Estaba seguro de que la vería de nuevo. Lo suyo no fue una despedida como tantas otras en las que vio morir a sus compañeros caídos.

Ella siempre estaría ahí, inmortalizada no como algo sin vida, sino como un ser brillante que resplandece cada que respira.

De alguna forma, él estaba seguro de que volvería a él. Algún día.

El sonido del barco volador inundó sus oídos. El cielo se oscureció en el exterior, pero en el interior, nadie podía quitar el olor a chamuscado de la nariz.

—¿Ahora qué? —preguntó Armin sin esperar una verdadera respuesta, de frente a la ventana donde se veían las nubes oscuras cuyas sombras, en contraste con la luz de luna, dibujaban figuras sobre él.

—Seguimos avanzando — dijo Levi, mirando sus manos.


—Ahora que están de regreso, pueden descansar —las palabras de la Reina Historia resonaron entre sus rostros confundidos.

Él sabía que ninguno sería capaz de hacerlo. No por un tiempo. Estaban destruidos, exhaustos, drenados. No en paz. ¿Cómo descansar con apacibilidad tras algo así?

La luz de las velas apenas iluminaba la estancia. Había electricidad, pero nadie intentó encenderla. Fuera, las ramas de los árboles golpeaban con fuerza contra los muros, el viento azotador el único sonido. Seguían en silencio cuando las primeras gotas de lluvia comenzaron a caer.

A un costado de la habitación, en la esquina más solitaria, Mikasa abrazaba su bufanda con lágrimas secas en sus mejillas. Lucía perdida en su mente, como la última vez que la observó en el camino de regreso a Paradis. Armin tamborileaba un lápiz en su cabeza. Intentaba descifrar las complejidades de la política mundial al escribir la próxima declaración de la isla. Toda su concentración puesta en tal tarea, sin espacio para otro pensamiento.

Jean estaba tendido en un sofá, derrotado. De repente dedicaba miradas furtivas hacia Mikasa, pero por demás no parecía importarle lo que sucedía su alrededor. Connie comía de su plato sin dar hincapié en nada más.

Historia se removió incomoda en medio del cuarto.

—Así que, ¿qué harán ahora?

A todos realmente parecía gustarles preguntar eso. Miles de reporteros tras volver, los pocos supervivientes de la milicia y ahora, la reina con ojos suplicantes para obtener algo, aunque sea un atisbo de vida de sus excompañeros.

La lluvia se intensificó, llegando a potencia torrencial.

—Quiero una casa —Levi rompió el silencio con su característica voz monótona.

Los ojos azules de Historia se enfocaron en él. Estaba en una silla de madera cubriendo su mano vendada con firmeza, su rostro oscurecido por las sombras.

—¡Eso es excelente! Podemos hacer que suceda… —lo observó con mayor atención—aunque tras una visita al hospital primero.


Armin y Connie lo acompañaban en el recorrido hacia su nuevo hogar. No fueron pocas las miradas de incredulidad al mencionar que deseaba vivir en el borde del bosque.

—Y quiero un laboratorio —declaró una noche mientras caminaban entre los nuevos negocios, cuando apenas llevaba unos días dado de alta del hospital.

Levi asimiló los brillantes y luminosos escaparates a su alrededor. La modernización de Paradis no se detuvo aun con el desastre. Su caminar era desigual por la herida en su rodilla que, al parecer, nunca sanaría.

Mikasa le lanzó una mirada inquisitiva, ceja alzada.

—Ahh, está bien Capitán. ¿Tiene algún proyecto? —Armin lo ayudaba a comprar lo que ocupaba para la nueva vivienda.

—Es necesario para mantenerla cuerda.

—¿Ella? ¿Quién…? —Mikasa detuvo a Armin tomándolo del brazo. Cuando este la miró ella negó con la cabeza. Ambos nerviosos, decidieron no presionar.

Semanas después, Levi tuvo otra petición.

—Hay que ir por libros. La biblioteca debe de ser lo suficientemente grande.

Claro que, los libros no eran baratos, así que el Capitán pensaba gastar la mayor parte de todos sus ahorros en ellos.

Connie asentía varias veces seguidas a la vez que Jean se rascaba el cuello.

—¿No estaba al tanto de que era tan fanático de la lectura? —inquirió Jean, y Connie ensanchó los ojos con nerviosismo. Esos días lo que se decía al Capitán debía ser bien pensado, había sugerido Armin. Nunca se sabía lo próximo que diría.

—Cuando ella los vea será la más feliz —dijo Levi, viendo por su único ojo hacia la ventana con el entrecejo fruncido.

—Claro que sí, Capitán —enmendó Connie con rapidez, jalando a Jean hacia la salida.

Ahora, de camino a la cabaña recién construida, Armin y Connie no podían más que esperar que todo fuera bien cuando Levi viera la casa.

Al llegar frente a ella, se detuvieron. Era amplia y de un piso, de una madera oscura y resistente. Un par de grandes ventanales la adornaban, con un porche en la parte delantera. La rodeaban cientos de árboles, el sonido del viento y de las aves la única perturbación.

Ambos jóvenes miraron al veterano con incertidumbre, inciertos de si llegaba a sus expectativas.

Levi tan solo la observaba en silencio, sopesando la imagen con lentitud.

"Es justo cómo debería de ser", pensó.

—A ella le gustará.

Armin se esforzó por una sonrisa.

—Ella… sí. Le gustará —atinó a decir.

—Lo visitaremos seguido —aseguró Connie.

Levi asintió y comenzó la marcha hacia la puerta, deteniéndose a mitad de camino. Miró el pasto a su alrededor.

—Traigan flores para plantar. Ella querrá estudiar las plantas.


En cada visita, apenas a un par de días de distancia entre una de otra, solo se preocupaban más y más. A veces iba uno a solas, otras varios en grupo, pero siempre intentaban checar su bienestar de alguna manera.

Cuando Connie iba, comían juntos. Armin le contaba los nuevos desafíos de ser comandante, o de algún nuevo libro que había leído. En esos días pasaban dos cosas: Levi lucía un semblante aún más sombrío, o relajado. Mikasa solo se sentaba en silencio a su lado, ambos con una taza de té. Jean jugaba a las cartas con él.

A pesar de todo, no lo veían infeliz.

—Creo que es tiempo de decirle algo, no puede estar de verdad pensando en quedarse ahí para siempre —expresó Connie.

—Lo hace, en verdad. La última vez me dijo que ocuparía herramientas para reparaciones en caso de que algo se rompiera en los próximos años. ¡Años! —exclamó Jean con exasperación.

—Déjenlo ser.

—Pero, ¡Mikasa!

—Yo también considero que debemos de hablar con él —dijo Armin.

—¡Si! No puedo entender qué es lo que piensa conseguir así. —Connie suspiró.

—No creo que conseguir algo sea el caso. Solo parece estar —Armin hizo una pequeña pausa para escoger sus palabras—, esperando.

—¿Esperando qué?

Armin se talló los ojos. No creía que todos se hubieran dado cuenta.


Levi despertaba a diario a punto de gritar. Heridas en sus manos por golpear la pared dormido, entre pesadillas que no tenían final. Sus peores sueños ya no incluían solo los cadáveres de Isabel y Farlan, de su escuadrón, o de Erwin, sino de cada momento en que deseaba hacer algo diferente.

Siempre se dijo que viviría su vida sin ningún arrepentimiento. Y pensó haberlo conseguido. Pero sus sueños tenían una forma de recordarle que algo se había filtrado entre su mayor convicción. De evocarle que, tal vez, solo tal vez, de haber actuado un poco diferente, nada de esto habría pasado.

¿Podría una cosa tan pequeña haber cambiado algo? ¿Una palabra de afirmación, la aceptación a huir y vivir en el bosque, un mayor intento de detenerla? ¿Habrían bastado?

Sus sueños lo creían.

De ser así, ella no se habría ido de tal forma, dejándolo solo, manteniéndose a vuelo con una sola ala.


—No me iré. —Se miraron entre ellos. Ninguno había esperado otra respuesta. —Entre tanta mierda fuera, deberían de estar ocupados. Aquella basura es necesaria, esta no.

Silencio los rodeó. Levi se removió molestó ante la incomprensión reinante.

"Si ella estuviera aquí…"

—Ah, ¡claro! —dijo Armin—, quiero decir, no. Venir aquí no nos molesta, solo estamos preocupados.

—No sabemos por qué quiere estar aquí, solo —dijo Connie.

—No me puedo ir. Ella volverá algún día y hará un escándalo si no estoy aquí, esperándola.

Armin sintió un nudo en la garganta.

—Capitán… Hange-san está muerta. ¿Lo sabe, no es así?

—Tch.

Levi se levantó de la silla y caminó hacia la puerta, fuera de la casa. Los demás lo siguieron por detrás apresurados.

No era usual descubrir al Capitán en tal estado. Sentado en el suelo, miraba al cielo, sin energía. Una máscara de nada en sus facciones. Un temblor casi imperceptible en su mano izquierda.

—Ella… de alguna forma, siempre estaba ahí. Hablando sin parar o riendo, o abrazándome sin que lo quisiera. Ella siempre… —su voz se quebró, y Levi cerró los ojos—. Tengo que aguardar por ella. Sé que la veré de nuevo. Solo debo esperar un poco más. Y estar listo para cuando llegue.

Lágrimas corrían por las mejillas de Armin, Connie sonó un poco su nariz. Jean lo observó con tristeza y Mikasa apretó los labios y asintió.

Nunca volvieron a cuestionarle el tema de nuevo.


Después, las visitas comenzaron a ser diferentes. Jean y Mikasa llegaban juntos de la mano, Armin traía a esa titán rubia con él, Connie le presentó como su novia a una jovencita de cabello castaño y sonrisa afable.

Levi entretenía su tiempo entre pescar un poco, tallar el suelo hasta relucir, leer y preparar todas las clases de tés posibles. Al probar una nueva variedad de té verde, su aroma floral lo transportó al pasado.

Era en los días en los que Hange no sabía cómo proceder con los Azumabito. Se encontraba sentada en su oficina, la cabeza contra el escritorio y las manos jalándose el cabello.

—Te quedarás calva pronto.

Hange levantó un costado de su rostro, apenas un ojo a la vista.

—¡Agh! Esto es un desastre.

Levi puso una taza de té verde frente a ella.

—Tómalo. Necesitas dormir.

—¿Dormir? ¿Cómo podría dormir si no puedo pensar en una sola, mísera buena opción?

Levi cruzó las piernas y la observó, una taza de té entre sus dedos.

—Erwin sabría qué hacer en un instante— murmuró ella por lo bajo, apenas un susurro, un pensamiento en voz alta.

—¿Qué dijiste, lentes de mierda? —cuestionó Levi, molesto. "¿Es eso con lo que tortura su mente a diario? Incluso Erwin tendría problemas para solucionar un problema de tal escala".

—No dije nada —suspiró Hange, levantando la cabeza y tallándose los ojos. Levi decidió dejarlo ir. Por esta vez.

Hange acercó el té a su nariz y lo olfateó, estremeciéndose con felicidad.

—Ahhhh ¡huele delicioso! ¿cómo dijiste que se llamaba, Levi?

—Solo es té verde.

—Deberías de darme unas hojas, y las analizaré en el laboratorio a ver si logro…

Su voz se fue poco a poco apagando con cada palabra, hasta quedar en silencio. Ambos sabían que, desde que tomó el cargo de Comandante, su laboratorio estaba abandonado. La única razón por la que no era una guarida de polvo era porque Levi se obligaba a limpiarlo cada que podía.

—Si quieres, podemos tomar un día e ir al lab…

Hange negó con la cabeza.

—No, no tiene caso. Hay cosas más importantes.

Levi sintió un pinchazo en el pecho, pero asintió. Odiaba verla en ese estado. Seguía siendo ella, aún con esa energía inherente en su ser, mas hacía mucho que no la veía tan emocionada como mientras analizaba a un titán. Por un tiempo estuvo hasta tentado de conseguirle uno…

De vuelta al presente, Levi olió el té verde y lo saboreó con lentitud, como si con tan solo ese lazo pudiera volver a aquel día, haber podido realizar algo diferente.


Los recuerdos del pasado habían dejado de ser perturbadores y amenazantes desde hacía tiempo. Los felices eran los únicos que le llegaban a la mente cada que menos lo pensaba, llenos de nostalgia. Disfrutaba del silencio y de mantener todo limpio.

La calma fue momentánea.

Pocos años después, las visitas dejaron de ser esporádicas y a diario llegaba más de una persona a su cabaña.

La más pequeña, Kay, tendría apenas unos seis años, y sus ojos eran idénticos a los de su madre, hasta en su expresión neutral. Su melena también era casi una copia, y la única muestra de su padre estaba en su manera de hablar. El del medio, Roger, era un niño de siete años de cabello castaño que amaba subirse a los árboles para caerse de bruces en cada intento.

Anthony era el mayor. Llegaba a los nueve años y la sabiduría de su padre parecía prevalecer en sus profundos ojos azules. En numerosas ocasiones, Levi se encontró al niño viéndolo con fijeza, y se sacudió la sensación de ser analizado hasta lo más profundo.

—¡Baja de ahí! —gritó Levi con molestia. Roger estaba en el punto más alto del árbol a un costado de la cabaña, saludándolos con regocijo. De repente, empezó a tambalearse.

Levi corrió y lo atrapó a vuelo justo antes de estamparse con el suelo. Anthony y Kay corrieron asustados hacia ellos. Levi soltó a Roger de una, y este cayó de sentón. Sus amigos comenzaron a reírse de él. Levi se dirigió de regreso a su silla en el porche negando con la cabeza.

Pero Anthony pudo vislumbrar una sonrisa apenas perceptible en sus labios.


—¿Por qué no vives con nosotros o alguno de los tíos? — le preguntó Anthony una vez. Una pregunta pertinente, a fin de cuentas, para él ese hombre bajito y sin un ojo era parte de la familia.

—Estoy esperando a alguien —respondió Levi sacudiéndole el pelo.

Muchos días escuchó al tío Levi hablar de ese "alguien". Les contó a los niños numerosos relatos de ella, de su curiosidad insaciable que la había metido en más de un problema, cuando saludó a un auto, su amor por los libros, de cómo ella en compañía del sabio comandante, del tipo que olía todo y de la mujer de cabello corto se las ingeniaban para divertirse, de lo que solía decir de la naturaleza… tantas veces que los demás se habían aburrido de las mismas historias y preferían corretear entre los árboles.

Pero no él. Él les había preguntado a sus padres por ella, y por qué aún no volvía con el tío Levi. Le parecía maleducado hacer esperar tanto a alguien.

Su padre le había dicho que, a veces, la espera era lo que mantenía a algunos andando.

—¿Y si no vuelve? ¿Qué si no puede?

—Si no puede, —Levi frunció el ceño, no habiéndolo visto así— entonces iré a buscarla.


Llegó a la cabaña al igual que todos los días, esperando ver al tío Levi regar las plantas, pero no se encontraba nadie fuera de la estructura.

Entró a la casa y Levi se hallaba frente a él, vestido de traje. A sus once años, Anthony estaba seguro de que su tío jamás había salido de la zona del bosque.

—¿Va a algún lado?

Levi se limitó a asentir mientras tomaba su bastón y cubría su cabello entre negro y canoso con un sombrero. Anthony fue tras él, conteniendo la respiración al verlo salir del borde del bosque.

—¿A dónde vamos?

—Construyeron un nuevo monumento en la plaza.

Anthony había oído de él, pero aún no lo visitaba. Sabía que su padre supervisó en persona la construcción.

Después de caminar un par de horas, la cojera de Levi pareció pronunciarse más, pero no se quejó. Al llegar a la ciudad las casas se alinearon frente a ellos. Él se paró con la mayor parte de su peso en el bastón y absorbió todo. Bullicio inundaba las calles.

Al caminar, tropezaron con varias personas y en cada ocasión Levi expresaba su disgusto sacudiéndose el traje.

Por fin, llegaron al centro de la ciudad. Una gigantesca circunferencia de concreto rodeaba a una gran fuente. El círculo contenía los nombres grabados de cada persona muerta en la última guerra: Pixis, Dot. Shadis, Keith. Blouse, Sasha. Zackly, Darius. Eran con los que Anthony era más familiar, ya sea por sus padres o por lo que le enseñaron en la escuela.

Más arriba estaban las estatuas de los héroes de la alianza de Paradis. Es decir, su familia. Ahí se veían el tío Connie, la tía Mikasa, el tío Jean, su padre, Levi, y en el centro, mirando al frente con ferocidad, la estatua de una Comandante Hange Zoë. Era de aspecto regular, con unas gafas en el rostro y una nariz algo extraña.

Levi se detuvo frente a su cara, apretándose la mano izquierda tanto que le saltaban las venas.

—Lo hizo bien. Hizo el mejor trabajo posible y es gracias a ella que salvamos a la humanidad. —Se acercó un poco más, sin despegar la mirada de las facciones talladas en mármol. —Ey, cuatro ojos, ¿si me escuchas decirlo, lo sabrás?

—Estoy seguro de que ella sabía lo bien que lo hizo.

—No, no lo hacía.

Anthony paseó los ojos por los rostros de los demás. Le parecía una representación bastante fiel.

—¿Así lucía ella?

Levi ladeó un poco la cabeza.

—Júzgalo tú mismo— le entregó una fotografía arrugada del bolsillo.

A pesar de la antigüedad de la imagen, y del tono marrón de la misma, se notaban con claridad los detalles. Todos sonreían, excepto el tío Levi. Su padre se sentaba entre Mikasa y Eren, del que nadie hablaba en casa. Jean y Connie abrazaban a una joven que, él sabía, se llamaba Sasha. En un costado se acomodaba Onyankopon, quien en ocasiones visitaba la isla. Pero en el centro encontró una cara que no había visto antes, pero que por narraciones le era tan familiar que imaginarla en movimiento no se le dificultaba.

Hange Zoë lucía una amplia sonrisa y miraba a la cámara con la emoción de un niño con juguete nuevo. Al igual que Levi, vestía un traje oscuro. Tenía el brazo sobre los hombros de este, enfurruñado. No obstante la obviedad de su gesto, y de la juventud de sus facciones, Anthony pudo captar una mirada y postura totalmente nuevas en él: a pesar de estar en medio de una guerra, estaba más relajado que nunca, con un peso menos de encima. En la actualidad siempre cargaba con algo de lo que nuca parecía librarse.

—El escultor es bastante talentoso, es idéntica.

Levi chasqueó con la boca.

—Basura. Le falta algo… en sus ojos. Ella jamás habría estado tan quieta por tanto tiempo.

Sin embargo, Levi se quedó ahí de pie, contemplando a la estatua por horas. Anthony se sentó en el suelo tras él, repitiendo cada nombre tallado en su mente. Tantas almas, perdidas por una tontería. El odio, se decía, era parte de la naturaleza humana, pero ¿no debería la humanidad, con sus tantos avances, poder idear algo más que matarse entre ellos mismos? Justo ahora ya se escuchaban rumores de un nuevo enfrentamiento del otro lado del mundo.

—Oi, vámonos.

—Hay que llegar a la nueva tienda de té de la que le hablé. ¡Tiene nuevas variedades de todos los países! ¡Sé qué le va a encantar!


Era tarde cuando Anthony llegó corriendo a la cabaña desde la escuela, mojado por la persistente lluvia tormentosa. Todos ya estaban ahí, su papá debió llamarlos antes que a él. Kay y Roger se sentaban en el suelo a lado de la cama, dormitando. Los adultos discutían entre ellos en voz baja.

—¿Cómo está? —jadeó Anthony.

Su padre bajó la cabeza. Malas noticias.

El tío Levi estaba recostado en la cama; sus ojos abiertos, y parpadeando de vez en cuando, pero no parecía estar presente. De unos meses para acá, su cabello lucía más pálido cada vez, y su rodilla no paraba de molestar. Anthony no creyó que fuera tan grave.

—Ella no volverá, ¿cierto? —graznó Levi, con dificultad.

Su padre se sentó a su lado y le tomó la mano.

—Quizás, si tan solo esperas un poco más…

—No.

—Pero, —comenzó Anthony.

—He esperado lo suficiente. Verla en esa piedra… no está ahí, pero me hizo extrañarla. Quiero buscarla.

Su padre apretó su agarre, sus ojos se llenaron de lágrimas.

—Lo sabemos, todos aquí. Hiciste un gran trabajo, Capitán. Entregaste tu corazón a todos nosotros, y cuidaste de nuestra familia, no necesitas darnos nada más. Eres libre. Gracias.

Al final, el único sonido fueron los sollozos silenciosos de cada uno de los presentes.


Levi abre sus ojos, y se sorprende de poder ver con ambos. Hay un olor salado y humedad impregna el ambiente. El sol le impide distinguir algo por un momento, pero al acostumbrarse se da cuenta de que está en medio de la playa, el basto mar frente a él.

—¡Leviiiii! —escucha gritar a una voz, y su corazón se detiene por un instante. A diario quiso oírla de nuevo, pero hacía tanto que la esperaba que no creyó que el momento llegaría.

Se gira al completo y ahí está ella, con su uniforme de la Legión arremangado al igual que aquel día al descubrir el océano. Se sitúa a apenas unos metros de distancia y salta sin parar haciéndole gestos con las manos, como si fuera posible no verla.

—Oi, cuatro ojos. Tardaste demasiado —le reprocha él en cuanto está a su alcance.

—¡¿Queee?! ¡¿Yooo!? ¿Sabes cuánto llevo esperándote aquí? Los demás se adelantaron, y yo tuve que…

Levi la toma entre sus brazos, y saborea cada segundo. Su olor, la firmeza de su cuerpo, no quiere perderse ningún detalle. Se separa un poco y la mira a los ojos. Y ahí está, ese brillo que faltaba antes, esa emoción, esa vida y pasión, que solo ella se las puede ingeniar para transmitir de esa forma. Un sonrojo delinea sus mejillas.

Hay tantas cosas que quiere decirle, pero como siempre, no sabe cómo hacerlo. Afortunadamente, y también como siempre, ella parece entenderle sin necesidad de formular sonido.

—Conseguí una casa.

Ella sonríe de manera más pronunciada.

—Lo sé, ¡y me encanta! Aunque de verdad, Levi, el baño era muy pequeño, ¿cómo conseguías tirar todo ahí dentro? Oh, pero ¡la biblioteca! Eso si es algo digno de mirar. Y podría pasarme toda la vida estudiando todas esas flores. ¿Recuerdas esa que mandaste traer de aquel país de Oyankopon? ¿La púrpura con naranja? ¡Creo que tiene propiedades curativas! Y aquí no ha sido tan malo, Levi, he descubierto tantas cosas interesantes, ¿ves esto? ¡Se come! Si lo pones en el fuego así…

Levi la escucha con atención, disfrutando de cada palabra que dice, de verla mover los brazos con efusividad, de sentir la calidez en su compañía. Esboza una pequeña sonrisa y suspira. Por primera vez en mucho tiempo, se siente ligero y en completa paz. Está, finalmente, donde debe de estar.


A/N: Gracias por leer!