Mientras eso ocurría en la modesta mansión Phantomhive, en el palacio real un desanimado príncipe contemplaba el cielo desde la ventana de su habitación.
—Yo ni siquiera quiero esa estúpida fiesta y mucho menos encontrar una mujer para hacerla mi esposa. —Se le escuchó murmurar malhumorado.
—Pero ya está en edad de hacerlo, sus padres se preocupan que los vaya a dejar sin herederos.
Trataba de calmarlo su fiel sirviente y confidente, alguien no mucho mayor que él, alguien que siempre estuvo a su lado desde la adolescencia.
—Si… Agni lo sé… Pero simplemente no me agrada la idea además tú sabes mi secreto…
—Si príncipe Sebastian, conozco su secreto pero vea el lado bueno de esto, quien sabe y en esa fiesta conozca a alguien de su "gusto". —Insinuó su sirviente Agni con una sonrisa.
—Bueno… Eso si… Siendo así asistiré a esa estúpida fiesta solo prométeme que me ayudarás a buscar a ese alguien. —Sebastian más animado salía de la ventana para elegir un elegante traje que ponerse en la fiesta la noche siguiente.
—Claro que si señor, tengo un buen presentimiento de esta fiesta. Creo que encontrará lo que usted tanto busca.
—Cuando tú tienes un buen presentimiento casi siempre se cumple… —Emocionado el príncipe expresó— Creo que deberías llamar al diseñador, quiero un traje nuevo para mañana.
—Si joven príncipe… Lo llamaré enseguida.
Agni obedeció de inmediato, saliendo de la habitación se apresuraba a llamar al diseñador dejando solo al príncipe que en un espejo se miraba.
—No soy tan feo… —Murmuró viendo su reflejo— ¿Por qué nadie me quiere?
Con algo de tristeza se decía pensando en las muchas ocasiones en que las personas se alejaban, tal vez por su estatus social temían acercarse entonces pensó en un plan para la fiesta de la noche siguiente. Mientras tanto en una cocina muy lejos del palacio real un jovencito contenía su enojo. Los ratoncitos sus únicos y fieles amigos trataban de animarlo ya que ellos habían escuchado todo lo que sucedió.
—¿Y Ciel aún piensas que la idea de las papas fritas envenenadas no es buena? —Con una maliciosa sonrisa murmuró Bard.
—Pues la verdad ahora que lo pienso no es tan mala.
Dijo Ciel en un murmullo con una pequeña sonrisa tratando de animarse de aquella humillación aunque ya estaba acostumbrado a ellas no por eso eran menos dolorosas.
—¡Deja de darle esas ideas a Ciel! —Regañaba la ratoncita al otro— Usted no sería capaz de algo así, su corazón es puro y cometiendo un triple asesinato no resolverá nada.
—Era broma, claro que no haré algo así. —Con una sonrisa el joven aclaró— Yo… De verdad solo quiero ir a esa fiesta.
En un suspiro decía su más anhelado deseo, no era que le gustaban las fiestas o algo así, solo quería por una noche dejar de ser un sirviente, compartir una velada agradable con personas que lo trataran con respeto. Sentía querer escapar de su horrible realidad por una noche además tenía una corazonada de que algo especial sucedería en esa fiesta.
—¿Y si vas sin que se entere la malvada madrastra? —Le sugería Finny con emoción.
—Claro ¿Y se supone que iré a la fiesta con estos harapos? Mejor no me complico y no voy a ningún lado —Con desanimo se resignaba— Me pondré a freír las papas y preparar el almuerzo.
El joven se puso a cocinar sintiéndose muy triste por el destino que le tocaba vivir, lleno de desilusiones. Sus amigos no siguieron insistiendo y para tratar de animarlo le ayudaban en sus quehaceres.
—Mamá… ¿Crees que sea una buena idea? —Cuestionó un chico rubio a Grell.
—Ronald, no me digas que te da pena ese mocoso. —Le replicó molesta.
—No es eso solo que me parece un poco cruel.
—La vida es cruel con todos… —Le aclaró con molestia— ¿Por qué no eres como tu hermano William? Él nunca me reprocha nada.
—Porque él te tiene miedo…
—Claro que no… Solo que me da igual lo que hagan. —Con molestia William se defendía.
—Si como no… Tienes miedo que mi mamá mate a tus amadas palomas.
Con burla le respondía Ronald con una risita con el firme afán de fastidiarlo. Ambos empezaron a discutir mientras Grell sacudiendo la cabeza los hacia callar. Pronto se escuchó a Ciel llamarlos para que bajaran a almorzar, a los pocos minutos les servía en la mesa del comedor.
—Ciel… —Le llamó su madrastra— He pensado que mañana podría dejarte ir a la fiesta.
El joven al escuchar eso parecía no creerlo, tanta amabilidad repentina le parecía extraña así que se quedó callado.
—No me mires así, solo vi la foto de tu difunto padre y me dio nostalgia, si él estuviera vivo seguramente te hubiera llevado. —Con fingida sinceridad le decía— Hubiéramos ido todos como una familia.
Ciel tal vez era muy ingenuo pero creyó cada una de sus palabras, emocionado se lo agradecía sin sospechar que aquello era otra de sus perversas intenciones.
