Bajé silenciosamente por las escaleras, procurando que la madera bajo mis pies no emitiera ningún sonido.
El sol apenas comenzaría a salir, así que debía darme prisa.
Deslicé unos pocos centímetros la puerta. Lo justo para echar un pequeño vistazo al interior. Sus respiraciones eran lentas y acompasadas; todo parecía estar en orden.
Volví a cerrar la puerta, con suavidad, antes de encaminarme hacia la entrada y salir de casa.
Corrí adentrándome en el bosque. La mañana se presentaba fresca, y era una buena forma para ir calentando; salté de árbol en árbol, esquivando ramas y algún que otro pájaro que acababa de despertar.
Apenas sentí que entré en calor llegué al pequeño claro. El sol ya había comenzado a bañarlo con sus primero rayos de sol, y las gotas de rocío brillaban por todo el lugar, volviéndolo mágico. Por eso me gustaba levantarme tan temprano. Merecía la pena verlo.
Me acerqué al río y me lavé la cara. Estaba helada. Los vellos se me pusieron de punta.
Después de varios ejercicios de estiramientos decidí empezar por practicar el lanzamiento con el shuriken. El árbol que usaba como diana estaba repleto de marcas, unas más señaladas que otras, ya que, con el tiempo, fui afinando la puntería hasta querer lanzar justo donde a mí me parecía. Normalmente iba variando la distancia y los diferentes ángulos, pero pensé por una larga carrera, movimientos para el esquive con lanzamientos a distancia y un ataque directo a la corteza para el final. Y eso hice, o más bien pensaba hacer cuando vi una sombra salir de entre los arbustos y dirigirse hacia mí con rapidez. No tuve tiempo suficiente para esquivarlo como quería, y sólo pude bloquear el golpe que acabó por desequilibrarme y hacer que rodara unos metros.
―¡Traidor!―gritó señalándome con un dedo acusador.―¡Te has ido solo cuando dijiste que ibas a esperarme!
―¡Te he llamado como veinte veces para que te despertaras, pero seguías con la baba colgando!
―¡Mentiroso!―contraatacó.―¿Qué clase de hermano mayor eres que deja atrás a su hermano pequeño?
Para darle más teatro a sus lloriqueos añadió alguna que otra lagrimilla de mentira.
―Si anoche te hubieras dormido temprano como te dije, esto no habría…
―No voy a perdonártelo, Daisuke, ¡lo vas a pagar!― amenazó mientras hurgaba en la pequeña mochila que había traído consigo. Yo por mi parte, me preparé para la lucha, pero lo que sacó, que yo pensaba que sería algún arma, en realidad era un simple bento.― ¿Qué te parece?
―¿Qué me parece qué?
―¿Dónde está el tuyo?
―Pues está en mi… ―me di media vuelta en busca de mi mochila, pero recordé que no había traído nada. Con las prisas por salir me lo había olvidado todo.
Miré su cara con aquella estúpida sonrisa de satisfacción, la cual, se hizo más amplia cuando mi estómago comenzó a rugir requiriendo atención.
―Je, je, siempre puedes volver a casa a por él.―dijo intentando tentarme, pero no iba a caer en eso.
―Puedo pasar un día entero sin comer.―murmuré hacia otro lado más para convencerme a mí mismo que otra cosa.
―Como quieras.―se sentó en la hierba dispuesto a empezar a comer.―¡Buen provecho!
Como si nada me levanté e intenté seguir con mis ejercicios de lanzar el shuriken, mientras, oía como masticaba y hacía ruidos al comer a propósito. No caería en su trampa.
―¿De verdad que no quieres, Daisuke?
―¡Cállate! ―al interrumpirme fallé en el tiro.
―Si que estás susceptible por las mañanas.
No pude hacer nada cuando mis ojos se posaron en la comida. La boca se me hizo agua, y él lo supo, pero me recompuse como pude.
A los pocos minutos mis tripas resonaban por todo el claro.
―¿Qué?―su sonrisa astuta estaba adornada por pequeños granos de arroz que se le habían quedado pegados a la piel mientras engullía.
Enfurruñado y avergonzado se lo pedí:
―Dame un poco.
―Vale. Pero antes debes decir que yo tenía razón y que eres un traidor por dejar a tu querido hermano atrás.
Respiré hondo y me lo tragué todo para dentro.
―Tenías razón… soy un traidor por dejar a mi querido hermano atrás.
―Ahora di que yo soy el mejor, y que tú eres más inferior que el más pequeño de los insect…
Antes de que terminara le planté el pie en mitad de la cara.
―Eso es humíllate.
―De eso se trata.―y lo empujé para que cayera hacia atrás.
―No quiero tu comida.
Da igual lo que le dijera, se estaba partiendo de risa él solo. Sentía que la cara me ardía, y lo único que pensaba era en callarlo de cualquier forma. El muy burro estaba gritando tan fuerte que espantó a una bandada de pájaros del bosque, aunque no me parecía lo suficientemente fuerte como para hacerlo. Entonces oí unos pasos de alguien que se disponía a salir del bosque, y al parecer, Takara también, porque cesó de cacarear.
Ambos nos tensamos, a la espera, y vimos en las sombras una silueta que los dos conocíamos muy bien. Y lo primero que hicimos fue echar a correr hacia el otro extremo del bosque.
Nos movíamos a la mayor velocidad que podíamos, zigzagueando, cambiando de rumbo de improviso, lanzándonos a los árboles, pero aún así, siempre lo sentía en la nuca. Lo peor de todo es que era tan silencioso como mi propia sombra, y eso era lo que me daba auténtico pavor.
Miré a Takara, y suponía que veía en él mi propio reflejo. Los dos nos hicimos señas y nos dividimos por caminos separados.
Corrí una distancia larga más, hasta que encontré un buen lugar donde ocultarme, bajo una pequeña pendiente llena de frondosos arbustos. Con suerte pasaría de largo.
Podía escuchar el bombear de mi corazón retumbarme los oídos, y el sudor frío que me cubría la frente hasta la nuca. Me sentía tan débil e inferior que un insecto.
El aullido de Takara tronó por todo el bosque. Lo había atrapado.
Mis piernas temblaban como barritas de gelatina, ¿cómo podía ser tan cobarde?
Me golpeé en la mejilla para intentar calmarme, y más o menos lo conseguí, lo suficiente para salir de allí y empezar a moverme de nuevo y encontrar otro lugar en el que estar seguro.
Poco me duró ese pensamiento cuando sentí sus ojos clavarse en mi nuca, casi perforándome como a una presa indefensa, observando mis movimientos para abalanzarse sobre mí a la menor oportunidad. Era asfixiante, y humillante.
Quería demostrarle que no me iba a rendir tan fácilmente, que podía darle algo más de lo que había demostrado.
Me dispuse a encararlo y poder asestarle un golpe. Pero en cuanto lo hice, creí sentir mi propio golpe en la boca del estómago, y no pude hacer otra cosa que caer de rodillas y quedar inconsciente ante él.
Era patético.
Poco a poco fui captando varias formas distintas y colores frente a mis ojos.
―Buenos días.
Takara estaba en su otro brazo, con una expresión de preocupación en el rostro que intentaba ocultar con algo de humor, del cual yo carecía en ese momento, y no quería pagarlo con él, sino con el que nos llevaba como si fuéramos unos sacos de harina. Aunque en realidad, era así como me sentía.
No supe que habíamos llegado a casa hasta que vi las baldosas de piedra de la entrada recubiertas de pétalos de cerezo. Y allí, en la entrada, se encontraba mamá de brazos cruzados y echando chispas.
Takara y yo nos tensamos al mismo tiempo.
Los dos caímos a sus pies y fue cuando nos echamos a temblar.
―Los dos dijisteis que ibais a ir a ayudarme, y cuando me levanto resulta que ninguno de los dos estáis en la cama.―Su dedo subía y baja constantemente, al mismo ritmo que el pulso de la vena que le estaba empezando a sobresalir de la frente.―¿Dónde os habéis metido?
―Pues fuimos a…―mamá le lanzó una mirada furiosa entrecerrando más los ojos.― …¡Daisuke tiene la culpa de todo, mamá! Me obligó a levantarme temprano para que fuera con él o dijo que me quitaría el almuerzo sino le obedecía.―se acercó gateando hasta la pierna de mamá y se arrimó a ella lloriqueando.―Es malo, mamá.
No sabía si reírme por lo estúpido que estaba siendo o por la bronca que le iba a caer encima.
Mamá respiró profundamente antes de agarrarle del brazo y tirar de él dirección al pueblo.
―¡No! Mamá, ya te he dicho que fue Daisuke, no yo.
―¿De verdad crees que me voy a tragar eso?
―¡No quiero ir!―intentaba zafarse del agarre de mamá con desesperación.―¡No quiero quitarle los callos de los pies a un tipo maloliente!
―Será mejor que te calles o será peor. ¡Vamos, Daisuke!
Apreté los puños con fuerza y me resigné a seguirles, pero sentí un dolor justo en el lugar donde recibí el golpe, y eso solo consiguió enfadarme más. Le lancé una mirada; Tan alto, imponente, orgulloso, fuerte, hábil, sigiloso… inalcanzable. Ni siquiera pude presentarle batalla. Me aplastó con una sola mano.
―Corre, tu madre te está esperando.―se dio media vuelta para entrar en la casa, pero antes de eso murmuró: …eso se te da bastante bien.
Y fue cuando cerró la puerta en mis narices.
Estaba ardiendo de rabia. Notaba como las uñas de mis dedos se hundían en las palmas de mis manos e intentaba reprimir las lágrimas apretando los dientes, para que estas no saliesen de su lugar.
No iba a darme por vencido. Seguiría entrenado sin parar hasta estar a su misma altura. Conseguiría ser mejor que él.
―¡Puaj, que asco! Creo que aún me huelen las manos a pies.―se quejó Takara, que llevaba más de diez minutos sin separarse del jabón y el lavabo.―El olor era tan fuerte que ha infectado mis manos.
―Te has lavado las manos sin parar desde que ese pobre hombre salió por la puerta, y eso que llevabas guantes.
Tal vez solo sea tu imaginación…
―Sí, lo más probable es que te haya infectado el cerebro.
―¡¿Qué?
―¡Querido!
―Solo era broma.
―Deja de meterle cosas raras en la cabeza al pequeño.
Omití la conversación o discusión de Takara con los abuelos sobre que podría derretírsele el cerebro, y me concentré en la montaña de vendas deshechas que debía enrollar.
Estaba ansioso por llegar a casa y empezar a entrenar en serio.
―¿Te ayudo?
Levanté la vista, encontrándome con los ojos verdes de mi madre, los cuales me miraban con una cierta tristeza que me hizo sentir culpable y a volver a agachar la cabeza.
No le respondí, pero igualmente ella me ayudó en la tarea en silencio. No había vuelto a comentar nada de lo de esta mañana, al igual que tampoco lo hizo de camino al pueblo. Al único que se oía era a Takara refunfuñar, y en el transcurso del día no encontré el valor para decirle nada, o más bien no quise hacerlo.
―¿Sigues enfadada?
No contestó, y pensé que me lo tenía merecido por no haberlo hecho yo antes, pero tras unos momentos lo hizo:
―No, no lo estoy. Más bien estoy algo disgustada o decepcionada contigo. No lo sé.
―Eso es peor―ahora el puñetazo que había recibido de mi padre en el estómago no me parecía nada comparado con aquello.
―No creo que sea peor. Pero no debiste pedirme que te dejara ayudarme si luego no ibas a querer venir.
―No es eso, mamá. Me gusta ayudarte y que me enseñes a curar a las personas.―mamá tenía un excelente control del chakra, y sabía que podía ayudarme a aprender muchas cosas observándola y atendiendo a sus explicaciones, pero solo eso no iba a hacerme más fuerte.
―Hay un pero, ¿verdad?―me sonreía. Me encantaba que mamá sonriera, pero no con tristeza.― Daisuke, si algo te preocupa puedes contármelo…
―No me preocupa nada, así que olvídalo.―me bajé de un salto de la encimera donde estaba sentado y me dirigí con rapidez hacia la puerta.―Ya he acabado, así que me voy a dar una vuelta, no tardaré.
Y sin más me fui de allí corriendo.
Lo último que quería era que mamá se preocupara por mí.
Para mí, ella es como un ángel que nos protege a Takara y a mí, e incluso a papá, aunque nunca llegue a reconocerlo. Pero a veces, un ángel también puede sentirse herido y necesita a alguien que lo proteja. En eso entra papá, pero ya hubo veces, en las que yo era más pequeño, que se fue, o eso le oí hablar a mi madre con la abuela. Me cuesta creerlo. Yo admiro a papá, y es mi modelo a seguir y superar para proteger a los que me importan. Pero parece que él no siente lo mismo. Nunca ha demostrado que esté orgulloso de mí como yo estoy de él de ser su hijo.
Sentí un golpe en el hombro al chocar con alguien.
―Lo siento.―me disculpé, aunque me arrepentí de haberlo hecho tras ver a quien se lo había dicho.
―De lo siento nada, bicho raro. Para pedirme a mí disculpas te tienes que arrodillar a mis pies, ¿verdad, chicos?
―sus dos amigos asintieron como dos idiotas sin cerebro.
―Déjame en paz, Ryo. Ya te he pedido perdón…
―¿Es que estás sordo? Arrodíllate ―insistió. Pero al ver que yo me quedaba inmóvil le hizo unas señas a sus amigos, y entre los tres me rodearon.―Nos vamos a divertir un rato contigo, bichito.
Los esquivé como pude, pero no conseguí librarme de ellos. Uno de los amigos de Ryo me agarró del brazo cuando otro se disponía a asestarme un buen golpe. Reaccioné rápido para saltar hacia atrás y que no pudiera cambiar la dirección de su puño, que estrelló en la cara de su amigo; yo aproveché la caída a pisé la cabeza del otro para que cayese de bruces al suelo. Ryo fue más rápido, y me golpeó en el estómago antes de que tocara el suelo. Era la segunda vez en el día que recibía en ese mismo punto.
Salí despedido unos metros, y me intenté incorporar dolorido para esquivar los siguientes golpes que vinieron.
―¡Daisuke!
Cuando oí la voz de mi madre me desconcentré y Ryo se aprovechó dándome en la cara, aunque yo no me quedé sin hacer nada y se lo devolví.
―¡Chicos, basta!
―¡Estaos quietos!
No me había dado cuenta de que la calle se había empezado a llenar de gente hasta que vinieron a separarnos.
Aún así, ni Ryo ni yo nos detuvimos en nuestro intento de seguir la pelea. Quería demostrarle que podía con él, que no le tenía ningún miedo. Quería demostrárselo a mi padre.
Sentí cómo tiraban de mí y me sacaban del cúmulo de gente hasta un lugar totalmente desierto.
―¿Se puede saber qué demonios te pasa?
La oí pero no la veía. Estaba demasiado excitado y acelerado como para prestar atención a sus preguntas. Lo único que quería era acabar con esa pelea.
―¡Daisuke!―me zarandeó por los hombros, y la decepción que vi en sus ojos me devolvió a la realidad. Le estaba fallando, o más bien, le había fallado.―¿Por qué lo has hecho?
―¡Empezó él, yo no hice nada!
―¡Me da igual quien haya empezado, estás castigado, y no vuelvas a levantarme la voz! ¿Me oyes?―no dije nada.
Temblaba de pies a cabeza de rabia e impotencia.―Vete a casa y espérame allí.
Sin más salí disparado como una flecha, sin darle la oportunidad de que me dijera nada más; corrí tan rápido que me ardía los pulmones, pero no me importó, no me detuve, ya que era una buena forma de desahogarme. Dejé a mis lágrimas perdese libremente tras mis pasos. Me oculté hasta la cabeza y lloré bajo la almohada en silencio lo que me parecieron horas, hasta que cerré los ojos de cansancio.
No soñé nada, pero sentía mi cuerpo pesar una tonelada, al igual que mis párpados.
La habitación estaba totalmente a oscuras; ya era muy entrada la noche, y supuse que me habría perdido la cena.
No tenía hambre, más bien una sequedad que me raspaba la garganta.
Con pesadez me incorporé de la cama para llegar a la cocina. Lo único que iluminaba al pasillo era la leve luz del piso inferior que llegaba de las escaleras.
Si bajaba, tal vez mamá volvería a regañarme y, esta vez, lo más probable es que fuera en compañía de papá. En tal caso me plantearía la idea de regresar a mi cuarto y esperar un nuevo día. Pero sabía que mi garganta no resistiría toda la noche.
Bajé cada escalón con la cautela de pasar desapercibido. Con suerte, conseguiría calmar mi sed mientras mis padres segurían creyendo que seguía encerrado en mi habitación.
Casi había llegado al final de las escaleras cuando oí algunos ruidos provenientes de la cocina. Papá y mamá estaban hablando con tono bajo y serio.
Deduje que Takara estaría jugueteando por la sala.
―… siento como si ocultara cosas, como si se encerrase en sí mismo o algo así…
―Creo que te lo estás tomando muy en serio.
―No sé, ¿tú no lo notas más distante?
―No. Sigo diciendo que son imaginaciones tuyas y que todas esas amiguitas que tienes en el pueblo te están comiendo la cabeza con sus tonterías. Supongo que la pelea de esta tarde les habrá servido para tener un nuevo tema para que puedan ponerse a despotricar.
―Que digan lo que quieran. No lo conocen en absoluto…
―No les hace falta, además, tú tampoco lo arreglas preocupándote por tonterías.
―¡No son tonterías, me preocupo por él porque quiero que esté bien! ¿Acaso es malo?
―Sí, cuando lo haces sin necesidad. Lo único que conseguirás será mimarlo más de lo que está. Es un debilucho que sólo depende de su madre.
―Es sólo un niño, Sasuke.
―Mmph.
Se quedaron en silencio por unos momentos, y yo no sabía si entrar y enfrentarme a mi padre o permanecer callado y escondido como estaba.
―Voy a mandar a Takara a la cama. Tú no tardes en acostarte.
Subí con rapidez las escaleras de vuelta a mi habitación.
Creía en un principio que mamá se presentaría junto a Takara, pero apareció solo con su habitual mal carácter por no querer dormir tan temprano. Se metió en su cama en silencio, y al cabo de unos minutos lo invadió un sueño profundo, como siempre.
Volví a bajar a la cocina cuando todas las luces de la casa estuvieron apagadas. No supe cuanto tiempo estuve sentado en la mesa, pero no tenía ni pizca de sueño que me hiciera volver a la cama.
No entendía que lo que le había oído decir a mi padre me afectara de esa manera. Ya sabía lo que opinaba de mí en ese aspecto, así que no comprendía por qué me sentía tan deprimido. Tal vez tenía la vaga esperanza de que en el fondo estuviera orgulloso de mí. Y con respecto a lo demás, bueno, no era un ignorante para no saber lo que un grupo de habitantes del pueblo decían de mí, Ryo lo había dejado bastante claro aquella tarde al llamarme «bicho raro».
A la mañana siguiente el desayuno parecía un funeral. Nunca había ido a uno pero, debían de tener una similitud más o menos. Ninguno de nosotros cuatro abría la boca sino era para comer. Me atreví a levantar un poco la mirada de mi plato, encontrándome con los oscuros ojos de mi hermano, que saltaban inquietos de mí hacia papá y mamá.
Sabía que este silencio lo estaría matando.
―Bueno, ¿y qué vamos a hacer hoy?―preguntó observando ceñudo su cuenco de arroz.
―Tu hermano sigue castigado así que no podrá salir de casa.―anunció mamá.
―¿Por qué?
―Acabo de decírtelo, Takara.
―Le castigas por defenderse. Eso es injusto. Si yo fuera Daisuke habría hecho lo mismo que él.
―Pero tú no eres él así que vale ya.
―Pues entonces castígame a mí también porque iré ahora mismo a pegarle una paliza.
―Quieres callarte y dejar de decir tonterías.
―¡No, quiero que me castigues!.―dio un golpe en la mesa y se subió en la silla. Era tonto de remate.―¡Castígame, castígame, castígame!
―Esta bien, estás castigado.
―¡Sí!―gritó triunfante―Es genial, Daisuke. Jugaremos a construir una fortaleza en la sala.
―Tu castigo será venir conmigo.―intervino mamá.
―¡¿Qué?
Tras aquel acto «heróico» de Takara, él y mamá se marcharon al pueblo. Poco tiempo después papá también se fue a su propia sesión de entrenamiento. Yo me quedé recluido en mi habitación, golpeando una pequeña pelota en la pared, recogiéndola y así sucesivamente pasé el resto de la semana, amargado en mi prisión.
Cuando me retiraron el castigo tuve que estar constantemente ayudando a la abuela y a mamá con sus pacientes, aún queriendo estar entrenándome como ansiaba hacer no me dejaron. Por ello estaba enfadado, y parecía que se lo estuviera contagiando a Takara, ya que él también tenía un humor de perros. Aunque lo suyo era más por ir a jugar que otra cosa. Ese día mamá se lo llevó a hacer algunas compras y así se tranquilizaba un poco.
―Estos días has estado muy callado.―dijo de repente la abuela. Yo sólo me encogí de hombros―¿Es por el castigo? Si es así no tienes por qué estarlo. Lo que hiciste no fue lo más correcto, aunque creo que a ese chico no le vendría nada mal un buen escarmiento.
Me sacó una pequeña sonrisa después de muchos días.
―Tus padres deben de haberte dado una buena regañina, ¿no?
―La verdad es que no. Sé que mamá está enfadada pero a mi padre parece que le da igual.―confesé sin pensar.
―No lo creo. Solo tiene un carácter diferente y le cuesta expresar sus emociones… o eso es lo que dice tu madre.― respondió riéndose un poco.―Es cierto que Sasuke es muy difícil de tratar.
Nos quedamos unos momentos sin decir nada. Y yo no hacía más que darle vueltas si preguntárselo o no, ya que no sabía si estaría bien hacerlo, pero me arriesgué. Necesitaba saberlo.
―Oye abuela…―hice una pausa para elegir unas palabras para que no sonara tan mal.―Verás… ¿Es cierto que una vez… papá se marchó… y dejó a mamá?
Por su reacción supe que no debía saber aquella información y, que había sido cierto. Sentí como si algo pesado cayera en mi estómago y empezara a arder con más fuerza.
―¿Quién te ha dicho eso?―quiso actuar como si no supiera nada pero no me engañó.
―Te oí hablar con mamá hace tiempo. Dijo que tenía miedo de que volviera a ocurrir, que no se sentía segura…
―Eso fue hace tiempo, Daisuke.―pero se suponía que era mi padre, el que siempre estaría junto a mamá para ayudarla y apoyarla, que podía confiar en él.―Ahora es diferente…
―No veo en qué.
No dije nada más porque mamá y Takara aparecieron por la puerta. Aún así, la abuela me lanzó una mirada significativa para que no mencionara nada de lo que habíamos hablado, y no pensaba hacerlo.
Al llegar a casa, Takara y yo preparamos la mesa de la sala para la cena, mientras mamá hacía la comida. Papá tardó en regresar, y cuando lo hizo se fue directamente a dar un baño; al entrar en la sala no pude dejar de pensar en cómo debía de haberse sentido mamá sin él. ¿Acaso no supo que sufriría? Si era así, no iba a perdonárselo nunca.
La comida estuvo lista, y todos empezamos a comer mientras Takara comenzaba a hablar de lo bien que le había salido uno de los vendajes que había realizado esa mañana, y por el cual lo felicitó la abuela. Yo estaba debatiéndome internamente y reuniendo valor y fuerzas de donde fuera para poder hablar sin que me temblara la voz. Así que cogí una buena bocanada de aire y suspiré profundamente.
―Papá.―lo llamé para captar su atención, pero no me miró, aunque sabía que me había oído perfectamente siguió comiendo. Apreté los puños contra mis muslos intentando controlarme. ―Quiero que me lleves a entrenar contigo.
Supe que lo que pedí no le sorprendió a Takara; sabía muy bien cuanto deseaba estar a la altura de nuestro padre más que nada en el mundo. La que sí lo hizo fue mamá. Sus labios quedaron algo abiertos por la noticia pero también estaba algo nerviosa por la respuesta que me daría papá.
―No.―se negó como el que no le apetece más comida de la que ya tenía. Como si no fuera nada.
―¿Por qué no?
―Serías un estorbo.
Me dolió. Me dolió que me lo dijera directamente a la cara sin ningún tipo de pudor por mis sentimientos.
―Sasuke…
Di un golpe seco en la mesa antes de incorporarme hecho una furia.
―¡Pruébame! Te demostraré que no seré ninguna molestia.
―No creo que puedas hacer más de lo que ya he visto. Sólo eres un bebé mimado que se cree especial, pero en realidad, lo que eres es un bebé miedica.
―¡Te equivocas!―contraataqué. Aún no se dignaba a mirarme a la cara y eso me enfureció aún más.
―Cálmate, Daisuke.―sentí su mano tocar la mía, pero la retiré. No podía escucharla, sólo estaba pendiente de cada movimiento de mi padre.
―¡No quiero! ¡Voy a enseñarte a no menospreciarme!―señalé en dirección al jardín para que quedara bien claro lo que quería―: ¡Te enfrentarás conmigo en el bosque, y si gano tendrás que entrenarme te guste o no! ¡No voy a parar hasta verte tirado en la hierba como un gusano!
Eso pareció despertarlo, porque fijó su mirada en mí duramente. No iba a dar marcha atrás aunque se cabreara en extremo.
―Mmph. Por una vez seré compasivo y te daré cinco minutos de ventaja.
―¡No los necesito para nada!―grité furioso ante su desprecio.
―¡Yo quiero ir!―saltó de repente Takara.
―De eso nada, no vas a ir ni tú ni nadie, ¿me oyes, Sasuke?―mamá intervino nerviosa mientras se acercaba a papá y lo retenía por el antebrazo―: Deja esto aquí antes de que salga malherido, por favor.
―No te metas, Sakura.―se levantó ignorando a mamá.―Ya es hora de que abra los ojos y se conciencie de lo que hay.
Quise abalanzarme sobre él y asestarle un primer golpe allí mismo pero, me lancé como una flecha hacia el jardín e internarme en el bosque. Había entrado en cólera.
La visibilidad en el bosque no era muy favorable por la noche, pero al menos, la luz de la luna iluminaba lo suficiente como para encontrar el camino del lugar de entrenamiento.
Me detuve en mitad del claro; estaba oscuro y sólo se oía mi respiración agitada y temblorosa en los alrededores.
No me di cuenta de que temblaba hasta que lo tuve delante en la penumbra de la noche.
―No creí que serias tan loco como para retarme.―iba a responderle, pero me tiró algo a las manos que deslumbró en la oscuridad. Lo atrapé un poco trasto al vuelo, y de inmediato me llevé una gran sorpresa al saber de qué se trataba: un kunai. Mi cara debía reflejar auténtico desconcierto―: ¿Qué pasa?
―¿Es… de verdad?
―Claro que es de verdad. Pensaba que habías dicho que irías en serio, ¿o ya te estás echando atrás?
―¡Ni hablar!
―Ya veremos. Bueno, de todas maneras, no llegarás ni a hacerme un rasguño con ese kunai.
Antes de poder pensarlo dos veces y hacerme ver atacar a mi propio padre con un arma afilada y puntiaguda, ya lo estaba haciendo. Sabía que para derrotarle no debía contenerme en lo más mínimo con él, pero aún así, conseguía esquivar como si nada todos mis ataques. Era realmente frustrante. Y más aún si eres tú el único que recibe a pesar de tus esfuerzos por dar.
Creo que ni siquiera pasaron unos cinco minutos de mi puesta en escena en la sala y ya estaba encorvado en el suelo dolorido. Me estaba dando con más fuerza de la habitual; si seguía así no duraría mucho más. Necesitaba recuperarme e intentar atacarle por sorpresa, pero, ¿cómo?.
Antes del siguiente ataque me escabullí entre la espesura de los árboles. Debía de ocultarme lo más rápido posible.
Encontré un hueco en la corteza de un árbol viejo. Por suerte era de mi mismo tamaño y podría pasar desapercibido.
Tenía que encontrar la manera de sorprenderle, de encontrar algún punto débil que me ayudara a tomar ventaja, pero dudaba que papá tuviera algo de eso. Tal vez, si fabricara una trampa… Había probado a hacer unas cuantas por esa misma parte del bosque semanas atrás. Aunque la pregunta era si seguirían allí o tendría que volver a construirlas.
Al cabo de unos minutos de descanso y de asegurarme que estuviera todo despejado salí de mi escondite hacia la trampa más cercana.
Seguía allí, intacta, tal como la dejé. Era un golpe de suerte que debía aprovechar. Aún así, hice el esfuerzo de camuflarla lo mejor que pude esparciendo más hojas por el perímetro de lo que era un gran y profundo agujero.
Me escondí tras unos arbustos a la espera. No tardaría mucho tiempo en rondar por aquella zona en mi busca, y entonces, se toparía de lleno con la trampa y quedaría atrapado.
―¿Qué crees que estás haciendo?
Me sobresalté y se me erizaron los vellos de la nuca al oí su voz susurrarme al oído. Estaba justo detrás de mí. Su figura oscura amenazante.
Tuve que escapar hacia la siguiente trampa pero, esta vez, él vino detrás de mí, y no tuve otra opción que arriesgarme a ser herido por mi propia estrategia. Corté el fino hilo y un puñado de shurikens salieron a mi paso.
Logré esquivar algunos, pero los otros consiguieron hacerme varios rasguños en las mejillas y el resto del cuerpo.
No me importó mientras lograran alcanzar su objetivo, pero cuando fijé la vista hacia atrás, mi padre seguía sobre mis talones sin un arañazo.
Derrapé sobre mi pierna izquierda para así cambiar de rumbo y regresar hacia atrás, justo frente a él, cara a cara.
Lo siguiente que hice fue sacar de mi bolsillo los hilos de acero e intentar una maniobra de captura por mi cuenta.
Me deslicé por debajo de sus piernas y pasé los hilos tras su espalda y brazos. Pero antes de que me diera cuenta me asestó un buen codazo en la mejilla que me dejó tambaleándome.
―¿Por qué no lo dejas? Ya has visto que es inútil.
―¡No!―volví a la lucha cuerpo a cuerpo, pero era inútil, sólo era un juguete para él.―¡Sólo un golpe, maldita sea!
Fui empujado con fuerza contra el tronco de un árbol cercano, y quedé allí atrapado por la presión de su brazo en mi cuello. Pataleé en el aire e intenté hacer su agarre a un lado para poder escapar.
―Déjalo de una vez.
―¡No!―quise alcanzar su brazo con mis dientes pero tampoco pude.
―Mírate. Estás atrapado y no tienes ninguna oportunidad contra mí, ¿no lo entiendes?
Las lágrimas corrieron rápidamente por mis mejillas.
Claro que lo entendía pero, no quería rendirme, no quería ser tan débil ni insignificante.
―Yo… yo sólo quiero que no esté triste. Que lo primero que vea por las mañanas sea su sonrisa. Y pensé que iba a ser así para siempre pero… quería ser como tú. Siempre te he visto con respeto y como un referente a seguir tus pasos. Con tu sola presencia ya nos dabas seguridad, pero, llegué a pensar en qué pasaría si algún día faltases…
Nunca creí que de verdad eso llegara a pasar, y que siempre estarías con nosotros, junto a mamá para hacerla feliz pero… un día supe que la abandonaste.―lo miré a los ojos con rabia, aunque las lágrimas me impidieran verle con claridad.― ¡La dejaste sola cuando lo único que ha hecho ha sido quererte! Ni siquiera te importaron sus sentimientos a la hora de marcharte, ¿verdad? Por eso me propuse hacerme más fuerte, para poder proteger a mi madre y a mi hermano en el caso de que desaparecieras de nuevo. ¡Llegaría a ser más fuerte y nunca los abandonaría como tú! ¿Por qué lo hiciste? ¡¿Por qué?
Tenía que saber su respuesta, pero en realidad me daba miedo oírla. Si se fue porque en realidad no quería a mi madre no sabía qué iba a hacer. Todo lo que había vivido dentro de aquella casa habría sido mentira.
―Es cierto que una vez me marché, y no tengo por qué darte más explicaciones salvo que regresé. Con eso debería bastarte.―de repente me soltó, y caí de bruces contra el suelo. Me llevé la mano al cuello dolorido.―Ahora, te daré una segunda y última oportunidad. Así que intenta aprovecharla como puedas y olvídate de tus estúpidos juegos.
Sequé mis lágrimas con la manga sucia de mi camiseta antes de ponerme en posición, pero papá desapareció de mi vista. Tenía que concentrarme y no fastidiarla o todo abría terminado.
No me dio tiempo si quiera a reaccionar cuando sentí algo moviéndose a gran velocidad y golpeándome por todo el cuerpo. Intenté moverme pero me hacía retroceder. Cada golpe venía de una dirección totalmente diferente a la anterior. Lo único que podía hacer era cubrirme, no podía atacar algo que no era capaz de ver. Era imposible que pudiera moverse a aquella velocidad.
Aguanté allí de pie intentando poder anticipar algún movimiento que hubiese repetido con anterioridad, a la espera de que se cansara y bajara la intensidad.
El bosque adquirió unos toques anaranjados. Señal de que ya estaría amaneciendo, y eso tal vez me ayudaría. Al menos podía ver un borrón negro moverse después del golpe, o tal vez sólo fuera mi imaginación. Entrecerré los ojos y allí estaba el borrón. Probé a moverme otra vez, pero nada, tendría que seguir esperando. No podría durar mucho más, estaba empezando a marearme y el sudor de mi frente caía en mis ojos y me escocían.
Escuché el toque de sus zapatos en la madera al tomar impulso. Seguiría aquel sonido sin apartar los ojos de aquella borrosa pista. Estaba cerca. Ya casi lo tenía…
Hasta que lo vi.
Supe en qué dirección iba a realizar el golpe y me daba un tiempo escaso a anticiparme, pero lo aproveché. Me lancé contra él con el kunai por delante. Era como si lo viese todo a cámara lenta. Pude percatarme de que no me esquivó hasta el último momento y por ello rasgué su camiseta.
Derrapé cuando toqué suelo y rápidamente me encaré para un nuevo ataque, pero mi padre se detuvo. Me extrañó que estuviera allí plantado, sólo mirándome fijamente, así que no bajé la guardia por si se trataba de una trampa.
Ya estaba clareando y el sol ya iluminaba el bosque con sus primeros rayos de la mañana.
Se acercó con paso seguro, aún sin despegar sus ojos de mí. Yo en cambio tenía el kunai preparado.
Su mano se posó sobre mi cabeza, alborotándome el cabello con suavidad. Aquello me desconcertó, y aún más lo que salió de su boca:
―Lo has hecho bien.
No vi ninguna sonrisa cruzar por su rostro en ese momento, tan solo estaba calmado y serio como siempre. Pero aquellas simples palabras significaban mucho para mí. Unas pequeñas lágrimas se escaparon de mis ojos sin querer.
Lo había conseguido.
―Vámonos a casa.―asentí. Estaba dispuesto a seguirle cuando todo comenzó a tambalearse a mí alrededor y
papá tuvo que subirme a su espalda.―Intenta no dar más problemas.
No le presté atención, estaba demasiado cansado y por otro lado muy feliz de estar sobre la espalda de mi padre.
Se sentía muy bien estando allí. No dejaría que papá se fuera a ningún lado.
Al regresar a casa, mamá nos estaba esperando. Lo primero que hizo fue estrecharme entre sus brazos preocupada. Me llevó hasta mi cama, donde curó mis heridas. No sé exactamente si lo soñé o no, pero creo que le soltó una buena regañina a papá por eso.
Tiempo después, Takara fue a verme, aunque ya estaba quedándome dormido.
―¡Ese es mi hermano mayor! Sabía que podías hacerlo, Daisuke.
Dormí tranquilo. Como si me hubiese quitado un peso enorme de encima.
Mi mente estaba tan relajada que apenas hizo esfuerzos en recordar algún sueño, si es que soñé algo.
Un dolor delicioso hizo que me rugiera la barriga. Estaba muerto de hambre, y no sabía cuanto tiempo llevaba dormido pero, a pesar del cansancio, pude abrir los ojos para localizar aquel aroma.
Allí estaba mi madre observándome.
―Ho… la.
―Hola. ¿Cómo te sientes?―paseó su mano suave para apartar algunos cabellos de mis ojos.
―Bien.―intenté incorporarme para dar mayor credivilidad a esa mentira, pero mi cuerpo no me dejó; al final mamá tuvo que echarme una mano.
Me pasó un cuenco humeante de arroz. Olía muy bien, y la boca se me hacía agua. Me alegré de que pudiera apañármelas yo solo para comer. Mis días en los que mamá me hacía caras y muecas raras mientras fingía que la cuchara iba a gran velocidad los había dejado atrás, y no tenía ninguna intención de volver a retomarlos.
Momentos después, mamá me cambió los vendajes con mucha dulzura y delicadeza. Era médico, y técnicamente ése era su trabajo pero, su tacto era tan suave y cálido como una pluma.
No supe cuánto tiempo llevaría de pie junto a la puerta, pero papá estaba allí observándonos a los dos. Por alguna razón me pareció que estaba de buen humor, aunque su cara demostrara su habitual seriedad.
―Estaba preocupado por ti. No paraba de insistirme en que te despertara y te trajera algo de comer.―confesó de pronto mamá intentando contener la risa. Por el contrario, papá frunció el ceño ante eso y miró hacia otro lado.
―Déja de decir tonterías, Sakura.
De detrás de papá aparació la cabeza revoltosa de Takara, quien me dirigió una gran sonrisa.
―Me alegro de que ya estés mejor. Has pasado un día entero durmiendo como una marmota.
―Es normal, Takara. Está muy cansado…
―Ya, pero me he aburrido mucho, ¡así que tienes que compensarme por ello!―saltó entusiasmado.
―No.―me miró muy seriamente, y no pude evitar tragar pesado.―A partir de ahora estarás todo el día conmigo. Si de verdad quieres entrenarte enserio tendrás que hacer todo lo que te diga.
Asentí obediente. Eso era lo que esperaba desde hacía mucho.
―¡Tsk, qué rollo!―dijo Takara con fastidio llevándose las dos manos tras la cabeza. Pero la dura mirada de papá pareció intimidarle y hacerle palidecer.―Cre…creo que disfrutaré de mi infancia mientras pueda.
―Mmhp.
No sabía si reirme o sentir pena por él. La mirada de papá no me gustaba ni un pelo. Tendría que pasar menos de unas veinticuatro horas con él a solas bajo sus órdenes, y lo que me esperaba a mí también tendría que ser para Takara en un futuro cercano. Aunque intentara retrasarlo no conseguiría huir de papá.
