Antes que nada, les agradezco su paciencia, espero y en poco tiempo subir la mayoría de los capítulos; reafirmandoles nuevamente, que esta historia no me pertenece, sin embargo, la intención es disfrutar del contenido con todo el respeto que la autora original se merece. También podemos pedir su opinión de como les gustaría que siguiera la historia y posterior a su final, todas las ideas que se les ocurran o desean que fuera de esa manera coméntenmelas.

Con cariño: Gizet

―¡Wuah ...! Oye, abuelo ...

―¡Ssh!

―Pero ...

―Sólo un poco más.― eso mismo dijo media hora antes y seguía sin pasar nada.― Ya casi está...

Takara volvió a bostezar sonoramente con ojos lagrimones por el sueño y el abuelo agitó la mano para que se callase, pero a estas alturas no lo culpaba, pescar no era su fuerte; el hecho de estar sentado esperando sin hacer nada no le entusiasmaba nada a Takara, y he de decir que a mí tampoco, pero el abuelo insistió en pasar el día con nosotros de pesca. Aunque, por otro lado, me alegraba estar fuera de casa por unas cuantas horas... Mamá estaba de un humor extraño con los últimos meses de embarazo.

De repente, la caña de Takara tembló y él y el abuelo se incoporaron, reaccionando rápidamente a la señal.

―¡Agárrala fuerte, Takara! ¡No la sueltes, chico!

―¡Sí!

Takara tiró con fuerza pero parecía que el pez no quería rendirse fácilmente y nadaba con fuerza, chapoteando descontroladamente en el agua.

―Es grande... ¡Tira, Takara!― lo animaba el abuelo con ahínco, entusiasmado.

―¡Estoy tirando!

―¡Tira más fuerte!

―¡Ya lo intent... Aah!― perdió el equilibrio y se zambulló en el río con la caña en la mano, pataleando y gritando como un loco. Suspiré con pesadez al ver la escena que estaba montando mi hermano pequeño―: ¡Ayudadme, no sé nadar! ¡Abuelo, Daisuke, me ahogo! ¡Socorro, socorro!

―¿Por qué no intentas ponerte de pie?

―¿Eh?― un fuerte rubor cubrió sus mejillas al darse cuenta de su error al incorporarse como le dije.

―¡Mira, Takara!― ambos observamos atentos hacia donde señalaba el abuelo y vimos a un gran pez medio inmóvil atrapado en el sedal de la caña de Takara, quien sonrió triunfante.

...

Suspiré satisfecha después de haber tomado un largo y relajante baño. La casa estaba tan tranquila sin la presencia de los chicos que no se oía nada, salvo por el ruido de la naturaleza del exterior. El señor Okuda se los llevó de pesca por la mañana temprano y no volverían hasta el anochecer. Me pregunté si pescarían algo o si no vendrían demasiado cansados que irían directamente a la cama; últimamente no pasaba el tiempo que me gustaría con Daisuke, que se pasaba la mayor parte del día en el bosque con Sasuke y, el único rato donde podía interactuar con él era en la cena, y apenas podía sujetar bien los palillos de lo agotado que volvía a casa, acompañado de múltiples rasguños. Sasuke le estaba exigiendo demasiado y es por eso que me alegraba que se hubiese ido a pescar, así podría despejarse y descansar de la presión que seguramente le inducía su padre. Sabía que estaba enfurruñado y no lo había visto desde que los niños se fueron. A saber dónde estaría.

Me serví un vaso de zumo fresco. Estaba delicioso, y yo muerta de sed tras el baño.

Fui hacia la sala y allí me lo encontré, sentado en el porche. No quise acercarme e ignoré completamente que lo había visto. Me resultaba más interesante la lectura del libro que llevaba a medias que entablar una conversación con Sasuke. Pero mis hormonas no estaban del todo de acuerdo conmigo. No podía remediarlo, pero me negaba a ir en su busca; tenía un comportamiento muy esquivo, más de lo normal, sobre todo conmigo. No sé qué mosca le habría picado. De todas formas, ese nuevo embarazo no vino por sí solo ni lo trajo una cigüeña, no entendía por qué ahora se alejaba tanto cuando antes apenas me dejaba dormir por las noches.

No cruzamos palabra durante toda la tarde hasta que me aislé en la cocina para preparar la cena. Nunca llegaría a entenderlo, creía que estábamos "bien", sin embargo, nuestra pequeña y extraña relación se fue enfriando contra más meses acumulaba de embarazo y más entrenamientos realizaba con Daisuke. Tal vez fue por la pelea que tuvimos por eso, o no, quién sabría decirlo. La mayoría de las veces Sasuke era muy impredecible, hasta el punto de deprimirme.

―Deberían haber vuelto ya; el cielo hace rato que se ha oscurecido.―apareció de repente por la puerta como una exaltación. Yo, en cambio, ni me digné siquiera en mirarle. Lo más seguro es que hubiesen ido a enseñarle a la señora Okuda lo que habían pescado.―Sakura, ¿has oído lo que te he dicho? Oye...

―¿Qué quieres, Sasuke?―dije al ver que no iba a dejarme en paz.―Si tan preocupado estas sal a buscarlos.

―Yo no estoy preocupado. Les dije que estuviesen aquí en cuanto oscureciese y...

―¡Ya estamos aquí, mamá!― oí la voz de Takara, que entraba casi derrapando a la cocina con una gran sonrisa en el rostro. Suspiré aliviada al ver que había disfrutado pescando.―Mira lo que he pescado, ¡es gigantesco!― y me enseñó el pez que traía en la cesta de mimbre.

―Sí, vaya... lo usaremos para la cena, ¿de acuerdo?

―¡Genial! Te ayudaré a hacerlo.― antes de que pudiera decirle nada ya iba corriendo a ponerse el delantal que le quedaba excesivamente grande.― Daisuke también ha pescado algo.

Llevaba consigo su mochila y la de Takara cargada también al hombro, junto a una cesta parecida que puso en la mesa.

―Son sólo unos cuantos. No son tan grandes como el de Takara.

―¡Me los comeré todos!.―exclamó entusiasmado subido a una silla al lado de la encimera, regalándole a su hermano una de sus grandes sonrisas.

―No si yo me los acabo antes.―intervení sacándole la lengua burlonamente. Takara arrugó el ceño, divertido,

mientras que Daisuke sonrió uniéndose y ayudándome a hacer la cena, aunque realmente, se pasaba más tiempo vigilando a su hermano pequeño de que no se quemara ni se cortara un dedo. Sasuke había desaparecido de la cocina; daba gracias a que ninguno de mis hijos hubiese sacado el carácter de su padre, aunque ambos fuesen muy diferentes respecto al otro, salvo por el físico, claro, en eso habían heredado casi todo de Sasuke.

―¡Que aproveche!

―Come más despacio, Takara.

La cena transcurrió entre anécdotas que recordaban entre ellos dos y me las narraban ilusionados mientras yo escuchaba cada palabra que decían con verdadero interés. Me encantaban esos momentos que pasaba con mis hijos charlando y riendo despreocupadamente, disfrutando de la comida, y pronto tendría a otro de ellos a quien querer por igual. Todo sería maravilloso si fuésemos una auténtica familia; quería a mis hijos como nada en el mundo, pero sabía lo que era aun cuando tratase de esconderlo en lo más profundo de mi mente: seguía siendo la rehén de Sasuke. Daisuke y Takara no lo sabían, ni pensaba decírselo, les partiría el corazón si descubrían que su propio padre me mantenía cautiva, y Daisuke... ¿cómo iba a explicarle que vino al mundo porque Sasuke me forzó?

Lo tenían puesto en un pedestal, los dos. Ambos querían a su padre, como cualquier niño, pero aquella era la realidad, así que, en cierto modo entendía por qué Takara se nos quedaba mirando a Sasuke y a mí muchas veces, sin comprender ciertas cosas, como si estuviera perdido en su propia casa. Suplicaba porque se diera prisa y lo acabase aceptando pronto, como lo hizo su hermano mayor. Se me encoje el corazón cada vez que me observa con esos ojos llenos de ansiedad y tristeza.

―Estaba bueno el pescado, ¿verdad, mamá?―murmura medio dormido después de haberse metido en la cama.

―Sí, sí. Ahora duermete.

―Te traeré más y así... mi hermanito nacerá guapo y...fuerte, como su hermano mayor.

―Claro.―le sonreí con cariño aunque estuviese ya profundamente dormido― Buenas noches, hermano mayor.―me incliné y le acaricié el cabello oscuro antes de besarle la sien. Me giré, esperando encontrarme con los ojos aún despiertos de Daisuke, sin embargo también se había quedado dormido. Lo arropé mejor y le dí un beso de buenas noches. Apagué la luz de la habitación y cerré la puerta, echándoles un último vistazo al salir.

Bajando las escaleras vi a Sasuke entrar a la habitación. Todas las luces de la planta baja estaban apagadas, excepto por la del dormitorio que ambos compartíamos. Los dos dormíamos a la mayor distancia que nos permitía el futon del otro. Hace unos meses era exactamente lo mismo, sólo que en diversas ocasiones pasábamos de ese territorio invisible que ambos habíamos trazado, aunque no por las mismas razones. Cada uno satisfacía sus propias necesidades del otro, pero yo nunca encontré consuelo. ¿Cuántas veces era capaz una

persona de tropezar con la misma piedra?

A la mañana siguiente no hayé a Sasuke en la cama, ni tampoco a Daisuke en el desayuno. Llevé a Takara conmigo al pueblo porque tenía que trabajar. Rechazaba la idea de quedarme encerrada en casa sin hacer nada.

Mientras trabajaba me aislaba de los problemas y, por otro lado, Takara pasaba el día jugando con sus amigos sin que se sintiera solo por la ausencia de su hermano. No lo mostraba con palabras porque no quería que Daisuke se sintiera triste, pero lo echaba mucho de menos. Ayer estaba pletórico después de haber pasado todo el día junto a él, y esa mañana en cambio estaba más callado, distraído.

―¿Sabes, mamá? ¡Van a hacer un festival, con fuegos artificiales y todo!―volvíamos a casa y el cielo anaranjado del atardecer se extendía sobre nuestras cabezas.―Haruhi me ha dicho que su padre está ayudando con los preparativos y que le deja a él también hacerlos. Será dentro de cuatro días así que, me preguntaba... si podríamos ir.―el entusiasmo de su voz fue desapareciendo cuanto más continuaba la frase, y a mí se me heló dolorosamente el corazón.― ¿Iremos a ver los fuegos?

―Claro. Iremos.― le sonreí como pude y por un momento creí que iba a decir algo pero tan solo sonrió y salió corriendo colina arriba como solía hacer cada día, y yo lo seguí con un peso desagradable en el estómago.

Inconscientemente me llevé una mano a mi abultado vientre.

Hicimos la cena y aun así estuvimos un rato esperando a que Sasuke y Daisuke volviesen, pero no lo hacían. El ruido del las manecillas del reloj de la estantería me molestaba y Takara jugueteaba ausente con los palillos, por lo que desistí y ambos comenzamos a comer; Takara sacaba cualquier tema de conversación para intentar hacer más amena la cena y hacerme olvidar aquel doloroso silencio que había a nuestro alrededor, pero lo único que resonaba en mi cabeza era un incesante tic-tac que contaba los minutos.

Dejé la comida que sobró en el frigorífico y mandé a Takara a la cama cuando ya se estaba haciendo tarde para que siguiera despierto.

―¿Crees que papá querrá ir al festival con nosotros?.―preguntó cuando lo ayudaba a taparse.

―Tendrás que preguntárselo a él, Takara.

―Mmm...―no dijo nada durante unos momentos en los que permaneció con la mirada perdida. Fuera lo que fuese que estuviera pensando quería que dejara de hacerlo.

―¡Venga, a dormir!―dije mientras le alborotaba la cabellera revoltosa y conseguí que riese despreocupado. Me incliné y le besé en la mejilla.―Hasta mañana.

Apagué la luz y tenía la mano en la puerta para salir.

―Papá nos quiere, ¿verdad, mamá?

Respiré hondo y me dí media vuelta con una sonrisa.

―Por supuesto. Papá nos quiere muchísimo.― mi respuesta pareció bastarle para hacerle feliz.― Ahora a dormir.

―¡Buenas noches, mamá!

―Que descanses.― y cerré la puerta.

Bajé las escaleras, apagué las luces y me metí bajo la manta de mi cama. No llores, no llores, maldita sea, no llores, me decía una y otra vez pero el dique ya estaba a rebosar y no podía contener las gruesas lágrimas que corrían por mis mejillas. Me dolía, me dolía mucho. Como si me rajaran el pecho. Deseé marcharme lejos, abandonar aquella casa que solamente fabricaba espejismos que se escurrían de mis dedos como el humo, desapareciendo en la nada. Lo único que me importaba eran mis hijos, su felicidad, aunque fuese a costa de la mía. A pesar de que no significase nada para Sasuke salvo un recipiente para llevar a sus hijos... aún así... Tuve que desahogarme hasta que me venció el sueño, un sueño bastante agitado, que me despertó con un terrible dolor de cabeza. La habitación seguía a oscuras. Oía la lenta respiración de a mi lado. Habían regresado, pero, ¿hacía cuánto?.

Me levanté con un poco de dificultad, ya que me sentía mareada. Cuando salí al pasillo vi que la luz de la cocina estaba encendida y allí encontré a Daisuke, trastabillando con el botiquín de medicinas.

―Daisuke, ¿qué haces?― pegó un brinco, sorprendido de que lo hubiese pillado.

―N-Nada.― le agarré del antebrazo para que se volviese hacia mí y observé su pequeño cuerpo magullado. Tenía heridas por todas partes. Me di cuenta de que me observaba expectante, tal vez porque esperaba que le dijera que estaba en contra de la forma de entrenar de Sasuke pero sabía que, dijera lo que dijese, Daisuke siempre salía en su defensa, así que tragué y me dispuse a tratarle las heridas sin decir nada.― ¿No estás enfadada?

―¿Quieres que me enfade?

―No, pero me gustaría que dejaras de preocuparte por mí. Estoy bien, mamá...

―No se te ocurra decirme que estas bien. ¿Es que no te has visto?.― el tono de mi voz aumentó y se estranguló al final. Ahora era él quien me miraba preocupado y sorprendido.

―Esto es lo que yo elegí, mamá, lo que quería; sé que papá es muy exigente entrenándome pero me está enseñando muchas cosas, de verdad. Así que no tienes que preocuparte por mí, ¿vale? Solo quiero que estés orgullosa de mí.

―Ya lo estoy, Daisuke.

―Pero mucho más.― rió divertido. Era algo que había aprendido de Takara a pesar de ser bastante maduro e independiente para su edad. En ese aspecto me entristecía que creciese tan rápido y que apenas me necesitase.

―De acuerdo.

―Bien. Pronto te enseñaré lo mucho que estoy progresando. Ya lo verás.

Terminé de curarle y le dije que se fuera a dormir si mañana volvería a irse temprano. Guardé el botiquín, y al volver al dormitorio sentí una fuerte punzada en el vientre que tuve que buscar apoyo en la pared. Gemí cuando volvió a repetirse con algo más de agudeza hasta transformarse en algo leve. No había sido una patada. De hecho, no había sentido algo así en los dos últimos embarazos... Un escalofrío ascendió desagradablemente por mi columna.

...

Caí de espaldas, jadeando intentando rellenar mis pulmones de aire, casi tenía la lengua fuera y sentía que mi cuerpo pesaba una tonelada. Papá se acercó a mi y me vertió agua en la cara. Por un segundo reaccioné a la sensación fresca pero la agradecí de inmediato y abrí más la boca para calmar mi sed.

―Creo que ya has tenido suficiente por hoy.― dijo acucliyándose. Me echó también en el pelo antes de alborotármelo con una toalla.― Descansa un rato antes de que volvamos.―y me pasó la cantimplora.

Pasamos unos minutos en silencio, en los que le observé sin que se diese cuenta: creo que estaba en su mundo, tenía la vista perdida hacia el horizonte, parecía que le estuviese dando muchas vueltas a algo. Quise preguntarle, porque estaba seguro de que se trataba de mamá. Yo no era el único que le notaba algo raro. Takara me contó que la veía cabizbaja y triste casi todo el tiempo, a veces sonriendo sin querer hacerlo... Papá tenía que haberse dado cuenta también. No está en casa como un poltergeist, como piensa mamá; tal vez fuera ese el problema, que trataba de comprenderlo desde su perpectiva. Yo, en cambio, había descubierto algo durante estos meses de entrenamiento, y era precisamente eso, que no lo entendía. Así de sencillo. Y lo acepté, era una pérdida de tiempo darle vueltas, tan sólo esperé, y esperé... Ví que mi padre se fue acostumbrando a estar conmigo y, a su manera, se acercaba a mí. Eso era lo había que hacer, dejarle espacio y esperar pacientemente a que se amoldase a la otra persona. Por otro lado, pienso que era demasiado orgulloso respecto a mamá y sus propios sentimientos, y estaba dejando demasiado espacio del necesario en casa con mamá.

Se dio cuenta de que me había quedado mirándolo y bajé la cabeza, avergonzado.

―Si ya has terminado volvamos.

Corrí hasta quedar junto a él. Me moría de hambre, deseaba volver a casa y pasar un rato jugando con Takara y mamá.

De repente, más allá, de las copas de unos árboles, salieron volando una bandada de pájaros asustados hacia el cielo casi ennegrecido de franjas aún rojizas. En ese momento noté en el estómago un pellizco de angustia al ver que provenían cerca de casa.

Miré a mi padre, que también se había detenido y observaba fijamente hacia aquella dirección con el entrecejo fruncido.

―Vamos.― y reanudó la marcha.

No podía saber lo que estaba pensando, pero debía de tener el mismo mal presentimiento que yo sentía en ese momento porque, cuanto más nos acercábamos a nuestra casa más incrementaba el ritmo de sus pasos, hasta que, al fin, vimos el final del bosque y la vaya del jardín y, en la puerta de entrada estaba Takara hecho un ovillo.

Por unos segundos, el corazón se me paró en mitad de un latido y era como si todo lo que pasaba a mi alrededor se moviese a cámara lenta: mi padre se adelantó, llegando junto a mi hermano quien lloraba desconsoladamente, le apartó sus pequeños brazos de la cabeza y me dí cuenta de que los tenía manchados de sangre.

―...suke.

―¡Daisuke!

Oí la voz de mi padre amenazada por el pánico, llamándome. Dijo algo más, pero no lo escuchaba, sino al grito desgarrador que provenía del interior de de la casa. Era mamá. Inmediatamente mi padre despareció, dejando a Takara sollozando con fuerza. Tenía la cabeza escondida entre sus brazos y piernas. No supe cómo llegué a su lado pero me agaché y estreché su cuerpo contra el mío; era una bola temblorosa que no hacía más que repetir, una y otra vez entre sollozos: mamá, mamá, mamá. Me estaba abrasando el nudo que notaba en la garganta al ver que la sangre que impregnaba sus brazos no era suya. Muchas imágenes cruzaron por mi cabeza en ese momento y, por una parte, quería entrar en casa y ver lo que ocurría, pero, por otro lado, me daba terror averiguar la escena de mi madre, inerte encima de un charco de sangre. Me negué a pensar en eso, pero...

Se oyeron ruidos y voces de dentro, y vi cómo el abuelo forcejeaba arrastrando y empujando a mi padre para que saliese.

―¡Déjalo, muchacho, y sal de una vez!

―¡Sakura, Sakura!― papá estaba fuera de sí. Nunca lo había visto de esa manera, y me asusté.― ¡Suéltame, déjame ir maldito viejo! ¡Sakura, Sakura! ¡SAKURA!

En un segundo el abuelo le plantó el puño en la mejilla y mi padre cayó de espaldas al suelo.

―¡Cálmete, Sasuke!― gritó jadeante.― ¡Maldita sea! Yuri está haciendo todo lo posible, si te quedas ahí sólo serás una molestia... lo único que puedes hacer es esperar, por doloroso que sea.-se giró y vino hacia nosotros. Se encontraba pálido como la cera y tenía la frente sudorosa pero aún así sonrió.― Voy a volver dentro. Cuidarás de tu hermano, ¿verdad―. asentí obedientemente y él acarició la cabeza de Takara que ocultaba pegada a mi

estómago. Quise preguntarle qué le pasaba a mi madre, pero temía que si habría la boca las lágrimas iban a ceder a su voluntad, y no quería derrumbarme delante de Takara. Ya estaba suficientemente asustado.

El sol ya se había puesto por completo, y los tres aún seguíamos fuera, a la espera de que el abuelo regresara o sucediera algo, aunque no sabía el qué. Yo estaba con la incertidumbre de no comprender lo que sucedía en realidad, sólo podía imaginarme que mamá estaba muy malherida. La verdad es que no quise pensar en nada más, salvo que pronto volveríamos a cenar los cuatro juntos de nuevo, que ojalá me hubiese quedado dormido en el entrenamiento y que aquello tan sólo fuese una mala pesadilla de la que deseaba despertar.

De repente, sentí a mi padre acercarse, y se sentó frente a mí, agarró a Takara, y lo sentó sobre su regazo, arrimándolo más hacia él. A mí me sujetó de la camiseta, arrastrándome. No pude verle la cara, pero oí que apretaba los dientes y noté que nos apretaba con fuerza a Takara y a mí. Mi hermano volvió a llorar llamando a mamá y yo no pude más, mordí la tela de la camiseta de mi padre y rompí a llorar también, en silencio.

...

El techo de la habitación estaba borroso y desenfocado, me sentía a punto de desfallecer. Apenas tenía fuerzas de levantar un brazo, sin embargo, lo único que me importaba era mi bebé; todavía tenía grabada la imagen de la sangre en el suelo y la pequeña cara de Takara empañada por el miedo. No creí que aquello pudiera llegar a pasar, y mucho menos involucrando a mi hijo pequeño, quién, aún asustado, escuchó atentamente cada palabra que le dije y lo hizo todo perfectamente. Debió de correr como un rayo para llamar a los señores Okuda tan pronto.

―¿Sakura?― la señora Okuda estaba a mi lado y noté que me pasaba un paño húmedo por la frente.― Descansa, Sakura. Todo está bien.

―¿El...bebé?― mi voz salió como un jadeo, casi inaudible.

―No te preocupes, todo está bien.―volvió a repetir y yo respiré tranquila.

―¿Takara?

―Los chicos están fuera.-me informó el señor Okuda, que se puso de pie. Parecía agotado como su mujer.

¿Estaban fuera solos?.― Sasuke está con ellos.― aclaró, como si me hubiese leído el pensamiento. Sasuke...―

Les avisaré de que estas bien.―y salió de la habitación.

―Duerme, Sakura. Estas muy cansada.

―Lo haré...― dije intentando incorporarme pero ella tuvo que ayudarme ―...en cuanto los vea.

La señora Okuda suspiró al ver que no iba a cambiar de opinión, por lo que, a regañadientes, se levantó y se asomó al marco de la puerta haciendo señas. Yo me agarré el vientre y agradecí por que todo hubiese salido bien. Mi bebé seguía creciendo dentro de mí a pesar de todo.

Escuché las rápidas pisadas de Takara sobre la madera, seguidas de las de Daisuke. Los dos casi se asomaron titubeantes pero Takara fue el que primero que se adentró en el dormitorio llorando, y extendiendo sus brazos hacia mí. Lo recibí, acunándolo y acariciándole con amor sus oscuros cabellos. Daisuke acabó también en mis brazos y se derrumbó a pesar de que intentase hacerse el duro como siempre hacía, mi niño maduro y cabezota.

Los abracé dándoles calor; esperaba que estuviesen helados de frío pero sus cuerpos desprendían ya calidez y un aroma que no era el de ambos... era un olor que conocía muy bien y el que distinguiría en cualquier parte. Sasuke nos observaba atento desde la puerta, sin perder detalle. Recordaba su voz angustiada llamándome a gritos, con los ojos abiertos de par en par por el miedo, y en cambio, en ese momento parecía como si hubieran pasado muchos años y fuese a desplomarse allí mismo.

―¿De verdad estás bien, mamá?

―Sí, Takara. Siento haberte preocupado.―besé su frente y volvió a llorar.

―Venga, venga; ya has visto que mamá está bien. Así que deja de llorar o harás que se ponga triste, ¿de

acuerdo?.― lo animó el señor Okuda dándole unas palmaditas en la espalda.―¿Qué os parece si os preparo un chocolate caliente y dejen a su madre descansar un poco, eh?― los dos asintieron y yo le sonreí agradecida al señor Okuda. Daisuke fue el más reacio al dejarme, aunque le repitiese una y otra vez que me encontraba bien, pero al final accedió.

La señora Okuda me ayudó a tumbarme de nuevo, y no pude reprimir un gemido y ocultar una mueca de dolor al hacerlo.

Me di cuenta de que Sasuke no se había movido y también la señora Okuda que, al insistir en que debía descansar, se escabulló por el pasillo dejándonos a solas.

―Gracias por cuidar de los niños en un momento así. Creo... que tal vez este va a dar más quebraderos de cabeza que el pequeño.―bromeé acariciándome la barriga y una lágrima rebelde escapó por mi mejilla. La presa comenzó a llenarse de grietas hasta el punto que acabó por deshacerse en mil pedazos, y un conjunto de emociones entremezcladas se apoderaron de mí, estallando en sollozos. Quise ocultarme bajo el edredón pero, sin previo aviso, me topé con al pecho de Sasuke, a mi lado, y en ese entonces no me importó nada, ni que no me quisiera, tan solo me sujeté fuertemente a su camiseta y me abandoné al llanto. Había aguantado lo suficiente como para ver a los niños y poder tranquilizarles un poco pero ya no podía más; estaba demasiado asustada y muerta de miedo por lo que podría haber pasado, así que todo lo que había estado intentando reprimir lo dejé salir, a la deriva, anclándome únicamente en el silencio de Sasuke. Apreté los dientes cuando me di cuenta de que su camiseta ya estaba mojada, y más lagrimas rodaron por mi rostro.

No se apartó, se quedó conmigo durante toda la noche, a mi lado, hasta que al fin caí dormida en sus brazos.

Giré la cabeza hacia otro lado, huyendo de la claridad del sol que me incomodaba, pero lo único que conseguí fue despertarme del todo. Acaricié mi abultada barriga. Estaba hambrienta. Me levanté con algo de dificultad y salí al pasillo en busca de comida.

―¿Qué haces levantada?―la dura voz de Sasuke me sorprendió, pero más lo hizo verlo en la cocina, cocinando.―La señora Okuda dijo que por lo menos una semana en cama.―vino hacia mí y ahogué un grito cuando me sostuvo en brazos de un solo movimiento.

―¡Sasuke!

―Cállate. ¿No has oído lo que te he dicho?

―Pero...― sus ojos entrecerrados me detuvieron al protestar, sin embargo no quería volver a la habitación. Quería comer.― Tengo hambre.

―Bien. Te prepararé algo.― me depositó con sorprendente cuidado sobre el futón y me arropó.― No vuelvas a levantarte si no es necesario, y si necesitas algo llámame y te lo traeré. Ahora quédate aquí mientras cocino algo para ti.― parpadeé por aquel cambio de comportamiento y tan servicial, aunque básicamente, sería todo igual.― ¿Qué pasa?

―Nada.- dije ignorándolo.

―¡Tsk!

―¡Mamá!― Takara y Daisuke corrieron hacia mí, sonrientes.―¡Al fin despiertas! Llevas durmiendo más de un día entero, ¿sabes? Los abuelos vinieron a verte pero estabas dormida, así que se fueron muy temprano pero, ¿sabes qué, mamá? Voy a volver a ir de pesca con el abuelo y te traeré un montón de peces para que te los comas y te mejores pronto; la abuela dijo que tenían mucho forofos y que siempre venían bien...

―Se dice fósforo, Takara, y ten más cuidado con ella.― lo corrigió apartándolo un poco para que dejara de apoyarse en mi barriga.

Sasuke se fue y dejó a los niños haciéndome compañía. Apenas estuve hablando con ellos un rato y empecé a encontrarme fatigada. Y unos momentos después, Sasuke volvió con una bandeja. Me había hecho sopa.

―Oye, mamá, ¿crees que estarás bien para ir a ver los fuegos?

―¿Qué fuegos?

―Mañana harán un festival en el pueblo y habrá fuegos artificiales.

―¿De verdad?

Ellos se perdieron en la conversación y el ánimo que había recuperado se desvaneció en aquel instante. No me acordé del festival, aun habiéndoselo prometido a Takara, pero tal como me encontraba no podría ir a ninguna parte.

―Iremos la próxima vez que haya otro, ¿verdad?―anunció Daisuke, sonriente.

―¡Seguro!― respondió el pequeño con efusividad. Yo, mientras tanto, busqué a Sasuke con la mirada, rogándole para que se ofreciese a llevarles y que disfrutasen de aquella experiencia.

―Chicos, dejen a su madre descansar, ¿de acuerdo?

―Sasuke...

―Vamos.― los guió hacia fuera y le dijo a Daisuke que fuesen a jugar arriba hasta que estuviese lista la cena.― Termínate la sopa, Sakura.―y se marchó, sin darme oportunidad a reprocharle cuanto quería.

Nada más terminarme la sopa caí rendida en el sueño sin remedio. Por la mañana no encontré ni a los chicos ni a Sasuke, sin embargo, los señores Okuda habían venido a verme y se quedaron cuidándome todo el día mientras no hacía más que preguntarme dónde se habían metido. Los señores Okuda sólo me dijeron que habían ido a pasar el día juntos.

Cuando empezó a atardecer tuvieron que irse a casa, y yo les agradecí una y otra vez por quedarse conmigo.

Mientras tanto, Sasuke apenas tardó en regresar desde que ellos se fueron, pero lo que me extrañó fue que viniese solo.

―¿Y los niños?.― no me contestó, tan solo me cargó en brazos y me sacó de la habitación y de la casa.― ¿Sasuke qué haces? ¿A dónde me llevas? ¡Sasuke!

―Cállate, eres muy ruidosa.―estaba oscuro aunque fuésemos por el sendero.

―Entonces contéstame. No creo que sea muy difícil.

―Tsk...-llegamos al final del sendero que llevaba a la casa a través del bosque.― Mira allí.―señaló un lugar más alejado de donde estábamos y observé luz en mitad de la oscuridad de la colina. Caminó decidido hacia allí y distinguí a las diminutas siluetas de Daisuke y Takara, saltando y saludándome con la mano.

―¡Mamá, mamá, mira! ¡Papá ha traído el festival hasta aquí, mira!―había una gran manta, junto a unas cajas apiladas repletas de la comida típica que olía deliciosamente bien y, alrededor, unos farolillos festivos iluminaban el lugar, dándole un toque íntimo y de privacidad. Parecía nuestro propio festival, incluso los chicos estaban vestidos con kimono.― ¿Te gusta? Nos los ha regalado papá.―dijo dando una vuelta sobre sí mismo. Pude ver el emblema Uchiha a su espalda. Sasuke me dejó sobre la manta.

-Este es el tuyo.― Daisuke se acercó con un gran kimono, que también traía el símbolo Uchiha bordado, y me lo echó sobre los hombros.― Así no tendrás frío.

―Gracias.― no pude hacer otra cosa más que sonreír.

Empezamos a comer antes de que toda la comida se enfriara y fue como si la pesadilla de hace unos días nunca hubiese existido. Hablamos e hicimos bromas como solíamos hacer siempre; Takara estaba excesivamente animado, al igual que Daisuke, que no paraba de hablar para lo callado que era a veces. Por otro lado, Sasuke se mantuvo firme en su línea.

Al terminar de comer, Takara se entretuvo persiguiendo y cazando luciérnagas por todo el perímetro que Sasuke tuvo que ir con él para que no se alejara demasiado.

―Déjalo estar, mamá.

―Está oscuro y se perderá, Daisuke. Ya sabes como es tu hermano.

―Me refería a papá.― me giré hacia él. Estaba sentado junto a mi con las piernas cruzadas, observándoles en la distancia.― No paras de darle vueltas a las cosas intentando saber el por qué hace lo que hace y creo, que en ese aspecto eres bastante injusta con papá.―abrí los ojos desmesuradamente, sin poder creer lo que acababa de oír.

¿Yo era injusta con Sasuke?.― No estoy diciendo que papá no tenga la culpa, pero tú deberías tener más en cuenta cómo es... No se siente cómodo en ciertas circunstancias y es demasiado orgulloso para expresar cómo se siente.

―Parece que tú lo conoces mejor que yo.―admití sonriéndole desanimada tras una breve pausa.

―Te equivocas, yo tampoco entiendo a mi padre, pero no por eso voy a alejarme de él; no es un padre como los demás, eso lo sé muy bien, pero... ¡papá es papá!, y lo acepto tal y como es. Puede que no diga todo cuanto desees oír pero pienso que lo compensa demostrándolo, a su manera, o al menos, es lo que yo creo.―estaba sin palabras, sin poderme asimilar que todo aquello provenía de la boca de Daisuke.― Le importamos. Los tres, más de lo que crees, mamá. Al fin y al cabo...― se puso de pie y me miró de reojo.―...aún sigue aquí, ¿no?

Se oyó un estallido y el cielo de la noche se vio iluminado por diversos colores.

―¡Takara, mira, ya han empezado los fuego!― gritó corriendo hacia donde se encontraba su hermano menor saltando como un loco.

"¡Papá es papá! Aún sigue aquí, ¿no?" Esas palabras tan simples resultaron ser algo reconfortantes y no paraban de resonar dentro de mi cabeza una y otra vez.

―Creía que querías ver los fuegos.― no me dí cuenta de que se posicionó detrás de mí y de repente me encaramó en su regazo sin más.

Todo lo que hizo aquella noche y aquello... Daisuke tenía razón. Sasuke no hubiera hecho todo eso si no le importásemos nada, y tal como dijo, lo acababa demostrando de algún modo porque, Sasuke... es Sasuke. Ni más ni menos.

―Deja ya de llorar, Sakura.

―Gracias... por lo de esta noche, y por estar aquí.―mi voz sonó ahogada y amortiguada al esconderme en el hueco de su cuello.

Permaneció en silencio unos momento y al final suspiró.

―Mira que eres molesta.― me agarró de la nuca y me apretó más contra su cuerpo relajado.

...

―Oye, ¿Daisuke?

―¿Qué?

―Creo que ya sé por qué empezaste a entrenarte con papá, ¿sabes?

Me quedé observándole un par de segundos, en los que ví los fuegos artificiales reflejados en sus ojos.

―A mí me gustaría ir también.

Un cohete silbó, perdiendo entre los otros, y finalmente estallando, alumbrando la colina entera por encima de los demás.

―Claro.

Aquella noche, los dos contemplamos el cielo festivo, y compartimos algo más que una noche en familia; habíamos encontrado un camino que recorrer juntos.