Disclaimer: (Más vale tarde que nunca): los personajes incluidos en esta obra fueron bastante maltratados por J. K Rowling, a quien (lamentablemente) pertenecen. Por eso estamos aquí, para tratarlos bien y buscarles una forma no menos realista de ser felices.


Crookshanks miraba con curiosidad a los dos magos, mientras estos observaban un pergamino en blanco, como si la respuesta a todos sus problemas fuera a aparecer mágicamente en este.

—Malfoy, tenemos que coordinar los horarios de comida de ellos con los nuestros —dijo el mago de aura azul.

—Estás implicando que tendremos que comer siempre juntos? —el rubio escuálido parecía aterrorizado.

—Hagrid dijo que la comida acercaba incluso a los rivales naturales —respondió el amigo de Hermione encogiéndose de hombros.

Crookshanks concluyó que tendría que aprenderse el nombre de esos dos magos. Usualmente los humanos —mágicos o no—, le interesaban menos que los pequeños elfos que solía asustar cuando aseaban los lugares menos concurridos por estudiantes. Los nombres pasaban por sus orejas como si fueran chillidos de fénix recién renacido. Pero si tenía que acercarse a esos dos por su extraña conexión, tendría que esforzarse un poco.

Conexión que, de hecho, parecía vibrar por momentos. Sobre todo, cuando se acercaban demasiado el uno al otro. Tendría que mencionárselo a su mentora.

—Bien Potter, pero si llegan tarde, empezamos sin ustedes. Solemos estar en el comedor tan pronto como inician las comidas —Potter, Potter, Potter. El nombre del amigo de Hermione era Potter.

—De acuerdo, Malfoy. También debemos sincronizar las horas de estudio, deben pasar mucho tiempo juntos si queremos que esto funcione —Malfoy, Malfoy, Malfoy.

—Solo admite que quieres mi ayuda para estudiar Potter.

El cuello de Potter se puso casi del color del hilo, que ahora vibraba un poco.

—Confieso que algo de ayuda no me vendría mal, Hermione ha encontrado muchas causas sobre las cuales quiere concienciar al mundo mágico y no tiene tiempo para explicarme como solía hacerlo.

Crookshanks le había señalado a Hermione al menos dos de esas causas. Se empezó a lamer las patas, orgulloso de su labor y que esta aportara también al objetivo que le había indicado su mentora.

—¿El salvador del mundo mágico confiesa que pide mi ayuda? Como cambian los tiempos, Potter…

—Puedes llamarme Harry, después de todo estaremos criando nuestros animales mágicos juntos —Potter soltó un bufido.

Una mancha blanca rozó la visión periférica de Crookshanks. Los magos se estaban mirando con tanta intensidad y el hilo se había vuelto tan brillante, habían descuidado al pequeño hurón.

Crookshanks lo siguió hasta acorralarlo y lo tomó en su hocico. Saltó sobre la mesa de estudio y casi se tropieza con el hilo.

—Si eso es lo que quieres… Harry.

La cicatriz de Potter resaltó pálida contra el brillante tono hilo de su piel. El color del hilo pareció solidificarse un poco.

—S-si, será lo mejor Draco.

Crookshanks dejó al bebé hurón al lado de Harry, saltó el hilo por miedo a que este electrificara su pelaje y regresó a los estantes de libros.

Divisó la forma humana de su mentora a lo lejos, y por la expresión de su rostro parecía que, por un momento, ella también había sido capaz de ver la conexión.

Crookshanks solo esperaba que no se fijaran tanto el uno con el otro como para descuidar a sus animales mágicos.

De lo contrario tendría que rasguñarlos.