*Capítulo perdido, hallado, modificado y resubido; consecuencia de querer actualizar desde el celular*
Finalmente, el tan esperado reencuentro había sucedido.
Y ésta vez no era un sueño. Pero el destino o lo que fuera, se empeñaba en seguir jugando con ellos.
Se miraron fija y largamente.
En los ojos de ella, se reflejaba el encono provocado por el abandono.
En los de él, desconcierto y alegría se mezclaban.
— ¿No dices nada?
Cuestionó Alexa con acritud.
— Has cambiado.
Respondió Aldrien, escuetamente.
— Cortesía de una solitaria temporada en un mísero rincón del Infierno. Aunque, no podrás negar que la muerte y el negro me sientan de maravilla.
Señaló, con una sonrisa mordaz.
— ¿Vendiste tu alma para escapar de ahí? Lamento informarte que, sin importar a donde vayas, sus llamas te consumen.
— ¿Mi alma? ¿Ésa que te entregué y despreciaste? No me vengas ahora con que te importa.
Alexa sonaba alterada, lo sabía y no le agradaba; su molestia se incrementaba inevitablemente a cada segundo.
El labio inferior comenzó a temblarle. Y para contrarrestar su exabrupto, lo cuestionó.
— ¿Qué diste tú a cambio del Paraíso?
Ante la pregunta, Aldrien echó un vistazo a su espalda. Sus blancas alas eran la prueba del retorcido sentido del humor de algún ser celestial.
— Nada. Yo no pedí esto.
— Tú no pediste el Cielo, yo no pedí el Infierno... Mi único deseo era que te quedaras a mi lado, y mira cómo terminamos.
— Te equivocas. No podríamos estar más lejos de acabar, ahora que estamos juntos.
— ¡Por Dios, no seas absurdo!... Espera… ¿Se me permite mencionarlo a "Él" ahora que juego para el equipo contrario?... ¡Bah, da igual! ¿Qué más podría pasarme?
— No tienes ni idea. Pero, acertaste en algo: Esto es un juego. Somos el entretenimiento preferido de una entidad omnipresente tan poderosa como aburrida, con la eternidad y nuestros destinos a su disposición para hacer lo que le plazca mientras decide si destruye o no al mundo en el que solías vivir.
— Si es como dices, imagino que no estará muy complacido con la opinión que tienes de Él.
— Tonterías, mi opinión o la de nadie le importa un cuerno. Además, le he proporcionado suficiente diversión como para tener ciertos privilegios.
— Genial, pasé de asalariada común a bufón alado. ¿Cuál es el pago aquí?, por cierto.
— No pierdes tu encanto, ni tras la muerte ni entre las llamas del Infierno.
— Mejor no mencionar lo que he perdido, ¿quieres? No alimentes mi deseo de arrancar una a una tus plumitas blancas.
— Tu valentía raya en la estupidez; si me place, éste podría ser tu último día.
— ¿Vas a arrancarme la cabeza, Aldrien? Primero querías mi alma... ¿Algo más que desees arrebatarme?
— Tu corazón. Pero serás tú quien me lo entregue.
— Tendrás que arrancármelo del pecho. No obtendrás más que un trofeo hueco, pues ya no hay nada para ti en él.
Demostrando que no creía en sus palabras, Aldrien se aproximó a ella. Tan cerca, que pudo percibir la agitada respiración, así como la ira y un dejo de tristeza en aquellos ojos que una vez lo miraron esperanzados.
Pretendía imponerse con la superioridad que le daba su estatus. Sin embargo, algo dentro de su ser se estremeció, rebelándose en contra de sus intenciones.
Lentamente, recorrió su mejilla con una de sus largas y afiladas uñas.
El gesto terminó siendo más una caricia que una amenaza.
— Ya veremos qué es lo que tienes para mi.
Escudriñó nuevamente en su mirada, como queriendo hallar algo que echaba en falta. Al no encontrarlo, la alejó de él con brusquedad.
Y sin pronunciar una sola palabra, se elevó hasta perderse de vista.
-.-.-.-.-
¿Qué rayos había sido eso?
¡Por todos los demonios del inframundo!... ¿Cómo era posible? Tal comportamiento de su parte era irrisorio. Inesperadamente, se daba cuenta de que ni todos sus años de existencia lo habían preparado para enfrentarse a los menesteres del amor.
Ya en una ocasión pagó un precio muy alto por ceder su afecto.
La tragedia no se repetiria.
No pudo evitar la muerte de Alexia, pero al menos intentaría rescatar su alma.
Tenía que ceñise a su objetividad, pues ésta era, a fin de cuentas, una batalla más que debía ganar.
Tras una respiración profunda, centró sus pensamientos en los hechos.
¿Acaso el Todopoderoso, hastiado de sus propias reglas, decidió incluir en su juego ésa arma letal de doble filo? Táctica astuta, aunque, evidenciaba nerviosismo.
Increíble.
¿Qué pieza se le había salido de control en el tablero, como para obligarlo a correr tal riesgo?
No había en el universo nada más volátil e impredecible que ése sentimiento: El amor. Justificación predilecta para los actos estúpidos y destructivos de los seres humanos, así como el estandarte de sus causas imposibles y su fe. Creación, destrucción; bondad, maldad; alegría, tristeza. Una siempre de la mano de la otra, en un amargo equilibrio.
¿Hacia qué lado se inclinaría la balanza en el corazón de Alexa?
Si bien la diferencia entre las habilidades de ambos era inconmensurable y ella no tenía oportunidad, la muerte definitiva sería más dulce de mano amada que enemiga.
¿Sería él capaz de liquidarla si llegaba el momento?
¿Se impondría el instinto de supervivencia, su implacable sed de victoria, sobre el sentimiento recién descubierto?
"Sentimiento".
La sola palabra le provocaba náuseas.
Como estratega, comprendía su única utilidad en batalla: debilitar y confundir al enemigo. Pero, ¿desde cuándo consideraba Él a la humanidad como algo más que una fuente de alimento?
Intrigante.
No era de sorprender que alcanzar la cúspide como civilización a los mortales les hubiese tomado milenios. Aldrien llevaba poco tiempo lidiando nuevamente con las antaño fútiles emociones, y ya había perdido de vista su propósito.
Molesto consigo mismo, detuvo su travesía abruptamente.
Él no era un insignificante mortal obnubilado por su sentir.
Con una idea clara y el control ya recuperado, estableció prioridades.
Si deseaba encontrar respuestas, sólo había alguien con la suficiente antigüedad y conocimiento a quién acudir. Estaba seguro de que no colaboraría de buena gana, pero eso no lo detendría.
-.-.-.-.-
La indiferencia con que Xandria lo escuchaba, aunada a su mirada carente de expresión, confirmó su teoría.
Sellaba un documento tras otro con rapidez sin siquiera levantar la vista hacia él, pronunciando con desinterés un "Sí" o un "No" de vez en cuando.
— A Él no le gustará que andes por ahí husmeando en la Sagrada Historia. Si no temes sus represalias, es que tu ego y tu estupidez compiten en proporción.
— Si quisiera eliminarme, lo habría hecho desde el instante en que comencé a hacer preguntas, y no he visto que se abra el cielo lanzando un rayo que me parta en dos.
— Estás tentando a tu suerte. ¿Deseas morir? Creí que disfrutabas del don de la eternidad.
— Tú y yo somos la prueba de que, con la misma facilidad que Él da, quita. Lo que me resulta sorprendente, aún después de tantos siglos, es que jamás hayas intentado cambiar tu situación. Siendo tan poderosa, renunciaste a tus alas sin luchar. Un acto incomprensible a mi parecer.
— La ignorancia es una bendición para los idiotas e imprudentes. Créeme.
Y ahí estaba la grieta que buscaba.
Aldrien se reservó la sonrisa satisfecha para sí mismo.
— Entonces, hay un secreto. ¿Uno tan grande que vale tus alas, Xandria?
La aludida siguió con sus labores sin inmutarse, revisando y guardando expedientes. Luego de unos segundos, respondió con tono cansino.
— Me decepcionas, Aldrien, con tu absurda teoría. Comprendo que no te agrade el cambio en tu plumaje. Pero no hay un gran misterio tras ello, simplemente, vivimos a merced de los caprichos de una deidad aburrida con demasiado tiempo libre. Por cierto, deberías ocupar mejor el tuyo. Te recuerdo que tu récord anterior ha sido borrado. Estás en ceros. Y apostaría que eso te disgusta más que el blanco de tus plumas.
— No se hace una apuesta sin tener con qué respaldarla, y cualquiera puede ver que has agotado tus fichas. Aunque te concedo razón respecto a lo valioso de mi tiempo, así que me retiro. Un placer charlar contigo.
— Y yo aprecio tu sarcasmo, incluso más que tu visita.
Xandria lo observó fijamente hasta que desapareció en la inmensidad del horizonte.
Él ya no pudo ver el ligero temblor en sus labios ni se percató de cómo cerraba los puños, con tanta fuerza, que las uñas se clavaron en sus palmas sin que a ella pareciera importarle el dolor ni el hilillo de sangre escurriendo entre sus dedos.
-.-.-.-.-
La noticia de las alas blancas de Aldrien se corrió como reguero de pólvora en ambos bandos.
El que Alexia se integrara a las filas de los ángeles oscuros tampoco pasó desapercibido.
Cielo e Infierno se agitaron, compartiendo cierto entusiasmo por ésa ruptura en el transcurso de su milenaria monotonía.
Él se convirtió en el trofeo que todos deseaban ganar, pues vencerlo le brindaría a quien consiguiera la victoria un poder envidiable y un estatus privilegiado.
Ella, al darse a conocer su historia, se enfrentó a una batalla tras otra, ya que eran muchos quienes, en revancha, anhelaban cortar la cabeza del "juguete" de Aldrien. Sin embargo, ninguno de los adversarios contaba con que a Alexia la movía su propia sed de venganza, y que el despecho sumado a la amargura podían ser también una fuente inagotable de fuerza.
Y así, aquellos que se habían buscado en sueños para estar juntos, se hallaban ahora esperando la oportunidad de enfrentarse, cada uno con un desenlace distinto en mente.
Innumerables contiendas se libraron.
Para quienes no se ven afectados por su paso, el tiempo es insignificante.
Cuando se ha vivido demasiado se pierde el respeto por la vida, así como el miedo a perderla; tampoco hay remordimiento al arrebatarla. Mientras no sea la propia, la muerte es el principal entretenimiento.
Una inusual efervescencia lo invadía todo.
Complacidos, quienes atestiguaban desde lo alto de sus tronos a la vida y la muerte debatiéndose por el triunfo, disfrutaban del sangriento festín, esencia de su poder.
Harto de la tregua, El Original había movido las piezas de su ajedrez a conveniencia.
El Equilibrio no era satisfactorio para nadie y debía ser roto.
Lo había conseguido una vez; lo lograría de nuevo.
La humanidad cumpliría con su papel en el juego.
Y sin saberlo, acabarían venerando a quienes fungían a la par de sus salvadores y verdugos.
-.-.-.-.-
Las campanas de aquella vieja iglesia repicaban con su tercer llamado a Misa.
Bajo el cielo nublado, como era costumbre, los fieles se congregaban en el recinto a la espera del sermón y el perdón por sus pecados.
El pequeño pueblo se hallaba en condición tal, que podría decirse que las plegarias de los feligreses desde hacía mucho tiempo no eran escuchadas. Aun así, acudían puntualmente cada Domingo a depositar sus esperanzas y el diezmo en manos de los clérigos.
Ajeno al tumulto, un pequeño de unos ocho años jugaba en el patio trasero mientras alimentaba a las gallinas; saltaba y correteaba entre ellas, lanzándoles los granos de maíz de un lado a otro. Disfrutaba de ésa simple tarea como sólo un crío podía hacerlo.
— ¡Ezekiel! ¡Ezekiel!, pronto comenzará a llover, será mejor que vuelvas a la casa. Además, alguien podría verte, apresúrate.
El niño, al escuchar la voz de su nana, obedeció sonriente y corrió hacia ella. Cuando la tuvo cerca, la abrazó cariñosamente.
La joven correspondió el gesto tierno del infante revolviendo con sus dedos la rebelde mata de pelo, y juntos entraron al que, por ahora, era su hogar.
Tras un último trueno, la lluvia comenzó a caer.
— Siéntate, acabo de preparar chocolate caliente, ¿quieres un poco?
Él sólo asintió, hurgó en los bolsillos de sus pantalones cortos, y sacó una bolsita con galletas caseras, colocándolas sobre la mesa.
— Perfectas para acompañar nuestra bebida. ¿Te las han dado en la iglesia?
En respuesta, un movimiento afirmativo de su cabecita.
Isis lo observó.
Llevaba ya varios años cuidando de él, y no dejaba de maravillarle su apariencia tan poco común: la piel de un blanco extraordinario, su cabello de un negro azulado intenso, en contraste. Sus pupilas, de un gris y un azul tan claro, tan distintas una de la otra. Únicas, como él.
El silencio completaba la misteriosa apariencia deEzekiel, pues, tenía entendido que jamás había pronunciado palabra alguna. Aunque su comprensión e inteligencia eran innegables, se comunicaba únicamente con gestos y señas.
Ella había llegado a la conclusión de que el no hablar era por decisión propia, ya que sin duda era brillante. Había un halo especial alrededor suyo, tan inexplicable como atrayente, casi mágico. No por nada lo mantenían alejado de la comunidad y el resto de la gente. Tal vez era lo mejor, pues está en la naturaleza humana temer y atacar lo que no comprende. Eso ella lo sabía muy bien, y mantenía ocultos sus propios dones.
Cuando lo asignaron a su cuidado, se le indicó que su labor era de vital importancia.
No hizo muchas preguntas. Que el sacerdocio recurriera a la protección del clan de las brujas dejaba a las claras que lo que traían entre manos era grande, y sobre todo, arriesgado.
Tanto, que debían esconderlo incluso de su Dios.
Aquella tarea era más bien un destierro diplmático ante su desobediencia. Dada la jerarquía y los poderes de su familia, no podían liquidarla directamente, por ser la última descendiente. Así que el Aquelarre Mayor esperaba que, en el cumplimiento de su deber, alguien más lo hiciera.
Isis terminó por disfrutar del supuesto castigo. Y se había preparado con creces para proteger la vida de ése inocente.
Él iba a vivir para ser feliz, junto a su madre, cuando ésta volviera. Y entonces, todos los que lo conocían comprobarían si ése hecho marcaba el fin de su silencio, tal como corría el rumor.
Y por razones que Isis desconocía, ése día era temido por unos y esperado por otros.
¡Saludos!
Agradezco a quienes se hayan pasado a leer y llegaron hasta aquí. "Reviví" ésta historia después de tanto tiempo gracias al interés y entusiasmo de dos lectoras: Ceres y BlackRose 223 – Chicas, ojalá les agrade la continuación –
Deseo cambiarle el título, sólo que aún no doy con él. Espero tenerlo para el próximo capítulo.
Ya saben, sus comentarios son siempre bienvenidos.
Gracias, y ¡feliz día!
