El error 3.0
Tres errores en uno.
-¿Me está escuchando?
La gran pregunta del siglo.
Si.
Claro.
Claro que lo escuchaba. Era imposible no hacerlo.
-Si señor.- Aseguró la joven con seguridad y solemnidad.- Perfectamente.
-Bien.
En realidad si era cierto, si lo estaba escuchando, por supuesto que lo hacía, simplemente no estaba de acuerdo con algunas cosas de las que estaba diciendo y tampoco iba a rebatírselo. No iba a ganar nada, no pensaba discutir, o pelear. ¿Qué sentido tenía?
-Vuelva a clase.
-Buenos días profesor Snape.- Hermione se despidió con una sonrisa mientras salía de su despacho. El hombre le contestó silenciosamente con una mirada fría e inquietante. Pero ni por todo el oro del mundo eso iba a quitarle a la bruja aquella sonrisa de felicidad y triunfo.
Por supuesto que sabía que él iba a decir que había sido un error, por supuesto que iba a decirle que no podía ocurrir más, por supuesto que iba a decirle eso y mucho mas. Era lógico. Era Severus Snape y era profesor, si no le hubiera dicho nada de eso, no hubiera sido lógico. Era lo esperado, lo correcto; ese discurso ético donde le decía que no se podía repetir, que tiempos complicados se acercaban y que no podían dejarse llevar, que tenían responsabilidades.
Todo eso era cierto.
Se hubiera sorprendido si no hubiera sido así. Y sobraba decir, que estaba completamente de acuerdo con lo que había dicho.
No era el momento, no era ético, él seguía siendo su profesor y había sido una irresponsabilidad, tanto la primera vez, como la segunda. Quizás esta última vez mucho mas por haberse dejado llevar en el despacho del director.
Hermione no se consideraba alguien visceral e impulsiva. Pero aquel hombre…
Algo tenía Severus Snape que la hacía perder la locura y la lógica. Sólo habían hecho falta dos encuentros sexuales para darse cuenta de que ese hombre era su tendón de Aquiles, su debilidad. Con él no iba a tener nunca la cabeza fría. Así que tenía razón en que no podía volver a ocurrir.
¿Tenía problemas con ello?
A ver, iba a echar de menos el sexo. Pero la inteligencia y su seguridad se iban e interponer siempre, incluso ante sus hormonas alteradas. No era una irresponsable, ninguno de los dos se podía permitir arriesgarse por algo tan banal (y sin embargo tan delicioso) como el sexo, y menos en tiempos como aquellos.
¿En que no estaba de acuerdo?
Hermione estaba empeñada en seguir considerándolo el mejor acierto de su vida y estaba convencida, ahora más que nunca, que jamás cambiaría de opinión. Snape lo consideraba un error, ella no.
Era obvio que nunca se pondrían de acuerdo con ello.
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A mediados de Marzo la presión se palpaba cada vez más en el ambiente. La guerra se acercaba y lo sabían. Ella trataba de distraerse estudiando, enfocarse en ello, pero a veces no llegaba. Cada vez era más difícil llevarlo todo, y él no ayudaba.
-¿Quién puede decirme la diferencia entre Tenebris morbus y Tenebris corpus?- Preguntó con impaciencia.- ¿Nadie?- Hermione no levantó la mano aún sabiendo la respuesta. Con el paso de los años, en especial las últimas semanas, había aprendido que pasar desapercibida y no insistir era lo mejor con ese hombre. Aunque no siempre lo consiguiera, lo intentaba.- Que decepción.- Seseó arrastrando las palabras.- Como antídoto a vuestra ignorancia, este viernes quiero dos pergaminos sobre mi escritorio explicando las diferencias.
-Señor.- Habló la bruja lentamente.- Tenemos su examen ese mismo día.- Se quejó por fin Hermione, lo de Snape era abusar. El jefe de Slytherin se acercó a su mesa colocando ambas manos sobre ella mientras la fulminaba.
-Entonces les sugiero que se pongan cuanto antes.- Espetó. Hermione tragó saliva, sus manos estaban tan juntas sobre la madera que sentía su calor, asintió brevemente mientras cerraba las piernas y se removía en su asiento. El pocionista sonrió con triunfo, pensando que la había intimidado, pero no era intimidación. Era lujuria lo que corría por las venas de la bruja. Deseo. Sus ojos castaños brillaron, y Snape reconoció aquel destello melado. Frunció el ceño justo después de desviar la vista unas milésimas de segundo a sus labios rojos y carnosos.- El término Tenebris morbus viene del latín.- Explicó mientras se incorporaba y paseaba lentamente entre los alumnos.- Significa enfermedad oscura, fue creado en Alemania por Johannes Gutenberg en el siglo XV, más conocido en el mundo muggle por ser el creador de la imprenta.- Explicó mientras ponía unas diapositivas en la pizarra.- No tiene cura, ni tiene contra hechizo conocido, aunque algunos hechizos escudos han demostrado ser bastante efectivos, por lo que resulta prácticamente letal, así que si en algún momento se ven atacados por esa maldición, les aconsejo que aprendan a defenderse y recen porque funcione…
-Señor.- Lo cortó Hermione mientras levantaba la mano.- En el libro pone que no es letal, recomienda el….
-Señorita Granger, aprenda a valorar los conocimientos de sus profesores por encima de los libros, su arrogancia e inmadurez le pueden acarrear problemas futuros.- Sentenció con acidez.- Es letal.
Hermione dejó de escucharlo. No le apetecía hacerlo.
Todas las células de su cuerpo clamaban por sexo. El deseo se apoderaba de ella anulando sus sentidos. Sin embargo su cerebro, frío y calculador aun tenía la suficiente cordura para recordarle que ese hombre que tanto placer desataba en su cuerpo, era el mismo hombre desagradable y sarcástico que tenía delante y que con tanto énfasis se empeñaba en humillarla.
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Por fin había conseguido que Ron y Harry estudiaran un poco, aunque a regañadientes. Desde aquel día del castigo ninguno le había insinuado o preguntado nada más.
Ronald había comenzado a salir con Lavender Brown en un intento por darle celos. Lo que Ron no entendía aunque se lo dijese, es que ella no estaba celosa. No podía estar celosa de algo que no le interesaba. Nunca le había interesado Ron y nunca lo haría. Lo de ellos había sido exclusivamente sexual, algo para cubrir sus necesidades, ni mas, ni menos. ¿Y para que le había servido?
Para cometer errores y tener problemas. Sólo eso.
Entre ellos jamás habría nada más allá que aquella amistad que tenían, se había dado cuenta de que Ron era incapaz de separar amistad de placer, y además con él, el sexo traía muchas más desventajas que ventajas. En algún momento Ron tendría que entender eso.
-No Ron.- Comentó la bruja con calma.
-¿Por qué no?- Preguntó frunciendo el ceño.
-No puedes poner eso en el trabajo.- Aconsejó entregándole un pequeño pergamino.
-A mi me parece perfecto, eres tú que eres muy exigente.- Se quejó el pelirrojo mientras lo leía.
-Yo no soy la exigente Ron, es el profesor Snape y no creo que le guste lo que has puesto.
-A mí me gusta.- Se defendió un poco ofendido.- ¿Qué tiene de malo? A ver…
-Ron…- Dijo con paciencia. Hermione cogió su trabajo y le señaló dos cosas.- No puedes poner que la diferencia entre los dos hechizos son las letras.
-Pero son diferentes.- Explicó.
-Sí, pero hay más cosas.- Le preguntó ya con impaciencia y una ceja alzada.- Toma.- Le entregó un pergamino nuevo.- Empieza otra vez.
-¿Cómo? El examen es dentro de una hora.- Se quejó.- No lo voy a poder entregar.
-Si no lo intentas por supuesto que no lo vas a poder entregar.- Dijo frunciendo el ceño.
-No me da tiempo.- Soltó dándose por vencido.
-No, claro. Con esa actitud seguro que no te va a dar tiempo de ninguna manera.- Le reprochó frunciendo el ceño.
-¿Y de que servirá?- Preguntó quitándole importancia.- No creo que a quién-tu-sabes le importe si apruebo o no el examen.
-Eres tonto Ronald.- Le soltó enfadada.
-Paso.- Sentenció el pelirrojo cruzándose de brazos y mirando de reojo a su mejor amigo buscando apoyo.
-A mi no me mires, yo si voy a intentarlo.- El chico se encogió de hombros.
-Eres incorregible Weasley.- Siseó Hermione con rabia mientras recogía sus cosas y se iba de la biblioteca.
-Todo esto seguro que es por…
-Cállate Ron.- Le cortó Harry.
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Los chicos y chicas se congregaban a las afueras de la puerta del aula de defensa. El aire nervioso se palpaba en el ambiente. Ni siquiera eran exámenes finales, sólo un examen rutinario. Pero la sensación era tan intensa que la mayoría lo sentía como si fueran ya las pruebas para los éxtasis.
Siempre era lo mismo. Los pocos compañeros que acababan el examen y no eran mandados a la enfermería, salían pálidos, temblando, algunos se iban al baño que había justo al lado para vomitar. No había distinciones de casa para eso, sólo Malfoy había salido con el pecho hinchado de orgullo. Después de que salía alguien, hacía pasar a otro que entraba siempre con miedo, mirando al compañero que acababa de salir como prueba de lo que le esperaba.
Hermione esperaba tranquila al lado de Harry y Ron. Por supuesto Ronald estaba sentado en el suelo, pálido, temblando y con cara de desmayarse en cualquier momento. Había sido de los primeros en entrar y le había ido fatal, Harry sin embargo se las había podido apañar. La bruja no pudo evitar sentir cierta satisfacción por aquello del: Te lo dije. Normalmente estaría preocupada por Ron, pero él se lo había buscado.
-Hermione.- La llamó una Ravenclaw saliendo extremadamente pálida del aula. Pero la joven estaba más ocupada dejando su cabeza en algún otro lugar.
-¿Hermione?
-¿Que Harry?- Preguntó de repente volviendo en sí.
-Élle te llama.
-¿Cómo?- La joven miró a un lado, encontrándose con aquella sudorosa y pálida chica.- Perdona.- Se disculpó con una sonrisa.
-Te toca.- El indicó la Ravenclaw con pesar. Hermione asintió y miró a su alrededor, los estudiantes se estaban marchando. Era la última. Frunció el ceño, no es que le importase mucho, pero…
¿Por qué tenía que ser ella la última?
-Harry, llévalo a la enfermería, os veo en la cena.
-Pero…
-No me esperéis.
Hermione entró en el aula, saludó al profesor escuetamente, colocó el trabajo sobre la pila que había encima del escritorio y con determinación y sin decirle nada más, cogió su varita con firmeza y se puso en posición.
El profesor la esperaba con impaciencia y su máscara de frialdad puesta. Levantó la mano con habilidad y atacó con fuerza. Hermione lo bloqueó, aunque a duras penas. Se defendía bien, pero no tenía nada que hacer frente a él. Era un exmortífago, y por si no fuera poco, espía como miembro de la orden. Sobraba decir que era mejor que ella, mucho mejor.
Snape atacó de nuevo con la misma intensidad. Esta vez Hermione no tuvo tanta suerte, bloqueó el hechizo lo suficiente para no darle de pleno, pero la maldición ya había alcanzado el brazo izquierdo. Con un dolor casi insoportable vio como el hielo maldito le congelaba y se extendía por su brazo. Se tragó las lágrimas y el dolor punzante que le encogía el estómago, respiró un par de veces y alzó el brazo con la varita mientras recitaba algo que Snape no logró oír.
El pocionista con una sonrisa malvada de medio lado, bajó la varita dando por finalizado el examen. Abrió la boca para mandarla a la enfermería cuando vio como un aire caliente y rojo envolvía el brazo de su alumna, derritiendo el hielo en apenas segundos. Severus abrió los ojos con sorpresa, en años que llevaba haciendo aquella prueba jamás ningún alumno se había curado así mismo, y menos de aquella manera. La joven bufó dolorida, su frente estaba perlada por el sudor, pero en sus ojos brillaba aquella determinación que a Snape tanto le había gustado en la madriguera. Se puso en pie, empuñando la varita de nuevo preparada para más.
Snape alzó una ceja, pero no dijo nada. Rápidamente y sin darle la opción de recuperarse del todo la atacó de nuevo.
Hermione realizó el hechizo de bloqueo automático, pero tarde. El maleficio alcanzó por segunda vez su brazo izquierdo. Esta vez no pudo evitar el grito de dolor mientras caía de rodillas contra el suelo. Severus sonrió con superioridad ante la tozudez de la bruja, pensando que habría tenido suficiente. Pero Granger recitó de nuevo el hechizo contra su brazo y se puso de pie de nuevo. Empuñando la varita con más firmeza que la vez anterior.
La ceja del profesor se alzó rápidamente y tras un instante y sin remordimiento ninguno atacó con la misma fuerza.
Una, dos, tres veces más. Hermione esquivaba o bloqueaba lo que buenamente podía. Pero no se iba a rendir. La había llamado niña inmadura, a ella; que le había demostrado dos veces que tenía más madurez y cabeza que él. No era una cría.
Snape no se había contenido en todo el examen, pero este último ataque había sido despiadado. ¡Maldita sea mocosa! ¿Es que no se rendía? Pero no había forma de que Hermione Granger hiciera tal cosa y menos después de haberle oído decir aquello de ella. La maldición de hielo maldito le dio de lleno en el pecho tirándola contra el suelo. La respiración de Hermione comenzó a disminuir peligrosamente, su pecho subía y baja con una lentitud alarmante a medida que el hielo congelaba los músculos de su cuerpo.
Con apenas fuerzas y al borde de la inconsciencia levantó su varita para lanzarse aquel hechizo calmante. Unos segundos después Hermione rodaba sobre sí misma, tosiendo y tratando de ponerse de pie, sus piernas apenas lograban mantenerla.
-Basta.- Cortó con brusquedad Severus.
-No.- Se negó la bruja con orgullo.- No.
-No sea estúpida.- Escupió con asco.
-Continúe.- Pidió mientras resollaba aun y con cara de dolor lograba por fin erguirse del todo.
-Basta.- Siseó peligrosamente.
-¡No!- Gritó enfadada empuñando la varita.
-Diez puntos menos para Gryffindor.- Masculló Snape con seriedad.- Fuera.
-¡No!
-¿Qué demonios le pasa?- Le gritó el jefe de Slytherin acercándose un poco a ella. No entendía aquella obstinación de la mujer.
-Continúe.- Pidió con firmeza.
-Madure Granger, no puede seguir permitiendo que sus emociones le controlen, deje su orgullo de lado.- Masculló.- ¿Qué necesidad tiene de sufrir?- Espetó enfadado con una ceja alzada. Ambos se quedaron mirando unos segundos, retándose con los ojos, desafiándose. Hermione alzó la barbilla con orgullo mientras su pecho subía y baja con dificultad.- ¿Qué necesidad tiene?- Preguntó de nuevo. Sólo que esta vez su rostro no ocultaba la perplejidad que sentía. Los ojos de la bruja refulgían con una intensidad que no había visto jamás en ella, una determinación que lo dejó descolocado. Se acercó a ella cogiéndola con suavidad del brazo donde sujetaba la varita y se la bajó con lentitud.- No me tiene que demostrar nada.- Siseó en voz baja. No dijo nada más. Hermione levantó la vista para encararlo, pero nada más hacerlo contempló aquellos ojos negros, aquellas facciones frías mirarla con el más absoluto de los respetos.
La bruja inspiró profundamente y asintió.
Snape cogió el brazo maltratado de la bruja, con un increíble cuidado movió la ropa para observar las pequeñas quemaduras de hielo que conservaba en su piel; levantó la varita y murmuró algo suavemente haciendo aparecer unas vendas. La respiración de Hermione se aceleró, no por el dolor, no por el cansancio, si no por el deseo que le había provocado tenerlo tan cerca, el calor incontrolable que le invadía el cuerpo. La respiración de Snape se hizo rasposa, siendo perfectamente consciente de la situación.
-Vaya a enfermería.- Aconsejó. La joven asintió sin más y salió de allí.
El pocionista la siguió con la vista hasta que desapareció de aula. Entrecerró los ojos y por un par de minutos se quedó allí de pie.
¿Qué demonios había pasado ahí?
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Salió de la enfermería un par de horas de pues, con el brazo vendado, y una advertencia y queja de Madame Pomfrey hacia Severus Snape por la rudeza del examen.
A Hermione no le preocupaba el brazo, no le preocupaba el examen, le preocupaba la lujuria que la invadía cuando estaba a menos de un metro de él. Le preocupaba que aunque fuera madura, sensata e inteligente, el deseo por ese hombre la convertía en débil; porque no importara lo que pensara, lo mucho que lo analizara o lo racionalizara. Aunque fuera una locura y una irresponsabilidad, sólo quería coger a su profesor, arrastrarlo a un aula vacía y cabalgar sobre él hasta perder la razón.
Severus Snape siempre sería su debilidad.
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Tenía que notarlo por narices, porque aunque Hermione no hiciese nada al respecto, (como bien habían quedado) tampoco ocultaba el deseo que Snape le provocaba. Hermione no hacía nada malo, así que no se ocultaba, no fingía. Tampoco es que quisiera que su profesor lo supiese, pero había decidido que no se iba a esconder.
Los roces entre ellos era absolutamente accidentales, los encuentros estrictamente lectivos. Sin embargo la química sexual había seguido ahí aunque no hicieran nada, a lo largo de las semanas había seguido ahí.
-¡Granger!- La llamó por el pasillo.- A mi despacho.- Ordenó con furia a la salida de una de las clases de defensa.
-Te la vas a cargar.- Indicó Ron, al pensar que la llamada de atención de su amiga se debía a algo ocurrido en clase.
-Esto se tiene que acabar.- Ordenó Snape con brusquedad cerrando la puerta de su despacho tras ella.
-¿Disculpe?- Hermione alzó una ceja, no sabía a qué se refería. De repente sus ojos se abrieron con compresión, entendiendo a que se refería.- Yo no tengo la culpa de que entre nosotros haya tensión sexual.- Contestó a bocajarro la bruja.
-Se tiene que acabar.- Gruñó. Hermione soltó una suave carcajada sin querer.
-¿Me lo dice a mi?
-¿Cómo?
-El deseo…. aquí...- Hermione se señaló a los dos.- Es recíproco, y lo sabe.- Susurró con firmeza.- De todas formas profesor, creo que ya había quedado claro, no sé en qué momento ese acuerdo se ha incumplido. Que yo sienta deseo hacia usted no significa que lo vaya a llevar a cabo.- La bruja lo observó durante un largo rato, hasta que por fin lo entendió.- No se fía de mí, es eso.- Susurró mas para ella que otra cosa.- A pesar de todo lo que le he demostrado, a pesar de cómo he actuado, sigue pensando que lo acosaré por las esquinas del castillo y me tiraré a sus brazos como una adolescente hormonada y descontrolada.- Hermione se rió viendo lo surrealista que era.- No se ofenda, pero aunque es el mejor hombre con el que he estado, jamás tendría nada serio con usted, y desde luego no voy a rebajarme a buscarlo desesperadamente por el castillo para pedirle que se acueste conmigo.- Le indicó con burla. ¿A caso Snape pensaba que iba a caer rendida ante su encanto?
El pocionista frunció el ceño y bufó.
Vaya… Así que era eso.
-¿Quién se cree que soy?- Soltó Hermione, aunque por supuesto era una pregunta retórica.- ¿Piensa que voy a tirarme sobre usted encima de la mesa del gran comedor mientras están todos comiendo? ¿Cómo si fuera una adolescente impulsiva? Por favor…
Los ojos de Snape lo decían todo. Hermione se puso firme, respiró y lo miró, se acercó a la puerta para irse. No tenía sentido nada. Se sentía ofendida de que pensara eso de ella, porque a pesar de todo, pensaba que la conocía.
-Soy más inteligente y madura de lo que piensa.- Indicó con seguridad.- Y para que conste si hiciera eso no me vería nadie.- Sentenció antes de desaparecer de su despacho.
Severus Snape se quedó en el sitio, pensativo, frunciendo el ceño y mirando con odio la entrada de su despacho como si todo el problema fuera de la puerta.
Hermione siempre se había considerado responsable, no era impulsiva y se consideraba una persona tranquila. Pero ese hombre había acabado con su paciencia, su cordura y su todo. Era insoportable, pero seguía siendo su talón de Aquiles.
Llegó al vestíbulo y allí vio a Harry, Ginny y Ron. Estaban hablando de algo de camino al gran comedor, probablemente algo de Malfoy. Como si el mundo se detuviera, vio a Snape subir tras ella las escaleras hacia el vestíbulo, se giró para mirarla con indiferencia, pero con aquel brillo de lujuria en sus ojos oscuros. Pasó a su lado, pegado a ella tanto que sintió su calor, incluso le había parecido sentir como la rozaba con los dedos. Ese hombre la estaba volviendo loca. Buscó sus ojos negros para reprocharle su actitud. No podía jugar con ella.
No podía…
Pero no encontró burla, encontró deseo, la viva llama de la lujuria bailando en sus ojos con un mudo silencio.
-Harry.- Lo llamó de repente.- ¿Me dejas tu capa?- Preguntó.
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-No puedes hacer eso Severus.- Le indicó Minerva mientras cortaba un trozo de carne.
-¿Qué propones entonces?- El hombre alzó una ceja y le dio un sorbo a su vino tinto mientras sobre su plato aparecía un filete con patatas asadas y zanahorias.
-Déjalo pasar.- Aconsejó la bruja. Snape gruñó. ¿Dejarlo pasar? ¿Quién se creía que era?
-¿Tú lo dejarías pasar?- Soltó molesto mientras pinchaba la carne como si le hubiera hecho algo malo. Oyó un ligero frufrú debajo de la mesa, pero lo ignoró por completo. Sus sentidos se acentuaron cuando además olió cierto perfume a flores silvestres y a avellanas.- Eso pensé.- Espetó molesto.
-No es lo que tú piensas.- Sentenció la anciana. Aquel olor se hizo más notable, miró disimuladamente a Minerva, pero ella estaba más ocupada en cortar sus zanahorias en trozos prácticamente iguales.
-Les han quitado…- Severus contuvo el aliento cuando sintió algo tocarlo por la rodilla. Su primer instinto fue tensarse y llevar la mano a su varita con un movimiento brusco.
-Dios Santo Severus, que no es para tanto, guarda la varita.- Comentó McGonagall.- Sólo le han quitado puntos a tu casa.- Habló quitándole hierro al asunto.
-Quince.- Escupió mientras devolvía la varita a su sitio. Miró hacia abajo, no había nadie debajo de la mesa. Notó de nuevo otra mano, pequeña, gentil, serpentear por su muslo. Una oleada de electricidad lo hizo resoplar.- Quince puntos por alumno.- Logró decir con la voz rasposa.
-¿Qué esperabas?- Le espetó Minerva sirviéndose unas pocas mas de zanahorias.- Los chicos hicieron llover en el aula de adivinación.- Indicó molesta.
Snape tragó saliva, las manos se acercaron a los botones de su pantalón. De repente todo cobró sentido, no se podía creer que eso estuviera pasando. ¿Estaba loca? Porque por supuesto que sabía quién era, esa forma de tocarlo esa… Merlín. Esa forma de excitarse sólo lo había conseguido con Granger. Resopló medio enfadado, medio sorprendido ante la situación.
-No hace falta que te pongas así.- Lo cortó Minerva viendo que se había enfadado y puesto algo pálido.
Snape apretó los puños al sentir su miembro siendo acariciado por encima de la tela de su ropa interior. Trato de no gemir, apretando los dientes. Estaba claro que su excitación lo decía todo.
Tenía que parar aquello, pero no sabía cómo. Lo único que se le ocurría era lanzarle un Desmaius, o un Petrificus Totalus. Pero aunque estuviera furioso, colérico sabía que no podía hacer nada sin delatarse. Merlín…Solo…
Solo…
Sintió la tela de su ropa bajar, el aire fresco del comedor rozó la piel sensible de su miembro. Por un momento pensó que eso le aliviaría el calor infernal que invadía su cuerpo. Bajó la mano disimuladamente debajo de la mesa y apresó con fuerza la mano que rozaba y jugueteaba con él. Quería… Al principio quería que parase. Aun estaba a tiempo de que parase.
Una humedad deliciosa y caliente envolvió sus dedos. La lengua de la bruja los engulló dejándolos mojados y calientes. Snape gruñó con fuerza.
-Bueno, ya está.- Dijo Minerva.- No hace falta que te pongas así. Tú siempre le estás quitando puntos a nuestra casa y ni siquiera está justificado como esta vez.
Snape pinchó un trozo de carne con fuerza desmesurada. Su mano izquierda a pesar de lo que pensaba, a pesar de la locura irracional que era aquello, se había movido para acariciar aquella cara que no veía. Se topó con unos labios gruesos, suaves y un aliento cálido que mordisqueaba su palma de la mano.
-Eres imparcial Severus.- Se defendió la subdirectora mirándolo seriamente a la cara. Severus tenía los ojos fijos en algún punto de su copa de vino. La mano siguió aquella cabeza que bajó hasta su pantalón. La misma lengua juguetona y cálida que antes jugaba con su dedo, ahora lamía su erección con autentica maestría. No pudo evitar gruñir.- Vale. ¡Está bien!- Lo paró Minerva.- Se les devolverán la mitad de los puntos. Pero el castigo sigue vigente.- Ofreció como última oferta.
Snape asintió brevemente. Ni si quiera se acordaba de lo que estaba hablando la mujer. Sus caderas involuntariamente empujaron hacia adelante buscando mas contacto. Por un momento le pareció oír una pequeña sonrisa de satisfacción, pero se le estaban empezando a nublar los sentidos. Granger era…
Como si sus deseos hubieran sido escuchados. Sintió su erección siendo engullida por completo por aquella boca que había probado tantas veces. Cerró los ojos un segundo para que el placer que sentía en ese momento no estallara contra su cabeza nublándole, aparte de los sentidos, el juicio. No quería hacer algo irresponsable como sacarla de debajo de la mesa e introducirse en ella allí mismo sin piedad hasta que le suplicase parar.
Una de sus manos se aferró al borde de la mesa hasta dejar los nudillos blancos mientras la otra sujetaba el tenedor como si fuera a apuñalar a alguien. Su cuerpo comenzó a generar impulsos eléctricos que mandaban pequeños calambres a sus piernas y a su espalda. Cogió aire y lo soltó de golpe cuando la bruja aumentó la presión y llevó una de sus pequeñas manos a un punto clave de la base de su erección.
¡Maldita sea!
Encima Granger sabía lo que se hacía.
La velocidad aumentó, su boca subía y bajaba con maestría. La lengua realizaba círculos en las zonas precisas. Su cuerpo estaba tenso, un pequeño sudor recorrió su espalda vertebral aunque su cara siguió siendo una máscara. Sus puños se cerraron con fuerza para aguantar. Nadie era consciente, sólo Hermione, de la lujuria que brillaba en sus ojos negros y fríos.
Hermione sonrió para sus adentros, lo que empezó siendo una venganza se estaba convirtiendo en lo más excitante que había hecho jamás, mucho más que tirarse a su profesor en el despacho de Albus. Sentir los músculos de Snape tensarse bajo sus manos, la piel tersa y caliente de su miembro palpitar contra sus labios.
Si… Había sido una buena idea. Sus mejillas estaban encendidas. Nunca había estado tan excitada como en ese momento. Saber que tenía el control absoluto sobre Severus Snape se estaba convirtiendo en lo más excitante de su vida. Lamió, empujó, disfrutó de cada momento.
Las manos de Hermione se aferraron a sus caderas para aumentar el ritmo, y la presión. Lo sentía agitarse y temblar imperceptiblemente mientras movía sus caderas con urgencia contra su boca.
Severus resopló dando un pequeño golpe contra la mesa.
-De verdad, necesitas descansar.- Se quejó Minerva. Hermione succionó con fuerza mientras sentía aquel líquido caliente por su garganta y las piernas del hombre temblar contra su cabeza. El Slytherin gruñó y resopló mientras de la tensión tiró la copa de vino sobre su plato casi intacto.- Cuando quieres eres muy desagradable.- Le reprochó Minerva levantándose de la mesa y dejándolo solo.- Buenas noches.
-Buenas… noches.- Dijo escuetamente con los dientes apretados. Su respiración agitada se había descontrolado, su cara pálida tenía un ligero rubor en sus mejillas.
-Severus, muchacho.- Lo saludó Albus sentándose a su lado.- Vaya, no tienes buena cara, pareces febril.- Indicó el viejo mientras se servía vino.
-Será mejor que me vaya.- Siseó el pocionista. Llevó su miraba hacia debajo de la mesa. Su pantalón estaba abrochado y no había rastro de Granger. Levantó la vista para ver a la bruja, ya en la puerta del gran comer, traía la capa de invisibilidad en la mano. Se levantó rápidamente de la silla ante la mirada curiosa del director de Hogwarts y atravesó el comedor como si su vida dependiera de ello.
Fuera de los ojos de cualquier persona Snape la agarró por el brazo con fuerza y la empujó tras la columna de un corredor poco transitado.
-¿Qué demonios pretendía?- Escupió con rabia.
-Lo que pretendía estaba claro y lo he conseguido.- Informó con calma.
-Tendría que expulsarla. ¿Ha pensado lo que hubiera pasado si la hubieran visto?- Aunque su voz fuera un susurro, su tono era amenazante y peligroso
-Pero no fue así, le dije que no me verían.
-¿Ha perdido el juicio?- Seseó como una serpiente.
-No, la verdad es que nunca he estado mejor.- Respondió con seriedad.- Ahora la próxima vez que sienta deseos hacia mí, podrá echármelo en cara con motivos, y así escudarse en mi comportamiento y no en el suyo.- Le reprochó mirándolo con seguridad.- Que le vaya bien profesor Snape.
El hombre la miró sin creérselo, furioso, colérico, avergonzado y aun excitado al recordar el momento. ¿Cuán inmaduro era que le había echado la culpa a ella por algo que había sido su problema?
Y Granger…
Se había vengado. Nunca la hubiera creído capaz de ello, pero lo había hecho. Se había vengado de él por haber volcado su frustración y sus deseos en ella.
Se lo tenía merecido.
La vio desaparecer por el corredor. No iba a decirle nada, no tenía derecho a decirle que se comportara como un adulto cuando él no lo había hecho. Y esta vez, si que se había creído su despedida. Ese que le vaya bien, había sido su despedida.
Bufó. Esta vez no haría nada de nada. Su alumna había ganado.
Los días y las semanas pasaron, sólo para confirmar una cosa.
Hermione Granger tenía razón y él no. Ambos seguían sintiendo la lujuria brotar de sus poros cuando se veían, aquella extraña química sexual que los atraía como a las polillas, pero no hacían nada; no hacían nada porque…
Ella no hacía nada.
Tenía razón. Tenía toda la maldita razón.
Las cosas se habían puesto demasiado serias, y si no hubiera sido por el temple de ella, él posiblemente no hubiera sido capaz de soportarlo y contenerse.
De nuevo, ella tenía razón. Se escudaba en los deseos de Granger para recargar toda la culpa en ella. O sea ¿Él la deseaba pero aun así la culpa era de ella?
Cuan maravilloso, curioso y jodidamente despiadado era el mundo.
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-¿Estáis seguros que es lo mejor?- Susurró Ron no muy convencido.
-La verdad es que no.- Comentó Harry ojeroso. Llevaban tres semanas dando vueltas buscando horrocruxes. Hermione los miró algo agotada. Cuanto echaba de menos Hogwarts y su tranquilidad. Los últimos meses habían pasado en una espiral extraña entre buenos recuerdos, malos recuerdos, todo. Le parecía ayer cuando Snape y ella se habían acostado en La madriguera. O cuando lo habían repetido en el despacho del director, incluso, cuando en medio de una locura impulsiva transitoria había decidido practicarle sexo oral en el comedor en plena cena.
Pero no sólo echaba de menos el sexo con él. Echaba de menos a sus amigos, la tranquilidad de la escuela, de la madriguera. Dormir en un lugar cómoda y tener un plato de comida caliente.
-¿Estás seguro que aquí no nos buscaran?- Preguntó la bruja.-
-No estoy seguro pero…- Harry se encogió de hombros y con un ligero toque de varita abrió la puerta de Grimmauld place. Entró con un suspiró, mirando la casa vacía y cerrada.- No se me ocurría nada más.- Confesó.- ¿Hermione?- La joven asintió sabiendo a que se refería. Mientras sus amigos se ponían cómodos, la bruja se dedicó a lanzar hechizos sobre la casa.
-Estamos solos.- Susurró con suavidad.- Recordar…- Comenzó Hermione mirando a ambos.
-Sí, ya lo sabemos Hermione.- Habló Ron con voz cansada.- Si hay algún problema nos separamos y nos reencontramos 24h después…- Pero el pelirrojo dejó de hablar, mientras hizo un gesto de desigual y se tiraba cansado sobre el sillón de la biblioteca.
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Hermione asintió aunque no lo estuviera escuchado. Últimamente, cuando su cerebro se sentía colapsar con tanta presión, automáticamente su mente le proyectaba en bucle la escena de Snape aprisionando con sus labios uno de sus pechos, o metiendo sus dedos en el interior de su ropa interior, o ella danzando sobre él con frenesí sobre la silla del director, o empotrada contra la ventana de la habitación de Ron. Tenía que sacarse a ese hombre de su cabeza. Y más con todo lo que había ocurrido, y estaba por ocurrir. Necesitaba tener la cabeza más fría que nunca.
Ella estaba con Harry en lo que el decidiera. Confiaba en él y en lo que Dumbledore le había dicho. Se entristeció al recordar lo que había pasado en la Torre de Astronomía. Pensó en el anciano director, en todo lo que había hablado y pasado con él en aquellos años.
Entre ellos no hablaban de aquella noche, Harry no lo mencionaba y ellos, procuraban no hacerlo también. Sólo sabían que Severus Snape lo había matado. Pero no sabían nada más. Mientras Harry y Ron lo censuraban y despotricaban con odio contra él, ella se mantenía al margen. Le costaba creer que el profesor Snape hubiera matado al director a sangre fría sólo por ser un mortífago. No sabía que creer, había intentado buscar algo para defenderlo. Pero no tenía más información que la que habían sacado de la Orden y el testimonio de Harry de aquella noche. Además el carácter y el pasado de Snape no habían contribuido a crear una buena imagen de él. Así que no le quedaba más remedio que creer en lo que había pasado.
Eso la hacía sentir algo culpable.
Su cuerpo seguía acordándose de la pasión de aquellos encuentros, de sus manos en sus caderas y del placer abrumador que ese hombre le provocaba con solo su presencia. En su fuero interno aun tenía la creencia de que de no había sido un error, nada de lo que había hecho con él había sido un error. ¿Entonces porque se sentía culpable?
Precisamente por no sentirse culpable o asqueada al haberse acostado con el mortífago y asesino de Albus Dumbledore.
Bufó frustrada llevándose las manos a la cara. Sus ojeras se habían acentuado aquella noche.
-¿Listos? – Preguntó Harry echando un vistazo rápido a la que por un breve periodo de tiempo, había sido su casa.- ¿Hermione?- La bruja seguía con la mirada pérdida, su mano se había ido a su corazón para calmar las fuertes palpitaciones que golpeaban contra su pecho.- Hermione…- La llamó suavemente. El moreno se acercó a ella, posando con cuidado su mano en su hombro. La chica dio un salto asustada.- ¿Estás bien?
-Si.- Soltó sin más. Los agarró y se apareció en un parque cercano a Londres.- ¿Todos bien?- Preguntó.- Ya sabéis lo que hay que hacer.
.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-
-¡Vamos Hermione!- Gritó Ron desesperado.- ¡Corre!
Los tres corrían por el vestíbulo del Ministerio de Magia, su plan de buscar el guardapelo había funcionado a medias. La poción multijugos había dejado de hacer efecto y ahora todo el Ministerio corría tras ellos por ser los tres fugitivos. Yaxley les pisaba los talones. Sus pulmones ardían por la falta de aire.
-¡Harry!- Gritó Hermione asustada. La bruja los empujó al interior de una de las chimeneas mientras ella se quedaba fuera. Sentía ya el aliento del mortífago en su nuca. Pero no le importaba, sus amigos estaban bien, a salvo, era todo lo que importaba.
Corrió un poco más y se lanzó contra la última chimenea abierta. Sintió algo tirar de su estómago, veía sombras e imágenes borrosas a su alrededor, manos que se acercaban a su cuello para matarla y risas crueles que llegaban a sus oídos.
Se apareció en un bosque, era de noche. No sabía dónde estaba, su corazón latía furioso y su pecho le dolía al respirar. Giró la cabeza un segundo para ver que no estaba sola. La había conseguido seguir hasta ahí. Tras lanzar varios hechizos a su espalda sin saber si habían acertado o no, la bruja se desapareció de nuevo.
Lo hizo tantas veces que perdido la noción del tiempo y el espacio. Veía borroso, estaba mareada seguramente por la falta de oxígeno, y estaba segura que al menos una de las maldiciones la había alcanzado el costado.
Esperó unos segundos en silencio y se apoyó contra la pared empapelada de la casa. Dejó la cabeza reposar hacia atrás y abrió los ojos. Lo bueno… Parecía que había despistado a Yaxley. ¿Lo malo? No sabía dónde estaban Harry o Ron o si se encontraban bien. Tendría que esperar esas 24h que habían establecido de protocolo para saberlo. Estaba a oscuras, en silencio.
-Hominum revelio.- Susurró. No había nadie.- Lumos.- Hermione abrió los ojos sorprendida.
Estaba en el número 12 de Privet Drive. No sabía porque se había aparecido ahí, su subconsciente, tras varias apariciones vertiginosas se habría vuelto loco.
Respiró con dificultad, un dolor en el costado le hizo llevar la mano allí para encontrarse con la camisa rasgada llena de sangre. Una lágrima de impotencia y dolor limpió la suciedad de su cara. Agitó su varita y una nutria salió de la punta, la saludó un momento para luego desaparecer. Segundos más tarde dos patronus brillantes se acercaron a ella corriendo a su alrededor. Estaban bien.
Harry y Ron estaban bien.
Se apoyó contra el marco de la puerta para recuperar el aliento pero oyó varios "pops" en el jardín seguido de unas risas sardónicas. Empuñó su varita con fuerza.
-¡Aquí!- Gritó alguien con voz grave. Hermione corrió por el pasillo esquivando un hechizo. Su cuerpo chocó contra alguien, su instinto fue revolverse, gritar, atacar.
-Cállese.- Ordenaron. Le taparon la boca con fuerza para que no gritara. Oyó gritos, explosiones, rugidos y risas macabras. Sintió como la empujaban en algún sitio angosto, olía un poco a polvo y humedad. Sintió su boca liberada y la varita de nuevo en su mano.- Ni se le ocurra Granger.- Susurraron en su oído.
Lo siguiente fue sentir un cuerpo sobre el de ella. Le tapaban la cabeza para protegerla mientras oía recitar hechizos y maldiciones.
-Shhhhh.- Indicó en su oído. Los minutos se hicieron eternos, su corazón palpitaba con fuerza, respiraba contra su cuello, el olor de las hierbas, pociones y loción de afeitado inundaban sus sentidos mientras oía de fondo a los carroñeros destrozar y moverse por la casa.- ¿Está bien?- Preguntó con impaciencia. Hermione abrió los ojos, pero todo estaba a oscuras.- ¿Está bien?- Insistió.
-Más o menos profesor Snape.
-No podemos salir de aquí.- Comentó en voz baja.- He asegurado el sitio, no nos oirán, ni nos verán, de momento estamos a salvo. ¿Lo ha entendido?- Hermione asintió.- ¿Dónde le duele?- Hermione cogió aire.
-En el costado.- Respondió en voz baja.
-¿Cree que puede moverse?- Preguntó sobre ella. El sitio era pequeño, podía tocar las paredes con los codos.
-Puede.- Comentó la bruja con dificultad.
-Trate de colocarse sobre mí.- Ordenó. Snape se incorporó, sentándose precariamente en aquel camastro mientras sin delicadeza colocaba a la bruja a horcajadas sobre él.- ¿Izquierda o derecha?- Demandó. Hermione lo miró unas milésimas de segundo, se había hecho de noche, la única luz que entraba era por aquella pequeña rendija de la puerta cuando alguno de los carroñeros lanzaba algún hechizo, pero era lo suficiente para ver un brillo conocido en aquellos ojos negros.
Debería estar escandalizada, debería estar preocupada, asustada, enfadada. Pero no, estaba dolorida, cansada y… tranquila.
Se sentía tranquila con él ahí.
Hermione, apretando los dientes para ocultar su dolor se levantó con cuidado el lado derecho. La camisa estaba empapada de sangre. Snape le apartó lo dedos haciendo él, el trabajo. Frunció el ceño.
-Sphera Lumos.- Susurró. De la punta de su varita salió una esfera que levitó suavemente sobre sus cabezas. Snape masculló mirando a su alrededor y bufó enfadado, no era el mejor sitio. Hermione lo imitó examinando el lugar.
-Creo…- La bruja cogió un pequeño soldadito de plomo de una estantería sobre la cabeza de Snape.- Creo que estamos en la alacena bajo las escaleras, aquí es donde dormía Harry cuando era pequeño.- Comentó abrumada por saber que ahí había sido donde su amigo había vivido los primeros años de vida. Snape no dijo nada, solo la miró con firmeza. La bruja seguía sentada sobre él. No había más opciones, literalmente, porque no había sitio. Sus caras estaban muy cerca. Hacía meses que no lo sentía tan cerca. Pensó que se habría olvidado lo que era tenerlo tan cerca, lo que era sentir su cuerpo caliente junto al suyo. Pero había sido como volver a montar en bici, era un recuerdo que no se olvidaba.
-No se mueva.- Snape giró su varita y la camisa de la bruja desapareció. Su costado estaba lleno de sangre, tenía una laceración en sus costillas bastante fea.- No es una maldición.- Sentenció.- Tergeo.- Susurró con lentitud.- La sangre desapareció dejando a la vista lo que había pronosticado. Rozó con las yemas de sus dedos el borde regular.- Es una herida limpia.- Tocó con la punta de su varita sus costillas y el corte se cerró al momento.- Eso debería servir.
Hermione lo miró, estaba medio desnuda, sobre él. Sus instintos estaban más a flor de piel que nunca. Su respiración se aceleró, pensó que dadas las circunstancias su deseo por él permanecería oculto, enterrado bajo toda la culpa y los eventos pasados y la circunstancias que los envolvían. Pero no era así.
Sus manos pequeñas estaban tras su nuca, rodeada de su pelo negro mientras sentía el calor de su piel calentar sus manos como estuvieran sobre una llama.
No, no iba sucumbir a sus deseos. Tras su último encuentro en el comedor se había mantenido en lo que le había dicho la primera vez en la madriguera, solo sexo. No había sentimientos involucrados, no le había pedido explicaciones ni había buscado saciar su lujuria con él. Desde entonces había seguido con su vida como hubiera hecho si se hubiera acostado con cualquier otro.
Pero por alguna razón tenerlo ahora tan cerca le hacía saltar las alarmas.
-¿Cuánto tiempo tenemos que estar aquí?- Preguntó la bruja mirando por las rendijas.
-El tiempo suficiente para que se vayan.- Indicó Snape con acidez.
-Bien…
Hermione agachó su cara, lo cogió con las manos y lo besó. Esperaba que ese gesto fuera lo suficientemente esclarecedor para Snape.
El ahora director de Hogwarts la apartó con brusquedad sólo para gruñir con una rabia contenida que no había visto nunca. Pero se volvió a acercar a ella para besarla con fuerza, intensidad, rozando casi la rudeza. Rugió contra sus labios, le clavó los dedos en sus caderas y la atrajo hacia él como si fuera su salvoconducto.
Tendría que apartarla de él como si fuera una cucaracha. Tendría que alejarla y usar su sentido común. No era un juego.
Se estaba dejando llevar por la lujuria y no se lo podía permitir, muchas vidas dependían de él. Muchas vidas dependían de que él fuera capaz de mantener su lívido a raya.
Pero no podía, tanto deseo reprimido por ella lo había hecho estallar.
Esa mujer era su fin.
Alzó las caderas para rozarse contra ella, para que supiera que no era un juego. Hermione gimió contra sus labios con ansiedad, como si hubiera estado esperando por ello. Comenzó a moverse arriba y abajo con una cadencia lenta y tortuosa.
Snape le mordió el cuello, la clavícula, le lamió el lóbulo de la oreja y el labio inferior. Masajeó sus glúteos y los apretó con fuerza mientras resoplaba contra aquellos labios carnosos y dulces de su ex alumna. Ya no había vuelta atrás. Hermione se apartó de él apenas unos centímetros lo justo para arrancarle aquellos botones del pantalón. Su excitación salió con alivio. Las manos de la bruja se ciñeron sobre ella apretándola casi con desesperación. La volvió a besar, esta vez deteniéndose en degustar aquellos labios que sin saberlo había añorado.
Tanteó sus muslos… Un susurro valió para que por arte de magia los pantalones de mezclilla de la bruja desaparecieran. Deslizó su mano por su vientre y se metió por su ropa interior de algodón. Una agradable humedad y un calor que se le hacía familiar lo recibieron. Gruñó al sentir el cuerpo de ella moverse contra sus dedos y sentir la presión que ejercían las manos de ella en su torso. Snape aumentó el ritmo y lo acompañó de caricias precisas en la parte más sensible.
La miró a los ojos para ver sus mejillas sonrojadas, ardiendo y escuchar su respiración agitada que se volvía más errática. Sintió sus dedos ser apretados y entonces los sustituyó. Se introdujo en ella con un movimiento rápido, no dejando disminuir el ritmo. El cambio cogió a la bruja por sorpresa, que no pudo evitar temblar de placer contra él mientras dejaba que el orgasmo se apoderara de su cuerpo.
Snape dejó que pasaran unos segundos hasta que volvió a moverse, hasta que volvió a empujar dentro de ella como si fuese lo único importante en su vida. La cogió por las caderas acompañando aquel movimiento lujurioso de la bruja sobre él, de sus cuerpos rozándose cada vez con más pasión, y rapidez.
El cuerpo de ella se arqueó todo lo que aquella pequeña alacena le dejó. Buscó el contacto intenso, la posición justa. Severus la observó con deleite mientras se dejaba llevar, dejó caer su cara en medio de su pecho suave y aterciopelado al tiempo que envestía una última vez en medio de gemidos, jadeos y temblores.
Snape se dejó caer hacia atrás, agotado. Con el corazón latiendo furiosamente contra las paredes de su pecho. Cerró los ojos un segundo sólo para disfrutar de los calambres de placer que recorrían su cuerpo. Por un momento, apenas unas milésimas de segundo una sonrisa se instauró en su cara, durante unas milésimas de segundo su futuro negro y su responsabilidad habían desaparecido.
Sólo durante unas milésimas de segundo.
Hermione se levantó ligeramente para apartarse de él. Su respiración estaba recuperándose lentamente. Snape susurró algo, y la ropa de la bruja volvió a su sitió. Miró la camisa manchada de sangre y rasgada y la arregló con un simple reparo.
Mientras Hermione cogía la varita, los sonidos del exterior desaparecieron. La casa volvió a la eterna oscuridad que había estado cuando ella se había aparecido allí.
-Hominum revelio.- Masculló Snape.- Todo despejado.- El hombre quitó las barreras de la alacena, abrió la puerta, se giró con la bruja encima y cogiéndola con un solo brazo se levantó saliendo de debajo de las escaleras con la joven enroscada a su cintura.
Lentamente, Hermione se soltó de él y se deslizó por su cuerpo hasta que sus pies tocaron la moqueta del suelo. En situaciones normales, el exceso de lujuria de sus cuerpos hubiera sido suficiente para horas de sexo desenfrenado. Pero no tenían tiempo para ello y posiblemente nunca lo tendrían.
-¿Potter?
-A salvo.
-Bien.- Dijo sin más Snape.- Puede quedarse aquí unas horas, no volverán.- Informó con voz queda mientras la miraba con intensidad. Le sorprendía como aquella mujer hacía que todo a su alrededor se descontrolase. Dio media vuelta para irse pero Hermione lo paró cogiéndolo del brazo.
-Usted a… a…- La chica no se vio capaz de acabar la conversación.- A…
-Si Granger. Ya lo sabe…- El Slytherin se alzó en toda su altura, mirándola con desafío, fulminándola con la mirada con molestia.- Soy un monstruo.
-No…- Negó con la cabeza.- No me refiero a eso.- Hermione suavizó su tono, estaba preocupada, seria y dolida psicológicamente. Pero sólo eso.- ¿Cómo puede vivir con ello?
-Porque era lo que había que hacer.- Confesó secamente.
-Mató a Albus Dumbledore.
-Lo correcto no siempre es lo más agradable.- Siseó zanjando la conversación.- ¿Qué planes tienen?
-Emmm… Eh…- Hermione titubeó.- Acabamos de robar el guardapelo…- Explicó pensando con rapidez.- Vamos a destruirlo.- Levantó la vista sólo para mirarlo.
-¿Con qué?
-¿Con qué?- Repitió la bruja. La verdad es que no tenían ni idea de con que.- Probaremos algunos hechizos explosivos y…
-¿Y ya está?- Snape parecía enfadado.- Eso sólo no le servirá Granger.- Espetó.- No es un objeto común.- Indicó.- Use algo que no es común.- Siseó molesto. Hermione asintió.- ¿Y después que harán?
-Seguir buscando… El…-Hermione paró.- El director nos dejó una pista en lo que nos dejó como herencia. Estoy convencida de ello.- Contestó pensativa.- Pero era sólo una idea, Harry pensó que…
-El señor oscuro y sus aliados están preparados, son peligrosos y estarán buscándolos más que nunca.- Sentenció mientras negaba con la cabeza. Granger era inteligente, perspicaz, pero sus amigos era unos impulsivos con la misma inteligencia que una ameba.- Si cambian de plan perderán la ventaja que tienen. Siga con su idea.- Espetó rápidamente.
- ¿Y usted?- Preguntó de repente. Algo en las entrañas de la bruja le habían hecho preguntar eso.
-¿Qué pasa conmigo?- El nivel de alerta del hombre se acentuó, se acercó a ella casi pidiéndole explicaciones con la mirada.
-Usted está en peligro, no podemos… No puedo ignorar eso.- Confesó.
-En ecuaciones complicadas Granger, la solución más simple suele ser la correcta. No se desvíe de su idea.
-Entonces…
-Yo estoy perdido, usted no, así de simple.- Gruñó, Hermione no parecía muy convencida por sus palabras. Su ceño fruncido y su manía de morderse el labio le indicaban que no le gustaba lo que le estaba diciendo. Esperaba que su interés por él no se debiera a un encaprichamiento más allá del sexo.- Su inmaduro afán de siempre de tener la razón y cerrarse ante ideas nuevas no le llevaran a ningún lado Granger.- Hermione frunció el ceño confusa. ¿Por qué siempre la llamaba inmadura? Y a que había venido ese comentario. No lo entendía.- Granger…- La llamó.- Hace un tiempo le dije que aprendiera a valorar los conocimientos de sus profesores por encima de los libros.- Fue lo último que dijo antes de desaparecer.
Hermione se quedó sola en la oscuridad de la casa, mirando al vacío con la amarga sensación de que, si por la increíble suerte del destino lo volvía a ver, no sería en mucho, mucho tiempo ni en las mismas circunstancias.
.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-
Olía a piedra, a sangre, a humedad y el cielo a través de las ventanas rotas estallaba en miles de explosiones.
-Hermione, una botella, algo...- Le pidió Harry. La bruja se quedó en blanco. Ver a Snape tirado en el suelo de la casa de los gritos, cubierto de sangre; era algo para lo que en realidad no estaba preparada. No tenía un vínculo romántico con él, pero verlo así había supuesto un dolor en su pecho con el que no había contado. En Privet Drive se había despedido de él sabiendo que no lo vería más. Sabiendo que su destino estaba sellado, y aunque su cerebro sabía que era el desagradable precio a pagar por estar en un guerra. Su parte humana no estaba preparada para verlo morir delante de ella.
No, no… Él no…
Snape no.
-¡Hermione! ¡Algo!- La bruja salió de su pequeña burbuja. Cogió un pequeño vial de su bolso y se lo acercó a Harry que se encontraba en el suelo al lado de Snape cubierto de sangre. El joven recogió las lágrimas que recorrían la pálida piel del rostro del pocionista.
-Llévala al pensadero...- Susurró perdiendo la voz.- Mírame... mírame...- Harry estaba a su lado, pero no se lo estaba diciendo a él, sus ojos se fijaron en un punto a sus espaldas. En algún lugar donde estaban aquellos ojos castaños. Instintivamente buscó su cara, durante un momento encontró aquellos iris melados,pero un segundo más tarde, algo se extinguió en las profundidades de los ojos de Snape, dejándolos clavados, inexpresivos y vacíos. La mano que sujetaba a Harry cayó al suelo con un ruido sordo, y Snape se quedó inmóvil.
Hermione se quedó clavada en el suelo. No…
No podía estar muerto. No podría soportarlo. La idea simplemente era…
-¡Harry vete!- Ordenó Hermione. El chico no se lo pensó, salió corriendo de la casa de los gritos, dejando a sus dos amigos atrás. Ron vio como su mejor amiga se tiraba al suelo, al lado del cuerpo de su antiguo profesor.
-Hermione…- La llamó y se acercó a ella, colocándole una mano en el hombro para darle apoyo. Pero no era el apoyo de Ron lo que quería. La bruja colocó sus manos sobre el pecho de Snape, con cuidado, con calma. El calor que tanto le gustaba de él se había opacado. Una lágrima se escapó traicionera. Se acercó a él para despedirse, y aunque estuviera Ron delante no le importó, con cuidado lo besó en la frente. Entonces lo sintió, sintió su pulso débilmente contra sus labios.
Frenética, temerosa y con los nervios a flor de piel comenzó a sacar frascos de su bolso, botellas, viales, todo cuanto tenía. Su varita empezó a moverse trazando círculos en el aire.
-Hermione, no hay nada que hacer.
-Si nos vas a ayudarme vete.- Masculló con seriedad.- No voy a dejarlo morir.
-Ya está muerto.- Le hizo saber el chico. Pero la bruja negó con energía.
-¡Lo estará si no hago nada!- Gritó agobiada. -Vamos, vamos…- Susurraba la bruja como en una especie de mantra.
-¿Por qué tengo la sensación de que te importa más él?- Se quejó. Hermione no le hizo caso, sus atenciones se enfocaban en que aquel suave e imperceptible pulso de Snape no se apagara del todo. – Pensé que las cosas habían mejorado entre tú y yo.- Habló a su lado, la joven no le hacía mucho caso, estaba intentando cortar la hemorragia.- Nos besamos en la cámara de los secretos.- Le echó en cara.
-¿Ron te das cuenta de que este no es el momento de hablar?- La voz de Hermione dejó de ser insegura y temblorosa para mostrar firmeza en su tono.
-Pero…
-¡Estoy intentando salvarle la vida!- Le gritó de repente. La ansiedad y preocupación volvió a ella de nuevo.- Vamos…- Repitió con un poco mas de seguridad.
-¿Entonces lo vuestro era cierto? Creí que bromeabas.
-No sé qué a que te refieres con lo nuestro Ronald.- Lo cortó con brusquedad.- Ve a ayudar a Harry.
-Pero…
-¡Ve a ayudar a Harry!- Le gritó con todas sus fuerzas.
El chico desapareció de la casa sin saber muy bien que había pasado.
-¿Que me estoy perdiendo?- Susurró la chica sola. Había hecho todo lo posible pero no estaba ayudando, su pulso ya casi ni se apreciaba.- En ecuaciones complicadas la solución más simple suele ser la correcta…- Se recitó.- ¡Claro! ¡Accio lágrimas de fénix!- Con unos reflejos nunca vistos en ella vertió las lágrimas en su herida.
Con cada lágrima la herida se cerraba más y más formando una pequeña bomba de humo como si se estuviera cauterizando.
-¿Funciona?- Se preguntó con nervios.- Vamos, funciona… funciona…- Susurró con apremio.- Funciona.- Recitaba una y otra vez hasta que vació el vial entero.- Tergeo.- La sangre se limpió, su cuello estaba lleno de cicatrices rosas, brillantes y tirantes. No sabría qué hacer si descubría que sus esfuerzos no habían servido para nada.
No… no sabría qué hacer.
Acercó su mano hacia su cuello y resopló con alivio cuando notó el pulso recuperar intensidad y vio su pecho subir y bajar con más regularidad. Parecía que algo había funcionado.
Se desplomó a su lado, agotada, cansada. Sólo podía esperar, así que cerró los ojos unos segundos, sólo unos segundos. Se merecía descansar un poco después de todo lo que había pasado. Su cuerpo lo necesitaba y ya no podía hacer más.
.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-
Abrió los ojos asustada, no había pretendido quedarse dormida, sólo había querido descansar un poco. Miró su reloj y entró en pánico al ver que había pasado una hora. Se incorporó rápidamente buscando a Snape con la mirada. Pero no lo encontró…
Se puso de pie en un segundo y buscó a su alrededor, no había rastro de él. No estaba… Por un momento su corazón se encogió, una opresión molesta en su pecho. Pero después se dio cuenta.
Estaba bien, estuviera donde estuviera, Snape estaba bien.
Sonrió y resopló aliviada. Nunca se había sentido tan aliviada.
.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-
Hermione caminó entre los escombros, entre los pedazos de lo que algún día había sido Hogwarts. Procuraba no mirar hacia el gran comedor, no era agradable de ver. Sin embargo estaba aliviada…
No más presión, no más preocupación, no más mirar hacia atrás. Se había acabado todo. La sensación de alivio que invadía su cuerpo, era superior al del dolor de saber que había gente a que la no vería mas.
Ayudó a Madame Pomfrey con unos niños de apenas doce años. Tenían unas heridas feas por maldiciones, había muchos cortes, laceraciones y magulladuras, eso en el mejor de los casos.
Cerró los ojos unos segundos antes de continuar con el vendaje a un chico.
-Deberías descansar.- Le aconsejó la enfermera. Aunque Hermione no parecía tener intención de ello.- Señorita Granger, aquí ya no hay nada que pueda hacer.- Indicó la sanadora.- Y menos si colapsa contra el suelo.- Comentó suavemente. Hermione se detuvo al momento dándose cuenta de que quizás había forzado su cuerpo más allá de lo humanamente posible durante demasiados meses.
-Pero…
-Duerma un poco, coma algo.- Hermione no parecía muy convencida.- O simplemente de un paseo, el aire libre le vendrá bien.- Aconsejó. Hermione respiró con tranquilidad.
Un paseo…
Si, un paseo le sentaría bien. Respirar un poco de aire fresco le quitaría ese olor a polvo y sangre que se había adueñado de su cerebro. Seguiría estando cansada, pero su mente desconectaría un poco de tanta tensión.
Salió del castillo con paso lento, sólo veía escombros, muertos, y caos. Atravesó dos patios y salió por la parte de atrás, la que daba a la cabaña de Hagrid. Caminó lentamente sumida en sus pensamientos, sumergida en la cantidad de sentimientos contradictorios que luchaban y se encontraban en su interior. Suspiró y levantó la cabeza para dejar de mirar sólo sus pies. A lo lejos, camuflado entre la vegetación oscura del linde del bosque prohibido vio a un hombre.
En automático y sin esperar nada, su mano empuñó su varita con ferocidad, preparada para lo que fuera a pasar. Meses de huída constante le habían puesto los sentidos alerta. Se escondió tras una columna derruida, su ceño se frunció para enfocar mejor. Vislumbró una capa negra larga, un pelo negro, un caminar sinuoso como si se estuviera deslizando sobre el suelo.
Su estómago se encogió cuando reconoció aquella figura a lo lejos. Lo vio acercarse a la cabaña de Hagrid.
No pudo evitarlo, corrió hasta allí. La verdad es que estaba demasiado cansada para ello, su cuerpo gritó quejándose por la carga de trabajo extra. Pero hizo caso omiso. Las ganas de verlo y la sonrisa que cubría su rostro no iba a desaparecer así como así ni aunque estuviera al borde de la extenuación.
Tropezó a mitad de camino. Merlín, si alguien la viera, debía parecer una loca corriendo a trompicones por los terrenos del castillo.
Cuando apenas le faltaban pocos metros para llegar, Snape se dio media vuelta. Su ceja alzada al verla sólo acentuó la sonrisa en la cara de su ex alumna.
-Qué demonios…- Masculló antes de sentir el cuerpo de la bruja estamparse contra él para abrazarlo.- ¡Granger!- Se quejó molesto mientras se quedaba sorprendido y quieto.
-Perdón.- Se disculpó mientras se separaba. Snape miró a su alrededor, y tras ver que no había nadie más, abrió la cabaña y entró.
El hombre estaba pálido y ojeroso, obviamente se veía agotado y enfermo.
-Está vivo.- Comentó la bruja feliz. ¿Era normal que estuviera tan feliz de verlo?
-Si Granger, obviamente estoy vivo.- Su sarcasmo fue una bocanada de alivio para la bruja. Jamás pensó que su humor ácido y negro fueran tan bienvenidos. El hombre la miró con aquella ceja alzada, la joven no tenía mejor aspecto que él. Estaba pálida, obviamente necesitaba dormir, y su pelo era el lugar perfecto para que una bandada de pájaros hiciera su nido.
Snape rebuscó entre las cosas del guardabosque encontrando una botella de contenido no identificado y un vaso. Descorchó la botella, se la acercó a la nariz y tras comprobar que no era nada raro llenó el vaso con rapidez para después vaciar el contenido de un solo trago.
Repitió el proceso un par de veces hasta que su palidez extrema se disimuló un poco.
-¿Cómo lo supo?- Preguntó Snape mirándola fijamente a los ojos.- ¿Cómo me salvo?
-Usted me lo dijo, me dijo que aprendiera a valorar los conocimientos de mis profesores por encima de los libros y eso hice.- Susurró sonriendo.- En ecuaciones complicadas la solución más simple suele ser la correcta.- Le recordó orgullosa.- Lágrimas de fénix.- Dijo al fin. Snape dejó entrever una pequeña sonrisa de sorpresa.
-Brillante Granger.- Espetó asintiendo con la cabeza.- Brillante.
-¿No se estará riendo de mi?
-Me ha salvado la vida, no estaba siendo sarcástico.- Gruñó.
Snape la miró, o más que mirarla la examinó atentamente. Hacía más o menos un año que no la veía, no exactamente un año, la había visto hacía escasas horas. Pero él se refería a la última vez que la había tenido gimiendo en su oído.
Gruñó, bufó, apretó los dientes y la siguió observando. Entonces resopló, de repente sus hombros parecían más relajados, él parecía más relajado.
-¿Qué hay entre usted y Weasley?- Preguntó impaciente. Hermione abrió los ojos con sorpresa.
-¿Cómo?- La bruja frunció el ceño.- Creí que había quedado claro aquel día de Navidad…- Entonces Hermione se dio cuenta, frunció el ceño una vez más. Sus ojos se ensancharon por la sorpresa.- Creí que estaba inconsciente…- Susurró mas para ella misma que otra cosa.
-¿Hay algo?- Preguntó, aunque más que una pregunta sonaba a demanda.
-No.- Negó con rotundidad.
-Bien.- Severus acortó la distancia que los separaba y se lanzó a sus labios con ansiedad. Los besó con fuerza e intensidad mientras la abrazaba y apretaba hacia su cuerpo con demanda. Sentirla de nuevo contra él era la prueba inequívoca de que estaba vivo, eso… O había muerto y estaba en el cielo.
Pero el jamás acabaría en el cielo, así que debía estar vivo por narices. Y era gracias a aquella mujer que tenía entre sus brazos.
La revelación lo hizo bufar contra ella y besarla con posesión. Nunca había sentido posesión por ninguna mujer.
Hermione gimió y se pegó a él, se enredó en su nuca y envolvió sus piernas alrededor de su cintura. Ya no se preguntaba porque sentía esa lujuria irracional por él, ya no se preguntaba nada. Todo lo que tuviera que ver con Severus Snape le parecía natural.
Lo besó, le mordió el labio y lo succionó. Sus labios estaban secos y su piel pálida, pero seguía sintiéndose atraída por ese hombre, igual o más que antes.
Snape la sentó sobre la mesa, le mordió el cuello, y lo lamió desde la mandíbula hasta la línea del escote. Le quitó el jersey, le arrancó la camisa y desabrochó el sujetador con rapidez. Nunca la había tenido tan desnuda y la quería. Quería ver su cuerpo, pegarse a ella. Agachó su cabeza para apresar un pezón en sus labios. Los lamió, besó y degustó, recreándose en cada uno de ellos. Bajó entre sus pechos y Hermione se arqueó hacia atrás apoyando la cabeza contra la mesa de madera mientras sentía la lengua del hombre, sus labios, sus dientes, recorrer su cuerpo con lascivia.
Sus dedos largos y pálidos recorrían cada centímetro de su piel.
Le arrancó el pantalón, le arrebató la ropa interior y metió la cabeza en medio mientras bufaba con desespero. Hermione gimió con fuerza, no había esperado aquello, no había esperado sentir la lengua del hombre lamerla con precisión. Su lengua húmeda y caliente trazaba círculos y arabescos y succionaba con maestría. Severus siguió lamiendo, y Hermione siguió gimiendo y jadeando. Sus manos se aferraron a la mesa, a sus hombros y después a su pelo, metiendo los dedos entre sus hebras azabaches. Sintió una gota de sudor recorrer su columna vertebral al tiempo que sentía su cuerpo tensarse. Sus piernas comenzaron a templar, su respiración se hizo errática y sus gemidos salían entrecortados. Severus succionó una última vez antes de ver como la bruja estallaba entre temblores y jadeos incontrolados.
Sonrió con satisfacción al ver su cuerpo pequeño y perfecto retorcerse bajo el suyo. Dejó de succionar y lo cambió por largos movimientos con su lengua cada vez más lentos hasta que sintió su cuerpo calmarse y los dedos que se aferraban a su cabeza se soltaron.
Subió lentamente por su piel deleitándose con aquel aroma floral y fresco, gruñó contra su estómago y se detuvo en su pecho que aun subía y bajaba. La miró a los ojos para encontrarse aquellos orbes castaños mirarlo con lujuria, respeto y admiración.
La besó largamente, suavizando su toque hasta que la bruja jadeó contra sus labios con desespero.
Ese hombre la estaba llevando al borde de la locura y quería que lo hiciera. Quería dejarse llevar por todo el deseo acumulado, por todas aquellas miradas, roces involuntarios y meses de pensamientos lascivos. Sabía cuando deseaba a ese hombre, pero no sabía hasta que punto hasta que lo había visto en el linde del bosque.
Snape se quitó la ropa, y se abalanzó sobre ella. Sentir sus pieles juntas por primera vez fue una sensación diferente, una descarga de placer a todas las células de su cuerpo.
Su excitación estaba al borde de lo soportable, el simple roce contra su muslo aterciopela lo hacía gruñir contra el cuello de la bruja. La besó ferozmente mientras se introducía en ella. No con fuerza, ni impulsividad, si no con la más absoluta premeditación. Despacio, disfrutando de cada pequeña sensación. Las piernas de la bruja se ciñeron a su cuerpo con fuerza, sus uñas se clavaron en su espalda con desesperación, su jadeos entrecortados eran música para sus oídos.
Lentamente, casi torturándola; comenzó un suave vaivén en su interior, realizando movimientos profundos y ondulantes. El sudor se había empezado a mezclar.
Empujó largamente y un jadeó profundo se escapó de sus labios. Las respiraciones comenzaron a agitarse de nuevo, el movimiento lento y tortuoso se hizo más pasional, más intenso. Colocó sus manos grandes en su espalda delicada y la apretó a su cuerpo como si quisiera fundirse en ella. Salía de ella y se introducía de nuevo, la empujaba, la apretaba contra sí.
Aumentó la velocidad, la rudeza, le mordió el hombro mientras golpeaba sus caderas entre gruñidos y gemidos. Las uñas de Hermione se clavaron en su cuero cabelludo y la sintió temblar. Sin esperar, sin dilatarlo en el tiempo, se movió con rapidez como si su vida dependiera de ello. Su corazón iba a salirse del pecho y su excitación estaba al límite de lo razonable.
Sintió la mirada brillante de la joven y lo supo. Empujó una última vez y se dejó llevar por el torbellino de lujuria, placer, y miles de calambres recorrerle el cuerpo entero, mientras sentía el aliento entrecortado de la bruja en su oreja y sus gemidos incontrolados.
Colapsó contra ella terriblemente agotado. Su cuerpo estaba al borde de la extenuación. Pero algo le decía que si moría, era mucho mejor así que por culpa de una asquerosa serpiente. Hermione se rió. Hacía mucho tiempo que no la oía reírse contra él.
-No sé que le hace gracia.- Masculló enfadado. Sus ojos negros trataron de analizarla, pero era incapaz de averiguar que había tras aquella risa más allá de la naturalidad y honestidad de su acto.
-Todo esto es surrealista.- Confesó la chica poniéndose en pie. Estaba completamente desnuda, su pelo alborotado se esparcía por sus hombros y sus pechos, su piel estaba perlada de sudor y un encantador rubor cubría sus mejillas. El Slytherin gruñó al verla, su cerebro le decía que parara. Pero el resto de su cuerpo gritaba a los cuatro vientos que la devolviera a la mesa y se fundiera en ella hasta que perdiera la noción del tiempo.
¿Qué demonios le había hecho esa mujer?
-¿La espera alguien?
-¿Qué?... No.- Contestó confusa.
-Bien.- Respondió de nuevo, se acercó a ella con velocidad, la agarró de la cintura y alzándola sobre la mesa se introdujo en ella de nuevo como si no lo hubiera hecho en meses. El gemido de Hermione fue lo suficientemente fuerte para que los pájaros del jardín salieran espantados.
No era algo calmado, era frenético, demandante… brutal.
Hermione se aferró a él para no desmayarse, su vista se nublaba con cada embiste, su piernas temblaban agotadas, la mesa enorme se movía bajo ellos como si fuera a romperse en cualquier momento. Severus la embistió con rudeza mientras veía a la bruja gritar de placer con un potente orgasmo. Sintiéndose desfallecer, Snape explotó en su interior con un profundo gemido desesperado y liberador.
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La sonrisa de Hermione no desaparecía de su cara aunque hubiera pasado un buen rato. Se abrochó el sujetador como si solo eso le resultara divertido. Snape la miró con una ceja alzada, la actitud de la bruja le provocaba confusión y encendía esos deseos primitivos de hacerla suya.
¿A qué venía su alegría? ¿No era consciente de lo que acababan de hacer? ¿No era consciente de ello?
-¿No se cansa de cometer errores Granger?
-Ese es su problema.
-¿Qué problema?
-Que lo considera un error.- La sonrisa de Hermione se amplió.
-¿Qué le hace gracia?
-Usted.- Hermione se levantó, colocándose la camisa y se acercó un momento a él.- Que lo siga llamando un error cuando ambos sabemos lo que opina.- Le dio un beso en los labios y se fue a la puerta.- Usted es lo que merezco.
-¿Qué?
-Nos volveremos a ver… Severus.
Snape alzó la comisura del labio.
-Estoy seguro de ello.- Confirmó, pero Hermione ya no estaba.
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.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.- Fin. (De verdad) Fin. -.-.-.-.-.-.-.-.-
Gracias a Vero León y Vale Vrunetti, por tan maravillosa aportación en un momento donde la inspiración se hallaba en el mismo sitio que el amor de Severus por mí: En ningún sitio.
Gracias por su inestimable ayuda. Hermione (O Severus) se lo agradecen… Y yo. Por supuesto.
Y a Ale… por una magnífico título. Gracias.
Y en general a todas aquellas mentes pensantes que dieron ideas para que esos dos se rindieran a sus más bajos deseos.
Saludos de Cloe.
