El capitulo 5 esta recuperado gracias a una excelente persona que me lo mandó completo. Ahora ya lo pueden disfrutar.

Era el mediodía y ya casi había terminado de limpiar mi parte de la casa. Hacía un día estupendo para salir afuera, pero ese fin de semana nos tocó a Takara y a mí encargarnos de los quehaceres mientras los demás pasaban el día con los abuelos. Les di unas cuantas pasadas más a los cristales y noté que hacía un buen rato que no me cruzaba con Takara.

Era muy extraño. Se había pasado el día quejándose allá donde fuera… Subí las escaleras, buscándolo en el piso de arriba y vi la puerta de nuestra habitación entreabierta: allí estaba, jugando a levantar una pirámide de naipes. ―Takara, deja de jugar y ven a limpiar. No has acabado tu parte.―no hizo el menor caso. Estaba muy concentrado en posar la última carta que le faltaba para culminar.―Takara…―volví a llamarle.―¡Oye, Takara! Me harté. Apunté con el bote limpia cristales y rocié sobre la torre, consiguiendo que se derrumbase.

―¿Ah…? ¡Aaah!―gritó y me agarró del cuello de la camiseta, enfadado.―¡¿Qué has hecho, imbécil?! ¿Sabes el tiempo que me ha costado levantarlo?

―¡Eres idiota si de verdad crees que me importa!

―¡Me dan ganas de meterte una paliza!

―En tus sueños, ¡suéltame, estúpido! Mi hermano retrocedió el puño, preparado para golpearme en la cara, pero yo fui más rápido que él y le salpiqué directamente.

―¡Daisuke, idiota! ¡Mis ojos…! ¡Escuece, escuece, escuece! ―se quejó tambaleándose hacia atrás.―¡¿Ah?!―resbaló con sus propias cartas y cayó estrepitosamente al suelo.―¡Mi trasero! ¡¿Qué demonios es esto…?! Pensé en irme y dejarlo en la habitación para que siguiera holgazaneando y que mamá le diera su merecido por vago, pero entonces vi que se había quedado callado y estaba temblando. ¿Se había hecho daño de verdad? Me acerqué a él, preocupado.

―Oye, ¿qué te pasa?―y para mi sorpresa descubrí el conejo de juguete de nuestra hermana roto, más bien decapitado por el trasero de Takara.―¡¿Qué has hecho, idiota?! ¡Sora va a matarte!

―¡¿Co-Cómo que va a matarme?!¡Si tú no me hubieras echado ese veneno en los ojos no me habría caído encima!

―¡No es culpa mía que seas tan torpe! El muñeco hizo un crujido extraño y se le salió aún más la cabeza.

―¿Qué vamos a hacer?―estaba empezando a ponerse histérico, y yo también. A ese paso Sora nos convertiría en papilla.

―¿Y si lo metemos en el fondo del baúl con todos los juguetes encima?

―¿Qué dices? Se volverá loca buscándolo y ahí será el primer sitio donde mire.

―¡¿Entonces qué?!

―¡Estoy pensando, para de gritarme!

―¡No estoy gritando!

―¡Estamos en casa! El alma se nos cayó a los pies cuando oímos la voz de Sora desde el piso de abajo. Takara me entregó el muñeco en pleno ataque de nervios y yo se lo devolví como si me quemase en las manos; ninguno de los dos queríamos cargar con él, porque sabíamos que quien lo tuviese sería el culpable, y al mismo tiempo la víctima ante los duros puños de nuestra hermana pequeña. Abrió la puerta de golpe, y en ese momento Takara quedó paralizado, exponiendo la prueba del delito, y tuve que arrancárselo de las manos y ocultarlo tras de mí. Fue un movimiento arriesgado del que Sora no se percató, por suerte.

―¿Qué están haciendo?―preguntó extrañada al vernos allí de pie.

—N-Nada.―miré a mi hermano y le palmeé la espalda para que dejase de poner esa mueca contraída y estúpida de la cara.―Estábamos ordenando la habitación, ¿verdad, Takara?

―¿Eh?…¡Ah, sí! Ter-Terminaremos ahora el jardín.

―Mmm…―murmuró sin importarle demasiado.

― ¿Qué llevas ahí? El corazón me dio un vuelco y sentí un sudor frío en la nuca, detectando el peligro.

―¿Dónde?―dije haciéndome el tonto.

―Detrás de ti.―señaló muy interesada y persistente. No sabía por qué pero tenía la sensación de que lo estaba haciendo a propósito. Takara se removió a mi lado y noté su mano sudorosa tanteando en mi espalda, y por un lugar por donde no debía. Lo miré disimuladamente, reprochándole ese ataque personal y estaba a punto de echar humo por las orejas.

―¿Y bien?

―Ah… esto.―le mostré el bote de limpia cristales y el paño que llevaba en cada mano. Takara se encargó de sujetar el juguete.

―Estamos limpiando, ya sabes.―su risa nerviosa y forzada sobraba, aunque no podía reprocharle algo que yo también hacía.

―Qué raritos son.―sentenció, tocándonos la moral.

―Sora, ―oímos llamar a mamá.―¿puedes ayudarme a limpiar las judías?

―¡Voy! Se marchó y los dos dejamos escapar el aire que reteníamos en los pulmones. Había estado muy cerca de descubrirlo. Mientras Takara ordenaba la habitación yo intenté arreglar el muñeco volviendo a meterle la cabeza para dentro, pero el muelle que la sujeta se había soltado y la expulsaba del cuerpo. Era inútil. Bajamos las escaleras ocultándolo bajo la sudadera de Takara, echamos un pequeño vistazo a la cocina y vimos a nuestra madre entreteniéndole pelando judías. Teníamos que deshacernos del maldito muñeco.

―¡¿Tengo cara de chucho?!

―¿Se te ocurre otra idea mejor? Estábamos en el jardín arrancando las malas hierbas y pensé que sería una buena solución enterrarlo por ahí. Takara no estaba inspirado, así que entre los dos cavamos un hoyo medianamente profundo.

―¿Crees que deberíamos decir unas palabras?―preguntó cuándo terminamos de tapar el agujero. Lo miré de reojo, sin poder creer que tuviera ánimos para bromas, pero mi sorpresa fue que lo decía totalmente en serio. Juntó las manos y rezó―: Ojalá no te encuentre nunca.

Para la hora del almuerzo ya habíamos limpiado todo el jardín y la comida en la mesa transcurrió normalmente, sin ningún percance ni nada por el estilo, todo marchaba bien… pero no podía remediar lanzar alguna que otra mirada nerviosa hacia la puerta del jardín. Veía el lugar exacto donde había sido removido el terreno y no sabía si alguien más se percataría de ello. A lo largo de la tarde Takara y yo pasamos la mayor parte del tiempo en la sala, construyendo un gran puzzle de minúsculas piezas. Todo un reto ante la paciencia hiperactiva de mi hermano. Mamá estaba sentada a la mesa, leyendo y anotando notas de un volumen de hierbas medicinales que le había dejado la abuela aquella mañana, mientras que Sora, dibujaba tranquilamente a su lado con ceras de colores, pero hacía rato que no volvía, sin embargo, no le di importancia.

―Mamá, ¿has visto a Yuki? Me quedé helado a medio camino de encajar una pieza, al igual que mi latido. Frente a mí, Takara miraba fijamente el puzzle con los ojos muy abiertos y haciendo pucheros nerviosos con los labios.

―No, no lo he visto, cariño. Sentí un desagradable sudor frío recorriéndome la nuca.

―¿Y ustedes han visto a Yuki?

―¿Qu-Quién es ese?―se atrevió a preguntar Takara, erróneamente. De repente, su pie descalzo se posó con brusquedad sobre el puzzle que hacíamos, desbaratándolo, y ninguno de los dos fuimos capaces de decirle nada sabiendo lo que se avecinaba.

―Mi muñeco.―enfatizó lentamente. ¿Cómo era posible que esa pequeña nos diera tanto miedo?

―¡Ah, el co…conejo! N-No, que va. ¿Y tú, Daisuke?

―Para nada.―contesté negando con la cabeza. Esa mirada intimidaba casi tanto como la de mamá cuando se enfadaba de verdad.

―¿Seguro que lo has buscado bien, Sora?―le preguntó mamá, y eso la distrajo de nosotros por un tiempo.

―Sí, y no lo encuentro; lo dejé en la habitación esta mañana. Teníamos que salir de allí.

―Ustedes dos, ―papá entró a la sala dirigiéndose a nosotros.― dejen de llenar el jardín de basura. No tenemos perro como para estar desenterrando cosas. Lo llevaba en la mano. ¡Tenía el maldito conejo en la mano!

―Yu…Yuki… ¡Yuki! Se lo arrebató de los dedos y se quedó observándolo mientras las lágrimas empezaban a rodarle por los mofletes. Nos lanzó una mirada asesina que nos hizo retroceder.

―¿Han sido ustedes?―inquirió mamá enfadada y sin dar crédito.

―¡Fue un accidente!―me apresuré a decir en nuestra defensa y no vi cómo me lanzaba el muñeco a la cabeza. El terrorífico Conejo blanco de ojos rojos entró en acción y se cernió sobre nosotros sin piedad, cobrando venganza por lo que le habíamos hecho a su preciado juguete.

Tras aquella soberana paliza, vino la reprimenda de mamá y después de eso, el castigo de nuestro padre: tuvimos que permanecer de rodillas en el porche, con un cubo de agua helada sobre la cabeza y sin cenar. Al cabo de una hora tenía resentida la espalda, y mis piernas hormigueaban entumecidas.

―Me muero de hambre…―su estómago protestó, y el mío también.

―Ah… deberíamos haberlo lanzado al fondo del río, así no tendría la cabeza llena de chichones. Me molestan con el cubo…

―Al menos a ti no te ha mordido.

―Ese maldito conejo… Seguro que se tiene que estar inflando a comer de nuestra parte. ¡Ojalá explotes!―gritó con toda la intención de que lo oyeran.

―No habría tenido que decir que era un accidente: nos lo merecemos por idiotas.

―¡No cedas, Daisuke! Es lo que quiere ese monstruo mimado, hacernos débiles… ¡No te saldrás con la tuya!

―Bueno, por algo la llamamos con el apodo del Conejo blanco de ojos rojos: delante de papá y mamá hace su papel adorable y dulce, mientras que con nosotros…

―Es cruel y vengativa, aunque tú no puedes quejarte; de entre los dos tú eres el que siempre sale mejor parado.

―Me ha tirado el muñeco a la cabeza... Se escuchó el canto de un grillo que andaba por alrededor y mi estómago volvió a protestar de nuevo. Tenía hambre, y en cualquier momento pescaríamos un resfriado. Takara se removía inquieto moviendo las rodillas constantemente.

―Tengo ganas de hacer pis.

―Aguántate.

―¡No puedo!―su voz salió aguda y estrangulada. Estaba claro que no podía más.―Me lo voy a hacer encima.

Se me ocurrió una genial idea para pasar el rato y divertirme. Estaba en aquella situación por su culpa, al fin y al cabo.

―¡Pss… ¡―reproduje el sonido con la boca.―¡Pss… Pss…!

―¡Traidor, como te agarre… Ah…joder…!

―Venga, hazlo; le diré a todo el mundo que mojas los pantalones.

―¡No te atreverás!

―¿Y por qué no? Además, te haría un favor diciéndoselo a Nami. Así seguro que te dejará en paz. Por increíble que pareciese llegó a pensarlo por unos segundos, sin embargo su orgullo ganó la partida descartando la idea con cara de sufrimiento, y yo continué incordiándose haciendo ruido.

… Bajé las escaleras después de acostar a los niños en su habitación. Estaban empezando a discutir otra vez y Sora saltaba a la mínima que le dijesen algo. Cogió su propio futón y se lo llevó hacia un rincón de la habitación, lo más alejada que pudo de sus hermanos, que temblaban ante su mal genio. La luz de la sala estaba encendida, Sasuke seguía allí trastabillando con el pobre y destartalado conejo de juguete.

―¿Puedes arreglarlo?―le pregunté acercándome para verlo más de cerca. Estaba sucio a causa de la tierra y con la cabeza colgando de un fino muelle metálico.

―No lo sé.―lo encajó pero al instante el cuerpo expulsó la cabeza, como una caja sorpresa.

―Tal vez con pegamento.

―Mmm… ―me serví una taza de té, aunque realmente no me apetecía y tampoco podía irme a la cama a pesar de que me sintiera cansada. Le observé trabajar concentrado en lo que hacía, sin decir nada, y paseaba el dedo sobre el borde de la taza distraídamente mientras no paraba de darle vueltas a la cabeza sobre ese asunto que tenía entre manos. Sus ojos se encontraron con los míos, y permanecimos así por un momento, hasta que él rompió el silencio.

―¿Qué pasa?

―Nada.―suspiré mirando hacia el jardín. Por el rabillo del ojo vi que seguía observándome, impaciente. No estaba segura si debía comentárselo o no, pero me conocía lo bastante bien como para no dejar pasar el tema. Con un leve fruncimiento me apremió a decírselo—: Tengo un retraso.

―parpadeó un par de veces.―Aún no es nada seguro, por eso no quería mencionarte nada hasta que lo supiera con certeza.

―¿Y el medicamento?

―No lo sé, te lo acabo de decir; puede que solo se trate de una falsa alarma.

―Ya. Lo miré y me atreví a preguntarle.

―¿Quieres otro?

―Me voy a dormir. Dejó el juguete encima de la mesa y cruzó la puerta. Yo le seguí hasta el dormitorio cerrando al entrar.

―Sasuke.―lo llamé sin que me hiciera caso y se metió en la cama. Apagué la luz y me pegué a él bajo las sábanas.―¿Por qué no me contestas? Quiero saberlo.

―Déjame dormir, Sakura.

―No hasta que me lo digas.

―¡Tch!―pretendió darse media vuelta pero yo le sujeté de las muñecas subiéndome encima a horcajadas.―¿Qué estás haciendo?

―Respóndeme.―le exigí.

―¿Vas a seguir así toda la noche?

―Tú qué crees. De un rápido movimiento mi espalda tocó el futón y lo tuve sobre mí, apoderándose de mis labios e introduciendo su lengua entre ellos con facilidad.

―¿Pretendes asegurarte que estoy embarazada?―inquirí jadeando cuando nos separamos.

―Quiero que te calles y me dejes dormir.

―Pues no es eso lo que has conseguido.―tenía que saber que me había excitado y reclamaba por él. Quería que volviera a besarme. Agarré su camiseta y lo atraje hacia mí, abriéndome camino en su boca. Se le escapó un sonido grave desde la garganta y eso me incendió aún más. Di media vuelta y me lo llevé conmigo, quedando en la posición inicial.

Sasuke introdujo sus manos en mi camiseta pero rápidamente las aparté sobre su cabeza: no estaba para sus juegos suplicios en ese momento. Lo necesitaba. Me desprendí de mi ropa y de la suya sin abandonar sus labios, solo en aquellos pequeños intervalos que tenía que hacerlo por física. Hice que entrara en mí lentamente, derritiéndome por dentro. Me sujeté a sus hombros, iniciando mi propio ritmo y eso me trajo de vuelta a la realidad, ¿desde cuándo Sasuke me dejaba tomar el control? Pude ver por la luz de la luna que me observaba con ojos ardientes e intensos. Me detuve en seco; jamás había visto a Sasuke mirarme de esa manera. Sentí una cálida punzada en el pecho y los ojos empezaron a llenarse de lágrimas.

―¿Te vas a echar atrás ahora?―besó mi clavícula y fue ascendiendo por mi cuello hasta alcanzar la oreja con sus dientes.―Muévete.―me incitó en un susurro y gemí ahogadamente. Retomé el movimiento bajo su atenta mirada, sujetándome las caderas. Se le escaparon jadeos y suspiros de placer, pero al cabo de unos minutos apretó los dientes privándome de esos nuevos sonidos que había descubierto y que me fascinaban. Quería más, quería ver a Sasuke dejarse ir mientras le hacía el amor. Incrementé el ritmo, con la esperanza de conseguirlo, sin embargo me empujó contra la cama, salió de mí y me posicionó boca abajo, entrando con brusquedad. Mordí la almohada sin tener oportunidad de protestar por aquel cambio repentino. Estaba acelerándose por momentos, mientras le oía agitarse junto a mí oído alcancé el orgasmo con un estrepitoso grito ahogado abrazada a la almohada, pero no se detuvo ahí; otra vez hizo que me diera la vuelta, y alzándome las caderas me embistió muy despacio, logrando que arqueara la espalda alcanzó mis pechos, demorándose más tiempo del necesario en ellos sin apenas moverse. No podía soportarlo más, me iba a volver loca con sus atenciones y el ritmo cadencioso que había impuesto. Lo agarré de los hombros y no sé cómo conseguí quedarme a horcajadas. Lo vi con la intención de quejarse y rápidamente capturé sus labios, profundizando el beso enredando los dedos entre su suave y rebelde cabello. Él intentó apartarse cuando empecé a moverme sobre él, sin embargo no lo solté, ni pensaba hacerlo, sino que aumenté la velocidad besándolo con más fuerza. Sasuke se rindió finalmente con un gruñido sofocado y fue a mi encuentro, sosteniéndome con un brazo la espalda y, con la otra sostuvo mi melena, correspondiéndome de verdad al beso, apretándome contra él. La piel de su pecho pegada a la mía y sus brazos envolviéndome; una pequeña lágrima resbaló por mi mejilla. Me olvidé de todo, y tan solo me concentré en la sensación de tener a Sasuke tan cerca íntimamente en todos los sentidos que mi corazón se contraía de felicidad y amor por él. Cuando alcanzamos el clímax Sasuke se dejó caer pesadamente en la cama y yo lo seguí, quedándome sobre su pecho y escuchando los latidos de su acelerado corazón. Ambos jadeábamos cansados e intentando recuperar el aliento. Cerré mis ojos, no quería moverme por nada del mundo… Estaba tan cómoda…

―¿Cuándo lo sabrás?―oí que preguntaba después de haber permanecido callado.

―Mmm…―murmuré adormilada.―…dentro de un par de días; cuando pase el festival, quizás…―no pude contenerme―: ¿Qué pasa si lo estoy? ¿Serás capaz de aguantar a otro terremoto más corriendo por la casa?

―No, apenas puedo con esos tres…―confesó. Yo me reí por lo bajo recordando el alboroto que formaron esa misma tarde, y de todas las travesuras que han hecho juntos anteriormente. Aunque siempre discutían por cualquier tontería los tres estaban muy unidos.―Pero si viene uno…―continuó hablando―…pues que venga.

Sonreí, alegrándome escucharle decir aquello. Me acomodé en su pecho y cerré los ojos, suspirando satisfecha. Los latidos de su corazón palpitaban fuertes y relajados junto a mí oído, como una música constante para ir a dormir. … Después de desayunar aquella mañana mamá nos mandó a los tres a recoger una lista de hierbas medicinales que necesitaba y que el día anterior se encargó personalmente de apuntar a conciencia. Lo que no se esperaba era la tensión que se respiraba entre nosotros: pasaríamos el día entero solos, con los nervios de Sora a flor de piel y sin la vigilancia de un adulto, salvo la mía, que debía mediar entre mis hermanos y yo. Aún me dolía el lugar donde me lanzó aquel estúpido conejo, y para colmo papá pretendía arreglárselo, y encima se enfadó conmigo y con Takara echándonos la culpa de perder esa mañana para hacerlo. Había amanecido nublado y a veces se levantaba un fuerte viento; probablemente suspenderían el festival el día siguiente si empezaba a llover. Nos internamos en el bosque y caminaba junto a Takara mientras leía las anotaciones y dibujos de nuestra madre.

―Oye, Sora, no te alejes tanto.―le oí decir.―Sora… Oye, Sora… ¡Te estoy hablando! Nuestra hermana pequeña andaba un par de metros por delante. Estaba claro que no quería estar cerca de nosotros, y por esa razón no le prestaba atención a las indicaciones de Takara, quien se desesperaba por momentos. ―Sabemos que sigues enfadada por lo de ayer, pero ya te hemos pedido disculpas y lo sentimos mucho, así que… ―era inútil, los árboles me hacían más caso que ella. Pasaba absolutamente de los dos.

―¡Maldito conejo, escucha lo que te estamos diciendo!―lo sujeté de los brazos antes de que saliera corriendo a por ella, enfadado.

―¡Suéltame, Daisuke, se va a enterar!

―¡Ni de broma, se supone que están a mi cuidado! ¡Cómo le pase algo me la cargo!

―¡Tch! Desde la distancia nos hizo burla, enseñándonos la lengua y tuve que volver a sujetarlo, aunque por un segundo me planteé la posibilidad de liberar a la bestia al recordar el castigo por el tuvimos que pasar. Calmados más los ánimos, la mañana transcurrió entre arbustos y más arbustos hasta la hora del almuerzo. Buscar hierbas medicinales era agotador. Nos sentamos a comer la comida que nos había preparado a mamá a cada uno: a Takara y a mí nos dejó las sobras de la cena del día anterior, mientras que la de Sora era de esa misma mañana, e incluso había tenido el detalle de darle la forma de un conejo que sin duda había sido obra de papá. No había comparación de un almuerzo a otro; el nuestro tenía un exceso de verduras que no era normal. Takara y yo nos miramos y supimos que el castigo aún seguía en pie. Reanudamos la recolecta, dirigiéndonos a una claridad del bosque que daba al río y por donde continuamos buscando, pero no había tantas como pensábamos.

―Oye, ¿no crees que deberíamos dejarlo ya?―estaba de pie a mi lado, y miraba al cielo que se había vuelto aún más oscuro desde la mañana. El principio de una tormenta se oía a lo lejos anunciando lluvia. Me incorporé, haciéndole caso en que era la hora de volver a casa.

―Mañana no habrá festival… con las ganas que tenía.

―Puede que lo pospongan para otro día.―comenté echándome la mochila a la espalda. Lo habían preparado todo como para cancelarlo.

―Aun así sigue siendo un rollo.―se quejó.―Quiero comer takoyaki… jugar con mis amigos y ver los fuegos artificiales mientras como más takoyaki… Me paré en seco, mirando a un lado y a otro entre los árboles.

―¿Qué pasa?

―¿Dónde está Sora? No la veía por ninguna parte.

―Creí que estaba por aquí. Las primeras gotas empezaron a caer sobre nosotros y los dos nos dispusimos a buscarla llamándola en voz alta, pero no contestaba, ni tampoco había rastro de las orejas caídas de su sudadera blanca. ¿Dónde demonios se había metido? Había comenzado a llover y el viento soplaba fuerte. El río estaba embravecido y el corazón casi se me paró cuando encontré a mi hermana pequeña agarrándose a un tronco endeble, y al que estaba a punto de llevárselo la corriente.

―¡Sora!

Corrí lo más rápido que me daban mis piernas mientras veía cómo se desprendía el terreno por la ferocidad del agua y Sora caía al río antes de que pudiera alcanzar su mano. La busqué como un loco desde el borde, esperando que emergiese en cualquier momento, pero la ansiedad me consumía al ver que no salía a la superficie.

―¡Allí! Takara señaló a unos metros y corrimos en su busca; el tronco se había quedado encajado entre dos rocas y ella apenas podía sostenerse en él sin que el agua arrastrase su pequeño cuerpo. No habíamos traído cuerda ni nada que nos fuera útil para sacarla de allí, y no se me ocurrió otra cosa que bajar por la roca y sujetarme con mi chakra… Apenas descendí un par de metros me resbalaba sobre la superficie húmeda y tuve que hincar el kunai para no caer al río. Maldita sea, no había nada que pudiera hacer, salvo lanzarme al agua e intentar llegar hasta ella sin que me llevara la corriente.

―¡Daisuke! Me tiré de cabeza sin pensarlo dos veces. Luché contra la fuerza del río y a duras penas podía avanzar hasta ella, y para cuando lo hice, la madera no soportó más y se había partido por la mitad. Esa vez conseguí agarrar su mano a tiempo, sin embargo el agua acabó arrastrándonos a los dos pero, al intentar sujetarme a la roca, noté algo extraño y doloroso en el hombro. No tuve tiempo de prestarle mucha atención, y como pude saqué la cabeza de Sora del agua para que pudiera respirar. Casi era incapaz de mantenernos a ambos a flote. No podía mover el brazo.

―¡Aquí, Daisuke! Takara corría hacía el tronco de un árbol caído que atravesaba el río. Se ayudó de sus piernas para quedar boca abajo y con las manos libres. Cuando estuvimos cerca de él me sumergí y cogí impulso nadando con mis pies, mientras mantenía a mi hermana en la superficie, la empujaba con mi brazo izquierdo y Takara la atrapase pero no pude hacerlo. Conseguí darme la vuelta, llevándome un golpe en la espalda contra una roca que casi me deja sin respiración, aunque logré que nos detuviéramos.

―¡Daisuke…!

―¡Vete, Takara!―le grité a pleno pulmón sobre el ruido del agua y la lluvia.―¡Avisa a papá y a mamá, corre!―dudó, no quería dejarnos allí.―¡Date prisa, Takara! Salió escopetado y sostuve mejor a Sora que temblaba y lloraba en mi hombro bueno, asustada.

―No pasará nada, Sora; papá y mamá vendrán enseguida, ya lo verás. Estaba rabiando de dolor, y rezaba para que mis palabras fueran ciertas y apareciesen cuanto antes: la presión del agua se hacía cada vez más fuerte. Me resultaba muy difícil mantenernos a flote a la vez debía luchar con la ferocidad de la corriente… Sora se escurría de mi brazo. ¡Mierda! Volví a alzarla, ignorando el dolor agudo que se extendía a lo largo de mi brazo derecho. Tenía que aguantar.

―¡Sora! ¡Daisuke! Llegó a mis oídos el grito desesperado de mi madre. Papá estaba con ella, junto a Takara en lo alto de la roca. Vi que hablaba con él antes de descender como yo lo hice anteriormente, pero él, en cambio se sujetaba firmemente.

―¡Daisuke! La voz de Takara me advirtió a tiempo de reaccionar cuando vi que la mitad del tronco destrozado cerniéndose a toda velocidad contra nosotros. Di media vuelta sobre mí mismo, envolviendo y llevándome a Sora conmigo río abajo, antes de que colisionara estruendosamente en la roca.

Mi padre nos seguía el paso corriendo lateralmente contra la pared de roca. Yo estaba ahogándome y arrastrando a mi pobre hermana conmigo bajo el agua, donde apenas podía tener el control de mi cuerpo y chocaba con las piedras erosionadas del fondo. Saqué fuerzas de donde pude y, cogiendo su sudadera de un puñado salté a la superficie y la saqué completamente del agua, viendo como mi padre la atrapaba al vuelo antes de volver a zambullirme. Sentía que el agua succionaba mucho más que antes; mi cuerpo no respondía, y un montón de burbujas salieron de mi boca cuando fui incapaz de subir a respirar y poco a poco iba perdiendo la consciencia.

―¡Sakura! … Llegué tambaleándome a la orilla cargando con él en mis brazos. Rápidamente lo tumbé en el suelo, dándome cuenta que no respiraba... Junté las manos sobre su pecho, bombeándolo y practicándole apresuradamente la respiración artificial.

―No me hagas esto…―se le habían empezado a poner los labios azules.―…Por favor, Daisuke… Mis manos temblaban y notaba que me faltaba el aire. ―¡Despierta, Daisuke, por favor! Presioné con más fuerza, desesperada y muerta de miedo. ―¡Daisuke…! Su cuerpo se convulsionó bajo mis manos mientras echaba el agua por la boca. Inmediatamente lo acomodé de lado para ayudarle y no volviera a ahogarse... Había abierto los ojos y jadeaba en busca de aliento: estaba vivo.

―Ma…má… Le acaricié la mejilla, apartándole algunos cabellos mojados y lo ayudé a incorporarse, estrechándolo entre mis brazos.

―Menos mal que estás bien.

―No del todo; creo que me he hecho daño.―señaló haciendo una mueca de dolor. A través de la camiseta mojada vi que le sobresalía un bulto en el hombro.

―¿Sora… está bien?

―Sí…

―¡Sakura!- Sasuke corría velozmente hacia nosotros.

―Está bien, Sasuke, sólo tiene... Antes de que pudiera decirle nada más se lanzó a por mí, sujetándome de los brazos con más fuerza de la necesaria.

―¡¿En qué demonios estabas pensando?!―explotó. Parecía estar tan furioso y enfadado que quise retroceder, pero no me dejó.―¡¿Por qué no piensas las cosas antes de hacerlas, maldita sea?!

―Sasuke…―me había quedado sin habla viéndolo comportarse de aquella manera. Es cierto que fui imprudente lanzándome sin meditar lo suficiente cascada abajo pero, ¿qué podía hacer? Daisuke estaba cayendo, y no tuve tiempo para pensar en mi propia seguridad.

―¡Y tú…!―se dirigió a Daisuke, pellizcándole y tirándole de la mejilla.―Lo mismo va para ti, ¿lo has entendido?

―¡Sí, sí!

Takara llegó junto a nosotros cargando a Sora a su espalda, quien no se demoró en correr a los brazos de su hermano mayor. No le había pasado nada salvo el susto, y Daisuke le acariciaba la cabeza con cariño para tranquilizarla, pero sabía que estaba ocultando el mal estado de su hombro.

―Sora, necesito curar a tu hermano, ¿vale?―asintió, restregándose los ojos y sorbiendo por la nariz enrojecida.

―Quédate con Takara.―éste se acercó agarrándola de la mano y se hicieron a un lado.―Sasuke, necesito que lo sujetes…―le indiqué.― Tiene el hombro dislocado; procura que no se mueva. Hizo lo que le pedí y, tras tenerle inmovilizado sostuve el brazo de Daisuke, que aulló de dolor cuando le coloqué el hombro en el lugar que le correspondía. Le quité a Sasuke el delgado cinturón del kimono. ―Cuando estemos en casa te lo ajustaré con un vendaje,―le expliqué mientras le ataba al cuello el cinturón y le ayudaba a acomodárselo para que lo apoyase en él.―y no lo muevas ni hagas movimientos bruscos por unos días, ¿de acuerdo?

―Mmm. Había parado de llover. Las nubes estaban empezando a desplegarse y dejaban ver unos rayos anaranjados de luz cuando logramos regresar a casa los cinco. Los niños estaban a salvo, uno más magullado que los otros dos pero estaban bien. Después de tomar un baño Takara nos narró la trepidante aventura que habían vivido aquella tarde durante la cena, en tanto Sora ayudaba a Daisuke dándole de comer, ya que no podía utilizar su brazo derecho. Yo, en cambio, no podía quitarme de la cabeza la imagen de mi hijo inmóvil en el suelo, con el rostro pálido y sin respiración. Era como una pesadilla. Desde que vi aparecer solo a Takara en el jardín supe que algo no marchaba bien, y cuando encontré a los otros dos en el río y aferrados a una roca sentí que me moría, que me faltaba el aire. Mis manos temblaban bajo el agua del grifo y era incapaz de lavar un simple plato. Si no les hubiera dejado ir solos… Si no hubiera sido tan despreocupada… El contacto de Sasuke sobre mi frente me sobresaltó.

―Será mejor ponerte algo frío ahí; te has hecho un buen chichón. Las lágrimas empañaron mis ojos y corrieron descontroladas por mis mejillas cuando escondí mi rostro en el pecho de Sasuke.

―No podía respirar… No respiraba, Sasuke… Es culpa mía, todo es culpa mía…

―Sakura…

―Los dejé solos… ¡Soy una madre horrible!...Es mi culpa…

―¡Deja de decir tonterías! No me moví ni dejé de llorar cuando me cogió en brazos y empezó a caminar conmigo a cuestas. No podía controlar mis sollozos… Me sentía tan culpable y asustada…Mi cuerpo temblaba contra el suyo por el llanto. ―¡Basta, Sakura!―por más que me lo pidiera no podía parar.―¡Tch! No dijo nada más. Se quedó en silencio mientras me escuchaba derramar las lágrimas que mojaron su camiseta. Al cabo de unos interminables minutos, los sollozos fueron disminuyendo y solo quedó un pequeño gimoteo en la habitación a oscuras. Me había mantenido sobre su regazo, cerca de la calidez de su cuerpo. ―Sigues siendo una llorona…Casi consigues despertar a los niños con tus lloriqueos…

―Pero…

―¡Déjalo de una vez, Sakura! No ha sido culpa tuya; los tres están bien, así que se acabó, ¿entendido?

―Mmm.―asentí, volviendo a esconder la cara en su camiseta y dejar salir más lágrimas.

―Te vuelves muy sensible cuando estás embarazada. Dejó que llorase tanto como quisiera hasta quedar exhausta y completamente dormida contra su pecho. La mañana siguiente se presentó soleada y con el cielo totalmente despejado, sin rastro de nubes ni de los negativos pensamientos del día anterior, y todo se lo debía a Sasuke, que pasó la noche soportando mis gimoteos; el resto de la casa también se levantó con muchos ánimos, ya que cuando bajamos al pueblo supimos que aquella noche sí habría festival gracias al buen tiempo y hacían los últimos preparativos para que todo estuviese listo hasta entonces. Sora estaba especialmente emocionada porque estrenaba kimono nuevo, y no paraba de insistirme en que la ayudara a vestirse aun quedando varias horas para la ocasión. Por otro lado, Daisuke debía ir con el brazo vendado, pero realmente no le daba importancia a eso, sino que hablaba y hacía planes con Takara para esa noche. Solo esperaba que no volviesen a hacer una de sus travesuras. Terminé de recogerme el pelo frente al espejo y salí al pasillo hasta la entrada para calzarme las sandalias. El sol se estaba poniendo tras los árboles del bosque con un tono anaranjado.

―¡Qué guapa estás, mamá!―exclamó Sora nada más verme, arrimándose a mí.

―¡Sí, estás genial! Yo les sonreí con un leve sonrojo en las mejillas.

―Gracias, ustedes también lo están. Takara llevaba la vieja cámara de fotos en la mano y la montó para tomarnos a todos juntos una frente a la casa.

―¡Date prisa, papá! Estaba apoyado de brazos cruzados contra la pared, con la cara seria y vistiendo su kimono oscuro. No tenía ninguna intención de posar como le pidió que hiciese Sora.

―Todos los años lo mismo, Sasuke.―lo cogí de la muñeca y lo arrastré conmigo, donde lo esperaban los tres impacientes.

―¡Oye, Sakura! Los chicos lo aplacaron entre ellos y Takara se le subió encima, enseñándole al objetivo un gesto de victoria que imitó con sus hermanos.

―¡Preparados…listos…!

Bajando la colina los tres charlaban entretenidos por delante de nosotros. Sasuke caminaba un par de pasos por detrás de mí, parecía molesto por lo de la foto pero ya se le pasaría, como siempre. El pueblo estaba adornado e iluminado por pequeñas bombillas y farillos de papel lisos y con dibujos. Todo se notaba muy animado alrededor de los puestos; Takara insistió en comprar takoyaki antes de que todos se encontraran con sus amigos.

―¡Takara…!

―¡Suéltame, Nami!

―¡No!

―Buenas noches, señora Uchiha.―Izumi llevaba un kimono azul claro muy bonito y me saludaba educadamente con una reverencia.

―Lla-Llámame Sakura, Izumi.―le pedí mientras mis ojos buscaban nerviosos a Sasuke. Sin embargo, él se mantenía apartado de nosotros y miraba hacia otro lado. De cualquier forma, el pueblo entero creía que Sasuke y yo estábamos casados. Supuestamente, éramos el matrimonio más joven…

―¿Nos vamos?―oí que preguntaba Haruhi.

―¿A dónde van?

―Estaremos dando vueltas por aquí, mamá.

―Está bien, mientras no salgan del pueblo. ―¡Sí! El grupo se dispuso a irse pero rezagué un momento a Daisuke y me agaché un poco para hablarle en voz baja.

―Procura que Sora no se extravíe del grupo.

―No te preocupes,―dijo señalando. Su hermana pequeña hablaba y reía sin parar con Izumi.

―no se despega ni un momento de ella.

―¿Ah, sí?―no pude contener la sonrisa y mirarle significativamente. Realmente no pensé que estuviera interesado en esa clase de cosas, pero aun así…

―¿Qué pasa?

―Nada.

―¡¿Qué?! Le besé la mejilla y rápidamente su pequeño rostro se tornó de un rojo intenso, hasta las orejas.

―Vamos, te están esperando.―lo empujé para que se marchara. Era tan tímido a veces… y no hacía el mayor esfuerzo en ocultarlo. Me alegraba tanto que por fin hubiera podido hacer amigos… Ya no parecía ser el niño solitario que era siempre, en ese momento hablaba mucho más y su mundo se había hecho un poco más grande junto a Takara y Sora. Ellos le habían ayudado a abrir su pequeño caparazón.

―¡Sakura! Me encontré a unas amigas y fuimos a comer unos dulces con té mientras charlábamos. Por otro lado, Sasuke no daba señales de que estuviera pasándoselo bien…ni mal. Se sentó en otra mesa bebiendo té también, sin relacionarse con nadie, siempre hacía lo mismo: se pasaba la noche a cierta distancia, sin dejar de seguirme fuera donde fuese. Los señores Okuda se acercaron a saludar. Estaban dando un paseo y habían estado un rato con los niños. No dijeron nada que me hiciera pensar que podrían estar haciendo una de las suyas, así que no me preocupé. La gente comenzaba a reunirse y dirigirse hacia el prado, desde donde verían tirar los fuegos artificiales.

―¡Mamá! Los niños ya estaban dando vueltas como locos por allí y buscaron un lugar entre las demás familias para poder sentarnos en la hierba. Sora tenía entre las manos un enorme algodón de azúcar que compartía con sus hermanos y que me ofreció a mí también. Con el primer cohete, captó la atención de ellos tres, y un par de metros más adelante Haruhi les hizo señas con el brazo para que fueran a sentarse con los demás. Se volvieron a preguntarme y les sonreí, asintiendo, y se marcharon en tropel.

Me volví para ver Sasuke, quien miraba fijamente los fuegos sin prestarle atención alrededor. Deslicé la mano sobre la hierba, tras su espalda y me apoyé sin más contra su hombro.

―¿Qué estás haciendo?

―Ver los fuegos artificiales.

―Mmph. No dijo nada más, ni siquiera hizo el menor intento de apartarse, y eso me hizo sonreír aún más. Lo fuegos seguían estallando uno tras otro en el cielo de la noche.

―No estoy embarazada.

―¿Ah, no?

―No; he estado con la señora Okuda esta mañana y es seguro que no lo esté. De nuevo permaneció en silencio durante un momento. ―¿Decepcionado?

―No, realmente... Con esos tres llenando el cupo de emociones habría sido un problema, por ahora.

―Sí… Espera, ¿qué has querido decir con eso?

―Olvídalo.

―¡Mamá! Los niños vinieron corriendo hacia nosotros, interrumpiéndonos.

―¡Mamá ven con nosotros a bailar alrededor de la fogata!―Sora me agarró de la mano y tiraba de mí para que fuera con ellos.

―¡Espera un momento, Sora!

―Tranquilo, Daisuke. Tú bailarás con Izumi.

―¡No es eso!―exclamó sonrojándose todavía de lo que estaba. Pasamos el resto de la noche bailando e intentando que Daisuke dejara a un lado la vergüenza y siguiese el ritmo de la música rodeando el fuego. Me lo estaba pasando de maravilla viéndoles felices y riendo, disfrutando de la noche conmigo y sus amigos. Sabía que Sasuke no andaría muy lejos de allí, sin perdernos de vista ni un segundo. El hecho de que no estuviera embarazada no nos afectó a ninguno de los dos pero, sí me sorprendió descubrir que barajaba la posibilidad de ensanchar aún más nuestra familia… Sin embargo, como él dijo, estábamos bien los cinco juntos en ese momento. Si se daba el caso de un sexto miembro sería bien recibido, sin lugar a dudas. Pero mientras tanto, gozaría de mis tres hijos y de mi tiempo con ellos, junto a Sasuke.