Sara miraba las calles de Starling desde la ventanilla de la camioneta de su madre. Ella no había estado en esa ciudad desde que tenía tres años y no recordaba nada al respecto. La ciudad era grande y luminosa. El centro estaba lleno de comercios y altos edificios. Atravesaron toda la ciudad en auto, hasta llegar al barrio donde vivía su madre con su pareja. El barrio era de calles angostas, casas bajas y humildes.
Al llegar a la casa su madre la ayudó a bajar el bolso y un par de cajas donde tenía guardada sus cosas. Cuando entraron al comedor, allí se encontraba la pareja de Dinah esperándolas.
— Hola, bienvenida. — La recibió el hombre.
— Sara, él es Malcolm; Malcolm ella es Sara. — Los presentó Dinah.
— Hola. — Dijo Sara, cuando se dio cuenta que los otros dos esperaban que diga algo. — ¿Dónde dejo mis cosas? — Pidió saber.
— Por el pasillo, la puerta de la izquierda es tu habitación. — Indicó Dinah.
Dinah le hizo un pequeño tour de la casa, le mostró dónde estaba la cocina, el baño, la habitación que iba a ser para Sara y la habitación de ella y Malcolm. Sara dejó el bolso en su habitación y volvió al comedor para agarrar las cajas.
— ¿Es verdad que haces artes marciales? — Le preguntó Malcolm.
— Si, hace tres años que voy a clases de taekwondo, wushu y muay tay. También se un poco de kick boxing y parkour. — Respondió ella mientras agarraba sus cajas.
Sara se fue para su habitación antes de que Malcolm pueda hacerle más preguntas. Ella pudo escuchar que él le pedía a su madre que le diga no se vaya, pero su madre le dijo que la deje acomodarse y que podrían hablar después. Ella se sorprendió del inesperado interés que tenía ese desconocido por su conocimiento en artes marciales, pero no le dio demasiada importancia.
Fue a su habitación, cerró la puerta y miró todo en detalle. La habitación era pequeña, estaba pintada de blanco y tenía una ventana que le dejaba entrar luz natural. Tenía una cama de madera, una mesa de luz con un velador, un pequeño escritorio y un ropero incrustado a la pared. Sara sacó su ropa del bolso y la acomodó en el ropero, hizo su cama con sábanas limpias, y acomodó sus libros y cómics en una pila al lado del escritorio ya que no tenía una estantería.
La habitación continuaba luciendo algo impersonal y ella necesitaba hacerlo su espacio, así que sacó fotos de una de sus cajas y las empezó a colgar en un corcho había en la pared arriba del escritorio. Puso una foto de ella y Laurel, una foto de ella y su padre y una foto de los tres juntos; también una con sus amigos de California y otra con sus amigos de Nueva York. Al colgar las fotos se dio cuenta que iba a estar incomunicada con sus amigos ya que no tenía celular desde que Damien se lo había roto. Tal vez podría pedirle a Dinah si tenía uno para prestarle… Además había estado ausente de las redes sociales desde la muerte de su hermana y su padre, el facebook y el twitter los había cerrado, lo único que mantuvo fue su instagram ya que era privado, pero como no entraba ni lo usaba era lo mismo que no tenerlo.
Sus pensamientos fueron interrumpidos ya que la llamaron a cenar. Sara se sentó en la mesa y se dedicó a comer en silencio lo que Dinah había preparado. Dinah y Malcolm conversaban dinámicamente, pero ella ni siquiera se esforzó en escucharlos ni seguir el hilo de lo que decían. O por lo menos no lo hizo hasta que pidieron su atención.
— Antes Malcolm te preguntó si sabías artes marciales porque, ¿Sabías que él fue un competidor famoso en los clubes de lucha libre clandestina? — Enunció Dinah tranquilamente.
— Interesante. — Dijo Sara irónicamente, no le interesaba saber nada sobre ese hombre.
— El punto es que queremos que pelees.— Dejó saber Dinah las intenciones sobre porque tenían interés en sus habilidades en las artes marciales.
Sara escupió el pedazo de pollo que estaba comiendo y se echó a reír fuertemente ante esa absurda idea. Primero porque las artes marciales no eran lo mismo que la lucha libre. Segundo porque ella no había competido nunca en peleas. Tercero porque no la conocían como para pedirle algo tan así… tan grande, ilegal, riesgoso... Por un momento pensó que era una broma y por eso se rió. Pero al ver que ninguno de los otros dos se unió a su risa, se controló para calmarse y volver a la conversación.
— ¿Es una broma? — Pidió saber con cierta inseguridad.
— Claro que no es una broma, sino no te lo estaríamos pidiendo. — Dijo su madre seriamente.
— Las competencias clandestinas de adolescentes se pusieron de moda y nosotros necesitamos dinero, vos podes ayudarnos a ganar ese dinero. — Explicó él.
— ¿Cómo me van a pedir algo asó? Eso es ilegal, y yo soy menor; y por más que tenga una noción de artes marciales, yo nunca competí en peleas en mi vida… — Comenzó a cuestionar, sintiéndose expuesta y que debía defender lo que era mejor para ella.
— Te lo pedimos y lo vas a hacer, es tu forma de contribuir al hecho de que hayamos dejado que vengas a vivir con nosotros. — La interrumpió él levantando la voz.
— ¿No les alcanza con el dinero que les da el Estado? — Preguntó con amargura.
— El Estado no nos da dinero porque eres mi hija biológica. — Respondió con sinceridad.
— Busquen a otra persona, yo no pedí que me trajeran a esta casa a vivir con ustedes. — Dijo con frustración y se levantó de la mesa
Ella habría preferido quedarse en Nueva York, en el Hogar de Niños Huérfanos donde había estado unos cuantos meses. Se dirigió a su habitación dispuesta a estar sola y dar por finalizada la conversación.
— ¡No es como si pudieras elegirlo, va a ser tu obligación! ¡Este domingo es tu primer pelea! — Le dejo saber su madre a los gritos.
Sara se encerró en su habitación y se dejó caer en el piso contra la puerta. No había visto a su madre desde que tenía once años y esta era la forma que ella elegía volver a su vida. Ella no quería llorar, pero no pudo evitarlo. Su madre se suponía que tenía que cuidarla, protegerla, quererla… pero al parecer no iba a ser así. No solo eran dos extrañas que iban a tener que volver a conocerse, sino que además su madre no iba a cuidarla. Ellas nunca habían tenido una gran relación, Sara siempre había sentido que Dinah quería más a Laurel que a ella, que su hermana era su favorita. Pero siempre había tenido un poco de su amor y cariño. Ahora en cambio parecía que además iba a tener indiferencia. Ahora la mandaba a pelear para ganar dinero, sin importarle que ella pudiera salir lastimada. Volvió a repetir las palabras de su madre en su cabeza: "el domingo es tu primer pelea", solo faltaban dos días para que fuera domingo.
Quizás ese era el precio por haber sobrevivido a Damien Darhk, cuando su padre y su hermana no lo habían hecho… el maldito karma de continuar viva… Cerró los ojos por unos instantes mientras se acariciaba el tatuaje que tenía detrás de su oreja izquierda, dos canarios negros. Uno en honor de su hermana y otro en honor de su padre. Miró las paredes blancas y de repente tuvo una idea para liberar su enojo. Fue a una de sus cajas y sacó un aerosol negro. Se paró en su cama y pintó dos grandes canarios negros en la pared.
El sábado Sara decidió no quedarse en la que ahora era su casa, quería evitar a su madre y a Malcolm todo el tiempo que le fuera posible. Agarró su skate y se fue a recorrer la ciudad. Cuando llegó al centro fue a una agencia de turismo y averiguó dónde estaba el parque de skate más cercano. También se llevó un mapa para estudiarlo después, tenía que aprender a ubicarse sin gps. Fue al parque y disfrutó de que estaba casi vacío. Patinó un largo rato, hasta que unos chicos la interrumpieron.
— Hola. — La saludó uno de ellos. — ¿Podrías enseñarnos ese último salto que hiciste? — Preguntó entusiasmado.
— Claro. — Acordó ella.
— Genial, nunca vimos a alguien patinar en la forma que lo haces. — La halagó otro.
— Soy Jefferson, pero todos me dicen Jax. — Se presentó el que se había animado a preguntarle si les enseñaba el salto que ella había hecho. — Él es Mick, él es Behrad y ella es Charlie. — Dijo presentando y señalando a los otros.
Sara se quedó patinando con ellos hasta que se hizo de noche, luego se fue a su casa. Cuando llegó, su madre y Malcolm no estaban y eso la hizo sentir aliviada, no tenía ganas de verlos. Comió un par de sobras de la comida del mediodía que había en la heladera y después se encerró en su habitación a leer.
Por más que había intentado evitarlo y no pensar en ello, el domingo llegó y faltaba cada vez menos para la hora de ir al club a donde debería pelear. Las horas se pasaron más rápido de lo que le habría gustado.
— Esta es tu ropa, guárdala en un bolso así nos vamos. — Dijo Dinah dándole el vestuario de luchadora que le habían elegido. — Por cierto, también deberías pensarte un nombre. — Agregó cuando la otra ya tenía toda la ropa en sus manos.
— Espera. — La detuvo Malcolm. — ¿Qué es esto? — Preguntó agarrando su pulsera.
— Una pulsera. — Respondió ella revoleando los ojos y haciéndose la desentendida, porque ya estaba casi segura a donde iba intencionada la conversación.
— Esos colores yo los vi en algo queer o algo de esa gente rara. — Dijo él mirándola con desaprobación.
— Son los colores de la bisexualidad y no es nada de gente rara. — Lo educó ella.
— En esta casa no aceptamos estas cosas, así que quítate cualquiera de esas ideas tontas que tengas en la cabeza al respecto. — Advirtió él y le rompió su pulsera.
Sara quedó en estado de shock por un momento. Esa pulsera se la había regalado Laurel y sintió que su corazón se partía cuando la vio rota. Quería insultarlo, pelearlo, lo que fuera… Pero no lo hizo, porque estaba a punto de tener que enfrentar otro tipo de pelea... la lucha libre… iba a ser preferible que evite una pelea antes de luchar, porque no sabía que tan violento o fuerte era Malcolm; y si lo fuera no sabía si iba a poder ganarle.
El club de lucha se llamaba Amazo. Era un lugar grande, poco cuidado y con poca iluminación. Lo único que parecía tener buena luz era el ring de pelea. Que más que un ring, parecía una jaula. Sara fue al vestuario a cambiarse. La ropa que le habían elegido era unos borcegos negros, unas medias de red negras, un short de jean, y una remera negra sin mangas con capucha. En el vestuario conoció a algunas compañeras, con los que en algún momento seguro iba a tener que competir: Grace (su nombre de luchadora era meta-humana), Jennifer (relámpago), Kate (chica murciélago) Lisa (planeador dorado), Mia, (estrella verde), Natalia (nocturna), Nora (exceso).
¿Sería solo entre mujeres las peleas? Una vez que estuvo cambiada y salió del vestuario se dio cuenta que no. También había varios varones (analgésico, cazador zolom, carámbano, flecha duradera, fuerza terrestre, gato montes, raya, rey dragón, silencio, triturador), se ve que tenían vestuarios separados. Sara casi ni escuchó las reglas del juego de lo nerviosa que estaba, lo único que pudo captar fue que cada participante tenía por delante cinco peleas y estas eran elegidas por sorteo.
De repente un organizador llamó su atención agarrando su brazo y le indicó que lo siguiera. Era hora de su primera pelea.
Ella caminó algo insegura hasta el ring, mientras decía para sus adentros un mantra que le había enseñado su entrenador para calmar los nervios. Respiró hondo y se convenció a sí misma que iba a enfrentar la situación con fuerza y valentía, era hora de entrar en acción.
— ¿Cuál es tu nombre? — Preguntó la comentarista acercándole un micrófono.
— Canario negro. — Respondió ella con convicción.
Y así entró al ring a enfrentar su primera pelea.
