Capítulo 12
Una enorme disculpa por apenas actualizar, haré lo posible por subir todos los capítulos restantes en breve y de igual manera, si alguien tiene una idea de como quiere terminar la historia hacérmelo saber por mensajería, ya tengo una redacción aventajada de la historia a partir del capitulo 17 que era el ultimo, sin embargo, una ayuda no estaría mal. Así mismo, les hago saber que esta historia no es mía, y con todo el respeto que se merece la autora original, solo le daré una final como se que muchas fans de la historia desearían.
...
Desperté muy temprano en la mañana y fui incapaz de volver a dormirme. Las cortinas estaban echadas y apenas entraba un resquicio de luz en la habitación medio a oscuras. Escuchaba las respiraciones acompasadas de mis dos hermanos pequeños, y mientras permanecía en silencio, miraba absorto la pequeña pieza triangular que tenía en la mano frente a mis ojos. La había guardado y ocultado con recelo desde que era muy pequeño… hasta el punto de desgastarse con el paso del tiempo. En ella estaban tallados de forma irregular mi nombre, el de mis padres y mis hermanos: cado uno ocupando una cara de la figura.
Nadie sabía de su existencia, y pretendía que siguiera siendo de ese modo. Era un objeto importante para mí y, posiblemente los demás no entenderían el por qué alguien guardaría algo así.
Detecté movimiento proveniente del piso de abajo. Me incorporé de la cama y me vestí, echándoles un vistazo a los otros dos; Takara se había movido hacia un lado, mientras que Sora se enredaba a su brazo como una enredadera murmurando algo sin sentido en sueños.
Cerré la puerta al salir, sin hacer ruido. Bostecé, en tanto me disponía a bajar al primer piso, sin embargo, me topé a mis padres bajo los pies de la escalera, demasiado cerca el uno del otro como para soportar aquella visión sin que me ardieran las mejillas, e inmediatamente me escondí.
¿Por qué tenían que hacer eso a esas horas? Desde el día en que Sora planteó la pregunta del millón de cómo se hacían los bebés no podía aguantar verles en esas situaciones sin recordarlo. Por más que Takara y yo evitáramos el tema, al final terminó recurriendo a nuestros padres, y yo no pude más que salir de la habitación, avergonzado cuando comenzaron a pasarse el uno al otro el problema sin saber qué decir. Deberían hacer ésa clase de cosas por las noches, como hacían todos los padres para que sus hijos pequeños no hiciesen preguntas.
Eché una pequeña ojeada, y suspiré aliviado al ver que el pasillo quedó despejado.
Papá salió de la cocina y yo me detuve en seco, a medio tramo de la escalera cuando lo vi allí plantado, mirándome tan fijamente y sin mover un músculo... Nervioso y dubitativo bajé los escalones que restaban, y al llegar al último me dio un capirotazo en la frente.
―Deja de espiar.
―¡N-No lo hacía!―farfullé muerto de vergüenza.
Se había percatado de mi presencia. Le di los buenos días a mi madre y le ayudé a hacer el desayuno, como casi todas las mañanas. Al poco tiempo Sora entró a la cocina enérgica, seguida de Takara que se restregaba los ojos aún adormilado y dando los buenos días. Después del desayuno, Sora arrastraba de la mano a nuestro padre por el pasillo hasta la entrada. Ese día nos tocaba medir nuestra altura, como de costumbre, y ella no paraba de dar saltitos para que papá se diera prisa en tomarle la suya, aunque al ver que no había crecido casi nada su ánimo decayó un poco y mamá fue a consolarla.
Takara, en cambio, sí había ganado un par de centímetros, pero esa vez yo los había superado con creces... Según mamá empezaría a dar el estirón; vi todas aquellas marcas, repasándolas una a una, las etapas que habíamos pasado delante de esa pared.
Salimos a fuera. Mi hermano y yo teníamos el día libre de entrenamiento por lo que pasaríamos la mañana en el pueblo con Haruhi y los demás. Sora y mamá irían a buscar flores y algunas hierbas medicinales que nos faltaban, y papá… bueno… supongo que se perdería en el bosque entrenando él mismo o algo así.
Hacía un día estupendo, el sol brillaba cálidamente en el claro azul de cielo y la leve brisa traía consigo pequeños pétalos de cerezo.
Nunca había recordado a ver visto el árbol del jardín tan bonito como entonces…
No sabía la razón, pero esa misma mañana me estaba fijando demasiado en cada detalle y en cada rincón que normalmente pasaría por alto. Era como si quisiera memorizarlo y gravarlo en la retina. Sentía una extraña sensación en el pecho cuando nos despedimos de mamá y Sora, y cruzábamos por el pasillo de arboleda.
Miré hacia atrás, viendo como nuestra casa iba desapareciendo poco a poco, detrás de una cortina verde de ramas y hojas que formaban los árboles del bosque.
―¿Pasa algo, Daisuke? Me detuve cuando la perdí de vista. Ese incómodo sentimiento no me dejaba en paz, como tampoco lo hacía la extrema tranquilidad de alrededor.
Algo en mí interior se inquietaba.
―No… Nada. Seguí andando a su lado, sin entender aún por qué lo dije, cuando realmente lo único que quería en ese momento era echar a correr hacia casa.
…
La mañana se presentó estupenda ese día mientras recogía flores y hierbas medicinales con mi hija pequeña. A esas alturas, Sora estaba aprendiendo a identificarlas con gran rapidez y podía diferenciarlas unas de otras.
Estábamos en un pequeño claro, donde había flores de muchísimos colores, e hizo con ellas un bonito ramo para que pudiésemos ponerlo en el jarrón de la sala. Yo le hice una corona de margaritas, mientras que ella se volvía loca intentando darles de comer a algunos conejos, y perseguirlos para poder abrazarlos.
Se estaba tan bien que por un momento me permití el lujo de recostarme bajo la sombra de un árbol y relajarme. Pensé en la posibilidad de traernos a los chicos la próxima vez; le pediría a Daisuke y a Sora que me ayudasen a preparar la comida, y podríamos hacer un pequeño picnic bajo ese mismo árbol. Seguro que les haría mucha ilusión esa idea. Hacía tiempo que no salíamos todos juntos a pasar el día en el bosque… La última vez fuimos junto al río, donde pescaron y jugaron en el agua, y aproveché esa ocasión para empezar a enseñarle a Sora a nadar, mientras que, por otro lado, Takara y Daisuke incitaban a que su padre se bañase también, a base de chapotearle encima…
Fue un día muy divertido.
―Sora, no te alejes mucho. Volveremos enseguida.
―¡Bien! Oí que decía a lo lejos.
No estábamos muy distanciadas de casa para que pudiera perderse. Conocía perfectamente el camino de regreso, aunque nunca estaba de más darle un aviso…
Podía distraerse con una simple mosca y dar rienda suelta a su imaginación cuando quisiera. Miré hacia el cielo, buscando la posición del sol en lo alto: era más del mediodía. Ya era hora de regresar a casa. Me incorporé y me eché la pequeña mochila al hombro.
―¿Sora?
La llamé, pero no contestaba, y tampoco la veía alrededor.
Rápidamente salí corriendo en su busca, internándome entre los árboles, y no tardé mucho tiempo en encontrar sus orejas de conejo detrás de unos matorrales. Seguro que había encontrado alguna madriguera.
―¿Qué estás haciendo ahí? Te dije que no te alejarás…
―¡¿Sakura…?!
Desconcertada, me giré hacia aquella voz tan extrañamente familiar en ese bosque y a la que no oía desde hacía mucho tiempo.
―Kakashi… sensei…
Estaba allí, mirándome con los ojos como platos, llenos de incredulidad.
Su aspecto, a pesar de ser el de siempre tenía las ropas sucias y cubiertas de sangre. Me había quedado paralizada. No podía creer que estuviese allí realmente… era como un fantasma. De repente se oyó un gemido lastimero y vi a Gai-sensei tumbado contra el tronco de un árbol, tenía el rostro sudoroso y pálido como la cera; a su lado Lee le presionaba con sus manos ensangrentadas el abdomen malherido, y no podía apartar sus ojos desorbitados de mí.
―Mamá… Su pequeña mano tocó la mía. Mostraba una expresión confusa y preocupada en la cara que me hizo reaccionar: tenía que tomar una decisión en milésimas de segundo… Y lo hice.
―Sora, escúchame bien.―me arrodillé hasta ponerme a su altura.―Vas a ir a casa y prepararás lo que voy a decirte, ¿entendido?―asintió nerviosa.
Después de listarle las cosas que debía hacer y memorizarlas salió corriendo como una flecha. Yo no podía pararme a pensar en nada, simplemente no quería, y me volví hacia los tres con la decisión y propiedad de un médico. Les di instrucciones para mover a Gai-sensei con cuidado y que pudiesen transportarlo medio inconsciente por el bosque, mientras yo les indicaba el camino hacia casa. Tenía un nudo atragantado en la garganta. Sentía como si la realidad me hubiera impactado cruelmente en la cara como un cubo de agua helada, despertándome de un largo y profundo sueño.
Cuando llegamos hice que instalasen a Gai-sensei en la habitación vacía del primer piso, donde Sora había organizado todo cuanto le pedí para tratar urgentemente a Gai-sensei: tenía una herida profunda, y por la que había sangrado bastante. Debía detener la hemorragia o no lo conseguiría.
―¿Estás bien, Gai-sensei?
―Está bien, Lee.―le aseguré, viendo lo angustiado que estaba al ver que no se había despertado.―Ha perdido mucha sangre; necesita descansar. Se restregó los ojos llorosos con el brazo e inclinó la cabeza.
―Muchas gracias, Sakura.
―Tranquilo.―no había cambiado en nada.―Será mejor que lo dejemos dormir. Los conduje a la sala por el pasillo, y entre Sora y yo curamos sus heridas. Kakashi-sensei no me quitaba los ojos de encima.
Sugerí que tomasen un poco de té e hice que Sora fuese a la cocina y saliera así de la habitación, dejándome a solas con ellos.
―Sakura…―empezó diciendo. Por alguna razón no me veía con fuerzas para mirarle directamente a la cara.
―¿Has estado viviendo aquí todo este tiempo?
―Sí.
―¿Por qué, Sakura?―intervino Lee, consternado.―Todos… Todos estábamos preocupados por ti y cuando no… Creíamos… creíamos que tú…
―Estoy viva, Lee.
―¿Por qué no volviste a la aldea, Sakura?
―Yo…―la pregunta de Kakashi-sensei me dejó sin habla. La aldea… ¿Por qué no volví a la aldea? ¿Por qué? Sabía que allí había gente que me estaba esperando: mis padres, mis amigos… Todas aquellas personas que consideraba importantes para mí. Entonces, ¿por qué razón no regresé? ¿Por qué había tardado tanto tiempo en plantearme algo tan lógico como eso?
―¡Estamos en casa! Aquel grito proveniente de la entrada me sobresaltó y Takara apareció despreocupadamente en el pasillo.
―¡Me muero de hambre…!―frenó en seco cuando se percató de la presencia de dos desconocidos. Daisuke surgió tras su espalda, mostrando una expresión que nunca antes le había visto. Parecía como si viera en él al mismísimo Sasuke. Y no fui la única que se dio cuenta de ello: Lee y Kakashi-sensei lo miraban fijamente, sin perder detalle del gran parecido que tenía a esa edad con su padre. Sora llegó con el té y quiso servir las tazas pero yo no la dejé.
―¿Por qué no subís a jugar arriba?
―No.―mi hijo mayor se había sentado contra la pared, al lado de la estantería y hablaba en un tono de voz que no estaba acostumbrada a oírle.―nos quedaremos aquí.
―¡Daisuke…!
―No importa, Sakura.―quiso finalizar Kakashi-sensei cordialmente.―Si le apetece quedarse aquí… Lo último que queremos es incomodar a Daisuke, ¿no es así?―éste arrugó aún más el ceño.
―¿Cuál es su nombre?―se dirigió a los pequeños.
Sora estaba pegada a mí, junto a Takara. Y pude ver que su actitud era mucho más reservada de lo que normalmente era.
―Takara.―contestó titubeante.
―¡Yo soy Sora!―la pequeña, en cambio, estaba animada como siempre. Y me alegré de que fuera así.
―Es un placer conocerlos. Yo soy Hatake Kakashi, y él es…
―¡Rock Lee!―se presentó enérgicamente. Escuché a Sora reírse muy bajito, y Takara levantó una ceja.
―¿Qué hay del que está en la habitación de al lado?―inquirió Daisuke.
―Es Gai-sensei. ―Los tres somos ninjas de la aldea de Konoha. Su madre ha sido muy amable ayudando a recuperarse a nuestro compañero y por dejar que nos quedásemos aquí.―seguía hablando utilizando ese tono afable.―Sentimos ser una molestia.
―¡No molestan! ¿Verdad, mamá?
Miré a Kakashi-sensei, sabiendo lo que estaba pasando y lo que sucedería a partir de ese momento…
―No… Apreté las manos y desvié la mirada hacia otro lado, sin poder soportar el nudo de la garganta que me estaba estrangulando.
―¿Qué es Konoha? Antes de darme cuenta vi sus pies desnudos en el porche y mis latidos, iban a mayor velocidad que el eco de sus pasos sobre el suelo de madera. Lo que ocurrió a continuación fue rápido, sin embargo, yo lo presencié todo a cámara lenta. Vi como Kakashi-sensei se incorporaba, en guardia, y por otro lado, advertí como los ojos oscuros de Sasuke se ensancharon sorprendidos, y a la vez, exponiendo un profundo odio hacia su persona. Mostró su Sharingan y, ante eso, yo no pude quedarme de brazos cruzados y corrí hacia él, al mismo tiempo que se disponía a lanzarse contra Kakashi-sensei.
―¡Sasuke, no!―lo sostuve de los hombros, empujándolo con todas mis fuerzas hacia atrás.―¡Para, Sasuke, por favor! ¡Basta…!―apenas podía con él, y tampoco me escuchaba. Aquel encuentro había conseguido afectarle.
Estaba descontrolado.―¡Por favor… Sasuke!―volví a rogarle, inútilmente.
―Los niños… Sasuke, los niños... No lo hagas…―no quería que lo vieran comportándose de ese modo. No delante de ellos.
―…Por favor…―murmuré sobre su pecho cuando se detuvo.
Hizo que le soltase la camiseta, a pesar de que no quería le dejé mientras sentía la irrefrenable necesidad de deshacerme en lágrimas cuando le oí dar un portazo. Sin embargo, tragué dolorosamente, sabiendo que debía aguantar todo aquello para no asustar más a los niños.
El transcurso de las horas se hicieron interminables desde que Sasuke se había encerrado en el baño. Mandé a los chicos arriba y dejé a Lee y a Kakashi-sensei en la sala en tanto yo me desterraba a la cocina y preparaba la cena, machacando los ingredientes a conciencia. Ya lo había organizado todo.
Fui a cambiarle los vendajes a Gai-sensei, quien continuaba inconsciente y, gracias a eso, tuve la oportunidad de disponer del equipo que sabía que tenía allí guardado. Al fin y al cabo, esa era anteriormente su habitación y era consciente de que no estaba totalmente vacía como había querido hacerme creer; en los cajones y en el armario encontré ropa, su espada, kunais y shurikens, entre otras cosas. Lo metí todo en una mochila y me lo llevé a mi habitación, escondiéndola en el fondo del armario, junto a la espada. No podía darle demasiadas vueltas a la cabeza.
Estaba determinada a hacerlo. Serví la cena y los seis comimos bajo un incómodo y tenso silencio. Los niños no tenían ánimos para probar bocado, y yo tampoco, pero tenía que hacerlo aunque me costase.
Cuando retiré la mesa les entregué a Lee y a Kakashi-sensei un par de mantas para que las usaran para dormir, ya que no tenía más futones de repuesto salvo el que utilizaba Gai-sensei. Supe a ciencia cierta que estaba siguiendo todos mis movimientos… Sólo esperaba que no se hubiese dado cuenta de lo que pretendía. No podía olvidar lo increíblemente astuto que era Kakashi-sensei.
Desde los pies de la escalera vi que la luz de la habitación de los niños estaba apagada, y en la sala parecía que el somnífero había comenzado a hacer el efecto requerido. Apagué la luz y cerré la puerta al salir al pasillo, suspirando profundamente antes de dirigirme al baño. Pero para mi sorpresa, no encontré allí a Sasuke.
Miré en el dormitorio: estaba a oscuras, sentado con la puerta del jardín abierta, y con la mirada perdida en la noche. Quise embargarme de esa imagen, retenerla en mi retina. Habían sido tantas las noches viéndolo allí sentado… Y esa sería la última vez.
Endurecí la mandíbula y caminé con decisión hacia él cerrando la puerta. No le di tiempo a reaccionar cuando lo agarré de la muñeca y lo arrastraba conmigo hacia el armario.
―¿Qué…?
―Les he administrado un somnífero en la comida que los anulará por un corto período de tiempo. El suficiente para que puedas escapar.―agregué sacando su equipaje y la espada.―Pero es mejor darse prisa, Sasuke.―se lo entregué, y sin embargo él no hizo el más mínimo movimiento por aceptarlo.
Permaneció un momento en silencio, como si no diese crédito a lo que me estaba oyendo decir.
―¡Te he dicho que te vayas!―le obligué a que lo cogiese todo y lo saqué arrastras de la habitación.
Si las cosas fuesen distintas… Pero no estaba segura de lo que harían con él... La perspectiva de que lo tratasen como a un criminal frente a los niños era insoportable. No podía exponerlos a eso.
Por doloroso que fuese, prefería mil veces dejarlo marchar a verlo encadenado y con un futuro incierto.
―Date prisa y vete. No sé por cuánto más durará el efecto.―si Kakashi-sensei se despertaba haría lo imposible para retenerlo.
―¿Necesitas algo más? ¿Lo llevas todo?―le pregunté sin poder remediar mirar hacia atrás por si aparecía.
―¿Por qué lo haces?
―Te capturarán si no te vas, y sabes perfectamente que a mí… me llevarán de regreso a la aldea…―me escocía la garganta, casi no podía hablar.
―Cuidaré de los niños. No les pasará nada, así que… no te preocupes.
―Sakura.
―Te prometo que cuidaré de ellos. Así que…Así…―no quería llorar. Pero ya no podía contener las lágrimas.
―Perdóname, Sasuke… ―no quería despedirme de él.―Me dije a mí misma que no lloraría, pero… antes de que te vayas, yo… quería que supieras lo agradecida que estoy contigo por haberme dado unos hijos maravillosos… Eres un padre estupendo y, a pesar de todo lo que hemos pasado,… he sido muy feliz durante estos años estando a tu lado… Viviendo juntos, como una auténtica familia… Como si realmente fuese tu mujer… De verdad, Sasuke… Gracias por haberme hecho tan feliz…
Agarró mi brazo e hizo que me encontrase violentamente con sus labios, sosteniéndome contra su cuerpo, y rodeándome de la cintura y la nuca. Su beso me supo amargo, a despedida. Y el dolor que sentía en el pecho se hacía cada vez más y más agudo. Me soltó, dándose la media vuelta demasiado rápido, y yo sólo pude dejarme caer de rodillas, temblando y con el rostro bañado en lágrimas. Apreté los dientes y los puños, frenando las ganas insoportables que tenía de abrazarle y no dejar que se fuera. Quería gritarle que se quedase conmigo, que no se marchase a ninguna parte y nos dejara solos.
―Sasu…ke… Escuché abrirse la puerta y fui incapaz de levantar la vista para ver cómo se iba. ―… Te quiero… Me daba igual que él no sintiera lo mismo por mí, no me importaba. Por encima de todo lo malo quería a Sasuke. Lo quería muchísimo.
―Gracias, Sakura. Cerró la puerta. Se había ido. Y me dejé caer finalmente al suelo.
Estaba sola en la oscuridad de la entrada, llorando desconsoladamente y echa un ovillo sin saber por cuanto tiempo. Lo único que podía pensar era en que Sasuke había vuelto a escaparse de entre mis dedos. Tal como un deja vú.
Pero, era bastante irónico, ya que en aquella ocasión no quise que dejara la villa y, sin embargo, en ese momento hice todo lo contrario. …Esta era la oportunidad perfecta… …Te he dejado infinidad de ocasiones para que desaparecieras… No puedo creer que te importe tanto como para que olvides tu propia libertad. ¿Por qué no volviste a la aldea, Sakura? ¿Que por qué no regresé? Sencillamente porque no quise. Elegí quedarme y vivir en mi propio sueño, con él y con nuestros hijos… En nuestra casa. Y decidí que el tiempo que pasaba junto a él era mucho más valioso que todo por lo que luché y dejé atrás; quería pasar el resto de mi vida a su lado porque era mi familia… Eras mi familia, Sasuke. Te había querido todos los días: en los malos y en los buenos, pero siempre lo había hecho. Y seguía haciéndolo… Cuanto más te había necesitado. Quería huir de la realidad. No soportaba la idea de abandonar nuestro hogar, Sasuke.
No quería volver a casa.
Los primeros rayos de sol me molestaban los ojos. Los había cerrado por un instante y me había quedado dormida en el suelo de madera.
Allí permanecí, inmóvil e intentando ver a través de la puerta sin lograr nada. Porque sabía que no iba a volver a abrirse. Sentía como si me hubiesen arrancado algo del pecho de cuajo y tuviese un gran agujero vacío por dentro. Y por lo que no supe de donde saqué las fuerzas suficientes para incorporarme y entrar en el baño.
Vi mi rostro reflejado en el espejo y apenas reconocí mi propia imagen: estaba pálida, con los ojos rojos y ojerosos, y las marcas de las lágrimas impregnaban mis mejillas. Además de eso notaba la cabeza embotada, a punto de estallarme. Pero agradecía ese dolor punzante en la sien. Me enjuagué la cara y salí al pasillo, donde Kakashi-sensei me esperaba.
―Supongo que eres consciente y no tengo que decirte que has cometido un delito dejándolo escapar, Sakura.
No era una pregunta, así que no me vi obligada a contestar. Ni tenía energías para hacerlo. Sólo miré al suelo permaneciendo en silencio. Kakashi-sensei suspiró.
―Será mejor que te encargues de Gai antes de que regresemos a Konoha, ¿de acuerdo? Asentí levemente y caminé hacia la escalera.
―Sakura… ―me retuvo sujetándome del codo.―Sin importar lo que haya ocurrido con Sasuke debes volver a la aldea…
―Tengo que ver a los niños.―murmuré con un hilo de voz. No quise mirarle, ni escucharle. Y él pareció comprenderlo cuando me liberó de su agarre.
―Está bien. Dejó que me fuera escaleras arriba. Cada paso que daba se me partía el corazón en pequeños pedazos. Esa parte sería la más difícil que tendría que hacer y soportar dolorosamente.
Abrí la puerta, encontrándome a los dos mayores despiertos, sentados el uno delante del otro mientras su hermana pequeña dormía plácidamente. Ambos se quedaron paralizados al verme entrar y yo, en cambio, fui directamente a despertar a Sora.
―Tengo que hablar con ustedes…―los tres se sentaron juntos, frente a mí.
―Así que escuchen atentamente lo que les voy a decir…―mi propia voz sonaba fría y sin vida, como si no fuese yo la que hablase sino otra persona completamente distinta.
―Su padre se ha ido,―me mantuve firme, sin derramar una sola lágrima frente a ellos. Por ellos. Pero realmente me deshacía por dentro.― y nosotros debemos irnos también, así que… recojan sus cosas e intenten estar listos para cuando les diga. Ninguno de ellos habló.
Sora no acababa de entenderlo y fruncía el ceño, confundida.
―¿Y a dónde vamos, mamá?
―Iremos a la aldea de Konoha; allí fue donde nacimos y crecimos su padre y yo.
―Entonces, ¿papá nos espera allí?
―No, no estará allí. Parpadeó, sin asimilar aun lo que estaba ocurriendo.
―¿No vamos a volver? Los ojos de Takara me miraban suplicantes y llenos de impotencia. Observé a Daisuke… No me había dado cuenta de la distancia que había interpuesto entre él y sus hermanos.
Estaba apoyado contra la pared, manteniendo la cabeza agachada y sin poder permitirme ver su rostro; tenía un aspecto absolutamente desolado y abatido que el agujero de mi pecho profundizó aún más.
―Dense prisa y hagan lo que les he dicho. Sin más dilación salí de la habitación. Bajé las escaleras llegando al dormitorio y, al cerrar la puerta no pude más y me derrumbé. ¿Por qué había tenido que pasar? ¿Cómo había llegado a esa situación?
Ellos no tenían la culpa de nada y sin embargo les estaba haciendo daño arrebatando a su padre y su hogar. Ni siquiera tuvieron la oportunidad de despedirse de él.
Deslicé la mano sintiendo en las yemas de mis dedos la superficie marcada de la pared. Todas aquellas señales que Sasuke había fijado abarcaban los años y momentos que pasamos juntos en esa casa… Recuerdo que fue idea suya y, aunque al principio lo ocultase no podía borrar las huellas que nuestro primer hijo iba dejando en la pared…
Era la prueba de cómo habíamos visto a nuestros hijos crecer día tras día. Bajaron la escalera uno a uno, cabizbajos, y fueron desfilando en la entrada sin mediar palabra. Antes que nada me encargué personalmente de escribirles una carta a los señores Okuda, agradeciéndoles todo cuanto habían hecho por nosotros y disculpándome por desaparecer tan de repente.
―¿Estás lista, Sakura? , Kakashi-sensei me esperaba en la puerta. Yo asentí, echándole un último vistazo al interior completamente desierto y en silencio, antes de cerrar la puerta.
―¡Kuchiyose no Jutsu!
Tras la humareda blanca de la invocación apareció Pakkun.
―¿Qué ocurre, Kakashi? ―Tuvimos un contratiempo y nos separamos del resto del grupo, -¿podrías llevarnos hasta ellos?
―No hay problema.―posó sus ojos caninos en mí por unos segundos y olisqueó el aire.
―¿Seguro que estarás bien, Gai?―se giró hacia Gai-sensei, quien estaba subido a la espalda de Lee.
―Tranquilo, Kakashi. Esto no es nada. Además… Sakura se ha ocupado muy bien de mí. ―
¡Los he localizado!
―Entendido.―se acercó a mí.―Iremos a un ritmo que puedan mantener los niños, y no perjudicará demasiado a Gai, ¿de acuerdo?
―Sí. Me reuní con ellos tres y comenzamos a seguir la estela de Pakkun por los árboles del bosque, mientras echaba la vista atrás y veía cada vez más y más lejos nuestra casa desaparecer en la distancia. Llegué a preguntarme si Sasuke también habría mirado hacia atrás cuando se fue... Si se le cruzó por la cabeza algún recuerdo en ese momento… Si echaría de menos a los niños… y a mí… Continuamos avanzando.
Lee y Gai-sensei iban delante, y mientras tanto, Kakashi-sensei permanecía casi a la par que yo, más rezagada con los niños.
―¡Allí están! Pakkun señaló hacia una formación de rocas, y pude reconocer a Shikamaru, Hinata y Kiba, junto a Akamaru, esperándonos.
Enmudecieron al verme aparecer tras Kakashi-sensei, y se sorprendieron aún más al ver a los niños a mi lado. Sabía que inmediatamente los relacionarían con Sasuke por el parecido físico de los dos mayores, y sobre todo por el emblema que llevaban a su espalda, incluida yo.
―…Les informaré más tarde…
―¿Tienes algo más para mí, Kakashi?
―Sí…―sacó un pergamino y se lo entregó a Pakkun.―Házselo llegar a Godaime, por favor.
―Entendido. Cogió el rollo entre sus dientes y echó a correr, perdiéndose en la espesura.
Nosotros reanudamos la marcha poco después por el mismo camino. Sin embargo, tuvimos que detenernos a descansar al anochecer y tuve que darle otra sesión de curación a Gai-sensei. Aún estaba débil y necesitaba reposar debidamente, pero eso no parecía entrar en los planes del grupo.
Se habían reunido y alejado de la fogata para que ninguno de nosotros pudiésemos oírles, aunque yo pude hacerme una idea de lo que estarían hablando; de cómo dieron conmigo y los niños, y de que fui la culpable de la huida de Sasuke. Temía el regreso a la aldea, pero no por mí… Me daba igual lo que pasase conmigo. Lo único que me preocupaba era que mis hijos no estuvieran solos y no les pasara nada malo. Solamente eran niños, pero, al fin y al cabo seguían siendo hijos de Sasuke. Así que la expectativa de que la aldea los rechazara era más que fiable; recibir a tres niños Uchiha, con un padre nukenin y sediento de venganza contra Konoha no podría ser de confianza.
―Mmm. Sora se removía y murmuraba en sueños en mi regazo, y en tanto también tenía a Takara echo un ovillo a mi lado.
Estaba a punto de quedarse dormido y lo arropé mejor mientras le acariciaba el pelo. Ninguno de los dos mencionaba una palabra y solo permanecían pegados a mí. Por el contrario, me di cuenta en el transcurso del viaje que Daisuke había adoptado una actitud distante y desafiante con respecto a los demás, pero en especial contra Kakashi-sensei. Lee y los otros intentaban interactuar con los pequeños.
Me agradó que pretendiesen hacerles el viaje más llevadero y se relajasen un poco. Sin embargo, Daisuke era reacio a que se les acercasen a sus hermanos menores, e incluso a mí. Siempre mostraba una expresión seria y despectiva, llena de completa desconfianza hacia ellos.
―Gracias, Hinata.―le dije mientras tapaba a mi hija con la manta. Había caído rendida enseguida. Parecía estar muy cansada después de todos esos días desplazándonos casi sin parar.―¿Cuánto tardaremos en llegar a la villa?
―Dos días… como mucho. Asentí.
Sora no aguantaría mucho más a ese nivel. A un par de metros, Takara estaba montado sobre Akamaru y escuchaba atentamente lo que Lee y Kiba le decían junto al fuego.
Los dos Senseis y Shikamaru charlaban entre ellos en voz baja y, Daisuke se había alejado bajo los pies de un árbol. Dudaba realmente que estuviese durmiendo. Los dos aparentaban estar bien.
―Me alegro de que vuelvas a la aldea con nosotros, Sakura. Todos te hemos echado mucho de menos… Y más cuando pensábamos que estabas… bueno… Que nunca más volveríamos a verte.
―Gracias, Hinata. Fue nostálgico, ver a Hinata sonrojándose y comportándose tímidamente. Y por un instante notaba como si nada hubiese cambiado.
Continuamos avanzando más y más kilómetros. Kiba lideraba al grupo subido al lomo de Akamaru junto a Hinata. Gai-sensei estaba más o menos recuperado, pero al menos podía andar sobre sus propios pies dejando libre a Lee, mientras que Shikamaru y Kakashi-sensei permanecían por delante de mí, en constante vigilancia a mis movimientos.
Notaba que habían acelerado la marcha desde que salimos esa mañana. Paré en seco cuando no encontré a Sora a mí lado. Me giré hacia atrás y la vi un par de metros rezagada. Se había detenido. E inmediatamente dejé la formación y fui a buscarla, preocupada.
―¡Sora!―me arrodillé a su lado cuando la alcancé. Daba bocanadas de aire, completamente agotada.―Sora…
―¿Qué ocurre, Sakura? Kakashi-sensei y los demás llegaron junto a nosotras.
Los niños se aproximaron de inmediato a ver a su hermana y me di cuenta de que Takara jadeaba sin parar: había llegado a su límite.
―Están muy cansados… No pueden dar un paso más.―y a decir verdad, yo también comenzaba a estar exhausta.
―Sería un problema detenernos ahora si queremos llegar para esta noche.―manifestó Shikamaru mirando a Kakashi-sensei, quien concordó con él.
―Akamaru puede llevarlos a los tres sin problemas, ¿verdad, Akamaru?―éste ladró en respuesta a Kiba.
Los dos montaron sobre él un tanto emocionados, a pesar del cansancio.
―¡Tch! No lo necesito. Daisuke se negó. Seguía utilizando ese tono hosco y desdeñoso que no era propio en él. Avanzamos sin tregua. Incluso caída la noche continuamos adelante sin detenernos, pero la fatiga en el grupo se hacía cada vez más notable, por lo que amainamos el paso y, tiempo después, a los lejos, pude ver cómo se extendían aquellas murallas.
Cayó una gota… Noté una punzada de dolor clavarse en mi pecho cuando nos acercábamos cada vez más y más en la oscuridad, exactamente hacia aquellos portones de madera. …otra más… Todas las luces estaban apagadas, y un ensordecedor silencio se extendía por el resto de la aldea a esas altas horas de la noche. Y empezó a llover. No sentí como si de verdad hubiese vuelto a casa.
Cruzamos la villa sin toparnos con nadie, refugiándonos de la llovizna bajo el techo del edificio; mis pies recordaban tan bien el camino que no tuve que levantar la cabeza para saber a dónde nos dirigíamos. Había recorrido una y mil veces ése pasillo.
Kakashi-sensei me pidió que me quedara y esperase allí con los niños mientras ellos llamaban y entraban en el despacho, cerrando la puerta.
―¿Qué pasará ahora?―Takara se sentó en el suelo, y Sora se estaba quedando dormida contra él. Yo me senté a su lado, colocándola en mi regazo y rodeándola con los brazos. Estaba helada.
―Esperaremos.
―¡Tch! ―miré de reojo a Daisuke.
―Lo que tendríamos que hacer es largarnos ahora que el tuerto no nos vigila.―se había dado cuenta. Yo no dije nada, y eso pareció cabrearle. Pero, ¿qué iba a hacer? No estaba siendo razonable, porque, ¿ir a dónde? Además, el cansancio acumulado nos afectaba a los cuatro. Y dudaba mucho que Kakashi-sensei o cualquiera de ellos bajara la guardia con nosotros… Habían estado pendientes durante todo el trayecto por si se nos ocurría escapar o… si aparecía Sasuke… La puerta del despacho se abrió y por ella desfilaron Kiba, Lee, Hinata y Gai-sensei, quienes no dijeron ni una palabra al marcharse por el pasillo.
―Sakura.―Kakashi-sensei me llamó desde la puerta.―Entra un momento. Desperté a Sora para que se pusiera de pie, y cruzamos la puerta de la oficina, uno a uno. La Quinta Hokage estaba esperándonos tras su escritorio, observando con mirada penetrante, mientras Shizune se sorprendía a su lado. Oí que Kakashi-sensei cerraba la puerta y se reunió junto a Shikamaru, que no nos perdía de vista.
―Me alegra mucho volver a verte, Sakura. Ha pasado mucho tiempo…―me sonrió cálidamente. Sin embargo, yo no pude devolverle el gesto.―Pero lo importante es que has regresado sana y salva y, parece que no lo has hecho sola.
Miró a los niños y me tensé al instante.
―¿Puedo saber sus nombres?―les preguntó amablemente, del mismo modo que lo hizo anteriormente Kakashi-sensei la primera vez que los vio. Y por alguna razón eso me asustaba. Sentía como si detrás de aquella sonrisa velara algo mucho peor. Hasta que no estuviese segura de que mis hijos estarían a salvo desconfiaría de todos ellos.
―¿Y tú no hablas?- Daisuke se mantuvo en silencio, y no parecía dar su brazo a torcer como sus hermanos. De repente se oyó un gruñido proveniente del estómago de Sora, y que al segundo, volvió a escucharse desde el de Takara. Los dos se sonrojaron y pidieron disculpas.
―No se preocupen; han hecho un largo viaje hasta aquí.―los excusó.― Shizune, por favor…
―Claro. No hubo problemas con Takara, y Sora inmediatamente se animó al ver a Tonton que los acompañaría junto a Shizune. Pero el problema seguía siendo el mayor.
―Ve con ellos, Daisuke. Miró a los que habitaban en la habitación y después a mí, enfadado. Como si me estuviera exigiendo algo que no podía darle. Lo ignoré. Me estaba haciendo las cosas más difíciles.
―¡Tch! Dio un portazo al salir.
―Se parece a él, en muchos sentidos.―comentó distraídamente, antes de posar los ojos en mí y cuadrar los hombros.―Kakashi me ha contado cómo dieron con vosotros por casualidad… y con Sasuke.―susurró. Podía ver lo que se le podría estar pasando por la cabeza en ese momento y, a pesar de que doliese, no la culpé.
―Jamás podría haberlo creído de no ser porque te he visto entrar con mis propios ojos por esa puerta. Han sido doce años dándote por muerta y apareces así, de la nada y con…―se paró en seco. No la estaba mirando pero pude oír que suspiraba pesadamente.
―Es tarde. Dispones de un pequeño apartamento. Sin embargo, no se les permitirá salir de ahí a menos que sea por orden mía o hasta nuevo aviso, ¿entendido, Sakura?
―Sí. Era más o menos lo que esperaba que sucediese.
―Bien. Eso es todo por ahora. La lluvia volvió a caer sobre nuestras cabezas cuando dejamos el edificio en compañía de Shikamaru. Kakashisensei, en cambio, se había quedado en el despacho de Godaime tras aquella breve conversación.
―Es aquí. Tan sólo era una pequeña casa a la que se debía acceder por una escalera y un pasillo de fondo. Abrió la puerta y encendió la luz: solo constaba de un reducido salón con un dormitorio, la cocina y el baño. Shikamaru aseguró que lo mandaron limpiar antes de que llegásemos pero, el interior estaba completamente helado.
―Gracias, Shikamaru. Dije, siendo lo único podía decirle cuando me entregó las llaves, y entonces, me percaté del individuo a la izquierda del corredor.
―Los mantendrán vigilados hasta nueva orden.―no era solo uno. Shikamaru se giró hacia mí con expresión seria.
―Procura hacer lo que te ha dicho Godaime y no salgan de casa, Sakura. Asentí cabizbaja ante su advertencia. Lo sabía muy bien. Había dos únicos futones en el apartamento y los uní en la habitación para que pudiesen dormir allí los tres juntos. Cayeron rendidos nada más meterse bajo las sábanas, incluso Daisuke, que se esforzaba por mantener los ojos abiertos.
Sabía que quería respuestas y una explicación de por qué habían sido arrastrados hasta allí, pero aún no podía dárselas. No estaba preparada ni tenía fuerzas para ello. A través del cristal de la ventana del salón veía la incesante lluvia caer y, tras ella, distinguí a tres agentes ANBU acechando en sus respectivas posiciones. Contando el de la entrada serían cuatro en total... Uno para cada uno. Dejé la habitación a oscuras y me derrumbé en el rincón de la ventana, llorando desconsoladamente y ahogando los fuertes sollozos que nacían en mí pecho. Me sentía tan sola y abandonada, retenida entre esas cuatro paredes que, de ahí en adelante, iban a convertirse en mi nueva prisión.
