Me eché el agua en la cara. Unas sombras oscuras recorrían el contorno bajo mis ojos hinchados. Estaba tan pálida que parecía un espectro frente al pequeño espejo del baño.

Observé los cabellos húmedos en mis mejillas.

¿Vas a dejarte el pelo largo?

Su voz resonaba dentro de mi cabeza y tuve que agarrarme al lavabo para no volver a decaer en las lágrimas otra vez. Había sido una noche horrible. Impregnada de recuerdos, sobre todo de la noche en que me despedí de él; no hacía más que reproducirla una y otra vez en mi mente.

Salí al salón a oscuras y oí un leve golpeteo contra el cristal de la ventana: Kakashi-sensei me esperaba desde el exterior.

―Buenos días, Sakura.―saludó cuando corrí el vidrio. Yo, en cambio, no le respondí, ya que no podría ser un buen día para mí.―Siento mucho decirlo, pero no tienes buen aspecto… Supongo que no has podido dormir…

―¿Qué quieres, Kakashi-sensei?

Mi voz apenas tenía fuerza y sonaba como un témpano de hielo.

―Vengo por orden de Tsunade-sama; quiere verte ahora.

Alcé la vista a la habitación. No quería dejar a los niños solos.

―Toma. ―extendió frente a mí una bolsa blanca de plástico.―Me he permitido traerles el desayuno.―sonrió bajo la máscara y yo lo acepté, agradecida ante ese gesto considerado por su parte.

Desperté a Daisuke, informándole que iba a salir y que no debían moverse del apartamento bajo ningún concepto. Y ante eso, intentó discutir conmigo empleando ese nuevo comportamiento que había adquirido. Sin embargo, no le presté la más mínima atención y me fui sin más.

Kakashi-sensei me esperaba bajo la escalera.

El cielo aún estaba ennegrecido por la mañana, y las calles se hallaban débilmente iluminadas, sin nadie quien las recorriera, salvo nosotros. Pero podía notar perfectamente la presencia del ANBU pellizcarme en la nuca.

Llamó a la puerta y se oyó la voz de Godaime dándonos paso.

Cuando vi aquella silla colocada en mitad del despacho se me cayó el alma a los pies.

―Gracias, Kakashi. Toma asiento, por favor, Sakura.―vacilante hice lo que me pidió, pero me sentí incapaz de despegar los ojos de mis manos.―Ahora, Shizune, Kakashi… Déjenos a solas.

Pude ver por el rabillo del ojo cómo Shizune tardó más de la cuenta en salir que Kakashi-sensei.

Cuando la puerta se cerró los latidos de mi corazón bombeaban casi dolorosamente contra mi pecho. Escuché el eco de sus pasos, antes de ver sus pies detenerse frente al escritorio. Frente a mí.

―Nunca llegué a pensar que tendría que vérmelas contigo en esta situación… Eres una habitante de Konoha y fuiste mi aprendiz, te aprecio demasiado como para ponerte en las manos de Inoichi o Ibiki...―un escalofrío me recorrió la espalda.―Por lo que como Hokage y tu maestra he decidido que seré yo quien te haga las preguntas. Pero, Sakura,―su tono de voz se endureció.―si me mientes, o no contestas a cualquiera de mis palabras juro que te llevaré ante Ibiki sin importar qué.―me temblaron las manos. Había olvidado cómo imponía estar en su presencia, y más cuando me estaba amenazando como a una intrusa.―¡Mírame, Sakura!―ordenó y levanté la vista inmediatamente. Me observaba penetrante, con los brazos cruzados. Intimidándome.―¿Me responderás con absoluta sinceridad?

―Sí.―susurré casi sin voz.

Ella pareció relajar el gesto y se acomodó contra el escritorio, sin dejar de mirarme.

―Bien. Iré directamente al grano y te lo preguntaré sin rodeos: ¿Dónde se esconde Uchiha Madara?

De entre todas las cosas que me esperaba… Me preguntaba por un nombre que hacía años que no escuchaba, ni recordaba.

―No lo sé.

―¡No mientas, Sakura!

―¡No lo hago! ¡Jamás vi a Sasuke con Madara… ni siquiera le oí mencionarlo una sola vez en todo este tiempo!

Aunque, en ese momento, cuando me puse a pensarlo, al principio Sasuke desaparecía sin decir nada durante semanas… o incluso meses…

―Si tienes algo que decir más vale que hables.―insistió con dureza.

Y se lo conté.

―¿Tienes alguna idea de a dónde iba?

―No.

―¿Y los niños…?

―¡Ellos no saben nada de esto!―grité. No iba a permitir que les hicieran pasar por un interrogatorio como estaba haciendo conmigo.―¡No saben absolutamente nada!―volví a asegurarle ante su expresión dubitativa.― Han vivido al margen de todo, incluso… Incluso de quién es realmente Sasuke…

―Y a pesar de ello lo ayudaste a escapar. Aprovechaste que Gai estaba herido y envenenaste a Lee y a Kakashi.―arremetió contra mí.― ¡¿Te das cuenta de lo hiciste?! ¡Cometiste un delito grave participando en la huida de un peligroso nukenin, y sobre todo traicionaste a tu propia aldea! ¡Con algo así no puedo siquiera confiar en ti, Sakura!

―¡No fue así! ¡No he traicionado a nadie!

―¡Tus acciones dicen lo contrario! Actuaste como cómplice y no como un shinobi de Konoha. ¿O tal vez Sasuke te amenazó si no lo hacías?

―No… Fue idea mía y no suya.

―¿Por qué? ¡¿Por qué, Sakura?!

Negué con la cabeza.

―Quiero que me cuentes toda la verdad. Todo lo que ha ocurrido hasta que el equipo de Kakashi os encontró.

Cerré los ojos, y las imágenes aparecieron instantáneamente en mi cabeza como una tira de película. Cómo un día estaba con mis compañeros y al siguiente me convertí en la prisionera de Sasuke… Había olvidado por completo aquella espantosa noche, de la manera en que me violó cruelmente esa vez y todas las anteriores, tratándome como si fuese una muñeca de trapo que arrastraba a su antojo.

Sentí la bilis ascender por la garganta.

Mientras le relataba la historia, una idea surgió de repente en mi cabeza.

¿Desde qué momento cambió Sasuke conmigo?

Ciertamente no lo sabía. Al principio no tuvo reparos en abandonarme cuando estaba embarazada de Daisuke. Siempre se había mantenido frío y distante, haciendo lo que le daba la gana y cuando le convenía. Dañándome con esos constantes tira y afloja que había entre nosotros… Era consciente de que Sasuke no me quería, pero también era verdad que siempre guardé ciertas esperanzas en que quizás, algún día, sintiese algo por mí…

Sinceramente, en todos los años que vivimos juntos nunca demostró que me necesitase como yo lo anhelaba a él... Como yo hice de Sasuke mi mundo.

―Ese pequeño pueblo que mencionas está al Noroeste, más allá del País de la Hierba… Casi a las puertas del País de la Tierra. ¿Sabías eso?

―No. ―¿Tienes idea de con qué intención te capturó?

―No… lo sé.

―Sakura, sé sincera. Como su prisionera debo suponer que te puso trabas todos estos años para volver, pero, ¿fue así realmente, o no volviste por elección tuya? Sé de sobra que le quieres, y que intentas protegerle a pesar de lo que te hizo... Pero quiero que reflexiones por un momento todo esto y que me digas si verdaderamente no regresaste por Sasuke, o para no dañar a tus hijos; antes has dicho que ellos no saben nada acerca de su padre, y como tampoco me imagino que sabrán la verdad de por qué nació su primer hijo.

―Yo…

Quería a Sasuke… Lo quería de verdad pero, sobre todo anteponía el bienestar de los niños. Ellos lo significaban todo para mí y, al ver como adoraban a su padre y lo felices que eran con él yo…

Yo no fui la que lo hizo cambiar. La actitud de Sasuke respecto a mí seguía siendo la misma fría e indiferente de siempre. Pero con ellos… era diferente. Quise seguir viéndolo todos los días, rodeado por los niños, en ese sueño que yo misma creé y que me impedía ver la auténtica realidad: que no significaba nada para Sasuke más allá de ser la madre de sus hijos.

―No quise verles sufrir. Ellos no tienen la culpa de nada.

―¿Te dijo algo antes de irse? ¿Si volvería a por ellos?

A por ellos, no a por ustedes. Era lógico pensar de esa manera.

―No.

Frunció el ceño, como si le estuviese dando vueltas. Y se me contrajo el estómago.

―Tsunade-sama, por favor. Ellos no tienen idea de lo que ocurre. Los traje aquí conmigo sin darles ninguna explicación. Por favor… ¡Por favor…! ―estaba dispuesta a arrodillarme si era necesario.―Yo soy la única culpable y no ellos… Por favor, ¡castígueme a mí pero a cambio no les haga ningún daño a los niños! ¡Por favor! ¡Se lo ruego, Hokage-sama!

Al final acabé inclinando la cabeza. Pero no me importaba. Si debía arrastrarme por el suelo... Haría cualquier cosa por ellos, lo que hiciera falta para mantenerlos a salvo y a mi lado.

―Mírame, Sakura.―alcé la cabeza. Su rostro mantenía una expresión severa, aunque se había suavizado.―No pretendo hacerles daño; sé muy bien que son inocentes, sin embargo, no puedo asegurarte cómo vaya a reaccionar la aldea ante ellos. Y precisamente por eso tu regreso a quedado en un absoluto secreto: nadie, aparte de mí, Shizune, el equipo de Kakashi y el escuadrón ANBU saben que sigues viva y que estás en Konoha de nuevo.―parpadeé sorprendida, y las lágrimas que se habían rezagado siguieron a las anteriores.―Por doloroso que me resulte ocultarlo, no podía arriesgarme a que todos supieran de tu existencia hasta que no me contaras tu versión y pudiese verificar ciertos asuntos.―me enjuagó las lágrimas, aunque su contacto cercano logró el efecto contrario.―Sé que lo hiciste por ellos y que no permitirás que les suceda nada malo, pero no puedo dejarte ir sin más, Sakura. Deberás pagar con el castigo que se merece… Espero que lo entiendas.

Asentí, sin poder controlar el llanto que iba extendiéndose por mí garganta, mientras sentía el cálido y fraternal roce de su mano contra mis cabellos.

Salí al poco tiempo después del despacho.

Tsunade-sama me advirtió que en pocos días sería informada del pertinente castigo, y que mientras tanto, aún no podríamos abandonar el apartamento.

―Espero que Godaime no haya sido muy severa contigo.

Volví a la que era mi nueva casa acompañada de Kakashi-sensei. Pero no lo hicimos por la calle principal como esa mañana, sino entre las callejuelas que formaban los pequeños edificios. Ocultándome así del exterior.

Me distraje observando las paredes oscuras y escorchadas.

―La verdad es que esperaba algo mucho peor… ―una sesión con Ibiki para sacarme información acerca de Sasuke.―… Aun así tengo que cumplir con la pena que me imponga.

―Lo siento, Sakura.

―¿Por qué?

―Tú situación no es muy favorable, y la culpa de eso tiene que ver conmigo.

―¿De qué estás hablando? Te envenené, ¿recuerdas? Además, como dijo Tsunade-sama: lo importante es que esté de vuelta.

Me siguió hasta estar frente a la puerta del apartamento.

―Si necesitas algo házmelo saber.―dijo, señalando al ANBU del pasillo. Asentí, sin hacerme la menor gracia tenerle a él y a los demás merodeando alrededor.―Por ahora eso es todo. Te avisaré en cuanto diga Hokage-sama.

―Está bien.

Entré en la casa y cerré la puerta con llave. Aunque eso no sirviera de mucho.

―¡Déjame en paz! ¿Quién te crees que eres?

―¡Cállate y haz lo que te digo!

Se oyó un golpe, seguido de un barullo y el grito de Sora. Corrí directamente a la habitación, encontrándome a mis dos hijos enzarzados en una pelea en la que valía todo.

―¡Ya basta, quédense quietos!

Me interpuse entre ellos para separarles, pero el que menos esperaba que continuara con aquella riña no cesó de intentar ir en contra del otro que se había apartado nada más verme.

Sora se hallaba echa una pequeña bola temblorosa en un rincón.

―¡Sal de aquí, Takara! Quedense en el salón…―le tapé la boca a Daisuke, viendo cómo estaba a punto de decir algo desagradable y lo bloqué contra el suelo.

Cuando estuvimos a solas me volví hacia él.

―¿Qué demonios estás haciendo? ¿Desde cuándo te comportas de esta manera con tus hermanos?

Apartó mi mano con brusquedad y se incorporó, encarándome.

―¡¿Dónde has estado?! ¿Por qué te has ido sola con el tipo de la máscara?

―Eso no es asunto tuyo. ―¡Sí que lo es! ¡Estamos en este asqueroso lugar por su culpa y tú te vas con él sin importarte lo que te diga! ¡Igual que ayer…! ¡¿Por qué no me haces caso, maldita sea?!

―Ya basta, Daisuke.

―¡No! Nos vamos de aquí, ¡y nos vamos ahora mismo a buscar a papá! ―giró sobre sus talones y comenzó a meter todas sus cosas en la mochila.―Tuvo que tener algún motivo para irse… Nunca nos dejaría solos en esta situación; seguro que nos estará esperando ya en casa o,… ¿dónde te dijo que estaría?

―No me dijo nada.

―Entonces nos esperará en casa.

―No está allí.

―Sí, estará.

―Daisuke…

―¡Cállate!

Lanzó la mochila contra la pared y esparció todo su contenido por el suelo de la habitación.

Sabía que no podía racionar con él de ese modo. Me dolía que estuviera sufriendo de esa forma cuando tenía una fe ciega en su padre, y era por eso que se negaba a escuchar la verdad… Lo único que pude hacer, a mi pesar, fue dejarlo solo y esperar a que se tranquilizara lo suficiente para comprender lo que intentaba decirle.

Tenía a dos hijos más por los que también debía preocuparme.

Hubiese sido estupendo disponer de un poco de aire fresco y llevármelos a dar una vuelta para así alejarlos del ambiente tan tenso que se había creado en el interior. Nunca los había visto tratarse de esa forma, y menos al mayor, quien adoraba a sus dos hermanos pequeños más que a cualquier cosa en el mundo.

Aquella situación le afectaba tanto a él como a mí.

Las horas pasaban tortuosamente en silencio, y les pedí que me ayudasen a hacer la cena como medida de distracción; a ambos menores se les notaba aún cansados, o tal vez fuese que su estado de ánimo había decaído considerablemente y por esa razón se veían tan abatidos. Ninguno de ellos cruzó palabra alguna cuando nos sentamos a comer. Y , mientras tanto, Daisuke aún continuaba encerrado en la habitación, sin responderme por más que le llamase.

Me daba cuenta perfectamente de lo que le había sucedido desde que abandonamos nuestra casa, y me preocupaba que llegase a más.

―Daisuke.

Encontré el pequeño bulto que formaba su cuerpo en la oscuridad del cuarto. No alzó la cabeza cuando entré ni cuando me acerqué a él: podía percibir un muro invisible entre nosotros.

Había vuelto a encerrarse en sí mismo.

―Háblame, por favor.

No obtuve respuesta, y no sabía qué hacer viéndolo de esa manera. Tan destrozado…

―Daisuke…

―¿Por qué se fue?―su voz se oía amortiguada y ronca. Quería verle directamente a la cara.―¿Por qué no nos llevó con él? ¿Por qué no hizo nada para evitarlo?

―Yo le dije que se fuera.―pude percatarme que esa no era la respuesta que esperaba.―Él… cometió algunos errores en el pasado y, uno de ellos…―mi intención no era mentirle, pero tampoco quise contárselo todo. No pretendía hacerle más daño.―…fue abandonar nuestra aldea. Probablemente, si se quedaba con nosotros debería pagar por esos errores y no quise que lo vierais de esa forma. Por lo que…

―¡Eso no importa!―saltó de repente.―¡Tendría que estar aquí con nosotros en vez de haber huido como un cobarde!

―Fui yo la que…

―¡No, no, no me lo creo! Pudo haberse negado… Tuvo la oportunidad de decidir quedarse con nosotros y afrontar las cosas sin importar lo que sucediera, ¿verdad?

Sí, la tuvo… Podría haberse mantenido firme en la elección de quedarse si hubiese querido. Al fin y al cabo, ¿cuántas veces hizo algo que yo le pidiese?

Pudo haber dicho que no.

―Apenas… tuvo tiempo de decir nada.

―Aun así…―su cuerpo se contrajo, abrazándose más a sí mismo. Estaba temblando.―Volverá… Lo dijo, ¿verdad? Que regresaría por nosotros pronto, ¿no? ¡Tiene que hacerlo, mamá!

Lo abracé, estrechándolo fuertemente contra mi pecho mientras se ahogaba en un llanto silencioso. Era lo único que pude hacer, porque, ¿qué sino le diría? ¿Lo dañaría aún más, confesándole que no estaba segura o le mentiría y alargaría ese dolor?

No quería emplear ninguna de las dos opciones.

―Vendrá… y volveremos a casa todos, mamá.

Estuve acunándolo en mis brazos casi toda la noche hasta que pudo quedarse dormido.

Llevé a sus dos hermanos y los acosté junto a él en la cama.

Eran todo cuanto tenía e iba a protegerlos y mirar únicamente por los tres. No podía volver a permitirme flaquear delante ellos, que sostuvieran la carga que sólo era responsabilidad mía… Haría lo que fuera para librarles de cualquier tipo de sufrimiento… Incluso si eso implicase soportar el mayor dolor de todos y acababa separándome de ellos.

A la mañana siguiente desperté y sentí un gran alivio al comprobar que tanto Takara como Daisuke habían hecho las paces entre ellos. Los dos parecían haber olvidado el incidente del día anterior y trataban de pasar el rato con cualquier tipo de juego para animar a Sora.

Y así estuvimos por tres días. Encerrados entre esas cuatro paredes. Sin embargo, al cuarto, llamaron a la puerta y me topé con Kakashi-sensei en el umbral.

―¿Cómo están, chicos?

―¿Qué quieres?

Daisuke se nos acercó con aire intimidatorio hacia Kakashi-sensei, y otra vez dejó salir esa actitud a la luz. Era más propenso a hacerlo cuando él estaba presente.

―Saldré un momento.―le aparté un poco el pelo en un gesto tranquilizador.―Preparen la cena entre los tres, ¿de acuerdo? Regresaré para esa hora.

―No tardarás, ¿verdad?

Sora corrió a mis brazos y le di un beso en la nariz. ―No, no lo haré.―besé la frente de Takara antes de alborotarle más los cabellos y conseguir arrancarle una sonrisa.―Pórtense bien.

La tarde estaba cayendo cuando nos internamos por callejones oscuros, seguidos de nuevo por el ANBU a mi cargo. Sabía claramente a qué se debía que Hokage-sama hubiese requerido mi presencia de nuevo. Ya se habría decidido mi sentencia, e iba dispuesta a oírla fuera cual fuese, pero...

El edificio rojo brillaba con toques dorados bajo los últimos rayos de sol de la tarde.

Al echar a andar por el pasillo notaba como si me estuviesen oprimiendo el pecho y casi no podía respirar en ese mar de angustia. Tan solo pude aferrarme a algo para no acabar asfixiándome del todo, y extendí la mano débilmente hasta sujetar su manga en una señal de auxilio.

Se volvió hacia mí, y sin embargo, fui incapaz de levantar la cabeza y solamente pude ver nuestros pies en el suelo.

―Decida, lo que haya decidido Tsunade-sama yo,… Te lo ruego, Kakashi-sensei…

De repente sentí el peso de su mano sobre mi cabeza.

―No tienes necesidad de pedírmelo, Sakura. Estaré contigo, y cuidaré de ellos pase lo pase. Te lo prometo.

Los ojos se me empañaron de lágrimas pero antes de que estas saliesen me restregué los ojos, sin olvidarme también de mi propia promesa.

―Gracias.

Godaime nos esperaba en su despacho, en ese momento anaranjado y en penumbra por la luz de la tarde que entraba por el gran ventanal por donde ella observaba, dándonos la espalda. Shinune, a su lado, miraba nerviosamente a Tsunade-sama y a mí, una y otra vez. La incertidumbre parecía estar matándola, al igual que a Kakashi-sensei, aunque éste podía disimularlo bien lo notaba inquieto a mi lado. Había depositado todas mis esperanzas en él y eso era lo único que de verdad me importaba. El castigo en sí no era una pequeña parte comparable al calvario de saber que podía perder a mis hijos.

―¡Haruno Sakura!

―Sí.

―Se te ha traído aquí para informarte de la sentencia que mereces por envenenar a conciencia a dos de tus compañeros y, más grave aún, facilitarle la huida a un peligroso ninja renegado y buscado por las cinco grandes naciones. ¿Correcto?

―Sí.

―Por consiguiente y, como Hokage, te exijo a que cumplas con el debido castigo:...―se dio media vuelta, estudiándome severamente como solo ella podía hacerlo.― Te retiro de tu grado Chunnin y el derecho a ser shinobi de esta aldea.

―¡Tsunade-sama…!

―Sin embargo, te quedarás aquí, en Konoha, donde vivirás con tus tres hijos, quienes se convertirán en residentes de la villa de la cual tienes prohibida la salida, Sakura. Y además, trabajarás para mí y bajo supervisión en el hospital, empezando desde cero. ¿Entendido?

―Sí.

―De todas maneras, no te resultará muy complicado ascender.―se sentó en la silla y se echó sobre el respaldo.―Se les permitirá salir del apartamento pero mantendré a los ANBU en sus posiciones por si ocurre algún imprevisto... El equipo que mandé a inspeccionar el pueblo donde residirás no ha encontrado ni rastro de Sasuke, y dado que no sabemos dónde está ahora tomaremos las medidas pertinentes por si acaso… Y como ya he dicho antes, Sakura, no puedes poner un pie fuera de la aldea… Aunque se diera el caso que Sasuke regrese te prohíbo que le busques. Si lo haces irás en contra de Konoha, y me veré en la obligación de tratarte como se merece de verdad, ¿de acuerdo?

Asentí, siendo consciente de sus palabras.

―Bien. Eso es todo. Te veré dentro de un par de días en tu nuevo puesto.

―Gracias, Hokage-sama.―agradeció Kakashi-sensei con una leve reverencia con la cabeza.

Shizune se enganchó a mi cuello llorando casi a moco tendido e ignorando las protestas de Godaime.

Cuando estuvimos fuera del edificio el sol ya se había ocultado completamente en el horizonte, oscureciendo el cielo. Kakashi-sensei hizo que nos detuviésemos y dejó que me desahogara con él tanto como quisiese. La presión que me había estado carcomiendo por dentro se había liberado. Podría volver con los niños sin temor a nada, ni a que me alejaran de ellos. Estarían conmigo, protegidos y a salvo a mi lado.

Nada más llegar a casa Sora me recibió corriendo hacia mis brazos, y yo la estreché fuertemente sintiendo la calidez que irradiaba su pequeño cuerpo. Sus dos hermanos me esperaban sentados a la mesa, donde habían organizado la cena para los cuatro como les pedí que hiciesen. Pude ver perfectamente en sus caras el nerviosismo que les había dejado con mi marcha esa tarde. Sin duda habían estado preocupados.

Me metí en la ducha después de que los tres se fueran a la cama y, bajo el rocío del agua caliente dejé a mis músculos relajarse, despojándome así de cualquier resquicio de lo vivido ese día: el miedo, la ansiedad, la tristeza, el abandono… Todo eso se había empezado a acumular en mi interior y resultaba realmente dañino no poder exteriorizarlo; debía hacer un gran esfuerzo para mostrarme fuerte y segura de mí misma si pretendía sobrevivir en aquella nueva vida que se me presentaba. Así que, alcancé las tijeras y, de un tajo corté el puñado de cabellos que encerraba en mi puño, y dejé que se deslizasen entre mis dedos, cayendo sobre el suelo de baldosas bañadas por el agua que se había mezclado con la salinidad de mis lágrimas.

Cuando los tres se levantaron a la mañana siguiente su sorpresa al verme fue más que notable. No era la primera vez que tenía el pelo de esa forma… y tampoco me lo había cortado demasiado. Sólo hasta los hombros. Pero el hecho de que lo tuviera de ese modo no pareció satisfacerle a Daisuke como a Takara, o Sora, quien disfrutó de ver que a partir de ese momento las dos iríamos casi iguales.

Mientras desayunábamos les hice saber que saldríamos a dar una vuelta por la villa y tomaríamos un poco el aire. Habían estado encerrados toda una semana entre aquellas cuatro paredes que la idea de que pudiesen salir les entusiasmó, consiguiendo alegrarles.

Era extraño estar caminando por esas calles tan nostálgicas en mi memoria y junto a ellos; jamás se me pasó por la cabeza la idea de imaginármelos pasear por Konoha y, mucho menos, de tener a tres hijos suyos… ¿Quién me lo hubiese dicho años atrás? De cualquier forma, no lo habría creído lo más mínimo, sobre todo porque mi retorno a la aldea no había sido el ideal para todos… Apartando mí castigo a un lado, no creía que Tsunade-sama confiase en mí con mis antecedentes, y dudaba que llegase el día en que retirase a nuestros escoltas. Aunque, más que vigilarme a mí parecía que…

Inmediatamente me deshice de ese pensamiento.

―¿Dando un paseo?

―Shikamaru.

En un instante lo encontré a mi lado.

―Iba a ir ahora a hacerles una visita… Me he enterado de lo de Tsunade-sama.―aquello último lo mencionó en voz baja, y le agradecí la discreción por los chicos.―Debe de ser un incordio todo este lío…―miró de reojo un segundo a mis ocultos seguidores personales.―¿Cómo lo llevas?

―Bien. ―mentí.―Estamos bien.

Daisuke estaba ojo avizor, casi pegado a mí como una lapa. Y Shikamaru se percató de ello.

―Oh, sí… Se me olvidaba. Tengo algo que enseñarte.

Sin decir media palabra más nos guió hacia el parque público de la aldea, el cual continuaba exactamente como lo recordaba. Subimos por unas escaleras y, al llegar hasta arriba me paralicé contemplándolos a todos reunidos. Estaban allí.

―¡Sakura!

Se me había abalanzado y abrazado al cuello mientras lloraba como una niña pequeña temblorosa e inconsolable.

―Ino…

―¡No te imaginas cómo te he echado de menos! ¡Estaba tan preocupada… y cuando no dimos contigo… pensaba que…que no iba a volver a verte nunca más…!

―¡Menos mal que estás bien, Sakura!

―Venga, Choji, ¿tú también vas a…? Chicos…

El grupo entero estaba con las lágrimas saltadas, emocionados. Incluso Shino, quien les había dado la espalda a los demás. Aquella escena me conmovió enormemente, pero a la vez me hizo sentir desplazada y verme a mí misma como una persona horrible. Podía ver que todos y cada uno de ellos habían sufrido de verdad por mi ausencia, y yo mientras tanto, no pensé en ellos absolutamente durante aquellos años.

―¡Shikamaru tiene razón, chicos!―saltó Lee limpiándose los ojos.―Lo que debemos pensar ahora es que Sakura ha vuelto y dejar lo malo atrás. ¡Tenemos que concentrarnos en el presente!

Ino se separó un poco de mí restregándose las lágrimas y sonriéndome.

―Mamá…―Sora me tiró sutilmente de la ropa para que le prestara atención.―¿Podemos ir a jugar allí?―preguntó cohibida, señalando los columpios del otro lado.

―¿Mamá…? Sakura, ¿qué…?

Por sus expresiones, supuse que tanto Shikamaru como los demás que sabían de la existencia de los niños no les habían explicado mi situación al resto.

―Ah, sí. La pequeña es Sora, éste es Takara y Daisuke.―se los presenté, atónitos.―Son mis hijos… y los de Sasuke…

―¡¿Sasuke?!―exclamó sorprendida.―Espera un momento, ¿qué significa esto? ¡Tsunade-sama nos contó que te habían…!

―¡Ino!―advirtió Shikamaru, y ésta guardó silencio al instante.

Se miraron unos a otros y todos se hacían la misma pregunta.

―¿Que la habían qué?―inquirió por primera vez Daisuke con dureza.

¿Por qué? ¿Por qué seguía empeñado en parecerse a él? Además del aspecto físico no se contenía en absoluto en actuar como Sasuke mostrando la misma mirada seria e intimidatoria que conocía mejor que nadie.

―Vallan los tres a jugar, ¿de acuerdo?

Sora salió disparada llevándose consigo a su hermano mayor de la mano con tal de alejarse de aquel silencio incómodo. Por otro lado, Takara se había rezagado, dubitativo y a la vez avergonzado.

―¿Puede… Puede venir Akamaru… con nosotros?―preguntó, dirigiéndose a Kiba.

―No sé lo que opinará él.

Akamaru ladró, e hizo subir a Takara sobre su lomo haciéndolo reír y echaron a correr hacia donde lo esperaban sus dos hermanos.

―¿Por qué no dijisteis nada?―a los pocos segundos, Ino se volvió pidiéndoles explicaciones a Shikamaru, Hinata, Lee y Kiba.―¡¿Por qué?!

―Tranquilízate, Ino.―Sai, quien había permanecido totalmente fuera de escena la sostuvo de los hombros intentando calmarla.―Estoy seguro de que Hokage-sama tendrá sus motivos para no haber mencionado nada sobre esto, y eso les implica a ellos.

―Pero…

―¿Qué les ha contado Tsunade-sama?―quise saber.

―Nos dijo que habías vuelto a la aldea gracias a su última misión, y que habías estado cautiva durante todo este tiempo.―explicó Tenten.―Lo que no nos dijo es quién lo había hecho y… bueno… ―echó un vistazo al parque.―No los nombró a ellos.

―Godaime quería que fuese Sakura quien les lo aclarara todo…―intervino Shikamaru.― Y creo entender por qué ha querido que sea así… Como han podido comprobar esos tres no saben nada al respecto de lo que ha ocurrido; Sasuke mantuvo a Sakura en su poder y luego escapó. Sean cuáles sean sus pensamientos guárdenlos en este momento para ustedes mismos, y no hablen de Sasuke ni de ningún tema relacionado con él delante de ellos. Así lo requiere Tsunade-sama como protección para ellos y para la aldea.―tal como le pedí. Si debían enterarse de la verdad sería por mí, y a su debido tiempo.― Como Lee ha expresado antes nos centraremos en el presente, y todo lo demás quedará atrás, ¿están de acuerdo?

Cada uno de ellos asintió a su discurso sin decir una palabra. Respetaban tanto mi decisión como la de Hokage sama.

¿Sabrían que fui yo la que dejé escapar a Sasuke? Estaba segura que Shikamaru sí era consciente. Lo que no sabía era si tanto él como los demás que participaron en aquella misión habían compartido aquella información con el resto o, guardaban silencio por petición de Tsunade-sama.

―¡Lo siento, chicos! Llegamos un poco tarde.

Oí la voz de Kakashi-sensei a mi espalda y, al darme la vuelta, mis ojos se desviaron por sí solos a la figura que iba a su lado. Y una punzada de dolor me atravesó el pecho al verle.

―Naruto…

Fue lo único que me dio tiempo a pronunciar, ya que de un momento a otro fui arrollada literalmente por él; si no fuese porque me tenía bien sujeta entre sus brazos me habría caído directamente de espaldas al suelo.

―Estás aquí…―susurró cerca de mi oído. Me apretujaba estrechamente contra él. Casi no podía respirar.―De verdad estás aquí.―Quise devolverle el abrazo y consolar sus lágrimas, sin embargo, no podía quitarme de la cabeza cuan egoísta había sido con todos mis amigos. Con mi mejor amigo, quien se mostraba totalmente destrozado por mi desaparición.―Siempre supe que estabas viva… Siempre… Te he extrañado tanto… No te haces una idea de cuánto, Sakura.

―Siento haberte preocupado, Naruto. Pero, ya estoy de vuelta.―era lo único que pude decirle, y aun así no prestó atención y me atrajo más contra su cuerpo.

―¡Así es, así es! ¡Y para celebrarlo invitaremos a Sakura a una barbacoa especial!―anunció Choji, intentando relajar y animar el extraño mal ambiente que se había formado alrededor, y del cual Naruto no había reparado tan siquiera. No parecía por la labor de despegarse de mí.

―Vamos, vamos, Naruto. Eres el único que la está acaparando.―Kakashi-sensei se acercó a separarnos. No me había dado cuenta de que mis pies apenas tocaban el suelo con la puntas de mis dedos mientras me sostenía.

―Perdón.―sonrió un poco avergonzado. Daba la sensación de ser el mismo de siempre, solo que un poco más alto de lo que recordaba. Pero por todo lo demás, seguía siendo Naruto.―Entonces, ¿nos vamos ya?

Algo pasó justamente delante de mí a toda velocidad, directamente hacia Kakashi-sensei, quien derrapó a un par de metros de donde estábamos cubriéndose el rostro con ambos brazos. Daisuke apareció de pie frente a él y los cuatro ANBU actuaron rápidamente, rodeándole dispuestos a detenerle. Sin embargo, Kakashi-sensei hizo un gesto con la mano y el escuadrón obedeció retirándose inmediatamente por orden suya.

―¡Daisuke!―lo llamé, pero alguien me sujetó del brazo antes de que pudiese llegar hasta él.―¡¿Shikamaru…?!

―Es mejor que Kakashi-sensei se ocupe de esto.―admitió seriamente.

Observé su pequeña espalda, donde portaba el abanico y lo que para él representaba ese símbolo más que un lazo de conexión con su padre.

―¿Sasuke…? ―el murmullo de Naruto llegó a mis oídos. Veía totalmente incrédulo al mayor de mis tres hijos frente a él.

―Shikamaru tiene razón, Sakura. No me llevará mucho tiempo…

―¡Cállate! ¡Estoy harto de ti!―gritó Daisuke.―¡Todo esto ha sido por tu culpa! ¡No dejaré que te acerques más a ella ni a ninguno de nosotros!

―¿Sabes? Tus acciones no cuadran con lo que dices. Aunque es comprensible dado lo asustado que estás.―Daisuke nos esperó un segundo más en lanzarse contra él para asestarle un golpe, pero como resultado, él mismo acabó recibiendo, siendo inmovilizado en el suelo.―Tranquilízate.―Daisuke no dejaba de moverse intentando zafarse de su agarre.―A veces los niños tienden a imitar a sus padres cuando tienen miedo… Aunque no le lleguen ni a la suela de los zapatos. ―se revolvió, logrando escapar e intentó darle un puñetazo que Kakashisensei esquivó. Sin embargo, me di cuenta que ese había sido su objetivo desde un principio cuando echó a correr.

―¡Daisuke!

Kakashi-sensei me impidió perseguirle y lo perdí de vista.

―Déjalo que se vaya, Sakura.

―Pero… ―No le pasará nada. Los ANBU están con él y dudo haga alguna tontería. Sé que no es un mal chico… Pero que haya decidido autoproclamarse como la sombra de Sasuke no le hará ningún bien. Y a ustedes tampoco. Lo sabes, ¿verdad?

―Sí.

Supe que usaba el recuerdo de Sasuke como medida protectora hacia nosotros y para él mismo. Un escudo que había estado volviéndose contra él y, como consecuencia, distanciándose cada vez más y más de sus hermanos y de mí… Olvidándose de quién había realmente detrás de la máscara que había fabricado de su propio padre.

Estaba tan enojado… ¡Con todos! Absolutamente con todos y cada uno de esos desconocidos que se arrimaban sin el menor reparo a mi familia. ¡¿Quiénes se creían que eran?! No tenían ningún derecho a mostrar esas confianzas después de cómo nos habían tratado: encerrándonos, vigilándonos constantemente y separándonos de nuestro padre… ¡No era justo! ¿Por qué mamá lo permitía? ¿No se daba cuenta de que era peligroso? ¿Qué teníamos que volver a casa cuanto antes?

Toda la culpa la tenía el tipo de la máscara. Si él no hubiese aparecido aún estaríamos en casa, como siempre, y nada habría cambiado... Seguro que estaba manipulando a mi madre de algún modo. No podía preferir quedarse con esa gente a estar con nosotros y con papá. No puede… No…

¡Mierda!

¡¿Cuánto tiempo pensaba hacernos esperar?! ¡¿Por qué no venía a buscarnos?!

Sabía mejor que nadie que mi padre no era un cobarde y que terminaría volviendo por nosotros tarde o temprano. Éramos su familia. Lo que él me enseñó a proteger.

Volvería… Era más que seguro. Siempre lo hacía… Estar ahí para nosotros…

Pero, ¿por qué no lo hacía aún?

Quería que todos estuviésemos reunidos de nuevo.

El bosque donde me había aventurado era muy parecido al que rodeaba nuestra casa. Aunque si me ponía meditarlo, todos los bosques están repletos de árboles y arbustos, así que quisiera o no, cualquiera se asemejaba... Pero, realmente me daba igual. Andaba y andaba sin parar, con la única intención de que terminase por engullirme del todo, perderme y no escapar de él; nunca antes me había sentido tan solo y abandonado. Sentía como si de verdad mi madre me diese la espalda, al igual que mis hermanos... No estábamos tan unidos como antes, y no lo entendía. En ese tipo de situación lo más lógico es que permaneciéramos juntos y, sin embargo, notaba a mi familia confusa y dispersa; Takara no me prestaba atención, aun a sabiendas de que lo que ocurrió hacía un par de días quedó olvidado entre nosotros. Por otro lado, Sora se pasaba el día jugando con Takara y me dejaba a mí en un segundo plano.

Los dos no mostraban ningún pensamiento respecto a nuestro padre. Pero cada vez que yo lo nombraba notaba el cambio en la actitud de mi hermano, y al menos, en ése sentido, Sora me apoyaba en que papá regresaría. Podía comprender que Takara estuviese enfadado, o incluso decepcionado con él, porque yo también lo estaba. Sin embargo, no había razón para mirar hacia otro lado y hacer como si no hubiese pasado nada. Eso era lo mismo que olvidarnos de lo que éramos en realidad: una familia de cinco, y no de cuatro.

Subí a la copa de un árbol, sentándome en una de sus ramas gruesas y fuertes, y me quedé contemplando fijamente la caída del sol de la tarde. Me pregunté qué estaría haciendo mi padre en ese instante, y si por casualidad también pensaba en nosotros. Si nos echaría de menos.

Algo o alguien aterrizó de improvisto a mi lado consiguiendo cogerme desprevenido.

―¿Se puede saber quién eres? Llevas horas dando vueltas por el bosque como un idiota.―¿de dónde demonios había salido esa chica? Eché un pequeño vistazo hacia arriba y me resultó imposible que pudiese haber estado allí sin notar su presencia. ―¿Te has perdido? No me resultas familiar… No eres de Konoha, ¿verdad que no?

Portaba esa estúpida banda en la frente que todo el mundo llevaba en aquella aldea.

―Qué te importa.

Descendí del árbol de un salto con tal de perderla de vista. No quería saber nada de nadie y menos de una chica que no respetaba el espacio vital de los demás.

―¡Te he hecho una pregunta!―se interpuso en mi camino, plantándose delante de mí sin vacilar.―Si no eres de esta villa más te vale que contestes a lo que te digo o será peor para ti.

―¡Tch! ―di media vuelta hacia atrás, alejándome de ella. Pero por su parte, saltó por encima de mi cabeza y volvió a impedirme el paso.―Apártate.

Estaba empezando a fastidiarme. ―Si quieres pasar será por encima de mí.―desafió.―Un chico que no es de aquí y pasea sin ton ni son por el bosque no es de fiar.

―Qué estupidez.

Cuando intenté girarme de nuevo sentí a mi espalda cómo se abalanzaba con el puño en alto. A punto estuvo de darme en la mejilla si no lo logro a esquivar a tiempo, pero aun así, se ayudó de sus manos en el suelo y dejó libres sus piernas para golpearme. Entonces, salté hacia atrás escapando de su alcance pegándome a la corteza de un árbol. Sin embargo, aquella chica reaccionó rápidamente y vi volar hacia mí un par de shurikens que quedaron incrustados en la madera cuando me hice a un lado. Me desplacé velozmente quedando a su espalda y le asesté un golpe en el cuello que la dejaría inconsciente pero, cuando lo hice, quedé perplejo observando que lo que cayó en realidad al suelo fue un tronco entre la nube de humo.

―¡¿Kawarimi…?!

Se dejó caer desde lo alto echándose sobre mí, consiguiendo inmovilizándome completamente.

―Te tengo.―sonrió arrogante mientras amenazaba mi cuello con un afilado kunai.

¿Cómo era posible que hubiese caído en truco tan tonto como ese? ¡Ni siquiera Sora se dejaría engañar por algo así! ¡¿Qué rayos me pasaba?!

―¿Vas a decirme ahora cómo te llamas…?―se dirigía a mí con demasiadas confianzas, pero lo peor de todo es que estaba demasiado cerca y con un objeto puntiagudo.―¿… o seguirás sin responderme?―¿por qué sonreía de ese modo? ¿Acaso se divertía con lo que estaba haciendo?―¿Qué estás mirando?―no me había dado cuenta de que me había quedado más tiempo del necesario observándola. Intenté quitármela de encima pero ejerció más presión en su agarre. ¡Maldita sea! Era patético. No sólo fue le enmascarado, sino también ésa chica… Estaban consiguiendo amargarme más el día.―Solo tienes que contestarme y te prometo que te soltaré, así que…―aparté mis ojos de los suyos, perdiendo el contacto visual.

―Uchiha… Daisuke.―respondí irritado. Aunque me preguntaba de dónde provendría exactamente aquel inesperado y dulce aroma que me embriagó de repente.

―Daisuke, ¿eh? ¿Siempre montas este tipo de jaleo?

―Quítate.

―¿Y si no quiero?

―¿Qué…? ¡Dijiste que lo harías! ¡Lo prometiste!

Se encogió de hombros restándole importancia al asunto y se rió con una sonrisa suave mientras liberaba mis brazos.

―Te enfadas con demasiada facilidad, Daisuke.―pronunció mi nombre sílaba por sílaba y me profirió un capirotazo en la frente antes de levantarse y guardar con maestría el kunai.―Aunque eres divertido.

¡¿Divertido?!

Quería largarme de allí. La presencia de esa chica tan extraña me ponía los nervios de punta.

―Volviendo a lo de antes, ¿qué hacías merodeando por aquí?―inquirió de nuevo.

―No es asunto tuyo.

Agarró mi camiseta de un puñado.

―¡Por tu culpa me ha sido imposible entrenar teniéndote dando vueltas, así que merezco una buena explicación! ¡Has hecho que desperdicie una tarde entera!

―¡¿Crees que me importa?! ¡Lo único que quiero es perderte de vista de una maldita vez!

―¿Ah, sí? Bueno, está bien.―me soltó sin más y aproveché para irme por mi camino.―La verdad es que no tiene sentido perder el tiempo con un imbécil que se deja atrapar con un simple cambiazo de tres al cuarto; alguien como tú no puede ser nada peligroso.

Frené en seco, echándole una ojeada a aquel trozo de tronco que había usado como distracción. Era insultante que hubiese picado en una trampa como esa.

―Estaba distraído, nada más.―farfullé

―Claro, claro...―dijo en tono sarcástico mientras que en sus labios bailaba una sonrisa burlona.―¿No te ibas ya?

―Es lo que pienso hacer ¡Estoy harto de verte la cara!―le di la espalda al mismo tiempo que la oía reírse.

―La aldea está por aquí, listillo.

Señaló en dirección contraria hacia donde me dirigía y noté que me ardían las mejillas del ridículo, lo que incentivó el hecho de que se mofara aún más. De verdad parecía que se lo estaba pasando en grande metiéndose conmigo. Yo, en cambio, no le veía ni pizca de gracia que me acompañara durante todo el trayecto de regreso. Aunque no dijese nada y se mantuviera callada se entretenía observándome de pies a cabeza sin pudor alguno en ocultarlo. Esa chica no conocía el sentido de la vergüenza.

Me tenía hasta las narices.

―Déjalo ya.―andaba por delante de mí, cara a cara y de espaldas a la calle. Nadie me había molestado tanto en mi vida como ella.―¿Por qué no te vas a tu casa?

―Mi casa está por aquí. Además, si te dejo solo podrías perderte otra vez.

―¡No me he perdido!

―Ibas en dirección contraria; yo diría que sí.

¡Estúpida metomentodo! ¿Qué más le daba a ella? Lo que más me habría gustado era bajarle esos humos petulantes que tenía… Y me importaría un pimiento que fuese una chica. Más incluso, me daba igual lo que dijese. Pasaría completamente de ella, como si no estuviera.

No estaba… Definitivamente… La ignoraría… No había nadie… enfrente…

Debía de… tener mi edad,… más o menos. Parecía ser una chica muy despierta y, como había demostrado con falta de timidez. Se le notaba segura de sí misma. Aunque… lo que más me llamaba la atención en ella era cómo el sol de la tarde reflejaba sus ojos castaños, dándoles unos matices cobrizos que nunca había visto.

Tenía la sensación de poder contemplar el atardecer directamente en ellos.

―¿Qué?

―Nada. Era incapaz de apartar completamente la vista, aunque solo fuese de reojo me bastaba para no perder detalle, aunque pretendiese ignorarla. Sin embargo, por más que lo intentara, al final siempre me veía atraído de algún modo por la curiosidad… Tal vez porque ya no me sentía tan incómodo como antes, a pesar de que no quería que me descubriese observándola tan detenidamente pero, por alguna razón que desconocía, me hizo sentir mejor, y mucho más a gusto conmigo mismo de lo que no había estado en semanas con su compañía.

―Bueno, yo me voy por aquí.

Señaló una calle por donde ambos debíamos separarnos, y noté algo pesado caer en mi estómago.

―Ya nos veremos.

―¡Espera!―mi voz salió y articuló por si sola. ¿Por qué lo había dicho… y en ese tono? Estaba comportándome como un niño pequeño y caprichoso. Pero…―No… me has dicho tu nombre.

Sonrió, echándose tras la oreja los cabellos que no sujetaban su diminuta coleta azabache. Y por increíble que resultara, ese gesto insignificante logró alterarme de la forma más incómoda.

―¿Por qué debería decírtelo? ¿No fuiste tú el que dijo que quería perderme de vista?

―¡Y-Y es lo que quiero!―volvió a reírse de mí. Tenía las mejillas ardiendo como nunca. Se acabó.― Ya te he aguantado bastante. Me vuelvo a casa.

―Nanako.―mencionó mientras extendía una mano hacia mí.―Sarutobi Nanako.

Por sorprendente que fuera consiguió contagiarme una pizca de su sonrisa y le estreché la mano, suave y cálida que me tendía, aunque, deshizo el contacto con más rapidez de la que me hubiese gustado.

―¡Nos vemos, Daisuke!―se despidió en la distancia.―¡Procura no perderte en el camino de regreso!

¡No soportaba a esa estúpida chica! ¡¿Cómo podía llegar a pensar que podría caerme bien?!

Observé mi mano mientras caminaba hacia el apartamento, recordando esa sensación de calor tan diferente a la que me transmitían mis hermanos. Era algo que no había sentido hasta ese momento, y que había logrado llevarse consigo tras su despedida, volviendo a dejarme totalmente solo entre calles y personas desconocidas. Con ella, sin embargo, tuve la impresión de que nos conocíamos desde hacía mucho tiempo, siendo aquella la primera vez que nos veíamos.

Hacía horas que me había metido en mi propia cama. Pude conseguir dos pares más de futones para cada uno, permitiendo a los niños dormir por separado y más cómodamente en la habitación, mientras que yo me desplacé al salón. Rodaba en la cama una y otra vez, siendo imposible conciliar el sueño. No me quitaba de la cabeza el reencuentro de aquella mañana y de la expresión en sus caras cuando rechacé su invitación a la barbacoa… Aunque me insistieran, por un lado, estaba preocupada por Daisuke y, por otro, tenía una sensación de angustia e incomodidad estando con ellos. No sabía muy bien cómo explicarlo.

Al ver que era inútil intentar dormir desistí.

Eché un vistazo dentro de la habitación, percibiendo sus respiraciones acompasadas entre la oscuridad. Me fijé especialmente en el bulto que formaba Daisuke. Había regresado a casa sin mediar palabra de lo que ocurrió con Kakashi-sensei esa mañana, permaneciendo ensimismado, encerrado en su propio mundo con que sea lo que fuera que le pasara por la cabeza. Sin hacerle el menor caso a sus dos hermanos ni a mí, hasta que se acostó.

Debía hablar con él. Explicarle que lo que estaba haciendo no le beneficiaría antes de que el tema se prolongara y se volviese más grave.

Salí del apartamento con la intención de dar un paseo nocturno y poder despejarme con un poco de aire fresco. La casa se me caía encima al tener que pensar constantemente en Sasuke, y era duro verle reflejado en mi hijo a conciencia; le echaba de menos, como cualquier niño que quiere a su padre lo haría… Pero eso no significaba que se olvidara de sí mismo a costa del recuerdo de Sasuke.

En cambio, Sora y Takara parecían manejarlo bien, por el momento. No mencionaban a su padre con el mismo ímpetu que el mayor, pero veía en los ojos de Sora que Daisuke incentivaba sus esperanzas de que Sasuke volvería, tarde o temprano. El único que ante eso no se había pronunciado fue Takara; de entre los tres percibía que él era el más propenso a intentar acoplarse a esa nueva vida en Konoha, y más o menos, intuía que llevaba a Sora, en cierta manera, a su terreno. Eso era precisamente lo que temía. Verla siendo arrastrada entre las dos corrientes opuestas de sus hermanos, lo que al final, llegado el momento, ella resultaría la mayor perjudicada de todos.

¿Qué tendría que hacer? ¿Hacerles esperar hasta que Sasuke diera señales de vida, o romperles directamente el corazón?

Cualquier cosa que hiciese les perjudicaría de una forma u otra. Solamente se me ocurrió dejarlo en las manos del tiempo y estar pendiente de ellos para ver lo que sucedía. Consolarlos, si así tenía que ser… Si así tuviera que desvelarles la verdad... Y , aunque lo hiciese, jamás mencionaría el hecho de por qué Daisuke vino al mundo.

Ése sería el único detalle por el que estaba dispuesta a omitir o mentirle. No por Sasuke, sino por mi hijo; quería tanto a su padre que la perspectiva de que supiera lo que había hecho lo destrozaría.

Oí un par de pasos acercarse, fijándome en los pies que se detenían a escasos de metros de donde estaba.

―Naruto.

Ambos nos sorprendimos a la vez al encontrarnos el uno con el otro por la calle en mitad de la noche. Sonrió, acortando la poca distancia que nos separaba. Yo se la devolví, por diminuta que fuera sabía que eso bastaba, y los dos caminamos juntos entre las farolas que alumbraban por donde pisábamos.

―No deberías estar en la calle a estas horas tú sola.

―No podía dormir, y pensé en salir a dar una vuelta. Además, no estoy sola.

―Ya… ―miró hacia uno de los tejados, sin lograr ver nada. Pero sabía tan bien como yo que el ANBU se hallaba ahí.―Yo tampoco podía dormir, ¿sabes? Tengo demasiadas cosas en la cabeza.

―Pues ya somos dos.―coincidí con él, sin embargo, él se había quedado mirándome.―¿Qué?

―Me preguntaba por qué no quisiste venir con nosotros. Los chicos tenían muchas ganas de que nos reuniésemos todos otra vez... Como en los viejos tiempos.

―Naruto, yo…

―¡N-No te lo estoy echando en cara! Es solo que… bueno… Me gustaría saberlo. No sé si es cosa de mi imaginación o no, pero, te noto diferente. Distante… Incluso ahora.―sus ojos se habían impregnado de una profunda tristeza, consiguiendo removerme dolorosamente por dentro. Quise escapar de ellos y me adelanté un par de pasos.

―¿Qué estás diciendo? No me pasa nada, ¡soy la misma de siempre! ¿No lo ves? Y he vuelto a casa, así que no tienes que preocuparte por…

―Sé lo que has vivido con Sasuke.―soltó de repente y, ante eso, no pude más que parar en seco.―Kakashi-sensei me lo ha contado. Aunque daría igual si no lo hubiese hecho… Nadie dudaría en decir que son sus hijos; los tres se le parecen mucho, sobre todo el mayor. Pero,… necesito saberlo… Que seas sincera conmigo, Sakura...―hablaba a media voz, casi en un susurro estrangulado.―¿Sasuke te obligó? ¿De verdad lo hizo y luego…?

―Es suficiente, Naruto.

―¡¿Por qué?! ¡Contéstame! ¡Quiero saber por qué Sasuke te ha hecho todo esto, Sakura! ¡¿Cómo fue tan siquiera capaz de hacerte una cosa así?!

―¡Cállate! Tú no sabes nada, Naruto. Así que no…

―¡Sé que siempre le has querido! También que conseguirías perdonarle cualquier cosa… ¡Sólo por él! Pero, esto… Alguien, a quien considero mi amigo, ¡y que te haya hecho daño de esta manera…! ¡Yo no puedo perdonarle!

Una de las farolas que habitaban en ese lugar parpadeaba continuamente y en varios intervalos distintos.

―Si lo que de verdad te preocupa es si Sasuke me ha violado alguna vez en estos doce años,―empecé diciendo con voz profunda y seca.― la respuesta es: no.―alrededor de la bombilla, pude divisar dos pequeñas polillas revoloteando la una chocando contra la otra.―Viví y me retuvo con él; que haya tenido hijos suyos es asunto mío, y de nadie más. Y si con eso no te sientes mejor, puedes echarle la culpa a mi estúpido enamoramiento.

Di un paso, y luego otro, dejando atrás la guiñosa luz de aquella estropeada farola.

Antes de poder darme cuenta me vi atrapada entre sus brazos y su pecho, abrazándome fuertemente en la oscuridad que dejó la fundida bombilla.

―Naruto…

―No te vayas.―susurró junto a mi oído.―No vuelvas a irte… Te he estado esperando todo este tiempo. Buscándote… ¡Casi me volví loco pensando en las miles de cosas que podrían haberte pasado…!―me estrechó más contra su cuerpo. Sonaba tan desesperado que se me encogió el corazón.―Aquí están tu familia, tus amigos… Si quieres culpar a alguien de lo ha ocurrido ódiame a mí en vez de a ellos por no poder encontrarte, ¡lo entenderé! Pero quiero que recuerdes que ésta es tu casa. El lugar donde perteneces.

―No estoy enfadada con nadie…―le aseguré.― Ni contigo, Naruto. De hecho, sé que intentasteis localizarme: Tsunade-sama me lo dijo. Y también he hablado con ella de cosas que no quiero volver a mencionar... Espero que lo comprendas.

―Sí, pero...

―He regresado, y tengo tres hijos a los que cuidar. A parte de eso no quiero saber nada más… Lo único que os pido ahora es que me deis un poco de tiempo para reengancharme de nuevo a lo que fue mi vida aquí, con ustedes.

―Lo entiendo. Perdóname, Sakura.―deshizo su abrazo, y por primera vez desde que decidí salir de casa sentía frío.―No te obligaré a que me cuentes nada si no quieres; lo último que pretendería es hacerte daño. Y , si para ti es más fácil de este modo, yo te apoyaré. Como también estoy completamente seguro que lo harán los demás.―por alguna razón, la calle volvió a iluminarse de nuevo, sin rastro del parpadeo anterior. Naruto se posicionó frente a mí, sonriéndome cálidamente.―Estaré contigo para lo que sea y cuándo necesites. Siempre.

―Gracias, Naruto.

Me acompañó a casa. Y tal como dijo no insistió más en el tema y se centró en charlar despreocupadamente conmigo durante el trayecto de regreso.

―¿Qué harás mañana?―no le bastó con caminar hasta allí, sino que me siguió dejándome en la misma puerta del apartamento.

Al igual que su postura su tono de voz era casual, aunque dejaba entrever que estaba interesado, en cierta manera.

―Bueno, tenía pensado ir a ver a mis padres. Ya deben saber que he vuelto.

―¡Oh, sí! He ido a verles esta tarde; están ansiosos por verte. Y tranquila, no les he dicho nada acerca de los niños… Pensé que de eso debías… encargarte tú… ¿Qué pasa?

―Nada,… solo que se me hace raro que trates con mis padres.

―Yo no le veo nada de raro. Además, no te preocupes.―habló en voz baja y sólo para mis oídos, mostrando una sonrisa.―Estoy convencido de que tus padres querrán a esos tres incondicionalmente. Son sus nietos, al fin y al cabo, ¿no?

―Sí…―me atrajo hacia sus brazos, sabiendo lo que necesitaba y lo que me preocupaba en ese instante sin entender cómo lo hizo, mientras yo luchaba contra las lágrimas que intentaban salir a la superficie.―Gracias,… Naruto.

―Eh, ya te lo he dicho antes, ¿verdad?―asentí, escondida en su pecho y musitó suavemente.―: Estaré aquí, y no les pasará nada; todo saldrá bien. Te lo prometo, Sakura.

No se separó de mí ni un segundo. Siguió abrazándome, incluso después de que consiguiera calmarme del todo. El calor que me transmitía era tranquilizador y me sentí segura con su cercanía… Todos aquellos malos pensamientos habían quedado momentáneamente aplacados por él.

Podía confiar en Naruto.

―Bueno… ya nos veremos.―abrí la puerta, volviéndome hacia él.

―Claro.―Lo despedí con un gesto con la mano antes de entrar.―Sakura…―me llamó, apenas atravesé el umbral, y me regaló unas dulces palabras que me conmovieron.―Bienvenida a casa.

Desde que llegué a la aldea creo que ésa fue la primera vez que tuve oportunidad de sonreír de verdad. De sentir que su calidez casi alcanzaba mi destrozado y profundamente malherido corazón, el cual, continuaba silenciosamente sangrando y helado; sin los síntomas previos de una pronta ni tan siquiera tardía recuperación…

Que algo así sucediera resultaría imposible para mí.

―Buenas noches.