Advertencias:
Posible OoC en los personajes.
Situaciones sexuales implícitas o explícitas.
Lenguaje inapropiado o soez.
Género: Romance | Humor.
Clasificación: T.
Disclaimer: la serie y sus personajes no me pertenece a mí, sino a ®Masashi Kishimoto.
Nota de Autor:
Si hay algún comentario o disconformidad, por favor no duden en dejar su opinión abajo en la cajita de comentarios, sus observaciones serán siempre apreciadas. Recuerden dirigirse a los escritores siempre con respeto, yo les responderé en la medida de lo posible. Muchas gracias por leerme, hasta la próxima.
Re-escrito.
Capítulo II.
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«Tomar la decisión de tener un hijo es trascendental. Se trata de decir que tu corazón caminará siempre fuera de tu cuerpo».
Anónimo.
Había una delgada línea entre lo que uno piensa y lo que uno hace. Y definitivamente ella no tenía intenciones de hacer absolutamente nada.
«¡Maldición! ¿Cuándo va a acabar esto?» pensó dando la última arcada. Se sentía terriblemente mareada, tanto que se tomó unos minutos antes jalar la cadena y ponerse de pie. El ácido estomacal le quemaba la garganta y se contuvo de hundir la cara de nuevo dentro del retrete, en su lugar se enjuagó la boca con el enjuague bucal y se secó el sudor de la frente con una toalla.
Tendría que pedirle una receta a la Godaime, de otra manera no sería capaz de lidiar con las náuseas matutinas. Nanami se sentó sobre la tapa del váter, echó el cuerpo hacia adelante y se cubrió la cara con las manos. Se sentía fatal, la falta de ánimo no solo tenía que ver con toda la situación sino también con su confusión. Odiaba sentirse débil y vulnerable. Eran sensaciones que la estremecían porque la hacía tener la necesidad de que alguien la abrazara y le dijera que todo estaría bien. Pero nadie podía decirle que todo estaría bien, cuando ella ni siquiera sabía qué hacer.
Suspiró, lo mejor que podía hacer era tomar una ducha. Sus mejores ideas siempre venían después de haber tomado un baño.
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Cuando bajó las escaleras seguía enumerando la cantidad de cosas que necesitaba, empezando por ir a su edificio y hablar con su casera para saber cuánto tiempo quedaba para que su departamento estuviera listo. Sabiendo su situación no se quedaría por más tiempo, un bebé lo cambiaba todo y los llantos podían molestar a las personas, más a aquellas que tenía una vida ajetreada y estresante como la de un shinobi.
Nanami se frotó la sien derecha mientras se dirigía a la cocina, se quedó petrificada en el umbral cuando lo vio.
«No es posible…» pensó con los latidos del corazón acelerados y el semblante pálido.
Kakashi se encontraba cómodamente sentado en uno de los banquillos con una taza de café en la mano y el periódico en otra, ¿no se suponía que tardaría dos semanas más en regresar? Ese hubiera sido un buen tiempo para arreglarse con su casero y largarse de aquella casa de locos sin tener que verlo. Contemplarlo tan sereno solo aumentó sus ganas de retorcerle el cuello.
— ¡Nanami-chan!
La susodicha compuso su semblante y esbozó una sonrisa forzada a Naruto.
— Buenos días, Naruto.
Nanami ignoró la pericia con que el ojo de Kakashi se extendía a lo largo de su cuerpo hasta centrarse en su rostro.
— Tienes mejor aspecto esta mañana, Nan — sonrió Sakura batiendo una espátula que contenía restos de una masa grumosa.
— Gracias — ella no opinaba lo mismo, en ese momento su aspecto era similar de un fantasma famélico — ¿No se suponía que este día le tocaba cocinar a Sasuke?
Levantó con el tenedor un pedazo de sandía irregular, la examinó cuidadosamente antes de dejarla de nuevo en el plato. De los tres, el Uchiha era el que mejor cocinaba, por supuesto, dejando de lado a Kakashi; quien, claramente, era el que tenía mejor sazón del equipo siete.
Nanami apartó disimuladamente el plato y se sirvió solo un vaso de leche, el cartón estaba intacto y, aunque Sakura lo abriera no sería capaz de estropearlo. Le dio un sorbo pequeño, el aroma de los panqueques le estaba dando náuseas.
— ¿Estás bien? — le preguntó Kakashi, ella casi saltó de su piel.
— Lo estoy, ¿por qué?
— Te has puesto verde — señaló el shinobi — ¿Estás enferma?
¡Oh sí, estaba enferma! Una enfermedad que le duraría unas treinta y cuatro semanas más. Una enfermedad en la que él contribuyó activamente y que ahora la estaba mortificando.
— Estoy bien — tomó otro sorbo para callar todos los reclamos que tenía en la punta de la lengua.
— Ella no está enferma, Kakashi-sensei.
Casi se ahoga al escuchar a Naruto a punto de revelar su secreto.
— Lo que pasa es que…
— Naruto, ¿no se supone que tienes una misión hoy? ¿No te dijo la Hokage que te presentaras temprano en su oficina? — interrumpió.
De pronto era como si Naruto se le prendiera el foco, ¡se le había olvidado! Así que se puso de pie de un salto.
— ¡Es verdad! Lo había olvidado por completo — exclamó antes de salir corriendo de la cocina.
Nanami ahogó el suspiro de alivio que reacomodó los latidos de su corazón, se acababa de salvar. Sin embargo, aun sentía la mirada de Kakashi sobre ella, profunda e intensa.
— Yo también debo irme, tengo rondas en quince minutos — se puso de pie, tomó una botella de agua del frigorífico y levantó una mano mientras salía —. Nos vemos en la noche.
Kakashi simplemente rio, bajo y ronco, sabiendo que de su radar nada se escapaba.
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Como kunoichi aquella huida no podría reprochársela nadie, había sido estratégica y con el único fin de evitar una confrontación que podía extenderse a proporciones bíblicas, considerando que le tenía un poco de rabia al shinobi. Pero, como mujer, estaba muerta de espanto con la idea de tener una conversación con él que implicara recordar la situación que la había metido en ese problema. Incluso la idea de estar a solas con él la ponía nerviosa.
Nanami no tenía recuerdos, solo borrones y sensaciones grabadas que, de tanto en tanto, la estremecían casi al grado del placer físico.
«¡Maldita sea!»
Ella había hecho todo para recordar, pero solo tenía fragmentos y la mayoría de ellos implicaban la cama, las sábanas arrugadas y él moviéndose sobre su cuerpo a una velocidad desidiosa que la mandaba al borde.
Lo detestaba por ser un amante excepcional. Su mente tenía lagunas, pero su cuerpo recordaba a la perfección lo que le había hecho sentir, todavía recordaba con claridad lo adolorido de sus articulaciones el siguiente día.
— Maldito Ninja Copia.
Tiró la carpeta y se encorvó sobre la mesa, luchando por respirar sin desesperarse. Su regreso no implicaba otra cosa más que problemas. Decirle era una prioridad, solo que no sabía cómo y tampoco le entusiasmaba la idea de una conversación larga y tendida. Empezando porque lo único que deseaba con todas sus fuerzas era olvidar el asunto.
Sí, había cometido un desliz, solo quedaba como experiencia y un error que jamás volvería a repetir. Por lo menos era su intención hasta que confirmó el embarazo.
«Debo volver a casa» se dijo, ¿a casa? Esa no era su casa. Resultaba irónico que cuando comenzaba a sentirla suya tendría que irse, porque ni modo que se quedaran compartiendo el mismo espacio. Quien sabía cómo reaccionaría al enterarse de su embarazo, tampoco si haría algo al respecto. Todo eso la angustiaba.
Nanami exhaló profundamente deprimida mirando hacia el reloj de pared que marcaba las ocho en punto. Dos horas extra que no contaban en su remuneración de final de mes.
— Al mal paso darle prisa — murmuró desolada.
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Caminó despacio hacia su hogar temporal, una nube negra la seguía y los mil suspiros que reprimía no mejoraban su humor. Dentro de su cabeza intentaba preparar un discurso, esperaba no usarlo pronto, porque no tenía ni una línea escrita que pudiera utilizar.
Nanami sintió un vuelco en el estómago al ver las luces de la sala encendidas, eso solo significaba que se encontraban viendo uno de esos programas populares que tanto le gustaban a Naruto. Debería sentir alivio, Kakashi encontraba tediosos los programas de televisión y prefería estar en la comodidad de su habitación repasando su biblioteca de perversiones llamada libros eróticos. Ella jamás entendió que podían tener de interesante esos libros. Le resultaba más divertido llevar a cabo los juegos eróticos que leerlos, pero no se lo diría o la tacharía igualmente de pervertida.
Si tenía suerte, Kakashi se encontraría en su habitación y ella podría escabullirse a la suya sin mayor problema. No estaba preparada para enfrentarlo, probablemente no lo estaría nunca. Sin embargo, necesitaba mentalizarse. Después de todo estaba en su derecho de saber, lo quisiera o no, le ayudara o no.
Nanami tomó una respiración profunda mientras introducía su llave y abría la puerta, se quitó el abrigo y lo metió en el closet al lado izquierdo de la puerta. Miró de reojo, no había nadie cerca, entonces pudo soltar el aire con alivio. Cerró los ojos unos segundos antes de subir las escaleras hacia el segundo piso, el ruido de la televisión se escuchaba de fondo y supuso que algo interesante debía suceder en la pantalla para que toda la casa estuviera en silencio. ¿Qué importaba? El objetivo era pasar desapercibida.
Justo cuando iba por el segundo escalón una voz la sorprendió.
— Buenas noches.
El tono sereno ligeramente despreocupado la desestabilizó por unos segundos, ella cerró los ojos y maldijo entre dientes antes de voltearse hacia él. Lo examinó por unos minutos, tenía las manos metidas en los bolsillos de su pantalón y caminaba hacia ella. Era como si la estuviera esperando.
— Buenas noches — contestó manteniendo la calma — ¿Dónde están todos? — preguntó mirando a su alrededor.
Si Kakashi se dio cuenta de su llegada los demás también lo harían, pero al parecer no había nadie más y eso la puso nerviosa.
— Naruto todavía no llega, Sakura tenía una noche de chicas, Sasuke tuvo una misión de último minuto junto con Yamato y Sai — enumeró lentamente, dándole a entender que se encontraban solos.
Nanami tragó saliva, ella no quería estar sola con él.
— Oh, vaya… — no sabía que decir, solo que tenía que escabullirse —. Me siento cansada, estaré arriba por si me necesitas.
Una formalidad que complementó con una sonrisa forzada antes de continuar subiendo los escalones.
— ¿Por qué huyes cada vez que me ves? — ella se detuvo y se giró de nuevo hacia él.
— No huyo.
— ¿No? — Kakashi arqueó una perfecta ceja gris, despacio sacó una mano de su bolsillo, la colocó sobre la baranda de madera y avanzó hacia ella —. Somos adultos, Nanami, ¿no podemos hablar como tal acerca de lo que sucedió?
Las mejillas de la kunoichi enrojecieron, Kakashi tenía un aura seductora que le embotaba los sentidos. Controlaba su tono, mantenía una impresionante seguridad en sí mismo que se trasladaba a su postura y su lenguaje corporal, ella parpadeó ligeramente aturdida.
— No hay nada de qué hablar — dijo cuando por fin encontró su voz —. Tuvimos sexo, eso es todo.
«No es todo» recordó. Pero no estaba preparada para tener esa conversación con él, no en este momento y no cuando la miraba así. Esa maldita aura depredadora fue la que los metió en ese problema en primer lugar.
— ¿Sí? ¿Estás segura que es todo?
Nanami entornó la mirada, ¿por qué hacía tantas preguntas? ¿Por qué estaba tan interesado de repente? ¿Por qué tenía un mal presentimiento? Era como el presagio de una balada hecha para el desastre.
— Yo… — todo a su alrededor comenzó a dar vueltas, ella parpadeó algunas veces, pero no conseguía enfocarse. Sintió una horrible presión en la cabeza y sus oídos se ensordecieron —. Yo, ¿por qué preguntas todo esto?
Nanami se tomó de la barandilla con ambas manos, su rostro palideció y los latidos de su corazón se aceleraron. La imagen empezaba a oscurecerse en las esquinas, sabía que pronto se desmayaría.
— Porque estoy preocupado por ti…
Fue lo último que escuchó antes de ceder y dejar que la oscuridad la envolviera, perdiendo la consciencia.
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Después de lo que pareció una eternidad Nanami recobró el sentido, mientras arrugaba los ojos y se movía lentamente se dio cuenta que estaba recostada en una cama. Lo último que recordaba era a Kakashi interrogándola, luego un zumbido en sus oídos que le impidió escuchar lo último que le dijo y, por último, unos brazos que la envolvieron fuertemente provocándole una extraña, pero bien acogida seguridad.
Arrugó la nariz. Olía a pino, sándalo y almizcle. Parpadeó un par de veces para ubicarse, la habitación no estaba totalmente a oscuras. Una lámpara iluminaba la estancia románticamente y, después de unos minutos, se dio cuenta que no era su habitación. Cerró de nuevo los ojos y agitó la cabeza lentamente, le dolía y se sentía bastante mareada. Había días en los que eso de los mareos no existía y otros en los que los tenía todo el día, este día en particular había sido uno de esos. Nanami se inclinó hacia adelante cubriéndose la cara con las manos, ¿qué rayos había pasado? ¿Dónde estaba Kakashi?
— No te levantes — advirtió él, la voz provenía de una esquina.
— ¡Maldita sea! — masculló intentando no sobresaltarse exageradamente —. Deja de asustarme así.
Nanami levantó la cabeza, se enderezó despacio y cerró los ojos. En parte por el mareo y en parte porque su cobardía no le permitía enfrentarlo si lo miraba a los ojos.
— Nunca es mi intención asustarte.
— Ujum — tarareó ella —. Esta no es mi habitación, ¿en dónde estoy?
— En la mía — señaló él tranquilamente.
El corazón de Nanami se aceleró, pasó demasiado tiempo antes que se permitiera estar a solas con ese hombre en una habitación. Le ponía nerviosa por alguna extraña razón. Nunca había sido así, no después de…
— ¿Por qué? — preguntó apoyando la cabeza en el respaldo de madera de la cama, mirando hacia el cielo y manteniendo las manos en su regazo.
La habitación de Kakashi era la última, la que estaba al final del pasillo y a la que nadie tenía acceso más que él.
— Me parece que tenemos que hablar y es mejor sino nos molestan.
Nanami se estremeció. Ella no quería hablar con él, pero debía hacerlo por el bien de su bebé ya que era lo único que tenían en común. Lo oteó de reojo, sus mejillas se ruborizaron. Kakashi no llevaba puesta la máscara, tuvo que volver la mirada al cielo o se distraería con sus pómulos altos, su mandíbula fuerte o su sensual boca. Su rostro al igual que su cuerpo estaba hecho para pecar, ahora entendía porque lo escondía tan recelosamente detrás de aquella máscara.
— ¿De qué tenemos que hablar según tú?
El hombre soltó un suspiró como si estuviera alargando innecesariamente un tema demasiado importante.
— Creo que tienes algo que decirme, ¿no es así?
A ella se le secó la boca, ¿cómo le diría que estaba embarazada? Ni siquiera era capaz de formar las palabras, todavía digería la noticia, ¿cómo lo haría él?
Nanami permaneció en silencio sin saber qué hacer ni que decir. No sabía ni como sentirse en ese momento. La bomba de relojería estaba a punto de estallar, no, esa bomba estallaría cuando su madre se enterara que tendría un hijo fuera del matrimonio. La culparía por haber tomado un camino para el que ella no la educó, una profesión en contra de su voluntad y por la cual rompió toda relación con Nanami.
— ¿Qué es lo que se supone que debo decirte?
Ella lo oyó suspirar de nuevo, pero era más un suspiro gracioso que uno exasperado o cansado. Incluso imaginaba una sonrisa en sus labios, una sonrisa astuta que indicaba que sospechaba algo y que no estaba dispuesto a decírselo hasta que ella lo hiciera. Era una estrategia, una muy buena si lo admitía.
Nanami quería ponerse de pie y huir. Correr a cualquier lugar en donde no tuviera que enfrentarlo. Los nervios la carcomían, pero la carcomería más la culpa si no le decía de una buena vez que estaba embarazada.
— Estás embarazada.
Ella abrió desmesuradamente los ojos y bajó la cabeza para mirarlo. Él la contemplaba sereno e imperturbable, no estaba haciéndole una pregunta, la seguridad en su voz era tan aplastante que consiguió que su corazón se detuviera unos segundos.
— ¿Cómo lo sabes? — el shinobi sonrió, ese tipo de sonrisa peligrosa que hacía que las mujeres se humedecieran y suplicaran por ser tomadas.
—¿Cómo no saberlo? — replicó a su vez, ella rodó los ojos —. Las señales estaban ahí, ¿creíste que no las notaría?
Nanami era ingenua, pero no tan ingenua como Kakashi creía y ahí había gato encerrado.
— ¿Quién te lo dijo?
— Nadie — dijo él con un tono inocente que no la engañó, entornó los ojos.
— ¿Cómo lo averiguaste, Kakashi? — inquirió enderezándose —. Y no me digas que te diste cuenta de inmediato, porque has estado afuera el tiempo suficiente como para no enterarte de nada — advirtió —. Ahora dime, ¿cómo te enteraste?
El shinobi amplio su sonrisa, esa sonrisa siniestra que anticipaba una mala noticia. Quiso correr.
— Calculé — tarareó, ella frunció las cejas, desconcertada.
— ¿Calculaste? — luego tuvo una revelación y alzó las cejas, esta vez, sorprendida — ¿Pero cómo demonios…? ¡Tú sabías! ¡¿Cómo demonios sabías?!
Kakashi apretó los labios, disfrutando de la gama de emociones que pasaban por el rostro de ella.
— Bueno… ¿Recuerdas esa noche?
— ¡Por supuesto que la recuerdo!
¿Cómo iba a olvidarla si era la que la tenía metida en ese problema?
— Bien, hay algo que no te dije.
— ¿Qué cosa? — lo miró sospechosamente, su estómago le advirtió que no le gustaría lo que iba a decirle.
— Olvidé comentarte que se rompió el preservativo y no lo use.
Sus cejas se dispararon hacia arriba y abrió la boca estupefacta, ¿qué había dicho?
— Disculpa, ¿qué acabas de decir? — preguntó parpadeando, perdida, pero con la firme idea de que lo que sucedería a continuación no le agradaría.
De hecho, estaba temerosa de lo que Kakashi pudiera decirle y tuvo el impulso de ponerse de pie y salir corriendo.
— Que no usé preservativo.
¿Y hasta ahora se lo decía? ¡¿En serio?!
— ¡¿Estás de broma?! — soltó mirándole de manera asesina, el shinobi dio un paso hacia atrás cuando ella se puso de pie y levantó las manos a modo de rendición — ¿Tienes idea de la cantidad de horas que pasé quebrándome la cabeza acerca del error que pude cometer para que esto pasara? ¡¿La tienes?!
— Pudiste preguntarme.
— ¡Se suponía que te habías asegurado, Kakashi! ¿Cómo iba a saber que no habías usado un maldito condón?
Él abrió la boca y ella lo calló de inmediato.
— Como se te ocurra seguirte justificando te prometo que te arranco la cabeza — advirtió, Kakashi asintió con una mirada traviesa y ella se sonrojó al imaginar lo que estaba pensando —. Agh — chasqueó con todo el desdén que su vergüenza le permitía reunir —. Maldito seas, Kakashi — murmuró dejándose caer en la cama de nuevo.
Nanami se quedó mirando el techo con la certeza de que Kakashi no era el único culpable, ya que su primer error fue descontinuar las pastillas anticonceptivas, pero sus relaciones sexuales eran casuales y bastante escasas, los preservativos eran más prácticos para esas ocasiones y la guardaban de cualquier ETS. Las pastillas las reservaba para relaciones exclusivas, largas y, tal vez, si tenía suerte, llenas de compromisos y promesas.
— Maldito seas… — repitió.
— ¿Estás enojada conmigo? — el peso hundió el colchón a su lado, quería mirarlo con rabia, pero la verdad es que no podía echarle toda la culpa.
— Debería, pero no lo estoy — suspiró derrotada —. Es tan culpa tuya como mía. Tú por no decirme y yo por no cuidarme como debería — cerró los ojos, cansada, como si el peso y la tensión que estuvo cargando sobre sus hombros durante todas esas semanas se asentara como bloques de concreto en su cuerpo — ¿Qué vamos hacer?
— ¿Qué quieres hacer tú?
El tono ronco tenía un borde tenso, como si esperara escuchar el mayor de sus temores. Ella parpadeó, desconcertada.
— ¿Crees que voy a sugerir un aborto? — preguntó, aturdida.
El silencio la sobrecogió y jadeó, sorprendida de no haberlo considerado siquiera como una opción.
— No lo sé, ¿lo harás?
— ¡Por supuesto que no!
Se enderezó rápidamente, en la tenue oscuridad podía ver las líneas de su rostro, desde su mandíbula cuadrada y masculina hasta sus pómulos altos y soberbios, su ojo brillaba como una estrella perdida en la oscuridad. Nanami tuvo la delicadeza de desviar la mirada antes de sonrojarse de nuevo.
— El aborto nunca fue una opción — dijo finalmente.
— ¿Entonces?
— No lo sé, Kakashi, no lo sé — murmuró cubriéndose los ojos para que no pudiera ver la preocupación que la carcomía.
— Yo sí — dijo él, ella lo miró de reojo —. Tendremos un bebé.
