*Una semana después*

Todos podían acordar que esa era la primera clase del profesor Binns en la que ningún estudiante había "recuperado sueño", al menos en esa década. Pero Minerva McGonagall no se lo diría a nadie, había dejado de preocuparse hacía mucho por la clase de Historia. Sabía que tenía que realizar un cambio al respecto, pero por el momento estaba bastante ocupada.

Frente a ella se encontraban, casi con iguales expresiones de vergüenza y desafío, Harry Potter, Draco Malfoy, un hurón albino y una lechuza pequeña. Después del último informe de Crookshanks, ni siquiera tenía por qué sorprenderse de encontrar semejante escena durante una ronda de revisión de clases: Binns escribiendo nada en el tablero con una tiza fantasma de probablemente una tiza que había cometido suicidio en una de sus clases, Draco Malfoy gritándole a Harry Potter mientras este a su vez intentaba separar a los animales, los estudiantes de octavo año de Ravenclaw, Gryffindor y Slytherin gritando como en un partido de Quidditch, y Seamus Finnigan visitando a cada uno de los espectadores con una libreta. Ya sería su turno.

—No me importa si el hurón se lanzó contra la lechuza primero, o si ella lo picoteó sin motivo. Ambos tienen la responsabilidad de educar a estos animales y no dejar que lleguen a estos extremos. ¿O acaso alguna de las otras lechuzas ha peleado como una gallo de pelea?

Hestia pareció avergonzada, y a la maestra le pareció por un momento, que miraba al hurón con rencor.

—No, pero profesora, ninguna lechuza tiene que lidiar con una presa combativa.

—¡No le llames presa a Snuffles!

El hurón le mostró los dientes a la lechuza, en una representación casi idéntica de lo que hacían sus estudiantes.

—¡Suficiente! —exclamó Minerva—. Ahora el roedor hará parte oficial del programa para ustedes dos. Tendrán que asistir a todas las clases con ellos, no solo a las que consideren aburridas. Se intercambiarán su cuidado por las noches y al menos una noche a la semana, cada uno cuidará de los dos. Más les vale que esos dos se lleven igual de bien que ustedes dentro de un mes, ¡de lo contrario los destinaré a los cuatro a un armario para escobas!

Harry no sabía cómo había pasado de sentir un acercamiento mágico y electrizante con Malfoy, a querer estrangularlo y sacarle los ojos con una cuchara de madera.

(A veces se sorprendía de cuán Slytherin podían ser sus pensamientos relacionados con el chico).

También estaba sorprendido debido al evidente empeño que este ponía en cumplir con su parte del castigo. A decir verdad, había esperado muchas más quejas e insultos de su parte mientras limpiaban el establo que albergaría a una pareja joven de hipogrifos a partir de la siguiente semana.

Si no fuese porque él también intentaba sacar a palazos la idea de los propósitos de Hagrid con sus futuras bestias, Harry habría pensado que Malfoy trabajaba con esfuerzo hasta la extenuación como algún tipo de penitencia.

Hestia revoloteaba sobre sus cabezas, buscando ratones de un lado a otro. Parecía que finalmente habían logrado que catalogara a Snuffles como "no comida", en su mente, a pesar de ser un roedor. El hurón, por su parte, los miraba atentamente desde una repisa, como si los estuviera animando. Cada vez que él o Malfoy se acercaban al animalito, este les obsequiaría una lamida a modo de recompensa.

—Después de esto, nunca volveré a quejarme de limpiar los premios de Quidditch sin magia —murmuró Harry entre dientes, mientras lanzaba por la ventana otro pesado de estiércol a la pila que ardía sin prisa.

¿Acaso no había más niños castigados en Hogwarts para hacer esa tarea?

—Después de esto aprenderé a controlar mis elfos domésticos incluso desde áreas con hechizos de protección y seguridad. Ahora entiendo a esos mocosos que admiran tanto a Hagrid

Después de que nadie le recriminara por quedarse viendo más tiempo del necesario la camisa blanca pegada a la espalda de Draco por su sudor, dejó de quejarse sobre no tener más compañeros de tortura. Consigo mismo se bastaba para hacerse la vida imposible en su cabeza.

Puso todo su empeño en seguir limpiando el establo.

Lo hicieron tan bien, que cuando terminaron de acomodar la paja limpia no tardaron en caer dormidos. Hestia los acompañó poco después, con las fauces ensangrentadas y la panza llena.

Finalmente, Snuffles se unió a la siesta en medio de los dos con una sonrisa que solo los hurones podrían entender.