—Sabía que debía aceptar esa vacante junto a Ron, joder —maldijo Harry.

Hermione no lo reprendió. Estaba igual de sorprendida e indignada, pero para ella aceptar un puesto sin acabar primero la escuela no era una opción.

A diferencia de Harry, que solo había decidido continuar porque realmente no tenía claro qué hacer con su vida, a pesar de las ofertas de aceptación inmediata en la academia de aurores y en un par de equipos de Quidditch, uno de los cuales también había aceptado a Ron.

—McGonagall se está tomando demasiado enserio todo este asunto de la unión de las casas —murmuró Neville.

—No es así, para los demás no cambiará nada. Es un experimento cruel sólo para los de octavo año —aseguró Seamus.

Harry y Neville asintieron.

—Al menos regresaron menos Slytherin que de las otras casas. Tendremos menos posibilidades de toparnos con ellos —reflexiono Parvati mientras intentaba comer el postre sin muchas ganas.

Harry ya extrañaba a Ron. Estaría atiborrandose de comida y despotricando con la boca llena contra la nueva política para los de octavo año.

El heredero Malfoy se encontraba en una situación hilarante: su madre le había enviado por correo un libro de dibujos muggles que "Debía colorear para alinear sus energías". Narcisa Malfoy se encontraba en Francia, donde había tenido que relacionarse con su vecina muggle hepeee, quien estaba obsesionada con saber la vida de los demás y arreglar sus energías; al parecer, los mandalas eran algo tan magnífico que su madre lo estaba obligando a hacerlos, ya que "mientras tu padre cumple la condena en Azkaban y los aurores inspeccionan nuestro hogar, debemos limpiar nuestras energías. Vamos Draco querido, esto es una buena oportunidad para aprender sobre los muggles ¡y como hacen todo sin magia!".

Se había quedado tan sorprendido con la última misiva de su madre y sus instrucciones, que le pareció que la nueva política acerca de los de octavo año no era lo más extraño que le había sucedido en el día. Ni siquiera lo peor, considerando el momento en el que se había dado cuenta de que solo había seis alumnos de Slytherin en su año y no había podido atender al funeral de varios de los ausentes.

Así que mientras esperaba con sus compañeros a que los miembros de las otras casas escogieran sus habitaciones y Potter pasó delante de ellos con una sonrisa cordial e incómoda en los labios, apenas parpadeó.

Y cuando una diminuta cabeza peluda salió de entre los pliegues de su túnica para olisquear el aire en su dirección, ni siquiera tuvo fuerzas para indignarse.

—Por supuesto que la nueva mascota de Potter tenía que ser un hurón albino —murmuró sin el menor rastro de sorpresa—. ¿Por qué no?

Se encogió de hombros y siguió a Zabini que al parecer ya le había echado el ojo a una habitación todavía desocupada. Si reparó en la mirada fija y amarillenta de un mitad kneazle sobre él, apenas le importó.

Hacía falta una buena siesta para que su cerebro volviera a funcionar en el espectro de la normalidad.