―Sa… Sasuke… ¡Ah!

―Cállate.

―¡Basta es… suficiente!

―¡Tch! ―¡Aah…!―cubrió mi boca con la suya con la intención de acallar mis gemidos.

―No grites.

―Es tu culpa por… ¡Ah!... hacer estas cosas… a esta hora… ¡No… Ah!

―Deja de poner excusas. Además, ― su lengua húmeda ascendió por mi garganta.— siempre cedes cuando empiezas a sentir placer.

―sin más preámbulos arremetió bruscamente contra mí, volviendo a taparme la boca para sofocar mi grito inexistente mientras me sujetaba las manos por encima de la cabeza. Estaba atrapada, y lo único que podía hacer era abandonarme a su ritmo y procurar hacer el menor ruido posible. Iba a ser rápido, muy rápido. Lo notaba, me sentía muy sobre-estimulada y casi alcancé el clímax con su primera embestida…

―¡Tch…! ―se detuvo en seco y dirigió una mirada hosca hacia la puerta de la habitación. No entendí por qué hasta que habló en media voz. ―: ¿Qué quieren?

―Cre-Creíamos que te habías quedado dormido y…―¡los niños! Inmediatamente intenté incorporarme pero Sasuke me lo impidió descargando sobre mí una actitud desafiante. Me echó los muslos hacia atrás tanto como pudo, ayudándose de sus manos y su propio cuerpo e inició de nuevo el movimiento, mucho más profundo y lento. Me estaba muriendo, mientras que él, en cambio, se mantenía bastante sereno observando como un depredador a su presa torturada, arrinconada e indefensa.

―Estoy despierto. vallas y esperenme fuera, saldré en un momento.―movió la cadera y hundiéndose más hondo si podía para embestir luego con más fuerza, logrando que arqueara la espalda y echase la cabeza hacia atrás. Estuve a punto de ver las estrellas con eso último pero volvió a detenerse.―Esto no acaba aquí, Sakura.―sostuvo mis muñecas en alto y atrapando mi boca me embistió implacablemente hasta que exploté a su alrededor, quedando aturdida. Lo último que vi fue el techo del cuarto ennegrecerse…

―Oye, ―sentí unos toques leves en mi mejilla y abrí los ojos. Sasuke estaba a mi lado y totalmente vestido para salir.―No regreses muy tarde del pueblo.

―Tú tampoco. Y abrigense bien, ¿vale?―le pedí medio dormida.

―Duérmete.―se marchó y yo me abracé a mi almohada, disfrutando de la sensación de tener la cama para mí sola. Más tarde desperté percatándome de que algo, o más bien alguien merodeaba alrededor, además de que sentía leves tirones en mi pelo. Abrí un ojo y vi a Sora jugueteando con mis cabellos. Suspiré con pesadez. Había vuelto a escaparse de la cuna… Le agarré las manos antes de que se las llevara a la boca con mi pelo y la tumbé en la cama haciéndole cosquillas. Me vestí y fuimos a desayunar antes de bajar al pueblo. Todo estaba cubierto por una capa blanca de nieve bajo un cielo gris perla. No nevaba, pero aun así hacía frío, por lo que arropé bien a Sora antes de salir de casa con su particular abrigo blanco de orejas caídas. Era un pequeño conejito blanco danzando en la nieve. Le encantaban los conejos, e incluso me hacía peinarla con dos diminutas coletas para parecerse a uno de ellos; pronto cumpliría dos años y ya estaba revolucionada. Era una niña muy curiosa y por eso ninguno de nosotros cuatro le quitábamos los ojos de encima, y más aún porque había tomado por costumbre escaparse de su propia cuna. Tendría que hablar con Sasuke sobre ello, a ver qué podíamos hacer porque todavía era pronto para que subiese las escaleras…

―¡Nieve, nieve, nieve!―cantaba alegremente cogida de mi mano.

―¿Te gusta la nieve?

―¡Sí, gusta!―tiró de mi mano queriendo que la siguiera.―¡Jugar, jugar con nieve!

―Ahora no, Sora. Mamá tiene que trabajar.―llegaba tarde. La pequeña me miró haciendo pucheros con los labios. No le hice caso y me agaché para ponerme más o menos a su altura.

―Escucha, te prometo que luego jugaremos con la nieve, pero ahora mamá tiene que trabajar, ¿vale? Además, la abuela Okuda te dará chocolate caliente cuando lleguemos.

―¿Chocotate? ―Sí, chocolate.―le sonreí y ella extendió sus brazos hacia mí, y la cargué en brazos.

―Cuanto antes trabaje mamá antes podremos jugar con la nieve, ¿de acuerdo?

—¡Sí!

La señora Okuda le dio de buena gana el chocolate que le prometí y estuvo entretenida con los juguetes de madera que tenía allí y que le hizo el abuelo Okuda. A pesar de no ser sus verdaderos abuelos, los señores Okuda querían a los niños como si fueran sus propios nietos; había oído por varias personas que perdieron a su única hija hacía muchos años, a una edad muy temprana, y en ese aspecto podía entender el cariño hacia mí y el cual agradecía. El tiempo pasó volando entre pacientes y consultas. Algunos de ellos me preguntaban por Takara o Daisuke, ya que sus hijos y los míos se conocían y eran amigos, como por ejemplo: Takara y Haruhi. Por separado podías controlar a uno de ellos pero cuando se juntaban sólo existían sus travesuras. Los entrenamientos con su padre y su hermano no bastaban para descargar aquella hiperactividad que tenía a veces, y realmente temía cuando Sora creciese, ya que parecía ir por un camino parecido, aunque al menos a Sora no la había tenido que llevar con un arneses con correa como tuve que hacerlo con Takara.

La puerta se abrió estruendosamente dejando ver a un hombre con aspecto angustiado y desesperado llevando a una niña cubierta de sangre en sus brazos. La conocía: era Izumi, una de las amigas de los niños.

―¡Por favor…! Inmediatamente hice que colocase a la pequeña en la cama. Le rasgué con cuidado la manga ensangrentada y le inspeccioné el corte. Era profundo, pero limpio.

―¿Cómo ha sido?―le pregunté al padre que estaba al borde de las lágrimas. Con la voz estrangulada me contó que iban a arreglar una estantería e Izumi se cayó sobre un jarrón de porcelana que había en ella. La señora Okuda se acercó a él y se lo llevó detrás de la cortina para que pudiese atender a la niña. La herida le recorría hasta el antebrazo y por suerte no había cortado ninguna arteria importante, en cambio, lo que me preocupaba era la posición del brazo.

―Izumi, esto te dolerá un poco pero intenta aguantarlo, ¿vale?―le pedí después de cerrarle la herida. Ella asintió completamente pálida y con los ojos cerrados con fuerza. Parecía estar a punto de vomitar. Tras colocarle bien el brazo se lo inmovilicé con escayola. Estaría así una temporada hasta que el hueso se soldara. El padre no dejó de agradecérmelo hasta una vez cruzar la puerta.

Después de comprar unas cosas para la cena me entretuve charlando con varias mujeres mientras Sora jugaba con otros niños en el pequeño prado bañado por la nieve. El incidente de Izumi ya se había extendido por todo el pueblo, como era costumbre que sucediera cuando algo fuera de la rutina diaria ocurría. De repente comenzó a nevar y cogí en brazos a mi pequeña, subiéndole la capucha y arropándola con mi bufanda. Me despedí de todas y fuimos colina arriba en dirección a nuestra casa. Por el camino Sora se entretenía alcanzando copos de nieve con la boca haciéndome reír cuando ponía una expresión muy graciosa a causa de la sensación de frío. Resultaba adorable verla con aquellas orejitas de conejo, las mejillas y la nariz sonrojadas, y sus ojos resaltaban como los de una muñequita de porcelana. Abrí la puerta de casa y en la entrada encontré tres pares de zapatos.

―¡Estamos en casa!

―Hola, mamá.―Daisuke nos dio la bienvenida.

―Hola, cielo, ¿qué tal el entrenamiento?―le pregunté mientras me ocupaba de las botas de su hermana pequeña, quien estaba ansiosa por irse junto a su hermano. Él se acercó para hacerle carantoñas.

―Bien, ¿y tú día?

―Normal, bueno… Izumi se ha roto el brazo.

―¿Qué…? ¡Ay!―Sora le tiró del pelo para que le prestara atención. La subió a sus hombros y la niña río felizmente.

―Vamos a tomar un baño, luego me cuentas.

―¿Te ocupas de Sora mientras hago la cena?

―Vale, pero creo que papá ya se está ocupando de eso.

―¡El baño está listo, Daisuke!―se oyó la voz de Takara proveniente del baño.

―¡Voy! ¿Vamos a bañarnos, Sora?

―¡Sí! Era increíble la influencia que tenía a veces sobre ella. En la cocina encontré a Sasuke pelando y cortando verduras, moviéndose de un lado para otro. El recuerdo de esa mañana inundó mi mente y las mejillas comenzaron a arderme. No dije nada cuando entré porque sabía que había notado mi presencia, y además, era incapaz de mirarle directamente a la cara sin que me avergonzara, así que simplemente me concentré en guardar la comida que había comprado. Pero entonces, de un momento a otro sentí que me agarraba del antebrazo, plantándose delante de mí. Me arrinconó contra la mesa de madera y empezó por quítame la chaqueta.

―¡Sasuke!―intenté apartarle, porque, ¿qué demonios estaba pensando hacer? Entonces me acordé de sus palabras: "Esto no acaba aquí, Sakura".

―¡Sasuke aquí no, ahora no!

―¿Qué te ha pasado?

―¿Eh?―miraba fijamente mi busto, de una forma muy seria y que me preocupaba, sin embargo comprobé que no tenía nada que ver con mi pecho sino con una mancha de sangre que había en mi camiseta.

―No es mía, Sasuke. Si era eso lo que te preocupaba podrías haberme preguntado en vez de montar este numerito. Eres muy dramático.

―¿Y tú que estabas pensando?

―N-Nada.―me apresuré a contestar ignorando el rubor de mis mejillas.

―Ve a cambiarte.

―Ya voy.

La cena que había hecho Sasuke estaba deliciosa. Los chicos me preguntaron cómo se encontraba Izumi, aunque Takara intentara mostrarse despreocupado podía notar que le importaba, Daisuke, en cambio, se interesó lo justo. Terminamos de cenar y en tanto recogíamos la mesa Takara se me acercó con disimulo.

―Seguro que está bien, ¿no? Quiero decir que debió dolerle y…

―Está bien, Takara. Llevará varios meses un yeso, eso es todo. No te preocupes.

―¡No estoy preocupado! Le revolví los cabellos con cariño antes de ir a mi habitación para coger el pijama y entrar al baño. ¿Qué iba a hacer con él? ¿Con ellos? Eran tan opuestos y a la vez tan similares… Me enjuagué el cuerpo y el pelo lleno de espuma. El agua de la bañera seguía caliente y rebosante, era una delicia poder disfrutar de un baño relajado y caliente al final del día. Estiré mis extremidades y quede recostada jugueteando con mis cabellos; me lo había dejado crecer un poco más de los hombros y quizás lo mantuviera de esa manera, aunque si Sora no paraba de metérselo en la boca a la menor oportunidad tendría que cortarlo. La puerta del baño se abrió de improviso.

―¡Sasuke!―mi primera reacción al verle entrar totalmente desnudo al baño fue retroceder hasta chocar contra la pequeña estantería del fondo y algo cayó sobre mi cabeza. Agarré el patito de goma y le volví la espalda.―Aún estoy dentro, ¿por qué no esperas a que salgas? ―Tardas demasiado.

―I-Iba a salir ahora.―mentí con el corazón acelerado. Quería gritarle que se fuera.

―Pues sal. ¿Era idiota o lo hacía a propósito? No podía salir de la bañera con él delante. Si la habitación estuviese impregnada de un montón de vapor tal vez pero no lo estaba. ¿Qué iba a hacer? ¿Pedirme que le frotase la espalda? Sí, claro…aunque…

―Oye.

―¡¿Qué?!―¿qué estaba pensando? Era una pervertida.

―No queda mucha leña, así que bajaré contigo mañana.

―Ah, vale. El nivel del agua subió cuando hizo su entrada en la bañera, al igual que mis pulsaciones. Mis orejas estaban ardiendo de vergüenza. Noté que se movía y apreté sin querer el patito de goma.

―Ya eres mayor para estar jugando con eso.―deseaba no poder hacer pie en la bañera y ahogarme. Estaba muerta de vergüenza. De repente me quitó el juguete de las manos y lo miré por encima del hombro; estaba guapísimo y muy, muy sexy con el pelo mojado y echado hacia atrás de esa manera tan sugerente. Tragué pesado y di un respingo cuando sentí que me tocaba el cabello que caía por mi espalda.

―¿Vas a dejarte el pelo largo?―preguntó como si nada. ¿Es que no le incomodaba aquella situación?

―No lo sé, quizás… ¿Por qué? Atrapó mi cabellera, obligándome a reclinar la cabeza hacia atrás y, sosteniendo mi cadera comenzó a regar mi cuello de besos húmedos y pequeños mordiscos. Me tapé la boca con la mano e inconscientemente junté las rodillas.

―Tch…

Me empujó besándome profundamente, arrinconándome contra el borde, y aprovechó esa ocasión de distracción para que su rodilla se abriese camino entre las mías, a la vez que su mano ascendía hacia uno de mis pechos, masajeándolo.

―Sasuke…para ¡Ah!

―La próxima vez que me digas que pare te ataré. ―Pero…

―arremetió contra mí, con beso voraz y aturdidor.

―¡Estate quieto, Sasuke! Los niños pueden venir en cualquier momento.

―Entonces no hagas ruido.

―mordió el lóbulo de mi oreja y siguió jugueteando y tirando de mi pezón izquierdo, mientras su otra mano descendía sin pudor por mi cuerpo, y yo no podía hacer nada, porque se había encargado personalmente de que no volviera a juntar las piernas.

―Vas a pagar por… esto ¡Aah!―introdujo un dedo en mi interior.

―Mmph, cuando quieras.

Se posicionó junto a mí, acomodándome en su regazo. Notaba su excitación en mis nalgas; su pierna no había abandonado su lugar, pero en cambio, la mano que ocupaba mi pecho la deslizó por mi espalda hasta alcanzar al otro, y se llevó el que había dejado desatendido a sus labios, mientras que la otra mano seguía entre mis piernas. Tenía a Sasuke por todas partes y pronto me sentí acelerada, a punto de… se detuvo.

―¿Qué…?―su lengua invadió mi boca en un instante y muy lentamente empezó a formar círculos ahí abajo. Quería quejarme, pedirle que fuera más rápido pero no me dejaba. Recobró el ritmo anterior y volvió a pararse, para luego comenzar de nuevo lentamente, y así una y otra vez. Estaba torturándome y no podía más, la sensación era cada vez más fuerte.

―¡Sasu… ah!

―Cállate. De un empujón entró en mí y eché la cabeza hacia atrás, embargada por el fuerte orgasmo. Por suerte su mano taponó mi grito y, a pesar de ello, apenas había logrado recuperarme, me sacó de la bañera y me inmovilizó entre su cuerpo y los azulejos mientras devoraba mi boca sin dejarme respirar. Entre eso, el calor y los efectos del orgasmo mi cabeza daba vueltas y a Sasuke no le costó mucho esfuerzo levantar mi cuerpo lánguido y sujetarme contra la pared para continuar embistiéndome con fuerza.

Le eché los brazos al cuello, recibiéndolo y oyendo su respiración agitada junto a mi oído cuando incrementó la velocidad. Ambos buscamos los labios del otro con urgencia y posesión, y exploté alrededor de él, con un grito ahogado por nuestras bocas y el gruñido de Sasuke. Pasamos unos minutos en silencio en los que recuperamos el aliento, sin embargo, Sasuke no hizo el menor intento en soltarme, sino que se escondió en el hueco de mí cuello y yo, tan solo me quedé callada, con la vista perdida en un rincón del techo disfrutando de la calidez de su cuerpo. Giró la llave de la ducha y comenzó a caer sobre nosotros una cascada de agua caliente. Levantó la mirada, todavía sin decir nada, mirándome directamente a los ojos y nos besamos despacio, probándonos, y volviendo a hacer el amor.

―¡Lavence los dientes y a dormir!―avisé a los niños desde el pasillo.

Entré a mi habitación y me encontré a Sora metida en nuestra cama con cara de saber que había hecho algo que no debía.―¿Qué haces ahí, Sora? Vamos a dormir.

―¡Duermo aquí!―anunció y se escondió bajo el edredón.

―No puedes dormir aquí.―metí las manos buscándola y hacerle cosquillas para que saliera.―Vamos Sora, es tarde y tienes que dormir.

―¡Duermo aquí!

―¿Qué pasa?

―Sasuke entró al dormitorio fijándose en el pequeño bulto que formaba nuestra hija en la cama. Le expliqué lo que pasaba y lanzó su negativa.

―¡Yo quero, quero, quero! ¡Mamá, mamá!―lloriqueó en mis brazos.

Suspiré y miré a Sasuke: por una noche no iba a pasar nada.

―Tch, solo por esta noche.

―¡Bien, bien, bien!―gritó y fue corriendo a tumbarse sobre él.

―¿Sora va a dormir aquí? Daisuke y Takara entraron también.

―¡Lárguense!

―Si ella se queda nosotros también.―los dos saltaron a la cama pero Sasuke se abalanzó sobre ellos e iniciaron un revuelo entre los tres y Sora también, que apoyaba a sus dos hermanos mayores y estaba dispuesta a intervenir para ayudarles mientras se pasaban entre ellos la almohada de su padre y se subían encima de él.

―¡Ríndete, no tienes ninguna posibilidad!

―Sasuke, déjalo ya, ¿no ves qué es inútil?

―Sí, escucha a mamá.

―¡Callense! Si quieren dormir aquí haganlo ya, ¿entendido?

―¡Vale!―dijeron los tres al unísono. Apagamos la luz y los cinco nos metimos en la cama juntos. Como era de esperar los tres no se durmieron enseguida entre risas, bromas y conversaciones cruzadas en voz baja en las que nos hacían partícipes a su padre y a mí. Ese era uno de los momentos en los que era consciente de lo mucho que había crecido nuestra familia… apenas era ayer cuando Daisuke estaba dando sus primeros pasos y solo éramos tres en aquella casa deshabitada y solitaria, y en cambio, en ese momento era muy extraño que no se oyera algún alboroto por sus juegos o travesuras todos los días. Los arropé a los tres y extendí el brazo hasta la pequeña Sora quien se había refugiado entre los brazos de Sasuke y dormía plácidamente. …

―El siguiente. Esa mañana papá volvió a marcar nuestra estura en la pared de la entrada. Cada uno teníamos nuestra propia columna con nuestro nombre tallado. Como era normal mi hermana pequeña era la que poseía menos marcas en la pared, pero ese día había crecido un poco como Takara, quien estaba a mi lado orgulloso de su logro.

―¡Soy alta, mamá!―mamá aprovechó ese momento de atención para ponerle el abrigo, la bufanda y los guantes mientras la elogiaba.

―Daisuke.

―Voy.- Papá me aplastó el pelo y pasó el kunai por encima de mí cabeza con cuidado. Había crecido dos o tres centímetros más, pero Takara ganó esa vez.

―¡Yo conduzco el trineo! Me coloqué detrás de él en el trineo y lo pusimos en marcha antes de que Sora se encaprichara por subirse también. Era muy pequeña y papá y mamá no la dejaban a menos que fuera un tramo muy corto y sin mucha pendiente.

El río estaba totalmente congelado y se podía patinar por él sin ningún problema, aunque ninguno de los que estábamos allí éramos unos expertos haciéndolo, procurábamos no alejarnos demasiado de la orilla. En más de una ocasión me choqué con los demás y a la quinta vez decidí que ya había tenido suficiente y fui a sentarme, aunque no al lado de Izumi, quien reía divertida viendo a sus amigos hacer el ganso.

―¿Te has hecho daño?―¿por qué tenía que acercarse?―He visto que te caías mucho.

―N-No, que va… soy más duro de lo que aparento.

―¿Por eso no quieres hablar con nosotros?―esa pregunta me pilló desprevenido.

―Eres muy diferente a Takara, él es gracioso, extrovertido y a veces muy payaso, pero es un buen chico y le cae bien a todo el mundo que se acerque a él, en cambio tú…

―¿Te gusta Takara?

―¿Qué?―exclamó ruborizándose.

―¿Por qué… debería gustarme? Takara es mi amigo.

―Perdona, pero parece que lo observaras todo el tiempo.

―¡Te equivocas! Sólo soy observadora, además, es a Nami a quien le gusta Takara y no a mí.

―Ah.―vi a Nami deslizarse sobre el hielo y abalanzarse sobre mi hermano pequeño, que perdió el equilibrio y cayeron juntos. Aun así la chica seguía sin descolgarse de su cuello por más que Takara intentara quitársela de encima.

―Creo que es bastante obvio. Pero pensaba que os gustaba a los dos.

―Es mi hermana, y cuando me lo dijo me pidió que la ayudara.

―explicó un tanto avergonzada.―Cuando lo ha visto en el pueblo se ha vuelto loca.

―Ya lo veo…

―Tú no pareces muy contento.―admitió tristemente. ¿Qué esperaba? No le caía bien a nadie. Me tomaban por un bicho raro desde que era pequeño. Desde la base de la montaña se oyó el eco de un estallido y una espesa nube de nieve se levantó impidiendo ver los árboles del otro extremo del río.

―¿Qué ha sido eso?

―¿Una avalancha?

―¡El yeti!

―Eso no existe. Me incorporé y escudriñé la vista hacia aquel lugar esperando poder ver lo que lo había ocasionado. El hielo temblaba y escuché unos alaridos en la distancia. Un escalofrío me recorrió el cuerpo cuando vi aparecer a ocho trineos tirados por lobos enormes y hambrientos. Salté al hielo gritándoles a todos que salieran corriendo empujándolos y entre todos sacamos a los más pequeños. Los ladridos se oían cada vez más cerca al igual que los bramidos de quienes los conducían. Todos echamos a correr hacia el pueblo. Busqué a Takara entre ellos pero no estaba, miré hacia atrás y lo vi allí plantado, esperándolos.

―¿Qué estás haciendo? ¡Tenemos que irnos!―le grité histérico agarrándolo del abrigo para que viniese conmigo.

―¡Haruhi y los demás no llegarán a tiempo para avisar a los mayores si no les entretenemos! Era una locura pero tenía razón; la nieve dificultaba y ralentizaba el paso.

―Está bien.

Pasó menos de un minuto cuando se acercaron a toda velocidad hacia nosotros. Eran mucho más grandes de lo que suponía y nosotros éramos solo dos contra ocho moles y sus lobos salvajes. Ambos hicimos los sellos y lanzamos una bola de fuego. De detrás provenían los aullidos y gemidos de los animales, pero por el rabillo del ojo me percaté que estaban escapando por izquierda y derecha, arrojándonos redes para capturarnos. Sujeté a Takara de la cintura y los esquivé hacia un lado. Estaban escapando y yendo directamente hacia el pueblo. Corrí tan rápido como pude hasta alcanzar a uno y subirme sobre sus hombros, saqué un par de shurikens y los lancé a las riendas de los dos trineos más cercanos. Uno de ellos alcanzó mi brazo con el látigo y me hizo perder el equilibrio; los lobos que habían quedado sueltos corrían en tropel a por mí pero, entonces, Takara apareció sobre nuestro pequeño trineo echando fuego y los hizo retroceder. Me levanté y apenas veía nada entre aquella inesperada y extraña niebla… No veía a mi hermano.

―¡Takara!

―¡Mocoso estúpido!―lo sentí detrás de mí y logré esquivarlo por un pelo, pero no se detuvo, seguía atacándome con movimientos rápidos y hábiles.

―¡Te cortaré el pescuezo! Detuve su golpe ayudándome del kunai pero tenía mucha más fuerza que yo y acabó lanzándome un par de metros, rodando en la nieve. Tenía un corte en la mejilla y me había hecho daño en el brazo izquierdo. Recibí una serie de patadas en los costados y en la cara. Desgraciado. Un lobo descarriado se subió encima de él intentando morderle, y no desperdicié la oportunidad de salir corriendo y encontrar a Takara.

―¡No escaparás, mocoso!―saltó sobre mi cabeza y consiguió darme en la frente.

―¡Daisuke! Takara saltó del trineo en marcha dirigiéndolo al hombre de las dos espadas que lo destrozó en pedazos, sin embargo, sirvió para darnos tiempo en escapar. La ropa de Takara estaba completamente rasgada, como si se hubiera enfrentado a unas garras enormes que no poseían los lobos. Debía sacarlo de allí como fuera, estaba al borde de caerse desmayado y tan malherido como yo. De la nada nos salió al paso uno más de ellos, igual de grande y portando en las manos unas largas cuchillas afiladas: daba la impresión de un oso polar sediento de sangre. A su lado había dos lobos muertos. Takara retrocedió tirando de la manga de mi brazo bueno, asustado. Aquel hombre avanzó amenazante hacia nosotros, y distinguí en su brazo portentoso una banda de acero con un símbolo grabado que nunca había visto. Su sonrisa despiadada se ensanchó.

―Te encontré. Se me heló la sangre al oír aquella voz escalofriante justo detrás de mí, y en ese entonces, supe que era el fin. Estaba paralizado y ya era demasiado tarde como para hacer nada.

―¡Argh! Todo ocurrió muy deprisa y lo único que pude ver era la alta silueta de nuestro padre frente a nosotros.

―Vaya, vaya, así que tú eres el siguiente para divertirnos, ¿eh?―la niebla estaba desapareciendo y el de las garras de oso estaba en el suelo, limpiándose los restos de sangre de la boca y estaba furioso.

―Mi camarada te dará tu merecido.

―¡Vas a morir, desgraciado!―se cernió sobre él.

―¡Papá! Él lo esquivó sin ningún problema y le profirió una serie de golpes que lo tumbó fracción de segundos, inmóvil y los ojos vueltos.

―Tú… esos ojos…―oí que tartamudeaba temeroso.―…imposible… Uchiha… ¡Uchiha Sasuke!

―Ya te has divertido bastante. Lo que sucedió después quedó opacado por el chirriante sonido del Chidori de mi padre. Me giré hacia Takara, pero estaba inconsciente en la nieve… No me había dado cuenta. Caí de rodillas, exhausto. Ya había pasado, todo estaba bien. Papá estaba ahí. Cuando abrí los ojos reconocí el techo de mi habitación y mamá me abrazó demasiado fuerte. Me dolía todo el cuerpo. Takara estaba a mi lado vendado y lleno de tiritas, tal como yo debía de estar; tenía el brazo izquierdo envuelto, y alrededor de la cabeza. Mamá no nos soltó a ninguno de los dos mientras nos reñía y lloraba a la vez, era muy confuso, pero lo que sí estaba claro es que nos dejaría salir de la cama hasta habernos recuperado totalmente. Y no había discusión. Así que pasamos casi dos semanas en cama, aburridos y recibiendo visitas de los amigos de Takara, que no hacían más que rememorar lo ocurrido aquel día, y Nami no dejaba de colgarse de su cuello como un chimpancé. Me sorprendió que quisieran también hablar conmigo, como hacía Izumi. Transcurridas aquellas semanas de clausura pudimos salir a tomar el aire. Iba a volverme loco soportando a mi hermano entre cuatro paredes por más tiempo, y lo primero que hizo fue pedirle al abuelo un trineo nuevo, algo que no le hizo mucha gracia a mamá. Mientras la casa entera dormía, yo me desperté en mitad de la noche y salí de casa sin hacer ruido. Me interné en el bosque y corrí hacia el lugar de entrenamiento. Había pasado mucho tiempo. Dejé el abrigo a un lado y me acerqué a una gran roca. Me froté las manos y les di calor con mi propio aliento: me estaba pelando de frío. Necesitaba entrar cuanto antes en calor. Me posicioné e hice los sellos, y de mi mano emergió un chakra azul eléctrico y chirriante. Sin más dilación alcancé la roca con él, una y otra vez.

―Ya es suficiente, Daisuke. Surgió de entre los árboles, sobresaltándome.

―Quería seguir practicando; no tiene suficiente fuerza.―refunfuñé viendo cómo había llenado de agujeros a aquella roca, pero entonces papá me echó mi abrigo sobre la cabeza.

―Es tarde, y hace frío. Volvamos.―dijo, dándose media vuelta. Por alguna razón me sentí muy feliz de que hubiera venido a buscarme y me obligara a regresar a casa. Mejor que estar entrenándome. No lo pensé dos veces y, avergonzado me senté ruidosamente en la nieve, llamando su atención.

―¿Qué estás haciendo?

―Me he… eh… caído…―era penoso y tenía las orejas ardiendo.―…creo que me he torcido el tobillo.

―¿Ah, sí?

―Mmm.―no se lo había creído, ¿y quién lo haría? Estaba haciendo el ridículo de una forma muy infantil. Iba a levantarme, cuando vi delante de mí que me ofrecía su espalda para llevarme. Sonreí, incapaz de controlar la emoción aprovechando que no podía verme. Le pasé los brazos al cuello y me alzó con él. Su espalda era ancha y cálida a pesar del frío; cerré los ojos, disfrutando del viaje camino a casa e intentando no quedarme dormido.

―Daisuke.―oí que me llamaba.

―¿Mmm?

―No tengas tanta prisa por crecer.

Esas simples palabras bastaron para que se me formase un nudo en la garganta y todas aquellas emociones que estuve reprimiendo por esas dos semanas estallaron: tuve miedo, mucho miedo. Creí que no volvería a ver nunca más a mis padres, a mis hermanos ni a los abuelos... Creí que iba a morir.

―Feliz cumpleaños. Mamá nos esperaba a oscuras en la entrada y cuando nos vio aparecer me cogió en brazos, apretándome fuerte contra ella e intentar ahogar los fuertes e incontrolables sollozos que salían de mi garganta en su hombro. No me percaté que me llevaban a su habitación hasta que me acostaron en la cama, entre ellos dos; mamá me abrazó y tranquilizó lo que pareció ser un tiempo interminable, susurrándome que todo había pasado mientras me quedaba profundamente dormido.

―Nunca lo había visto así…―dije con un hilo de voz. Tenía a mi hijo mayor entre mis brazos, dormido después de consolar su llanto con el corazón encogido. Siempre era tan sereno y fuerte… seguía siendo un niño pequeño.

―Mañana estará igual que siempre.

―Tienes razón.―sonreí, pensando en su reacción cuando viera el pastel de cumpleaños que le tenía preparado. Aquella mañana cumpliría nueve años, y seguramente dirá que ya es demasiado mayor para fiestas y pasteles de ese tipo.

―Sasuke… Se había quedado dormido. Los dos tenían el mismo aspecto mientras dormían. Los arropé mejor y le aparté a Daisuke unos cabellos rebeldes de sus mejillas húmedas. Se removió y gimoteó un poco acurrucándose y le abracé, protegiendo el sueño de nuestro querido hijo.