muy mal en todo lo que estaba sucediendo... fue Susan la primera en decirlo -aterrada, desesperada-:

"¡Peter!" exclamó, pero de su garganta no salieron sonidos.

El profesor los observó, curioso.

"¿Qué hacían los tres en el ropero?"

Pero fue Edmund quien respondió:

"No nos lo creería si se lo contáramos, señor"

El profesor sonrió, un brillo sabio en la mirada, pero Susan fue incapaz de ver más allá del horror.

Los primeros rayos de sol invadían el balcón, largos hilos dorados acariciando al monarca dormido. Una brisa helada, proveniente seguramente de las montañas, movía las cortinas finamente bordadas, estremeciéndole la piel. Un aura de eterna amargura lo envolvía y a ún en sueños su frente franca permanecía fruncida.

El Océano extendía su manto azul turquesa hacia el horizonte, cubriendo todo lo que abarcaba la vista, pero el rey no parecía haber salido al balcón con ese propósito. Doblado en sí mismo, postrado en el mármol, semejando un soldado caído. Una barba rubia y bien cuidada poblaba su rostro, que no terminaba de ocultar las mejillas ardidas. Aún en sueños alguna lágrima rodaba por estas, dándole un aire de perpetuo pesar.

En su mano izquierda, apretado contra el pecho, un Cuerno de Marfil. El extremo más ancho representaba un león rugiente y él lo sostenía con la misma delicadeza que a un recién nacido. Una misiva yacía a sus pies, la pulcra caligrafía salteada y el papel arrugado de tanto estrujarlo.

El llanto de una criatura pequeña se oyó desde el interior de la habitación, sobresaltándolo. El Rey abrió los ojos, sólo para cerrarlos de nuevo y el sollozo que escapó de su garganta se confundió con los de su hijo. Se tomó unos minutos para recomponerse, aunque las manos aún le temblaban ligeramente cuando agarró la carta de Susan. ¿Quién diría que aquellas serían las últimas palabras que se dirigieran? Intentó recordar su última conversación con ella, pero sólo pudo conjurar sus ojos azules.

Acababa de tener el sueño más extraño de su vida y no quería despertar. De hecho, sólo quería encerrarse en sus aposentos y velar el descanso de Fiedlimild, que bien que lo necesitaba. ¡Oh, que hubiera sido de ella y los niños si él hubiese ido con sus hermanos! ¡Oh, Susan, que habría sido de Narnia!

Todavía estaban frescas las imágenes y no necesitaba concentarse demasiado para evocarlas. Aslan, el Gran Rey de Antaño emergía de entre los frondosos manzanos que bordeaban Cair Paravel y se sentaba a su lado. Y hablaban y hablaban y hablaban. De las Reinas y el Rey Perdidos, de sus hijos, de la Tremenda Culpa que lo embargaba. Porque había ido hasta el Páramo del Farol, donde hallaron las monturas de sus hermanos, y había encontrado el rarísimo árbol de hierro y había sentido la inquietante sensación que estaba a punto de ocurrir uno de aquellos hechos que cambian la vida de uno. Y tras lo que parecieron años interminables -que no fue más que la marca de una vela- dió media vuelta y cabalgó de regreso al Castillo Junto Al Mar.

Y la culpa lo consumía -¿cómo no lo iba a hacer, si dejó a sus hermanos regalados a la suerte?-, pero no encontraba fibra en su ser capaz de decidir lo imposible. ¿Sería un cobarde? Él así se sentía. Sólo tenía que seguir el rastro de hojas doradas y estas lo guiarían en la espesura del bosque y de allí a los abrigos y de allí... Sus memorias del lugar del cual originalmente provenían no eran tantas. De hecho, estas sólo vinieron a él después de la Súbita Desaparición. ¿Lo hacía un mal hombre elegir a su esposa e hijos? ¡Oh, el pesar que lo consumía!

El llanto de su hijo lo guió hacia dentro, cual caminillo de pedruscos marfiles en una tormenta de verano. Los cabellos rubios de Fiedlimild asomaban entre los múltiples almohadones, y sabía que estaba intentando despabilarse lo suficiente para ir al encuentro del niño. Pero el Rey necesitaba hacer algo y cualquier cosa sería bienvenida, así que se apresuró en ir a la cuna.

Su hijo no era más que un pequeño bulto, que medía a duras penas lo mismo que su antebrazo y cuya cabecilla sobraba dentro de su palma. Un fino manto de hilos dorados le cubría la coronilla. Tenía pequeñas arruguitas en la piel sobre las articulaciones y esta era tan delgada que en algunas zonas llegaba a ser translúcida. Minúsculos dedillos se retorcían unos contra otros, buscando algo que estaba fuera de su alcance y que debía ser la causante de una de las dos expresiones que ya había conseguido dominar: en este caso, la de "chupar guindillas".

Una sonrisa le asomó en las comisuras de los labios al contemplarlo, seguida de una suave y sentida risa. ¡Sí tan solo pudieran conocerlo...!

El llanto había disminuido desde que lo levantara, pero el bebé debía haber decidido que estaba tardando demasiado en llevarlo con su madre, por lo que abrió los ojos. Insondables pozos del color del mar en tempestad lo observaron con una mezcla de curiosidad y exasperación y el rey reprimió a duras penas el impulso de echarse a llorar.

¡Oh Susan! ¡Oh Edmund! ¡Oh Lucy!

¡Aslan los amparase!