Habían transcurrido varios días desde que desperté en la cama de la casa de los señores Okuda. Los dos ancianos fueron muy amables al dejarnos hospedarnos en su hogar todo el tiempo que necesitásemos. Pero yo no me gustaría tener un gusto viviendo de esa manera, sin ofrecer nada a cambio, por lo que le pedí a la señora Okuda que me dejara ayudarla con sus pacientes. Y en un principio se asombró por mi forma de tratarlos, aunque claro, ella no fue la única en llevarse una sorpresa; poseía muchos conocimientos acerca de la medicina, no tanto para igualar a la maestra Tsunade, pero sí para observar y aprender de ella.
A parte de eso, las náuseas cada vez iban disminuyendo y las sustituían un apetito voraz por comer. A todas horas tuve hambre, y comía de todo, hasta lo que nunca había llegado a gustarme. También notaba que tenía sueño y que dormía más horas de lo que acostumbraba. Cada día que pasaba era más consciente de que algo estaba creciendo dentro de mí y no podía esperar a ver cómo sería. Pero, por otro lado, estaba el tema de Sasuke.
No habíamos cruzado la palabra desde que le conté lo del embarazo. Tan solo se mantenía al margen de todo. Desaparecía cuando menos te lo esperabas y no volvía hasta el día siguiente.
"Sakura, ¿puedes alcanzarme ese cuenco de allí?". Oí que me dijo la señora Okuda desde la cocina. Estaba preparando la cena mientras el señor Okuda avivaba el fuego de la chimenea y se ocupaba de poner la mesa.
Le entregué lo que me solicitó y pude considerar el delicioso aroma que desprendía aquella olla. Se me hizo la boca agua; la señora Okuda cocinaba como nadie.
Cuando la cena estuvo lista los tres nos sentamos a la mesa a la esquina. La estancia entre ellos era muy agradable. Y entonces, cuanto menos inesperado, Sasuke hizo su entrada por la puerta. No lo había visto en todo el día, así que supongo que estaría muerto de hambre puesto que se acomodó a la mesa, pero no le prestó ninguna atención a la deliciosa comida sobre esta.
Al parecer la única que mordía por hambre en aquella casa era yo.
"¿Vive alguien en la casa de la colina del pueblo?". Su repentina pregunta hacia el señor Okuda me sorprendió enormemente.
―Lleva bastante tiempo abandona ... ―Respondió el anciano, pensativo―. Que recuerdas a nadie se ha acercado por allí a reclamar nada desde que yo era joven.
"¿Por qué lo preguntas?". Se interesó la señora Okuda al igual que yo que me mantuve en silencio.
Pero Sasuke se encontró sin más y salió por la puerta dejándome con la curiosidad arqueando una ceja en un gesto de absoluta confusión del porqué había llegado todo eso tan de arrepentimiento. Y más aún cuando, después de aquello, lo poco que tenían a Sasueke se resumió a cero. Los días corrían transformándose en semanas sin saber nada de él.
Aparte de eso, la convivencia y la relación con los señores Okuda se estaba estrechando muy rápidamente. Les había cogido muchísimo cariño a ambos en poco tiempo.
Un día de esos estaba en mi habitación terminando de vestirme cuando la puerta se abrió sin previo aviso.
No podía ser otro que Sasuke.
―¡Podrías llamar a la puerta, no creo que sea demasiado esfuerzo para ti!―. Bramé cubriéndome el pecho desnudo.
―Termina de vestirte y ven conmigo―. Exigió con esa voz mandona y sin emoción para luego irse por dónde vino
como si nada.
Su delicadeza tenía mucho que desear. Al menos pudo haberme dicho para qué.
Bajé al piso inferior totalmente vestida y lo ubiqué recostado en el marco de la puerta principal con los brazos cruzados sobre el pecho, esperándome.
Salimos fuera de la casa. El cielo estaba despejado y la gente del pueblo pasaba por allí comprando en algunos puestos o simplemente paseando disfrutando del clima agradable. Aquella aldea no era muy grande, por lo que a la mayoría los conocía de haberlos tratado con la señora Okuda y me saludaban con gentileza que yo misma correspondía.
Por el contrario, Sasuke iba delante de mí con paso seguro y sin detenerse.
No sabía dónde se dirigía exactamente porque nos estábamos alejando poco a poco del poblado subiendo por una pendiente que daba acceso a un pasillo formado de arboleda, dando su inicio a un pequeño bosque, el cual, atravesamos por el sendero natural que nos brindaba. Y, tras salir de allí, me topé de frente con una enorme casa antigua que debía destacar que era preciosa.
Me acerqué más a ella sin escapar aún de mí asombro, y me adentré un poco a la entrada para echar un vistazo a sus alrededores donde hallé una valla de madera que rodeaba un enorme jardín con un árbol de cerezos espléndido y en todo su conjunto aquella casa parecía sacada de un cuadro clásico.
―A partir de ahora dejarás de vivir con aquellos ancianos y te quedarás aquí―. El tono grave de la voz de Sasuke me hizo regresar tras haber sido atrapada en el encanto del lugar, y me di la vuelta con rapidez para mirarle extrañada tras procesar sus palabras.
―¿Qu-qué dices, Sasuke…?
Se aproximó a mí lo suficiente como para hacerme retroceder unos pasos.
―Te quedarás aquí durante todo el embarazo, sin rechistar, ¿lo has entendido?―. Otra orden, y esa vez llevaba consigo un matiz más amenazador e intimidatorio que el de costumbre.
Yo me limité a asentir sabiendo que lo que le dijera o hiciese no serviría para nada. Literalmente seguía atada de pies y manos por él, aunque las cuerdas no fueran visibles ni dejasen las marcas que dejaron una vez en mis muñecas.
Nos introdujimos en la casa que era bastante espaciosa, todo hecho de madera, rústica y a la vez elegante… No supe por qué tuve la sensación de que de algún modo concordaba con Sasuke.
Nos descalzamos en la entrada y anduvimos por un pasillo con varias puertas corredizas en los extremos, y al final de éste había una escalera que conduciría al piso de arriba. Y junto a ella se encontraba un amplio marco que daba a la cocina.
Todo estaba bastante limpio para ser una casa con un aire tan antiguo. Parecía que alguien la hubiera estado reformando y limpiando hace poco.
―Este será tú dormitorio―Indicó sobresaltándome y abriendo una de las puertas del corredor. Me acerqué y observé que era una habitación amplia sólo para una persona, con unas puertas que daban directamente al jardín―. Así no tendrás que hacer ningún esfuerzo en subir escaleras.
Aquel simple comentario me desconcertó. Estaba mostrando preocupación y protección hacia mí repentinamente, pero… inmediatamente ese pensamiento se esfumó cuando el mínimo interés que tenía era hacia el bebé que crecía en mí vientre. Únicamente era para cuidarlo y convertirlo en un Uchiha más.
―Quédate aquí un momento. Iré a por algunas cosas al pueblo y volveré.
―Como digas…―. Musité sin ánimos accediendo y cruzando la habitación abriendo la puerta del jardín para sentarme apoyando mi espalda en el marco de ésta.
No me volví a mirarle, ni me importaba que siguiera ahí o no. Sólo pensaba en el bien de mi hijo y el protegerlo de su propio padre.
Varios días pasaron y la convivencia en aquella nueva casa con Sasuke no era tan desagradable como llegué a pensar desde un principio. Aunque el único inconveniente era su prohibición de ir al pueblo, por lo que los señores Okuda intentaban visitarme a menudo cuando podían. Les dije que no lo hicieran tan seguido, pero ellos insistieron en hacerlo, y por supuesto, no les comenté el motivo real del por qué me mantenía encerrada. Lo único que pude inventarme fue que Sasuke, tras conocer la noticia del embarazo, se había vuelto demasiado sobreprotector y cuidadoso conmigo, privándome de cualquier sobreesfuerzo durante la gestación… Si les contaba la verdad Sasuke podría hacer alguna locura y no podía permitirlo. Así que dejé que continuaran creyendo que éramos una pareja normal de adolescentes viajeros a los que les surgió un contratiempo inesperado por el camino.
En cuanto a Sasuke, bueno… se mantenía en su línea de indiferencia. Aunque descubrí que era un excelente cocinero y aparte de eso se encargaba muy bien de mantener la casa ordenada y limpia.
Sólo nos comunicábamos lo necesario y suficiente para convivir juntos.
Cuando estuve en mi quinto mes de embarazo la barriga ya se me había abultado y cada vez que me miraba en el espejo no podía remediar que una sonrisa se me dibujase en los labios. Me acariciaba el vientre constantemente, incluso cuando dormía. Si lo quería de la forma en que lo estaba haciendo aun sin haber nacido iba a adorarlo cuando llegara al mundo. Deseaba tenerlo ya entre mis brazos.
―Sakura―Aparté la vista del libro que estaba leyendo y la alcé para encontrarme con Sasuke en la puerta de mi habitación. Tenía el cabello húmedo con algunas gotas de agua cayéndole desde el flequillo, y algunas de ellas descendiendo por su cuello. Sus mejillas adquirieron unas pinceladas rosadas por el calor de la ducha que se había dado. Y no pude hacer más que tragar pesadamente―. Ya puedes entrar al baño.
―De acuerdo…―. Susurré apenas con un hilo de voz levantándome lentamente saliendo de la habitación en dirección opuesta a la suya maldiciendo para mí misma notándome el rostro ardiendo. ¡Malditas hormonas! Por culpa del embarazo las tenía revolucionadas, y agregando el hecho de que era una adolescente, suponía un logro que no me hubiese lanzado a su cuello a esas alturas. Pero claramente me faltaba poco para hacerlo. Aunque, por otra parte, con la barriga que tenía no iba a ir a parar a ningún lado.
Cuando acabé y salía del baño un sabroso olor había impregnado cada rincón del piso de abajo de la casa.
Me moría de hambre.
Anduve hasta la cocina donde el aroma era mucho más intenso. Y allí estaba Sasuke cocinado. Ya no sabía por lo que babeaba, si por la comida o por el bonito trasero que le hacían esos pantalones negros que se había puesto y que le caían de forma sugerente por la cadera. Mis hormonas estaban realmente volviéndome loca. Pero, ¿qué le iba a hacer? Durante todo ese tiempo me había esforzado en ignorar mis sentimientos hacia él de una maldita vez, y era algo que me estaba resultando imposible, y he ahí la prueba de ello.
―Ya está la comida―. Escuché que decía sacándome de mis pensamientos.
Ambos nos dirigimos a la sala que usábamos como comedor. Casi todas eran bastante parecidas, sólo que en ésa se encontraba una mesa baja y algunas estanterías con varios libros que me regaló la señora Okuda sobre medicina y hierbas para su uso que podría ubicar en la zona si Sasuke me dejase salir. Además de eso, aquella habitación al igual que la mía, daba directamente al jardín.
Empezamos a comer, y como siempre, en silencio. Nunca abría la boca si no era para llenársela de alimento; su papel era seguir al margen de todo y de todos. Incluso cuando nos visitaban los Okuda él desaparecía para regresar al anochecer. Esa era parte de su rutina diaria: se iba, volvía, se bañaba, hacía la comida y se acostaba en su habitación. Y por la mañana como mucho veía su espalda perderse por la puerta principal, y admitía que a veces ni eso… En ocasiones aparecía empapado en sudor, por lo que llegué a mi propia conclusión de que esas horas en las que desaparecía se las pasaba entrenando en solitario.
Aunque estuviera feliz en cierta medida porque pronto tendría a mi bebé, y que los señores Okuda me estuvieran ofreciendo su apoyo, en realidad me estaba sintiendo completamente sola. Al querer protegerlos de no contarles mi verdadera situación con Sasuke me veía obligada a fingir frente a ellos. ¿Cómo se tomarían si supieran que lo estaban buscando las cinco grandes naciones por ser un criminal de rango S?
―Deja de estar en las nubes y ponte a comer de una vez―. Hice una mueca desagradable ante su voz fría cómo un témpano de hielo. Ni siquiera se estaba dignando en mirarme.
―Comeré si quiero―. Le respondí del mismo modo fulminándolo con la mirada.
Me atravesó arrugando el entrecejo clavando sus negros y glaciales ojos en mí. Si no estuviera en ese entonces acostumbrada a miradas como la que me estaba lanzando en ese momento tenía por seguro que bajaría la cabeza evitándola por el miedo que me causaría. Pero como ya me las conocía demasiado bien (porque no hacía otra cosa que dedicarme unas cuantas por día) se la sostuve con firmeza.
―Comerás porque yo te lo digo y porque llevas a mi hijo dentro de ti. Si no fuera de ese modo ten presente que no me importaría si comes o no.
―Te has acordado que tienes un hijo, enhorabuena, Sasuke―. Le contraataqué con ironía sin abandonar el tono.
Después de cinco meses se acordaba que iba a tener un hijo cuando ni se molestaba en preguntarme por cómo estaba creciendo cuando la señora Okuda me examinaba.
―Deja de decir tonterías y come―. Comía por mi bebé y no para complacerle. Y bueno, también porque mi apetito se multiplicó por dos.
Terminamos de cenar y me fui directamente a mi dormitorio dejando a Sasuke que lo recogiera todo él sólo. Que se aguantase con lo maniático que era. Había descubierto que le resultaba casi imposible dejar los platos sucios para fregarlos el día siguiente o el desorden por mínimo que fuera. Le gustaba que todo lo que había en la casa estuviera en su lugar antes de ir a acostarse.
Yo me quedé dormida al instante cuano me recosté en mi futon.
Ya hacía bastante frío. Estábamos a mediados de noviembre, y vivir en las montañas tenía como consecuencia que nevara más temprano y bajara mucho más rápidamente la temperatura. Pero al menos, tenía un edredón bastante calentito para resguardarme.
De un momento a otro abrí los ojos lentamente. Aún era de noche y no se oía nada salvo el movimiento de los árboles y el sonido del viento.
No hacía mucho que había cenado, ¿cómo podía seguir teniendo hambre?
Resignada me levanté y salí de mi habitación con la enorme camiseta que me ponía para dormir.
Me dirigí hacia la cocina para saciar mi necesidad por la comida, sin hacer mucho ruido para no desvelar al ogro de Sasuke, quien tenía un despertar malísimo.
Abrí uno de los armarios donde estaban las galletas y algunos dulces más; temía que si seguía comiendo tanto azúcar el bebé iba a salir hiperactivo, pero es que no lo podía evitar, se me antojaban dulces a todas horas… Era algo que me apunté mentalmente para consultarle a la señora Okuda. De verdad que era una absoluta primeriza en embarazos. Nunca me especialicé en esa área al estudiar Ninjutsu médico.
Del frigorífico saqué la jarra que contenía leche para servírmela en un vaso.
―¿Qué haces levantada?― Di un pequeño bote asustada al escuchar su voz detrás de mi estando aun en la cocina a oscuras. No me di cuenta de que había soltado la jarra de la leche y cayó al suelo haciéndose añicos manchándolo todo―. Que escandalosa eres…
―N-no es culpa mía. Me has asustado―. Le dije con una mano apoyada en el pecho sintiendo que mi corazón estaba muy acelerado por la sorpresa.
―Te asustas por cualquier cosa― Iba a replicarle, pero noté que se acercaba a mí viéndolo gracias a la poca luz
que entraba por la ventana―. No te muevas o te clavaras un cristal.
Miré hacia abajo y vi que tenía razón. Si me movía un poco podría herirme los pies descalzos con los cristales
rotos desperdigados a mí alrededor.
Intenté moverme por uno de los laterales que supuse que no habría ninguno, pero me detuvo y me alzó en
volandas sujetándome entre sus fuertes brazos, y así, alejándome del área donde se encontraban los trozos.
―Te he dicho que no te movieras, ¿no me has oído?―Me dijo severo, regañándome mientras me depositaba de
nuevo en el suelo delicadamente―. ¿Sakura?
―¿Eh?, sí, perdona―. Murmuré mirando hacia otro lado saliendo de mi asombro.
Oí como suspiraba para después alejarse y recoger el destrozo que había causado antes.
Me estaba empezando a preguntar si Sasuke no tendría en realidad un poco de bipolaridad. No era normal que en la cena y en todo el día le importara un cero a la izquierda y en ese momento le preocupase que pudiera herirme por unos cristales rotos. Sin contar con su repentina amabilidad. Aunque la verdad, hacía unos días que le pillé desprevenido observando mí voluminoso vientre en la sala de estar mientras yo contemplaba como la nieve caía en el jardín. Tampoco estaba muy segura de ello y quizás simplemente tenía la mirada perdida.
―Ya está, ahora vete a la cama―. Indicó tirando los restos de cristales en la basura.
―Es que aún tengo hambre―. Farfullé descendiendo la vista al suelo.
Volvió a expirar y me percaté de que pasaba por mi lado para marcharse de la cocina.
―Procura dejar algo para mañana…
―Por cierto Sasuke, ¿para qué has venido?―Vi que se detenía en seco casi pasando el marco de la cocina―.
¿Acaso te he despertado?
Se quedó ahí quieto unos segundos antes de girarse hacia mí con el ceño fruncido y notablemente cabreado. Me sobresalté por su repentina reacción de nuevo. Su mirada duró unos breves momentos para después, proseguir a desaparecer en la oscuridad del pasillo.
De verdad que no lo llegaba a entender.
Me acerqué a la encimera a por el montoncito de dulces que estaba deseando poder comerme de una vez. Y mientras lo hacía reflexionaba mirando por la ventana la luna en lo alto del cielo nubloso.
Cuando acabé y quedé para mi parecer suficientemente satisfecha, me acaricié mi abultada barriga de arriba abajo.
―Espero que no salgas igual que tu padre porque si no estoy apañada―le confesé entre susurros deseando que pudiera escucharme de verdad.
Llegué a mi habitación y me tumbé en mi calentito y cómodo futon para poder conciliar por fin el sueño.
Me revolví quejándome e intentando darme la vuelta hacia un lugar donde no hubiera claridad. ¿Claridad? No podía ser ya de día. Abrí los ojos con lentitud, y comprobé que mi dormitorio estaba iluminado por los tenues rayos de sol. Pero si apenas me había dormido, no podía ser…
Me levanté costándome la vida en ello. Me encontraba muy cansada pero si me iba a visitar la señora Okuda aquel día no era muy indicado que me hallara en la cama durmiendo a pierna suelta.
Fui a la cocina restregándome los ojos para desayunar algo y despertarme un poco más de lo que estaba, pero me encontré con Sasuke saliendo de allí, por lo que paré en seco sorprendida. Miré hacia la sala de estar donde las puertas del jardín estaban abiertas y comprobé por la luz natural que serían las diez o cosa así, por lo que me descolocó aún más.
Pasó por mi lado sin decir ni una palabra para dirigirse hacia la puerta principal y salir por ella en silencio.
No era normal en Sasuke levantarse tarde. Siempre lo hacía puntual y un poco antes del amanecer para marcharse a entrenar. Bueno, suposuponía que como se desveló por dios sabe qué, se habría quedado dormido. Así que le resté importancia al asunto.
Al poco rato de terminar de desayunar y vestirme de diario oí que llamaban a la puerta. Fui hacia la entrada y abrí.
Era la señora Okuda que me brindaba una agradable sonrisa.
La invité a pasar llevándola hacia la sala de estar mientras iba a la cocina a por algo de té.
―Señora Okuda no debería hacer todo el camino hasta aquí para visitarme con el tiempo que hace ya―. Volví a insistirle sirviéndole el té.
―No digas tonterías, he de aprovechar ahora que la nieve aún no lo ha cubierto todo―. Me respondió cogiendo su taza de té y soplándole antes de llevársela a los labios.
―Pero aun así…
―Bueno deja de quejarte tanto. ¿Cómo has pasado la noche?―. Me cortó rápidamente.
―Pues…bien, aunque tuve que levantarme a tomarme un buen tentempié―le contesté algo confundida―. ¿Por qué la pregunta?
―Bueno, digamos que a veces, algunas mujeres empiezan a sentir a estas alturas que el bebé se mueve o comienzan a dar patadas, y a veces resulta un poco molesto―. Explicó mientras le daba otro sorbo al té.
―Pues yo no he sentido nada―. Comenté repasando aquellos meses si por algún casual sentí algún movimiento sin darme cuenta.
Estuvimos así, charlando tranquilamente, hasta que la señora Okuda tuvo que irse y le acompañé hasta la puerta.
―Por cierto―Recordó algo dándose la vuelta―. ¿Ya sabéis qué nombre le vais a poner si es niño o niña?
―Ah…bueno, no, aún no…
―Pues deberías de pensar en algunos a estas alturas, cuando menos te lo esperes romperás aguas, hazme caso.
Bueno, ya es tarde. Nos vemos pronto, Sakura, cuidaos―. Se despidió girando sobre sus talones abrigada por su abrigo para iniciar el camino en un manto de blanca nieve hacia el pueblo.
Cerré la puerta corrediza pensando en lo que acababa de decir la señora Okuda.
Hasta ese entonces no había variado ningún nombre, ni siquiera si pudiera ser niño o niña, porque la verdad era que no me importaba, yo lo querría igual. Tendría que hablar con Sasuke, aunque conociéndole diría que escogiese uno cualquiera o el que me diera la gana y punto. No se complicaría mucho la vida respecto a eso.
Pasé todo el día que restaba dándole vueltas a nombres de todo tipo, y la verdad es que no me decidía por ninguno en particular que me llamara mucho la atención. Aquello era más complicado de lo que había esperado.
Oí que cerraban la puerta de entrada y me asomé al pasillo desde mi habitación para ver a Sasuke entrando a la casa algo cabizbajo. Me pareció un poco raro, pero a esas alturas… Dio unos pasos por el pasillo cuando vi que se tambaleaba y se apoyaba en la pared sin poder evitar que perdiera el equilibrio y casi cayese al suelo. Menos mal que reaccioné lo más rápido que me permitía el embarazo y lo sujeté a tiempo antes de que se diera de bruces contra las tablas de madera. Entonces pude apreciar que su temperatura estaba muy alta. Ardía en fiebre.
Como pude lo llevé hacia su habitación y a duras penas lo recosté en su futon quitándole la camisa empapada en sudor, para después ir y traer un cuenco con agua fría junto a un paño para mojarlo y acomodarlo en su frente. Le tapé con el edredón hasta el cuello al ver que no paraba de temblar y castañear los dientes... Sino le bajaba la temperatura yo sola no sería capaz de llevarlo hasta el baño y meterlo en la bañera. Primero porque trasladarlo desde el pasillo hasta su habitación me había costado la vida y estaba al lado, y segundo, porque como consiguiese llegar la que caería a la bañera sería yo.
Le estuve cambiando el trapo múltiples veces pero la fiebre se resistía en descender. Seguramente había cogido una gripe de campeonato. Lógico, se iba a entrenar con el tiempo que hacía a quien sabe dónde, sudando, con frío y sin nada para protegerte de él. Idiota, no tenía otro nombre.
Tendría que optar por otra medida que no fuera hacer un viaje hasta el baño y la única que me vino a la cabeza era el calor corporal. Sencillamente genial. Como estaba yo con mis hormonas y el lío que tenía con mis sentimientos hacia Sasuke estaba completamente segura de que sería una noche interesante... Pero no me quedaba otra que hacerlo. Suspiré profundamente y me quité la camiseta dejando mi torso desnudo. Me introduje en el edredón a su costado dándome cuenta de que no podría subirme sobre él. Tuve que posicionarlo de costado con su cabeza recostada en mi pecho para que pudiera transmitirle algo de calor sin tener que ponerme boca abajo.
Tras unos minutos que me resultaron eternos dejó de temblar poco a poco, y lo que me sorprendió fue que se acomodara a su gusto en mi pecho, entrelazando sus piernas con las mías. Ya no le castañeaban los dientes y la expresión de su rostro se había relajado y parecía que dormía plácidamente. No pude evitar pasar mis dedos entre su cuero cabelludo, acariciándole, apartándole algunos de sus mechones finos, oscuros y, en esa ocasión, húmedos de su mejilla sonrojada y de su frente perlada en sudor. Noté que colocaba su brazo alrededor de mi cintura atrayéndome más hacia él.
Sabía que no se encontraba bien ni que me fijara en cosas cómo aquellas estando él enfermo, pero es que estaba tan guapo así… Relajado, con las mejillas ruborizadas y el pelo revuelto.
No me di cuenta de que los ojos comenzaban a pesarme tanto que llegaron a cerrarse sin quererlo. Tampoco supe exactamente cuánto tiempo llevaría dormida, pero, de repente sentí que algo se estaba revolviendo suavemente.
Abrí los ojos lentamente, encontrándome primero con los rebeldes cabellos de Sasuke. Me di cuenta que aún continuaba dormido y comprobé que la fiebre no le había vuelto a subir, pero aun así mantenía una temperatura un poco alta.
Me percaté que la habitación no estaba iluminada aún pero había unos pocos destellos de claridad que anunciaban que pronto comenzaría a amanecer.
Y otra vez volví a sentir lo mismo. Pero Sasuke estaba quieto, no se había movido ni un centímetro. Entonces me di cuenta de que esos movimientos no provenían de Sasuke, sino del bebé.
No pude evitar emocionarme y sonreír de oreja a oreja.
Oí que Sasuke se quejaba en sueños y se despertaba despacio para terminar por hacerlo de golpe al percatarse de mi presencia.
―¡¿Qué estás…?!
―¡Ssh, fíjate!―. Le tapé rápidamente la boca con una mano y con la otra dirigí la suya que estaba sujeta a mi cintura hacia mi barriga. Observé que me miraba con el entrecejo fruncido, pero cuando notó que el bebé comenzaba a moverse de nuevo su expresión se fue suavizando poco a poco.
Pestañeó varias veces antes de dirigir su mirada hacia donde tenía apoyada su mano. Estuvo todo el rato que se removió el bebé sin apartar la palma de mí vientre de ahí al igual que sus ojos hasta que se acomodó apoyándose en su antebrazo.
―Ahora dime, ¿qué haces aquí?―. Me preguntó no tan enfadado como antes. Además, su voz sonaba suave y cansada.
―Tenías mucha fiebre y aún sigues teniendo un poco. Así que para bajarla me quedé aquí―. Le aclaré mirándole a los ojos.
Por su parte volvió a recostarse, esa vez boca arriba, con un brazo sobre los ojos.
―Deberías quedarte en cama un par de días hasta que te sientas mejor―. Sugerí sin obtener respuesta de su parte.
Me levanté con lentitud y me puse la camiseta antes de salir del dormitorio. Le prepararía algo de comer para que se tomara la medicina y pudiera seguir durmiendo.
Cuando acabe regresé al cuarto de Sasuke. Se encontraba dándome la espalda. Me acerqué de nuevo a él y noté que estaba comenzando a temblar de nuevo, aunque se enredara en el edredón para ocultarlo.
―Sasuke, tómate la medicina y come un poco, te vendrá bien―. Le insistí mientras intentaba apartarle la manta
que le tapaba su ruborizado rostro.
―N-no n-necesi-sito na-nada de…
―¡Deja de ser tan orgulloso y haz lo que te digo! Estas muy enfermo y casi no puedes ni articular palabra. Tendrás suerte si pasas esta noche con el frío que está empezando a hacer ahora sin tomarte nada―. Le solté seriamente cómo médico.
A los pocos minutos se destapó bruscamente dejándome ver su cara con una mezcla de enojo y tensión a causa del frío. Se incorporó sentándose como pudo mientras fui a su armario para conseguirle algo de ropa con la que abrigarle y que se la pusiera en la parte arriba. Cogí su bata negra que más bien parecía un kimono y se la eché sobre los hombros en tanto él comía el arroz que le había preparado. La verdad es que yo también estaba empezando a tiritar de frío.
Cuando terminó de comer y tomar la medicina a regañadientes salí dejándole dormir para llevar todas las cosas a la cocina y luego, me encaminé hacia mi dormitorio para ponerme mi bata parecida a la de Sasuke pero esta, en cambio, era de color rosado pálido, con el emblema de los Uchiha bordado detrás por debajo del cuello. La verdad era que al principio no me hizo mucha gracia. Las ropas que tenía en mi armario me las había traído la señora Okuda de cuando ella era joven o de chicas del pueblo que ya no les faltaba. Pero algunas de ellas obtuvieron Sasuke de no sé exactamente dónde, pero obtuvieron el símbolo impreso en ellas. A veces también me preguntaba de dónde demonios sacaba el dinero para conseguir comprar comida y todas las cosas que necesitábamos. Sólo esperaba que no estaría robando a nadie.
