Disclaimer: los personajes que reconozcan, no son de mi propiedad sino de J. K. y otra gente millonaria. Los que no, vivirán una vida larga y feliz porque esa es mi decisión, muchas gracias.

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—Nunca pensé que me alegraría ver una pareja de hipogrifos —murmuró Draco tan bajo que, si todos los sentidos de Harry no estuvieran alerta por el chico a su lado, no lo habría escuchado.

Estaban en la ladera de la colina que llevaba al camino que conducía a los establos y la cabaña de Hagrid. En realidad, Harry no había esperado que Draco realmente acudiera a ver la bienvenida que le daría Hagrid a los animales; se había sorprendido de sí mismo al ser capaz de sugerir algo tan contrario a los intereses del rubio. Pero allí estaban.

La túnica de Harry rozando por su costado izquierdo la de Draco. Los vellos de sus brazos erizados, su corazón palpitando tan fuerte que le sorprendía que Draco no se girara a verlo con una ceja levantada. Si no se calmaba pronto, su respiración agitada lo delataría.

Aunque había reflexionado parcialmente acerca de su atracción respecto al chico rubio —sobre todo cuando no hacía más que cuidar de sus animalitos—, nunca se había permitido sentir esa atracción con plenitud. Y la verdad es que le gustaba sentir. Volver a sentirse genuinamente emocionado por alguien.

—Por alguna razón no se me ocurrió que simplemente llegarían volando —la voz de Draco lo sacó de sus pensamientos para ver el par de hipogrifos descender desde las nubes.

—Mira sus alas, ¿tal vez deberíamos ampliar un poco más el establo? —observó Harry preocupado.

—Si necesitan más espacio ya se encargarán ellos de hacerlo saber. Vamos Potter, Hestia quiere verlos. Ha estado embelesada por su vuelo desde que se aparecieron.

Harry se reprendió por su falta de atención a los animales.

Dos personas desmontaron los hipogrifos con una sincronicidad y maestría admirables, cuando llegaron frente a la cabaña de Hagrid. Harry había escuchado con el corazón en un puño como Draco le hacía prometer a Hestia que no se alejaría demasiado de él mientras estuvieran cerca de las bestias.

—¡Que bueno verlos, chicos! Les presento a Lana y a Louis.


Hagrid agitaba los brazos con entusiasmo, mientras les señalaba a un par de magos que parecían mellizos.

Luego de las introducciones necesarias y la obligada sorpresa por parte de los magos al conocer a Harry, estos procedieron a darle instrucciones a Hagrid respecto al cuidado de los animales.

Sin quererlo, Draco se vio atrapado por esa conversación, hasta participó voluntariamente en un par de ocasiones, en las que Harry lo miró como si le hubiese crecido una cabeza extra. Un poco a su pesar, Draco empezaba a reconocer y apreciar todo el trabajo que hacían con las bestias y animales fantásticos.

—Es asombrosa la manera en la que te las arreglaste para que nuestro héroe mágico se viera atraído por este mundo. ¡Tienes un montón de cualidades desconocidas, Hagrid! —exclamó Lana después de escuchar una de las respuestas cortas de Harry, que no quería ser dejado de lado.

—Yo… todavía no he decidido que quiero hacer —murmuró Harry, rojo hasta la punta de las orejas.

Lana ocultó su decepción en un parpadeo y se dirigió a Draco.

—Ya veo… pero este chico listo y guapo de aquí sí que se lo está planteando, ¿verdad? He visto como tu lechuza vuela de acuerdo a tus comandos, es un buen comienzo.

Draco también se sintió enrojecer. No recordaba la última vez en la que alguien le había echado más de un cumplido no relacionado con su dinero o aspecto físico. Y lo peor era que le había funcionado a Lana, porque al hacer que Draco se sintiera exitoso en su entrenamiento a Hestia, no pudo dejar de contemplar que otras posibilidades se podría encontrar si abría esa puerta, así fuera un poco.

—No sé qué decir. La verdad es que ha sido divertido entrenarla.

Miró de reojo a Harry. Alguien debía secarle la baba o cerrarle la boca.

—Bueno, puedes visitarnos para echarle un vistazo a la reserva —Louis sonrió amistoso y le dio un par de palmaditas en el hombro—. Todos ustedes están más que invitados.

—Los espero allí, ¡Espera una carta nuestra, Draco! —le sonrió Lana entusiasmada.

Hagrid les dio un caluroso abrazo a los mellizos. De alguna manera eso dio pie a que todos empezaran a abrazarse entre sí sin la menor razón. Draco no sabía qué hacer con sus brazos, y esa sensación de inutilidad se intensificó aún más cuando sintió el apretón más que fugaz de un Harry que estaba rojo como un tomate.

Hestia lo salvó de tener que reaccionar de alguna manera al posarse sobre su hombro mientras las despedidas continuaban.

Y eso estaba bien, porque Draco empezaba a sentir que sus escudos comenzaban a resquebrajarse, y no necesitaba estar rodeado de gente atenta para cuando se derrumbara.


Crookshanks estaba confundido. El hilo fluctuaba en espesor y color, como si de una poción se tratara.

Pensó que era algo que debía decirle a su mentora, pero cuando Draco se encerró a toda prisa en su habitación, vislumbró a Harry observándolo a una buena distancia. El extremo de su hilo se solidificó en un brillante que cambiaba el color oxidado en su recorrido hacia Draco. A mitad del camino, un rojo más tenue pero definido se encontró con el brillante, y el animal no pudo evitar sentirse conmovido.

Lo que estaban sintiendo por el otro volvía a ser brillante e importante. Y para mantenerlo así no se podían alejar de nuevo.

Crookshanks debía intervenir de nuevo.