Habían pasado semanas desde que ocurrió aquel siniestro incidente, del cual me hubiese gustado poder olvidarme pero, pasó y, si no llegase a ser por la señora Okuda y por Takara también, no podría estar contando el poco tiempo que me quedaba para tener entre mis brazos a otro de mis hijos. Estaba deseosa por que sucediera, pero según la señora Okuda aún faltaba un poco... El matrimonio venía a casa a hacernos una visita varias veces por semana, ya que a esas alturas de embarazo no estaba para bajar y subir la colina todos los días, aunque me gustaría; Sasuke tomó el control y se mantuvo firme en que no hiciera el más mínimo esfuerzo en lo que restase de gestación, incluso dejó de ir a entrenar con los niños al bosque y se quedaron en el jardín, desde donde me tenía siempre a la vista. A menudo, cada vez que me daba la vuelta me encontraba con sus penetrantes y oscuros ojos observándome. Tal como dijo Daisuke aquella noche dejé de preocuparme por el comportamiento y los pensamientos de Sasuke, y parecía que estaba funcionando. Ya no me sentía angustiada, tan sólo volví a llenar el hueco vacío de la habitación y, a medida que iba moviéndome, éste empezó a coger forma y color. Dejé de sentirlo como un espectro vagando silenciosamente por la casa.

Por otro lado, había acogido a Takara en los entrenamientos después de que éste se lo pidiera la mañana siguiente del festival, y realmente me sorprendió que hiciese algo así, ya que siempre se oponía a que un día su padre lo arrastrase junto a su hermano mayor. Esa idea lo aterrorizaba día y noche, y creo que Sasuke lo sabía porque, a pesar de que le hubiera dado su permiso predijo que no duraría ni dos semanas bajo su tutela y, sin embargo, el testarudo de Takara superó aquellas semanas y las siguientes con mucho sudor y esfuerzo. Nunca lo vi con tanto ánimo por algo aun siendo tan pequeño. Los veía a los dos entrenar con su padre por las tardes desde el porche y, para mi asombro, me di cuenta del alcance que tenía Daisuke a esa edad, sobre todo en velocidad y habilidad; había demasiada diferencia entre uno y otro como para compararles, y aun así, el corazón me dio un vuelco cuando vi que el color verde de sus ojos se desvanecía, adueñándose de ellos un rojo sangre con dos aspas negras rodeándole la pupila. Daisuke ya había despertado el Sharingan, y me pregunté a mí misma si lo hacía desde mucho tiempo atrás o si Sasuke estaría más que satisfecho de que uno de sus hijos poseyera la técnica que distinguía al clan Uchiha. Pero la verdad es que no quise darle demasiadas vueltas a eso...

―¡Chicos, bajad a cenar!

Bajaron en tropel las escaleras, casi entrando a la vez por la puerta de la sala. Desde hacía unos días había crecido una especie de rivalidad entre ellos dos, y la dejaban ver a la hora de comer cuando quedaba un último trozo en el plato del centro de la mesa.

―¡Suelta!

―¡Suéltalo tú, yo lo he cogido primero!

―¿Quereis dejar de jugar con la comida y escucharme un momento? Tú también Sasuke.―añadí dirigiéndome a él, por lo que tuvo que levantar la cabeza del bol de arroz.

―¿Qué pasa?

―Tenemos que hablar del nombre del bebé y he pensado que podríamos elegirlo entre los cuatro.―comencé diciendo pero Takara me interrumpió exaltado.

―¡Espera! ¿No se va a llamar Takara? ¿Por qué?

―¿Quieres que lo llamemos como tú?.―le pregunté sorprendida.

―¡Pues claro, soy su hermano mayor!

―Entonces por esa misma regla tú deberías llamarte Daisuke, ¿no? Pero bueno...―intervino su hermano mayor―,

será divertido verte la cara cuando os llamemos por Takara Uno y Dos, ¿verdad, Takara Uno?―sonrió burlonamente. El otro frunció los labios y el ceño disgustado, y refunfuñó algo como que él era el único Takara.

Yo suspiré y dejé caer los hombros con pesadez. Miré a Sasuke, pero éste apartó la vista de nuevo hacia la comida, pasando del asunto. Daisuke me distrajo dándole vueltas a varios nombres y algunos de ellos me gustaron, pero quería que Sasuke diera también su opinión. La verdad es que no se opuso al nombre de nuestro primer hijo, y el del siguiente prácticamente lo decidí yo sola, así que para el tercero prefería escogerlo entre los dos.

―¡Takara, lávate los dientes y a la cama!.―le avisé desde la cocina para que me oyese desde la sala, pero no obtuve respuesta―Este niño... ¡No pienso repetírtelo, Takara! ¿Me oyes?

―¡Tch!―le oí decir a Sasuke, que dejó los platos a medias y salió de la cocina. A los pocos segundos vi cómo llevaba a Takara de la camiseta por el pasillo hacia el baño.

Al final él mismo los mandó a la cama. Evitaba cuanto podía que pisara la parte superior para que no tuviese que subir las escaleras. Se había vuelto demasiado sobre protector, lo que me alegraba, en parte, ya que se preocupaba por mí pero, no estaba hecha de cristal, sólo embarazada.

Esperé a que Sasuke bajara. No estaba dispuesta a dejar pasar el asunto del bebé por tercera vez consecutiva, y no me importaba permanecer toda la noche despierta para que me hiciera caso. Así que cuando se apagó la luz del pasillo y lo vi entrar a la habitación aguardé impacientemente a que se metiese en la cama para acorralarle.

―Sasuke, ¿podemos hablar lo del nombre del bebé?

―¿Por qué?

―¿Có- Cómo que por qué?―aquella pregunta me desconcertó.― El niño necesita un nombre y debemos decidir cuál; nacerá pronto y tú no haces otra cosa que evadir el tema, como estás haciendo ahora mismo.―lo agarré del

hombro y lo hice girarse para que dejara de darme la espalda.― ¿Podrías poner algo de tu parte, por favor?

―Vale.―se incorporó, pero su actitud despreocupada me fastidiaba.― ¿Y bien? ¿Qué nombre le quieres poner?

―¡No se trata de lo que yo quiera sino de que lo decidamos juntos!

―¿Y yo que sé? ¡Ponle el que te dé la gana!

―¿Por qué tengo que hacerlo yo sola?

―¡Lo has hecho siempre! ¿Qué más te da?

―¡Eh, dejad de gritar de una vez!―la voz de Takara se oyó desde arriba.―¡No podemos dormir con tanto escándalo!

―¡Cállate, Takara, si no quieres que suba!―gritó Sasuke mirando hacia el techo, y no volvió a escucharse nada más.― Oye, Sakura...

―Da igual. Olvídalo.―le di la espalda y me tumbé en la cama. Estaba tan irritada con él que ni siquiera quería mirarle directamente a la cara. No aguantaba esa pasividad que tenía a veces.

―¡Tch!―lo sentí acomodarse al otro lado y ambos permanecimos bajo el tenso silencio de la oscuridad del dormitorio.

Esa noche no pude pegar ojo y a la mañana siguiente tenía unas ojeras de campeonato, y todo por la estupidez de Sasuke. Mi enfado sin duda fue yendo a peor cada vez que tenía que estar con él en una misma habitación, o simplemente recordar aquella discusión me ponía de los nervios.

Eludiendo responsabilidades... ¡Menudo padre estaba hecho!, pensé con verdadero fastidio.

―Oye, ¿qué estás haciendo?

―Tendiendo la ropa, ya que no lo hace por sí sola, ¿sabes? Al final alguien tiene que acabar haciéndolo.

―Déjalo ya, Sakura.―me advirtió, pero ignoré su tono amenazante.―Estás haciendo una montaña de un grano de arena, y te dejé claro que no hicieras esfuerzos, ¿es que no me escuchas?―cogió la cesta de la ropa mojada llevándosela al porche pero se lo impedí.―¡Suéltala, Sakura!

―¡No, déjame que haga esto por lo menos!.―me negué tirando de la cesta.

―¡Te he dicho que sueltes!―los dos estábamos forcejeando y en un movimiento brusco la ropa cayó desparramada por el suelo del jardín.―¡Mira lo que has conseguido con tus tonterías! ¿Estás contenta ahora?― y con eso tuve suficiente. Sostuve la cesta vacía y se la estampé con fuerza en el estómago marchándome de allí.―Espera... ¡Oye, Sakura!

―¡Ni se te ocurra seguirme, Sasuke!.―le advertí furiosa apretando los puños, y eso pareció bastarle para dejarme en paz.

Me perdí por la parte trasera de la casa dando grandes zancadas. Notaba que echaba chispas por todos los poros.

Quise descargar toda aquella frustración acumulada contra algo y así lo hice: choqué mi puño derecho contra la corteza de un árbol partiéndolo por la mitad. Hizo bastante ruido al caer estrepitosamente con el suelo, espantando a algunos pájaros de alrededor. Si podía hacer una cosa así no iba a pasar nada por tender la ropa o lo que fuera. Estaba claro que Sasuke aún no me conocía realmente, porque a esas alturas estaba que mordía.

Encima dijo que no lo escuchaba. ¡No lo podía creer! Llevaba semanas oyendo "no hagas eso, no hagas lo otro..."

Para una cosa que le pedía que hiciera era incapaz de prestarme atención.

El resto del día estuve encerrada en mi cuarto. Era imposible para mí estar cerca de él sin que me hirviera la sangre. Así que me quedé allí, viendo el pasar de las horas recostada en la puerta observando el jardín anaranjado por el atardecer. Mi enfado, por ese entonces, había decaído considerablemente hasta sentir un incómodo peso en el estómago, y con él la luz del sol. En ese momento la luna resplandecía entera en lo alto del cielo y un grillo cantaba en solitario por allí cerca cuando le oí entrar. No se oyó nada y yo no hice ademán de volverme hacia él pero se mantuvo unos minutos en completo silencio antes de acercarse y sentarse al otro lado.

―¿Cuánto tiempo va a durar esto?

No le contesté. Ni pensaba hacerlo.

―Te estoy hablando, Sakura. ¡Contéstame!―giré el rostro al otro lado, ignorándolo, pero él me sujetó del codo para que me volviese.― ¡Oye...!

―¿Para qué si luego no me escuchas?.―le aparté el brazo bruscamente.―Lo único que te estoy pidiendo es que elijamos el nombre de nuestro hijo y tú no me haces caso. ¡Tan sólo un nombre! Es lo único que quiero, Sasuke. ¿Tanto te cuesta entenderlo?

―Lo que no entiendo es por qué le estás dando tanta importancia; lo hiciste con los otros dos, ¿que más te da hacerlo con éste también?

―¡Precisamente por eso! ¡Quiero que esta vez lo hagamos juntos!

―¡Tch...! Si te digo que lo hagas tú es por algo. ¡Maldita sea!

―¡Sasuke!―se levantó para marcharse pero lo agarré del brazo, aunque se resistió.― ¡Sasuke, espera!

―¿Por qué no puedes simplemente...?

―¡No! ―lo corté antes de que acabara con otra evasiva. Él me miró fulminante pero aun así no retrocedí. Me conocía bastante bien esa mirada.

―¡Papá, el baño ya está listo!―Takara irrumpió en la habitación y se quedó mirándonos en silencio hasta sonreír con entusiasmo―: ¡Genial, mamá también viene!

―¡Takara! ¿Cuántas veces tengo que decirte que no entres aquí sin llamar antes?― le regañó Sasuke e intentó echarlo de la habitación mientras el niño armaba un escándalo, sin embargo, en ese instante yo no estaba para preocuparme por eso.―¡Daisuke, llévatelo de aquí!

―¡Quiero que mamá venga, sino no me bañaré!

―No seas caprichoso, Takara. ¿No ves que están hablando? ¡Vamos!

―¡Suéltame, quiero con mamá!―Takara se pegó a mí como una lapa.― ¿Mmm?

―¡Déjalo ya!

―Mamá, ¿qué...?

―¡Daisuke!―Sasuke estuvo a mi lado en un segundo y levantó a Takara con un brazo.― Corre al pueblo y trae a los Okuda.― le entregó a Takara como si no pesara nada y Daisuke lo atrapó en sus brazos.―¡Deprisa y no se distraigan!

Los dos salieron disparados, tal y como les había dicho su padre que hiciesen, mientras él se quedaba conmigo tumbándome en el futon y encendía la luz de la habitación. Yo sólo podía pensar en que aún era un poco pronto, y me asusté, sobre todo al ver su mandíbula tensa y el rostro contraído.

―Sasuke... no es sangre, ¿verdad?―noté en mi propia voz que el miedo había empezado a apoderarse de mí, y más que una pregunta había sonado como una súplica. Las imágenes de aquella vez volvieron cruelmente a mi mente.― ¡Sasuke! ―le llamé, porque ciertamente no estaba allí conmigo sino perdido en aquellos mismos recuerdos. Reaccionó sacudiendo la cabeza y sentí su mano introducirse en mi ropa interior. Reaccioné a su contacto pero no aparté la mirada de su expresión tensa y llena de angustia. Deslizó la mano tras unos ansiosos

segundos en los que contuve la respiración y volví a llamarle con apenas un susurro.―Sasuke...

―No... No es sangre.―dijo casi inaudible más para él mismo que para mí.―No hay sangre.

Mis ojos se habían empañado y unas lágrimas abrasadoras corrieron por mis mejillas mojando la almohada. Fue en ese entonces cuando me di cuenta de que me había estado agarrando con fuerza a la cama, temblando de pies a cabeza.

Sasuke apoyó su frente contra la mía y yo no pude hacer más que aferrarme a él.

―Menos mal.

Los señores Okuda aparecieron por la puerta, junto a los niños, que estaban demasiado nerviosos y asustados, por lo que Sasuke tuvo que llevárselos de allí después de que la señora Okuda le asegurase que el parto aún iría para largo, porque por más que se lo pidiera no quería marcharse. Pero la señora Okuda tenía razón, todavía me quedaba una ración de contracciones y de la insoportable espera para dilatar; me hubiese gustado que se quedara conmigo pero lo mejor que podía hacer era tranquilizar a los niños para que no se preocuparan. Al fin y al cabo su nuevo hermano estaba en camino y pronto lo conocerían.

"Takara Dos", pensé inconscientemente. Seguro que nacería otro terremoto como él.

Llegaron los dolores fuertes y la señora Okuda me pasaba un paño con agua fresca por el rostro cada pocos minutos para quitarme el sudor. En cambio, el señor Okuda entraba y salía de la habitación contantemente, diciéndome cómo se encontraban los niños o que habían empezado a cenar y pronto Sasuke los acostaría. Dijo que no paraba de preguntarle cómo estaba y que parecía estar a punto de subirse por las paredes. Eso iba distrayéndome, más o menos, pero llegó el punto en que se hacía insoportable y no podía contenerme a gritar cuando la intensidad de las contracciones incrementaban.

―Aguanta, Sakura. Lo estás haciendo muy bien.

―¿Cuánto... falta?―pregunté jadeante.

―Tú sigue así, ¿de acuerdo?.―me mordí el labio de frustración. Quería que acabase de una vez.

Transcurrí las horas entre gritos, sudor y dolores, hasta que por fin me tocó la hora de empujar totalmente exhausta. La noche anterior no había dormido absolutamente nada y en ese momento lo estaba pagando muy caro. Estaba muy cansada, pero la señora Okuda no paraba de animarme una y otra vez dándome ánimos para seguir empujando hasta que conseguí escuchar el esperando llanto de mi hijo, que retumbó en toda la habitación.

―¡Aquí está, aquí está!

Me dejé caer con pesadez con un brazo tapándome los ojos, agotada y dando bocanadas de aire.

―¡Bien hecho, Sakura!.―me felicitó el señor Okuda.―Iré a avisar a Sasuke.―y salió del dormitorio.

―Aquí tienes, Sakura.―la señora Okuda estaba a mi lado acercándome a mi pequeño cubierto por una manta.―

Parece que cometí un error.

―¿Eh?

―Es una niña.―aclaró.

Observé a mi bebé dormido entre mis brazos, con su carita sonrojada. Esa vez no encontré los diminutos rasgos de Sasuke, porque al contrario que las veces anteriores, éste bebé se parecía muchísimo más a mí que a su padre.

Él estaba al otro lado de la puerta pero la señora Okuda les pidió que esperasen un momento para que pudiese revisarnos y cambiarnos.

―¡Felicidades, Sasuke!―le felicitó cuando lo dejó pasar, aunque éste no le prestó la más mínima atención, caminó directamente hacia mí sin fijarse en lo que tenía alrededor. Veía la ansiedad que trataba de disimular y le sonreí tranquilizadoramente. Estaba bien. Estábamos bien.― ¿Ya habíais pensado algún nombre?

―Sí, es una pena que ahora tengáis que cambiárselo.

Sasuke me miró interrogante y le entregué con cuidado al bebé.

―Aún no lo habíamos decidido, pero ya que ha sido niña tendremos que barajar otras opciones.―dije acariciándole la mejilla regordeta. Sasuke parecía sorprendido por la noticia, como yo hacía unos momentos atrás. Ambos esperábamos otro niño y al final resultó ser todo lo contrario. Una grata e inesperada sorpresa.

El matrimonio se quedó un rato más con nosotros hasta que les pudo el cansancio y decidieron marcharse, aunque les insistiera en que se quedaran en la habitación de al lado los dos terminaron yéndose para que tuviésemos más espacio para nosotros. Yo no quise debatir, estaba agotada y me limité simplemente a darles la razón y agradecerles una y otra vez. Sasuke me pasó a la pequeña y acompañó a los Okuda a la entrada mientras yo descansaba junto a ella, que estaba tan profundamente dormida que terminé por cerrar los ojos y unirme a su sueño.

Me removí algo inquieta y no encontré a la niña a mi lado. Había empezado a entrar luz natural en la habitación y, al darme la vuelta vi a Sasuke sentado junto al porche acunando a nuestra hija, con el amanecer de fondo. Era una de esas imágenes que no desaparecerían de mi mente tan fácilmente y me quedé observándolo por un largo rato.

Estaba tan tranquilo y relajado... Pocas eran las veces que lo veía de ese modo.

―Deberías dormir más, sólo llevas un par de horas.―dijo de repente sin levantar los ojos. Yo no pude más que sonreír. No iba a cambiar nunca.

―Estoy bien. Además, pronto se levantarán los niños y los tendremos dando vueltas por aquí.

―Mmph.―se tumbó a mi lado apoyándose en el codo y dejó a la niña entre los dos.―Más les vale que no armen mucho escándalo o se las verán conmigo.―dijo bastante serio y con el ceño fruncido.

―¿Te dieron muchos dolores de cabeza?

―Son igualmente testarudos.

―Tienen a quien parecerse.―bromeé. El me miró y por un momento suavizó el gesto y sus labios casi se curvaron hacia arriba.

―Mmph, casi estuve a punto de encerrarlos en su habitación.

"Sasuke y su falta de delicadeza", pensé y atisbé bajo sus ojos rasgados unas sombras oscuras. Él también necesitaba horas de sueño pero no apartaba la mirada de la niña ni un segundo; jugueteaba con su manita casi inconscientemente. Yo lo contemplaba, disfrutando de ese cálido y relajante silencio mañanero que se nos presentaba. Y tal vez, embriagada por esa sensación de paz alargué el brazo sin dudarlo, deslizando sus sedosos cabellos tras su oreja en una suave caricia, y mis labios se unieron a la piel de su mejilla. Después de todo lo que pasó el día anterior, el enfado y el malestar que sentí hacia él se habían evaporado. Sasuke soltó un profundo suspiro y se movió para apoyar su frente contra la mía, rozando delicadamente mis labios, aunque, yo me encargué de hacerlo un poco más profundo. No quería perder la intensidad del momento, y al parecer, Sasuke tampoco pero teníamos que respirar. Y aun así eso no le impidió apartarse. Había algo en la expresión de su rostro que me inquietaba, como si estuviese dándole demasiadas vueltas a algún pensamiento que le producía dolor, y volvió a besarme con urgencia, faltándome el aliento. Sus penetrantes ojos oscuros me abrasaban por dentro.

La puerta se abrió de un tirón y entraron en la habitación como dos torbellinos nuestros dos hijos mayores.

―Mamá, ¿cómo estás?

―¿Estás bien?

Los dos me observaban con las caritas llenas de preocupación.

―¡Ssht, silencio !―los regañó Sasuke en voz baja pero rotunda, y ambos obedecieron arrepentidos. Yo les sonreí haciéndoles indicándoles que se acercasen y se les iluminó el rostro.

―Hablad bajito, ¿de acuerdo?―les dije llevándome un dedo a los labios señalando al bebé. Asintieron y se arrodillaron para verla más de cerca.

―¿Es mi hermano pequeño?―preguntó inocentemente Takara.

―Hermana.―le corregí. Eso hizo que frunciera el ceño y se le formara una mueca en los labios. Por otro lado, Daisuke se acomodó junto a mí y se arrimó tanto cuanto pudo al bebé. Yo le acaricié los traviesos cabellos y le besé en la sien.

―¿Qué pasa, Takara?―Sasuke se sentó y lo arrimó a su regazo. Parecía disgustado y miraba hacia un lateral. Le pellizcó en la mejilla al ver que no respondía.―Contesta.

―Mmm... dijisteis que iba a tener un hermano, no una hermana.―farfulló por lo bajo, indignado.―Había pensado enseñarle a hacer muchas cosas y ahora no voy a poder.

―Claro que vas a poder enseñarle, y jugarás con ella. No será muy distinto a como querías, Takara.―le dije intentando convencerle.

―¡No, no es verdad! Las niñas son molestas y te persiguen por todas partes como hacen Nami e Izumi.

―¿Quién?

―¡Yo quiero un hermano!―saltó con un leve sonrojo cubriéndole las mejillas, pero esa vez había alzado demasiado la voz y Sasuke le tapó la boca rápidamente. Estaba siendo muy cabezota.

―¡Eh, me está mirando!―anunció Daisuke de repente y nos volvimos para ver al bebé con los ojos abiertos. Había heredado el mismo color que heredó Daisuke de mí.―¿Puedo cogerla?―preguntó con una sonrisa tímida bailándole en los labios y yo simplemente me derretí. Lo hice sentarse más cerca y le puse a la pequeña en sus brazos con cuidado, sorprendiéndose de lo poco que pesaba. Se notaba por cómo la miraba que ya la adoraba, y eso me hizo sonreír aún más.―¿Cómo se llama?

―Bueno... no lo sé aún, pero, ¿qué tal Sora?―dije agarrándole la mano.

―A mí me parece bien.―comunicó tras un breve silencio.―¿Y tú, papá?

Él me miró a los ojos por unos segundos y luego los desvió hacia el bebé.

―Sora está bien.

Takara se escabulló del regazo de su padre y se arrimó a Takara, acechando tras su espalda a la pequeña. No tardó mucho en querer cargarla y hacerle carantoñas. A los dos se les caía la baba con su hermana menor y acabé respirando tranquila después de la extraña reacción de Takara, aunque, cuando salieron de la habitación para desayunar se rezagó y me pidió que la próxima vez le trajera un hermano. Yo me sonrojé hasta las orejas pero él se marchó muy contento.

Dormí casi todo el día y sólo me despertaba para alimentar a Sora. Mientras, Sasuke se quedaba con ella para que pudiese descansar. Además, los niños siempre estaban a su alrededor, así que no tuve que preocuparme.

Los días siguientes fueron muy tranquilos aun con el lloriqueo de Sora. Los chicos bajaban a jugar al pueblo con sus amigos y los señores Okuda vinieron a visitarnos con varias personas con las cuales tenía muy buena relación con ellas en el pueblo. Esas veces, Sasuke se mantenía distante y se ocultaba en su propio mundo, o simplemente permanecía en la habitación junto a su hija hasta que se iban. Me lo encontraba durmiendo profundamente, y yo aprovechaba ese pequeño momento para poder observarlo y recordar aquel beso.

El llanto de Sora se oyó en mitad de la noche, pero antes de que me hubiese despertado del todo Sasuke ya estaba de pie, dirigiéndose hacia la cuna. Apenas entraba luz en la habitación y sólo veía su alta figura en la negrura de la noche. Al poco de unos minutos en los que reinó el silencio volvió a la cama y yo me moví pasando un brazo por su costado, apoyándome en su espalda y dejando que el sueño volviese a atraparme.

...

Abrí los ojos lentamente creyendo haber escuchado mi nombre, pero tal parecía que había sido un sueño y volví a cerrarlos.

―¡Espabila, Daisuke!―oí decir a la voz de mi padre de repente y mis párpados se abrieron de par en par, sorprendido. Estaba totalmente desorientado, y me encontré con él inclinado sobre mí observándome con cara de impaciencia.

―¿Qué pasa?― le pregunté restregándome los ojos adormilado. Todavía no había amanecido.

―Venga, vístete.―dejó mi ropa en mis rodillas y fue a despertar a Takara, zarandeándolo hasta que se levantó de un sobresalto.

―¡¿Qué, qué?!

―Daisuke y yo nos vamos; regresaremos mañana por la mañana. Tú te quedas aquí y cuidarás de tu madre y de tu hermana, ¿entendido?

―¿Eh...?―contestó completamente sonámbulo y con la baba colgando de un lado. Papá le tiró del moflete.―¡Ay, ay, ay!

―Si tu madre te pregunta dile que volveremos mañana temprano.―volvió a repetirle con irritación.

―Temprano... sí, mañana.―murmuró sin el menor sentido.

Me di toda la prisa que podía en vestirme. Takara estaba desesperando a papá por momentos, y es que despertar a mi hermano requería su tiempo, por esa razón me encargaba yo o mamá de hacerlo. Era un dormilón y el único momento del día en el que estaba tranquilo abrazado a su almohada era ése.

Papá lo dejó seguir durmiendo y los dos salimos del cuarto bajando las escaleras. Me indicó que cruzara en silencio el pasillo mientras él le echaba un vistazo a su habitación entreabriendo la puerta. En la entrada había dos mochilas en fila junto a los zapatos. Papá me pasó la más pequeña y después de calzarnos salimos de la casa.

Notaba escalofríos por la brisa fresca y entregó una capa lisa marrón oscura. Le pregunté a dónde nos dirijiamos.

―Tan solo camina y no te quedes atrás.―ordenó iniciando la marcha y echándose la capa por encima de los hombros. Yo le eché una última ojeada a la casa antes de seguirle el paso.

Me resultó muy extraño que de repente hiciéramos ése viaje tan inesperado, teniendo en cuenta que dejábamos a mamá sola con el cabeza-loca de Takara y Sora, con apenas un mes de haber nacido. Además, ésa era precisamente la excusa de por qué no habíamos vuelto al bosque a entrenar en serio. De todas formas, no me quedaba esperando, sino que me iba yo sólo a entrenar por mi cuenta, sino me encontraba a Takara antes que me arrastrara con él al pueblo. Mi hermano tenía muchos amigos a diferencia de mí, que siempre que bajo con él paso la mayor parte del tiempo ayudando a la abuela con sus pacientes o al abuelo en el taller.

Papá corría tan rápido que apenas podía mantenerle el ritmo y nos separaba cierta distancia. Él se dio cuenta aminorando la velocidad.

Descansamos un par de minutos en los que bebí agua y recuperaba el aliento. Era la primera vez que iba más allá del bosque y no estaba seguro de cuántos kilómetros llevábamos recorridos, pero el sol ya estaba en lo alto y yo necesitaba comer algo para reponer fuerzas. Miré en la mochila y encontré unas bolas de arroz rellenas de pequeñas ciruelas.

En la caída de la tarde vi que nos acercábamos a una ciudad con altos edificios. Tenía un aspecto bastante triste y deplorable, como si allí no viviera nadie, y tenía razón, no veía ni un alma por las calles. Estaban desiertas. Un ruido proveniente de un callejón oscuro me sobresaltó y choqué contra mi padre, pero sólo era un simple gato rebuscando en la basura. Aquella ciudad no me daba buena espina y me preguntaba qué estaríamos haciendo en un lugar como ése. Pero a papá no parecía importarle. Caminaba seguro y con un gesto impasible. Sabía a dónde tenía que ir exactamente; había estado allí anteriormente.

Nos detuvimos frente a un edificio con aspecto abandonado, como los demás, pero a éste le sobresalía una especie de choza de madera. Mi padre entró en ella sin pensarlo dos veces y yo le seguí de cerca. Realmente era un largo pasillo tenebroso y húmedo en ruinas, del techo colgaban unas gruesas cañerías que goteaban. Se me ponían los pelos de punta cuanto más nos adentrábamos, hasta que vi una puerta de madera muy bien cuidada.

No encajaba en un lugar tan lúgubre como aquel. Aun así mi padre abrió la puerta y me topé con una cortina rosa en mitad de la cara. Olía raro y fuerte. Parecía una especie de almacén, con cajas, pergaminos y armas de todo tipo colgando de la pared, pero lo que más captó mi atención fue una anciana sentada en mitad de la estancia con unas orejas puntiagudas en la cabeza y la punta de la nariz negra; fumaba tranquilamente de una pipa rodeada de gatos, impregnando el lugar de ese intenso aroma que noté al entrar.

―Me sorprende verte, Sasuke. No ha pasado mucho tiempo desde la última vez.

―Dije que volvería.―se conocían. Quise preguntarle qué relación tenía con esa abuela amante de los gatos pero preferí mantenerme callado y al margen.―Necesito un par de cosas más de las que te pedí.

―Claro, no hay problema.―respondió mientras hacía ronronear a uno de los gatos.―¡Tamaki!―alzó la voz, y al cabo de unos instantes una mujer joven apareció desde atrás. Se impresionó al ver a mi padre y percibí un significativo rubor en sus mejillas como a veces le ocurría a mi madre.―Pídele lo que necesites, Sasuke.

Papá se fue junto a ella y me sentí por un momento desprotegido. Percibía como si me estuvieran examinando de arriba abajo.

―¡Vaya, pero si es Sasuke!―escuché decir a mi lado y, en una de las cajas amontonadas había un gato atigrado de orejas caídas vestido con un kimono rojo. Inmediatamente retrocedí impresionado al darme cuenta que fue él quien habló.

―¿Y quién es este niño?―otro surgió por detrás, olfateándome. Era marrón y peludo, con orejas afiladas y también llevaba kimono, aunque de color azul.

―Es el hijo mayor de Sasuke.―dijo la anciana sonriéndome.―¿Cómo te llamas pequeño?

Miré de reojo el sitio por donde había desaparecido mi padre esperando a que se asomara.

―Daisuke.―respondí, aunque no estaba muy seguro de si debía decirle mi nombre a una completa desconocida y a dos animales parlantes.―¿Y tú?

―Me llaman Abuela-Gato y soy la dueña de esta tienda.―"¿tienda?" pensé irónicamente examinando alrededor.― Vendo armas y otros utensilios ninja a todo aquel que me pague, por ejemplo, ésa ropa que llevas puesta ahora mismo, aunque eso es un caso especial... Tu padre viene por aquí de vez en cuando, como solían hacerlo los miembros del clan Uchiha.―esa información me sorprendió, que papá sacara nuestra ropa de aquí no me lo esperaba en absoluto. ¿Y qué era eso del clan Uchiha? ¿Y por qué yo no sabía nada de aquella tienda hasta ese momento? ¿Acaso lo sabía mamá? Entendía que mi padre fuera un hombre complejo y misterioso, con algún que otro secreto guardado, como los tenía todo el mundo, pero no esperaba que nos ocultara ese tipo de cosas.

―Ahora que lo miro bien sí que se parece a Sasuke.

―Mmm... No, éste es más blandito.―rebatió el de orejas puntiagudas.

―¿A qué te refieres?―protesté. Me fijé que en el entrecejo tenía pintado un kanji: Shi-no-bi, leí.

―Blandito es blandito, niño.

Iba a replicarle otra vez pero la voz de Takami se oyó desde la trastienda.

―Abuela, ¿puedes venir un momento?

La Abuela-Gato despidió una gran ráfaga de humo por la pipa y se incorporó con fastidio.

―Denka, Hina, hacedle compañía a Daisuke mientras no estoy, por favor.―ambos gatos asintieron y la anciana se marchó tras la cortina. No me había dado cuenta de que había una cama.

De repente, el gato del kimono rojo saltó aterrizando en mi hombro y a punto estuve de perder el equilibrio. El otro, mientras tanto, no dejaba de observarme en todo momento.

―Daisuke, hueles muy bien.―comentó olisqueándome cerca del oído y haciéndome cosquillas. Me ruboricé.

―Tú eres Hina, ¿verdad?―la gata asintió meneando la cola.―Y tú Denka.

―Así es niño, y más vale que lo recuerdes.―me advirtió aunque lo ignoré.

―Esos de ahí,― señalé a los gatos que antes rodeaban a la anciana―¿también hablan como vosotros?

―No, no, no. Ellos son gatos normales; nosotros somos gatos-ninja.―explicó Hina. Nunca había oído hablar de algo así.

―Eres tan blandito como un bollo recién cocido, niño.―criticó el otro.

―¡Deja ya lo de blandito, no soy...!―Hina me tapó la boca con una de sus patas mientras miraba atenta la puerta, al igual que hacía Denka, quien había adoptado una postura de alerta y olfateaba el aire.

―¡Intrusos!―declaró, y salió disparado hacia la puerta que abrió con un ágil movimiento gatuno.―¡Vamos, Hina!

La gata bajó de mi hombro, siguiéndolo. Yo los vi recorrer el sombrío pasillo hasta perderlos de vista. No estaba seguro de lo que debía hacer en ese momento, si avisar a mi padre o ir tras ellos por si necesitaban ayuda, aunque, como bien dijeron antes eran gatos-ninja, así que no tendrían que tener problemas. Pero, ¿y si no era así?

La tienda debería tener alguna salida de emergencia, sino aquello se convertiría en un callejón sin salida si realmente eran personas no deseadas las que habían detectado Denka y Hina.

De la densa oscuridad provino un maullido lastimero y abandoné la tienda sin preámbulos. Me topé con Hina aferrándose con las uñas al rostro de un hombre que chillaba sin parar mientras otro alto y de bastante sobrepeso se la intentaba quitar de encima. Denka yacía en el suelo temblando y magullado, con otro individuo inclinado sobre él a punto de asestarle otra patada. En carrera, salté y eché todo el peso de mi cuerpo sobre mis pies unidos en su pierna y pude desestabilizarlo para que cayese de bruces contra el suelo; giré rápidamente la cintura en el aire apoyando las manos y solté la pierna contra la zona del pómulo, y acabó golpeándose la cabeza en la pared, dejándolo inconsciente. Hina voló un par de metros aterrizando perfectamente sobre sus cuatro patas y volvió a enzarzarse de nuevo con el de la cara desfigurada por sus garras, pero el grandullón se metió en medio y de un manotazo la derribó. Era enorme. Casi ocupaba la mitad del pasillo, por lo que pensé que le resultaría difícil moverse con soltura, así que intenté una finta como distracción antes de asestarle el golpe pero, me apartó como si fuese una mosca y derrapé junto a Hina, quien tenía el cuerpo encorvado y el pelaje erizado.

―¡Ahora veréis!

Vino a por nosotros directamente como una apisonadora y Hina atacó al mismo tiempo que me deshice de mi mochila lanzándosela a los pies de una patada. Casi se le enredaba entre las piernas mientras intentaba esquivar las zarpas de la gata, y en ese momento aproveché y me lancé sobre él también, cubriéndole la cabeza con la capa; me agarré con fuerza a su cuello ayudándome con las piernas, sujetando así la tela con ambas manos intentando resistir que lograse zafarse de mí con violentas sacudidas y puñetazos, mientras que Hina hundía sus afiladas uñas en las pantorrillas del grandullón, haciendo que se moviera de un lado a otro, hasta que lo tuve a tiro: hice palanca entre la capa y mis piernas sobre sus hombros y lo empujé directo contra la pared, cayendo redondo de espaldas.

Daba bocanadas de aire, sin fuerzas después de aquella salvaje cabalgada que apenas lo noté hasta el último segundo de sentirlo detrás de mí, y el kunai me rozó la mejilla, muy cerca del ojo derecho. El hombre al que Hina le había destrozado la cara estaba allí de pie dispuesto a matarnos a los tres. Tragué pesado. Yo era el único que quedaba en pie; mi compañera gatuna se había hecho daño en una de las patas delanteras.

Lanzó el kunai y vino hacia mí rápidamente desenfundando la katana. No me dio tiempo a evitar el primero cuando ya me estaba atacando con la hoja. Era muy rápido, no tanto como mi padre pero él no me había atacado con una espada afilada directa al cuello. Intentaba pensar cómo deshacerme de él pero apenas me dejaba espacio. No podía realizar el Katon en un sitio como ese, dañaría a los gatos y se extendería a lo largo del pasillo. ¡Maldita sea!

Lo único que podía hacer era esquivarlo y así no conseguiría nada. Si tan sólo pudiese concentrar el fuego en él...

Me distraje por un segundo y vi la katana en lo alto a punto de asestar un golpe certero. Rodé mi cuerpo entre sus piernas y salté al techo a la vez que él bajaba la hoja, chocando con un sonido metálico el suelo. Del bolsillo de atrás saqué el hilo y, con gran precisión, lo atrapé con él logrando sorprenderlo e inmovilizarlo. Concentré el chakra en mi pecho y maniobré los sellos que me enseñó mi padre.

―¡Katon: Ryuuka no Justu!

Dejé que las llamas recorrieran el fino hilo desde mi boca hasta acabar por rodearlo entre sus gritos, iluminando el lugar. Di gracias a que no pudiera verle la cara. Las llamas no se demoraron en desaparecer de su cuerpo que empezaba a chamuscarse y se derrumbó.

―¡Daisuke!―escuché pasos y la voz de mi padre llamándome a gritos en la distancia. Lo vi corriendo, del revés, hacia nosotros seguido de la Abuela-Gato y de Tamaki y no tarde en caer como una pegatina que se acababa de despegar del techo.

Sentí algo húmedo en la palma de mi mano que me hacía cosquillas y entreabrí los ojos para ver a un gato blanco y gris lamiéndome. Estaba tumbado sobre una cama y mi padre sentado a mi lado. La Abuela-Gato me había curado las heridas, como lo hizo con Denka y Hina que descansaban en unos mullidos cojines y les vendó las patas malheridas. Nos contaron que aquellos bandidos llevaban un tiempo molestándolos porque querían obtener una gran cantidad de armas sin pagar lo que debían e intentaban hacerlo por las malas y, hasta entonces, los habían podido frenar, pero en esa ocasión los derrotaron usando un combinado de hierbas y cítricos que afectaron el olfato de los dos gatos-ninja. Por suerte Hina no salió tan mal perjudicada como Denka y entre los dos pudimos vencerlos.

―¡Daisuke estuvo sorprendente!

―Fue blandito con el último pero estuvo bien.―admitió Denka mientras se lamía la pata. Al parecer tan sólo le dejé varias quemaduras graves por el cuerpo pero seguía con vida como esperaba. No usé demasiado chakra en esa técnica para ocasionarle algo peor.

Era de noche cuando nos despedimos de ellos cargando con todas las cosas que papá compró en la tienda. Se notaba que tenía prisa por volver a casa cuanto antes. El cielo ennegrecido ocultó a la luna y las nubes trajeron una brisa fresca consigo que anunciaba tormenta. Me puse la capucha de la capa sobre la cabeza cuando empezó a llover a cántaros, y acabamos por resguardarnos bajo la copa de un árbol.

Papá no abrió la boca ni una sola vez, ni siquiera cuando había despertado en la tienda. Su expresión bajo la lluvia no mostraba nada más que el gesto de siempre pero yo notaba una ligera tensión y nerviosismo, o tal vez era yo.

No lo sabía. Quizás esperaba que me respondiera sin más a lo evidente pero, ¿realmente quería saberlo? ¿Quería saber quién era exactamente mi padre? No era la primera vez que me hacía esa clase de preguntas desde que supe la importancia que le daba al nombre Uchiha.

Dormí un par de horas y reanudamos la marcha.

Siguió lloviendo a mares por la mañana, sin embargo se calmó un poco cuando encontramos el sendero que llevaba a nuestra casa por el bosque. Mi padre iba varios pasos por delante de mí y lo vi detenerse de repente. Yo hice lo mismo.

―Escucha, Daisuke, ―comenzó a decir sin darse media vuelta para mirarme.―Si tu madre te pregunta dónde hemos estado dile que te he llevado a hacer un entrenamiento intensivo.―ahí estaba. Lo sabía.―No le cuentes nada de esto, ni a Takara tampoco.

―¿Por qué?―contesté toscamente y hubo un breve silencio.

―Has venido conmigo para conocer a la Abuela-Gato y pudieras memorizar el camino. Sencillamente dile lo que te he dicho y listo.

―¡Por favor!―exploté.―¿¡Por qué!? ¿Por qué debería hacer lo que dices? ¿Cuántas cosas más ocultas y en cuántas has mentido?―patiné en el barro colocándome frente a él. Estaba furioso. Muy furioso.―¡Contéstame, papá! ¿Por qué te empeñas en ocultarle cosas a mamá constantemente? ¡Dime!―estaba completamente inmóvil bajo la lluvia, sin mover un músculo, y no podía ver la expresión que había tras la capucha. Sin embargo, apreté con fuerza puños y dientes e intenté controlar el nudo que me abrasaba la garganta y continué.―Siempre... Siempre haces lo mismo... Pareces estar bien y luego haces todo esto, sin preocuparte cómo podamos sentirnos los demás.

―Está bien, Daisuke.―murmuró. Alcé la cabeza y me miraba muy seriamente a los ojos.―Si estás enojado conmigo, está bien. Pero...―frunció más el ceño y cuadró los hombros.―no te permito que me juzgues por la forma en que protejo a mi familia. Si te digo que no es necesario que se sepa cualquier cosa que te diga o que hayas visto no se sabrá nada más que entre tú y yo, sin involucrar a nadie más; el asunto de éste viaje es algo entre tú y yo, y tengo razones suficientes para no hacer a tu madre partícipe de esto, no solo por su seguridad, sino por lo que pueda llegar a ocurrir.

―¿Qué quieres decir?

―Si confías en mí y quieres proteger a tu madre y a tus hermanos haz lo que te he dicho. Al fin y al cabo será una mentira a medias, puedes tomar esta excursión como un entrenamiento de orientación. Espero que te hayas aprendido el camino.―inquirió duramente.

―No es muy complicado.―susurré para mí. Seguía molesto con él. Aunque me había dado una buena excusa no me gustaba la idea de ocultarle algo a mamá.

―Mmph, más te vale. Y puestos a esconder cosas yo no le diré nada a tu madre sobre tus escapadas nocturnas.

―N-No sé de qué estás hablando.―tartamudeé nervioso. Me había pillado de lleno. Si se lo decía a mamá estallaría en cólera. La lluvia aminoraba y el cielo se iba tornando amarillo con la luz del sol que se filtraba por las nubes.―Sigo enfadado contigo.

―Lo sé, eres igual que tu madre. ―pasó junto a mi lado―Vamos, quiero llegar a casa.

Él se adelantó y pensé que aún había muchas cosas que no sabía, seguramente de su pasado pero, aquello era el presente. Tal vez debería apartar aquellas ideas por un tiempo y vivir el día a día con él, con mi padre. El hombre que nos protegía y cuidaba de nosotros de la única forma que sabía hacer.

―¡Te dejaré ahí, Daisuke!

―¡Voy!―me estaba esperando y corrí hasta alcanzarle. Me tiró fuerte de la mejilla.―¡Ay, ay! ¿Por qué has hecho eso?

―Por hablarme de ese modo. Ante todo soy tu padre, así que no lo olvides.―aclaró y abrí los ojos sorprendido y avergonzado. De nuevo volvió a pellizcarme, pero en el otro lado.―Y eso por tu imprudencia de anoche.

Me sobé la cara con alguna lágrima saltada. Al final sí era un padre como los demás.